GALA DE LOS GOYA – CUATRO LECCIONES DE GUIÓN

14 febrero, 2018

por Sergio Barrejón.

Esto no es una crítica a los chanantes. Ni una sátira sobre el discurso de Coixet. Ni una pataleta contra el palmarés. Sólo es un pequeño análisis de guión de la gala de los Goya.

La gala de los Goya es el Omaha beach del guión de programas. Parapetados tras sus cuentas de twitter y sus columnas en diarios digitales, miles de opinadores esperan cada año la gala con las armas cargadas de sarcasmo y superioridad. Sólo por ser capaces de lanzarse a tomar la playa sabiendo que lo más probable es que mueran acribillados, los guionistas de la gala se merecen un aplauso.

En años anteriores, también desde Bloguionistas hemos disparado contra ellos con cartuchos envenenados de mala leche. Por mi parte, se acabó. En primer lugar, porque no estoy seguro de que yo pudiera escribir un guión decente para los Goya. En segundo lugar, porque si hay algo que sobra en internet son opiniones. Pero sobre todo, porque los guionistas de la gala son compañeros. Y preferiría verlos salir de esa playa ilesos y victoriosos.

Estas son las cuatro lecciones de guión que he aprendido viendo los últimos Goya, y revisitando algunas de las anteriores en rtve.es:

1. La originalidad puede ser una trampa

Como cualquier gala de entrega de premios, el 90% del contenido de los Goya es inamovible y presenta una estructura rígida: ahora entregamos un premio, ahora entregamos otro premio, etc. Sólo hay dos aspectos dramáticos en esa estructura:

• Que los premios más importantes se dejan para el final.
• Que no se sabe cuál de los nominados ganará ni qué dirá cuando recoja el premio.

¿Tene sentido luchar contra eso? ¿Debe el presentador contrapuntear esa estructura con un show paralelo? Yo creo que no. Creo que el gran error de algunas galas ha sido dejar que se conviertan en el show del presentador.

En mi opinión, el formato de presentación no debe ser innovador ni chocante, ni estar particularmente elaborado desde el punto de vista escénico. En el mejor de los casos, eso contribuiría a robar protagonismo a los premios. En el peor de los casos, la presentación se convertiría en un show independiente de los premios, y se estaría obligando al espectador a presenciar dos espectáculos en uno. Cuando eso ocurre, la experiencia resulta larga y agotadora.

Mi presentación ideal sería la que sirve como lubricante para disfrazar esa estructura rígida e invariable de la gala. Porque el entregar y agradecer premios, por previsible y antidramático que pueda resultar, es la esencia de la gala. Uno puede hacer una lectura sarcástica de los discursos de los premiados, pero ¿acaso no es eso lo que ha venido a ver el espectador? Cinco nominados, un solo ganador. Y ése, obligado a subir a la palestra a mostrar su reacción. ¿Será humilde, será soberbio? ¿Mantendrá la compostura o lo embargará la emoción? El ritual de someter a los candidatos a la victoria o la derrota ante las cámaras, y el ritual de exponer al elegido al escrutinio público es el verdadero sentido de la ceremonia. Como miembros no destacados de una sociedad, queremos ver cómo se comportan los elegidos en el momento de recibir los honores.

Dice David Mamet en Una profesión de putas:

En la ceremonia de los Oscar, nosotros, el pueblo, obligamos a quienes hemos permitido acceder a una clase privilegiada a que se alcen individualmente para escuchar el veredicto y por una noche los despojamos de sus privilegios […] Y vemos que, en último término, sólo son unos simples mortales que deben soportar sus pérdidas con estoicismo y demostrar donaire en la victoria, lo mismo que nosotros. Obligamos a los Grandes -como obligaron a César- a solicitar la corona […] Nos unimos como comunidad en la más satisfactoria y unificadora de las actividades sociales, el chismorreo, cuyo propósito consiste en definir las normas sociales.

En un buen guión, todos los elementos están al servicio de la historia. En mi guión ideal de una gala de los Goya, todos los elementos del show estarían al servicio del momento en que el ganador acepta su premio.

La clave sería entonces asegurarse de que la presentación sea muy ágil, que tenga mucho ritmo, que no dé tiempo a que el espectador piense vale, muy gracioso, pero ¿ahora qué premio viene?

2. La ironía sólo funciona cuando es coyuntural

Siempre es divertido que el prólogo del presentador lance pullas a los protagonistas de esta edición. Pero si se ríe de la profesión en general, o de la gala como concepto, o de los oropeles que la envuelven, entra en terreno resbaladizo. Hay que medir muy bien, para no convertir la ironía en un insulto a tu público.

Si el show empieza con una alfombra roja, si a los invitados se les pide black tie, si los premios se presentan con sonoras fanfarrias, si acuden autoridades y se dan discursos… Hay que asumir que cierta solemnidad y cierto glamour son inherentes al formato. Arremeter contra eso es comportarse como un cínico.

Es cierto que en nuestra idiosincrasia nacional está muy arraigada la tradición de desmitificar y de bajar los humos a quien se da importancia. Está bien visto ejercer una brutal autocrítica como forma de demostrar (falsa) modestia. Todo eso puede estar bien. Pero en su justa medida. Una cosa es aprovechar la tensión propia del formato (los nominados están nerviosos porque desean ganar y temen perder) para ironizar, hacer humor y transformar esa tensión en carcajadas. Muy distinto es insistir una y otra vez en la chabacanería como rasgo de estilo. El efecto sería parecido al del cuñao que, invitado a un restaurante de alta cocina, suelta aquello de “donde estén dos huevos fritos con chorizo que se quiten los inventos”.

3. Se llama SUBtexto por algo

Antes decíamos que, independientemente de que cada presentador pueda tener su estilo propio, la gala no debe convertirse en el show de Fulanito. Del mismo modo, si un año en concreto se quiere que la presentación tenga un leit motiv, creo que es mejor introducirlo muy sutilmente. Porque recordemos: la esencia de la gala es la entrega de premios, no el tema elegido ese año por los guionistas o los productores de la gala.

Aplicado a la gala de este año: si se quiere hacer una gala feminista, creo que se podría haber buscado una manera más sutil de integrar elementos feministas en el contexto de la gala. Más presencia femenina, más chistes que pongan en evidencia aspectos machistas de la industria, etc. En un buen guión, la acción hace avanzar la trama, y el mensaje o el tema se comunica mediante el subtexto. Verbalizar el subtexto resta finura a la obra.

Y aunque los discursos de los ganadores no estén bajo el control de los guionistas, la experiencia nos dice que, en el calor del momento, siempre tienden a repetir alguna consigna relacionada con el tema de ese año. Efecto contagio, supongo. Si además el guión del presentador insiste en el mismo discurso, el resultado puede parecer repetitivo.

Por otro lado, lucir una etiqueta que diga “feminista” no convierte a nadie en feminista. Afirmar que ésta es la gala de las mujeres tal vez no sea el mejor modo de comunicar un mensaje feminista. “Deja que el público sume dos más dos y te querrán para siempre”, decía Billy Wilder.

4. Hay que tener en cuenta las limitaciones de Producción.

Viendo algunos de los sketches de ésta y de otras galas, sospecho que los medios de producción de los Goya no son particularmente holgados. Como además la gala sólo se hace una vez al año, entiendo que los productores tampoco tienen una certeza absoluta de hasta dónde pueden llegar con el presupuesto. Si entre producción y guión no se llega a acuerdos razonables, los sketches y los números que salen a escena corren el riesgo de quedarse en un quiero y no puedo.

