FLASHBACK: LA EDAD DEL MELODRAMA

11 agosto, 2011

por Sergio Barrejón.

Más tarde o más temprano, a algún guionista de este país le encargarán escribir una tv-movie sobre el caso de Dorel Marcu, más conocido en España como el asesino de la webcam. Probablemente la tv-movie nunca se llegue a emitir, pero casi con toda seguridad llegará a haber un guión.

Y el guionista al que el toque el marrón tendrá que hacer un ejercicio básico en esta profesión: meterse en la piel de cada personaje. No hablo de documentarse. No hablo de investigar cómo se movía, cómo hablaba tal o cual personaje. Hablo de hacer un esfuerzo por pensar como él.

Adoptar el punto de vista de cada personaje es un ejercicio básico porque permite al guionista anticipar la respuesta a una pregunta muy peligrosa que a veces se forma en la cabeza del espectador: ¿Por qué hace esto este tío? Un espectador piensa eso muy pocas veces durante una buena película. De hecho, la mayor parte de las veces que piensa eso, el pensamiento siguiente es: esta peli no es muy buena.

Y es que una de las maneras más rápidas de perder la atención del espectador es forzar a los personajes a decir o hacer cosas que, en la vida real, no harían. Respetar la motivación del personaje es una norma sagrada. Eso lo sabe cualquier buen guionista (y cualquier buen actor). Pero veces se nos olvida. Por ejemplo, porque nos empeñamos en “dejar algo claro al espectador”. En una serie chunga de policías, por ejemplo, no es raro encontrar escenas en que un agente le dice a otro cosas del tipo: “no podemos entrar en esa casa sin una orden de registro. Sería allanamiento de morada”. Como si alguien pudiera llegar a policía sin saber esas cosas.

Otras veces faltamos a la norma sagrada porque no queremos hacer demasiado antipático a un personaje, o por lo contrario: porque estamos escribiendo sobre un asesino, y queremos que quede claro que es una mala persona. El problema, claro, es que la mayor parte de las malas personas no se ven a sí mismas como tales. Y por lo general, su motivación para hacer lo que hacen no es “voy a matar a este fulano porque soy malo que te cagas”. Normalmente tienen razones para hacer las cosas. Al menos, eso creen ellos. La responsabilidad del guionista, aquí, es la misma que la del psicólogo: debe esforzarse por entenderle. Es la única manera de escribir guiones decentes, en vez de panfletos baratos.

Contrariamente a lo que creen los moralistas y los demagogos y los críticos mierder, el cine no es un medio para hacer manifiestos. Las películas contienen muchos menos “mensajes” de lo que se cree. Como decía Billy Wilder: “si quieres enviar un mensaje, ve a Western Union”.

Billy Wilder

Un buen drama, una buena tragedia, no es un mensaje, ni un panfleto, ni una declaración de principios, ni un manifiesto de ningún tipo. Es la representación de un dilema, de un conflicto que no tiene una solución fácil. O mejor aún, que no tiene solución. ¿Qué solución tiene el conflicto de “Edipo Rey”? Sacarse los ojos era lo mínimo, por así decirlo. Pero ni aun así se resuelve el conflicto.

Una buena tragedia no afirma. Al contrario, pregunta. Mira al público y le pregunta “¿Qué habrías hecho tú?”. Y si es una tragedia de las buenas, el espectador no tiene respuesta fácil. Al menos, un espectador decente. ¿Propugna “Edipo Rey” que los monarcas incestuosos deben arrancarse los ojos para expiar sus culpas? Sólo un moralista, un demagogo o un crítico mierder puede pensar eso.

Un melodrama sí es un manifiesto. “Princesas”, por ejemplo, es un melodrama. “Juno” es un melodrama. La respuesta al dilema está en la misma sinopsis de la película. Una visión dignificadora de la prostitución. Una mirada esperanzada al embarazo adolescente. Mejor que abortar, darlo en adopción. Las prostitutas se merecen un respeto.

¿Cuál es el objeto de películas como ésas? Masajear al espectador. Reconfortarle en su superioridad moral. Lo mismo que la telebasura, vaya. Al final de “Princesas”, el espectador (suponiendo que haya conseguido vencer el sueño), sale reconfortado, pensando “las putas también son personas, ya lo había pensado yo alguna vez”. En Juno sales del cine pensando “han elegido bien. Mola que la vida les dé otra oportunidad a estos chicos tan majetes”.

