CUESTIÓN DE MÉTODO

8 marzo, 2016

Por David Muñoz

Una de las cosas que observo más a menudo en mis clases de guión de largometraje es que hay alumnos que no consiguen avanzar con sus proyectos porque utilizan un método equivocado para escribirlos, un método que termina bloqueándoles e impidiéndoles seguir adelante. Y a veces, solo con cambiar de método logran mejores resultados en una semana que en todos los meses anteriores que han pasado dándole vueltas a su historia.

Por supuesto, no creo que exista solo un método “bueno” para conseguir terminar el primer borrador de un guión de largometraje. Eso querría decir que todos los guionistas somos iguales, que todos tenemos armada la cabeza de la misma manera, y no es así. En realidad, cualquier método, si a ti te funciona, es “bueno”. Lo que voy a explicar es solo una posible manera de hacer las cosas. Eso sí, es la que creo que funciona con un porcentaje mayor de alumnos.

Antes de estar en mi clase, muchos de mis alumnos solo han escrito cortos. Y cuando empiezan a trabajar en un guión de largo se dan cuenta de que tienen por delante una maratón y ellos lo que saben hacer es correr los 100 metros lisos. Vamos, que se les hace un mundo. Y es normal. Desarrollar una historia capaz de dar lugar a un guión de más o menos 100 páginas no es nunca una tarea fácil. Como decía David Mamet en una entrevista reciente, generar trama, peripecia, es un trabajo difícil, incluso agotador, al que a menudo no damos la importancia que merece cuando hablamos de escribir.

Sin embargo, muchos de mis alumnos intentan usar con su largo el mismo método que han usado para escribir sus cortos. O sea, escriben del tirón, con una idea muy vaga de hacia dónde va la historia, esperando que se les vaya ocurriendo la trama según avanzan. Están emprendiendo un viaje sin mapa. Saben de dónde vienen pero no tienen claro hacia dónde van. Y además intentan escribir un documento muy detallado, más que una sinopsis larga, un tratamiento.

El resultado casi siempre suele el mismo: posibles guiones de 60 páginas con primeros actos larguísimos (porque en ellos aparece todo sobre lo que ha pensado más el estudiante), segundos actos brevísimos y terceros que casi nunca resuelven los asuntos planteados en el arranque. Pese a ello, quizá porque suele ser un documento que tiene varias escenas contadas con mucho detalle, el estudiante tiene la sensación de que realmente tiene algo con lo que casi, casi, podría empezar a dialogar. Cuando no es ni mucho menos así, porque al desglosarlo y transformarlo en escenas suele descubrir que lo que ha escrito da como mucho para 30 o 40 escenas.

Lo peor es que escribiendo así es muy fácil engañarse creyendo que lo que estás contando se entiende bien cuando no es así. Al ser un formato pseudoliterario, se describen emociones y sentimientos que no han sido dramatizados, o sea, convertidos en acciones. Y si un personaje no hace algo que “enseñe” esas emociones, es como si no existieran. Porque en literatura el lector es telépata, pero en cine el espectador es un voyeur. Si no se ve, no está. Aunque ojo, que el diálogo también puede ser acción. Como también ha dicho Mamet: “los personajes solo hablan para conseguir cosas”. Además, como estás escribiendo cine, contando imágenes, conviene  empezar a escribir escenas cuanto antes.

Pero lo que más complica las cosas escribiendo así es que pone muy difícil hacer cambios en un momento en el que de lo que se trata es de descubrir qué estás contando y cómo quieres contarlo. Y para conseguir averiguarlo tienes que ser muy flexible y estar dispuesto a hacer todo tipo de modificaciones. Porque lo más habitual es que según vayas avanzando, descubras cosas que te obliguen a hacer cambios en partes que hasta ese momento dabas por buenas. Y da mucha pereza tener que cargarte una escena que has descrito de forma minuciosa en dos folios y a la que quizá has dedicado tres horas de escritura para que estuviera bien redactada.

Aunque no te cueste hacer cambios, trabajar con documentos tan largos y detallados puede tener otro efecto pernicioso sobre el proceso de escritura: provocar que te canses antes de tiempo, que te quemes y acabes abandonando por puro agotamiento. Estoy convencido de que tenemos una energía creativa limitada, así que… ¿para qué desperdiciarla redactando con tanto cuidado documentos que solo vamos a leer nosotros? Ya escribirás un tratamiento a partir de tu documento de trabajo si te lo pide un productor.

Eso es importante: en esta fase hay que asumir que lo que estamos escribiendo no es un documento que deba llegarle a un director o a un productor. Es nuestra “máquina de pensar”. Escribimos para poner en marcha el pensamiento, para activar la imaginación. Estamos diseñando los planos de la casa. Todavía no puede venir nadie a vivir en ella.

Llegados a este punto, lo que yo suelo proponerles a mis alumnos es lo siguiente: lo primero, que dibujen en un folio un “mapa” básico de la película con los puntos clave a los que quieren llegar sí o sí. Esto, obviamente, requiere de mucho trabajo previo, no es algo que pueda escribirse bien del tirón*. Pero, de nuevo, no se trata de trabajo de escritura, sino de pensar, en los personajes y en la trama. Lo normal es que este “mapa” se dibuje después de que los alumnos me hayan enviado una breve sinopsis y de que hayamos pasado un tiempo hablando sobre los personajes y la trama, respondiendo preguntas como: “¿Qué quiere el personaje?” “¿Por qué?” ¿Qué va a conseguir (o no)?”, “Quién se lo impide?”.

Este por ejemplo es el mapa básico de una película en la que estoy trabajando, escrito en un tren en un viaje reciente:

Ya, ya sé que no se entiende nada. Pero os prometo que yo me aclaro. Como no tenía otro papel a mano, escribí en la parte de atrás del billete.

Ya, ya sé que no se entiende nada. Pero os prometo que yo me aclaro. Como no tenía otro papel a mano, escribí en la parte de atrás del billete. Están anotados todos los puntos de inflexión importantes, todos los giros.

Y claro está, el “mapa” se redibuja todas las veces que hagan falta hasta que nos parezca que funciona.

Después, lo que les propongo a mis alumnos es que escriban algo muy parecido a una escaleta convencional. Solo que, siguiendo con la misma idea que ya ha repetido varias veces, no está pensada para que la lea nadie más, sino que es otra “máquina de pensar”. No hacen falta que lleve cabeceras, por ejemplo.

Lo más útil me parece es usar un programa que te permita numerar las escenas (yo suelo utilizar Word), e ir colocándolas según vayas teniéndolas claras (a veces imaginas antes la escena 50 que la 20, pero no importa, estás construyendo un puzzle, “cercando” la historia, no tiene porque aparecer linealmente en tu imaginación, de hecho eso casi nunca ocurre). Y, sobre todo, es importante contar cada escena de la forma más breve posible, tanto para evitar que te engañe la palabrería como para que después no te resulte difícil hacer cambios.

Algunos guionistas usan tarjetas o post-it en vez de un documento de texto, e incluso hace poco vi en un tweet de Nacho Faerna que una de sus alumnas usa… ¡tiras de papel! Pero la intención es la misma: obligarte a ir al grano, forzarte a contar qué pasa en la escena y nada más y dejarte ver claro si avanza la historia. El guionista Dustin Lance Black lo explica muy bien en este vídeo que seguro que ya hemos linkeado en Bloguionistas.

No es un sistema que funcione con todo el mundo. Hay guionistas que necesitan escribir mucho, aún sabiendo que la mayor parte de lo que escriben no les va a servir. Son guionistas alérgicos a la síntesis. Lo que no quiere decir que no puedan ser buenos guionistas. Uno de los alumnos que tuve el año pasado en la ECAM solo empezó a escribir un buen guión cuando por fin le permití dejar la escaleta atrás y empezar a dialogar. Pero no suele ser lo habitual. Lo normal es lo que he contado al principio (también depende de qué tipo de guión estés escribiendo; no es lo mismo tratar de escribir del tirón un drama sencillo de trama lineal que un thriller).

