LA ADICCIÓN AL FRACASO

29 junio, 2016

Junklady

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Esto no está dirigido únicamente a los guionistas. El tema que aquí se trata afecta a todas las profesiones del mundo. No obstante, si te dedicas a la escritura, tu relación con el fracaso es especial, y crónica. Para un escritor el fracaso es como el virus del herpes: Siempre está ahí, latente, expectante. Puede no afectarte durante gran parte del tiempo, pero gravita en todo momento sobre tus decisiones, a la espera de que bajes la guardia.

La escritura es uno de esos oficios en los que cuesta mucho defenderse del fracaso, porque cuesta reconocerlo. Si un fontanero no te arregla una avería es fácil concluir que ha fracasado, y también es relativamente fácil averiguar por qué. Sin embargo, si te dedicas a hacer pelis, series, libros… rara vez estarás seguro (salvo en casos flagrantes) de si triunfas o fallas, ni sabrás delimitar las causas con demasiada precisión.

No pienso insistir mucho más en ese tema porque ya se ha tratado varias veces en este blog. Hoy me gustaría hablar sobre que…

… puede que muchas veces fracasemos porque queremos fracasar.

Que nadie me malinterprete. No se trata de monsergas new age, ni de pseudociencias sobre la “ley de la atracción”. Se trata, en todo caso, de pseudo-psicología, de bucear en esa mierda interior a la que tanto nos gusta asomarnos a los narradores cuando creamos historias.

¿Perseguimos nuestro propio fracaso?

Y en caso de que así sea, ¿por qué?

Se me ocurren CUATRO posibles razones, y empezaré por la más obvia, por la más manida:

1- FRACASAMOS PORQUE TENEMOS MIEDO AL ÉXITO.

A mí también me entran ganas de estamparle una tarta en la cara a cualquiera que me venga con eso de que “hay que salir de nuestra zona de confort”, pero es una frase que tiene algo de cierto. En ocasiones no nos asusta únicamente el esfuerzo que tendríamos que hacer para perseguir el éxito, sino las propias consecuencias de alcanzar dicho éxito.

Yo me he sorprendido a mí mismo deseando que me salgan ciertos trabajos, y descubriendo al mismo tiempo que otra parte de mí deseaba justo lo contrario. Esa parte perezosa o cobarde que te susurra al oído frases envenenadas como: “Si te sale esa cosa va a ser una putada, tendrás que compaginarlo con todo lo demás, no vas a tener vida.” “Nuevo trabajo, conocer gente distinta, reglas distintas, formas distintas de hacer las cosas. ¡Qué pereza!” “¿Si me voy a este curro nuevo, cómo le digo a los del curro de ahora que les tengo que dejar?” “¿Probar suerte en Hollywood? ¡Uff! Tener que escribir en inglés…

Una vida sin demasiados cambios es perniciosamente cómoda. La novedad asusta. Si perteneces (como gran parte de los lectores de internet) a la clase media, quizá no puedas aspirar fácilmente a tu situación ideal, pero tampoco es probable que te mueras de hambre. Vivimos dentro de un sistema que nos chupa la sangre en cómodas dosis: un equilibrio perfecto entre no luchar por lo que queremos y no renunciar a lo que prácticamente nos regalan.

El individuo que elige el fracaso por miedo a los terremotos que supone el éxito suele engañarse a sí mismo diciendo que no triunfa porque la sociedad es injusta. En algunas ocasiones incluso intenta sabotear a quienes sí luchan, por miedo a que esas personas se alejen y le dejen solo en su foso de desidia.

Sí, tenéis razón: Este discurso ya está demasiado trillado, así que pasamos a la segunda razón.

2- FRACASAMOS PORQUE ESQUIVAMOS LA BATALLA.

Es algo que sucede bastante en nuestra profesión. Rehuimos el enfrentamiento con la esfinge, la ordalía del espejo. Nos entretenemos en “batallas menores” porque tememos enfrentarnos a la que realmente nos importa… y descubrir que no estamos a la altura.

Estoy harto de ver a guionistas y directores diciendo cosas como: “La peli es cutre porque la he querido hacer así. Me hace gracia que sea cutre.” “Es que quiero escapar de la tiranía de los tres actos y su eficacia.” “He hecho una historia aburrida porque la vida es aburrida.” Estoy harto de ver a artistas con talento empeñados en ejecutar sus obras con menos dinero y menos tiempo del que realmente podrían permitirse, y estoy casi seguro de que muy en el fondo prefieren crear en condiciones adversas porque no soportan la idea de hacer lo que quieren con condiciones favorables y que les salga mal. Descubrir que no has sido capaz de satisfacer tus expectativas y no poderle echar la culpa a ningún handicap.

No me excluyo de la ecuación. A mí también me pasa.

Soy una persona capaz de escribir un largometraje en 15 horas con tal de recordar lo que significaba disfrutar de este oficio sin tener que responder por la calidad del resultado final.

Soy una persona que, cuando tiene ideas de ésas que podrían funcionar comercialmente, que encajarían con lo mainstream… son precisamente ésas las ideas que acaba desechando.

Soy una persona que apenas hace intentos de mover sus novelas… y quién sabe si esa falta de insistencia no se debe a que en el fondo esas novelas y esos relatos me importan y me definen más que los guiones.

Apostar todo a ese tipo de cartas y perder la apuesta es más drástico que perder el sueldo del mes en Las Vegas, el reloj de oro, los ahorros para la universidad de los niños.

Y a pesar de todo, la tercera razón me parece aún más escalofriante:

3- FRACASAMOS PORQUE LOS FRACASADOS NOS CAEN MEJOR.

Quizá hubo un tiempo en que el ser humano tenía a Tintín o a Superman como ejemplos a seguir, pero ahora vivimos en tiempos más cínicos que exigen antihéroes más decadentes.

A una parte de mí le parece enternecedor: Somos más propensos a amar al desvalido, al infortunado. Eso no es del todo nuevo, todos los grandes héroes de antaño tenían su puntito trágico, pero a veces tengo la sensación de que aquellas tragedias tenían como misión advertirnos de algo mientras que ahora, en cierto modo, vivimos una especie de “edad de oro del perdedor”.

A veces me pregunto si los creadores de historias no tendremos cierta responsabilidad ante el hecho de que mucha gente decida estampar su vida contra un muro. Quiero pensar que no: que esa tendencia a la autodestrucción es una semilla que llevamos ahí plantada desde el principio de los tiempos.

Pero…

… pero yo mismo me estremezco en ocasiones al comprobar que mis personajes de ficción favoritos son barcos encallados. Un Humphfrey Bogart masticando su derrota en la barra de un bar me inspira más cariño que un gilipollas con sonrisa triunfal cumpliendo sus putos sueños.

La mitomanía postmoderna nos ha inoculado ese virus: Fracasar es el nuevo “molar”, y más en esta España nuestra en la que el Lazarillo baila con Don Quijote, en la que hacer las cosas bien está satanizado. Si te descuidas, no sólo acabarás rodeándote de “fracasados” porque te caen mejor: También acabarás convirtiéndote tú en uno de ellos, para caerte mejor a ti mismo.

Si lo que acabo de escribir te parece una estupidez, quizá empatices más con la cuarta razón:

4 – FRACASAMOS PORQUE ALGÚN IMBÉCIL SE ATREVIÓ A DEFINIR QUÉ COÑO ES EL FRACASO.

El mundo funciona así. Nos fabrican en serie, nos obligan a encajar en el cliché y a tener pensamientos cliché. Incluso esta frase que acabo de escribir es un cliché. Desde que somos niños nos dicen cómo tenemos que ser y a qué clase de vida debemos aspirar.

Yo no soy de ésos“, pensarás. “Yo elegí el camino del artista.” Y a no ser que seas el puto Alan Moore o el puto John Carpenter es probable que estés recorriendo más bien el cliché del artista. Nos ponen unas orejeras de burro para que sólo podamos vislumbrar una versión reduccionista y polarizada del éxito: Uno se mete en esto pensando en ir a Cannes, ganar un Oscar, convertirse en millonario… Más adelante, si tienes suerte, descubres que dentro de esta jungla hay mil posibles caminos, que en ciertos rincones ignorados serás más feliz – y más útil – que en aquéllos que están señalados con letreros luminosos.

Nos hacen creer que el león tiene éxito cuando salta y consigue pasar por ese aro ardiente que sostiene el domador ante él, y ni el público, ni siquiera el puto león advierten que difícilmente podremos hablar de éxito si tenemos al rey de la selva atrapado tras los barrotes de un maldito circo.

Cada vez estoy más convencido de que mucha gente fracasa porque orienta toda su energía hacia un modelo de éxito para el que no está hecha. Caminamos mal porque llevamos zapatos que no son de nuestra talla. Ya que estamos en el festival del cliché, no sobrará esa cita tan célebre de Albert Einstein:

Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es estúpido.

De hecho, es incluso posible que estés fracasando porque no te has dado cuenta de que ya has alcanzado el éxito.


UNA DOSIS DE REALIDAD, POR FAVOR

29 enero, 2016

por Carlos Crespo

Sobre los sueños cuando no se cumplen, sobre las excusas que nos ponemos a nosotros mismos para justificar nuestros fracasos y sobre el valor para aceptar nuestra responsabilidad y nuestras limitaciones. Lo que pudo ser pero no fue. 

El autor del artículo original es Doug Richarson y lo podéis encontrar íntegro en inglés en este enlace:   

http://www.dougrichardson.com/blog/reality-check-please/

Ahí va la traducción:

Pues me estaba yo comprando un coche la semana pasada. Como muchos bien sabréis esto puede ser un poquito rollo. El lado bueno es ese estupendo alivio que viene cuando ambas partes nos hemos puesto de acuerdo en las condiciones y la conversación con el vendedor puede relajarse un poco. Una vez agotados los quién eres y los qué haces –así como los omnipresentes análisis de crédito que básicamente me impiden mentir sobre mi profesión- era inevitable acabar hablando del mundo del espectáculo. Y como esto es el sur de California, todo el mundo tiene alguna conexión con Hollywood o alguna historia sobre la industria.

Mientras preparaban la pila de papeleo para ser firmada oel vendedor, que era un tío bastante guapo, se recostó en su silla y abrió su corazón. ¿Y qué te parece? Resulta que hace mucho tiempo había sido actor. Que se mudó a Los Ángeles desde Vancouver Canadá para hacer realidad sus sueños de lo que tú ya sabes.

“¿De verdad?” dije yo, intentando que mi ausencia total de sorpresa no sonara a burla. Como si nunca hubiera oído algo así. Y menos aún el tsunami de excusas que estaría a punto de darme para justificar por qué acabó metido en una camisa bien almidonada y con corbata vendiendo coches para ganarse la vida.

Me pregunté con qué serie de razones me iba a deleitar. ¿Fue porque el show business es un juego que depende de a quién conozcas y él no tuvo suerte? ¿O me iba a contar la historia de los representantes y agentes que no le supieron llevar bien? A juzgar por su edad y buena presencia podría haber conseguido su sueño de no haber sido eliminado una y otra vez por tipos como Kevin Spacey, Daniel Day Lewis y Brad Pitt.