Comparemos esas sensaciones con las que te deja una tragedia decente como “4 meses, 3 semanas y 2 días”.

Vivimos en la edad del melodrama. Vivimos bajo el yugo del moralismo, la demagogia y la crítica mierder. Y no hablo sólo del cine y la televisión, que también. Hoy en día, hasta los periódicos son melodramáticos. Y lo terrible es que, por debajo de su aspecto de corrección y progresismo, el melodrama esconde un dogmatismo extremo.

Recuerden: la tragedia presenta un conflicto terrible, y te pregunta qué harías tú en esa situación. El melodrama te dice lo que debes hacer. No hay opciones. Esto es “lo bueno”, y punto. Y por extensión, todo lo demás es “lo malo”. En la edad del melodrama, la libertad de expresión pierde cada vez más terreno. Una vez que está claro qué es lo bueno y qué es lo malo, ¿qué sentido tiene debatir sobre nada? ¿Se han fijado en que cada vez hay más talk-shows en los que todos los contertulios están de acuerdo?

Veamos tres ejemplos de lo que representa la edad del melodrama:

1. Hace unas semanas, Nacho Vigalondo fue expulsado de la sección de blogs de El País por publicar una broma en su Twitter:

“Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!

Después de una cadena de reacciones que iban desde la sonrisa de los que entendimos que era un chiste hasta el cinismo de los que, entendiéndolo también, decidieron sacar partido de ello, el director de El País canceló el blog de Vigalondo aduciendo que ese chiste ofendía “a cualquier persona decente”. Zas. Ahí está el dogmatismo. Javier Moreno traza la línea a partir de la cual dejas de ser decente, y por tanto, es mejor no hablar contigo. Se le cierra el blog. ¿Se entiende la gravedad del asunto? No se le piden explicaciones al autor. Se le impide hablar. ¡NO LE ESCUCHÉIS!

2. Hace unos meses, en Las Mañanas de Cuatro, un grupo de ignorantes sobrepagados “debatía” sobre la exhibición de “A Serbian Film” en el festival de Sitges (en realidad, pedían censura a gritos). E invitaron a defenderse al propio director del festival, Ángel Sala.

Lo más descorazonador de todo el vídeo, a mi modo de ver, es que ni siquiera Sala, director de un festival de cine fantástico, acertó a decir en su defensa que la puta película no es más que una ficción. Hace poco semanas, Sala fue imputado por un supuesto delito de exhibición de pornografía infantil por un juez de Vilanova i la Geltrú.

3. Hace pocos días, Salvador Sostres publicó una entrada en su blog del diario El Mundo diciendo que el asesino de la webcam no era un monstruo, sólo un chico normal. La columna, probablemente el texto menos provocador que Sostres ha publicado en su vida, provocó también una cadena de reacciones que condujo a Pedro J. Ramírez a censurar la entrada. Poco después, la redacción de El Mundo escribió una carta colectiva pidiendo a Pedro J. que prescindiese de Sostres. (¡No le escuchéis!)

Salvador Sostres

Desde hace unos días, me parece como si yo fuera la única persona en el mundo que piensa que todas estas censuras son igual de graves. Me ha sorprendido muchísimo ver cómo compañeros guionistas, gente inteligente y ecuánime (escritores, por el amor de Dios), se mostraban de acuerdo con la censura a Sostres.

Recuerdo que, cuando era niño, en mi colegio, mi hermano y yo fuimos dos de los primeros críos que eligieron “Ética” en lugar de “Religión”. Esto generó desconcierto y rechazo en muchos compañeros. Muchos, pero muchos de ellos me preguntaron agresivamente: “¿Tú qué eres, musulmán o qué?”. 25 años después, sigo viendo la misma actitud en gente a quien presuponía mucho más inteligente, mucho más madura y mucho más liberal que mis compañeros de E.G.B.

Si criticas a Zapatero, te preguntan si defiendes a Rajoy. Si te dedicas al cine, dan por hecho que apoyas a Zapatero. En la edad del melodrama, parece que el 90% de los licenciados universitarios (y probablemente el 99% del resto de la población) necesita que la gente se posicione radicalmente en determinadas cuestiones. Hay, naturalmente, temas más delicados que otros. Algunos de los más delicados son:

– Racismo
– Homosexualidad
– Religión
– Terrorismo
– Violencia machista

Cualquier ambigüedad o mínima separación entre las posturas individuales de una persona y la versión oficial de lo moralmente correcto en estos ámbitos es percibida no ya como sospechosa, sino directamente como reprobable, e incluso posiblemente delictiva, al decir de ciertos fiscales y jueces, probablemente más ávidos de fama que de justicia.

