ESCRITOR: INSTRUCCIONES DE USO

6 abril, 2016
wonderboys

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Querido lector: es probable que la idea de mantener relaciones con un escritor le resulte atractiva, incluso apasionante. Parece ser que el antaño sagrado oficio de la escritura conserva cierto eco de glamour heredado de otros tiempos, un aura que aún pervive del mismo modo en que pervive el coxis en el esqueleto humano: recuerdo inútil del mono que un día fuimos.

Sirva pues este texto a modo de advertencia.

Si aún no ha estrechado usted lazos con ninguna de esas sabandijas, está a tiempo de huir. Alternar con guionistas, literatos y gente de mal vivir no hará su vida más interesante sino, en el mejor de los casos, más molesta.

No nos referimos únicamente a la avalancha de eventos de Facebook, invitaciones ponzoñosas a microteatros, presentaciones de libros o proyecciones en el Matadero de películas cuyo presupuesto asciende a la mitad de lo que a usted le cuesta la entrada, que a su vez es el triple de lo que su amigo escritor cobró por escribirlas.

No se deje engañar por el título del post. No son éstas unas instrucciones al uso sino más bien un muestrario de razones por las que conviene evitar a estos extraños seres llamados escritores.

Por su propio bien de usted y por el propio bien de ellos mismos.

Aún no entendemos por qué no se recluye a los escritores en reservas naturales como hacen con los indios o con los leopardos. Hoy por hoy, los que fusilan a los unos son los mismos que fusilan a los otros.

De hecho la comparación con felinos no anda del todo desatinada. Si tiene usted la mala fortuna de compartir techo con un escritor descubrirá que es casi, casi como convivir con un gato, salvo por el hecho de que en vez de depositar su mierda en un cajón de arena la depositan sobre un taco de folios.

Si a pesar de todo lo dicho sigue usted en sus trece, si hace gala de ese masoquismo que caracteriza a la insensata especie humana, confiamos en que la información que ofrecemos a continuación le resulte de cierta utilidad:

En ciertas ocasiones la casa del escritor es también su lugar de trabajo.

Da igual si su escritor es guionista, novelista o poeta: Más de la mitad de sus obligaciones laborales las va a desempeñar en casa y en bares.

Eso usted ya lo sabe, pero no lo entiende. Si lo entendiese no importunaría a su amigo juntaletras cada veinte minutos para contarle trivialidades o pedirle favores estúpidos como firmar esa página de Change.org a favor de que los watusis cobren más que él o hacerle bajar a la calle a comprar no sé qué.

Si se fundase un país basado en el poco respeto que se le tiene a la gente que trabaja en casa, su himno nacional sería el pitido del Whatsapp sonando cada cinco segundos.

Quien escribe estas letras confiesa que de un tiempo a esta parte, cuando alguien le asalta en horario laboral, en lugar de contestar “Estoy trabajando“, contesta “Estoy EN EL TRABAJO“. De esa manera el interlocutor imagina al escritor sentado en una oficina y sometido a la mirada inquisitiva de un jefe. Proyectar esa imagen es muy útil para que le dejen a uno en paz. Del mismo modo en que en los atentados terroristas hay “muertos de primera” y “muertos de segunda”, en la concepción judeocristiana del mundo laboral hay “currantes de primera” y “currantes de segunda”.

Si usted trabaja en casa se le considerará un “currante de segunda”. La sociedad no está preparada para asimilar el hecho de que un ser humano pueda rendir en pijama con la cabeza bien alta. El ciudadano de a pie no concibe que en ocasiones el “currito estándar”, encerrado en una oficina, pasa las horas muertas perdiendo el tiempo en internet sin hacer nada útil mientras el “currito que se gana el pan desde casa” aporrea el teclado contrarreloj para poder entregar a tiempo lo que le han pedido.

El escritor fingirá sufrir más de lo que sufre.

Se trata quizás de otro síntoma de esa cosmogonía judeocristiana que define nuestro sistema de valores. Parece ser que seguimos pagando a plazos aquel mordisquito a la manzana prohibida de nuestros ancestros, o aquel escarceo que tuvo Caín con el gilipollas de Abel.

De un modo u otro, nuestra civilización concibe el trabajo como una condena bíblica. Si usted no lo pasa mal cuando trabaja, es como si no estuviera trabajando. Un trabajo disfrutado es un trabajo que no puntúa, un gol marcado en fuera de juego. El hecho de que usted funcione mejor y sea más productivo cuando disfruta de lo que hace resulta casi insultante. Sus padres y sus abuelos no se partieron la espalda para que usted cometa la desfachatez de ser feliz.

Es por ello que la mayoría de los escritores tienden a resaltar los aspectos negativos de su trabajo. Si usted los escucha durante más de dos minutos se llevará la impresión de que la escritura profesional es una tortura china.

No seremos nosotros quienes desmintamos ese mito, o al menos no lo negaremos de manera tajante. En el mundo de la escritura ocurre con la tortura china lo mismo que con la tinta china: que “haberla haila“, pero ni la hay en todas partes ni llega la sangre – ni la tinta – al río.

Si su amigo escritor se queja constantemente de los ultrajes a los que está siendo sometido, de las horas extra, de los marrones imprevistos de última hora… no se alarme: Es probable que, a pesar de las apariencias, esté usted interaccionando con una persona que, contra todo pronóstico, está incluso contenta.

¿Por qué exagera el escritor su sufrimiento? Porque sabe que la sociedad jamás le perdonará por dedicarse a algo que le gusta. Necesita justificar una dosis aceptable de sufrimiento para que el Ministerio de Valles de Lágrimas le convalide las horas de trabajo.