O quizás… quizás estaba a punto de culpar a alguna chica a la que dejó embarazada y su carrera inexistente se esfumó debido a su paternidad y su correspondiente paso a la vida adulta.

“¿Qué pasó?” pregunté finalmente.

“Era malísimo”, dijo sin entusiasmo el guapo vendedor.

Se me escapó incontrolada una risotada espontánea. Estaba verdadera y maravillosamente alucinado.

“¿Sabes qué? Que nunca me habían dicho esa”, dije finalmente.

“Es verdad”, sonrió. “En Vancouver yo era alguien”.

“¿Famoso?” pregunté animado.

“Sí. Pero luego al llegar aquí me di cuenta de que no era demasiado bueno”.

Mientras escribo esto, han pasado unos días y sigo todavía conmovido por este hombre y su sinceridad. El número de aspirantes y fracasados que me he encontrado a lo largo de mi dudosa carrera es incalculable y como ya he dicho, todo el mundo tiene una historia, la mayoría llenas de tristes excusas por no haber tocado nunca la estrella que tanto deseaban. Pues a lo largo de años y años, puedo contar con quizás dos o tres dedos las veces en que alguien se ha pintado a sí mismo con un pincel tan austeramente honesto.

Yo quería ser guionista” me dijo una vez un profesor de colegio, “pero había una parte del trabajo que tardé en descubrir, y es que tienes que saber escribir”.

En otra ocasión, un hombre mayor que se dedicaba a vender viejos equipos informáticos me dijo que un día había soñado con una carrera en diseño de producción.

“Tengo el talento. Sé que lo tengo. Probablemente más desarrollado que muchos de los mediocres que veo trabajando hoy en día”, contaba el colega de los ordenadores. “Pero lo que ellos tienen y yo no tengo es el deseo de hacer cualquier trabajo para cualquier persona en cualquier lugar y así meter un poco la cabeza y dejarla ahí hasta que alguien se dé cuenta de que soy la persona indicada. Esa es una determinación que yo no tengo. Aprendí eso sobre mí mismo. Bien por ellos que sí la tienen”.

Antes incluso de que las coletillas fuesen conocidas como coletillas, Clint Eastwood ya tenía unas cuantas exitosísimas. Mi favorita es de un diálogo de Magnum Force, justo después de que el teniente Briggs (interpretado magistralmente por el genial Hal Holbrook) sea asesinado por un coche bomba que en realidad iba dirigido a Callahan. Eastwood pronuncia la frase en su característico susurro:

“Un hombre tiene que conocer sus limitaciones”.

A ver un momento. No estoy sugiriendo que todos seamos tan conscientes de nuestras carencias que limitemos nuestra ambición por cargarla con un peso imposible de levantar. Pero hay una corriente significativa de aspirantes y recién llegados que serían mucho más felices, y sobre todo estarían mucho más sobrios, si tuvieran un visión más acertada de sí mismos y del diminuto milímetro cuadrado que ocupan en la cadena alimenticia.

Hace muchos años, cuando yo era aún un cachorro en el medio, tuve una novia actriz que había trabajado media temporada en una serie de televisión recién cancelada en la que había tenido un papel bastante pequeño. Su personaje no era memorable ni por dimensión ni por interpretación. Pues ahí estaba yo a su lado cuando quedó con su representante por primera vez desde que la cadena había cancelado la serie.

“Esto es lo mejor que nos podía haber pasado”, dijo la representante con su voz ronca de fumadora empedernida. “Ahora que estás libre de tus compromisos en televisión y como se te ha visto recientemente, vas a competir por tus próximos papeles con Michelle Pfeiffer y Meryl Streep”.

Recuerdo esto como una de las mayores trolas que he escuchado jamás. Antes de que se me descolgaran los tendones de la mandíbula, eché un vistazo a mi izquierda para no perderme lo que seguramente sería una expresión de asombro en la cara de mi novia. Pero en lugar de eso, me la encontré radiante y dejándose envolver por el resplandor de un foco que nunca conocería. La carrera que tenía por delante era real y podía ir a más. Una carrera llena de posibilidades si algún día pudiera proporcionarse a sí misma unas metas más realistas y las herramientas para llegar a ellas. Pero no, allí estaba ella tragándose el sinsentido que le soltaba su repre como si fuera cerveza verde el día de San Patricio. El cruce entre murciélago y sapo que era aquella mujer podría haberle dicho a mi novia que de aquí a mañana le saldrían alas de hada y que lo único que tenía que hacer para alcanzar su sueño como actriz de ojos saltones era batir sus plumas y echar a volar.

Hace mucho tiempo que perdí el contacto con aquella novia. No tengo ni la más remota idea de dónde aterrizó ni de si fue un aterrizaje suave. Pero hace muy poco conocí a un vendedor de coches muy sanote cuya perspectiva sí soy capaz de respetar por completo.


LA VERGÜENCICA

22 noviembre, 2013

Por Natxo López

Vergüencica

Cuando tenía unos 16 años participé en la organización de las “fiestas colegiales” de mi colegio, un evento anual en el que los alumnos de los últimos cursos se juntaban para montar actuaciones teatrales, musicales, concursos y festividades varias… Un grupo de colegas que tocaban distintos instrumentos decidieron organizar un pequeño concierto de rock. Tenían dos guitarras eléctricas, un bajo, teclista y batería. Sólo les faltaba un cantante. Y me propusieron a mí hacerlo. Yo no había cantado delante de ningún tipo de público en mi vida, pero siempre he sido muy de apuntarme a un bombardeo y dije que SÍ. A lo loco.