El caso de Sostres, precisamente porque no comparto en absoluto su postura política, me parece el más interesante. Un montón de gente le acusa de justificar el crimen de Dorel Marcu. Sin embargo, Sostres escribió claramente en el post “censurado” (que, naturalmente, circula por Internet con más popularidad de la que jamás habría tenido de no haber sido censurado) que ni justificaba ni creía que se pudiera justificar el crimen. (No importa, “no le escuchéis”.)

¿Cuál es, entonces, el resorte que ha disparado esta polémica? Sería simplista pensar que todo tiene que ver con la política. Algo hay, sin duda. Los medios de izquierdas se cebaron con Sostres igual que los de derechas se cebaron con Vigalondo y Ángel Sala (que, al ser “del cine”, son sospechosos de sociatas). Pero la plantilla de El Mundo también arremetió contra Sostres. Y mucha más gente de derechas. Eso no es política. Eso es hipocresía. Eso se llama rasgarse las vestiduras. Y la mayor parte de la gente que se indignó por el artículo ni siquiera sabe qué parte del mismo le indignó realmente. (Por supuesto, la mitad de los demagogos ni siquiera ha leído el puto artículo, pero hablo de la otra mitad).

Todo el mundo repite como loros que Sostres ha justificado el crimen, cuando repetidamente dice lo contrario. Todo el mundo repite como loros que Sostres ha dicho que la violencia machista es normal, cuando eso no se dice en ningún momento en ese artículo. Todo el mundo habla sobre “el daño que hace” un post como éste, pero nadie es capaz de dar un ejemplo de ese supuesto daño.

Y todo el mundo coincide en que habría que impedir que gente como Sostres escribiese en periódicos. (No le escuchéis.)

¿Qué es lo que molesta realmente a estos hipócritas? Lo que les molesta es el uso de la palabra “violencia” en el artículo. Sostres escribe:

“Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo.”

Sin ese párrafo, el artículo habría pasado desapercibido. Porque hay mil maneras de decir que el chico no era un monstruo. Pero no se puede jugar con las etiquetas de la corrección. Ésas son intocables. Repasen la lista de más arriba: la violencia machista está en el top-5 de temas que, en la edad del melodrama, exigen un posicionamiento radical, inconfundible y, lo más importante, literal.

Uno puede ir a un programa de televisión y decir “la violencia machista es una lacra para la sociedad, pero hace falta ser muy zorra para quedarse preñada de otro y tardar cinco meses en decírselo“, y tampoco pasará gran cosa. Pero que a nadie se le ocurra decir “esto no es violencia machista, esto es otra cosa”, porque lo linchan.

El pensamiento no importa. Lo que importa es lucir bien la etiqueta. Para ser “correcto”, tienes que decir clara y literalmente, sin ambages, que rechazas la violencia machista porque es una lacra para la sociedad. Cualquier agresión de un hombre hacia una mujer debe ser etiquetado como “violencia machista” y colocado en la estadística correspondiente. No te atrevas a intentar ver matices, o serás automáticamente acusado de hacer apología de la violencia machista.

Porque, en la edad del melodrama, hemos rechazado el pensamiento. Hemos rechazado el debate. Lo hemos cambiado por una burda etiqueta. Hemos convertido nuestro cerebro en una red cuadriculada en la que no caben formas distintas, no existen los matices. Hacer una mínima variación en la formulación de una idea es percibido mayoritariamente como una formulación en contra de la idea.

“O estás conmigo, o estás contra mí.”
“Dirá lo que quiera, pero lo que está pensando es…”
“No deberían dejar que esta gente fuese por ahí diciendo esas cosas.”

(No le escuchéis.)

Salvador Sostres, por si alguien no se ha dado cuenta, es un profesional de la provocación. La indignación de los “correctos” no es fruto de un error de cálculo. Al contrario, es un efecto buscado. Su despliegue retórico en el programa de Isabel San Sebastián, el ritmo de su monólogo, el tema elegido… denotan una enorme habilidad para la provocación.

Y la provocación es algo sano. Muchos no querrán darse cuenta, pero Salvador Sostres, con una sola columna, y encima censurada, ha generado más reflexión y debate sobre la violencia machista que año y medio de trabajo del extinto Ministerio de Igualdad.

