LA ADICCIÓN AL FRACASO

29 junio, 2016

Junklady

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Esto no está dirigido únicamente a los guionistas. El tema que aquí se trata afecta a todas las profesiones del mundo. No obstante, si te dedicas a la escritura, tu relación con el fracaso es especial, y crónica. Para un escritor el fracaso es como el virus del herpes: Siempre está ahí, latente, expectante. Puede no afectarte durante gran parte del tiempo, pero gravita en todo momento sobre tus decisiones, a la espera de que bajes la guardia.

La escritura es uno de esos oficios en los que cuesta mucho defenderse del fracaso, porque cuesta reconocerlo. Si un fontanero no te arregla una avería es fácil concluir que ha fracasado, y también es relativamente fácil averiguar por qué. Sin embargo, si te dedicas a hacer pelis, series, libros… rara vez estarás seguro (salvo en casos flagrantes) de si triunfas o fallas, ni sabrás delimitar las causas con demasiada precisión.

No pienso insistir mucho más en ese tema porque ya se ha tratado varias veces en este blog. Hoy me gustaría hablar sobre que…

… puede que muchas veces fracasemos porque queremos fracasar.

Que nadie me malinterprete. No se trata de monsergas new age, ni de pseudociencias sobre la “ley de la atracción”. Se trata, en todo caso, de pseudo-psicología, de bucear en esa mierda interior a la que tanto nos gusta asomarnos a los narradores cuando creamos historias.

¿Perseguimos nuestro propio fracaso?

Y en caso de que así sea, ¿por qué?

Se me ocurren CUATRO posibles razones, y empezaré por la más obvia, por la más manida:

1- FRACASAMOS PORQUE TENEMOS MIEDO AL ÉXITO.

A mí también me entran ganas de estamparle una tarta en la cara a cualquiera que me venga con eso de que “hay que salir de nuestra zona de confort”, pero es una frase que tiene algo de cierto. En ocasiones no nos asusta únicamente el esfuerzo que tendríamos que hacer para perseguir el éxito, sino las propias consecuencias de alcanzar dicho éxito.

Yo me he sorprendido a mí mismo deseando que me salgan ciertos trabajos, y descubriendo al mismo tiempo que otra parte de mí deseaba justo lo contrario. Esa parte perezosa o cobarde que te susurra al oído frases envenenadas como: “Si te sale esa cosa va a ser una putada, tendrás que compaginarlo con todo lo demás, no vas a tener vida.” “Nuevo trabajo, conocer gente distinta, reglas distintas, formas distintas de hacer las cosas. ¡Qué pereza!” “¿Si me voy a este curro nuevo, cómo le digo a los del curro de ahora que les tengo que dejar?” “¿Probar suerte en Hollywood? ¡Uff! Tener que escribir en inglés…

Una vida sin demasiados cambios es perniciosamente cómoda. La novedad asusta. Si perteneces (como gran parte de los lectores de internet) a la clase media, quizá no puedas aspirar fácilmente a tu situación ideal, pero tampoco es probable que te mueras de hambre. Vivimos dentro de un sistema que nos chupa la sangre en cómodas dosis: un equilibrio perfecto entre no luchar por lo que queremos y no renunciar a lo que prácticamente nos regalan.

El individuo que elige el fracaso por miedo a los terremotos que supone el éxito suele engañarse a sí mismo diciendo que no triunfa porque la sociedad es injusta. En algunas ocasiones incluso intenta sabotear a quienes sí luchan, por miedo a que esas personas se alejen y le dejen solo en su foso de desidia.

Sí, tenéis razón: Este discurso ya está demasiado trillado, así que pasamos a la segunda razón.

2- FRACASAMOS PORQUE ESQUIVAMOS LA BATALLA.

Es algo que sucede bastante en nuestra profesión. Rehuimos el enfrentamiento con la esfinge, la ordalía del espejo. Nos entretenemos en “batallas menores” porque tememos enfrentarnos a la que realmente nos importa… y descubrir que no estamos a la altura.

Estoy harto de ver a guionistas y directores diciendo cosas como: “La peli es cutre porque la he querido hacer así. Me hace gracia que sea cutre.” “Es que quiero escapar de la tiranía de los tres actos y su eficacia.” “He hecho una historia aburrida porque la vida es aburrida.” Estoy harto de ver a artistas con talento empeñados en ejecutar sus obras con menos dinero y menos tiempo del que realmente podrían permitirse, y estoy casi seguro de que muy en el fondo prefieren crear en condiciones adversas porque no soportan la idea de hacer lo que quieren con condiciones favorables y que les salga mal. Descubrir que no has sido capaz de satisfacer tus expectativas y no poderle echar la culpa a ningún handicap.

No me excluyo de la ecuación. A mí también me pasa.

Soy una persona capaz de escribir un largometraje en 15 horas con tal de recordar lo que significaba disfrutar de este oficio sin tener que responder por la calidad del resultado final.

Soy una persona que, cuando tiene ideas de ésas que podrían funcionar comercialmente, que encajarían con lo mainstream… son precisamente ésas las ideas que acaba desechando.

Soy una persona que apenas hace intentos de mover sus novelas… y quién sabe si esa falta de insistencia no se debe a que en el fondo esas novelas y esos relatos me importan y me definen más que los guiones.

Apostar todo a ese tipo de cartas y perder la apuesta es más drástico que perder el sueldo del mes en Las Vegas, el reloj de oro, los ahorros para la universidad de los niños.

Y a pesar de todo, la tercera razón me parece aún más escalofriante:

3- FRACASAMOS PORQUE LOS FRACASADOS NOS CAEN MEJOR.

Quizá hubo un tiempo en que el ser humano tenía a Tintín o a Superman como ejemplos a seguir, pero ahora vivimos en tiempos más cínicos que exigen antihéroes más decadentes.

A una parte de mí le parece enternecedor: Somos más propensos a amar al desvalido, al infortunado. Eso no es del todo nuevo, todos los grandes héroes de antaño tenían su puntito trágico, pero a veces tengo la sensación de que aquellas tragedias tenían como misión advertirnos de algo mientras que ahora, en cierto modo, vivimos una especie de “edad de oro del perdedor”.

A veces me pregunto si los creadores de historias no tendremos cierta responsabilidad ante el hecho de que mucha gente decida estampar su vida contra un muro. Quiero pensar que no: que esa tendencia a la autodestrucción es una semilla que llevamos ahí plantada desde el principio de los tiempos.