Un buen ejemplo de cómo usar un método equivocado puede impedirte avanzar es lo que le ha ocurrido a uno de los alumnos de mi taller de este año en Hotel Kafka, José López. Después de varias versiones de un híbrido entre sinopsis larga y tratamiento, José se había atascado. Pero la semana pasada empezó a trabajar en el formato escaleta “máquina de pensar” y ayer me entregó una primera versión de su argumento que funciona muy bien salvo por un final algo insatisfactorio al que aún tiene que darle una vuelta. Lo importante es que ha hecho el trabajo más difícil. Ya tiene una película. Ahora se trata de mejorar y de afinar hasta que se sienta lo bastante seguro como para empezar a dialogar (tampoco conviene obsesionarse con tener una escaleta perfecta, solo debe ser lo bastante buena como para permitirte seguir adelante; de hecho es imposible resolver todos los problemas de la historia antes de escribir el guión, y ni aún así).

El documento de trabajo de José.

El documento de trabajo de José. Los nombres son provisionales.

Para acabar, repito de nuevo: no creo que este sea EL MÉTODO. Hay muchas maneras de hacer las cosas y si os funcionan tenéis que utilizarlas. Pero creo que si te atascas al escribir un guión de largometraje conviene plantearse utilizar otros métodos antes de decidir abandonar, no sea que el problema sea solo que estás usando el método equivocado.

*Esto no quiere decir que no puedan escribirse sinopsis, argumentos, etc. en esta fase del proceso. Incluso biografías de los personajes. Pero siempre que entiendas que no son documentos vinculantes sino “máquinas de pensar”, herramientas para activar la imaginación, generadores de ideas, de trama. Yo a menudo les pido a mis alumnos un ejercicio que le leí a Alexander Mckendrick: escribir textos escritos en primera persona poniéndose en la piel de sus personajes, contando qué quieren, cómo se perciben y como ven a los demás personajes con los que comparten la trama. Hasta puede ser útil ponerse a escribir sin saber lo que vas a escribir, de forma automática, sin pensar. Todo vale en la caza de las historias.


CÓMO ESCRIBIR UNA BUENA ESCALETA (Y PARA QUÉ)

14 mayo, 2015

por Sergio Barrejón.

Una escaleta es un compendio resumido de las escenas que compondrán un futuro guión audiovisual.

Sirve para contemplar a vista de pájaro la estructura de la historia, y de la ruta a seguir para escribir el guión. En una palabra, la escaleta es el mapa del guión.

The Analyst escaleta

Escaleta de largometraje – The Analyst

Como cualquier mapa, la escaleta no puede ofrecer una visión detallada del terreno. Sólo sus características principales. Lo importante aquí no es el detalle, sino la posibilidad de otear toda tu historia en un vistazo.

¿Y cómo se escribe una escaleta? Pues así:

1. UNA ESCENA, UNA TARJETA: Diseñar la estructura es el trabajo más laborioso (y rentable) que vas a acometer en todo el proceso de escribir tu guión. Te encontrarás muchas veces sustituyendo escenas, cambiándolas de lugar, injertando parte de una escena en otra… Todo esto es más fácil y agradecido de hacer si organizas cada escena dentro de una tarjeta que luego podrás mover, eliminar o sustituir.

2. APAGA EL ORDENADOR. Casi cualquier software de guión te ofrece la posibilidad de organizar cada escena en una “tarjeta”. Celtx o Scrivener, incluso, nos muestras las tarjetas sobre un fondo que representa un corcho. ¿Por qué no usar un corcho de verdad? La escaleta nos sirve para observar la estructura de un vistazo. Si hay que hacer scroll ya no es lo mismo. Además, todos sabemos lo que va a ocurrir si haces esto en el ordenador: cuando completes cuatro o cinco tarjetas, te sentirás tan bien que correrás a contarlo en Facebook. Luego chequearás un momentito el email, un vistazo rápido a Twitter, ver un par de trailers… Y antes de que te des cuanta será la hora de cenar. No hagas eso. Apaga el ordenador. Baja a la papelería y compra tarjetas. (Como decía Blake Snyder, ¡así podrás perder bastante tiempo!) Usa el procesador de textos más antiguo del mundo (más conocido como lápiz) para escribir cada escena en un post-it, o una tarjetita, que luego irás clavando en un corcho, sujetando con imanes, pegando en la puerta o simplemente colocando en una mesa. Una tarjeta, una escena.

“Califa”. Una miniserie que no salió. No he vuelto a escaletar en una mesa.