En general, si el show no va sobrado de presupuesto, o si no hay tiempo de ensayar como Dios manda, quizá sea poco aconsejable pasarse de ambicioso con los sketches y los números musicales. Mucha gente ha criticado el rap de Resines, pero bien mirado, quizá el problema de fondo era meramente presupuestario. ¿Hubo dinero para ensayar aquel número el tiempo necesario?

He leído y escuchado muchas veces que en los Goya no debería haber números musicales. Es cierto que ha habido unos cuantos fallidos. Pero no creo que haya que verlo de una forma taxativa. Este año, para mi gusto, el mejor momento de la gala fue el medley que hizo Marlango de las canciones nominadas, en versión piano y voz. No hay nada malo en ser modesto si se lleva con dignidad. La cuestión no es números musicales sí o no. La cuestión es: ¿Entran en presupuesto? Al fin y al cabo, esto no es Broadway, es una vía de servicio de la A-2.

Dicho lo cual, creo que el nivel de la gala sube año tras año. Hay excepciones, sí. Fallos de realización que ponen los pelos de punta. Sketches que tal. Actuaciones que cual. Manel Fuentes. Pero incluso las que menos audiencia tienen, siguen siendo lo más visto del prime time año tras año.

Y bueno, si alguien tiene interés en comparar, siempre puede verse la primera gala de los Goya. Yo lo he hecho. He visto cosas que vosotros no creeríais. Dos minutos largos del Rey Juan Carlos saludando académicos, con un ayuda de cámara chivándole sus nombres uno a uno. El logo de la Academia, animado por un Commodore 64, con la música de Regreso al futuro. Los clips de las películas nominadas proyectados todos seguidos al principio de la gala. Todas las categorías, una detrás de otra. Dieciocho minutos de clips sin interrupción, con una música de fondo inenarrable.

No me lo estoy inventando. Ojalá. Queda mucho por mejorar, sí. Pero es mucho más lo que ya se ha mejorado.


LOS CARTELES DEL CINE ESPAÑOL

30 agosto, 2012

por Sergio Barrejón.

Dentro de poco, hará diez años del mayor ridículo colectivo que se recuerda en el cine español: la gala de los Goya de 2003. Una noche en la que un puñado de cineastas (un puñado mucho más pequeño de lo que algunos medios quieren hacer creer) subieron a presentar y recoger premios con esta abominación prendida de la solapa:

Dejando de lado las ideas políticas e incluso la capacidad de cada cual para expresarlas con un mínimo de elegancia, coincidirán conmigo en que:

a) Cuando uno va vestido con un traje de miles de euros, una pegatina de cuatro perras como que desentona.

b) Una gala de entrega de premios no es lugar para reivindicaciones políticas ni de otro tipo.

Hombre, se puede entender que los presentadores hagan chistes sobre una situación política coyuntural. Y se puede entender que cada premiado diga lo que le salga de las narices durante su agradecimiento.

Pero cuando siete presentadores distintos hacen el mismo tipo de chiste, y siete premiados distintos hacen el mismo tipo de discurso y además todos llevan la misma pegatina… Eso tiene un nombre, y es BOCHORNO.

Va a hacer diez años de eso.

En este tiempo, los medios de derecha y ultraderecha han insistido en que aquel bochorno era algo más. Han insistido en la idea de que aquello demostraba que TODO EL CINE ESPAÑOL era un lobby pro-PSOE mal encubierto. Y la idea ha calado hondo. Desde mi suegro hasta el Gobierno, media España está convencida de ello.

Todas las medidas económicas del Gobierno Rajoy en relación al cine español son un ataque directo contra ese supuesto lobby. Ni el recorte de subvenciones, ni el recorte del presupuesto de TVE, ni la subida del IVA cultural al 21% tienen sentido desde una perspectiva económica. La cuantía de las subvenciones representa un fleco ridículo en el por otra parte ridículo déficit español. El recorte en TVE es injusto y desmedido, y llega en el momento en que la cadena pública tiene las cuentas más saneadas de su historia. Y la subida del IVA, además de ratificarnos como el país más paleto de Europa, generará directamente pérdidas no ya en el sector, sino en las cuentas del Estado.

La respuesta de “el cine español” a estas medidas económicas ha sido una carta al Presidente del Gobierno rogándole -sí, ROGÁNDOLE- que demore -sí, DEMORE- la subida del IVA, y dejándole saber que ese ruego es irrenunciable. (?)

El texto es un imposible esfuerzo por mostrar una firmeza que nadie tiene y una pleitesía que no parezca excesivamente indigna. Un engendro que muchos profesionales del sector han firmado, me temo, por aquello del “algo habrá que hacer”. Para algunos, hacer cualquier cosa, incluso el ridículo, es mejor que no hacer nada.

Pero el texto no es nada comparado con el apoyo gráfico.

Estimados señores mayores del cine español: cuando vayan a hacer el enésimo manifiesto en nombre del cine español y de la cultura, por favor, piensen que los que venimos detrás tenemos que convivir con la imagen que ustedes están contribuyendo a crear para la profesión.

Y tomen una postura digna en sus manifiestos, por favor. No hay ninguna razón para ROGAR nada a un gobierno que ha incumplido todas sus promesas electorales. Por ejemplo, para ilustrar una campaña contra la subida del IVA no era necesario hacer unos posados de dudoso gusto. Bastaba con tirar de Google:

Y ya puestos: igual que para escribir una película llaman ustedes a un guionista (a veces), y para iluminarla llaman a un director de fotografía… Por el amor de Dios, cuando haya que hacer un cartel, llamen a un diseñador. No sean cutres.


DESPUÉS DE LOS PREMIOS GOYA (I)

21 febrero, 2011

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

(- Primero: disculparme por el retraso en publicar. Tengo dos excusas, eso quiere decir que ninguna de ellas es buena. Estoy fuera de casa, con algunas dificultades para conectarme y, dos, ayer domingo trabajé tanto que no pude escribir. La auténtica es que… anoche se me olvidó ponerme a ello.

– Segundo, tal vez por el punto primero, este post va a ser algo diferente, algo más precipitado y menos reflexivo de lo habitual. Tal vez todo ello sea para bien. )

Vi los Goya con amigos, en una de estas reuniones en las que apenas ves la tele, sólo el tiempo suficiente para poder pensar un chiste supuestamente ingenioso que impide que el resto de los presentes puedan enterarse de la ceremonia.

Eso no me impide sacar unas pequeñas reflexiones sobre la Gala y especialmente sobre los enmascarados Anonymous que abuchearon a muchos de los invitados a la gala y, en cambio, corearon el nombre de Álex de la Iglesia a la entrada al acto. Al parecer, alguno de  ellos tiró algunos huevos. Al parecer también, otros Anonymous afearon la conducta al de los huevos (al que los había tirado, quiero decir).

Algunos medios apenas se hicieron eco de estas protestas, otros se centraron mucho en ellas. Otros medios criticaron a los primeros, por ignorar la realidad. Otros, al contrario, criticaron a los que dieron excesiva importancia a los Anonymous.

