EL ARO

31 enero, 2013

por Diego Puertas.

Joseluisgil

Ignoro si les sorprenderá esta historia. Tiene algo de arrebato revolucionario de baja intensidad, pero sobre todo de gesto de mala hostia, como lanzar al suelo todos los trastos del escritorio sin nadie a quien tumbar encima y sabiendo que luego habrá que recogerlos. Pero ahí van. A la mierda.

Me llamo Diego Puertas y soy cineasta en prácticas. Estas prácticas empezaron por hacer cortos de adolescencia en S-VHS, siguieron por varios años de encierro casi monacal aprendiendo (o, como diría un anglosajón, enseñándome) a escribir largometrajes, y continuaron con varios intentos infructuosos de meter la cabeza en el mundo del guión televisivo. Rebasé las 1.000 páginas hace tiempo: he escrito siete largometrajes para alimentar el cajón de mi escritorio, además de numerosos cortos no producidos, pilotos de televisión, specs de series existentes y alguna biblia. He hecho pruebas para numerosas series y programas, siempre con buena respuesta tanto oficial como oficiosa, siempre quedándome a las puertas con variadas excusas o explicaciones. Mi trabajo escrito ha llamado la atención de varias cadenas de televisión nacionales y productoras importantes; he tenido reuniones en rascacielos de Los Ángeles y en la agencia del Ari Gold real. Sin embargo, sigo fuera de la industria.

¿Por qué, se preguntan?

Se lo digo yo: por gilipollas.

Aparte de un par de grandes ocasiones que no cuajaron por pura y simple mala suerte (ser contratado en una serie que es cancelada un mes después, etc.) mi gran problema ha sido siempre querer hacer las cosas como es debido y, o bien no ser capaz de estar a la altura de mis propias aspiraciones, o bien chocar de frente con un sistema, el español, que en términos generales no está pensado para hacer las cosas bien sino para hacerlas fáciles (baratas es una extensión de ese adjetivo). Antes de que salten: eso no quiere decir que no haya productos de calidad ni que la gente que trabaja en productos mediocres no se deje los huevos en ello. Es una cuestión de planteamiento, y de quien, como yo, tiene problemas de adaptación en ese ecosistema. Observen que no culpo al medio más allá de la constatación de que está mal diseñado; todos lo sabemos, hablamos de ello a diario; todos participamos o queremos participar de él como si fuera algo que se hace día a día a espaldas de nosotros, una construcción maléfica y ajena sobre la que no tenemos ninguna responsabilidad. España 101, si me lo permiten, pero eso es tema para otro blog. El fondo de la cuestión es que, por muy capaz que yo sea de integrarme en esa maquinaria, y lo soy, no he tenido la oportunidad de hacerlo como peón, y siempre que ha existido la posibilidad de hacerlo como capataz no he sido lo suficientemente hábil para pasar por el aro.

Porque hay que pasar por el aro.

Hace algo más de dos años di por concluidas mis prácticas de guión y me lancé a las de dirección. Escribí, produje y dirigí G, un cortometraje sin subvenciones en el que no tener que hacer concesiones. Invertí mis ahorros, los de mis padres y los de algún buen amigo y, créanme, es un corto barato. Y viví lo que cualquier director conoce bien: llevar algo a la práctica ya implica un volumen de concesiones que resulta inasumible para mucha gente. Dirigir cine consiste en una hilera interminable de aros llameantes, cada uno con un domador con látigo y mostacho y la esperanza de un aplauso del público al pasar por el último.

Tuve la suerte de contar con un reparto extraordinario y terminar con un producto digno. Yo no daba un duro por él, pero el recorrido del corto en el circuito de festivales ha sido inmejorable, teniendo en cuenta que es una primera obra y costó una cuarta parte del presupuesto de los cortos con los que ha competido en los festivales importantes: alrededor de 50 selecciones en España, varios premios, reacciones muy agradables de todos los públicos, e ilusionantes comentarios de algunos cineastas a los que admiro.

También fue emitido por La Sexta 3 (ocasión sobre la que Chico Santamano posteó aquí) junto con los cortos de cuatro compañeros y sus equipos. La audiencia fue notable, y G fue el más visto, con casi 90.000 espectadores (a las 15h de un viernes). Aquello ya fue un aro por el que pasar. Les cuento: todo formaba parte de un acuerdo con el festival de televisión de Vitoria, y aunque La Sexta 3 no remuneró a las productoras por la emisión de los cortos, sí se pusieron las facilidades para que los autores pasáramos un fin de semana en esa ciudad, comiendo y bebiendo de puta madre por cuenta del festival e invitados a alojarnos en un estupendo hotel. Pareció suficiente contraprestación (añadida a la repercusión de la emisión en sí, obviamente) y acepté pasar por el aro. La experiencia fue inmejorable.

Gané en otro festival. El premio para el cortometraje consistía en ser emitido en el programa Somos cortos de La2. Por supuesto, por la cara. Ya saben, esa cadena pública que apuesta por la cultura.

El “premio”. Muy amable pero no, gracias.

Meses después (quizá tras ser proyectado en SGAE en Corto, quién sabe) han vuelto a ponerse en contacto con la distribuidora del cortometraje, esta vez como programa de televisión que busca material y ha oído que el corto merece la pena. Otra vez, por la cara. Derechos para televisión en abierto para el territorio de España. Derechos de comunicación pública para que RTVE pueda difundirlo en Internet a través de servicios IP en sus medios interactivos.

Otro aro llameante.

Si aceptase, mi corto lo podrían ver del orden de 80.000 personas, quién sabe si más. El equivalente a unos, no sé, 500 festivales.

Pero, ¿recuerdan? Soy gilipollas.

He vuelto a decir que no. Al menos habría visto el ingreso correspondiente por derechos de autor. Pero he dicho no. Soy bastante mónguer.

Queridos amigos de RTVE: les pediría que no vuelvan a tener los santos huevos de emitir promociones en las que dicen, con esas palabras, que apuestan por el cine español. Al menos hasta que la Ley del Cine no les obligue, como debería, a pagar a los cortometrajistas (al menos a los que hacemos cine: no estamos hablando de un corto de 3,30 minutos grabado con una cámara de fotos en una tarde) lo que les es debido por llenar el tiempo correspondiente de su parrilla, cuarto de hora en mi caso. Habría supuesto cierta publicidad para mi corto, muy probablemente, en especial en un momento en el que estoy intentando levantar un largometraje basado en él y con su mismo protagonista, célebre estrella de televisión que ha rechazado casi todo lo que le han ofrecido en cine pero, por algún motivo, apuesta fuerte por mí y por un largometraje de G. Pero una vez más, amigos, he dicho que no a prestar mi trabajo y el de mi equipo.

Qué quieren que les diga. Subnormal perdido.

Así que, a lo loco, he decidido pasar por ese aro, pero a mi manera. He subido nuestro corto a una cuenta de YouTube, propiedad de un amigo (además, productor asociado en él), y he aprovechado la ocasión de ponerlo aquí, por primera vez en Internet, en estreno, en Bloguionistas. Si una tele no paga, al menos podré elegir el marco y el público, y quién sabe, quizá dentro de algunos meses mi amigo pueda recuperar su inversión en mi persona gracias a AdSense, que es un modelo de compensación que, por irrisorio que sea, parece cuidar más a sus proveedores de contenido que la televisión pública española. ¿Me leen, señores de RTVE? Prefiero este aro al que me ofrecían ustedes.

Es el primer aro antes de salir al circo de tres pistas que será levantar un largometraje de G, cuyo guión está casi listo, mientras encuentro, por fin, un aro por el que saltar, orgulloso, al mundo del guión televisivo. Quizá se lo cuente un día.


FIRMAS INVITADAS: ALEJANDRO PÉREZ BLANCO

13 octubre, 2011

Alejandro Pérez Blanco (aka thehardmenpath) es diseñador de efectos visuales. Ha trabajado en publicidad, corporativos, videoclips y muchos otros proyectos. Este año estrena EXTRATERRESTRE, de Nacho Vigalondo, y tres cortometrajes, de los que hablará en una serie de dos posts.

