LA ADICCIÓN AL FRACASO

29 junio, 2016

Junklady

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Esto no está dirigido únicamente a los guionistas. El tema que aquí se trata afecta a todas las profesiones del mundo. No obstante, si te dedicas a la escritura, tu relación con el fracaso es especial, y crónica. Para un escritor el fracaso es como el virus del herpes: Siempre está ahí, latente, expectante. Puede no afectarte durante gran parte del tiempo, pero gravita en todo momento sobre tus decisiones, a la espera de que bajes la guardia.

La escritura es uno de esos oficios en los que cuesta mucho defenderse del fracaso, porque cuesta reconocerlo. Si un fontanero no te arregla una avería es fácil concluir que ha fracasado, y también es relativamente fácil averiguar por qué. Sin embargo, si te dedicas a hacer pelis, series, libros… rara vez estarás seguro (salvo en casos flagrantes) de si triunfas o fallas, ni sabrás delimitar las causas con demasiada precisión.

No pienso insistir mucho más en ese tema porque ya se ha tratado varias veces en este blog. Hoy me gustaría hablar sobre que…

… puede que muchas veces fracasemos porque queremos fracasar.

Que nadie me malinterprete. No se trata de monsergas new age, ni de pseudociencias sobre la “ley de la atracción”. Se trata, en todo caso, de pseudo-psicología, de bucear en esa mierda interior a la que tanto nos gusta asomarnos a los narradores cuando creamos historias.

¿Perseguimos nuestro propio fracaso?

Y en caso de que así sea, ¿por qué?

Se me ocurren CUATRO posibles razones, y empezaré por la más obvia, por la más manida:

1- FRACASAMOS PORQUE TENEMOS MIEDO AL ÉXITO.

A mí también me entran ganas de estamparle una tarta en la cara a cualquiera que me venga con eso de que “hay que salir de nuestra zona de confort”, pero es una frase que tiene algo de cierto. En ocasiones no nos asusta únicamente el esfuerzo que tendríamos que hacer para perseguir el éxito, sino las propias consecuencias de alcanzar dicho éxito.

Yo me he sorprendido a mí mismo deseando que me salgan ciertos trabajos, y descubriendo al mismo tiempo que otra parte de mí deseaba justo lo contrario. Esa parte perezosa o cobarde que te susurra al oído frases envenenadas como: “Si te sale esa cosa va a ser una putada, tendrás que compaginarlo con todo lo demás, no vas a tener vida.” “Nuevo trabajo, conocer gente distinta, reglas distintas, formas distintas de hacer las cosas. ¡Qué pereza!” “¿Si me voy a este curro nuevo, cómo le digo a los del curro de ahora que les tengo que dejar?” “¿Probar suerte en Hollywood? ¡Uff! Tener que escribir en inglés…

Una vida sin demasiados cambios es perniciosamente cómoda. La novedad asusta. Si perteneces (como gran parte de los lectores de internet) a la clase media, quizá no puedas aspirar fácilmente a tu situación ideal, pero tampoco es probable que te mueras de hambre. Vivimos dentro de un sistema que nos chupa la sangre en cómodas dosis: un equilibrio perfecto entre no luchar por lo que queremos y no renunciar a lo que prácticamente nos regalan.

El individuo que elige el fracaso por miedo a los terremotos que supone el éxito suele engañarse a sí mismo diciendo que no triunfa porque la sociedad es injusta. En algunas ocasiones incluso intenta sabotear a quienes sí luchan, por miedo a que esas personas se alejen y le dejen solo en su foso de desidia.

Sí, tenéis razón: Este discurso ya está demasiado trillado, así que pasamos a la segunda razón.

2- FRACASAMOS PORQUE ESQUIVAMOS LA BATALLA.

Es algo que sucede bastante en nuestra profesión. Rehuimos el enfrentamiento con la esfinge, la ordalía del espejo. Nos entretenemos en “batallas menores” porque tememos enfrentarnos a la que realmente nos importa… y descubrir que no estamos a la altura.