Pero…

… pero yo mismo me estremezco en ocasiones al comprobar que mis personajes de ficción favoritos son barcos encallados. Un Humphfrey Bogart masticando su derrota en la barra de un bar me inspira más cariño que un gilipollas con sonrisa triunfal cumpliendo sus putos sueños.

La mitomanía postmoderna nos ha inoculado ese virus: Fracasar es el nuevo “molar”, y más en esta España nuestra en la que el Lazarillo baila con Don Quijote, en la que hacer las cosas bien está satanizado. Si te descuidas, no sólo acabarás rodeándote de “fracasados” porque te caen mejor: También acabarás convirtiéndote tú en uno de ellos, para caerte mejor a ti mismo.

Si lo que acabo de escribir te parece una estupidez, quizá empatices más con la cuarta razón:

4 – FRACASAMOS PORQUE ALGÚN IMBÉCIL SE ATREVIÓ A DEFINIR QUÉ COÑO ES EL FRACASO.

El mundo funciona así. Nos fabrican en serie, nos obligan a encajar en el cliché y a tener pensamientos cliché. Incluso esta frase que acabo de escribir es un cliché. Desde que somos niños nos dicen cómo tenemos que ser y a qué clase de vida debemos aspirar.

Yo no soy de ésos“, pensarás. “Yo elegí el camino del artista.” Y a no ser que seas el puto Alan Moore o el puto John Carpenter es probable que estés recorriendo más bien el cliché del artista. Nos ponen unas orejeras de burro para que sólo podamos vislumbrar una versión reduccionista y polarizada del éxito: Uno se mete en esto pensando en ir a Cannes, ganar un Oscar, convertirse en millonario… Más adelante, si tienes suerte, descubres que dentro de esta jungla hay mil posibles caminos, que en ciertos rincones ignorados serás más feliz – y más útil – que en aquéllos que están señalados con letreros luminosos.

Nos hacen creer que el león tiene éxito cuando salta y consigue pasar por ese aro ardiente que sostiene el domador ante él, y ni el público, ni siquiera el puto león advierten que difícilmente podremos hablar de éxito si tenemos al rey de la selva atrapado tras los barrotes de un maldito circo.

Cada vez estoy más convencido de que mucha gente fracasa porque orienta toda su energía hacia un modelo de éxito para el que no está hecha. Caminamos mal porque llevamos zapatos que no son de nuestra talla. Ya que estamos en el festival del cliché, no sobrará esa cita tan célebre de Albert Einstein:

Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es estúpido.

De hecho, es incluso posible que estés fracasando porque no te has dado cuenta de que ya has alcanzado el éxito.


HAZME UN VIRAL

11 mayo, 2016

virus

.

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Antes te encargaban escribir algo bueno. Ahora te encargan escribir algo “que sea viral”.

A mí ya me costaba trabajo saber qué era bueno y qué no. Saber si algo va a ser o no “viral” me parece directamente cosa de nigromancia.

Yo estoy obsoleto, me podrían malvender en un Cash Converters. A mí, si me hablas de algo viral pienso en la gripe o en el sida.

O en la peli de REC.

Pero creo que no se refieren a eso. “Hazme un viral” significa, al parecer: “Que tenga mucha audiencia pero sin gastarnos un duro en promoción.”

Es la versión 2.0 del “boca a boca” de toda la vida.

Nos van despojando de excusas. Si entramos en el juego de lo viral, ya no podremos refugiarnos en eso de que nuestra obra “estaba de puta madre pero no funcionó porque no había contactos ni pasta para promocionarla”.

Estamos hablando, evidentemente, del viral genuino, no el virus de laboratorio. No nos referimos a esas grandes empresas que propagan su mensaje por las redes gracias a una infraestructura que garantiza su omnipresencia.

El viral genuino es, al menos en apariencia, como una revolución francesa, algo que surge del pueblo sin ayuda del poder ni del dinero, una mariposa que provoca terremotos con un batir de alas.

Predecir los efectos de algo así parece casi objeto de la teoría del caos. No descarto que demos algún día con la fórmula para hacerlo, y puede que a partir de ese momento se inicie otra reacción en cadena, otro batir de alas de mariposa que terminará con las máquinas escribiendo las historias mientras nosotros les lamemos los chips.

Mientras alguien en Google o en la CIA trabaja en esa fórmula de la Coca Cola, yo me conformaré con contar aquí mis experiencias personales sobre el tema, que podrían resumirse con la célebre frase de William Goldman:

Nadie sabe nada.

A veces trabajas escribiendo contenidos que acaban difundiéndose a través de YouTube, mails en cadena, mensajes de WhatsApp… Rara vez son los que tú habías previsto. Muchas veces apuestas por un contenido en concreto: “Esto lo va a petar” pero a pesar de todos tus esfuerzos y esperanzas, a pesar de estar tratando un tema controvertido, a pesar de creer que habéis dado con un conceptazo… aquello que supuestamente lo iba a petar pasa sin pena ni gloria.

Sin embargo, otros contenidos más inofensivos por los que no apostabas tan fuerte sí logran una cierta viralidad. Contra todo pronóstico.

Y no sólo eso:

En ocasiones una cosa en la que has participado no cuaja en el momento de su emisión, pero luego la reponen en no sé dónde y, por alguna extraña razón, empieza a dar la vuelta a internet. Esto ya nos aporta una clave para interpretar el fenómeno, muy de Perogrullo: A veces no es cuestión de que el contenido no funcione, sino de que no ha cogido bien la ola para poder surfearla, e incluso cabe la esperanza loca de que llegue otra ola en el futuro.

Me entra siempre mucha ternura cuando pienso en el autor del Trololó.

Un ruso canta una canción que no trasciende.

35 años más tarde: Ese mismo tipo, ya retirado en una cabaña lejos del mundanal ruido, se sorprende al escuchar a su nieto tarareando la canción de marras. ¡Su puta canción! ¡Esa misma canción que él nunca le cantó al nieto para no provocarle pesadillas nocturnas! De ese modo el cantante descubre que, internet mediante, espectadores DE TODO EL MUNDO han decidido que ahora lo más moderno es venerar lo vintage de forma irónica y han reivindicado su Trololó como fenómeno de masas.

No pierdas la esperanza, querido lector (o lectora) Ese corto tuyo que tiene sólo 120 visitas en YouTube y 15 “me gusta” aún puede ser viral dentro de 30 años. Piensa en el pobre virus del ébola, en todas esas décadas de aburrimiento haciendo bolos cutres en antros a los que sólo asistían monos y murciélagos. Pero había algo poderoso ahí, y al final cuajó y tuvo sus 15 minutos de fama.