3. DOS FRASES. No estás escribiendo el guión. Éste no es un documento que otros deban entender. La escaleta es para ti. Sintetiza cada escena en sus líneas maestras. Sólo tienes una tarjeta por escena. No redactes bonito. Escribe simple. No narres. No intentes contar la historia en la escaleta. Para eso está la sinopsis, que es un formato literario. Y el guión, que es un formato dramático. La escaleta sólo es el mapa. Sólo la quieres para ayudarte a recordar el camino cuando estés metida hasta el cuello en el segundo acto, por ejemplo. Intenta no usar más de dos frases simples para cada escena. Recuerda: sólo estás dejando miguitas para marcar el camino. “Julia pide explicaciones a Marta” o “Diana encuentra la pistola de Héctor” son frases más que suficientes para recordar en qué recodo del camino estás. Ya habrá tiempo para montar el mecanismo porque el que Diana decide mirar dentro del altillo del armario de Héctor. Olvídate ahora de los detalles. Lo importante para la historia es que Diana descubre que Héctor escondía una pistola. Confía en tu talento para hallar más tarde una manera natural y lógica de que eso ocurra. Tampoco pasa nada si tienes que usar tres frases (o diez) para una escena en concreto. Es un documento para ti, no va a venir la policía del guión a multarte. Pero como gimnasia mental, mantenerse por debajo de las dos frases, ayuda mucho a ser sintético. Y si no vas a ser sintético, ¿para qué haces una escaleta?

4. USA DATOS. Igual que los mapas informan de su escala, de dónde está el norte y de qué significa cada icono, conviene que tu escaleta contenga datos básicos para cada escena: INT./EXT., localización, DÍA/NOCHE, e incluso una breve lista de los personajes que intervienen en la escena (si no son evidentes por el contenido de la escena).

5. PUEDES USAR DIÁLOGO. En principio, la escaleta no es territorio para el diálogo, pero quizá haya tres o cuatro sitios donde tienes clarísimo qué van a decir los personajes. A veces una determinada réplica sintetiza la escena mejor que dos frases explicativas. Adelante con ella. Pero no lo conviertas en norma.

Catedral colores

“La catedral del mar”, cap. 3. Bandas metálicas e imanes, mi sistema preferido.

6. ANTE LA DUDA, APÚNTALO. ¿Tienes una idea para una escena pero no sabes dónde encajaría? ¿Se te ha ocurrido la circunstancia perfecta para que Diana decida mirar en el altillo de Héctor? ¿Has pensado en una línea de diálogo a la que no quieres renunciar? Perfecto. Apúntala brevemente en una tarjeta y deja la tarjetita en un montón aparte, o clávala en un rincón solitario del corcho. Ya llegará el momento de encontrarle su lugar (aunque sea la papelera). Aún falta mucho para ponerse a escribir, no te angusties. Es normal que algunas piezas no encajen en el puzzle a la primera.

7. USA VARIOS COLORES. Estás organizando tu escaleta en tarjetas de papel para poder observar en un solo vistazo el conjunto de la historia. Esto te resultará más fácil si usas dos o tres colores distintos. Por ejemplo, puedes usar un color determinado para las escenas en las que aparece Fulanito. Otro para los flashbacks. Otro para los EXT./NOCHE. Otro para esas ideas sueltas del punto 6, que aún no sabes dónde van. Así, cuando tengas todo tu puzzle de tarjetas completo, sabrás de un vistazo si te has olvidado de Fulanito durante todo el segundo acto, si te estás pasando con los flashbacks o si tienes demasiados EXT./NOCHE. (Como norma general, siempre tienes demasiados EXT./NOCHE. Y si no, pregunta a Producción).

8. INVIERTE VARIOS DÍAS. Estás dibujando el mapa del tesoro. Los planos de la catedral. No intentes hacerlo rápido. Si hay un lugar donde no debes ahorrar esfuerzo, es aquí. Una escena mal dialogada se arregla en una tarde. Una estructura chapucera te dará problemas durante meses. Si tu escaleta está bien construida, repensada y perfeccionada, escribir será un placer. Incluso cuando decidas hacer cambios sobre la marcha, los harás con seguridad, sabiendo qué puedes eliminar y qué necesitas conservar.

Cuando, dentro de varios meses, estés discutiendo sobre la tercera versión de guión con tu productor, sabrás sin tener que pensarlo qué cosas son intocables. Podrás explicarlo con autoridad y seguridad. Y quien te escuche pensará “vaya, esta tía sabe de lo que habla”. Pero para eso necesitas sudar delante de los papelitos. Necesitas echarle horas, días y semanas. Dejarlos reposar un fin de semana y replantearte las cosas de nuevo el lunes. Mirarlos, mirarlos, mirarlos… Hasta odiarlos.

9. HAZLES FOTOS. Cuando tengas la estructura completa, hazle fotos con tu móvil. No hablo de planos generales del “tetris” de tarjetitas como los que ilustran este post (aunque luego son muy útiles para presumir en Facebook). Saca planos cercanos. Que llegado el momento puedas leerlas sin problema. Guarda estas fotos en tu Dropbox o envíatelas por email. O las dos cosas. Por un lado, eso te permitirá llevarlas encima y trabajar en ellas donde quieras. Pero sobre todo, son una copia de seguridad. Aunque no te lo parezca, ya has hecho la mitad del trabajo. No te expongas a perderlo todo por culpa de algún imponderable.

10. NO LAS PASES A LIMPIO. Haz y rehaz las tarjetas todas las veces que quieras. Si están llenas de tachaduras y se hacen ilegibles, puedes rehacerlas a ordenador. Pero siempre sintetizando. Intentando mantenerte dentro de las dos frases mágicas. A no ser que alguien te pague por redactar un documento razonado con esas tarjetas… no lo hagas. Todo tu esfuerzo de síntesis se irá al traste. Durante el tiempo en que has trabajado la estructura, has ido acumulando ganas de escribir. De contar la puñetera historia. De dialogar. Pues… ¡haz eso! Pasar a limpio sólo se hace por obligación: si la escaleta es un ejercicio de escuela, o si tienes un productor esperándola (y pagándola). En caso contrario, es procrastinación. Vértigo. Miedo a dar el siguiente paso. Acepta ese miedo sin avergonzarte. Lo tenemos todos, y es para toda la vida. No se trata de vencerlo. Basta con no dejar que te venza él a ti. Simplemente, ponte al teclado y escribe el guión. No lo demores más con formatos intermedios. Planta tus manos en las teclas y disfruta escribiendo acciones y diálogos. Recuerda: en este punto, ya has hecho la mitad del trabajo. La mitad más dura. Ahora todo es placer.

Ya está. No tiene más misterio. Cualquiera puede hacerlo. Leticia Dolera usa cuadraditos. Dustin Lance Black se pasa semanas encorvado frente a una mesa. Blake Snyder en Salva el gato aseguraba que al final del proceso sólo se permitía tener 40 tarjetas, ni una más. Cada uno tiene sus manías.

Puedes hacerlo en una mesa, en una ventana, en un corcho con chinchetas, en una pizarra con imanes, en bandas metálicas en la pared… A tu gusto. Pero lo cierto es que sólo te hace falta un bolígrafo, un taco de tarjetas y un sitio amplio donde disponerlas.

Bueno, eso… y una historia que contar, claro.

Y ahora que sabemos CÓMO se escribe una escaleta, hablemos de sus peligros. Que los tiene, y muchos. De hecho, el título de este post es engañoso, porque no existen las buenas escaletas.

Hay dos tipos de escaletas: las que escribes para ti, como documento interno de trabajo que te permite trazar un camino, y te evita perder el Norte durante la redacción de un guión; y las que te encargan a cambio de dinero. Las primeras pueden ser muy útiles, pero como tal documento de trabajo no serán “buenas” en términos literarios. Las segundas son VENENO. Y me explico:

La mayor parte de las veces que te compran una escaleta lo hacen bien porque no tienen dinero para pagar un guión completo, o bien porque no terminan de fiarse de tu trabajo y quieren ver algo intermedio antes de soltar la pasta.

Mi consejo sería: no aceptes. Pelea porque el encargo incluya el guión. ¿Por qué? En primer lugar, redactar una escaleta no ahorra una cantidad significativa de trabajo. Es un documento que ya te requiere el 75% del esfuerzo que te requeriría redactar directamente el guión. Porque antes de eso, tienes que haber concebido la estructura de la historia, tienes que haberla tramado, tienes que haberla subdividido en escenas, aunque cada escena se reduzca a un post-it.

Tienes que haber cimentado y estructurado todo el edificio. Sólo te falta poner las paredes, las ventanas y unas pocas tejas. Elementos imprescindibles para entrar a vivir en el edificio, sí. Imprescindibles, pero no estructurales.

Con todo ese trabajo previo, tu cuerpo te estará pidiendo ya que te lances a escribir el guión. Es lo lógico, y lo deseable.

Redactar una escaleta es como coger esa sólida y admirable estructura… y ponerle un tejado de lona y unas paredes de corchopán. ¿Y para qué? ¿Sólo para que un ejecutivo en un despacho “se haga una idea” de cómo va a quedar?

Ya te digo yo cómo va a quedar. Va a quedar de culo. Porque la sólida y admirable estructura… no se va a ver. Nadie la va a admirar. Todo el mundo va a ver las paredes endebles y el tejado que baila con el viento.

Tu escaleta va a ser la peor pieza de narrativa que ese ejecutivo va a leer ese día. Porque la mejor escaleta del mundo… es un coñazo de leer. La escaleta tiene todo lo malo de la prosa y todo lo malo del guión… sin nada de lo bueno.

Tienes que ceñirte al maldito presente de indicativo. Porque estás contando un guión, al fin y al cabo. Puedes meter un poco de literatura aquí y allá, pero serán meros parches. También puedes colar alguna línea de diálogo suelta, pero más en plan decorativo que otra cosa.

En el fondo, lo que estás haciendo es poner las acciones y contar los diálogos. No hay una manera brillante y entretenida de hacer eso. Simplemente, no puede hacerse.

Trata de escaletar esta escena:

Necesitarás siete páginas para explicar todos los matices de la personalidad de Rick, sin que parezca un gilipollas sin escrúpulos o directamente un sociópata con problemas de logopedia.

Pero si gastas mucha tinta en matices, no podrás reflejar el ritmo endiablado que quieres darle a los diálogos. Y ese ritmo cortante y sincopado es parte fundamental de la forma de ser de Rick. Y de Renault. Sin eso, no se entenderá el final.

Pero si intentas poner algún ejemplo de los diálogos, no funcionará porque estarán fuera de contexto. Y todo el mundo sabe que los chistes, fuera de contexto, no tienen gracia.

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Una buena escaleta es un oxímoron.

Una escaleta es un híbrido indeseable, un error de la naturaleza. Un monstruo nacido de la unión contra natura de un guionista perezoso y un ejecutivo inseguro.

El ejecutivo está inseguro porque está depositando un montón de responsabilidad (o sea, de dinero) en manos ajenas. Le cuesta confiar en el guionista. Tal vez ni siquiera confía en su propia decisión a la hora de contratar guionistas.

El guionista es perezoso porque intuye que el ejecutivo no le va a entender. Porque ya piensa en la maraña de reuniones que le esperan, explicando una y otra vez cada una de sus decisiones. Como si su trabajo fuera saber por qué escribe cada maldita palabra, y tener preparado un memorando para explicárselo al enésimo ayudante del ejecutivo de desarrollo.

Así que ambos llegan a un compromiso de mínimos. La escaleta. Que es como un guión, pero más corto, más pronto y más barato.

Y oh sorpresa, cuando el ejecutivo se lee la escaleta, encuentra que muchas situaciones no están justificadas. Que los chistes no tienen gracia. Que los personajes no son atractivos. Que la trama no engancha. Y que los giros son previsibles.

En otras palabras, que las paredes no aíslan y que el tejado hace aguas.

¿Y en qué posición te deja eso? ¿Cómo te defiendes? No puedes decir que las paredes y el tejado son una mierda, porque, bueno… las has puesto tú. Tampoco te puedes escudar en lo sólida que es la estructura, porque no está a la vista.

William Goldman decía que las películas son estructura. Todo el mundo, si lo piensa un poco, reconoce que lo más importante es la estructura, pero luego NADIE obra en consecuencia. Sólo un arquitecto admira la estructura de la catedral de Salamanca. El resto del mundo sólo se fija en la rana y el astronauta.

De manera que, escribiendo tu escaleta, habrás hecho el 75% del esfuerzo… para que tu sólida y admirable estructura acabe dinamitada porque todo el mundo le achacará defectos que no son de la estructura, sino de la decoración. Esa decoración que pusiste deprisa y corriendo, por la inseguridad de un ejecutivo y por tu propia pereza.

Siempre que puedas, huye de la escaleta.

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