Muchas crónicas hablaban sobre la gran tensión con que se vivió toda la ceremonia. Al parecer, uno de los momentos álgidos fue el discurso de De la Iglesia, que, al parecer, algunos han adoptado como una especie de Nuevo Evangelio, el Gran Sopapo en la Cara de la Industria. A otros casi todo el discurso nos pareció escrito por Pero y Grullo.

Si me permitís mi opinión… para mí nada es para tanto.

Que un Gobierno intente, por medio de un mecanismo legal y unas sanciones, defender los intereses de una Industria, es lógico.

Que las personas afectadas por esas sanciones protesten, invocando a las libertades o derechos fundamentales, también es normal. Que, entre estos se cuele un tipo que tire algo tan inofensivo como un huevo, tampoco parece especialmente grave.

Hace pocos meses, el mismo Gobierno aprobó una ley antitabaco que prevé graves sanciones para fumadores y locales que la incumplan. Muchos ciudadanos se han visto perjudicados por ella. Han invocado derechos fundamentales para defender su derecho a fumar. Unos han protestado colectivamente, otros han elegido una vía de “martirio individual”. La ley se ha cumplido. Algunos están contentos, otros están enfadados e incluso resfriados gracias a ella.

Pienso que el consenso absoluto es imposible de alcanzar, aunque sería lo óptimo. A veces lo bueno es enemigo de lo óptimo. Gobernar, tomar decisiones, implica generarse “enemigos” a cada paso. Un gobernante debe saber que no todo el mundo va  a quererle. Un individuo que expresa una opinión política también debe asumir que encontrará que otros muchos no están de acuerdo con él.

Como reflejaba, a modo de simple ejemplo, en esta entrada, gran parte de la opinión pública (y publicada) en España es espectacularmente crítica con el cine que se produce en nuestro país. Posiblemente no haya ningún otro sector que sufra críticas tan constantes. Muchas de las críticas inciden en qeu se trata de un sector muy dependiente de las ayudas públicas. Sin embargo, otros sectores muy subvencionados como la minería o la agricultura no concitan, descalificaciones comparables. Otro argumento que utilizan los críticos (tiene que ver con el anterior) es que se trata de un cine poco taquillero y escasamente popular. Sin embargo, en nuestro país hay docenas de sectores económicos que no se distinguen por su gran nivel internacional. Por ejemplo, nuestra investigación científica no parece comparable a la de otros países europeos. Sin embargo, a pesar de que se trate de otro sector que subsiste casi exclusivamente por la inversión pública, no se insulta o critica a los científicos, sino que se les compadece por las difíciles condiciones en que trabajan y se solicita que los subsidios públicos se incrementen en la medida de lo posible.

Es decir, ni la financiación pública ni el escaso éxito comercial son las razones de fondo que explican la gran aversión que se produce en muchos medios (y muchos ciudadanos) al cine producido en España. En mi opinión, la razón principal de la mala imagen de nuestro cine en amplios sectores de España es otra. Creo que podemos buscarla en el día 1 de febrero del año 2003.


INTERNAUTA Y CREADOR

1 febrero, 2011

David Muñoz

1.

Hasta ahora me he resistido a escribir en este blog sobre derechos de autor, la “Ley Sinde“, etc., no porque no tenga un punto de vista al respecto (creo que todos los que trabajamos en esto lo tenemos), sino porque ya otros han expresado mi  opinión al respecto de forma mucho más certera de la que yo sería capaz de hacerlo. Por Ej., Fernando Savater en este artículo. O Javier Marías. ¿Y para qué repetir lo mismo solo que peor?

Pero dado el momento que estamos viviendo, creo que ha llegado la hora de mojarse.

Y como he citado a Savater y a Marías, supongo que la mayoría ya habréis supuesto que estoy a favor de la “Ley Sinde”.

¿Quiere decir eso que creo que la ley va a acabar con la piratería?

Pues no. No soy tan ingenuo. Aún así aprobarla me parece que era un gesto necesario. Aunque solo sirva para tocarles un poco las narices a quienes difunden obras de otros sin su permiso y encima ganan dinero con ello. Vale, para escapar a la ley lo único que tienen que hacer es trasladar sus servidores a otro país, pero más vale eso que nada.

Otra cosa: dado el momento en el que escribo este texto, es inevitable comentar la absurda polémica que ha levantado la innecesaria dimisión (ahora aplazada) de Álex de la Iglesia. Como ya he hablado de mi punto de vista al respecto en mi blog, no voy a explicarlo aquí en detalle otra vez.  Pero por si tenéis curiosidad y pocas ganas de leer la entrada que he linkeado, mi opinión se parece mucho a la de Iciar Bollaín, que ha dicho:  “No considero que sea el papel del presidente de la academia mediar en una ley ni participar en su redacción”, y “Álex de la Iglesia en las últimas semanas ha estado representándose a sí mismo y no al colectivo que le votó”*.

Ah, si algún troll ya está pegado al teclado escribiendo un mensaje cagándose en mis muertos, le agradecería que se abstuviera y pasara a leer otro blog más de su agrado. Aquí estamos para dialogar, no para insultarnos.

Sigamos.

Pero no solo estoy a favor de la ley porque creo que protege mis derechos como creador. También estoy  a favor de la ley como internauta.

No es incompatible.

Una de las cosas que más me dejan pasmado de todo lo que se ha publicado recientemente sobre estos temas en la mayor parte de los medios, es como se ha aceptado como cierta la artificial división entre “internautas” y “creadores”. Cuando la realidad es que ahora mismo casi todos somos internautas. ¡Si hasta mi madre lo es, y tiene 70 años! Lo dice Savater en su artículo, “Dentro de unos años, decir “soy internauta” resultará tan raro como decir hoy “soy telefonista” porque se habla por el móvil”. Y yo más que raro, diría ridículo.

Pese a ello, ahí están todas esas asociaciones de “internautas” cuyos representantes se comportan como miembros de una secta esotérica perseguida, custodios de un conocimiento secreto, sin darse cuenta de que todo con quien se cruzan por la calle es ya un iniciado en su mismo credo.

Pero tampoco quiero caer en el error de meter a todos los “internautas” en el mismo saco. No piensan igual quienes defienden la idea de Internet como “ciudad sin ley”, que quienes justifican las descargas como alternativa a la ausencia de oferta legal en la red. Con los primeros es imposible el diálogo. Se trata de una cuestión ideológica. Son felices viviendo en Dodge City. Tratar de llegar a acuerdos con ellos sería tan absurdo como intentar que Mariano Rajoy y Gaspar Llamazares opinaran lo mismo sobre las privatizaciones de las empresas públicas. Pero con los segundos sí se puede hablar.

Aunque por “hablar” no me refiero a que se deba hablar con los representantes de las asociaciones de “internautas”. O no únicamente.

Porque ese segundo modelo de “internauta” es al que pertenecemos la mayoría.

Y sí, también la mayoría de los creadores.

Yo, como muchos creadores internautas, también descargo series y alguna película (nunca he descargado libros). No voy a ir ahora de santurrón ni a negar la realidad. Tengo mi propio “código descargador”, y solo me bajo cosas que no puedo conseguir de otra manera, como por Ej. la serie “Misfits”, que si bien está editada en DVD en Inglaterra, no lleva subtítulos en castellano. Pero no creáis solo que lo hago por un tema moral (que también). La verdad es que en la época de la alta definición, me toca las narices estar viendo cosas en casposos Divx pixelados casi siempre mal subtitulados. Es como volver al VHS. Me encantaría por descargarme los episodios de “Misfits” en HD y con buenos subtítulos. Y sí, pagaría por hacerlo. Como ya he pagado por Ej. por el primer CD de How to Destroy Angels (por poner el primer Ej. que me ha venido a la cabeza).

Si quiere sobrevivir, la industria debe “dialogar” con los internautas. O sea, con todos sus potenciales clientes. Entre los que por supuesto me incluyo.

Dado que ya puedes encontrar TODO lo que quieres gratis en la red… ¿por qué no ofrecerlo también de pago? La industria del audiovisual ha gastado fortunas en proyectos que no han llegado a ninguna parte (ahí están el Laser Disc, el Beta y el HD DVD para demostrarlo). ¿Por qué no invertirlas también en esto?

En algún momento hay que empezar a ampliar la oferta legal.

De hecho, ya está ocurriendo, y existen páginas como Filmin, que permiten descargar películas a precio razonable. Hasta puede hacerse desde hace poco con iTunes.

Estoy seguro de que dentro de poco tiempo, el segundo modelo de “internauta” ya no tendrá (o tendremos) motivos para la queja. Claro que habrá que ver entonces si realmente todo estamos dispuestos a pagar por lo que ahora se descarga gratuitamente. Bueno, gratuitamente tampoco. Previo pago de una conexión, un ordenador, un disco duro (o dos), etc. Pero ya me entendéis.

Sin embargo, esto solo va a ocurrir si existen leyes que permitan que ocurra.

Porque de momento… ¿qué precio puede superar el cero?

Manel Fontdevila lo explicó muy bien en este chiste de Público.es:

Ahí es donde más discrepamos “internautas” y creadores: en creer o no en la necesidad de la existencia de leyes que castiguen a quienes intenten hacer negocio sin contar con el permiso de los propietarios legales de los derechos de las películas, series, etc. que ofrecen.

Así que sí, estoy a favor de la “ley Sinde” como creador,  pero también lo estoy como internauta, porque quiero poder ver en condiciones las series que me interesan, cómo y cuando me parezca (algo que por cierto, no es un derecho, sino un deseo).

Y de no existir un marco legal que lo permita, eso jamás va a ocurrir.

2.

Para no seguir aburriéndoos repitiendo cosas que ya estaréis hartos de leer en otros lugares, dejo ahí la perorata y voy a contaros una batallita mía que creo que refleja bastante bien lo maniquea y absurda que es la artificial separación entre internautas y creadores.

En 1996, publiqué una miniserie de cómic de tres números junto al dibujante Luis Bustos llamada “Rayos y Centellas”. Desde hace años es imposible encontrarla. Pero hace unos días ha surgido la posibilidad de conseguir que esté disponible para iPad, Phone y Web. Y aunque nos han ofrecido hacerlo cobrando, al final Luis y yo hemos decidido que pueda descargarse gratuitamente. En este caso, preferimos tener más lectores a ganar unos duros. Y eso que yo voy a reescribir los diálogos, eliminando erratas y mejorando algunos detalles que nunca llegaron a convencerme, y Luis va a dibujar una nueva portada y a rotularlo entero de nuevo para que se lea mejor. Vamos, que no se va a tratar solamente de coger los tebeos antiguos, escanearlos y fuera, sino que intentaremos conseguir que realmente merezca la pena descargarlo, incluso aunque seas uno de los 700 compradores de los tebeos originales.

Por otra parte, ahora mismo estoy escribiendo una serie de cómic ilustrada por Tirso Cons que se llama “Le manoir des murmures” para una editorial francesa. De momento se han publicado los dos primeros álbumes y pronto saldrá el tercero y por ahora último. Y la serie no puede descargarse legalmente. Pero, como sospecharéis, puede encontrarse muy fácilmente en formato digital. Incluso, hace poco descubrimos que pese a no haberse editado aún en español (si en España, pero en Gallego), existe una versión rotulada en castellano.

Ante cosas así, es imposible no sentirse halagado. Pero también preocupado. Tengo un amigo, también guionista de cómic, que piensa que ese tipo de “homenajes” no nos restan ventas. Pero yo no estoy de acuerdo. Mi amigo tiene más o menos mi edad (ronda los 40) y pertenece a una generación de lectores de cómic que si bien descargan cómics como cualquiera, si algo les gusta de verdad prefieren tener una copia en papel. Y creo que ya son muchos los “descargadores” de cómic que no piensan ni mucho menos así. Al ser profesor hablo regularmente con mucha gente de entre 20 y 30 años, y la mayoría no tienen el más mínimo interés en tener una copia física de nada. Si lo tienen escaneado, ya lo “tienen”. Entonces, ¿para qué necesitan dos copias, aunque una de ellas en vez de espacio en una estantería ocupe solo memoria en un disco duro?

Lo malo de gustar tanto (y vaya si tienes que gustar para que alguien se tome la molestia de traducir y de rotular un álbum entero) es que te pueden matar de amor.

Probablemente no le ocurrirá a un superventas, pero “Le Manoir…”, aunque ha funcionado bien, se ha movido en unas cifras en las que la diferencia entre ser considerada un éxito o un fracaso pueden ser solo unos cientos de ejemplares.

Y en España, donde se mueven cifras mucho más modestas que en Francia, eso se nota bastante.

Que el editor considere que ha sido un éxito puede ser la diferencia entre que quiera o no que hagamos más cosas para ellos.

Para el que no lo sepa, aunque escribir un cómic puede llevar solo unos cuantos meses, y siempre puedes combinarlo con otros trabajos, si un dibujante quiere terminar un álbum en seis o siete meses (cosa que casi ninguno consigue), tiene que dedicarse a ello de forma exclusiva, empleando unas jornadas maratonianas que muchas veces incluyen fines de semana. Si pueden permitírselo es gracias al adelanto sobre los posibles beneficios que paga el editor según se van entregando las páginas. Un adelanto que normalmente suele ser bastante bajo. Supongo que a muchos les sorprenderá, pero la mayor parte de los dibujantes de cómic son poco más que mileuristas.  Y efectivamente, ese adelanto se hace a cuenta de unos futuros beneficios (como se paga siempre, podéis suponer que muchos proyectos acaban siendo deficitarios; los éxitos permiten los fracasos). Si esos beneficios no existen, se acabó. El dibujante tiene que buscarse otro trabajo. Y, si dibuja un álbum, será cada muchos años, aprovechando sus ratos libres. Eso, o base de vivir del sueldo de su pareja o de la generosidad de sus familiares, si tiene la suerte de contar con su apoyo  y estos son de posibles.

Antes no exageraba: el amor puede matar.

No estamos hablando de la desaparición de una industria, como en el caso de la musical, sino de una actividad (o de al menos varias de sus modalidades**). Si esto sigue así, la creatividad (insisto: me refiero a la que exige mucho tiempo y recursos y solo puede generar beneficios mediante la venta del producto final) será algo exclusivo de mantenidos, ricos herederos y kamikazes a los que no les importe vivir debajo de un puente. O de autores de fin de semana que se lo tomaran como un hobbie. Eso, o que de pronto las compañías de telefonía pasen a ser productores de contenidos. Pero de momento esa posibilidad la veo aún muy lejos.

De manera que, si queremos que nos sigan entreteniendo como hasta ahora -sobre todo teniendo en cuenta que los productos del gusto mayoritario son precisamente los más industriales, como “Le manoir…”, no los de autor-, guste o no, no habrá más remedio que pagar* *  *.

Resumiendo esta segunda parte un poco caótica: se puede ser a la vez un “internauta” que difunde un tebeo de forma gratuitamente a través de Internet, y un “creador” que quiere poder controlar la difusión en la red de su obra (siempre entendiendo “internautas” y “creadores” en el sentido excluyente con lo que lo utilizan la mayor parte de los medios, no en el real).

Otra vez: no es incompatible.

Si en vez de en Madrid viviera en Marinaleda, y la guardería de mi hija costara 15 euros en vez de 400, a lo mejor no me importaría regalar todo mi trabajo. Pero si no lo hace ningún otro trabajador, no sé a cuento de qué tenemos que hacerlo los guionistas, directores, fotógrafos, novelistas, etc.

En todo caso, lo importante es que, elija una cosa u otra, quiero elegirla yo. De acuerdo a mis propias razones. No que la elijan otros por mí.

Porque cuando algo se “regala” por obligación, no se llama regalo…

…se llama robo.

*No tiene nada que ver con esto, pero como ya dije el año pasado respecto a su discurso de los Goya, lo que más me revienta del Alex “presidente” de la Iglesia es ese empeño que tiene en agachar la cabeza y pedir disculpas. ¿Alguien se imagina al equivalente norteamericano de Alex de la Iglesia abriendo la gala de los Oscar diciendo: “ya, ya sé que dijimos que el remake de “Tron” iba a ser el nuevo Avatar, pero nos equivocamos. Y sí, “El Príncipe de Persia” no funcionó tan bien como esperábamos… lo sentimos, de verdad, os hemos fallado”.

**Hace años ya se decía que “la piratería mata la música”. Pero no, mata la industria musical.  Cosa de por sí bastante triste, por muy mejorable que ésta sea. Al fin y al cabo los músicos pueden ganarse la vida con los directos. Los discos, gratis, y luego las entradas de los conciertos a 60 euros. ¡Que pena que los guionistas no podamos ir por los estadios recitando nuestros guiones! ¿Os imagináis? “Ejem…a ver… Interior noche, Comisaría, Pedro está sentado delante de…”.

***Hace poco leí no sé dónde a alguien defendiendo las descargas porque así era como conseguía el cine mudo que le interesaba. Pero seamos sinceros, la mayor parte de la gente no se descarga clásicos inéditos, sino “Avatar”. Y de “Avatar”, además de sus creadores y sus productores, viven distribuidores, exhibidores, etc. ¡Ojalá todo el problema fuera la gente que se descarga cine mudo inédito!


TRES BUENAS NOTICIAS

8 noviembre, 2010

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Chicos, tal vez sea un iluso pero… las últimas semanas me han hecho ser algo optimista sobre el futuro de las series televisivas en nuestro país. Por tres motivos.

Estoy seguro de que todos conocéis uno de ellos.

Hispania

Una serie muy sólida, con una factura técnica sin apenas precedentes en la televisión de nuestro país, bien escrita, bien interpretada y creíble. Uno de sus mayores méritos, en mi opinión, no se ha destacado suficientemente: “Hispania” es épica y… funciona. La ficción en nuestro país (y no hablo sólo de la televisiva) ha sido, en general, cómica o, como mucho, de tono realista, costumbrista. No recuerdo otro caso reciente de película o serie en la que los personajes lucharan por algo grande, por unos ideales colectivos de manera seria y verosímil. Nuestra ficción, tal vez por un exceso de épica nacionalista vivida durante los años de la Dictadura franquista, tal vez por seguir una tradición algo cínica, había sido en los últimos tiempos incapaz de contar una historia épica. Los escasos intentos realizados se enmascaraban tras exaltaciones poéticas del fracaso (“Alatriste”) o revisiones poco preocupadas por la fidelidad histórica pasadas por el filtro de la comedia costumbrista y el cómic (“Águila Roja”). En ese sentido, “Hispania” no es sólo una serie de éxito, no es sólo el fenómeno de la temporada, sino que abre para nuestra ficción un terreno inexplorado durante muchos años. Parte del mérito de la serie de Bambú para Antena 3 es que, precisamente por adentrarse en un terreno casi virgen, se ha visto obligada a establecer las normas, a crear un universo por el que transitarán (sin duda) muchas series a partir de ahora. Me explico: los guionistas, sus directores, actores… han tenido que establecer cómo hablan esos personajes, hasta qué punto son necesarios los arcaísmos en el lenguaje, hasta qué punto deben ser fieles a la historia documentada, hasta dónde pueden llegar los escotes de las actrices… Los actores (y quienes les dirigen) han debido establecer hasta qué punto deben expresarse con el tono natural con el que acostumbran a hablar y hasta qué punto usar el tono sin acentos y ceremonioso que casi inconscientemente asociamos con aquella época…

Ojo, evidentemente, como cualquier espectador, tengo unas cuantas reservas sobre la serie (en mi caso, me gustaría que el tono épico se aliviara de vez en cuando, que hubiera algún momento de menor exaltación dramática, que nos permitiera ver la vida cotidiana de esos pueblos, y las relaciones entre sus personajes) pero, como incluso sus máximos responsables han escrito aquí, en Bloguionistas, todos sabemos que no se trata de una serie perfecta, sino de lo mejor que han sido capaces de hacer. Y, en mi opinión, desde luego, lo que han conseguido ha sido mucho. Muchísimo.

En definitiva, en mi opinión, lo mejor de “Hispania” no es sólo que sea una estupenda serie, sino que, además, abre el camino por el que podrán transitar muchas más, y ójala sean tan buenas como esta.

Al menos para mí, la segunda buena noticia de estas semanas ha sido…

Museo Coconut

La primera sitcom de los “Chanantes” fue estrenada el lunes pasado en Antena Neox. Así como la acogida de “Hispania” ha sido casi unánimente positiva, “Museo Coconut” ha recibido una respuesta mucho más tibia. Las críticas más duras han llegado, en una aparente paradoja, de quienes se dicen “grandes fans” de los “Chanantes”. Se produce aquí algo parecido al síndrome del fan de los grupos independientes que comienza a despreciar a su banda antes favorita porque ha fichado por una multinacional y comienza a vender muchos más discos: los supuestos fans son más cerradis que los propios artistas y se desesperan porque en “Museo Coconut” no existe la sección Celebrities, no sale Enjuto Mojamuto o dejan de repetirse algunas frases emblemáticas de anteriores programas. Afortunadamente, los “Chanantes” son más flexibles que muchos de sus fans. Sin ser una serie perfecta (no creo que exista tal cosa, por cierto) “Museo Coconut” es una sitcom que dura lo que debe durar una sitcom, basada en personajes claramente definidos y que, en mi opinión, mezcla adecuadamente el humor surrealista de los Chanantes con las exigencias de una trama (en la que existe, evidentemente, menor libertad que una sucesión de sketches).

Es cierto que las risas (grabadas en directo, no enlatadas) resultan algo exageradas y molestas (aunque uno no tarda demasiado en acostumbrarse a ellas) y que visualmente es una serie poco atractiva, pero opino que no está, en tampoco en estos aspectos, demasiado lejos de series internacionales como “The IT Crowd”. Precisamente me parece que “Museo Coconut” comparte con esta serie británica un envoltorio de sitcom clásica (casi antigua) y unos contenidos surrealistas y subversivos.

Justo lo contrario es lo que consigue la tercera buena noticia de estas semanas:

¿Qué fue de Jorge Sanz?

He podido ver la serie completa en un pase previo a la emisión, que empieza este viernes 12, en Digital + (después, para los no abonados, estará disponible en la web de la cadena y en DVD).

Como ha dicho repetidamente el propio creador de “¿QFDJS?” (abrevio así a partir de ahora), David Trueba, la referencia de su serie es clara: “Curb your enthusiasm” de Larry David, es decir, una serie en la que la realidad y la ficción se entrelazan, en la que los géneros (cómico y dramático) se mezclan. No hay aquí risas grabadas, no hay un solo plató, tampoco un travelling o una steady… pero, también paradójicamente, hay imágenes apenas vistas en nuestras series: conversaciones en la cabina de un tren AVE a toda velocidad, paseos por la playa de Barcelona, hasta un accidentado rodaje en Guatemala… Todo parecen grabaciones domésticas del viaje de Jorge Sanz, un héroe imperturbable, hacia la miseria, o, por ser algo menos dramático, hacia esa miseria que es para un actor el olvido.

La serie está llena de actores y famosos interpretándose a si mismos: Santiago Segura y Juan Luis Galiardo, antológicos en un no menos antológico episodio dedicado a los Premios Goya, Antonio Resines, Juan Diego Botto… todos ellos aceptaron aparecer en la serie riéndose de sí mismos, o, más precisamente, de la imagen que proyectan.

Resulta curioso, pero también lógico, que la renovación formal de la comedia televisiva, la llegada a nuestra televisión de este “look pseudodocumental” y este tono agridulce (que tiene también mucho que ver con el de series británicas como “Extras” o “The Office” de Ricky Gervais) vengan de la mano de un director y guionista procedente, sobre todo, del mundo del cine.

“¿QFDJS?”  no es la serie para los espectadores que esperan una ficción de evasión, llena de chistes o supuestamente sorprendentes giros de guión. Al contrario que casi toda la ficción televisiva realizada en nuestro país, la serie dirigida por David Trueba quiere parecerse a la vida, a eso que ocurre fuera de los platós, y tal vez, precisamente por ello, narra la historia de alguien que apenas sabe vivir fuera de ellos.

Lo mejor de estas tres series es que, como decía en el caso de “Hispania”, abren tres nuevos caminos, casi inexplorados, a la ficción televisiva. Tres tonos que, por fin, no tienen que ver con la dramedia pseudocostumbrista a la que estamos acostumbrados. No es casualidad que ninguna de estas tres series proceda de las grandes productoras surgidas a partir de la llegada de las televisiones privadas. Tampoco que dos de ellas, las dos comedias, orientadas a públicos menos amplios, procedan de cadenas que, hasta ahora, no habían apostado por la producción propia: Antena Neox y Digital Plus. ¿Estamos por fin ante la llegada de series más específicas, para un público más definido? Yo diría que sí. Pienso que, por fin, después de una larga espera, creo los tiempos están cambiando. Para bien.

(La semana que viene, Análisis del guión de “La Red Social” dirigida por David Fincher, escrita por Aaron Sorkin)


UN CASO RARO

15 marzo, 2010

Por Daniel Castro, Guionista en Chamberí

En 2004, un periodista sevillano publica su primera novela. El tipo tiene casi cincuenta años y ha trabajado en varios periódicos locales, incluso ha sido redactor jefe de uno de ellos. La novela tiene cierto éxito pero no se convierte, ni mucho menos, en un éxito de ventas. Pese a ganar un premio del que yo nunca había oído hablar, sólo logra vender la mitad de la tirada.

Sin embargo, a pesar de lo moderado de su éxito, varias productoras de cine se interesan por la obra. Por fin, una hace una oferta seria para comprar los derechos. El escritor firma. La productora encarga la adaptación al guionista más prestigioso del país y ofrece la dirección a un realizador no especialmente famoso, pero sí competente. Se reúne un reparto de actores sólidos aunque a priori no excesivamente atractivos para la taquilla. Una televisión privada contribuye a financiar el proyecto que, a pesar de todo, no tiene un presupuesto demasiado alto. La película, grabada en vídeo de alta definición, es seleccionada por el festival de Venecia.

Después de una estupenda carrera comercial, ayudada por unas entusiastas críticas y, sobre todo por la transmisión “boca a boca”, la película gana en las principales categorías de los Premios Goya.

A estas alturas todos sabéis que los tres párrafos anteriores hablan sobre el recorrido de la película “Celda 211”, dirigida por Daniel Monzón, basada en la novela de Francisco Pérez Gandul, adaptada por el director y  Jorge Guerricaecheverría.

Sin conocer el caso directamente, diría que el proceso de producción de esta película es el propio de una industria cinematográfica. Tal vez por ello resulta algo raro en nuestro país.

En el caso de “Celda 211” todo empezó con la historia, en este caso una novela. Pero aquí no suele ser exactamente así.

En nuestro país, los proyectos se construyen basándose más en el nombre del director (normalmente también guionista) que los impulsa que en la historia que éste pretende contar en esta ocasión.

Una productora decide apoyar el nuevo trabajo de Amenábar, Santiago Amodeo o Bigas Luna. Ellos tienen un prestigio, un sello de fábrica, que se hará patente en cualquier historia que lleven a la pantalla.

Este sistema de producción, basado en el llamado “cine de autor”, elimina en la práctica la figura del guionista profesional de cine, ya que el director suele asumir esta función también. En todo caso, podríamos decir que en nuestro cine existe el coguionista profesional, es decir, el guionista contratado para ayudar al director a contar su historia.

Esta escasez de trabajo explica que haya muy pocos guionistas en España que se dediquen casi en exclusiva a trabajar en el cine (Guerricaecheverría es uno de ellos). El motivo: los guionistas tenemos la mala costumbre de comer, por lo menos, tres veces al día. Para ello tenemos que trabajar en series de televisión, un lugar en el que sí se considera que el trabajo de guionista es imprescindible.

Sin embargo, la figura del guionista no es la única damnificada por la apuesta por el cine de autor. Paradójicamente, este sistema acaba también con algunas de las características esenciales del productor de cine.

Al confiar tanto en el talento del director-autor, el guión se analiza y rescribe (caso de hacerse) de manera muy laxa. Es lógico. ¿Cómo saber de antemano si esta secuencia de los baños en el balneario con música de Wagner de fondo será maravillosa o… simplemente un dislate que va a costar mucha pasta? Muchas de las mejores secuencias del cine de autor no son estrictamente necesarias para que la trama avance y, por lo tanto, a duras penas resistirían el severo dictamen de un manual de guión y… tal vez precisamente en ello resida su magia.

Como nuestro productor lleva a la pantalla las obras de directores autores, renuncia también a buscar historias para ellos, ya que sabe que sus directores apenas ruedan historias ajenas.

Sabiendo que las televisiones y los jurados ministeriales apoyan a los nombres consagrados, el productor tampoco recorre los festivales de cortometrajes en busca de nuevos talentos, ya que sabe que resultaría muy difícil financiar una película escrita o dirigida por noveles.

Es decir, el modelo del cine de autor, que ha acarreado consecuencias muy positivas (gran libertad creativa y originalidad, por ejemplo, nacimiento en los últimos años de autores únicos como Almodóvar, Amenábar, Medem y muchos otros) limita la capacidad de los productores de realizar su trabajo de manera más creativa. Pasan pues a dedicarse sobre todo a recibir ideas de los directores – autores que se las presentan y a decidir, basándose sobre todo en las posibilidades de financiarlas o no, si las impulsan o no.

No pienso que haya que descartar completamente el modelo de cine de autor, que ha dado frutos muy valiosos, pero sí me gustaría que ejemplos de funcionamiento “industrial” como el de “Celda 211” no fueran tan excepcionales en nuestro país.

En este caso, fueron los productores quienes, entendiendo su trabajo de una forma más activa, encontraron una novela que les parecía atractiva y trataron de llevarla a la gran pantalla con el mejor equipo posible. Desde luego, opino que hicieron un buen trabajo.


ME GUSTAN LOS OMBLIGOS

23 febrero, 2010

Esta semana, la actualidad me ha obligado a interrumpir la programación habitual. “A veces olvido que…” volverá la semana que viene.

El texto siguiente lo he escrito en respuesta a este “post”.

Pues no, Chico Santamano, el discurso de Álex de la Iglesia no “ha puesto de acuerdo a toda la profesión”.

Entiendo que estos discursos son como son. La propia naturaleza del discurso/soflama hace inevitable que no pase de ser una lista de buenos deseos en su mayor parte irrealizables, como bien sabemos quienes trabajamos en esto. Una suma de abstracciones con las que resulta sencillo estar de acuerdo pero que no tienen traslación práctica (claro que hay que hacer mejores películas… y también acabar con el hambre del mundo). Estos discursos son, por utilizar un símil guionístico, como un mal tratamiento, lleno de párrafos que no sirven para nada a la hora de escribir un guión porque no pueden transformarse en acciones que puedan interpretar los actores.

Visto así, es un discurso que tiene tanto valor como el de un político en el mitin de cierre de su campaña electoral. O el de un general enalteciendo a sus tropas antes de la batalla (efectivamente… “¡fuerza y honor!”). El discurso puede ser cojonudo. Pero eso no quiere decir que todos los soldados que lo han vitoreado no vayan a morir cuando entren en combate.

Pero todo esto no importa. Ya digo que creo que es inevitable, y en su esencia el de Álex de la Iglesia no se diferencia de otros escuchados en años anteriores.

Y lo que es obvio es que ha sido un discurso útil y adecuado en los tiempos que corren, al menos si nos creemos todo lo que ha publicado y dicho en los días posteriores a la gala.

De pronto (¡aleluya!) por Ej. El País nos vuelve a querer.

Somos como el alcohólico al que la familia permite volver a casa después de reconocer que es un borracho en su primera reunión de Alcohólicos Anónimos.

Sólo que nosotros nunca hemos “bebido”. Al menos no la mayoría. Que sería lo único que justificaría la entonación del “mea culpa” colectivo.

Entiendo el objetivo. Y lo comparto. De verdad. El cine español tiene muy mala imagen y es urgente cambiarla si queremos sobrevivir como industria. Pero hacerlo interpretando el papel de “pecador arrepentido” me parece que está un tanto fuera de lugar.

Como hace mi perra cuando la regaño por pegar ladridos cuando no debe, el “cine” ha agachado la cabeza, se ha metido el rabo entre las piernas y poniendo ojitos, ha pedido perdón al tiempo que mira a sus “dueños” con cara de bueno para que no deje de alimentarle y de sacarle a dar sus paseos.

¿Pero perdón por qué?

¿A cuento de qué hay que pedir perdón?

¿Por tirarnos dos años trabajando en una película que luego no va a ver nadie?

Pues parece que sí.

Dice Álex de la iglesia que “tenemos que pedir perdón por haber fallado muchas veces”.

Claro hombre, perdón por no haber sabido hacer siempre películas que hagan una buena taquilla, perdón por no haber sido lo suficientemente listos como para forrarnos. Como si no todos los que estamos en esto no quisiéramos hacer películas que dieran beneficios. Como si no tuviéramos que ganarnos la vida como todo el mundo. Como si nuestros productores fueran ONGs. Como si cualquier otro empresario de cualquier otro sector tuviera que disculparse cuando su negocio (que como el nuestro, también se beneficia de ayudas públicas), no rinde como debiera.

Aún así, admito que puedo estar interpretándolo erróneamente.

Un buen amigo me decía en un mail: “La realidad es que el discurso de Álex funcionó. Surtió el efecto que él esperaba, llegó a los espectadores y fue escuchado. Es indudable que desde el punto de vista dramático y de la narración funcionó muy bien. Hay algo de toda esa noche, incluido el final feliz con Almodóvar, que la convirtió en el relato que en este momento la gente necesita o espera de nosotros, de alguien en esta sociedad vociferante. Les gustó ver gente que habla, que se baja del pedestal, gente que se pone de acuerdo y avanza y es generosa y comparte. Eso es lo que transmitimos como colectivo el domingo y a los que lo vieron les entusiasmó. No es desdeñable ese resultado. Hay crisis, hay malas noticias sobre la economía, la política, pero nosotros como colectivo dimos un ejemplo moral de ejemplo entusiasmante. Arrimamos el hombro. Y eso es con lo que la gente se ha quedado. Paz y armonía. Proximidad. Por eso, el discurso de Álex no fue analizado en los términos de autohumillación en los que has entendido. Al contrario. La estructura sugiere otra cosa: primero soy humilde, para luego sacar pecho y acabar diciendo somos buenos, somos los mejores, contad con nosotros. La gente lo aceptó y más con el tono general de la gala, que iba bien encarrilada”.

Ya digo que lo mismo me estoy equivocando.

Pero luego está la insistencia que “nos miramos mucho el ombligo”.

Eso sí que me temo que no lo he malinterpretado.

Y es mentira.

Porque mí y a muchos otros ya nos gustaría poder mirarnos más el ombligo y contar las historias que nos diera la gana como nos pareciera. Pero como bien sabe Álex de la Iglesia, este negocio no funciona así. Los guionistas –y también la mayor parte de los directores, salvo unos pocos privilegiados-, trabajamos para unos señores que se llaman productores que a su vez dependen del dinero de unos canales de televisión que son en última instancia quienes deciden qué cine se rueda en España. Qué proyectos, de entre los cientos de propuestas que reciben todos los años en sus oficinas, llegan a hacerse realidad. Desde luego hay películas, muy pequeñas, casi siempre autofinanciadas por locos heroicos, kamikazes de la creación, que se hacen simplemente porque a sus autores se les pone en las narices. Pero son las menos. Y desde luego no son en las que piensa el público mayoritario cuando se refiere a esa cosa amorfa que llamamos “cine español”. Más que nada porque ni siquiera suelen saber que existen.

Nosotros, el grueso de la tropa del cine, no nos miramos el ombligo.

No podemos.

Lo paradójico del asunto es que sin embargo lo que más nos gusta como espectadores es mirar los ombligos de otros creadores. Ser partícipes durante dos horas de su peculiar manera de entender el mundo y las historias.

No hay cosa mejor que perderse en un ombligo, aunque a veces tenga pelusas.

Por eso, no sé…  a lo mejor lo que hay que hacer… la manera de que hagamos mejores películas, películas interesantes, y no productos anodinos que en realidad deberían ir directamente al DVD o a las teles, es justo lo contrario a lo que sugiere de la Iglesia y mirarse más el ombligo.

Y confiar en que sea un ombligo interesante que otros quieran mirar con nosotros. Como han hecho y hacen todos los creadores que nos gustan.

James Cameron se mira el ombligo.

Y Fernando León.

Y Woody Allen.

Y George Lucas.

Y Aki Kaurismaki.

Y Kathryn Bygelow.

Y Michael Haneke.

Y… (insertad aquí el nombre de vuestro director preferido).

En el acto de contrición del presidente de la academia va implícito que si de verdad nos esforzáramos, seríamos capaces de darle al público lo que quiere.

Pero pensar a priori en el “público” es absurdo. Porque “el público”, como bien saben todos esos productores que se han arruinado intentando ganárselo, no quiere nada en concreto. O al menos no quiere nada que nosotros podamos anticipar que va a querer cuando se lo ofrezcamos. Si fuera así, si se supiera, todos seríamos millonarios. Y jamás fracasaríamos. Porque, lo repito, nadie quiere fracasar.

El público no puede querer ver Spanish Movie, Celda 211 y Agora a la vez.

Puede querer ver las películas “que suenan”, que se promocionan, de las que se habla y debido a ello llaman su atención, pero no se levanta un día y dice “quiero ver un thriller carcelario, un peplum  sobre Hipatia y… ya lo sé… una parodia de los últimos éxitos del cine español”.

Es imposible. Está claro que son películas que no tienen nada que ver entre sí. Cada una ha sido un éxito por razones únicas, a veces opuestas, me temo que siempre inimitables (bueno, salvo que probablemente habrá una Spanish Movie 2…).

Que este año pasado haya habido algunas películas que han funcionado bien no significa un cambio de tendencia en el cine español. Ha sido una casualidad que puede que se repita… o no. Y por la que no es lícito colgarse medallas. Casi todas las películas que han hecho taquilla en el 2009 son el resultado de iniciativas que llevaban varios años intentando cuajar hasta que por fin consiguieron encontrar financiación. Y en muchos casos son el resultado claro de mirarse el ombligo.

Como tiene que ser.

Pero no hay un plan.

No puede haberlo.

Lo que no quiere decir que de pronto todos nos convirtamos en Bergman y empecemos a escribir cine denso de interiores y personalidades torturadas (cosa que tampoco tiene nada de malo). No, la mayoría queremos escribir películas de terror, comedias… Queremos escribir lo mismo que nos gusta ver. Pero por favor, no subnormalizemos el material pensando que eso es lo que quiere “el público”. Ese público que ha convertido a una película tan atípica como Agora en un éxito. Y digo atípica porque, como explicó muy bien el Guionista Hastiado en esta entrada de su blog, funciona casi mejor como documental histórico-científico ficcionalizado que como drama. Podría decirse que es una película más de ideas que de personajes.

Y sí, “¡Fuerza y honor!”. Pero que yo sepa los gladiadores no salían a la arena del circo con la cabeza gacha y pidiendo perdón.

Aunque a lo mejor no he entendido nada.

Porque aunque mi perra mete el rabo entre las piernas cuando la regaño… luego hace siempre lo que le da la gana. Se niega a dejar de ser quién es y a vivir con miedo.

Quizá eso es lo que está haciendo Álex de la Iglesia.

Y por lo poco que he visto de su nueva película parece que es así. Se llama Balada triste de trompeta y es “una cinta ambientada en un circo durante la Guerra Civil española y en los años previos a la Transición. Una película sobre el circo en España en los años 70”.

Sin duda alguna, se trata de la película que “el público” está deseando ver.

¡Ejem!

En una entrevista concedida a los pocos días de empezar el rodaje Álex decía que en ella estaban todas sus obsesiones. Y me da que no mentía. Creo que hay payasos mutilados, chicas cañón y bastante violencia. Además, una de las escenas que ya se han rodado recrea el asesinato de Carrero Blanco. Ya sabéis, ese acontecimiento de la historia reciente que tan bien conoce el público juvenil de los multicines.

Y ah, el protagonista es el gran Carlos Areces… un galán cuya foto ilustra las carpetas de todas las fans de las series de televisión.

O más bien…

…va a ser que ni una cosa ni la otra.

Ya veis por donde voy, ¿no?

¿Seguro que Álex está convencido que con esta idea va a rodar la película más comercial que podría dirigir en este momento?

¿O sencillamente está rodando la que más le apetece, lo que más le pone dirigir ahora mismo?

No será…

…¿que se está mirando el ombligo?

Si es así, y no estoy imaginándome cosas, sería una buena razón para congratularse. Notición: Álex de la Iglesia vuelve a mirarse el ombligo. Como en Acción mutante, como en El día de la bestia, como en Muertos de risa.

Porque creo que a veces olvidamos que Álex de la Iglesia es con diferencia el director de cine español que más ha influido a buena parte de mi generación (a los que más o menos tenemos su edad) y seguramente también a la inmediatamente posterior.

Ni Buñuel, ni Berlanga, ni Almodóvar.

De la Iglesia.

Y lo logró mirándose el ombligo. Porque su ombligo no tenía nada que ver con el de la mayor parte de los directores que también estaban rodando en aquel momento.

Recuerdo perfectamente el impacto que me supuso ver primero Acción Mutante (¡con chistes de Pumby! ¡y naves espaciales!) y después El día de la bestia (¡nada menos que una historia satánica ambientada en Madrid!). A muchos nos mostró un camino a seguir por el que quizá no nos habríamos aventurado de no existir sus películas. Nos hizo pensar que quizá podíamos encontrar nuestro propio hueco en el cine español. Que si él lo había hecho, al menos nosotros podíamos intentarlo. Y lo consiguió contando historias que nadie más había intentado contar hasta ese momento. Y mucho menos de esa manera, trufadas de bromas referenciales que a mis padres les sonaban a chino (bueno, a mis padres, y también a muchos de mis amigos). Su primera película creo recordar que fue un relativo fracaso, la segunda un gran éxito. Pero sospecho que tanto Álex como su coguionista, Jorge Guerricaechevarría, se “limitaron” en ambos casos a intentar hacer las películas que les apetecían, sin pensar en ese público mayoritario que probablemente no iba a entender nada de lo que estaban haciendo (por cierto, Acción Mutante fue producida por otro gran “ombliguista”, Pedro Almodóvar, que ya había demostrado un par de décadas antes que a veces el camino al éxito mayoritario pasa por pensar sobre todo en agradar al único espectador cuyo criterio conoces bien y compartes al 100%: tú mismo).

A mí no me interesa el de la Iglesia que rueda con eficiencia un encargo como Los crímenes de Oxford (por mucho que la haga hasta cierto punto suya), me interesa el creador de historias tronadas, que sueña con diseñar cicatrices imposibles a lo Jonah Hex para desfigurar a sus protagonistas y que vive en un mundo en el que las rubias esculturales tienen algo más que decirle a un gordito con cara de buena persona que los buenos días…

Sí Álex de la Iglesia está volviendo a mirarse el ombligo, yo quiero mirarlo con él. Es más, pagaré por hacerlo.

Eso sí, que no nos riña a los demás porque soñemos con poder hacerlo también algún día.

Y, para terminar, un recuerdo de que algunas cosas nunca cambian (seguimos mendigando afecto y dinero):


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