Pero Sostres hace algo aparte de trastear con la etiqueta de la violencia machista. Sostres, como haría un buen guionista, se pone en la piel del asesino e intenta comprenderlo. Y tiene el valor de mencionar algo que todos hemos pensado muchas veces ante un crimen como éste:

“Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más (…) Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?,  ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?”

Antes de pedir que censuren a nadie por exhibir una opinión escandalosa, conviene pensar si no estaremos repitiendo por inercia una conducta aprendida. Si realmente nos han ofendido, o sólo reaccionamos porque alguien se burla de un mantra vacuo que nos aporta cierta seguridad cuando lo repetimos una y otra vez.

Pensemos un poco antes de juzgar. Juzgar es fácil. Por eso lo hace todo el mundo. Por eso Twitter, y Facebook, y demás versiones virtuales de la charla de barra de bar, están llenos de indignados efímeros, que se rasgan las vestiduras en las primeras veinticuatro horas y luego se olvidan del asunto.

En lugar de repetir mantras como si significasen algo, en lugar de pedir (vergüenza para un escritor) que se censure una película, una columna o un blog, recuperemos la buena costumbre de argumentar. Al menos, hagámoslo los que vivimos de nuestra capacidad para ponernos en la piel de otros.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 14 de abril de 2011)


LA EDAD DEL MELODRAMA

14 abril, 2011

por Sergio Barrejón.

Más tarde o más temprano, a algún guionista de este país le encargarán escribir una tv-movie sobre el caso de Dorel Marcu, más conocido en España como el asesino de la webcam. Probablemente la tv-movie nunca se llegue a emitir, pero casi con toda seguridad llegará a haber un guión.

Y el guionista al que el toque el marrón tendrá que hacer un ejercicio básico en esta profesión: meterse en la piel de cada personaje. No hablo de documentarse. No hablo de investigar cómo se movía, cómo hablaba tal o cual personaje. Hablo de hacer un esfuerzo por pensar como él.

Adoptar el punto de vista de cada personaje es un ejercicio básico porque permite al guionista anticipar la respuesta a una pregunta muy peligrosa que a veces se forma en la cabeza del espectador: ¿Por qué hace esto este tío? Un espectador piensa eso muy pocas veces durante una buena película. De hecho, la mayor parte de las veces que piensa eso, el pensamiento siguiente es: esta peli no es muy buena.

Y es que una de las maneras más rápidas de perder la atención del espectador es forzar a los personajes a decir o hacer cosas que, en la vida real, no harían. Respetar la motivación del personaje es una norma sagrada. Eso lo sabe cualquier buen guionista (y cualquier buen actor). Pero veces se nos olvida. Por ejemplo, porque nos empeñamos en “dejar algo claro al espectador”. En una serie chunga de policías, por ejemplo, no es raro encontrar escenas en que un agente le dice a otro cosas del tipo: “no podemos entrar en esa casa sin una orden de registro. Sería allanamiento de morada”. Como si alguien pudiera llegar a policía sin saber esas cosas.

Otras veces faltamos a la norma sagrada porque no queremos hacer demasiado antipático a un personaje, o por lo contrario: porque estamos escribiendo sobre un asesino, y queremos que quede claro que es una mala persona. El problema, claro, es que la mayor parte de las malas personas no se ven a sí mismas como tales. Y por lo general, su motivación para hacer lo que hacen no es “voy a matar a este fulano porque soy malo que te cagas”. Normalmente tienen razones para hacer las cosas. Al menos, eso creen ellos. La responsabilidad del guionista, aquí, es la misma que la del psicólogo: debe esforzarse por entenderle. Es la única manera de escribir guiones decentes, en vez de panfletos baratos.

Contrariamente a lo que creen los moralistas y los demagogos y los críticos mierder, el cine no es un medio para hacer manifiestos. Las películas contienen muchos menos “mensajes” de lo que se cree. Como decía Billy Wilder: “si quieres enviar un mensaje, ve a Western Union”.

Billy Wilder

Un buen drama, una buena tragedia, no es un mensaje, ni un panfleto, ni una declaración de principios, ni un manifiesto de ningún tipo. Es la representación de un dilema, de un conflicto que no tiene una solución fácil. O mejor aún, que no tiene solución. ¿Qué solución tiene el conflicto de “Edipo Rey”? Sacarse los ojos era lo mínimo, por así decirlo. Pero ni aun así se resuelve el conflicto.