Estoy harto de ver a guionistas y directores diciendo cosas como: “La peli es cutre porque la he querido hacer así. Me hace gracia que sea cutre.” “Es que quiero escapar de la tiranía de los tres actos y su eficacia.” “He hecho una historia aburrida porque la vida es aburrida.” Estoy harto de ver a artistas con talento empeñados en ejecutar sus obras con menos dinero y menos tiempo del que realmente podrían permitirse, y estoy casi seguro de que muy en el fondo prefieren crear en condiciones adversas porque no soportan la idea de hacer lo que quieren con condiciones favorables y que les salga mal. Descubrir que no has sido capaz de satisfacer tus expectativas y no poderle echar la culpa a ningún handicap.

No me excluyo de la ecuación. A mí también me pasa.

Soy una persona capaz de escribir un largometraje en 15 horas con tal de recordar lo que significaba disfrutar de este oficio sin tener que responder por la calidad del resultado final.

Soy una persona que, cuando tiene ideas de ésas que podrían funcionar comercialmente, que encajarían con lo mainstream… son precisamente ésas las ideas que acaba desechando.

Soy una persona que apenas hace intentos de mover sus novelas… y quién sabe si esa falta de insistencia no se debe a que en el fondo esas novelas y esos relatos me importan y me definen más que los guiones.

Apostar todo a ese tipo de cartas y perder la apuesta es más drástico que perder el sueldo del mes en Las Vegas, el reloj de oro, los ahorros para la universidad de los niños.

Y a pesar de todo, la tercera razón me parece aún más escalofriante:

3- FRACASAMOS PORQUE LOS FRACASADOS NOS CAEN MEJOR.

Quizá hubo un tiempo en que el ser humano tenía a Tintín o a Superman como ejemplos a seguir, pero ahora vivimos en tiempos más cínicos que exigen antihéroes más decadentes.

A una parte de mí le parece enternecedor: Somos más propensos a amar al desvalido, al infortunado. Eso no es del todo nuevo, todos los grandes héroes de antaño tenían su puntito trágico, pero a veces tengo la sensación de que aquellas tragedias tenían como misión advertirnos de algo mientras que ahora, en cierto modo, vivimos una especie de “edad de oro del perdedor”.

A veces me pregunto si los creadores de historias no tendremos cierta responsabilidad ante el hecho de que mucha gente decida estampar su vida contra un muro. Quiero pensar que no: que esa tendencia a la autodestrucción es una semilla que llevamos ahí plantada desde el principio de los tiempos.

Pero…

… pero yo mismo me estremezco en ocasiones al comprobar que mis personajes de ficción favoritos son barcos encallados. Un Humphfrey Bogart masticando su derrota en la barra de un bar me inspira más cariño que un gilipollas con sonrisa triunfal cumpliendo sus putos sueños.

La mitomanía postmoderna nos ha inoculado ese virus: Fracasar es el nuevo “molar”, y más en esta España nuestra en la que el Lazarillo baila con Don Quijote, en la que hacer las cosas bien está satanizado. Si te descuidas, no sólo acabarás rodeándote de “fracasados” porque te caen mejor: También acabarás convirtiéndote tú en uno de ellos, para caerte mejor a ti mismo.

Si lo que acabo de escribir te parece una estupidez, quizá empatices más con la cuarta razón:

4 – FRACASAMOS PORQUE ALGÚN IMBÉCIL SE ATREVIÓ A DEFINIR QUÉ COÑO ES EL FRACASO.

El mundo funciona así. Nos fabrican en serie, nos obligan a encajar en el cliché y a tener pensamientos cliché. Incluso esta frase que acabo de escribir es un cliché. Desde que somos niños nos dicen cómo tenemos que ser y a qué clase de vida debemos aspirar.

Yo no soy de ésos“, pensarás. “Yo elegí el camino del artista.” Y a no ser que seas el puto Alan Moore o el puto John Carpenter es probable que estés recorriendo más bien el cliché del artista. Nos ponen unas orejeras de burro para que sólo podamos vislumbrar una versión reduccionista y polarizada del éxito: Uno se mete en esto pensando en ir a Cannes, ganar un Oscar, convertirse en millonario… Más adelante, si tienes suerte, descubres que dentro de esta jungla hay mil posibles caminos, que en ciertos rincones ignorados serás más feliz – y más útil – que en aquéllos que están señalados con letreros luminosos.

Nos hacen creer que el león tiene éxito cuando salta y consigue pasar por ese aro ardiente que sostiene el domador ante él, y ni el público, ni siquiera el puto león advierten que difícilmente podremos hablar de éxito si tenemos al rey de la selva atrapado tras los barrotes de un maldito circo.

Cada vez estoy más convencido de que mucha gente fracasa porque orienta toda su energía hacia un modelo de éxito para el que no está hecha. Caminamos mal porque llevamos zapatos que no son de nuestra talla. Ya que estamos en el festival del cliché, no sobrará esa cita tan célebre de Albert Einstein:

Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es estúpido.

De hecho, es incluso posible que estés fracasando porque no te has dado cuenta de que ya has alcanzado el éxito.


TIENES LA BRAGUETA ABIERTA

24 febrero, 2016

sabrina

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace tiempo, en la universidad, un profesor nos dio una clase con la bragueta abierta. Cuando la clase estaba a punto de terminar el profesor se dio cuenta de ello. Nos dijo:

– ¿Llevo todo este tiempo con la bragueta abierta y nadie me ha avisado? Sois unos hijos de puta.

En este mundo nuestro del guión (y del artisteo en general) somos muy de callarnos cuando alguien tiene la bragueta abierta. No lo hacemos por hijoputez. Más bien eludimos el tema porque nos da cierto apuro.

El mundo no está diseñado para gente sincera.

Si no te ha gustado el guión que ha escrito un conocido tuyo, si no te ha funcionado su peli, si te ha horrorizado su microteatro… lo más fácil es fingir que esa bragueta abierta no está ahí.

¿Tienes amigos sinceros capaces de decirte las cosas que no les gustan de tus guiones? Guárdalos como oro en paño. Sobre todo si te lo saben decir de manera constructiva.

En caso contrario, tampoco se hunde el mundo. ¡Que no cunda el pánico! Voy a dejarte aquí un tutorial para que sepas cuándo a alguien no le ha gustado tu mierda, aunque ese alguien no se atreva a decírtelo a la cara.

Ésta es la lista de síntomas que, al menos a mí, me sirven para diagnosticar los casos de “bragueta abierta”:

EL TWEET TIBIO.

Las redes sociales han cambiado muchísimo el paisaje de Braguetolandia. Con tanto Facebook y tanto Twitter ya no criticamos ciertas cosas de la misma forma. Nos pronunciamos sabiendo que nuestras palabras pueden llegar a oídos (o a ojos) del autor de esa peli o de ese libro.

La gente no se comporta igual contigo si sabe que la estás mirando.

La consecuencia más obvia de todo esto es el troll. Ese tipo que habla mal de tu trabajo porque lo que quiere (en el fondo) es provocar y hacerse notar.

Pero el troll no es la única criatura de este ecosistema ciber-social. También está esa gente que, aunque no comulgue con tu obra, se ve obligada a escribir algo positivo sobre ella para quedar bien. Algunos lo harán porque no quieren herir los sentimientos del autor, otros lo harán de forma más bien interesada. El subtexto de muchas alabanzas en las redes es: “Dame trabajo”.

De ese caldo de cultivo surge lo que he decidido bautizar como “el tweet tibio”. En realidad puede tratarse de un tweet, un estado de Facebook o incluso un artículo de periódico, blog, revista…

El tweet tibio se caracteriza por su falta de entusiasmo. Notas que las palabras pretenden alabar pero titubean. En esta clase de comentarios suelen abundar sustantivos como “propuesta”, “ejercicio” o “iniciativa” acompañados por adjetivos condescendientes como “interesante”, “sugerente”, “meritorio” o “disfrutable”.

Si dicen que tu obra es “Una propuesta interesante…” o bien una “Meritoria iniciativa de…” o incluso “Un sugerente ejercicio de estilo…” desengáñate: A esa persona tu historia no le ha hecho ni cosquillas.

TE DIGO CUÁNDO EMPIEZO PERO NO CUÁNDO ACABO.

Te habrá pasado decenas de veces. Alguien viene y te dice: “Oye, ya me he empezado tu guión. Lo llevo por la mitad. Cuando lo acabe te cuento.

Luego pasan los días, las semanas, los meses… y nunca más se supo. Esa persona no te vuelve a mencionar el maldito guión.

Esos casos se pueden explicar de tres maneras:

A) No se terminó de leer el guión. Lo dejó a medias.

B) Se terminó de leer el guión y le gustó tan poco que prefiere no abrir ese melón. No te menciona el tema para no tener que decirte lo que opina acerca de tu basura.

C) Se terminó el guión y ni le gustó ni le dejó de gustar. Se la sudó tantísimo que se olvidó incluso de comentarte sobre ello.

No sé cuál de las tres opciones me parece peor. Quizá la primera. Si paran de leer tu guión y no lo retoman… pues vaya mierda de guión. Un guión como Dios manda te tiene que agarrar por los cojones y no soltarte.

Si en lugar de lector eres lectora, cambia lo de “cojones” por “ovarios” (o por cualquier otra parte de tu anatomía de la que te apetezca que te agarren cuando te cuentan una historia)

AFERRARSE AL CLAVO ARDIENDO.

Otro gran clásico a la hora de eludir la cruda verdad consiste en aferrarse a una única cosa (una sola) que más o menos te haya hecho tilín en el guión o película. Cuando el autor te pregunte la opinión (o cuando te lo encuentres de bruces mientras intentabas huir por la puerta de atrás) lo que haces es recurrir a ese clavo ardiendo, cebarlo, regodarte en ello. “Lo mejor, la escena de la abuela. Qué interesante la escena de la abuela, qué ejercicio de estilo, qué propuesta.

Así que ya sabes: Si tu interlocutor insiste más de lo normal en un único detalle, es muy posible que el resto del guión le haya parecido bazofia.

ESCAPAR POR LA TANGENTE.

Una argucia muy recurrente es la de esquivar el debate sobre la calidad de la obra desviando la conversación hacia cuestiones tangenciales. Cuestiones que tienen que ver con la obra pero NO son la obra.

Esto resulta más sencillo cuando la peli o el corto están ya rodados. El guión puro y duro no te ofrece tantas excusas para salir por la tangente.

Intentaré desarrollar algunos ejemplos:

Pongamos que has rodado un bodrio tipo El Renacido en la Pedriza de Madrid. Pues te acercas al director, le das unas palmaditas en el hombro y le dices: “Vaya frío que tuvisteis que pasar en la Pedriza, ¿eh, macho?

Si haces una peli con cacahuetes en lugar de actores, lo mejor para que te salgan por la tangente es: “Menuda panzada de comer cacahuetes os habréis pegao. Seguro que cuando terminasteis os comisteis a la mitad del reparto.

Muchas veces, el recurso de salirse por la tangente es algo que hacen las madres y los cuñaos con toda su buena intención, porque no conocen los entresijos del audiovisual, pero tú puedes aprender de los cuñaos y usar sus mismas técnicas precisamente para esquivar ese entresijo, ese meollo del asunto.

Funciona muy bien lo de refugiarse en el infalible: “Qué mérito tenéis. Tanta gente trabajando en una misma cosa. Qué mérito. Cuando lo ves en la tele parece fácil, pero no.

Una manera de hacer funcionar este método incluso comentando un guión no rodado: Desvíate hacia el tema del que trata el guión y huye de sus páginas hacia el mundo real. Si has escrito un largo sobre el bullying y no te ha salido bien, notarás que la otra persona habla más del tema del bullying que del guión en sí mismo. “Es que lo del bullying es muy fuerte. Ya era hora de que alguien tratara este tema. A la hija de un amigo mío le hacen bullying en el colegio y bla, bla, bla.

Éstas son las principales tácticas que me vienen a la cabeza, y para no hacer esto más largo de la cuenta me dejo algunas otras sin desarrollar, como la de: “Se nota que tu guión funcionaba, pero te lo han destrozao“, que es el equivalente a cuando le decimos a un actor o actriz: “La obra es un desastre. Lo único bueno de la obra eres tú.”

Y aquí me despido, no sin antes invitaros a que añadáis en los comentarios otras maneras de rehuir a la bragueta abierta. También podéis aprovechar para decirme que este post es un interesante ejercicio estilístico, o una propuesta sugerente.

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