Otro denominador común que creo percibir en la mayoría de los virales es que no había ninguna intención de que lo fueran.

Cuando estás en una reunión en un despacho y alguien muy bien vestido dice: “El objetivo es que esto sea viral” las posibilidades de lograrlo se reducen de manera drástica. Cuando alguien escribe la palabra “viral” en un briefing, Dios mata cien millones de retuits.

Personalmente creo que el público es muy fácil de engañar en ciertas cosas pero muy difícil de engañar en otras. O dicho de otro modo: Quizá sea más fácil decirles en qué tienen que creer que decirles lo que tiene que gustarles.

Si controlas las grandes plataformas mediáticas podrás hacer creer a medio mundo que Irak tiene armas de destrucción masiva. Contrata al Instituto Tavistok y ellos te diseñarán una estrategia magnífica. Siempre y cuando el dinero no sea un problema.

Pero tú no eres un pez gordo. Tú tienes una agencia de publicidad en números rojos y te has leído un par de biografías de Steve Jobs y un resumen del Libro de la Guerra de Sun Tzu. Has llegado a la conclusión de que si el Rubius y la llama del “Ola ke ase” pudieron propagarse sin necesidad de grandes inversiones, tú también puedes.

Pero hay un problema: Ellos llegaron a donde llegaron porque a lo mejor no pretendían llegar hasta tan lejos. América sólo se descubre si tu intención es llegar a las Indias. Creo que si te acercas a alguien con cierto tipo de intenciones, dichas intenciones se huelen a la legua (incluso a través del cable de fibra óptica) y generan cierto tipo de rechazo, una actitud defensiva.

Es como intentar ligar deseándolo desesperadamente. Detectarán tu actitud y alzarán el puente levadizo.

Me viene a la memoria aquella frase de Ray Bradbury. Decía que las musas son como los gatos: si quieres que se acerquen a ti, no les hagas demasiado caso.

Tengo la sensación de que muchos virales lo acaban siendo porque proceden de sentimientos muy viscerales, o los generan. Lo visceral, por definición, tiene un carácter accidental, imprevisible, difícil de controlar: Tipos que sorprenden a sus novias declarándose de maneras inauditas con toneladas de vergüenza ajena, gente que se pega hostiazos o se salva de milagro del mordisco de un tiburón de manera muy graciosa, peña que “la lía parda” intentando hacer algo, pedos con mecheros que incendian por encima de sus posibilidades, pagafantas derrotados por borrachas, gente que intenta armar un discurso coherente bajo el influjo de las drogas, violinistas desconocidos que emocionan en el metro, tías que hacen una performance y entre el público está un tío que fue el amor de su vida hace quince años y “lo que sucedió a continuación te sorprenderá”…

Esa clase de “accidentes” nos mueven tantas cosas en las tripas porque SON LA PUTA VIDA. Nos damos cuenta de que ahí hay algo que nadie ha tenido ocasión de adulterar, una especie de droga que nos llega pura, sin cortar. El espectador del siglo XXI no es tan ingenuo: percibe las trampas, ve las costuras. El espectador 2.0 empieza a ser un poco como aquel Orson Welles que ya no se creía las películas porque “veía las vías del traveling”. Es un espectador que agradece la autenticidad, o un sucedáneo convincente.

Nuestra raquítica historia del lenguaje audiovisual ha pasado por espectadores que huían de la sala porque creían que un tren iba a atravesar la pantalla, ha pasado por espectadores que creían que Griffith había cortado por la mitad a los actores cuando les hacía un plano medio, ha pasado por espectadores que se maravillaban cuando Méliés les llevaba a la Luna en cohetes de cartón piedra… y ha pasado por espectadores que sintieron el mismo tipo de magia al ver volar al Halcón Milenario casi cien años más tarde. Y desde entonces ha pasado por muchísimas más fases. El Halcón Milenario tiene sólo un año menos que el Trololó. Lo que nos importa en este post es que con cada peldaño que ascendemos, más difíciles somos de engañar. Las técnicas son cada vez más sofisticadas, pero nuestra percepción también lo es. Estamos resabiaos. Estamos tan insensibilizados ante el artificio que nuestra nueva droga es la autenticidad. E internet es una barra libre de autenticidad.

Hoy por hoy, hasta que alguien me demuestre lo contrario, la mejor manera de aparentar autenticidad es… ser auténtico.

Así de jodido: No existe un manual que nos ayude a salvar ese tipo de gato.

A mí esta situación me intimida tanto como debería intimidaros a vosotros, y al mismo tiempo me estimula tanto como creo que debería estimularos porque puede que a partir de ahora…

… y hasta que se diseñen métodos de engaño más sofisticados…

… para hacer cosas acojonantes…

… no os quede más remedio que ser acojonantes.

Si todavía tenéis pureza y lozanía, ¡aprovechadla! ¡Esa pureza se cotiza mucho en estos tiempos! Si todo parece indicar que habéis perdido ese tren… Vivid, sufrid, reid, amad, leed, comed, bebed, follad, vomitad… yo qué sé… dejad que la vida os mastique y os convierta en algo con suficiente textura para para reflejar algo interesante en el espejo.

… y la próxima vez que un cliente os pida un viral, respondedle con el párrafo anterior y grabad su expresión al escucharlo. La expresión de “what the fuck” de ese cliente será tan auténtica que… ¡ahí tenéis vuestro viral!


UNA DOSIS DE REALIDAD, POR FAVOR

29 enero, 2016

por Carlos Crespo

Sobre los sueños cuando no se cumplen, sobre las excusas que nos ponemos a nosotros mismos para justificar nuestros fracasos y sobre el valor para aceptar nuestra responsabilidad y nuestras limitaciones. Lo que pudo ser pero no fue. 

El autor del artículo original es Doug Richarson y lo podéis encontrar íntegro en inglés en este enlace:   

http://www.dougrichardson.com/blog/reality-check-please/

Ahí va la traducción:

Pues me estaba yo comprando un coche la semana pasada. Como muchos bien sabréis esto puede ser un poquito rollo. El lado bueno es ese estupendo alivio que viene cuando ambas partes nos hemos puesto de acuerdo en las condiciones y la conversación con el vendedor puede relajarse un poco. Una vez agotados los quién eres y los qué haces –así como los omnipresentes análisis de crédito que básicamente me impiden mentir sobre mi profesión- era inevitable acabar hablando del mundo del espectáculo. Y como esto es el sur de California, todo el mundo tiene alguna conexión con Hollywood o alguna historia sobre la industria.