Teníamos que prepararnos cuatro o cinco canciones. Elegimos temas de Guns´n Roses, Queen, AC/DC… Sí, tal y como estáis pensando, todos ellos muy FÁCILES DE CANTAR. Tras dos o tres ensayos rápidos (porque un exceso de ensayos puede matar la creatividad), allí nos plantamos dispuestos a emular a nuestros ídolos del rock delante de los alumnos del colegio, no más de dos mil chavales en esas edades en las que eres tan comprensivo con los demás.

No recuerdo casi nada del concierto, aparte de que no salió tan bien como habíamos imaginado en nuestra cabeza. Lo que sí recuerdo es que cuando terminamos, yo descendí tranquilamente del escenario y, sin que nadie me viera -espero-, me escondí debajo de una pila de abrigos que la gente había amontonado detrás del escenario. Y permanecí allí sumergido durante una media hora. Efectivamente: con 16 años me escondí debajo de un montón de abrigos para ahuyentar dentro de lo posible la sensación de bochorno que me invadía.

*****

En mis primeros años de universidad solía escribir pequeños relatos que a veces enviaba a concursos. Nunca ganaba ninguno, seguramente porque los miembros de los distintos jurados no tenían la categoría suficiente como para comprender la complejidad de mi prosa. Pero yo seguía insistiendo, tenía diskettes enteros llenos de pequeñas historias transgresoras e incisivas a la altura del mejor Chandler. Como yo quería que alguien las leyera para que mi talento recibiera el reconocimiento que merecía, tuve una revelación y decidí autopublicarme.

Empecé a fotocopiar los escritos a doble página y los grapaba por el medio para crear un pequeño fancine que titulé “Historias del Desconcierto”. Y se lo vendía a mis amigos por 200 pesetas. Sí, se lo vendía a mis amigos. Por 200 pesetas. Y algunos de ellos me los compraban. Doy por hecho que la lástima no tenía nada que ver en ello.

*****

Mis escarceos con la música no quedaron ahí. Además de unas tímidas pero briosas aproximaciones al universo de los cantautores, durante unos años formé parte de un coro de música folk-religiosa. Junto con dos compañeros (que hoy siguen siendo mis mejores amigos), decidimos montar un grupo por nuestra cuenta. Un grupo de música “A Capella”. Buscamos dos miembros más y empezamos a ensayar temas “Doo Wop” y a hacer arreglos vocales. Sí, en ese plan de los típicos negros cantando alrededor de un cubo con una hoguera encendida. Decidimos llamarnos “Harlem” (el nombre fue propuesta mía). Yo intentaba evitar ser el solista, aunque a veces me tocaba. Y otras veces me responsabilizaba de hacer los falsetes o los ruiditos de batería con la boca. Nos fue relativamente bien, hicimos algunos conciertos en bares e incluso fuimos invitados a algunos conocidos programas radiofónicos nacionales. Nos hicimos insparables. Estuvimos a punto de grabar un disco. Discutimos. Nos separamos. No grabamos disco. En aquella época, mi aspecto era éste:

Natxo en Harlem

Sí, llevaba tirantes. Y sí, creo que no hace falta ahondar mucho más en el asunto.

*****

Hace unos diez años me ofrecieron trabajo en un programa que se llamaba “¡Uau!”. No, no se trata del programa de Santi Millán en Cuatro, sino de uno anterior que consistía básicamente en emitir concursos de habilidad de perros, de esos en los que tienen que saltar y correr y agacharse y dirblar siguiendo un circuito cerrado. ¿Que por qué necesitaban guionistas? Porque cada cinco minutos, entre carrera y carrera, se intercalaban breves sketches en los que se mostraba a dos o tres perros sobre un sofá que hacían chistes. Sí, oíamos sus voces “en off” haciendo chistes sobre las carreras que acabábamos de ver, en plan “ese acaba de meter la pata”. “Ya te digo, qué vida más perra”. Pues así me casqué más de 200 chistes a lo largo de dos temporadas, después de visionar horas y horas de imágenes de distintos perros sobre sofás, con el fin de encontrar los momentos en los que hacían algún gesto divertido que pudiera considerarse “acting gracioso”.

También escribí, algún tiempo después, para otra productora, un piloto de encargo sobre los trabajadores de un Acuario, cuya trama principal contaba que un delfín se ponía muy enfermo y todos temían por su vida… hasta que descubrían que no estaba enfermo, sino triste. Gracias a dios, al final conseguían salvarlo buscándole a una delfina guapa. El piloto, de hecho, llegó a rodarse -en el Oceanografic de Valencia, cómo no- y a presentarse en algunas cadenas.

*****

¿Por qué les cuento todo esto? Porque son algunas de las cosas que he hecho en mi vida que más vergüencica me provocan cuando echo la vista atrás, junto con algunos guiones y textos que he escrito y que por suerte nadie podrá leer nunca. Pero en realidad no es una vergüenza mala. En la mayoría de los casos -excepto quizá en el de la montaña de abrigos- se trata de un pundonor a posteriori, fruto del paso de los años y del cambio de perspectiva. Las cosas, vistas con distancia, pueden resultarnos aterradoramente infantiles, pueriles e hirientes para nuestra sensibilidad adulta. Pero, al mismo tiempo, todas esas indignidades forman parte de nuestro bagaje personal y de nuestra formación como profesionales. Todas, incluso las más idiotas o fallidas.

Cualquier chavalín o chavalina que quiera dedicarse a un oficio como el de la escritura de guiones debe asumir que tiene que empezar por algún sitio. Y lo normal -a no ser que uno sea un Mozart del Final Draft- es que uno empiece por escribir mierda, por malcopiar, por equivocarse mucho, por narrar desde el egocentrismo y el desconocimiento o desprecio de las normas más elementales de la lógica narrativa. No conozco a nadie que haya escrito un primer guión brillante. Pero sí conozco a muchos -incluido yo mismo- que, en el momento de escribirlo, estaban convencidos de haber creado una obra maestra.

No pasa nada, forma parte del proceso. Sin esa locura e inconsciencia de los primeros años en los que se forma un creador, nadie se atrevería nunca a intentar nada, porque es imposible aguantar la comparación con los genios consagrados. Hay que quitarse el miedo a no gustar o a fracasar. Hay que lanzarse a la arena y hay que hacerlo aunque uno no tenga ni puta idea de cómo enfrentarse a los leones de la mediocridad. Sólo así se aprende, se mejora, se supera uno a sí mismo.

Como muchos de los comentarios de este blog han dejado claro, algunas de las preguntas que nos llegan al consultorio de Bloguionistas por parte de jóvenes aspirantes adolecen de un exceso de osadía mezclado con una dosis fuerte de arrogancia y con un evidente desconocimiento del oficio. Pero no creo que sea para tanto. Lejos de provocarme ningún tipo de enojo, me resulta algo muy reconocible y lógico. Hay que esforzarse por ser comprensivo con la gente que está empezando, porque sus errores, sus primeros pasos torpes, casi siempre tienen más que ver con la juventud y la inexperiencia que con la falta de talento.

Y lo creo, sobre todo, porque yo fui uno de ellos. Y de los peores. Y, en cierto modo, uno siempre lo sigue siendo. Igual que lo han sido cualquiera de los mejores guionistas, escritores, músicos, artistas o creadores de cualquier condición a los que ustedes admiren. Todos empezaron por la mierda. Pero, por suerte, algunos de ellos sacaron la cabeza de entre la mugre y acabaron llegando a algún sitio interesante. Lo importante no es dónde empiezas, sino el proceso que haces, el camino que recorres. Incluso más que el lugar al que te diriges (¿La fama? ¿La riqueza? ¿Qué debería importar eso cuando tienes la fortuna de haber elegido un oficio que te apasiona?).

Hay que asumirlo. Si nos dedicamos a estos menesteres, vamos a pasar lacha de la buena. Rememoraremos experiencias embarazosas, releeremos viejos textos vergonzosos y nos descubriremos en fotos antiguas haciendo el canelo, creyéndonos los reyes del mambo cuando no éramos más que los tíos más cutres, borrachos, ridículos y malvestidos del karaoke.

Pero, a fin de cuentas, eso es lo bonito, ¿no?  Ya saben, todo lo de la oruga y la mariposa y el patito feo y esas cosas. ¿No es un proceso maravilloso? Pues sí, lo es.

Venga, ¿quién se atreve a contar sus mejores vergüenzas?


STAMOS OKUPA2: UN PROYECTO, UNA OCUPACIÓN

20 septiembre, 2012

por Toni Betrán.

Éramos jóvenes y atrevidos. Bueno, igual ni tan jóvenes ni tan atrevidos. Pero sí lo suficiente para creer que una serie tan loca como la que estábamos pariendo podía tener un sitio en la televisión de este país. No era fácil, pero podía. Al fin y al cabo, vale que era complicado complacer a todos los targets de edad (esa obsesión del directivo de TV español) pero teníamos la manera y vale que los temas a tratar iban a tener un trasfondo duro, pero con la comedia pensábamos que podría entrar bien en cada casa. Así que allá fuimos. Teníamos más de 10 años de experiencia en la profesión y el respaldo de trabajos bien hechos para confiar en esta serie. La creamos y unos buenos productores nos movieron el asunto por varias televisiones. Confiábamos todos en este proyecto. Sabíamos que era bueno. Estamos hablando del año 2008.

¿Cual era el proyecto? Os va a hacer gracia. A ver cómo os lo cuento… así, en resumidas cuentas:

Unos ancianos deciden fugarse de un asilo y, tras la fuga, “okupar” un edificio (que previamente pensaban okupar unos chavales, familiares de uno de ellos). Allí montarán su propia Komuna, donde vivir en paz y auto-gestionándose. Y los jóvenes se unirán a ellos.

A parte de estos entrañables abuelitos cobraba protagonismo un matrimonio de especuladores que esperaban hacer negocio con ese piso y el dueño (padre del hombre del matrimonio), personaje ruin que intentaba sacar tajada. Todo esto en ficción semanal, comedia irreverente, alocada, viejos con actitudes más rebeldes que los jóvenes, cambios de roles, etc…

Supongo que muchos ya empezaréis a ver por dónde va el tema. Sí.

Con el proyecto en la cartera (con el nombre de trabajo “Casa Okupa”, sabiendo que mutaría con el tiempo) nuestros amables productores fueron a visitar a las cadenas de televisión. La primera, por ser donde mejor encajaba (a nuestro parecer) el producto y donde quizás podrían permitirse más apostar por algo así era TVE. Y allá que fueron. Concretamente, el 26-02-09. Una bonita reunión con el entonces Jefe de Ficción de la cadena (D.M.) y su segundo de a bordo, Fernando López Puig (también estaba J.P, de la cadena). “Ésta es nuestra serie”. “Ah muy bien, ya te llamo yo”, y lo de siempre. Les gusta pero no se lanzan y queda en un cajón. Parece que no va a poder ser. No pasa nada. Hay otras teles.

De ahí que el 28-04-09 se visite a Antena 3 (con S.M.), el 6-05-09 se visite a Cuatro (con M.M.) y el 23-06-10 a Tele 5 (con P.S.B.). En todas amablemente les atendieron aunque no se decidieran por el producto, aunque A3 sí que continuó interesándose. Tanto que dimos un paso más allá involucrando a una importante actriz en el panorama televisivo español en el proyecto. Estaba encantada y le adaptamos un personaje ex-profeso para ella: ese padre dueño del edificio ahora iba a ser una madre. De mala ruin lo haría estupendo. Ya tenía experiencia como mujer de presidentes de Comunidad de vecinos en la tele, y al fin y al cabo…

Con esta versión 2 y con el guión del piloto, fueron los productores a una segunda reunión con S.M. de Antena 3 el 16-06-09. Pero, al final, no cuajó. La actriz tuvo oportunidad de coincidir con varios directivos de estas cadenas y comentarles la ilusión que le haría el proyecto, pero bueno, siguieron sin convencerse.
Y ahí se quedó la cosa. Lástima. Con este proyecto parece que no habrá mucho futuro y no tendremos la suerte de escribir eso que veíamos tan divertido. De haberlo conseguido, sería como si nos tocara el gordo de la lotería, la verdad. Pero, oye, a veces, toca…

Espera. ¿He dicho el gordo de la lotería? Oh. Eso se reparte el 22 de diciembre, ¿verdad? Vaya, qué casualidad… el 22 de diciembre del 2010, mientras esperaba a ver si por ahí sonreía la suerte, recibo una llamada. De felicitación. De enhorabuena. ¿La lotería? ¡No! ¡Me felicitaban porque habíamos vendido la serie! ¡A Televisión Española! “¿Y dónde has oído eso?” “¡Sale en El País!”

Y tanto que salía…

Vale. Un año después de nuestra visita a TVE está claro que van a hacer mi serie… pero nosotros no hemos vendido nada. Llamo a la productora y les descubro yo la noticia. Momentos de flipe. Nos llama más gente. Nos llama hasta el agente de la actriz que teníamos en el proyecto para felicitarnos. Y les decimos a todos lo mismo: o los abuelitos han decidido fugarse también de nuestro proyecto y abrir uno propio o aquí está pasando algo raro.

Investigamos. Hablan de producción propia de TVE. En TVE no hay guionistas de ficción. De hecho en la noticia no se nombra a nadie, ningún autor. Es decir, esto ha de nacer de alguien, no puede haber venido de la nada. ¿De dónde? ¿Del Jefe de Ficción? En los últimos meses ha habido movimientos y el actual Jefe de Ficción no es el que recibió el proyecto… ah, espera. Que ahora está el segundo de entonces. El que estuvo en la reunión cuando entregamos el proyecto: Fernando López Puig. Vaya…

¿Un realizador, sin autoría alguna de series ni proyectos de ficción en su haber, que nunca ha escrito una coma y que de pronto se saca esto de la manga? ¿O de un cajón?

Ante la duda, enviamos burofaxes, correos, llamamos a TVE. Nadie nos contestó. Nadie quiso recibirnos. Momentos de consejos, consultas legales (hasta que no hay estreno no hay delito) y pasan meses y meses de incertidumbre mientras oyes que están contratando guionistas para desarrollar el proyecto y los guiones, que se habla de reparto, etc, etc…

Y sin poder hacer nada mientras más que morderse los nudillos. ¿O sí?

Sí.

En noviembre del año pasado (2011) se organizó en Madrid el II Encuentro de Guionistas. Un maravilloso evento que reunió a lo más granado de la profesión y en el que hubo varias mesas de debate y ponencias. Yo mismo estuve en una (en “no-ficción”). Y mira por dónde, Fernando López Puig iba a estar en otra. En la de ficción. Y allá que fui.

En el turno de preguntas de los asistentes pregunté por si seguían adelante con ese proyecto de producción propia que anunciaron en enero y del que no se había vuelto a saber (Okupados). Él contestó que sí, que había habido problemas de aluminosis en los platós y de ahí el retraso, pero que seguían adelante y con mucha ilusión. Quería preguntar por la autoría del proyecto pero el micrófono fue a parar a otros asistentes y tampoco quise monopolizar el momento. Esperé a que terminara y me dirigí a el flamante Jefe de Ficción de TVE.

Tras presentarme le pregunté, interesado, por quién era el autor de la serie. Él me dijo que estaban desarrollándola varios guionistas y blablabla. Le corté diciendo que ya, que eso suele ocurrir, pero que hay una idea original, un proyecto, sobre el que luego se construye cada capítulo. ¿Quién había creado eso? Él me contestó que “nace de la casa”. Insisto en que en la casa no hay guionistas contratados como tales, de ficción. Y que no creo que naciera en el váter y se la encontraran, que alguien tuvo que tener la idea. Tras insistir dos veces más, para en silencio y dice: “bueno, la idea es mía, la creé yo”.

Me entra la risilla floja y seguimos la conversación:

TONI.- Vaya, pues qué casualidad que dos años antes tuve yo con un compañero la misma idea.

Fernando se queda blanco.

TONI.- Sí, hombre. Si estabas tú el día que la llevaron nuestros productores a la tele. Claro que el Jefe era entonces D.M. Pero tú estabas.

Fernando, titubeante, no sabe por dónde salir. Arrinconado entre Toni y una mesa, balbucea.

FERNANDO.- No sé de qué me hablas…

TONI.- Sí, hombre, sí. Lo sabes. Os hemos mandado varios correos, dos burofaxes y hemos pedido entrevistarnos con vosotros y no nos habéis hecho ni caso.

FERNANDO.- No… yo… no he oído nunca nada de esto. Es la primera noticia que tengo.

TONI.- Yo creo que no. Y es que, mira, no somos dos advenedizos que queremos chupar del bote y ver si cuela. Somos dos profesionales con muchos años de carrera. Alberto Grondona, el co-autor, ha sido varios años jefe de guión de Hospital Central entre otras muchas cosas, yo ahora estoy dirigiendo un programa de televisión que yo mismo creé en Canal 9…

FERNANDO.- (Apurado) Pues es que yo no sé nada de esto. No sé…

TONI.- Hombre, es que está calcada la sinopsis de la serie palabra por palabra. Y no hablo de “una serie sobre el día a día de un colegio” o “una serie sobre el mundo de una comisaría y las cosas que les pasan ahí” o “unos colegas comparten piso y les ocurren cosas divertidas”. Hablo de algo muy muy concreto. Y es que está tal cual.

FERNANDO.- (Rápido y sin pensar, como un resorte) ¡Bueno, vosotros no teníais lo de la actriz venida a menos!

¡Zas! Silencio. Fernando se da cuenta de la cagada. Toni sonríe (por no llorar).

TONI.- Oye, pues para no tener ni idea de lo que te estoy hablando, bien que sabes cuál es justo la única diferencia con nuestro proyecto, ¿no?

FERNANDO.- Bueno, yo… Esto… No, bueno… Algún rumor me ha llegado, lejano… Pero… Bueno, algo oí…

TONI.- Ya.

FERNANDO.- (Apurado) Mira, es que incluso te diría que si me inspiré en algo es en una serie argentina…

TONI.- Ya. ¿En “Todos contra Juan”?

FERNANDO.- (Sorprendido) Eh… sí.

TONI.- La conozco. Y ahí lo que hiciste es “inspirarte” para la trama esa de la actriz venida a menos. El resto, es lo nuestro.

FERNANDO.- Eh… Pues… Yo no sé, de verdad, lo siento, pero es que no sé todo esto…

Fernando se queda callado mirando el suelo. Toni ve la situación y decide cortarla.

TONI.- Mira. Vamos a esperar al estreno. Más que nada porque por ahora no podemos tomar acciones legales ni nada y está clara cuál es vuestra postura. O la tuya, más bien. Y, te juro, por Dios, que espero que cuando la vea, diga: “Anda, es verdad, no tiene nada que ver. Qué tonto fui.”
Y, ¿sabes? No quiero que pase eso por no meterme en jaleos. Quiero que pase porque no me gustaría vivir en un mundo profesional tan ruín como para pensar que un Jefe de Ficción de una televisión pública puede hacer esto y salir indemne. Adiós.

Y me fui.

¿Qué pasó después?

Pasó esto. El viernes pasado (14-09-12). Mañana, tendrá su segunda entrega. Gracias a la primera entrega ya vimos que no, que lo que dije a Fernando López Puig que deseaba que pasara al verlo no estaba ocurriendo. La cosa no se ceñía solo a la sinopsis.

La primera entrega de esta apuesta “personal” del Jefe de Ficción de TVE, encargado de supervisar además el desarrollo y la producción de el proyecto, tuvo un 8,8% de audiencia. Un tremendo fracaso. No voy a entrar a valorar la calidad del producto. Ni voy a decir aquí que me alegre que una serie en nuestra televisión pública fracase así (sobre todo por los compañeros que han estado trabajando en ella y que no tienen culpa alguna). Tampoco voy a decir que, tras esto y otras cosas (en las que no voy a entrar ahora), debería alguien tomar ciertas decisiones en esa casa. Pero… en fin. Ustedes ya entenderán.


EL RENCOR

7 enero, 2011

Por Guionista Hastiado

Mi padre, como algunos de ustedes ya saben, es pintor y profesor de dibujo. Alguna vez les hablé de ello. Se ha ganado la vida con su trabajo y ahora, ya jubilado de la docencia, sigue dedicándose activamente a un arte que le ha dado de comer y que, sobre todo, le apasiona. Estas navidades, en la reunión familiar de rigor, me contó una anécdota algo desagradable que le había sucedido hacía poco tiempo, y que paso a resumirles brevemente…

Él había donado un par de cuadros para una exposición benéfica que se celebraba en una ciudad de provincias con el fin de recaudar fondos para una ONG. Acudió a la gala inaugural en la que, además de cumplir haciendo acto de presencia, iba a encontrarse con buenos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Ya saben ustedes cómo son esas cosas. Canapés, gente importante, políticos, todo muy fino.

De pronto, un hombre de mediana edad se le acercó y le saludó. Mi padre no le conocía. El hombre le explicó que, hace 30 años, mi padre había presidido un tribunal de oposiciones para profesor de Artes y Oficios, en las que él había participado. Mi padre, obviamente, no le recordaba. Las oposiciones eran para cubrir una sola plaza, y el señor en cuestión fue uno de tantos que no la consiguió.

Pero, por lo visto, al señor le sentó muy mal no haberla conseguido, y empezó a reprocharle a mi padre  el fallo que había emitido el jurado. Mi padre, como es lógico, le dijo que la plaza fue para el opositor mejor preparado. De hecho recordaba aquel veredicto porque el “vencedor” había sido un chaval con una capacidad innata, soprendente, para el dibujo, y todos los miembros del jurado habían estado de acuerdo en otorgarle la máxima calificación.

Pero el señor, erre que erre, consideraba que el fallo no había sido justo, que él tenía que haberla ganado, y empezó a calentarse, asegurando que aquel jurado estaba vendido, que habían hecho trampas, y que eran unos sinvergüenzas que le habían jodido la vida. Fue elevando el tono de voz y los asistentes a la inauguración empezaron a mirarle mal.

Mi padre, que posiblemente es la mejor persona que conozco, y que lo último que deseaba era tener un pollo con nadie, siguió argumentando y explicando por qué habían tomado aquella decisión. Pero el hombre llevaba demasiado tiempo masticando su rencor y no iba a dejar escapar la oportunidad de vomitarlo, y acabó diciendo a voz en grito que los miembros de aquel tribunal eran todos unos grandísimos hijos de puta, y que mi padre el primero y el que más. Se le fue, sí.

Mi progenitor, muy educadamente, aguantó la tontería con mucha más elegancia de la que yo jamás podré tener, hasta que un par de personas decentes se acercaron al impresentable y le increparon para que abandonara sus malas formas o, aún mejor, la sala. Tras algunos momentos de tensión y rifirafismo de cuchufleta (¡ah, esos momentos de calentón en los que brota, tan viva, la comedia!), finalmente el señor, sintiéndose acorralado, cogió las de Villadiego.

Lo curioso es que el tipejo era, también, uno de los pintores que habían donado cuadros para la exposición. Estaban allí, colgados, posiblemente avergonzados ante el comportamiento de su creador. Por lo visto era profesor de dibujo en un colegio y había tenido una carrera como pintor, quizá no magnífica, pero al menos se había dedicado a un oficio que, se supone, es vocacional y edificante. Sin embargo, se había quedado obsesionado con unas oposiciones que, 30 años atrás, le habían impedido acceder a un puesto de funcionario del Estado. Seguramente consideraba que ese hecho en cuestión le había impedido labrarse un futuro mucho más provechoso al que él consideraba haber tenido derecho, y que, de haber conseguido aquella plaza, su vida hubiera sido otra, presumiblemente mucho mejor. No, la culpa de su vida de mierda y de su resentimiento no era de él, era de los demás.

30 años. Media vida.

¿Cómo diablos puede alguien pasarse 30 años obsesionado con una -supuesta- injusticia del pasado? Lo entendería si se tratara del asesinato de tus padres (cuántos grandes westerns nos ha dado la venganza). Pero… ¿unas oposiciones a profesor? ¿Y encima sin verdaderos motivos? Incluso en el caso hipotético de que hubiera tenido razón (que no la tenía), no merece la pena. Es absurdo, estúpido, un sinsentido.

Cuento todo esto porque la anécdota en cuestión me recordó ciertas actitudes que he visto en colegas de profesión y gente de la industria. No sólo guionistas. Quién mas quién menos ha tenido la sensación alguna vez de que han sido injustos con uno, de que no se ha sabido valorar nuestro talento, y de que gente menos preparada se ha llevado méritos que no le pertenecen.

Pues bien, si no queremos volvernos locos, hemos de asumir que muchas de esas veces, sencillamente, no tenemos razón, que nos estamos equivocando, que tenemos una visión distorsionada, subjetiva, de los acontecimientos, y que la gente de la sala nos está mirando como si estuviéramos locos.

Puede que haya ocasiones en las que estemos en lo cierto, vale. Alrededor de la televisión y el cine se mueven mucha pasta, glamour de pedorreta y atención mediática, y por lo tanto son campos abonados para la proliferación de buscavidas, lameculos, vendemotos y oportunistas. Mucha de esa gente ganará más dinero que tú, hará proyectos más fastuosos, será más famosa y será fotografiada junto a gente mucho más guapa que uno.

Pero, incluso aunque esto sea cierto, nunca merecerá la pena instalarse en el rencor. 30 años de resentimiento pueden volverle a uno un auténtico gilipollas, un amargado. De la misma forma que sabemos que nuestro oficio está expuesto a las críticas, hay que comprender que -como en cualquier sitio- la profesión no se rige por criterios de justicia, no siempre los acontecimientos se desarrollan como a uno le gustaría, y no siempre los méritos están repartidos como uno cree que deberían.

El verdadero motor del éxito no es el éxito en sí mismo, sino la capacidad de sobrellevar y superar el fracaso. Si no vendemos nuestro guión, si no ganamos más dinero, si no podemos escribir lo que nos gusta, si vemos encumbrarse a gente menos preparada que nosotros… lo único positivo que podemos hacer es seguir trabajando, seguir demostrando que sabemos hacerlo, seguir aprendiendo y seguir intentándolo.

Hace muchos, muchos años, antes incluso de tener el propósito de convertirme en guionista, tuve la suerte de coincidir en una cena con Ángel Javier Pozuelo Gómez, más conocido como Javier Cansado, de “Faemino y Cansado“. Durante la conversación de sobremesa, él me dijo algo que nunca he olvidado. Dijo que en esta industria te vas a encontrar con mucha gente sin talento que obtiene un éxito y un reconocimiento inmerecidos, que eso es algo impepinable y que no se puede cambiar, porque el mundo es así. Pero que hay algo a lo que agarrarnos, y es que si uno tiene verdadero talento, capacidad de trabajo y paciencia, siempre conseguiría abrirse camino y ganarse la vida honestamente. En otras palabras, puede que no sean todos los que estén, pero sí que están todos los que son.

Si uno no está, puede optar por amargarse y recrearse en la envidia, el pataleo, el cinismo y la crítica emponzoñada, o puede, sencillamente, considerar que debe seguir intentándolo procurando no perder la ilusión ante cada nuevo proyecto, ante cada nueva línea de diálogo, por duro e inútil que nos parezca a veces. Siempre acaba dando resultado.

No, amigos, la culpa no es siempre de los demás. Mirar el patio del vecino con desprecio no sirve de nada,  sobretodo si uno se está olvidando de regar el suyo propio.


A %d blogueros les gusta esto: