LO ASPIRACIONAL

22 enero, 2014

Por Chico Santamano

sonrisaaspiracional

Últimamente hay una palabra que resuena en mi cabeza más de lo que me gustaría. Me quita el sueño y me atormenta. No es “venérea”, no es “Mariló”, no es “littlesecretfilm”, ni “posthumor”. La palabra es ASPIRACIONAL.

Generalmente suele retumbar en mi cerebelo acompañando a expresiones como “Queremos que todo sea más aspiracional” o “que los protagonistas resulten más aspiracionales”.

La primera vez  que la escuché, como soy muy obediente y me gusta estar a la última en todas las tendencias narrativas, busqué en la RAE. Empezamos mal. La palabra no existe en nuestro idioma. ¿Cómo es posible que una palabra tan ASÍ ni siquiera exista? ¡Si la usa todo el mundo!

Da igual. Que no cunda el pánico. ¿Para para qué se inventó google? La busco y ahí está. ¡2.970.000 resultados! ¡Chupaos esa, académicos de pacotilla! Me meto en uno de sus links y me encuentro con semejante definición.

“Se basa en tratar de convencer al posible consumidor sobre la bondad de un producto o de un servicio, situando a este en una situación idealizada. Se trata de intentar asociar la compra del producto con la obtención de esa situación ideal que puede estar relacionada con un estatus social superior, con la fama, con la belleza física o con un lugar idílico”.

Argh!

Lo que temía. Debí haberlo imaginado cuando junto a la petición de más aspiracional pedían que los personajes fueran “menos oscuros”.

Preparaos, amigos compañeros, porque cuando una expresión se pone de moda, como “feedback” o “selfie”, los más avispados del lugar se disponen a usarla como si no hubiera un mañana. De hecho “como si no hubiera un mañana” fue una expresión muy de moda en 2009. Bueno… A lo que iba.

La publicidad nos ha contagiado lo de “aspiracional” como la peste porcina. Está entre nosotros y se ha convertido en un nuevo frente contra el que luchar. Puede que la Señora de Cuenca nos haya ganado la batalla, pero no permitamos que también nos sodomice la “aspiracionalidad”.

Entiendo que personajes neutros, encantadores, sin aristas que se mueven en lugares paradisíacos al mismo tiempo que reconocibles sirvan para el relato apasionante de un spot de 20 segundos. Pero amigos que curráis en productoras y departamentos de ficción variada, amigos que estáis metidos en esta historia del branded content y las webseries para marcas comerciales, amigos EN GENERAL… huid de “lo aspiracional” como una reina del grito huiría de un señor ataviado con una máscara loca. Cualquier personaje que pretenda vivir en un universo que dure más que una promo tiene que ser todo lo contrario a aspiracional.

No existe ni un solo personaje mítico en la historia del cine o la tele que lo sea. Durante un tiempo todas las productoras pedían que las chicas fueran muy Bridget Jones como ejemplo de aspiracional. “¿¡Qué mujer no querría ser como Bridget!?” pensaban. ¡Si es entrañable! Pero si leían “Pepita es una treintañera en paro, algo apática, desastrosa en su vida diaria, adicta al tábaco y con sobrepeso” se hacían caquita y te lo pedían más aspiracional aún. Es decir, querían “Pepita es una treintañera, diseñadora de éxito, emprendedora y sana a la que todos adoran. Tiene cuerpazo, mechas californianas y despierta admiración por donde quiera que va”. O lo que es lo mismo “Pepita es un coñazo”.

“Friends” también es un clásico y falso ejemplo de aspiracionalidad. ¡Quién no querría ser un prota de Friends! ¿Quién no querría vivir en Nueva York y tener reservado el mejor sitio de la entrañable Central Perk? Vale, pongámoslo sobre papel. ¿De verdad los mismos que te piden que un personaje sea aspiracional como los de “Friends” te comprarían alguna de estas descripciones: “Mónica es una obsesiva compulsiva de la limpieza. Es competitiva hasta decir basta y sus amigos temen sus ataques de ira” o “Phoebe es una masajista que tuvo una infancia terrible, una adolescencia homeless y una gemela que hace porno. Y canta… muy mal”. Es más…  ¿Qué neoyorkino en su sano juicio se tomaría tranquilo un café en una callejuela sin salida de Manhattan? ¡Si el Central Perk estaba regentado por un asperger albino que amaba enfermizamente a su camarera medio analfabeta!

Pero venga, va… no nos quedemos en la comedia. Ahondemos en más géneros. ¿Qué tiene de aspiracional un médico con carácter insufrible, cojo y adicto a las drogas? ¿Y un enano borracho y putero repudiado por una familia Real repleta de cabrones? ¿Y una niña pija que vuelve a NY después de haber tenido problemas con el alcohol y un lío con el novio de su mejor amiga? Reconocen las series, ¿verdad? Fueron y son un éxito en sus targets.

¡Los protas tienen que tener aristas, señores! Tienen que estar llenos de claros y oscuros. Da igual el género. Cuánto más imperfecto sea un personaje será más divertido o más dramático o todo al mismo tiempo. ¡Qué más da! La “perfección” no existe.  Y si existiera sería la cosa menos interesante narrativamente hablando del mundo.

Cuando en los departamentos piden personajes aspiracionales, quieren que nuestros protas sean perfectos como una Miss Universo. ¿Y qué es lo único que quieren las misses? ¡Que se acaben las guerras! ESE es su mundo perfecto, porque en un mundo perfecto no existe el conflicto. Y sin conflictos no hay historia y sin historia NO HAY NADA.

Nunca lo olviden… A las parejas las queremos a pesar de sus defectos, pero a nuestros personajes favoritos los queremos GRACIAS A SUS DEFECTOS.

<

PD1: Muerte a lo aspiracional.

PD2: Aspiracional caca.

PD3: Si a partir de ahora pides que un personaje sea más aspiracional quedarás fatal.

PD4: Hazme caso.

PD5: Es lo peor.

PD6: En serio.


FLASHBACK: VENDEDORES DE ILUSIONES

11 septiembre, 2011

por Ángela Armero

Llevo cierto tiempo trabajando en la creación de nuevas series en lo que podríamos llamar cariñosamente Development Hell, Development’s Kitchen, o Arrested Development.  Es que un trabajo tan bonito como frustrante, porque es muy difícil dar con la formula del éxito.

Como dice William Goldman NADIE SABE NADA, si la gente (ya sean productores, directores o escritores) supiera cómo se fabrica un éxito todo el mundo tendría uno; es muy complicado materializar una serie, al igual que pasarse un tiempo invirtiendo tiempo y esfuerzo en un proyecto que se moverá por las cadenas en un ciclo de dos o tres meses para, en la mayoría de los casos, quedarse en el papel. Esto mismo sucede casi siempre con las películas; es como si lleváramos un año o dos ahorrando y en una noche de casino nos lo jugáramos todo. Podemos ganar, pero estadísticamente es más fácil perder.
En la vida cotidiana de casi todo guionista existe una carpeta, ya sea de cartón, informática o cerebral en la que vamos apuntando todo lo que responde a la etiqueta de “ideas nuevas”, para una serie, para una película, para cualquier cosa. Nuestra mentalidad creativa nos habla de historias y personajes, y a veces otra parte de nuestra mente, la pragmática, nos puede sugerir elementos que ayuden a vender la serie, como por ejemplo, ser familiar, ser barata, ser reconocible a la par que original, contar con el apoyo de un actor o una actriz que vendan mucho, tocar un tema de actualidad o una tendencia (histórica, fantástica, etc). Pero aún así, la fórmula del éxito sigue siendo esquiva.
El otro día estaba viendo un capítulo de “The Big Bang Theory” y pensé que quizá había otra forma de pensar en qué es lo que el espectador quiere, como en un ejercicio de “ingeniería inversa” de todo a cien. Es decir, ¿qué es lo quiero yo como espectador? ¿Qué es lo quiero yo, casi como persona?
Quiero vivir dentro de “Friends” y de “The Big Bang Theory”.
Quiero ser joven para siempre, no preocuparme de nada, vivir con mis amigos y tener a mi “love interest” en la puerta de enfrente.
Quiero ser libre.
Quiero vivir en una nebulosa temporal sin cargas familiares ni problemas demasiado graves.
Quiero estar rodeada de gente que lanza chistes brillantes cada dos frases y que nunca se enfada en serio conmigo.
Quiero estar en un universo en el cual ni la salud ni el dinero parecen condicionar las vidas de las personas.
Quiero vivir la década de los veinte, una y otra vez.
Y entonces pensé, que aparte de buenas historias, buenos personajes, medios de producción suficientes, buenos profesionales y todos esos aditamentos que ayudan a vender y consolidar una serie, quizá la ilusión sea un factor infravalorado.
Puede que el mayor imperativo a la hora de construir esos universos más o menos estables en los que volcamos la ficción (sobre todo en las sitcoms) debiera ser crear un mundo del que nos gustaría formar parte.
Tampoco digo que eso explique el éxito de todas las series, pero creo que este “ingrediente x” parcialmente sí contribuye al de estas dos que menciono y que a mí me encantan (y al mundo entero.)
Está muy bien vender zapatillas, móviles, escenas de sexo y de violencia pero la ilusión de ser libre, de vivir un amor apasionante, de ser eternamente joven… eso no tiene precio.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 25 de junio de 2010)


EL EPISODIO QUE VA ANTES DEL SEGUNDO

14 abril, 2010

Por Chico Santamano.

En los últimos meses he estado escribiendo en una serie. Las otras veces en las que había currado para la tele llegué con el proyecto en marcha y habiéndome librado del marrón de arrancar y meterle mano a ese temido primer episodio. Pero esta vez, me incorporé al principio de los principios y por lo tanto no pude escapar de ese trance.

Todo el mundo es consciente de la importancia de tener un piloto potente; los productores, la cadena, el reparto, tu prima Angustias… Todos te cargan sobre la espalda la responsabilidad de que ese primer episodio debe de ser acojonante. Tiene que hacerte reír, llorar, estremecerte y dejarte con “ganas de más” (las tres palabras más oídas durante esos meses de sufrimiento). Tienes que conseguir que todo el mundo se enamore de los personajes. Ojo, de sus encantadores protagonistas, pero de los antipáticos también. Tienes que fijar total y absolutamente el tono. Tienes que hacerle al espectador la promesa firme de que si le han gustado las tramas del primer episodio, con las del segundo va a flipar. En definitiva, presentar, vender y convencer en un solo capítulo. Ahí es nada.

Advertencia. Si llegados a este tercer párrafo, algún lector del blog espera que explique cómo escribir el piloto perfecto, lo lleva claro. Este es un post de desahogo absoluto, un grito en la oscuridad. No tiene NADA de didáctico. Eso sí, ruego que si alguien conoce las claves, las cuente en los comments a la voz de YA.

Continúo. Cuando estás embarcado en esa difícil misión, los jefes (como es lógico) no entienden de excusas. Tal y como están las cosas, todos sabemos que el primer episodio puede suponer debut y despedida en la parrilla. Pero esas excusas que a todos nos vienen a la cabeza no son menos ciertas. Repasamos unas cuantas…

LA EXCUSA DE LA PRESENTACIÓN

Generalmente, los pilotos suelen ir lastrados por un exceso (en ocasiones) necesario de información. De  la pericia de los guionistas y la confianza de los productores depende que esa información sea salpicada de manera natural y que no obstruya demasiado las tramas. Como todo el mundo sabe, la ONU ha reconocido a España como uno de los países donde peores primeros episodios se han perpetrado. Cosas como echar mano de una voz en off que nunca más volverá a aparecer (¿Se acuerdan del arranque de “Compañeros”?) o el exceso de expresiones antinaturales como “hermanito” o “eres mi tía divorciada preferida” ayudan a contar las cosas, pero… qué mal, ¿no?

Hay que grabarse a fuego que si tenemos más de media docena de personajes fijos no hay por qué presentarlos exhaustivamente a todos. En la segunda temporada de “Mad Men” aún seguíamos conociendo a alguno de sus secundarios.

LA EXCUSA DE “NO ES FÁCIL ELEGIR TRAMAS”

Los productores te dicen “queremos tramas tan divertidas como las del capítulo 9”, pero no se dan cuenta de que las del capítulo 9 funcionan, no porque sean mucho mejores, sino porque ya hay un conocimiento previo de los personajes. ¿Nos haría la misma gracia si aquella trama de “Friends” en la que Ross recuperaba su teclado eléctrico hubiera sido la primera? Nos habría parecido un pobre patán sin dos dedos de frente. Y nada más lejos… (si no tenemos en cuenta el poco tino a la hora elegir a sus múltiples esposas, claro).

LA EXCUSA DE
“EL PRIMER EPISODIO SIEMPRE ES EL PEOR”

Puedes gritar a tus jefes: “¡El primer episodio siempre es el peor! No puedo hacerlo mejor”, pero ellos no querrán asumir esa verdad relativa.

Recuperando el ejemplo de “Friends”… ¿Han visto recientemente su piloto? Hay una presentación estupenda de personajes, pero todo lo demás es bastante demencial. ¡Ese momento “mirando por la ventana” de Ross y Rachel! Viendo ahora ese capítulo, cuesta creer que, episodio tras episodio, se convertiría en la sitcom más popular, recordada y plagiada año tras año.

El insulso piloto de “Cómo conocí a vuestra madre” no hace justicia al prodigio narrativo en el que se convertiría la serie con el tiempo. Por no hablar de todas aquellas series que arrancan de verdad al quinto o sexto episodio. ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido diciéndole a un colega “el principio es un poco bluf, pero luego te va a flipar”?

También está el caso contrario. Primeros capítulos hinchados a base de apabullantes promesas. En algunos casos, el globo se acaba desinflando como “Flashforward” o “V” y en otros siguen arrastrando masas seis temporadas después como “Lost”.

¿Es esta excusa un “mal de muchos consuelo de tontos”? Vamos… No les quepa la menor duda.

Así que, si a los factores antes expuestos, le sumas la prisa de la cadena por tener el piloto en sus manos y a un equipo de guionistas menos rodado, todo se hace mucho mucho MUCHO más complicado.

Moraleja: la próxima vez que veamos un primer episodio seamos más condescendientes. Todo es mejorable hasta que el capítulo dos demuestre lo contrario.


A %d blogueros les gusta esto: