LA ANTIFIRMA INVITADA

15 enero, 2013

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

En una entrada que se publicó en este blog en noviembre, hubo este intercambio de comentarios.

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Casi dos meses más tarde, tomándome la palabra,Yabadabadooh, llamado realmente Arnau Margenet, me envió un texto en el que expresaba todas las angustias del guionista principiante que aspira, por lo menos, a tener la oportunidad de demostrar su valía.

Creo que es posible que algunos de vosotros os sintáis identificados con Arnau, que también sintáis cierto rechazo al leer en este blog historias de éxito, de sueldos astronómicos, series de gran audiencia o directores llamados a trabajar en Estados Unidos. Es muy posible que algunos nos veáis como triunfadores que han logrado colarse en lo que Santamano suele llamar la “pomada“. Puede que sintáis que estamos atrincherados en una fortaleza de oro de la que nos resistimos a ser evacuados.

Es posible que tengáis parte de razón. Pero, caso de ser un triunfador, no sé qué carajo hago, con una manta sobre las piernas, muerto de frío, prácticamente en el paro desde junio, escribiendo en este blog a las once y media de la noche en lugar de estar viendo una película con mi novia.

Aquí va el texto que me envió Arnau.

LA ANTIFIRMA INVITADA

por Arnau Margenet

En el poco menos de un año que duró el máster de guión de la UPSA el año pasado pasaron por el aula numerosas voces reconocidas del mundo del guión y el cine (Urbizu, Cobeaga, Diego San José, el mismísimo Sergio Barrejón entre otros muchos), y en todos ellos parecía irradiarse la figura del ‘ejemplo a seguir’. Lo parecía, sobre todo, a ojos de los que estábamos sentados enfrente, jóvenes ilusionados que recibían a los ponentes como estrellas de cine, que veían en esos seres mitológicos un espejo en el que reflejarse, auténticas esponjas proaduladoras dispuestas a absorber todo lo que el conferenciante desprendiera de su ser, incluso su alma si eso sirviera de inversión. Esta absoluta e incondicional entrega del alumnado me hizo reflexionar sobre el poder (y la responsabilidad) que los enseñantes tienen para con sus enseñados, sobre la repercusión que pueden tener sus palabras sobre la presente y futura visión de quien las escucha –especialmente si éste tiene el oído más verde que la lima y el culo agualimón–, en fin, en la relevancia que tiene la elección de un discurso u otro, de un lenguaje, una visión, un posicionamiento u otro. Pero ese es otro tema del que (como suele decir David Muñoz aquí) “hablaré en otra ocasión”.

El caso es que cada visita que recibíamos resultaba tener un efecto catártico en nuestro estado de ánimo. Cada vez que un señor o señora que venía representando tal o cual película o serie o productora o trayectoria entraba en el aula, se subía a la tarima y hablaba, se paraba el mundo, se ensanchaban los tímpanos de los respetables y en la intimidad de nuestros cráneos resonaba (yo no era todo el alumnado, pero estoy seguro de ello) la misma profecía: “Yo de mayor seré como él”. Qué imbéciles, ¿verdad? Al menos es algo de lo que yo me di cuenta con el paso de las clases. Sí, la revelación se me fue dibujando a medida que quemábamos las semanas, con el suceder de ese discurso falsamente optimista que se iba hilvanando ponente tras ponente, repleto de buenas intenciones y ánimos pero manchado por el cúmulo de referencias a la crisis, a los despidos, a las congelaciones… a lo mal que está todo vaya. La ilusión dio paso a los números, y a medida que pasaban las semanas se impuso la razón, el realismo, la estadística. Mientras que parte de mí se aferraba a la fantasía, la otra (de naturaleza escéptica) tiraba en dirección contraria y me ordenaba que mirara por un momento alrededor, que recordara el número de guionistas en activo que existen en este país (recuerdo que un ponente puso la medida en 2000 o por ahí) e hiciera cálculos. Entonces lo vi: imposible que todos seamos guionistas. No digo ya de cine, a esos les ampara la divina providencia, sino de tele, de radio, de lo que coño sea. ¿Quién de nosotros, de los 24, terminará siendo guionista?

Te pones a pensar en ello y no convienes ninguna cifra en concreto. “Tal vez cinco”, te dices. Pero pudieran ser dos, o veinte. Quién sabe, todo conjeturas. En todo caso, no todos lo seremos. O sí. Pero en TODO CASO, no todos los alumnos que han pasado por las ocho promociones de este máster (¡y que sean muchas más!) lo son o lo serán. Tal vez fuera porque era una de esas obviedades de las que uno no tiene constancia hasta que se encuentra a un palmo de ellas, de las que duelen porque aún siendo previsibles te han pasado inadvertidas (cegado por el romanticismo), pero esa certeza, esa realidad que de pronto se me reveló como agua clara, me perturbó y me imanó a tierra. Primero pensé: joder, si los 23 tienen depositadas en esto las mismas ganas terribles que yo, el fracaso será como la muerte. Y en segundo lugar, como una losa: ¡Coño! ¡Que podría ser yo!

Claro. Podrías no ser guionista. Es una posibilidad. Una de muy razonable, además. Siempre podrás trabajar de otra cosa, de periodista, de operario de set, de script, de cajero de supermercado… Al final esto va de vivir la vida, de comer y pasar el rato y eso. ¡Pero no! ¡Qué mierdas digo! Y te mantienes firme, te aferras a la esperanza y sobre todo te esfuerzas, lees cosas sobre guión, lees guiones, desglosas guiones, escribes guiones, comes guiones, porque sabes (o al menos eso prometen los proverbios positivistas que tan socorridos son en esta sociedad, a cuyos miembros promete mieles a cambio de trabajo duro) que ese es el único camino hacia la cima –la cima es el curro, no un Óscar–. La suerte no aparece, se busca, que dicen. Pero entonces, de vuelta a nuestra aula de Máster, llega ese ponente. Es ese guionista sin vocación, ese que considera el ser guionista un oficio (ok), ese que entró de casualidad y sin ni siquiera pretenderlo porque alguien le propuso hacer, le invitó a, le abrió las puertas de, cuando escribía un blog o trabajaba de no sé qué en no sé dónde (vaya por delante, que a los que me refiero son guionistas MUY buenos y cotizados). Es en ese momento, cuando ese guionista te hace partícipe de su anecdótico acceso al mundo del guión cuando empiezas a sumar, otra vez. “Vale, 2000 guionistas… crisis… despidos… vale. Proyectos cancelados, en la nevera, en barrena, congelados… bueno, crisis… ¡pero tengo un máster! ¡uno de prestigio!…y además creo que algo de talento… ya, ¿y qué?… bueno… espera, aquí somos 24… ¿cuántas pruebas de guión oficiales hemos hecho este año? Ah sí, cero. La crisis… ¿Y si este año no cogen guionistas, y el siguiente tampoco, ni el otro? Pues 24×3… 72 guionistas… 0 sillas… Vale, bueno, vale”. Y clavas la mirada en los ojos de ese guionista suertudo –como echándole la culpa–, ese que entró cuando hubo bonanza, que nació en el año que tenía que nacer y se plantó en los 90 cuando (tal vez) entraba hasta el que pasaba por ahí o el que tenía un amigo que. Y es ahí cuando empiezas a murmullar, y no canalizas la frustración por el tubo adecuado y te cabreas, y empiezas a pensar que alguien te está tomando el pelo.

Y debo decir, llegado a este punto, que lo mismo me ocurre en este blog con algunas de las FIRMAS INVITADAS. Profesionales que escriben acerca de su experiencia, de cuán entorpecidos fueron sus primeros pasos como guionistas, -echando la vista atrás con condescendencia hacia si mismos y cierta nostalgia– aunque al final se abrieron paso entre la maleza, sortearon los más infranqueables escollos y, al fin, lograron su sueño. Lo leo y me jode, porque parece que lea una película familiar de Hollywood, con su discurso biempensante y su desenlace asquerosamente feliz. Y además me digo: “Habrá quien tras unos inicios entorpecidos, se cayera al suelo para no levantarse jamás”. ¿Dónde están esos? ¿Dónde están los ‘fracasados’? Porque a esos también nos conviene escucharlos.

Es un problema mío, lo sé. Es frustración, la sensación de entregarse al más apasionado masoquismo. Porque estás ahí, hundido en el asiento del aula. Pensando: vienen aquí y me cuentan su bonita historia, sus aventurados inicios, sus más y sus menos, sus anécdotas de guionista y toda esa mierda, autocomplacientes, gustándose, sabiendo que el auditorio está rendido a su fábula y, sobre todo, trasvasando su feliz experiencia a nuestro generador de expectativas y futuros por dibujar. Vale, sí, esto es un máster de guión en el que se imparten conocimientos de guión y en el que profesionales del guión ofrecen ponencias en las que se transmiten, entre otras cosas, las experiencias relacionadas con el guión (en fin, que no es un máster de no-guión, y vienen no-guionistas). Pero, ¿alguien me entiende? Es frustrante. Es ofensivo el discurso exclusivamente positivista con el que el ponente medio embelesa al alumno de hoy, tan lleno de buenas (tan buenas como relativas) premoniciones e intenciones, de dulces perspectivas y, sobre todo, cargado de ánimos sonoramente condescendientes. Ninguno te dice: “vamos a ver chicos, no todos seréis guionistas, lo sabéis ¿no?”. Qué va. Y tal vez nos conviene que alguien nos lo recuerde de vez en cuando (bueno miento, uno de ellos si que nos lo dijo, y de lejos fue la ponencia más honesta y enriquecedora de todas, con la que todos nos quedamos, por distendida y constructiva, por realista, cruda y, aún así, estimulante). Hay que currárselo, por supuesto, pero también hay que contemplar la posibilidad de que, a pesar del esfuerzo y la fe, acabes currando de otra cosa. Porque si al final es así, si no consigues ser guionista y te has pasado la vida visualizando tu futuro a conveniencia, convencido de que era cuestión de tiempo materializarlo, tu vida se va a convertir en poco menos que un infierno, carente de sentido ni motivación. Para los que sentimos devoción y vocación por esto es algo difícil de asumir, pero vale más ser prevenido y entender que en la vida hay muchas cosas buenas por hacer a parte de perseguir sueños.

Parecen las palabras de alguien que da la batalla por perdida, huelen a abatimiento y resignación. Ni mucho menos. Sólo contemplo esa opción, que es una de muchas, pero que a menudo obviamos porque contravienen a los sentimientos más gratificantes que puede experimentar el ser humano, que son los que nacen de los sueños y que tienen relación directa con el sentido, más o menos ambicioso, que cada uno le quiere dar a su vida. Si uno no se previene, la opción de no cumplir un sueño puede ser, precisamente, lo contrario a eso: la muerte. Por eso evitamos afrontarla, por miedo a constatar lo irrefutable. Aún así no hay que dejar de currar. Currar, currar y currar, y luego la contingencia nos llevará por un camino u otro (por bien que currar, creo, es la única manera de tener un mínimo control sobre ella y condicionar para bien tu destino).

Explico todo esto porque entiendo que mucho jóvenes como yo se encuentran en una situación similar, muchos que, además, frecuentan religiosamente bloguionistas: un blog de guionistas y para guionistas. ¿Y para aspirantes a guionista? También, por supuesto. Pero, personalmente, a veces echo de menos que los que están dentro echen un cable a los que estamos fuera. Y no me refiero un trato preferente ni un “hola jefe, te presento a este chico”, sino a un espacio, aunque sea en la intimidad de nuestra gruta gremial, en el que ser recordados y aconsejados, reverberados a los demás paisanos que concurren la plaza mayor de la industria. Un foco sobre el montón de jóvenes aspirantes que se apilan año tras año en la puerta de acceso, luchando por coger aire, por favor.


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