Una buena tragedia no afirma. Al contrario, pregunta. Mira al público y le pregunta “¿Qué habrías hecho tú?”. Y si es una tragedia de las buenas, el espectador no tiene respuesta fácil. Al menos, un espectador decente. ¿Propugna “Edipo Rey” que los monarcas incestuosos deben arrancarse los ojos para expiar sus culpas? Sólo un moralista, un demagogo o un crítico mierder puede pensar eso.

Un melodrama sí es un manifiesto. “Princesas”, por ejemplo, es un melodrama. “Juno” es un melodrama. La respuesta al dilema está en la misma sinopsis de la película. Una visión dignificadora de la prostitución. Una mirada esperanzada al embarazo adolescente. Mejor que abortar, darlo en adopción. Las prostitutas se merecen un respeto.

¿Cuál es el objeto de películas como ésas? Masajear al espectador. Reconfortarle en su superioridad moral. Lo mismo que la telebasura, vaya. Al final de “Princesas”, el espectador (suponiendo que haya conseguido vencer el sueño), sale reconfortado, pensando “las putas también son personas, ya lo había pensado yo alguna vez”. En Juno sales del cine pensando “han elegido bien. Mola que la vida les dé otra oportunidad a estos chicos tan majetes”.

Comparemos esas sensaciones con las que te deja una tragedia decente como “4 meses, 3 semanas y 2 días”.

Vivimos en la edad del melodrama. Vivimos bajo el yugo del moralismo, la demagogia y la crítica mierder. Y no hablo sólo del cine y la televisión, que también. Hoy en día, hasta los periódicos son melodramáticos. Y lo terrible es que, por debajo de su aspecto de corrección y progresismo, el melodrama esconde un dogmatismo extremo.

Recuerden: la tragedia presenta un conflicto terrible, y te pregunta qué harías tú en esa situación. El melodrama te dice lo que debes hacer. No hay opciones. Esto es “lo bueno”, y punto. Y por extensión, todo lo demás es “lo malo”. En la edad del melodrama, la libertad de expresión pierde cada vez más terreno. Una vez que está claro qué es lo bueno y qué es lo malo, ¿qué sentido tiene debatir sobre nada? ¿Se han fijado en que cada vez hay más talk-shows en los que todos los contertulios están de acuerdo?

Veamos tres ejemplos de lo que representa la edad del melodrama:

1. Hace unas semanas, Nacho Vigalondo fue expulsado de la sección de blogs de El País por publicar una broma en su Twitter:

“Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!

Después de una cadena de reacciones que iban desde la sonrisa de los que entendimos que era un chiste hasta el cinismo de los que, entendiéndolo también, decidieron sacar partido de ello, el director de El País canceló el blog de Vigalondo aduciendo que ese chiste ofendía “a cualquier persona decente”. Zas. Ahí está el dogmatismo. Javier Moreno traza la línea a partir de la cual dejas de ser decente, y por tanto, es mejor no hablar contigo. Se le cierra el blog. ¿Se entiende la gravedad del asunto? No se le piden explicaciones al autor. Se le impide hablar. ¡NO LE ESCUCHÉIS!

2. Hace unos meses, en Las Mañanas de Cuatro, un grupo de ignorantes sobrepagados “debatía” sobre la exhibición de “A Serbian Film” en el festival de Sitges (en realidad, pedían censura a gritos). E invitaron a defenderse al propio director del festival, Ángel Sala.

Lo más descorazonador de todo el vídeo, a mi modo de ver, es que ni siquiera Sala, director de un festival de cine fantástico, acertó a decir en su defensa que la puta película no es más que una ficción. Hace poco semanas, Sala fue imputado por un supuesto delito de exhibición de pornografía infantil por un juez de Vilanova i la Geltrú.

3. Hace pocos días, Salvador Sostres publicó una entrada en su blog del diario El Mundo diciendo que el asesino de la webcam no era un monstruo, sólo un chico normal. La columna, probablemente el texto menos provocador que Sostres ha publicado en su vida, provocó también una cadena de reacciones que condujo a Pedro J. Ramírez a censurar la entrada. Poco después, la redacción de El Mundo escribió una carta colectiva pidiendo a Pedro J. que prescindiese de Sostres. (¡No le escuchéis!)

Salvador Sostres

Desde hace unos días, me parece como si yo fuera la única persona en el mundo que piensa que todas estas censuras son igual de graves. Me ha sorprendido muchísimo ver cómo compañeros guionistas, gente inteligente y ecuánime (escritores, por el amor de Dios), se mostraban de acuerdo con la censura a Sostres.

Recuerdo que, cuando era niño, en mi colegio, mi hermano y yo fuimos dos de los primeros críos que eligieron “Ética” en lugar de “Religión”. Esto generó desconcierto y rechazo en muchos compañeros. Muchos, pero muchos de ellos me preguntaron agresivamente: “¿Tú qué eres, musulmán o qué?”. 25 años después, sigo viendo la misma actitud en gente a quien presuponía mucho más inteligente, mucho más madura y mucho más liberal que mis compañeros de E.G.B.

Si criticas a Zapatero, te preguntan si defiendes a Rajoy. Si te dedicas al cine, dan por hecho que apoyas a Zapatero. En la edad del melodrama, parece que el 90% de los licenciados universitarios (y probablemente el 99% del resto de la población) necesita que la gente se posicione radicalmente en determinadas cuestiones. Hay, naturalmente, temas más delicados que otros. Algunos de los más delicados son:

– Racismo
– Homosexualidad
– Religión
– Terrorismo
– Violencia machista

Cualquier ambigüedad o mínima separación entre las posturas individuales de una persona y la versión oficial de lo moralmente correcto en estos ámbitos es percibida no ya como sospechosa, sino directamente como reprobable, e incluso posiblemente delictiva, al decir de ciertos fiscales y jueces, probablemente más ávidos de fama que de justicia.

El caso de Sostres, precisamente porque no comparto en absoluto su postura política, me parece el más interesante. Un montón de gente le acusa de justificar el crimen de Dorel Marcu. Sin embargo, Sostres escribió claramente en el post “censurado” (que, naturalmente, circula por Internet con más popularidad de la que jamás habría tenido de no haber sido censurado) que ni justificaba ni creía que se pudiera justificar el crimen. (No importa, “no le escuchéis”.)

¿Cuál es, entonces, el resorte que ha disparado esta polémica? Sería simplista pensar que todo tiene que ver con la política. Algo hay, sin duda. Los medios de izquierdas se cebaron con Sostres igual que los de derechas se cebaron con Vigalondo y Ángel Sala (que, al ser “del cine”, son sospechosos de sociatas). Pero la plantilla de El Mundo también arremetió contra Sostres. Y mucha más gente de derechas. Eso no es política. Eso es hipocresía. Eso se llama rasgarse las vestiduras. Y la mayor parte de la gente que se indignó por el artículo ni siquiera sabe qué parte del mismo le indignó realmente. (Por supuesto, la mitad de los demagogos ni siquiera ha leído el puto artículo, pero hablo de la otra mitad).

Todo el mundo repite como loros que Sostres ha justificado el crimen, cuando repetidamente dice lo contrario. Todo el mundo repite como loros que Sostres ha dicho que la violencia machista es normal, cuando eso no se dice en ningún momento en ese artículo. Todo el mundo habla sobre “el daño que hace” un post como éste, pero nadie es capaz de dar un ejemplo de ese supuesto daño.

Y todo el mundo coincide en que habría que impedir que gente como Sostres escribiese en periódicos. (No le escuchéis.)

¿Qué es lo que molesta realmente a estos hipócritas? Lo que les molesta es el uso de la palabra “violencia” en el artículo. Sostres escribe:

“Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo.”

Sin ese párrafo, el artículo habría pasado desapercibido. Porque hay mil maneras de decir que el chico no era un monstruo. Pero no se puede jugar con las etiquetas de la corrección. Ésas son intocables. Repasen la lista de más arriba: la violencia machista está en el top-5 de temas que, en la edad del melodrama, exigen un posicionamiento radical, inconfundible y, lo más importante, literal.

Uno puede ir a un programa de televisión y decir “la violencia machista es una lacra para la sociedad, pero hace falta ser muy zorra para quedarse preñada de otro y tardar cinco meses en decírselo“, y tampoco pasará gran cosa. Pero que a nadie se le ocurra decir “esto no es violencia machista, esto es otra cosa”, porque lo linchan.

El pensamiento no importa. Lo que importa es lucir bien la etiqueta. Para ser “correcto”, tienes que decir clara y literalmente, sin ambages, que rechazas la violencia machista porque es una lacra para la sociedad. Cualquier agresión de un hombre hacia una mujer debe ser etiquetado como “violencia machista” y colocado en la estadística correspondiente. No te atrevas a intentar ver matices, o serás automáticamente acusado de hacer apología de la violencia machista.

Porque, en la edad del melodrama, hemos rechazado el pensamiento. Hemos rechazado el debate. Lo hemos cambiado por una burda etiqueta. Hemos convertido nuestro cerebro en una red cuadriculada en la que no caben formas distintas, no existen los matices. Hacer una mínima variación en la formulación de una idea es percibido mayoritariamente como una formulación en contra de la idea.

“O estás conmigo, o estás contra mí.”
“Dirá lo que quiera, pero lo que está pensando es…”
“No deberían dejar que esta gente fuese por ahí diciendo esas cosas.”

(No le escuchéis.)

Salvador Sostres, por si alguien no se ha dado cuenta, es un profesional de la provocación. La indignación de los “correctos” no es fruto de un error de cálculo. Al contrario, es un efecto buscado. Su despliegue retórico en el programa de Isabel San Sebastián, el ritmo de su monólogo, el tema elegido… denotan una enorme habilidad para la provocación.

Y la provocación es algo sano. Muchos no querrán darse cuenta, pero Salvador Sostres, con una sola columna, y encima censurada, ha generado más reflexión y debate sobre la violencia machista que año y medio de trabajo del extinto Ministerio de Igualdad.

Pero Sostres hace algo aparte de trastear con la etiqueta de la violencia machista. Sostres, como haría un buen guionista, se pone en la piel del asesino e intenta comprenderlo. Y tiene el valor de mencionar algo que todos hemos pensado muchas veces ante un crimen como éste:

“Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más (…) Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?,  ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?”

Antes de pedir que censuren a nadie por exhibir una opinión escandalosa, conviene pensar si no estaremos repitiendo por inercia una conducta aprendida. Si realmente nos han ofendido, o sólo reaccionamos porque alguien se burla de un mantra vacuo que nos aporta cierta seguridad cuando lo repetimos una y otra vez.

Pensemos un poco antes de juzgar. Juzgar es fácil. Por eso lo hace todo el mundo. Por eso Twitter, y Facebook, y demás versiones virtuales de la charla de barra de bar, están llenos de indignados efímeros, que se rasgan las vestiduras en las primeras veinticuatro horas y luego se olvidan del asunto.

En lugar de repetir mantras como si significasen algo, en lugar de pedir (vergüenza para un escritor) que se censure una película, una columna o un blog, recuperemos la buena costumbre de argumentar. Al menos, hagámoslo los que vivimos de nuestra capacidad para ponernos en la piel de otros.


DISCUTIENDO EN TWITTER CON MIMESACOJEA

3 marzo, 2011

por Sergio Barrejón.

He resumido bastante, faltan algunos tweets. Y conviene aclarar que José A. Pérez nunca ha dicho que haya que acabar con las subvenciones. Las comillas están mal usadas por mi parte. No son una cita, sino una interpretación subjetiva de su postura.

Ayer por la tarde, después de la discusión en Twitter, José A. Pérez publicó unas conclusiones en su blog dándome parte de razón, aunque sin nombrarme, quizá para evitarme bofetadas personalizadas (gracias).

Pero, aun a riesgo de recibir, me gustaría reflexionar sobre esta discusión y por qué la empecé. La verdad es que me solivianta esa retórica de barra de bar y palillo en la boca. Normalmente evito entrar al trapo. Pero cuando la descubro en gente inteligente y culta como José A. Pérez, guionista para más señas, me cuesta contenerme.

Por eso discutí con él, y por eso me pasé con los calificativos. Desde aquí le pido disculpas, y le agradezco el buen tono de su discurso. Y voy a intentar llegar yo también a algunas conclusiones, o al menos a aclarar mi postura, que a veces es complicado en 140 caracteres.

¿Acaso aplaudo que le den dinero público español a Berlusconi? Nada que ver. Pero tengo bastante claro que mi opinión al respecto no vale gran cosa. Si Telecinco Cinema se ha presentado a un concurso público cumpliendo todos los requisitos, y ha ganado, no hay motivo para montar un escándalo. Puede no gustarme el sistema ni sus requisitos (a mí, de hecho, no me gusta cómo están montadas las subvenciones), pero no me parece legítimo atacar al sistema y pintar como sospechosos a sus beneficiarios, destacando únicamente aquellos resultados que pueden apoyar esa tesis.

Es como si yo me quejase de que Freixenet, pongamos por caso, reciba incentivos a la exportación de cava. Puedo acodarme en la barra, morder el palillo y despotricar todo lo que quiera sobre lo sospechoso que me parece. Pero no hay noticia. Sólo opinión. Y las opiniones, que decía Harry Callahan, son como los culos: todo el mundo tiene uno.

De hecho, creo -y ésta es otra peligrosa interpretación personal- que a José A. Pérez, como a media España, le han enseñado a creer que las subvenciones son el caldo de cultivo de una casta adinerada, corrupta y sin talento. Le han enseñado a creer que es injusto que el cine reciba ayudas. Le han enseñado a creer que es injusto que los autores reciban dinero por la explotación de sus obras. Y le han enseñado a creer que la gestión del dinero público en el cine es menos transparente que en otros sectores. Insisto: a él, y a media España. Ha sido un trabajo de desinformación muy tenaz y muy logrado que viene durando ya años.

Me parece que José A. Pérez ha acabado creyendo eso, y que por eso fuerza su prosa, desde la selección de ejemplos fuera de contexto hasta la elección de sus figuras retóricas, para apoyar esa idea preconcebida. Un autor que, en general, es agudo, analítico y asertivo, cada vez que se mete en temas de derechos de autor, subvenciones y cine español acaba cayendo en el cliché, la maledicencia y el rumor de portería. Veamos, por ejemplo, esta línea de sus conclusiones, en un post que en general parecía conciliador:

La práctica totalidad de quienes viven de las subvenciones jamás criticarán el sistema.

BUM.

Ahí van juntas: la retórica periodística barata (práctica totalidad), la presunción de culpabilidad (toda esa gente que vive de las subvenciones), la predicción de futuro y una enorme contradicción.

Porque, no lo olvidemos, esto lo escribe un autor que tiene una serie en ETB, una televisión pública subvencionada. Un autor que escribe escribía un blog en PÚBLICO, diario propiedad del también productor de cine Jaume Roures. Subvencionado el productor, y subvencionado el periódico, por cierto no sin escándalo (que Dios me perdone por este enlace al infierno).

Vamos a jugar a la demagogia tuitera:

Se queja de las subvenciones para quedar bien en Internet, pero éste sin el dinero público se moría de hambre.

Mucho chistecito sobre el nacionalismo vasco en su blog, pero bien que chupa de la teta de ETB.

No le gusta que le den dinero a Berlusconi, pero no dice nada del que le dan a Roures. Y están en el mismo BOE.

Sí, en el mismo BOE que enlaza José A. Pérez para mencionar la subvención de Telecinco, se informa de una subvención de 20.000€ a Mediapro para llevar la película de Woody Allen a Cannes.

Oops...

¿Deberíamos ahora interpretar sus quejas por la subvención a Telecinco como mensajes pagados por Mediapro para desprestigiar a sus rivales? Evidentemente, no. Pero tampoco sería tan difícil retorcer el argumento para dibujarlo así.

Sigo el blog de José A. Pérez desde hace tiempo. Es de los que me han hecho reír a carcajadas, cosa difícil en un blog. Siento admiración por su talento. Pero da miedito ver a qué lo dedica a veces. Él dice que no está en contra del cine español. Y yo le creo. Pero no mucha más gente le creerá si no trata de mostrar más respeto, y más originalidad, en sus críticas al cine español (que se le pueden hacer, y muchas).

Aireando supuestos escándalos sin atreverse a concretar culpables, contribuye a hacer que todos los trabajadores del cine español parezcan sospechosos. Y así, quizá sin darse cuenta, hace peligrosos compañeros de camino: los que contribuyen a retratar el cine español como un vehículo de servilismo político a determinado partido, y las subvenciones como la sucia retribución por ese trabajo.

No niego que algo de eso haya. No lo niego, porque no lo conozco. Pero por lo poquito de cine que he hecho, y por la gente que conozco en el gremio, sé que es muy injusto etiquetar así toda la profesión. Una estafa la perpetra un estafador. No las perpetra el cine español. Los estafadores tienen nombres y apellidos. Díganse alto y claro, si se saben. Pero las quejas abstractas, tipo qué-mal-que-está-tó no sé si son propias del blog de un tipo inteligente y escéptico, seguido por muchos miles de personas. Son más propias de un bar de esos alfombrados con servilletas y cabezas de gamba.

Por cierto, el año pasado Freixenet recibió 4,7 millones de euros de la Unión Europea en incentivos a la exportación. Recuérdenlo cuando vean su próximo anuncio de Navidad.


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