Mientras preparaban la pila de papeleo para ser firmada oel vendedor, que era un tío bastante guapo, se recostó en su silla y abrió su corazón. ¿Y qué te parece? Resulta que hace mucho tiempo había sido actor. Que se mudó a Los Ángeles desde Vancouver Canadá para hacer realidad sus sueños de lo que tú ya sabes.

“¿De verdad?” dije yo, intentando que mi ausencia total de sorpresa no sonara a burla. Como si nunca hubiera oído algo así. Y menos aún el tsunami de excusas que estaría a punto de darme para justificar por qué acabó metido en una camisa bien almidonada y con corbata vendiendo coches para ganarse la vida.

Me pregunté con qué serie de razones me iba a deleitar. ¿Fue porque el show business es un juego que depende de a quién conozcas y él no tuvo suerte? ¿O me iba a contar la historia de los representantes y agentes que no le supieron llevar bien? A juzgar por su edad y buena presencia podría haber conseguido su sueño de no haber sido eliminado una y otra vez por tipos como Kevin Spacey, Daniel Day Lewis y Brad Pitt.

O quizás… quizás estaba a punto de culpar a alguna chica a la que dejó embarazada y su carrera inexistente se esfumó debido a su paternidad y su correspondiente paso a la vida adulta.

“¿Qué pasó?” pregunté finalmente.

“Era malísimo”, dijo sin entusiasmo el guapo vendedor.

Se me escapó incontrolada una risotada espontánea. Estaba verdadera y maravillosamente alucinado.

“¿Sabes qué? Que nunca me habían dicho esa”, dije finalmente.

“Es verdad”, sonrió. “En Vancouver yo era alguien”.

“¿Famoso?” pregunté animado.

“Sí. Pero luego al llegar aquí me di cuenta de que no era demasiado bueno”.

Mientras escribo esto, han pasado unos días y sigo todavía conmovido por este hombre y su sinceridad. El número de aspirantes y fracasados que me he encontrado a lo largo de mi dudosa carrera es incalculable y como ya he dicho, todo el mundo tiene una historia, la mayoría llenas de tristes excusas por no haber tocado nunca la estrella que tanto deseaban. Pues a lo largo de años y años, puedo contar con quizás dos o tres dedos las veces en que alguien se ha pintado a sí mismo con un pincel tan austeramente honesto.

Yo quería ser guionista” me dijo una vez un profesor de colegio, “pero había una parte del trabajo que tardé en descubrir, y es que tienes que saber escribir”.

En otra ocasión, un hombre mayor que se dedicaba a vender viejos equipos informáticos me dijo que un día había soñado con una carrera en diseño de producción.

“Tengo el talento. Sé que lo tengo. Probablemente más desarrollado que muchos de los mediocres que veo trabajando hoy en día”, contaba el colega de los ordenadores. “Pero lo que ellos tienen y yo no tengo es el deseo de hacer cualquier trabajo para cualquier persona en cualquier lugar y así meter un poco la cabeza y dejarla ahí hasta que alguien se dé cuenta de que soy la persona indicada. Esa es una determinación que yo no tengo. Aprendí eso sobre mí mismo. Bien por ellos que sí la tienen”.

Antes incluso de que las coletillas fuesen conocidas como coletillas, Clint Eastwood ya tenía unas cuantas exitosísimas. Mi favorita es de un diálogo de Magnum Force, justo después de que el teniente Briggs (interpretado magistralmente por el genial Hal Holbrook) sea asesinado por un coche bomba que en realidad iba dirigido a Callahan. Eastwood pronuncia la frase en su característico susurro:

“Un hombre tiene que conocer sus limitaciones”.

A ver un momento. No estoy sugiriendo que todos seamos tan conscientes de nuestras carencias que limitemos nuestra ambición por cargarla con un peso imposible de levantar. Pero hay una corriente significativa de aspirantes y recién llegados que serían mucho más felices, y sobre todo estarían mucho más sobrios, si tuvieran un visión más acertada de sí mismos y del diminuto milímetro cuadrado que ocupan en la cadena alimenticia.

Hace muchos años, cuando yo era aún un cachorro en el medio, tuve una novia actriz que había trabajado media temporada en una serie de televisión recién cancelada en la que había tenido un papel bastante pequeño. Su personaje no era memorable ni por dimensión ni por interpretación. Pues ahí estaba yo a su lado cuando quedó con su representante por primera vez desde que la cadena había cancelado la serie.

“Esto es lo mejor que nos podía haber pasado”, dijo la representante con su voz ronca de fumadora empedernida. “Ahora que estás libre de tus compromisos en televisión y como se te ha visto recientemente, vas a competir por tus próximos papeles con Michelle Pfeiffer y Meryl Streep”.

Recuerdo esto como una de las mayores trolas que he escuchado jamás. Antes de que se me descolgaran los tendones de la mandíbula, eché un vistazo a mi izquierda para no perderme lo que seguramente sería una expresión de asombro en la cara de mi novia. Pero en lugar de eso, me la encontré radiante y dejándose envolver por el resplandor de un foco que nunca conocería. La carrera que tenía por delante era real y podía ir a más. Una carrera llena de posibilidades si algún día pudiera proporcionarse a sí misma unas metas más realistas y las herramientas para llegar a ellas. Pero no, allí estaba ella tragándose el sinsentido que le soltaba su repre como si fuera cerveza verde el día de San Patricio. El cruce entre murciélago y sapo que era aquella mujer podría haberle dicho a mi novia que de aquí a mañana le saldrían alas de hada y que lo único que tenía que hacer para alcanzar su sueño como actriz de ojos saltones era batir sus plumas y echar a volar.

Hace mucho tiempo que perdí el contacto con aquella novia. No tengo ni la más remota idea de dónde aterrizó ni de si fue un aterrizaje suave. Pero hace muy poco conocí a un vendedor de coches muy sanote cuya perspectiva sí soy capaz de respetar por completo.


EL MEJOR CAMINO PARA ALCANZAR EL ÉXITO

29 octubre, 2014

puertaslaberinto

por Juanjo Ramírez Mascaró.

Uno descubre que deja de ser joven cuando conoce a otros guionistas que sí lo son: Compañeros que están empezando en esto y que, de repente, sin previo aviso ni anestesia, me preguntan cuál es la mejor manera de entrar en este mundillo.

Me lo preguntan como si yo conociera la respuesta. A mí, que a día de hoy, cada vez que me cuelo en “el mundillo” me pellizco en el brazo porque no me lo creo.

Si alguien te mira como si realmente creyese que tienes una respuesta para algo, asúmelo: Ya no eres joven.

Es peligroso tener respuestas. Me viene a la memoria una viñeta de humor gráfico que vi hace tiempo, en la que un cubo de Rubik se volaba la cabeza porque se había resuelto a sí mismo.

Escribo este post porque, peligrosa o no, últimamente he dado con una respuesta que, de momento, a mí me vale:

¿Cuál es el mejor camino para alcanzar el éxito en el audiovisual?

EL QUE MENOS TE PARALICE.

En los pocos años que llevo dedicándome a esto he escuchado muchas historias de gente que se ha consagrado y cada uno cuenta un cuento distinto. Ésa es, en mi opinión, la demostración de que hay muchas puertas por las que entrar, muchas ventanas por las que trepar… incluso muchos tabiques que pueden ser atravesados.

Conozco gente que se abrió paso en el mundo del cine porque empezó a mandar guiones por correo a productoras (y gustaron). Conozco gente que ha llegado hasta donde está porque entró en una productora desde lo más bajo y fue creciendo gracias a su talento y al trabajo duro. Conozco gente que empezó a hacer webseries en internet contando lo que les daba la gana y como les salía de los mismísimos, y alguien se fijó en ellos haciéndoles llegar una oferta jugosa. Conozco gente que ha medrado a base de caer bien a la gente adecuada, acudir a las fiestas adecuadas, confiar en la gente adecuada. Conozco gente que ha sabido “ganar la partida” con una sola jugada gracias a una visión estratégica que le permite triunfar asestando un único golpe, bien planificado, en el momento oportuno, en el lugar oportuno (es lo que en kung fu llaman “el estilo de la serpiente”) pero también conozco a gente que triunfa gracias a su tesón incombustible, gracias al pico y pala, gracias a levantarse tras cada caída (es lo que los cinéfilos llamamos “¡vamos Rocky! ¡No te rindas!”)

Lo que decía: mil caminos, mil flancos por los que asaltar la fortaleza. ¿Qué tiene en común toda esa gente? Que lo ha intentado. De una manera u otra. Es gente que se ha mantenido en movimiento y no ha permitido que ningún agorero la paralice. Si eres de los que espera el éxito sentado en su sofá mientras lee manuales de “pensamiento positivo” y sobre cómo la física cuántica ha demostrado que bla, bla, bla… yo te diría lo siguiente:

Cuanto más avanza la física cuántica, más similitudes comparte con la filosofía taoísta. Y según los taoístas, el movimiento genera vida, salud, fertilidad; la ausencia de movimiento, por el contrario, genera enfermedad y decadencia. El agua que fluye en el río es agua sana. El agua que se estanca se pudre, se corrompe, se envenena.

(Inciso: No, no soy taoísta. Soy más de Golpe en la Pequeña China)

Por eso he llegado a esta conclusión personal y la voy a repetir a modo de estribillo:

EL MEJOR CAMINO ES EL QUE MENOS TE PARALICE.

Ese camino es distinto para cada persona. A mí, por ejemplo, me paraliza más rellenar un formulario del Ministerio de Cultura que escribir un largometraje o intentar rodar una peli sin presupuesto. Tengo amigos a los que les sucede lo contrario.

Creo que todos, independientemente del camino elegido, llegaremos a la meta tarde o temprano siempre y cuando nos mantengamos en movimiento.

No os desaniméis si alguien os dice que ese camino que os nace de las entrañas no lleva a ningún lado. Tampoco os desaniméis si el camino resulta no ser fácil o si los frutos no llegan pronto. Es peligroso dejarse engañar por los cuentos de hadas facilones. El hecho de existan golpes de suerte no implica que éstos sean la norma. Llegar y besar el santo es la excepción.

Si los astros se te alinean y das con uno de esos golpes de suerte, agradécelo y trabaja duro para conseguir surfear esa ola hasta el final. Mientras no sea así, no desanimes: Lo normal es avanzar poco a poco, paso a paso, piedra a piedra, peldaño a peldaño.

Como anticipaba más arriba, yo me siento imbécil cuando alguien me pregunta qué hay que hacer para abrirse camino en este mundillo. No sé qué contestar porque tengo la impresión de que yo mismo llevo años intentando abrirme paso sin conseguirlo. Cada vez que digo que soy guionista o escritor, me siento un impostor. Sin embargo, cuando miro hacia atrás y contemplo el camino recorrido, me doy cuenta de que he avanzado más de lo que creía.

Si permanecemos varios años junto a un árbol tendremos la sensación de que no crece, porque aunque lo haga de manera constante, lo hace muy lentamente. Pero si grabas el árbol durante varios años y luego reproduces el vídeo a cámara rápida, te asombrará lo mucho que ha crecido el mamón. ¡Cómo se ha transformado ante tus narices sin que te dieras cuenta!

Nuestras vidas son un poco como ese árbol. De vez en cuando conviene detenerse unos minutos, mirarlas con perspectiva, reproducirlas a cámara rápida… Entonces el “Joder, han pasado cinco años y no he hecho nada con mi vida” se transforma en “¡Joder, qué cantidad de cosas han pasado en estos cinco años!

Hago ese experimento cada equis tiempo desde que me lo sugirió un buen amigo: Imaginar qué pensaría de mí el Juanjo de hace cinco años, o qué pensaría de mi situación actual el Juanjo que estudiaba en la universidad para dedicarse a esto. Es un ejercicio terapéutico, porque normalmente descubres que te has convertido en muchas de las cosas con las que soñaba convertirse aquel chaval. Lo que ocurre es que cuando llegas a ciertas metas llegas a ellas demasiado cansado y tras abrirte paso entre demasiada mierda. Incluso puede que esas metas, vistas de cerca, no te parezcan tan atractivas ni tan idealizables. Habría que ver a Jessica Rabbit recién levantada y en pijama. Sucede también que el ser humano está diseñado para no conformarse. Cuando alcanzamos una meta, dicha meta se esfuma y reaparece a diez kilómetros de distancia, como un fuego fatuo. Porque quizá las metas sean precisamente eso: El fuego fatuo que guía al caminante, la zanahoria ante los ojos del burro, el combustible que nos mantiene en movimiento.

Ese movimiento del que hablábamos más arriba, tan necesario.

Creo sinceramente que si te mantienes en movimiento con la actitud adecuada… aunque tengas la sensación de haber estado caminando en círculos… habrás estado caminando en espiral.


FLASHBACK: LOS ERRORES DEL ÉXITO

1 octubre, 2011

Por Guionista Hastiado

Muchos de los post de esta bitácora tienen como objetivo aportar información de interés para aquella gente que se está acercando al mundo de la escritura de guiones, bien porque no tienen relación directa con este oficio, bien porque están empezando en él. Como es lógico, además, son los que más interés demuestran por aprender y preguntar.

Sin embargo, muchas de las convicciones más erróneas sobre lo que significa este trabajo provienen, paradójicamente, de gente que ha obtenido éxitos fulgurantes, tanto de guionistas, como directores o productores (que tienen, también, capacidad de decisión sobre el guión, para bien o para mal).

La parte mala de los fracasos todos la conocemos (algunos más que otros, vale). Pero los aspectos negativos del éxito suelen pasar más desapercibidos. Uno de ellos tiene que ver con la percepción del propio trabajo. El éxito de un largometraje o de una serie de televisión puede deberse a muchos factores (la oportunidad, la suerte, las plataformas de distribución, la no contraprogramación, la fortuna con los colaboradores, la conjunción de los astros…). Pero la mayoría de la gente que “triunfa” (habría que dedicar unos cuantos post para hablar de qué es eso del “éxito”) tiende a considerar, como es lógico y humano, que el secreto de su éxito tiene que ver exclusivamente… con su talento.

Esto, por supuesto, puede ser muy cierto en gran cantidad de casos. Pero se corre siempre el riesgo de considerar que los buenos resultados han sobrevenido GRACIAS a la manera de trabajar de uno, en lugar de plantearse que esos buenos resultados pueden haberse conseguido A PESAR de la manera de trabajar de uno.

Esta industria está plagada de gurús que saben “cómo hay que hacer las cosas”, porque una vez les fue bien, y consideran que repetir exactamente los mismos esquemas es la única forma de volver a conseguir los mismos resultados. Y así es como se forjan las grandes teorías absolutas fallidas.

Mi opinión personal, y posiblemente prescindible, es que cada producción, y cada guionista, es diferente y debe encontrar sus propias reglas. “El séptimo sello” es una obra maestra, como también lo es, a su manera, “Blade Runner“, siendo, como son, dos cosas muy distintas y que probablemente se escribieron de forma diferente. No hay normas absolutas narrativas, aparte de la fidelidad a los personajes, creer en el conflicto, y apoyarse en el trabajo y la reescritura. Lo demás son opciones, nunca mandamientos.

Para que entiendan ustedes lo que quiero decir, que creo que me estoy explicando fatal, les enumero a continuación algunos ejemplos de teorías extraídas de personas de carne y hueso, máximas que, si bien pueden albergar cierta dosis de acierto en determinadas ocasiones, se convierten en un cáncer cuando se las considera sentencias ineludibles que deben ser cumplidas a rajatabla a la hora de plantear el trabajo, y a las que hay que supeditar todo lo demás…

– El mapa de tramas encorseta a una serie. Los capítulos deben fluir de manera natural e improvisada a medida que la temporada avanza.

– Los personajes protagonistas deben ser siempre buenos, llenos de sentimientos puros, aunque a veces cometan pequeños errores.

– Los antagonistas no deben mostrar buenos sentimientos.

– En comedia no se debe hablar de la muerte, la enfermedad o la política.

– Los personajes femeninos no funcionan igual de bien en comedia.

– Los diálogos encorsetan a los actores. Hay que dejarles que improvisen sobre escaleta.

– Un equipo de guión funciona mejor si vive puteado bajo presión constante.

– En la ficción de un capítulo no deben pasar más de tres días seguidos.

– Es fundamental asistir a los desayunos, comidas y cenas de los personajes.

– Para que una serie/película funcione los actores tienen que ser famosos.

– Para que una serie/película funcione los actores tienen que ser guapos.

– Los diálogos son lo más importante y hay que dedicarles mucho más tiempo que a la escaleta.

– En series profesionales, lo fundamental es explicarle al público cómo funciona ese mundo laboral.

– Nuestro público no entiende los sueños, los flashbacks o las imaginaciones.

– Si se hacen sueños, flashbacks o imaginaciones siempre hay que poner un efecto difuminado, y una cortinilla borrosa antes.

– La gente quiere ver historias de buen rollo, hay que evitar el sufrimiento en los personajes.

– Nunca se deben dejar finales abiertos en un capítulo.

– Siempre se deben dejar finales abiertos en un capítulo.

– Los gays son divertidos, pero las lesbianas provocan rechazo.

– A no ser que sean muy guapas.

– La gente no quiere ver explicaciones de cosas, son aburridas. Nunca hay que meter explicaciones.

– Los telespectadores no miran la tele, sólo la escuchan.

– La gente joven ya no ve la televisión, hay que escribir para los viejos.

– Lo importante es el efecto inmediato aunque pasen cosas increíbles, no hace falta que todo sea explicado después, nadie se va a acordar de que quedan cabos sueltos.

– El ideal en una serie es que la misma persona escriba todos los capítulos.

– No se debe escribir una película o una serie sin saber qué actores van a interpretarla.

– No hay mejor idea que una ya ha funcionado antes. Lo nuevo es peligroso.

– Nadie quiere ver películas con gente mayor.

– No se puede aprender nada de los americanos, estamos haciendo ficción nacional.

– No se puede aprender nada de la ficción nacional, hay que fijarse en los americanos.

– Siempre hay que pensar “¿cómo lo haría la HBO?”…

– …para no hacerlo.

– El guión debe entenderlo desde un niño de 5 años hasta una señora de 70.

– Lo más importante es que se vea lujo, coches caros, casas bonitas, fiestas cool, gente guapa bien vestida…

– No merece la pena escribir una película si no tratas de mejorar el mundo con ella.

– No merece la pena escribir una película si no sabes de antemano que te van a dar una subvención.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 27 de mayo de 2010)


EL RENCOR

7 enero, 2011

Por Guionista Hastiado

Mi padre, como algunos de ustedes ya saben, es pintor y profesor de dibujo. Alguna vez les hablé de ello. Se ha ganado la vida con su trabajo y ahora, ya jubilado de la docencia, sigue dedicándose activamente a un arte que le ha dado de comer y que, sobre todo, le apasiona. Estas navidades, en la reunión familiar de rigor, me contó una anécdota algo desagradable que le había sucedido hacía poco tiempo, y que paso a resumirles brevemente…

Él había donado un par de cuadros para una exposición benéfica que se celebraba en una ciudad de provincias con el fin de recaudar fondos para una ONG. Acudió a la gala inaugural en la que, además de cumplir haciendo acto de presencia, iba a encontrarse con buenos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Ya saben ustedes cómo son esas cosas. Canapés, gente importante, políticos, todo muy fino.

De pronto, un hombre de mediana edad se le acercó y le saludó. Mi padre no le conocía. El hombre le explicó que, hace 30 años, mi padre había presidido un tribunal de oposiciones para profesor de Artes y Oficios, en las que él había participado. Mi padre, obviamente, no le recordaba. Las oposiciones eran para cubrir una sola plaza, y el señor en cuestión fue uno de tantos que no la consiguió.

Pero, por lo visto, al señor le sentó muy mal no haberla conseguido, y empezó a reprocharle a mi padre  el fallo que había emitido el jurado. Mi padre, como es lógico, le dijo que la plaza fue para el opositor mejor preparado. De hecho recordaba aquel veredicto porque el “vencedor” había sido un chaval con una capacidad innata, soprendente, para el dibujo, y todos los miembros del jurado habían estado de acuerdo en otorgarle la máxima calificación.

Pero el señor, erre que erre, consideraba que el fallo no había sido justo, que él tenía que haberla ganado, y empezó a calentarse, asegurando que aquel jurado estaba vendido, que habían hecho trampas, y que eran unos sinvergüenzas que le habían jodido la vida. Fue elevando el tono de voz y los asistentes a la inauguración empezaron a mirarle mal.

Mi padre, que posiblemente es la mejor persona que conozco, y que lo último que deseaba era tener un pollo con nadie, siguió argumentando y explicando por qué habían tomado aquella decisión. Pero el hombre llevaba demasiado tiempo masticando su rencor y no iba a dejar escapar la oportunidad de vomitarlo, y acabó diciendo a voz en grito que los miembros de aquel tribunal eran todos unos grandísimos hijos de puta, y que mi padre el primero y el que más. Se le fue, sí.

Mi progenitor, muy educadamente, aguantó la tontería con mucha más elegancia de la que yo jamás podré tener, hasta que un par de personas decentes se acercaron al impresentable y le increparon para que abandonara sus malas formas o, aún mejor, la sala. Tras algunos momentos de tensión y rifirafismo de cuchufleta (¡ah, esos momentos de calentón en los que brota, tan viva, la comedia!), finalmente el señor, sintiéndose acorralado, cogió las de Villadiego.

Lo curioso es que el tipejo era, también, uno de los pintores que habían donado cuadros para la exposición. Estaban allí, colgados, posiblemente avergonzados ante el comportamiento de su creador. Por lo visto era profesor de dibujo en un colegio y había tenido una carrera como pintor, quizá no magnífica, pero al menos se había dedicado a un oficio que, se supone, es vocacional y edificante. Sin embargo, se había quedado obsesionado con unas oposiciones que, 30 años atrás, le habían impedido acceder a un puesto de funcionario del Estado. Seguramente consideraba que ese hecho en cuestión le había impedido labrarse un futuro mucho más provechoso al que él consideraba haber tenido derecho, y que, de haber conseguido aquella plaza, su vida hubiera sido otra, presumiblemente mucho mejor. No, la culpa de su vida de mierda y de su resentimiento no era de él, era de los demás.

30 años. Media vida.

¿Cómo diablos puede alguien pasarse 30 años obsesionado con una -supuesta- injusticia del pasado? Lo entendería si se tratara del asesinato de tus padres (cuántos grandes westerns nos ha dado la venganza). Pero… ¿unas oposiciones a profesor? ¿Y encima sin verdaderos motivos? Incluso en el caso hipotético de que hubiera tenido razón (que no la tenía), no merece la pena. Es absurdo, estúpido, un sinsentido.

Cuento todo esto porque la anécdota en cuestión me recordó ciertas actitudes que he visto en colegas de profesión y gente de la industria. No sólo guionistas. Quién mas quién menos ha tenido la sensación alguna vez de que han sido injustos con uno, de que no se ha sabido valorar nuestro talento, y de que gente menos preparada se ha llevado méritos que no le pertenecen.

Pues bien, si no queremos volvernos locos, hemos de asumir que muchas de esas veces, sencillamente, no tenemos razón, que nos estamos equivocando, que tenemos una visión distorsionada, subjetiva, de los acontecimientos, y que la gente de la sala nos está mirando como si estuviéramos locos.

Puede que haya ocasiones en las que estemos en lo cierto, vale. Alrededor de la televisión y el cine se mueven mucha pasta, glamour de pedorreta y atención mediática, y por lo tanto son campos abonados para la proliferación de buscavidas, lameculos, vendemotos y oportunistas. Mucha de esa gente ganará más dinero que tú, hará proyectos más fastuosos, será más famosa y será fotografiada junto a gente mucho más guapa que uno.

Pero, incluso aunque esto sea cierto, nunca merecerá la pena instalarse en el rencor. 30 años de resentimiento pueden volverle a uno un auténtico gilipollas, un amargado. De la misma forma que sabemos que nuestro oficio está expuesto a las críticas, hay que comprender que -como en cualquier sitio- la profesión no se rige por criterios de justicia, no siempre los acontecimientos se desarrollan como a uno le gustaría, y no siempre los méritos están repartidos como uno cree que deberían.

El verdadero motor del éxito no es el éxito en sí mismo, sino la capacidad de sobrellevar y superar el fracaso. Si no vendemos nuestro guión, si no ganamos más dinero, si no podemos escribir lo que nos gusta, si vemos encumbrarse a gente menos preparada que nosotros… lo único positivo que podemos hacer es seguir trabajando, seguir demostrando que sabemos hacerlo, seguir aprendiendo y seguir intentándolo.

Hace muchos, muchos años, antes incluso de tener el propósito de convertirme en guionista, tuve la suerte de coincidir en una cena con Ángel Javier Pozuelo Gómez, más conocido como Javier Cansado, de “Faemino y Cansado“. Durante la conversación de sobremesa, él me dijo algo que nunca he olvidado. Dijo que en esta industria te vas a encontrar con mucha gente sin talento que obtiene un éxito y un reconocimiento inmerecidos, que eso es algo impepinable y que no se puede cambiar, porque el mundo es así. Pero que hay algo a lo que agarrarnos, y es que si uno tiene verdadero talento, capacidad de trabajo y paciencia, siempre conseguiría abrirse camino y ganarse la vida honestamente. En otras palabras, puede que no sean todos los que estén, pero sí que están todos los que son.

Si uno no está, puede optar por amargarse y recrearse en la envidia, el pataleo, el cinismo y la crítica emponzoñada, o puede, sencillamente, considerar que debe seguir intentándolo procurando no perder la ilusión ante cada nuevo proyecto, ante cada nueva línea de diálogo, por duro e inútil que nos parezca a veces. Siempre acaba dando resultado.

No, amigos, la culpa no es siempre de los demás. Mirar el patio del vecino con desprecio no sirve de nada,  sobretodo si uno se está olvidando de regar el suyo propio.


LOS ERRORES DEL ÉXITO

27 mayo, 2010

Por Guionista Hastiado

Muchos de los post de esta bitácora tienen como objetivo aportar información de interés para aquella gente que se está acercando al mundo de la escritura de guiones, bien porque no tienen relación directa con este oficio, bien porque están empezando en él. Como es lógico, además, son los que más interés demuestran por aprender y preguntar.

Sin embargo, muchas de las convicciones más erróneas sobre lo que significa este trabajo provienen, paradójicamente, de gente que ha obtenido éxitos fulgurantes, tanto de guionistas, como directores o productores (que tienen, también, capacidad de decisión sobre el guión, para bien o para mal).

La parte mala de los fracasos todos la conocemos (algunos más que otros, vale). Pero los aspectos negativos del éxito suelen pasar más desapercibidos. Uno de ellos tiene que ver con la percepción del propio trabajo. El éxito de un largometraje o de una serie de televisión puede deberse a muchos factores (la oportunidad, la suerte, las plataformas de distribución, la no contraprogramación, la fortuna con los colaboradores, la conjunción de los astros…). Pero la mayoría de la gente que “triunfa” (habría que dedicar unos cuantos post para hablar de qué es eso del “éxito”) tiende a considerar, como es lógico y humano, que el secreto de su éxito tiene que ver exclusivamente… con su talento.

Esto, por supuesto, puede ser muy cierto en gran cantidad de casos. Pero se corre siempre el riesgo de considerar que los buenos resultados han sobrevenido GRACIAS a la manera de trabajar de uno, en lugar de plantearse que esos buenos resultados pueden haberse conseguido A PESAR de la manera de trabajar de uno.

Esta industria está plagada de gurús que saben “cómo hay que hacer las cosas”, porque una vez les fue bien, y consideran que repetir exactamente los mismos esquemas es la única forma de volver a conseguir los mismos resultados. Y así es como se forjan las grandes teorías absolutas fallidas.

Mi opinión personal, y posiblemente prescindible, es que cada producción, y cada guionista, es diferente y debe encontrar sus propias reglas. “El séptimo sello” es una obra maestra, como también lo es, a su manera, “Blade Runner“, siendo, como son, dos cosas muy distintas y que probablemente se escribieron de forma diferente. No hay normas absolutas narrativas, aparte de la fidelidad a los personajes, creer en el conflicto, y apoyarse en el trabajo y la reescritura. Lo demás son opciones, nunca mandamientos.

Para que entiendan ustedes lo que quiero decir, que creo que me estoy explicando fatal, les enumero a continuación algunos ejemplos de teorías extraídas de personas de carne y hueso, máximas que, si bien pueden albergar cierta dosis de acierto en determinadas ocasiones, se convierten en un cáncer cuando se las considera sentencias ineludibles que deben ser cumplidas a rajatabla a la hora de plantear el trabajo, y a las que hay que supeditar todo lo demás…

– El mapa de tramas encorseta a una serie. Los capítulos deben fluir de manera natural e improvisada a medida que la temporada avanza.

– Los personajes protagonistas deben ser siempre buenos, llenos de sentimientos puros, aunque a veces cometan pequeños errores.

– Los antagonistas no deben mostrar buenos sentimientos.

– En comedia no se debe hablar de la muerte, la enfermedad o la política.

– Los personajes femeninos no funcionan igual de bien en comedia.

– Los diálogos encorsetan a los actores. Hay que dejarles que improvisen sobre escaleta.

– Un equipo de guión funciona mejor si vive puteado bajo presión constante.

– En la ficción de un capítulo no deben pasar más de tres días seguidos.

– Es fundamental asistir a los desayunos, comidas y cenas de los personajes.

– Para que una serie/película funcione los actores tienen que ser famosos.

– Para que una serie/película funcione los actores tienen que ser guapos.

– Los diálogos son lo más importante y hay que dedicarles mucho más tiempo que a la escaleta.

– En series profesionales, lo fundamental es explicarle al público cómo funciona ese mundo laboral.

– Nuestro público no entiende los sueños, los flashbacks o las imaginaciones.

– Si se hacen sueños, flashbacks o imaginaciones siempre hay que poner un efecto difuminado, y una cortinilla borrosa antes.

– La gente quiere ver historias de buen rollo, hay que evitar el sufrimiento en los personajes.

– Nunca se deben dejar finales abiertos en un capítulo.

– Siempre se deben dejar finales abiertos en un capítulo.

– Los gays son divertidos, pero las lesbianas provocan rechazo.

– A no ser que sean muy guapas.

– La gente no quiere ver explicaciones de cosas, son aburridas. Nunca hay que meter explicaciones.

– Los telespectadores no miran la tele, sólo la escuchan.

– La gente joven ya no ve la televisión, hay que escribir para los viejos.

– Lo importante es el efecto inmediato aunque pasen cosas increíbles, no hace falta que todo sea explicado después, nadie se va a acordar de que quedan cabos sueltos.

– El ideal en una serie es que la misma persona escriba todos los capítulos.

– No se debe escribir una película o una serie sin saber qué actores van a interpretarla.

– No hay mejor idea que una ya ha funcionado antes. Lo nuevo es peligroso.

– Nadie quiere ver películas con gente mayor.

– No se puede aprender nada de los americanos, estamos haciendo ficción nacional.

– No se puede aprender nada de la ficción nacional, hay que fijarse en los americanos.

– Siempre hay que pensar “¿cómo lo haría la HBO?”…

– …para no hacerlo.

– El guión debe entenderlo desde un niño de 5 años hasta una señora de 70.

– Lo más importante es que se vea lujo, coches caros, casas bonitas, fiestas cool, gente guapa bien vestida…

– No merece la pena escribir una película si no tratas de mejorar el mundo con ella.

– No merece la pena escribir una película si no sabes de antemano que te van a dar una subvención.


A %d blogueros les gusta esto: