CINCO COSAS QUE APRENDÍ ESCRIBIENDO HIJO DE CAÍN

30 mayo, 2013

por Sergio Barrejón.

Esta noche a las 22.00, en el cine Callao de Madrid, el actor José Coronado y el director Jesús Monllaó, entre otros, presentarán HIJO DE CAÍN, mi primera película como guionista. A partir de mañana estará en salas de toda España. Es una adaptación de la novela Querido Caín, de Ignacio García-Valiño, y en los créditos tengo el honor de compartir pantalla con mi amigo David Victori.

No voy a aburriros con más publicidad ni voy a pediros que acudáis a las salas a apoyar el cine español, que pese al 21% blablabla. Naturalmente, me encantaría que reventase la taquilla, pero no creo que ocurra. Porque hoy en día, casi nada funciona ya en taquilla. Tengo la impresión de que una peli bien rodada y bien interpretada como Hijo de Caín podría haber encontrado su hueco hace unos pocos años. Quizá sin llegar a ser un hit, pero quizá sí un sleeper decente. Pero hoy, no tengo mucha esperanza. Ni siquiera teniendo a Coronado en el cartel, recién recibido un premio a toda su carrera en Málaga. Para que una película funcione, hace falta complicidad en las salas y una publicidad brutal. Lo primero es demasiado caro para los exhibidores y lo segundo es demasiado caro para la productora (y no me quejo de la mía: me gusta el poster, me gusta el trailer y salimos con 104 copias).

Hijo de Caín hará una taquilla floja y no escribo esta entrada para lamentarme por ello, sino para contar las cinco cosas que aprendí escribiendo este guión.

1. El productor no es el malo de la película. El mito dice que al productor español se la trae floja la película, que sólo piensa en trincar la subvención y rebajar el presupuesto para quedarse un pellizco. No voy a cantar las alabanzas de Sebas Mery como productor. Me ajustaré a los hechos: ni conduce un Mercedes ni vive en un chaletazo. Y paga sueldos dignos y a tiempo. Yo personalmente cobré lo mismo que cobró un tocayo mío por escribir El Orfanato. Y ojo: me pagó de su bolsillo, antes de haber recibido ninguna subvención ni haber firmado con ninguna cadena.

2. El script doctor no es el malo de la película. El mito dice que el guionista escribiría mucho mejor si no fuera por el development hell. Como todo trabajo de encargo, Hijo de Caín atravesó una fase de desarrollo, en la que yo escribía con varias personas mirando por encima de mi hombro. Como buen guionista con coleta, barba y gafas redondas, yo recelaba de las opiniones ajenas. Y entonces llegó Ana Sanz Magallón. No voy a cantar sus alabanzas, me limitaré a decir cómo trabaja: no da jamás un consejo ni señala jamás un error. Ana simplemente lee tu material, se va contigo a tomar café -lo de languidecer bajo el fluorescente de una oficina no va con ella- y te hace preguntas: por qué pasa esto, o por qué tal personaje no se da cuenta de aquello. Y mientras lo explicas, vas encontrado soluciones a los puntos oscuros y formas de aprovechar mejor las oportunidades de tu historia. Y te vas a casa pensando que has tenido un montón de ideas geniales. Y entonces te preguntas: ¿las he tenido yo, o ya las había tenido ella antes, y me ha dejado pensar que eran mías?

3. El director no es el malo de la película. El mito dice que el guionista escribe un buen guión y luego llega el director y se limpia el culo con él. No voy a cantar las alabanzas de Jesús Monllaó. Ha hecho cosas que yo jamás habría hecho, y ha quitado cosas que yo creía necesarias. Pero el caso es que vi la película el festival de Málaga y puedo asegurar que funciona. Objetivamente. Me explico: el pase de estreno gordo, el que se hace en el Cervantes, siempre parece un éxito: el equipo de la película está en el palco, y siempre se le saluda con cariño y se le aplaude un buen rato. Es complicado saber si esa ovación se debe a la película en sí o al calor del momento. Pero hay una manera objetiva de saber si una película está cautivando al público. Consiste simplemente en sentarse en uno de los palcos superiores, y mantener un ojo en el patio de butacas. Durante la proyección de una película normal, sobre todo a partir del minuto 60 o 70, es normal ver brillar la pantalla de un teléfono móvil de vez en cuando. Durante las películas más decepcionantes, el patio de butacas parece un campo de luciérnagas: medio cine está tuiteando o enviando whatsapps. Durante la proyección de Hijo de Caín, la sala permaneció totalmente a oscuras. No se encendió un solo iPhone. Es cierto que la peli sólo dura 90 minutos, pero lo importante es el tempo que Monllaó ha conseguido darle. La primera versión del guión tenía 125 páginas. En las siguientes versiones, bajó hasta las 100, si no recuerdo mal. E incluso después, Jesús Monllaó supo forzar al máximo la regla de la página/minuto, para no dar respiro en todo el metraje. Te puede gustar o te puede no gustar, pero Hijo de Caín no tiene tiempos muertos.

4. El coguionista no es el malo de la película. El mito dice que cuando el guionista entrega un guión redondo, el productor llama a otro guionista para que lo estropee. David Victori y yo no trabajamos juntos. De hecho, ni siquiera nos conocíamos cuando él entró a trabajar en la película. Después de tres vueltas de sinopsis, tres de tratamiento y tres de guión, Jesús Monllaó, Sebas Mery y yo habíamos alcanzado una versión satisfactoria. Pero no había manera de que nadie quisiera financiarla. Sólo entró TV3. Y eso significaba que la película debía rodarse en catalán. Además, había pasado año y medio desde mi versión final. Había que realizar varios cambios impuestos por las circunstancias de la producción. Yo sentí que no iba a ser capaz de hacerlos tanto tiempo después. Intuí que me iba a dedicar a proteger lo escrito (y aprobado) dieciocho meses atrás. No me parecía honesto cobrar por hacer algo así. Se llegó a la conclusión de que lo mejor era incorporar a un coguionista catalán que podría cambiar el chip. No voy a cantar las alabanzas del trabajo de David Victori. Simplemente diré que, después de aquello, no dudé un minuto en meter pasta en su siguiente corto en cine. (Y no me equivoqué.)

5. El novelista no es el malo de la película. El mito dice que un novelista siempre queda decepcionado con la adaptación de su obra a la pantalla. Ignacio García-Valiño no participó en el guión. No se le consultó ni se le pidió permiso para realizar los cambios que Victori y yo propusimos. Yo ni siquiera le conocí en persona hasta el mes pasado. Tampoco voy a cantar sus alabanzas, pero el día del estreno en Málaga estaba allí celebrando con nosotros. Le estrechó la mano a todo el equipo, incluido un servidor, y la sonrisa que tenía en el rostro es de las que no se pueden fingir.

Bueno, ¿y quién es el malo de la película entonces? Pues el mito, naturalmente. El que te dice que si no fuera porque el camino está lleno de personajes malvados, esto sería llegar y besar el santo. No es cierto. Esto es una carrera de fondo. Creo que he escrito un post bastante optimista y positivo. Pero ojo: firmé el contrato para escribir este guión en Sitges, la misma tarde en que el festival estrenaba Los Cronocrímenes. Para que os hagáis una idea del tiempo que hace de aquello: en aquel momento a Zapatero aún le quedaba una reelección.

Y sin embargo, me resisto a tener la sensación de estar llegando a ninguna meta. De la misma manera que durante estos cinco años largos me he resistido a tener una sensación de derrota. La meta es siempre el siguiente proyecto. En mi caso, terminar mi primera novela para el lunes que viene. Seguir moviendo mis proyectos de largo. Escribir una obra de teatro antes de que termine el verano. Seguir escribiendo capítulos de Amar es para siempre. Siempre hay que tener proyectos en marcha.

El único malo de la película es el que te impide escribirla. La única derrota es pasar un día sin escribir nada.


LA CULPA NO ES DE RAJOY

6 septiembre, 2012

por Sergio Barrejón.

Ayer por la mañana, el amigo David Navarro me envió un mensaje por Facebook. Un mensaje que contenía un enlace a esto:

Es una felicitación pública de Moncloa para David Victori. Y dice así:

“Recibe mi más cordial enhorabuena por el triunfo de tu cortometraje “La Culpa” en el Your Film Festival, organizado por YouTube y la productora Scott Free en el marco de la Mostra de Venecia. Este extraordinario premio obtenido tras una difícil selección a nivel mundial reconoce tu esfuerzo y talento, impulsa la presencia internacional de la cultura española y confirma el futuro de los nuevos formatos audiovisuales.

Traslada mi felicitación a los actores, a tu equipo y a la productora. Confío en que otros éxitos seguirán a este galardón.”

Como sucede que soy uno de los productores del corto, creo que es legítimo darme por aludido en el último párrafo, y que las buenas maneras prescriben una contestación. Ahí va.

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Mariano:

Soy uno de los productores de “La Culpa”. He leído tu felicitación a David en la web de La Moncloa y he querido contestarte a título personal, sin consultar a David ni a los otros productores. Te cuento:

El premio obtenido por “La Culpa” en Venecia efectivamente reconoce el esfuerzo y talento de David Victori. Y no sólo lo reconoce, sino que además lo recompensa y lo estimula con una gran inversión financiera de cara al próximo cortometraje de Victori. No es mala idea, ¿verdad? Ves que alguien vale, e inviertes en su próximo trabajo. Luego seguimos hablando de esto.

El premio obtenido por “La Culpa” en Venecia efectivamente impulsa la presencia internacional de la cultura española. Aunque en ese sentido, hay que reconocerle también un gran mérito a tu Gobierno: gracias a tus medidas económicas, cada vez más representantes de la cultura española se ven poderosamente impulsados a mantener una presencia internacional. Algunos, no tan hábiles como tú en la retórica, lo llaman simplemente emigrar.

Sobre el futuro de los nuevos formatos audiovisuales, que según tú viene a confirmar el premio obtenido por “La Culpa” en Venecia, ya no sé qué decirte. Asumiendo que cuando tú hablas de “cultura española” piensas en corridas de toros y ceremonias católicas, es de suponer que cuando hablas de “nuevos formatos” quizá te refieras a YouTube y a los cortometrajes.

El caso es que YouTube hace ya casi siete años que es el líder mundial de vídeo online. Llamarlo “nuevo formato” no parece del todo preciso, Mariano. En cuanto al cortometraje, no sólo no es nuevo: es que es el primer formato en que se filmó y comercializó el cine. “Salida de los obreros de la fábrica Lumière”, “Llegada de un tren a la estación de La Ciotat”… ¿Te suena de algo todo esto?

Déjalo, no te esfuerces más. Olvidemos la nomenclatura y centrémonos en el futuro del formato. Veamos, Mariano: ¿Qué futuro crees que le espera al cortometraje en España, ahora que el Instituto de Cinematografía, por orden tuya, ha decidido destinar un total de cero euros a producción de cortos? ¿Qué futuro crees que augura la rebaja de un millón de euros en las ayudas a festivales de cine? ¿Y el recorte de doscientos millones en el presupuesto de TVE? ¿Y la subida del IVA al 21%?

No soy adivino ni tampoco experto en economía, pero yo diría que en el futuro inmediato del corto español no va a haber muchos triunfos más como el de La Culpa en Venecia. Y en gran parte será responsabilidad de tu Gobierno. Así que sería de agradecer que, en próximos telegramas, al menos tengas la decencia de no citar a la productora. Porque dar palmaditas con una mano mientras se apuñala con la otra no está bien visto. Mariano.

Sergio Barrejón. Cineasta y emigrante.


CINCO LECCIONES QUE APRENDÍ CON MI PRIMER CORTO

18 junio, 2012

David Victori (Manresa, 1982) es guionista y director. Durante cinco años fue asistente personal de Bigas Luna, con quien ha escrito su nuevo proyecto, Segundo Origen. Recientemente se ha rodado en Tarragona el largometraje Hijo de Caín, con guión escrito por Victori y Sergio Barrejón, y que se estrenará a finales de este año. Mientras tanto, Victori prepara su opera prima como director con la productora Oberón Cinematográfica. Sus dos últimos cortos, Reacción (2008) y La Culpa (2010), han sido seleccionados y premiados en múltiples festivales españoles e internacionales. 

El guión de un corto y el guión de un largo son cosas muy distintas. Es algo bastante obvio, pero a mí me pilló por sorpresa.

Esta es mi historia. Antes de los 16 años ya había rodado cosas, bastantes, pero en ningún caso me atrevería a llamarlo cortos. Eran más bien pruebas, ejercicios que hacíamos un buen amigo y yo para divertirnos los fines de semana. A los 17 cuando ya estaba enfrascado en la idea de ser director de cine y guionista, conocí a Bigas Luna, quien después se convirtió en mi maestro y con el que trabajé durante más de cinco años como asistente personal.

Cuando apenas hacía unos meses que nos conocíamos, Bigas me animó a que escribiera un largometraje. Me puso en contacto con una guionista de Barcelona y nos lanzamos a escribir. Ella ponía la experiencia y yo la intuición. Estuvimos casi un año escribiendo pero a los 19 ya tenía mi primer largometraje acabado. Yo, en ese momento, no conocía casi nada sobre la estructura, ni la teoría de guión, pero no lo necesité, escribía por instinto. Había un conocimiento que ignoraba: todas las películas que había visto estaban en mi subconsciente actuando como maestras. Lógicamente tenía (y tengo) mucho que aprender, pero la intuición, en ese momento, ya me llevaba por el camino correcto.

No me pasó lo mismo con mis primeros cortometrajes. ¿Cuántos cortos había visto antes de rodar el primero? Pocos, muy pocos. Aún no existía YouTube y yo nunca fui a una escuela de cine donde me guiaran. Me pasaba el día leyendo libros de teoría de guión (de largometrajes) asistiendo a seminarios, (entre ellos el clásico de Robert McKee) y cuando me ponía a escribir siempre me salían historias de una hora y media.

Un día, cuando tuve suficiente dinero ahorrado me dije: “voy a rodar mi primer corto”. Como era lógico, ningún productor me iba a dejar dirigir un largo sin tener varios cortos que demostraran mi valor como director, por lo que me puse manos a la obra. Me senté a escribir y pensé: “este guión tiene que ocupar máximo quince páginas, dieciocho como mucho. Fácil”. Pensé.

Había tres ideas que me apetecía trabajar en esa historia. Las tenía claras. Había una historia principal, una subtrama, un protagonista, un antagonista y una historia de amor. Las tres ideas se entrelazaban bien, todo encajaba. La primera versión era de casi veinte páginas, pero pude ir reduciendo  hasta las quince. Leía mi guión y me gustaba, así que me lancé a rodar. El rodaje fue muy bien. Gasté todo el dinero que tenía en ese momento y volví a casa pobre, pero feliz.

En ese época me estaba ganando la vida como montador, por lo que me puse a ello. ¡Dios mío! Recuerdo esos días encerrado frente al Final Cut y lloro. Fue un drama. No entendía nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba la intensidad de las escenas que había imaginado en el momento de escribir el guión? ¿Por qué todo sabía a poco? ¿Por qué no empatizaba? ¿Por qué no sentía nada, nada de nada? ¿Por qué el conjunto no cuajaba? Los montajes se movían alrededor de los 25 minutos, pero por mucho que alargara o acortara seguía sin funcionar. Un desastre.

Tuve que abandonar. Respirar. Desconectar de esa historia. Investigar que estaba pasado. Había invertido todos mis ahorros en hacer ¿un corto? ¿o en hacer un largo de 20 minutos?

Empecé a relajarme, a ver cortos y a comprender…

El guión de un cortometraje no es simplemente una historia que ocupa menos páginas. Los cortos tienen sus propias normas. El público se relaciona con ellos de forma distinta. Espera cosas diferentes. Parece obvio, ¿verdad? Yo no lo supe ver al principio y lo tuve que ir aprendiendo lentamente, corto a corto.

Y aquí van mis observaciones, quizás obvias, pero fruto de mi propia experiencia que espero sirvan a quien esté decidido a lanzarse a rodar su primer corto:

Primero, cuando la gente se sienta a ver un corto, su actitud es, básicamente, impaciente. No quieren que se anden por las ramas porque saben que esto dura poco y el tiempo es limitado. No te digo que mates a alguien en la primera imagen, pero sí que encarriles la historia tan pronto como te sea posible. No vaciles.

Segundo, muchas de las normas del guión de un largo, no funcionan en un corto. Cuidado con las subtramas, los secundarios, las backstory y los personajes complejos. Aquí también incluyo la norma de: página de guión por minuto. Esto dependerá básicamente del ritmo al que quieras contar tu historia, en mi caso, como yo suelo moverme en el terreno del thriller, avanzo lentamente. El guión de La Culpa, por ejemplo, ocupa siete páginas, pero la séptima casi está vacía y al final el corto dura casi trece minutos.

Tercero, céntrate en un concepto. En uno sólo. Explica una sola cosa y hazlo tan bien como sepas. Exprime ese concepto al máximo. Este creo que de todas las cosas que aprendí es la más importante. Aspira sólo a un gran momento (un climax) o como máximo dos.

Cuarto (y este es como director): siempre que puedas rodéate de un equipo de primera, alíate con los mejores. Puede que tu ego se resista, pero sé humilde. Cuanto más sepas mejor, pero si no ya irás aprendiendo (ya iremos aprendiendo). Estamos contando historias, no salvando vidas

Quinta, (y esta no creo que sea muy popular): los estereotipos o clichés son tus mejores aliados. En un corto necesitarás ir al grano, si te pasas cinco minutos explicando al original personaje que te has inventado (y la historia no va de eso) cuando termines ya casi no te quedará tiempo de ir al tema de la película. Los tópicos te ayudan a avanzar, a llegar en poco tiempo a escenas o momentos mucho más originales. Creo que fue Hitchcock quien dijo que no hay nada malo en partir de un tópico. El problema es acabar con un tópico.

Han pasado casi diez años desde esa primera experiencia y desde entonces he rodado cinco cortometrajes de más de diez minutos y tres de menos de cinco. Junto al primero, que finalmente conseguí terminar (como pude), son nueve cortos en total. Creo que es un buen número. De cada uno de ellos aprendí algo, algo valioso, quizás soy un poco lento, pero me esfuerzo y trato de hacerlo cada día un poco mejor.

Cuando estrené La Culpa en 2010, decidí que ese fuera mi último corto. Básicamente porque quería poner toda mi energía en las películas que estaba escribiendo y porque no creía que pudiese rodar otro corto en mejores condiciones que La Culpa.

Fotograma de “La Culpa”.

Ahora voy a muerte a por mi largo, ya no hay nada que pueda pararme, ni la crisis mundial, ni la piratería, ni el cambio climático. Este trabajo me gusta, me hace feliz. Mientras no pueda rodar, escribiré.

En estos últimos años, he escrito varios largometrajes para otros directores y junto a otros guionistas. Estoy aprendiendo más que nunca. Uno de ellos está a punto de ser estrenado, a otro no le queda nada para entrar en preproducción y mi debut como director parece que empieza a estar más cerca que nunca.

Me prometí estar centrado en los largos y no rodar ningún otro corto, ¡hasta AYER!

Ayer cambié de opinión. Eso demuestra lo firmes que son mis promesas. Mi cortometraje La Culpa, a punto de terminar su recorrido por festivales, ha sido seleccionado entre los 50 semifinalistas de Your Film Festival. El primer festival Internacional de cortos organizado por YouTube y Scott Free, la productora de Ridley Scott. Los datos me han emocionado y sorprendido a la vez: 15.000 cortos presentados, sólo 5 españoles entre los semifinalistas. De estos 50, sólo diez llegarán a la final, estos diez cortos se proyectarán en el Festival de Cine de Venecia y Ridley Scott junto a Michael Fassbender elegirán a un ganador.

¿El premio? Rodar otro corto.

Al director que gane, el Señor Ridley le producirá una película corta protagonizada por Fassbender y con un presupuesto de 500.000 dólares. ¿Qué os parece?

Ya, yo pienso lo mismo, a mi tampoco me gusta que me impongan a los actors, pero justo, por casualidad, creo que tengo un papel que encaja muy bien con él.

En el supuesto que ganase, sería mi décimo corto. Un número muy redondo y una forma brutal de cerrar mi etapa en el mundo del cortometraje. ¿Os imagináis? A mi me cuesta, la verdad.

Yo por si acaso ya tengo la idea preparada. Creo que es una idea a la altura. Una superproducción de doce minutos. Una mezcla entre Children of Men y Melancolía. Una locura, vaya.

Sé lo que estáis pensando. Es casi un insulto hacer un corto con este presupuesto. Imagino que habrá truco. Siempre lo hay. Pero aún así, parece un buen premio, ¿no?

A ver, admitamos que es difícil, prácticamente imposible. La Culpa no llegó a la final de los Goya, ni a la de los Gaudí, ni siquiera lo seleccionaron entre los siete mejores cortos catalanes de su año. Eso sí, es un corto que tiene fans, yo el primero. Con sus virtudes y sus defectos, lo amo incondicionalmente. Cuando escribí el guión lo sentí: esta historia necesito contarla.

Por suerte, conté con un equipo de lujo y cuando estaba frente al Final Cut, me saltó alguna lágrima, pero esta vez, no de pena. Cuando me senté a montar La Culpa y empecé a ver como lucía la foto, la dirección de arte, los actores (que estaban que se salían) y la música que (si te pones los auriculares acelera y frena tu corazón), no me lo podía creer.

Todo el equipo en esta película estuvo en estado de gracia, o al menos así es como yo lo siento. Me encanta La Culpa. Es el corto que siempre quise hacer.

Aunque ¿quién soy yo para decirlo? No hay ni un sólo padre que consiga ver los defectos de sus hijos (al menos hasta que son adolescentes). El mío de momento tiene sólo dos años.

Valóralo por ti mismo entrando aquí, y si te gusta, vótalo.


FIRMAS INVITADAS: SERGIO BARREJÓN

13 enero, 2011

Sergio Barrejón es guionista de series como Amar en Tiempos Revueltos y La Señora, y estuvo nominado al Goya por su cortometraje El Encargado. Recientemente, ha producido cortos como ¿Quién está ahí?, de Alejandro Pérez, o Llámame Parker, de Peris Romano.


GOYAS 2011: INJUSTICIAS LAS JUSTAS

Anteayer se conocieron por fin las nominaciones a los Goya. Como dicen ahora en los periódicos, “el asunto cobró gran relevancia en las redes sociales”. Quisiera compartir aquí algunas de mis impresiones al respecto, y comentar también las discusiones que mantuve ese día por Facebook y por email con algunos amigos y compañeros.

YO VOTO A MIS AMIGOS

Muchos cortometrajistas han tenido reacciones negativas ante las nominaciones. Algunos de ellos critican razonadamente el sistema de selección, que la Academia cambió hace poco (el anterior también fue muy criticado). Otros, quizá menos razonadamente, se han indignado mucho por el supuesto amiguismo que rige el proceso. Curiosamente, suelen rematar estas críticas lamentando que no hayan nominado los cortos de sus amigos.

Y es que, como demuestra ese doble rasero, el amiguismo existe. Pero no tiene las características de gran conspiración que algunos le atribuyen. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque todo el mundo tiene amigos. Y, según mi experiencia, uno no apoya determinada obra porque es de un amigo. El proceso es totalmente contrario: en esta profesión, uno tiene a frecuentar la compañía de aquella gente cuyo trabajo admira. (Lógico, no vas a arrimarte a los que consideras patanes.) O sea, son tus amigos porque les votarías.

Y bueno… no puedo hablar por los demás, pero aunque las obras de mis amigos en general me gustan, no apoyaría cualquier mierda que pudieran presentar a un concurso sólo porque sean mis amigos. En primer lugar, porque uno tiene muchos amigos, y porque, como he dicho, uno tiende a sentir simpatía por la calidad. Así que, entre una mierda firmada por un viejo amigo, y una maravilla firmada por un desconocido, la elección suele estar clara. Optar por la calidad, y tratar de tomarse una caña con ese desconocido. Puede ser el principio de una hermosa amistad.

LA DEMOCRACIA ES UN SISTEMA IMPERFECTO

Muchas críticas parecen provenir de una creencia equivocada, según la cual la Academia de Cine emite, con las nominaciones, un veredicto, basado en un criterio institucional. Como si fuera el fallo de un jurado. Y no es así. Las nominaciones (y los premios) son el resultado de la suma aritmética de los votos en un proceso electoral democrático. Esto no significa que no se puedan criticar. Pero no es serio decir cosas como “siempre salen los mismos” o “la Academia ningunea a las películas pequeñas”. En el Congreso de los Diputados también salen siempre los mismos y a nadie le parece sospechoso. Puede ser lamentable, pero es la voluntad de la mayoría. Volviendo a la Academia, un rápido vistazo a los resultados de años anteriores demostrará inmediatamente que:

a) Varias películas pequeñas han ganado premios importantes.

b) Los directores y productoras nominados varían significativamente de un año a otro.

Pero sobre todo, hay que tener en cuenta, y parece que es necesario insistir, que la Academia no decide de manera conjunta. Son el conjunto de los académicos, de manera secreta e individual, los que han apoyado determinadas candidaturas. Y la suma aritmética de votos es la que decide las nominaciones (y los premios). Por tanto, quejas del tipo ¿De verdad se merecía Balada 15 nominaciones? son, de nuevo, equiparables a ¿De verdad se merecía CiU sacar 10 diputados? Probablemente la respuesta sea “no”, no lo sé. Pero difícilmente se le pueda pedir cuentas a nadie por separado.

Y a mi modo de ver, si alguien ningunea a las películas pequeñas, no es la Academia, sino… la vida. Los estudios sobre evolución de las especies tiene más que enseñarnos a este respecto que cualquier reflexión paranoica sobre las supuestamente corruptas estructuras de poder que rigen el cine español. Las películas pequeñas son pequeñas, y pequeñas se quedarán, salvo unas pocas excepciones. Igual que raramente un chihuahua podrá hacerle frente a un dogo.

Excepcionalmente, una película pequeña, sin apenas promoción, puede convertirse en el éxito de una temporada (véase Tesis) o alzarse con el Goya a la Mejor Película (véase La Soledad). Pero lo lógico es que las especies grandes y más agresivas sean preeminentes. Esto, creo yo, no es justo ni injusto. No ha lugar ninguna valoración moral al respecto. Sería injusto e intolerable que no se pudieran presentar las películas pequeñas. Sería sospechoso que nunca obtuvieran nominaciones las películas pequeñas. Pero no es el caso.

Hay que tener en cuenta cómo funciona la Academia, quiénes son sus miembros, y cómo funciona la industria. Una gran producción contrata a muchísima gente: técnicos, actores y empresas de servicios. Es lógico que para hacer El Orfanato o Las 13 Rosas necesites cinco veces más técnicos y más actores que para hacer La Soledad. Es lógico que los técnicos y actores voten a la película en la que han trabajado. Es lógico que logren apoyos por simpatía entre sus amigos y asociados. Es, por tanto, de pura lógica que obtengan muchas más nominaciones las grandes producciones que las pequeñas. Y es evidente que tienen más probabilidades de ganar los grandes premios.

Y aun así, La Soledad ganó Mejor Película y Mejor Dirección, en el año en que competía con El Orfanato y Las 13 Rosas. Porque el sistema no impide esas cosas. Como todo sistema, es imperfecto y discutible, pero ni es radicalmente injusto (al menos, no más que cualquier otro sistema democrático) ni está necesariamente corrompido (al menos, no más que cualquier otro sistema democrático).

ES MUJER, ES JOVEN Y TIENE ÉXITO: A ALGUIEN SE LA HABRÁ CHUPADO

Como suele ocurrir, entre la gente que se rasga las vestiduras por la supuesta actitud reaccionaria de la Academia, hay quien exhibe rasgos de una insultante ranciedad. Por ejemplo, abundan las alusiones machistas a la nominación de Carolina Bang como Mejor Actriz Revelación. Según ciertos comentaristas, esta nominación se debe única y exclusivamente a la relación sentimental (pública y notoria, por cierto) que la actriz mantiene con Álex de la Iglesia, a la sazón Presidente de la Academia.

Dejando de lado el hecho de que nadie explica el mecanismo por el que esa relación sentimental se convierte en votos, me parece absolutamente intolerable que los méritos profesionales de una mujer sean puestos en cuestión de manera automática cuando esa mujer mantiene una relación sentimental con un profesional masculino de mayor fama. Puede disfrazarse de lo que quiera, pero eso es puro machismo, más propio de clientes de un puticlub de carretera que de profesionales del cine.

Uno puede suponer que hay una relación estrecha entre el hecho de que Carolina Bang sea pareja de Álex de la Iglesia y el hecho de que Carolina Bang interprete papeles importantes en las películas de Álex de la Iglesia. Pero remitámonos al capítulo del amiguismo. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto (si es que los hay)?

Unos querrán ver a un calzonazos que se ve obligado a darle papeles a la putita de turno. Otros querrán ver a un autor que se ha enamorado de una actriz a la que ya consideraba talentosa. Otros, simplemente, verán a dos profesionales de un mismo gremio que trabajan juntos y que, anecdóticamente, son pareja. Para mí, los que sólo sean capaces de ver la primera opción necesitan:

a) Una revisión psicológica urgente.

b) Ser un poco menos cotillas.

c) Follar un poco más.

Desde mi punto de vista, un director como Álex de la Iglesia ha demostrado ya criterio de sobra en la dirección de actores como para poner a quien mejor le parezca al frente de sus películas. Y por lo que a mí respecta, tiene todo el derecho a acostarse con quien le apetezca, siempre que sea mayor de edad y consienta.

De manera que entiendo que la indignación proviene del hecho de que la actriz sea nominada. Aquí deberíamos repasar la lección de la evolución de las especies, que nos enseñaba que las películas grandes tienen muchas nominaciones. Creo que aquí procede aplicar la navaja de Ockham: es mucho más sencillo entender que Balada Triste de Trompeta acapara muchos apoyos por el tamaño de su producción y por su capacidad promocional, que suponer que Álex de la Iglesia va por ahí haciéndole a los académicos ofertas que no pueden rechazar.

Y a los que aún sigan con complejo de peones negros, les invito a investigar sobre casos como el de Francesc McDormand co-protagonizando Fargo (y ganando el Oscar, por cierto), o Lindsay Crouse y Rebecca Pidgeon interprentando papeles clave en House of Games y Heist. Aunque quizá a nadie le interese saber con quién están casados Joel Coen y David Mamet, ni le parezcan sospechosas muestras de nepotismo la contratación de sus respectivas esposas para papeles clave de sus películas. ¿Será tal vez porque estas actrices no son tan jóvenes ni tan atractivas, y por tanto, no hay por qué sospechar que sean putas?

EL PROBLEMA CON LOS CORTOMETRAJES

Como guionista, director y productor de cortos, me interesaban mucho las nominaciones a Mejor Cortometraje. Y concretamente, las nominaciones a Mejor Cortometraje de Ficción fueron muy contestadas.

De hecho, supongo que algunos aún estarán desconcertados porque se haya quedado fuera de la terna de nominados el corto Lo siento, te quiero, de Leticia Dolera. Extrañísimo, tratándose de una actriz joven y atractiva que además es pareja de un director de éxito.

Personalmente, no tengo ninguna crítica hacia las nominaciones. Creo que la mayoría de los nominados son títulos muy dignos. Cierto que se han quedado fuera títulos también destacables. Cierto que yo habría votado por otros cortos. Pero así es la democracia.

Con lo que sí tengo problema es con el sistema de preselección de candidaturas que maneja actualmente la Academia. Dicen las bases:

Podrán concurrir en las distintas categorías todos los cortometrajes españoles, de duración inferior a 30 minutos, con versión en 35mm o 16mm, cuyo certificado de calificación, expedido por el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, o por el órgano competente de las respectivas Comunidades Autónomas, esté fechado entre el 1 de diciembre de 2009 y el 30 de noviembre de 2010.

A esta limitación se añade otra que sólo rige para los cortometrajes de ficción (no para los documentales ni de animación, que por lo visto merecen privilegios especiales), y que consiste en la necesidad de haber ganado al menos “uno de los premios principales” de una lista de 33 festivales nacionales. Y añaden (y con esto termino de citar las bases):

Asimismo podrán participar igualmente aquellos cortometrajes que hayan sido seleccionados en las secciones oficiales de cortometrajes de los Premios de la Academia de Hollywood (Oscar) y de todos aquellos festivales internacionales no celebrados en España.

(El subrayado es mío.)

Pido disculpas por el insportable aburrimiento que habré provocado en más de un lector citando estos anodinos textos. Pero me parecía importante constatar lo que, a mi juicio, es el enésimo capítulo de maltrato que la Academia comete contra el sector del cortometraje.

La combinación de todas estas restricciones produce un efecto totalmente indeseable en el sector, y que este año se concreta en este dato: sólo 55 cortometrajes de ficción han podido presentarse al Goya. Para los que no estén muy informados, aclararé que cualquier festival español de segunda categoría en recibe entre diez y veinte veces más cortos.

¿Y por qué ha ocurrido esto? Muy sencillo: por la falta de conocimiento del sector, por la falta de ganas de conocer el sector, por la falta de autocrítica dentro de la Academia, y por la falta de reflejos a la hora de subsanar lo que, a todas luces, es un error de redacción de las bases.

Y el error es muy sencillo: antiguamente, la única restricción era la fecha de calificación del Ministerio. Es lógico considerar que cada año sólo pueden competir los cortos calificados el año anterior. Pero, al sumar a esa restricción la obligación de ganar en determinados festivales, la ventana se cierra muchísimo. Es de lógica: aquellos cortos que hayan sido calificados en la segunda mitad del año, apenas tienen tres meses para ganar un premio u obtener una selección en un festival extranjero. En la práctica, es casi imposible, porque en un festival, pasan varios meses entre que empiezan a recibir y clasificar los cientos o miles de cortometrajes que les llegan, y el momento en que hacen su selección, y más aún hasta que falla el jurado.

En una palabra, las bases dicen que te puedes presentar si tu corto está calificado entre el 1 de Diciembre de 2009 y el 30 de Noviembre de 2010. Pero la realidad es que si no calificas antes de Junio, tus probabilidades se reducen drásticamente. Y si lo haces más allá de Septiembre, son prácticamente nulas. Y la gracia es doble, porque como ya has calificado en 2010, no podrás presentarte tampoco el año que viene. Y lo de calificar en determinada fecha no es un capricho: si has tenido subvención del ICAA o quieres optar a tener una a posteriori, tienes que seguir los plazos del Ministerio. Que naturalmente no coinciden con losde la Academia. Así que, gracias a esta redacción, si quieres participar en los Goya, tienes que calificar en los seis primeros meses del año… o renunciar a la financiación pública. Más, naturalmente, ganar en esos festivales u obtener selecciones en el extranjero. ¿Esto son unos premios de cine o una gymkana?

Algunos profesionales se pusieron en contacto con la Academia hace meses para comentar esta situación. Y en la Academia reconocieron que era un problema, pero no pudieron (o no quisieron) solucionarlo. La solución era bien fácil: amplíar el plazo de calificación. Pero aparentemente, cambiar una frase de las bases requería de una movilización burocrática inconcebible (y a eso me refiero cuando digo “falta de reflejos”).

Merced a estas bases mal redactadas y a la incapacidad de reaccionar, se han dado situaciones absolutamente ridículas. Voy a citar un par de ellas que me afectaron personalmente, como co-producitor de dos cortos en 35mm que se han quedado fuera:

MARINA, dirigido por Álex Montoya. Tuvimos que calificarlo en Septiembre de 2009, porque habíamos tenido una subvención del Ministerio de Cultura. A esas alturas, ya no teníamos tiempo de presentarnos y ser seleccionados por ningún festival antes de dos meses, no digamos ya obtener un premio”. Después, durante 2010, el corto ganó premios principales en Medina del Campo, en Huelva y en Cortogenia: no uno, sino tres de los 33 festivales de la lista. Pero como estaba calificado fuera de fecha, tampoco nos hemos podido presentar en esta convocatoria.

LA CULPA, dirigido por David Victori. Calificado en Septiembre de 2010, otra vez sin tiempo de ganar nada ni distribuir internacionalmente. Sí que fuimos invitados a estrenarlo en sección competitiva en el Festival de Sitges. Pero recordemos que la Academia sólo admite selecciones en festivales internacionales no celebrados en España. Es decir, podríamos habernos presentado a los Goya si hubiéramos obtenido una selección en el festival de cortos de la aldea más mísera de Magadascar (con todos los respetos hacia Madagascar). Pero una selección en Sitges, uno de los festivales internacionales con más proyección de Europa, no cuenta para nada.

UN PAR DE COMENTARIOS FINALES

Quiero hacer mía la advertencia que escribió en este mismo blog hace unos días el guionista Silvestre García:

Anticipándome a todas las críticas que se basarán únicamente en el hecho de haber recibido una subvención del Estado, quiero posicionarme al respecto. Creo que las subvenciones y los modelos del ministerio son cuestionables, criticables y siempre mejorables. No obstante, las veo necesarias en cuanto representan un impulso, una oportunidad, una “beca” para desarrollar un trabajo.

Y añado: no voy a perder el tiempo intentando convencer a nadie de que las subvenciones son buenas y necesarias. De la misma manera que nadie podrá convencerme jamás de la necesidad de gastar dinero público en organizar corridas de toros. Sólo puedo decir, y que se lo crea quien quiera, que el número de subvenciones que me han sido concedidas iguala aproximadamente el número de subvenciones que me han sido denegadas. En ambos casos, desconozco las causas que han motivado la decisión, ya que siempre que me presento creo hacerlo con un producto digno. En cualquier caso, cuando las he obtenido no ha sido por amiguismo, enchufismo ni por pertenecer a ningún partido (que ni pertenezco, ni creo que sirviera para nada, tampoco).

En segundo lugar, invitar a amigos y compañeros cortometrajistas a abordar este debate con calma. Y sobre todo, a no ver la Academia como un enemigo a batir, ni como un reducto de carcamales endogámicos que sólo saben mirarse el ombligo. La Academia es una más de las instituciones públicas relacionadas con el cine. Tiene una función y una utilidad. Uno puede no estar de acuerdo y mostrarse todo lo crítico que quiera con su funcionamiento, pero hacerlo de una manera taxativa e irrespetuosa no es muy acertado, fundamentalmente porque:

a) La Academia está integrada por cientos y cientos de personas de diversa procedencia. Algunos de sus miembros, inevitablemente, por pura estadística, serán unos soplapollas. Muchos otros, y esto no lo digo por estadística, sino por experiencia, son personas inteligentes, dialogantes y talentosas. Al Presidente no lo conozco en persona, pero por su obra y sus actuaciones públicas deduzco que se le pueden aplicar los tres adjetivos. No hay razón para insultarles sólo porque no hacen las cosas como a nosotros nos gustaría. Tal vez hacer las cosas bien no es tan fácil como parece cuando no eres tú quien tiene que hacerlas. Como no soy académico ni presento nada a los Goya este año (ni el siguiente, me temo), espero que no parezca que estoy barriendo para casa ni haciéndole la pelota a nadie.

b) Hay compañeros en el sector del cortometraje con ideas muy interesantes para mejorar el sistema, pero mal vamos a convencer a nadie de escuchar nuestras ideas si se las decimos a gritos, rematadas por un ¿entiendes, subnormal? Esa estrategia no suele dar resultados serios en ningún ámbito. Como mucho, puede servir para obtener cierta “relevancia en las redes sociales”, que viene a ser el equivalente a arrancar el aplauso del público de un talk-show: un mérito muy relativo.


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