EL ALFA Y EL MEGA

Todo empezó aquí:

Un amigo, David Santamaría, se cruza consigo mismo.

Corría el verano del 97. Mis padres por fin me dejaban libremente la cámara que mi padre SE había regalado en mi primera comunión. Creo que no poder usarla durante tres o cuatro años hizo que empezara a prever lo que supondría usarla. Por el 95 la cosa cambió, convencí a varios compañeros de clase y a la profesora de biología para hacer un par de trabajos en vídeo, en lugar de por escrito. En el 96 mis padres me regalaron por Navidades una tarjeta para el ordenador capaz de capturar vídeos. Y entonces descubrí el poder de la manipulación digital.

Cinco años después, Sergio Mena, un compañero de la facultad me hizo mi primer encargo de efectos especiales. La cámara se había colado en un plano muy elaborado.

Fue la primera vez que usé un ordenador para solucionar un problema de rodaje para otra persona.

Y ahora, ésa es mi profesión.

Me dedico a arreglar esos pequeños problemas, fruto de cosas tan dispares como el clima, la arquitectura de una calle o el descuido de un pertiguista. Si se graban dos tomas, una con un actor regular, y otra donde se cuela un reflejo de un técnico, pero con el actor en estado de gracia, antes de tirarla a la basura, es conveniente llamar a los de mi calaña. Somos una especie de Señor Lobo de la postproducción.

Con la experiencia, el equipo aprende una disciplina. Una metodología y una infinidad de trucos sirve para prever, evitar y resolver estos problemas. Cuando se habla de un buen equipo de rodaje, estamos refiriéndonos sobre todo a esto.

Durante un rodaje normal, mi trabajo es una minucia comparado con el de todos ellos. Consiste en estar ahí, sin más, esperando a ver si puedo contribuir a solucionar un problema. Mi trabajo no es el de crear lluvia, sangre o fuego en un set. Como un guionista, gran parte de mi labor puede hacerse en pijama. Y como con los guiones, suele importar más la fecha de entrega que mi horario de trabajo. Y a los demás les importa poco si soy muy rápido y he acabado en media hora, o si soy muy minucioso y he tardado una semana. Sólo importa el resultado.

Rodaje de LA MEDIA PENA. Dirige Sergio Barrejón. Rodamos en un hotel. Luis Callejo cruza su despacho.

¿Por qué hay una mirilla en la puerta de un despacho? No tiene sentido.

Todo se pone en marcha. Hay que tener en cuenta cuánto tiempo y dinero costaría quitar esa mirilla. ¿Se puede desatornillar? ¿Se podría poner una pegatina? ¿Habría que cambiar la puerta? ¿Tenemos dinero para cambiar una puerta? ¿Cuánto se tardaría? ¿Cuántos planos dejaríamos de rodar para arreglar este problema? En los departamentos de arte y producción esas preguntas están a la orden del día.

Ahí entra el Señor Lobo.

Si yo tardo, pongamos, dos horas en quitar la mirilla de todos los planos, es más rentable que si 20 personas retrasan un poco su plan de trabajo para cambiar la puerta. Dos horas de una persona son más rentables que 10 minutos de un equipo el día de rodaje. Nunca antes he borrado una mirilla, pero sí he quitado pintadas, anuncios, papeleras, y con esa experiencia sé más o menos cómo lo voy a hacer y cuánto voy a tardar, del mismo modo que Ramón Massats y su equipo aplican su experiencia profesional para estimar al vuelo lo que supone un transporte, una compra o cualquier cambio sobre el plan previsto. En este caso concreto, compensa. Depende de muchas variables, como el tipo de planos, la fecha de entrega final, el movimiento de cámara o los actores que pasen por delante.

Nada, fuera.

Esa bombilla también distrae. Adiós.

¡Y qué fea queda esa palanca! ¡Vete!

También salvamos el raccord de un reloj. Metimos la hora del primero en el segundo. Es lo que se ve en el tercero:


Fue el único arreglo de raccord del corto. Marta Piedade, la script, no perdonó una en el set. De hecho, esto lo grabó una segunda unidad en una oficina real en Bilbao.

Es normal que los vasos estén más llenos o vacíos de un plano a otro. Estamos acostumbrados a no fijarnos en eso cuando vemos películas. Pero en algunos casos concretos, llamaría demasiado la atención y arreglarlos se hace necesario. Esta lámpara, por ejemplo:

El cortometraje se llama OCHO. Es de Raúl Cerezo. Raúl me pidió que echara una mano para arreglar varias cosas. El mayor problema de raccord del corto fue sostener durante muchos planos algo imposible de controlar al 100%: velas de cumpleaños:

Hay muchos planos de velas. Las llamas y el humo están sacados de otros planos del corto, con suficientes retoques como para que no se noten que son los mismos. Y también hicimos una versión internacional:

¿Es creativo este trabajo?

No, en los ejemplos que hemos visto hasta ahora.

El objetivo de estos pequeños arreglos, como en producción, no es artístico, es puramente técnico. Antes de borrar esa bombilla del techo, nuestro cerebro sabe exactamente cómo va a quedar. Es como hacer un puzzle con la foto resuelta en la caja. Si queda raro, no se ha hecho el trabajo. Donde sí puede haber creatividad en el modo de resolver el problema. Sería absurdo pensar que una peluquera de cine no puede encontrar satisfactorio su trabajo. Pero resolver un problema siempre es satisfactorio.

Esta versión internacional de OCHO sólo es creativa en el modo en que se hace.

Pero se llega a un punto en el que las decisiones empiezan a cobrar importancia. Una vez visto el montaje, este temblor no le convencía a Barrejón. ¿Lo quitamos entero? ¿Lo suavizamos? Muchas veces el director sólo dice “haz algo con esto” y delega con confianza.

Aquí, en lugar de hacer una solución, ideé una manera de crear distintas soluciones de manera casi automática.

Y así, poco a poco, entramos en una manipulación compleja de la narrativa. Antes, duplicar a un actor era un efecto especial complicado. Ahora, se hace con regularidad, pero el actor no es el mismo. A dos actores en el mismo plano les sale mejor una toma diferente y se pueden juntar en el montaje. Hace un par de décadas, directores y productores de las películas más caras del cine hubieran matado por ese poder.

En el cortometraje G, de Diego Puertas, lo probé unas cuantas veces. Mientras montábamos esta secuencia, sabía que tenía que haber una manera de que este plano encadenara con el siguiente de un modo satisfactorio:

Y también probamos una locura parecida en un disparo:

Tanto para hacer estos efectos como los sutiles de más arriba, hace falta tener un cierto conocimiento de teoría de la imagen. Algunos efectos no funcionan cuando sabemos que están ahí. Otros no funcionrían si el plano fuera un pelo distinto, o si el objeto que manipulamos llamara más la atención en el montaje. Os sorprendería la de veces que hemos visto soluciones así, y no sólo en películas fantásticas tipo Harry Potter. Ya se han implantado y están para quedarse. A Diego Puertas le encantó saber que Fincher hace lo mismo que él.

¿Me vuelvo loco trabajando en esto?

Sólo puedo decir que lo disfruto. Desde adolescente. Para duplicar a mi amigo David en el 97 tuve que copiar y pegar con exactitud, a ojo, entre dos secuencias de fotogramas. No sabía lo que eran ni el Photoshop ni trabajar con capas. Sólo sabía lo que había podido intuir repitiendo una y otra vez las escenas de Regreso al futuro 2. Y ahora, para escribir un guión, tengo que ponerme. Pero para hacer postproducción tengo que quitarme. No hay parpadeo de gtalk lo suficientemente llamativo para que deje lo que estoy haciendo. Es lo que mejor se me da del mundo, lo que más disfruto haciendo, y tengo la enorme suerte de haberlo descubierto a los 15 años.

Ahora bien, NO SIEMPRE merece la pena dedicar tanto tiempo y esfuerzo a un instante que pasará desapercibido. En el próximo post veremos la plaga más desesperante que acecha al postproductor, qué tienen que ver con ella los guionistas y por qué LA MEDIA PENA fue una excepción.


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