QUÉ BUENAS IDEAS TIENEN ESOS AMERICANOS

31 julio, 2015

Por Antonio Trashorras. 

cabecera

Hace unos días me enteré de que Sony Pictures Animation había dado luz verde a un proyecto de largometraje basado en los denominados emojis. Sí, esas socorridas caritas amarillas, nietas del ya cincuentón Smiley, cuya gama expresiva en permanente crecimiento tanto está colaborando al retroceso de la capacidad de expresión escrita del ciudadano medio. Tal noticia detonó en mi cerebro un recuerdo, nítido como la certeza de que bien poco vale el talento sin algo de chiripa; la escena evocada data de hace unos tres años y la protagonizan Diego Puertas y Alejandro Pérez, quienes, sentados frente a mí, me cuentan con entusiasmo y un grado de detalle a veces, por qué no decirlo, exagerado, un proyecto que difícilmente podía sonarme mejor, y, por una vez, no sólo en el aspecto creativo, sino, qué demonios, también en el comercial. Aquel proyecto era… bueno, mejor que lo veáis:

Vaya… Así que hace tres años estos dos españoles ya tenían tan avanzado un proyecto básicamente idéntico a ese que no tardando mucho nos llegará de Hollywood e invadirá buena parte de nuestras pantallas comerciales. En realidad, no. Porque Diego y Alejandro, habían concebido ese proyecto hace ONCE años; es decir, en aquellos lejanos tiempo de los emoticonos del Messenger, de los foros de Internet, del talante… A partir de esa idea crearon unos personajes, urdieron una serie de historias y llenaron cientos de páginas con los detalles de un universo entero. Un trabajo redondo (JÁ). Supongo que los guionistas del proyecto de Sony, a poco que se estrujen el bulbo pensando en una mundo donde todos sus habitantes son esféricos (y amarillos) llegarán a parir algunas, sino bastantes, de las ideas que se les ocurrieron a ellos durante aquel período.

Diego y Alejandro escribieron y dirigieron el “teaser” entre 2005 y 2006, animado nada menos que por Enrique Gato (“Tadeo Jones”), y que aunque sólo se vio en círculos muy pequeños, y siempre buscando vender el proyecto, gustó lo suficiente en España como para incluso llevarlo en inglés hasta Cannes y Hollywood atrayendo un primer interés por parte de varias productoras.

Y si todo iba tan bien… ¿qué pasó para que “Emo” no llegara a producirse? Ellos me han contado la historia, aunque sin entrar en demasiados detalles. Recurriendo de nuevo a la memoria trataré de resumirla: ellos siempre quisieron hacer una serie con capítulos de media hora, tramas de “continuará”, en 3D y de contenido adulto. Por supuesto se toparon con todos los impedimentos del mundo. En algunos sitios les dijeron que no querían historias que abarcasen más de un episodio, ya que eso anulaba la posibilidad de emitirlos y reponerlos desordenados (¿os suena “Los Simpson”?). Tampoco faltaron quienes quisieron convertir “Emo” en un producto exclusivamente destinado al público infantil (las pelotitas esas, tan monas…), aunque ellos ahí dijeron “basta”. Estaban dispuestos a negociar todo lo referente al formato (barajaron diversas posibles duraciones para los capítulos, e incluso un posible argumento de largometraje), a suavizar algo el “teaser” (por ejemplo, eliminando las palabrotas, aunque quienes pedían eso eran, curiosamente, los que más se reían con ellas), pero a lo que no estaban dispuestos era a llegar tan lejos con los cambios como para alterar por completo el espíritu inicial de la idea.
Cuando me lo enseñaron a mí, ellos habían realizado una (desafortunada) cesión que tuvo bloqueado el proyecto durante tres años, sin al final siquiera llegar a desarrollarse. ¿”Development hell”? No, peor.
Fue de todo esto de lo que me acordé al ver aquella noticia del proyecto de película protagonizada por emoticonos. Puede que Sony le saque tanta rentabilidad a esta idea como hicieron con “Lluvia de albóndigas”, “Hotel Transylvania” o “Los pitufos”, pero nadie le quitará a dos españoles la satisfacción de haberla tenido antes que ellos. Mucho antes. Sí, sé que esta última frase es una idiotez mayúscula, y lo que Diego y Alejandro querrían es haber podido materializar su idea hace años, en el momento en que, no nos engañemos, resultaba de verdad original. No hay más que ver de nuevo el “teaser” para imaginar el bombazo que aquello hubiera representado en la animación española. Es más, no me extrañaría que cuando dentro de un año o dos veamos el “trailer” de la multimillonaria producción americana pensemos que, manda narices, en el fondo nos sigue haciendo más gracia aquella cosita hecha aquí, la misma en la que ningún productor confió lo suficiente como para apostar por ella, tal cual era.


EL ARO

31 enero, 2013

por Diego Puertas.

Joseluisgil

Ignoro si les sorprenderá esta historia. Tiene algo de arrebato revolucionario de baja intensidad, pero sobre todo de gesto de mala hostia, como lanzar al suelo todos los trastos del escritorio sin nadie a quien tumbar encima y sabiendo que luego habrá que recogerlos. Pero ahí van. A la mierda.

Me llamo Diego Puertas y soy cineasta en prácticas. Estas prácticas empezaron por hacer cortos de adolescencia en S-VHS, siguieron por varios años de encierro casi monacal aprendiendo (o, como diría un anglosajón, enseñándome) a escribir largometrajes, y continuaron con varios intentos infructuosos de meter la cabeza en el mundo del guión televisivo. Rebasé las 1.000 páginas hace tiempo: he escrito siete largometrajes para alimentar el cajón de mi escritorio, además de numerosos cortos no producidos, pilotos de televisión, specs de series existentes y alguna biblia. He hecho pruebas para numerosas series y programas, siempre con buena respuesta tanto oficial como oficiosa, siempre quedándome a las puertas con variadas excusas o explicaciones. Mi trabajo escrito ha llamado la atención de varias cadenas de televisión nacionales y productoras importantes; he tenido reuniones en rascacielos de Los Ángeles y en la agencia del Ari Gold real. Sin embargo, sigo fuera de la industria.

¿Por qué, se preguntan?

Se lo digo yo: por gilipollas.

Aparte de un par de grandes ocasiones que no cuajaron por pura y simple mala suerte (ser contratado en una serie que es cancelada un mes después, etc.) mi gran problema ha sido siempre querer hacer las cosas como es debido y, o bien no ser capaz de estar a la altura de mis propias aspiraciones, o bien chocar de frente con un sistema, el español, que en términos generales no está pensado para hacer las cosas bien sino para hacerlas fáciles (baratas es una extensión de ese adjetivo). Antes de que salten: eso no quiere decir que no haya productos de calidad ni que la gente que trabaja en productos mediocres no se deje los huevos en ello. Es una cuestión de planteamiento, y de quien, como yo, tiene problemas de adaptación en ese ecosistema. Observen que no culpo al medio más allá de la constatación de que está mal diseñado; todos lo sabemos, hablamos de ello a diario; todos participamos o queremos participar de él como si fuera algo que se hace día a día a espaldas de nosotros, una construcción maléfica y ajena sobre la que no tenemos ninguna responsabilidad. España 101, si me lo permiten, pero eso es tema para otro blog. El fondo de la cuestión es que, por muy capaz que yo sea de integrarme en esa maquinaria, y lo soy, no he tenido la oportunidad de hacerlo como peón, y siempre que ha existido la posibilidad de hacerlo como capataz no he sido lo suficientemente hábil para pasar por el aro.

Porque hay que pasar por el aro.

Hace algo más de dos años di por concluidas mis prácticas de guión y me lancé a las de dirección. Escribí, produje y dirigí G, un cortometraje sin subvenciones en el que no tener que hacer concesiones. Invertí mis ahorros, los de mis padres y los de algún buen amigo y, créanme, es un corto barato. Y viví lo que cualquier director conoce bien: llevar algo a la práctica ya implica un volumen de concesiones que resulta inasumible para mucha gente. Dirigir cine consiste en una hilera interminable de aros llameantes, cada uno con un domador con látigo y mostacho y la esperanza de un aplauso del público al pasar por el último.

Tuve la suerte de contar con un reparto extraordinario y terminar con un producto digno. Yo no daba un duro por él, pero el recorrido del corto en el circuito de festivales ha sido inmejorable, teniendo en cuenta que es una primera obra y costó una cuarta parte del presupuesto de los cortos con los que ha competido en los festivales importantes: alrededor de 50 selecciones en España, varios premios, reacciones muy agradables de todos los públicos, e ilusionantes comentarios de algunos cineastas a los que admiro.

También fue emitido por La Sexta 3 (ocasión sobre la que Chico Santamano posteó aquí) junto con los cortos de cuatro compañeros y sus equipos. La audiencia fue notable, y G fue el más visto, con casi 90.000 espectadores (a las 15h de un viernes). Aquello ya fue un aro por el que pasar. Les cuento: todo formaba parte de un acuerdo con el festival de televisión de Vitoria, y aunque La Sexta 3 no remuneró a las productoras por la emisión de los cortos, sí se pusieron las facilidades para que los autores pasáramos un fin de semana en esa ciudad, comiendo y bebiendo de puta madre por cuenta del festival e invitados a alojarnos en un estupendo hotel. Pareció suficiente contraprestación (añadida a la repercusión de la emisión en sí, obviamente) y acepté pasar por el aro. La experiencia fue inmejorable.

Gané en otro festival. El premio para el cortometraje consistía en ser emitido en el programa Somos cortos de La2. Por supuesto, por la cara. Ya saben, esa cadena pública que apuesta por la cultura.

El “premio”. Muy amable pero no, gracias.

Meses después (quizá tras ser proyectado en SGAE en Corto, quién sabe) han vuelto a ponerse en contacto con la distribuidora del cortometraje, esta vez como programa de televisión que busca material y ha oído que el corto merece la pena. Otra vez, por la cara. Derechos para televisión en abierto para el territorio de España. Derechos de comunicación pública para que RTVE pueda difundirlo en Internet a través de servicios IP en sus medios interactivos.

Otro aro llameante.

Si aceptase, mi corto lo podrían ver del orden de 80.000 personas, quién sabe si más. El equivalente a unos, no sé, 500 festivales.

Pero, ¿recuerdan? Soy gilipollas.

He vuelto a decir que no. Al menos habría visto el ingreso correspondiente por derechos de autor. Pero he dicho no. Soy bastante mónguer.

Queridos amigos de RTVE: les pediría que no vuelvan a tener los santos huevos de emitir promociones en las que dicen, con esas palabras, que apuestan por el cine español. Al menos hasta que la Ley del Cine no les obligue, como debería, a pagar a los cortometrajistas (al menos a los que hacemos cine: no estamos hablando de un corto de 3,30 minutos grabado con una cámara de fotos en una tarde) lo que les es debido por llenar el tiempo correspondiente de su parrilla, cuarto de hora en mi caso. Habría supuesto cierta publicidad para mi corto, muy probablemente, en especial en un momento en el que estoy intentando levantar un largometraje basado en él y con su mismo protagonista, célebre estrella de televisión que ha rechazado casi todo lo que le han ofrecido en cine pero, por algún motivo, apuesta fuerte por mí y por un largometraje de G. Pero una vez más, amigos, he dicho que no a prestar mi trabajo y el de mi equipo.

Qué quieren que les diga. Subnormal perdido.

Así que, a lo loco, he decidido pasar por ese aro, pero a mi manera. He subido nuestro corto a una cuenta de YouTube, propiedad de un amigo (además, productor asociado en él), y he aprovechado la ocasión de ponerlo aquí, por primera vez en Internet, en estreno, en Bloguionistas. Si una tele no paga, al menos podré elegir el marco y el público, y quién sabe, quizá dentro de algunos meses mi amigo pueda recuperar su inversión en mi persona gracias a AdSense, que es un modelo de compensación que, por irrisorio que sea, parece cuidar más a sus proveedores de contenido que la televisión pública española. ¿Me leen, señores de RTVE? Prefiero este aro al que me ofrecían ustedes.

Es el primer aro antes de salir al circo de tres pistas que será levantar un largometraje de G, cuyo guión está casi listo, mientras encuentro, por fin, un aro por el que saltar, orgulloso, al mundo del guión televisivo. Quizá se lo cuente un día.


EL CORTO CHROMA

27 octubre, 2011

por Alejandro Pérez Blanco.

Este artículo es la continuación de El Alfa y el Mega, publicado en Bloguionistas el 13 de Octubre de 2011.

Enseñar esto de un corto siempre queda bonito:

Pero entre la primera versión y la última hay dos meses de trabajo.

En el cortometraje LA MEDIA PENA hay 74 planos. 48 tienen chroma. Todo ha salido bien. Acaba de estrenarse en público y gusta. Yo he quedado más que satisfecho.

¿Pero qué pasa si se trabaja todo eso y luego el corto es una mierda?

Si uno ve unos cuantos ejemplos de efectos especiales chulos del tirón puede pensar que hacemos magia. Ojalá supiéramos conjuros. Pero, como mucho, tenemos trucos: el tipo de magia que esconde horas y horas de trabajo y sudor para que un efecto quede resultón.

Sin embargo, hay gente que no lo entiende. El espectador no tiene por qué saberlo, pero el que nos contrata, sí. Y muchos productores y directores no lo saben.

Y eso es lo que suele ocurrir en los cortos-chroma.

Qué es un corto chroma

Es como llamo (igual soy el único) a los cortos que preven una intensa labor de postproducción: Generalmente se graban con fondos de chroma y luego hay que rellenarlos. Hay otros tipos.

He trabajado en un buen puñado de cortos chroma. Todos han supuesto un quebradero de cabeza al director y los productores. Cuando se planifican, se dice mucho “vamos a grabar con fondos azules y así le daremos un look futurista/histórico/expresionista/Star Wars/300/Sin City. Agilizará mucho la producción, que sí, que sí.”

¡Claro que agiliza el rodaje! ¿Cómo no? No hay que cambiar sets, a veces ni siquiera iluminación. Se puede rodar en pocos días lo que costaría semanas con decorados reales y localizaciones. ¡Pero ojo! Todo el trabajo que te ahorras igual se multiplica por falta de precaución.

En un corto-chroma, los encargados de los efectos especiales siempre acumulan más horas de dedicación en el proyecto que absolutamente todos los demás departamentos juntos. Un mes de trabajo quita el entusiasmo de cualquiera. Pone a prueba muchas amistades. Y si encima es gratis…

Casi todos los cortos chroma que he conocido han sido o bien abandonados, o bien terminados AÑOS después del rodaje. En muchos corren por ahí historias desagradables de tiranía, racanería, don de gentes inicial que luego desvela una terrible falta de criterio, previsión nula… En otras palabras, mal productor y mal director (que suelen ser el mismo).

Incluso aunque el guión sea fabuloso, el proyecto final puede llegar a arrastrar tanta mala fama que se convierte en lo contrario a lo que se pretendía originalmente que fuera: una muestra de capacidad de trabajo.

Así que mucho cuidado, compañeros guionistas. Os recomiendo huir de los cortos chroma como de la mierda. No os darán más que problemas. He echado un cable en varios cortos en los que el chroma se acabaron convirtiendo en una maldición. Afortunadamente, en esta profesión nuestra siempre hay excepciones. Por ejemplo, Alfredo López, un realizador que empezó a meterse en chromas por hobby y ha encontrado una estética fascinante.

La Media Pena es otra excepción. Salió bien, entre otras cosas, gracias a que ya había pagado la novatada. Es el primer corto-chroma en el que acepté plena responsabilidad y el primero en el que participo que llega a tiempo a la fecha de entrega con aprobación de calidad de los de arriba.

No sé si las razones valdrían para todos los demás proyectos, pero trataré de explicarlas.

1) Los actores actúan
Creedme, el actor protagonista es un elemento indispensable para que una postproducción salga bien. De media, he dedicado un minuto de mi vida a mirar cada segundo de Luis Callejo y Tanya Roberto en este proyecto. Sus rostros expresan más que cualquier otro factor del corto.

Luis Callejo en “La media pena”

Cuando el volumen de trabajo pasa de medirse en días a medirse en semanas, llega un momento inevitable en el que uno se plantea qué está haciendo con su vida. Y entonces, ve el trabajo de los actores. No se puede evitar, es el material con el que se trabaja. En muchos cortos-chroma, los actores o son amigos del director sin experiencia o trabajan a ciegas, con un montón de cosas verdes sobre las que es casi imposible interpretar. Es la mentalidad de George Lucas, pero sin dinero.

La media pena es un corto grabado en localización, donde el verde es una parte razonable de la pantalla, tanto para mí como para los intérpretes. Tenían un set, tenían un guión. Y cada fotograma de Luis Callejo, con experiencia reciente en los chromas de El barco, está metido en papel. Sale mucho, habla poco. Todo lo expresa con la mirada. Y alrededor de ella he trabajado sabiendo que lo que hacía tenía sentido.

2) El fondo del chroma es real

Vista de Bilbao desde la torre Iberdrola

El cortometraje está ambientado en un lugar muy concreto de Bilbao, y producción consiguió unas vistas óptimas. No hizo falta crear un horizonte de la nada. Además, bastaba con un solo ángulo: cuando algo se ve desde muy lejos, no cambia de perspectiva si sólo te desplazas por las ventanas de un despacho. Así que sólo necesitábamos un vídeo estático, una postal, a máxima resolución.

Teniendo claras algunas nociones de perspectiva, da igual el encuadre, el fondo no cambiaría más que de posición cuando se gira la cámara. Por eso, Jon grabó el vídeo de Bilbao que vemos al fondo con sumo cuidado, bien enfocado, con pruebas de desenfoque y con coches al fondo y luces titilantes. No hicieron falta más ángulos ni manipulaciones.

Aquí, un ejemplo de cómo se mueve el fondo del chroma. En algunos casos, se pueden hacer cálculos matemáticos con los planos.

En otros, hay que tirar de ojímetro.

Un buen verde lo convierte en menos imposible de lo que parece.

Lo que sí hubo que crear es el monitor. En Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011) también me encargué del contenido de la tele. Se puso directamente en rodaje.

Aquí no pudo ser. No tuvimos tiempo para preparar el vídeo antes, así que lo que hicimos fue montar un segundo chroma.

Con el tiempo me he sentido aliviado de no tenerlo para el rodaje. Hubiese tenido que crear muchas más imágenes de las necesarias. Aquí puede verse casi todo lo que aparece en imagen, mucho menos que si hubiera trabajado a ciegas.

Y me entra un temblor cada vez que pienso en lo que habría sido el raccord del monitor.

3) El corto es en blanco y negro
Estaba pensando para blanco y negro desde el principio. De hecho, se habría rodado así de no ser por los chromas. El blanco y negro digital permite decidir qué color original va a ser más oscuro o más claro. En este caso, por cuestiones de luz y cámara, un canal de vídeo, el azul, tenía mucho más grano que los otros, y pude fundírmelo para trabajar con mucha más precisión en los chromas.

Todo ese tono pálido rojizo que se ve en estos making ofs es posterior a este paso, como he trabajado la mayor parte del tiempo.


También fue muy útil para separar resquicios de luz verde que rebotaba de los chromas y decidir en cada caso si era mejor quitarlos, suavizarlos, o mantenerlos.

También es verdad que el blanco y negro tiene sus problemas. Sin ir más lejos, al principio, en el logotipo del Gobierno Vasco:

Aquí se ve más claro, pero puede pasar durante todo el corto de imagen real. Hay que ir con cuidado, se pueden perder detalles, y los colores no juegan en nuestra cabeza como en la realidad. Pero este mismo problema presenta ventajas sorprendentes:

En blanco y negro, se puede simular un amanecer creíble cambiando sólo la intensidad de la luz roja.

4) Buena gestión de tiempos
Es muy habitual que, antes de encargar un trabajo de este volumen, se haga una prueba para calcular los tiempos. Si hay que hacer 50 planos, se hace uno, y se extrapola lo que se tardará para hacer el resto. Pero cuando se hace un solo plano no se tiene en cuenta el factor psicológico, igual que nos apetece paella este domingo, pero si nos la dan todos los días durante diez años acabaremos aborreciéndola.

Con el tiempo me he dado cuenta de que la variedad es un elemento indispensable para este trabajo. Hay que saber manejarla: demasiada variedad hace que tengamos que saltar de un tema a otro y hay que resetear la cabeza, perdiendo tiempo y ganando estrés (estoy seguro de que con los guiones también pasa), pero un mismo trabajo prolongado puede agotar el cuerpo y la mente.

Con la experiencia, uno se va haciendo consciente de su propia capacidad y en este caso supe calcular con bastante precisión el tiempo que me iba a hacer falta. Y pedí el doble. Coincidía con el calendario que los productores habían previsto y no pusieron ninguna pega, siempre que entregara cuando me comprometí. ¿Por qué hice eso? Por seguridad. Y porque lo compaginé con otro proyecto que no tenía nada que ver, ni siquiera era de postproducción. Podía descansar de uno metiéndome con el otro, y aún tener horas para dormir y ver la calle, e incluso aceptar encargos ocasionales breves (y alimenticios).

5) No tuve que hacer casi nada más
Sergio Barrejón había trabajado en 35 milímetros y una producción digital era algo nuevo para él. Salvo detalles como los del post anterior, no hubo imprevistos. Casi todos los problemas se solucionaron al modo clásico. “Esto lo hacemos en pospo” es algo que no debería decir nadie salvo el responsable de pospo.

Dediqué el 98% del tiempo a componer lo que estaba acordado. Gracias a una buena coordinación, supe en todo momento lo que me iba a tocar. El único efecto especial realmente complejo fuera de los chromas fue éste, y no sólo estaba previsto, sino que también estuve allí, asegurándome de que tenía todo lo que hacía falta.

6) Hay que saber parar a tiempo

Hay un momento inevitable en toda postproducción intensa en la que el director sucumbe a este poder y plantea alguna locura tipo “cambiar el cuadro del fondo”, por ejemplo, pensando que tendría un coste similar al que ha supuesto la mirilla. En pospo hay que desarrollar un ojo clínico para detectar este instante y pararle los pies. Pero no sólo a él.

La clave para no volverse loco es ser consciente de que nunca va a estar perfecto. El 90% del trabajo está en el 10% final.

Todos los efectos que he mostrado en estos dos posts tienen pegas. Algunas igual sólo las veo yo, otras igual sólo las ven los que se han enterado de que hay efectos y, en el peor de los casos, alguna la notará el público al verlo por primera vez y le causará una mala impresión. El consuelo que nos queda es que El apartamento tiene pegas. Ciudadano Kane tiene pegas. (Unos pájaros hechos con dibujos animados que no vienen a cuento de nada, porque reciclaron una retroproyección de la secuela de King Kong.) Un proyecto grande consiste en muchas cosas pequeñas, y es difícil centrarse en cada una de ellas sin perder la visión de ese todo. Uno debe seleccionar con cuidado sus obsesiones. Qué se deja, qué se ha hecho mal, ¿ha quedado muy largo…? Por eso pienso terminar este post inmediatamente.
No sin antes…

y 7) Creo en el corto y en el equipo
El secreto para que guste una obra no es que quede libre de fallos, sino que el conjunto de cosas que sí funcionan interese al espectador hasta el punto de ignorar o perdonar los fallos. El reflejo del espejo en la cara de Jack Lemmon en El apartamento es falso como un duro de madera, pero incluso si nos damos cuenta, nos da igual. Es la magia del cine de la que tanto se habla, esa capacidad de Billy Wilder es un poco a lo que aspiramos todos.

En el primer corto para el que hice unos títulos de crédito iniciales me pidieron que preparara el rollo final. Eran tiempos de DV y Avid. Tras varios líos de formatos, le acabé pasando al montador los créditos en una foto gigante, para que la moviera él. La importó en AVID, mostró una miniatura y ahí vimos a todos, pequeñitos. Como ladrillos de un rascacielos.

En los encargos habituales de cortos chroma, suele llegar un momento en el que alguien piensa “me dejo la piel por estos gilipollas”, renuncia, y la producción entra en crisis. Yo ya había colaborado estrechamente con Sergio Barrejón, el director de fotografía Jon Domínguez y la montadora Carolina Martínez. Contaron conmigo, me consultaron, yo también pregunté lo que tenía que preguntar, existió y existe una relación de profundo respeto. Y a medida que se han sucedido proyectos, se ha convertido en amistad. Ya, ya sé que suena a making of de Hollywood escrito por publicistas, pero es verdad. Del mismo modo que intenté ahorrarles tiempo con cosas como la mirilla de la puerta, ellos no dudaron en dejarme poner marcas para medir movimientos, ajustar el verde de la tele o pedir que se repitiera el plano si me encontraba un problema.

Barrejón y yo estamos colaborando tanto que es estadísticamente inevitable que en algún día nos odiemos a muerte, dejemos de saludarnos por la calle y nos comuniquemos a través de abogados. Pero aún no. De momento, seguimos siendo amigos. En este corto chroma excepcional no han nacido enemigos, sino que hemos peleado todos juntos por un fin común.

Gracias, compañeros.

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FIRMAS INVITADAS: ALEJANDRO PÉREZ BLANCO

13 octubre, 2011

Alejandro Pérez Blanco (aka thehardmenpath) es diseñador de efectos visuales. Ha trabajado en publicidad, corporativos, videoclips y muchos otros proyectos. Este año estrena EXTRATERRESTRE, de Nacho Vigalondo, y tres cortometrajes, de los que hablará en una serie de dos posts.

EL ALFA Y EL MEGA

Todo empezó aquí:

Un amigo, David Santamaría, se cruza consigo mismo.

Corría el verano del 97. Mis padres por fin me dejaban libremente la cámara que mi padre SE había regalado en mi primera comunión. Creo que no poder usarla durante tres o cuatro años hizo que empezara a prever lo que supondría usarla. Por el 95 la cosa cambió, convencí a varios compañeros de clase y a la profesora de biología para hacer un par de trabajos en vídeo, en lugar de por escrito. En el 96 mis padres me regalaron por Navidades una tarjeta para el ordenador capaz de capturar vídeos. Y entonces descubrí el poder de la manipulación digital.

Cinco años después, Sergio Mena, un compañero de la facultad me hizo mi primer encargo de efectos especiales. La cámara se había colado en un plano muy elaborado.

Fue la primera vez que usé un ordenador para solucionar un problema de rodaje para otra persona.

Y ahora, ésa es mi profesión.

Me dedico a arreglar esos pequeños problemas, fruto de cosas tan dispares como el clima, la arquitectura de una calle o el descuido de un pertiguista. Si se graban dos tomas, una con un actor regular, y otra donde se cuela un reflejo de un técnico, pero con el actor en estado de gracia, antes de tirarla a la basura, es conveniente llamar a los de mi calaña. Somos una especie de Señor Lobo de la postproducción.

Con la experiencia, el equipo aprende una disciplina. Una metodología y una infinidad de trucos sirve para prever, evitar y resolver estos problemas. Cuando se habla de un buen equipo de rodaje, estamos refiriéndonos sobre todo a esto.

Durante un rodaje normal, mi trabajo es una minucia comparado con el de todos ellos. Consiste en estar ahí, sin más, esperando a ver si puedo contribuir a solucionar un problema. Mi trabajo no es el de crear lluvia, sangre o fuego en un set. Como un guionista, gran parte de mi labor puede hacerse en pijama. Y como con los guiones, suele importar más la fecha de entrega que mi horario de trabajo. Y a los demás les importa poco si soy muy rápido y he acabado en media hora, o si soy muy minucioso y he tardado una semana. Sólo importa el resultado.

Rodaje de LA MEDIA PENA. Dirige Sergio Barrejón. Rodamos en un hotel. Luis Callejo cruza su despacho.

¿Por qué hay una mirilla en la puerta de un despacho? No tiene sentido.

Todo se pone en marcha. Hay que tener en cuenta cuánto tiempo y dinero costaría quitar esa mirilla. ¿Se puede desatornillar? ¿Se podría poner una pegatina? ¿Habría que cambiar la puerta? ¿Tenemos dinero para cambiar una puerta? ¿Cuánto se tardaría? ¿Cuántos planos dejaríamos de rodar para arreglar este problema? En los departamentos de arte y producción esas preguntas están a la orden del día.

Ahí entra el Señor Lobo.

Si yo tardo, pongamos, dos horas en quitar la mirilla de todos los planos, es más rentable que si 20 personas retrasan un poco su plan de trabajo para cambiar la puerta. Dos horas de una persona son más rentables que 10 minutos de un equipo el día de rodaje. Nunca antes he borrado una mirilla, pero sí he quitado pintadas, anuncios, papeleras, y con esa experiencia sé más o menos cómo lo voy a hacer y cuánto voy a tardar, del mismo modo que Ramón Massats y su equipo aplican su experiencia profesional para estimar al vuelo lo que supone un transporte, una compra o cualquier cambio sobre el plan previsto. En este caso concreto, compensa. Depende de muchas variables, como el tipo de planos, la fecha de entrega final, el movimiento de cámara o los actores que pasen por delante.

Nada, fuera.

Esa bombilla también distrae. Adiós.

¡Y qué fea queda esa palanca! ¡Vete!

También salvamos el raccord de un reloj. Metimos la hora del primero en el segundo. Es lo que se ve en el tercero:


Fue el único arreglo de raccord del corto. Marta Piedade, la script, no perdonó una en el set. De hecho, esto lo grabó una segunda unidad en una oficina real en Bilbao.

Es normal que los vasos estén más llenos o vacíos de un plano a otro. Estamos acostumbrados a no fijarnos en eso cuando vemos películas. Pero en algunos casos concretos, llamaría demasiado la atención y arreglarlos se hace necesario. Esta lámpara, por ejemplo:

El cortometraje se llama OCHO. Es de Raúl Cerezo. Raúl me pidió que echara una mano para arreglar varias cosas. El mayor problema de raccord del corto fue sostener durante muchos planos algo imposible de controlar al 100%: velas de cumpleaños:

Hay muchos planos de velas. Las llamas y el humo están sacados de otros planos del corto, con suficientes retoques como para que no se noten que son los mismos. Y también hicimos una versión internacional:

¿Es creativo este trabajo?

No, en los ejemplos que hemos visto hasta ahora.

El objetivo de estos pequeños arreglos, como en producción, no es artístico, es puramente técnico. Antes de borrar esa bombilla del techo, nuestro cerebro sabe exactamente cómo va a quedar. Es como hacer un puzzle con la foto resuelta en la caja. Si queda raro, no se ha hecho el trabajo. Donde sí puede haber creatividad en el modo de resolver el problema. Sería absurdo pensar que una peluquera de cine no puede encontrar satisfactorio su trabajo. Pero resolver un problema siempre es satisfactorio.

Esta versión internacional de OCHO sólo es creativa en el modo en que se hace.

Pero se llega a un punto en el que las decisiones empiezan a cobrar importancia. Una vez visto el montaje, este temblor no le convencía a Barrejón. ¿Lo quitamos entero? ¿Lo suavizamos? Muchas veces el director sólo dice “haz algo con esto” y delega con confianza.

Aquí, en lugar de hacer una solución, ideé una manera de crear distintas soluciones de manera casi automática.

Y así, poco a poco, entramos en una manipulación compleja de la narrativa. Antes, duplicar a un actor era un efecto especial complicado. Ahora, se hace con regularidad, pero el actor no es el mismo. A dos actores en el mismo plano les sale mejor una toma diferente y se pueden juntar en el montaje. Hace un par de décadas, directores y productores de las películas más caras del cine hubieran matado por ese poder.

En el cortometraje G, de Diego Puertas, lo probé unas cuantas veces. Mientras montábamos esta secuencia, sabía que tenía que haber una manera de que este plano encadenara con el siguiente de un modo satisfactorio:

Y también probamos una locura parecida en un disparo:

Tanto para hacer estos efectos como los sutiles de más arriba, hace falta tener un cierto conocimiento de teoría de la imagen. Algunos efectos no funcionan cuando sabemos que están ahí. Otros no funcionrían si el plano fuera un pelo distinto, o si el objeto que manipulamos llamara más la atención en el montaje. Os sorprendería la de veces que hemos visto soluciones así, y no sólo en películas fantásticas tipo Harry Potter. Ya se han implantado y están para quedarse. A Diego Puertas le encantó saber que Fincher hace lo mismo que él.

¿Me vuelvo loco trabajando en esto?

Sólo puedo decir que lo disfruto. Desde adolescente. Para duplicar a mi amigo David en el 97 tuve que copiar y pegar con exactitud, a ojo, entre dos secuencias de fotogramas. No sabía lo que eran ni el Photoshop ni trabajar con capas. Sólo sabía lo que había podido intuir repitiendo una y otra vez las escenas de Regreso al futuro 2. Y ahora, para escribir un guión, tengo que ponerme. Pero para hacer postproducción tengo que quitarme. No hay parpadeo de gtalk lo suficientemente llamativo para que deje lo que estoy haciendo. Es lo que mejor se me da del mundo, lo que más disfruto haciendo, y tengo la enorme suerte de haberlo descubierto a los 15 años.

Ahora bien, NO SIEMPRE merece la pena dedicar tanto tiempo y esfuerzo a un instante que pasará desapercibido. En el próximo post veremos la plaga más desesperante que acecha al postproductor, qué tienen que ver con ella los guionistas y por qué LA MEDIA PENA fue una excepción.


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