También se han registrado casos de escritores que se quejan DE TODO porque algún imbécil les ha dicho que para dedicarse a la escritura hay que ser inteligente, y porque alguien más imbécil todavía les ha dicho que resultarán más inteligentes si se quejan por todo.

El hecho de que un escritor esté delante suyo no implica que esté realmente allí.

Asúmalo cuanto antes: Si un escritor está “en racha”, es casi como si no estuviera. Oirá lo que usted le diga, pero no escuchará. Contestará con monosílabos. En ciertas ocasiones dará un manotazo en el aire mascullando: “Ahora no“.

No se alarme, es normal. El muy imbécil se halla en algo parecido a un trance.

¿Ha oído usted hablar de las bitcoins? Se trata de una divisa ciberespacial, una moneda digital con la que se pueden hacer transacciones reales. La esencia de las bitcoins es muy sencilla: Del mismo modo en que un billete de 20 euros posee dicho valor porque representa – en teoría – a una cierta cantidad de metales preciosos almacenados en un lugar seguro, el valor de una bitcoin se basa en que alguien la ha encontrado dentro de una jungla de caos matemático invirtiendo en ello cierta cantidad de energía y recursos (memoria, capacidad de procesamiento ) de un ordenador que podría estar siendo útil en otros menesteres.

Pues bien, debe usted ser consciente de que la mente de un escritor es como uno de esos ordenadores cuyo dueño ha decidido que: “En lugar de dedicar toda la potencia de esta máquina a tareas mundanas como usar el Word o chequear el mail, la voy a destinar a generar bitcoins.

El funcionamiento de la mente del escritor, ya sea éste guionista o payaso bohemio con ínfulas, se asemeja al de un ordenador consagrado a generar bitcoins, aunque en el caso del escritor, el objetivo es más bien lo que conocemos como: generar ideas.

Muchas ideas.

Tropecientas ideas por día.

Y en ocasiones la gestación de las ideas más brillantes no es sólo producto de los procesos mentales conscientes – que constituyen un porcentaje ínfimo de lo que se cuece en el cerebro de una persona – sino que exigen también los aportes de la parte inconsciente, e incluso de esas otras neuronas que en circunstancias normales se ocuparían de regular asuntos extremadamente básicos, como los movimientos instestinales.

No es pues de extrañar que cuando un escritor se encuentra en horas de trabajo alcance ese estado de concentración de “generar bitcoins” y se muestre callado y taciturno mientras usted, ajeno a sus circunstancias, intenta interactuar con dicho individuo como si vibrase en su misma dimensión.

Insistimos, a riesgo de resultar cansinos: Cuando un escritor trabaja es una máquina que genera bitcoins. Si tenemos en cuenta que un escritor rara vez deja de trabajar durante las 24 horas del día, obtenemos como resultado un oligofrénico alérgico a la multitarea.

El buen funcionamiento de un escritor es incompatible con injerencias absurdas como “bajar a hacer la compra“, “hacer la declaración de la renta“, “descolgar una lavadora” o “elegir un regalo de cumpleaños“. El hecho de que los escritores se vean obligados a acometer tales tareas es un claro síntoma de lo mal diseñada que está esta sociedad y del injusto rol que ocupan en ella los trapicheos relacionados con las musas.

En una sociedad sana y avanzada el escritor sólo pasaría por trances como “renovar el DNI” o “comprarse unos pantalones nuevos” con la única finalidad de “documentarse” en aras de posibles proyectos.

Y ya que hacemos mención al proceso de documentación, es obligado finalizar con un último consejo:

El historial de internet de un escritor rozará la ilegalidad.

No se alarme usted si al hacer click en el historial de internet de su amigo escritor tiene la sensación de haber abierto la caja de Pandora. Un teclado limpio es más propio de funcionarios que de escritores. Contar historias implica bucear en numerosas cloacas y fingir muchas vidas simultáneamente. No todas ellas merecen el perdón de Dios.

Si en el historial de su escritor hay búsquedas de Google sobre cómo funciona un predictor, ello no implica que haya dejado embarazada a nadie, ni que se haya quedado embarazada ella. Sencillamente está escribiendo un capítulo de una serie donde alguien ha fornicado sin condón.

Si en el historial de su escritor hay búsquedas de Google sobre cuánto tiempo se tarda en disolver un cadáver con ácido clorhídrico, no tema necesariamente por su vida. El único cadáver real dentro de esa ecuación será el de arbolito que talarán para imprimir el capítulo de cierta serie policiaca que en vano intenta emular a Breaking Bad.

Si en el historial de su amigo hay búsquedas de Google de porno con enanos, es casi seguro que su amigo escritor ha estado viendo porno por enanos sin que nadie le obligue a ello. A esas alturas el porno con enanos era la única forma de procrastinación a la que aún no había recurrido para no tener que enfrentarse a ese agujero de la trama que aún no sabe cómo resolver.

Y ya por último pero no por ello menos importante, el consejo más útil de todos cuantos hemos ofrecido hasta la fecha:

Si sorprende usted a su amigo escritor leyendo este blog en lugar de teclear gilipollecez de su propia cosecha, estámpele una colleja en la nuca, y no desista hasta que se le queden impresas en la frente todas las letras del teclado.

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Este post va dedicado a los novios y las novias de los y las guionistas, que por alguna extraña razón, no sólo respetan nuestras rarezas sino que incluso nos soportan.

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CONSULTORIO: EL GUIONISTA BIEN DOCUMENTADO

12 septiembre, 2013

por Carlos López

Biblioteca copia

¡Hola! (…)
Mi consulta se refiere a una cuestión creo que poco tratada en los manuales de guion, (…) la documentación, es decir, toda aquella información que desconoces pero que es imprescindible saber para darle a tu historia la máxima solidez y credibilidad. Evidentemente, cuando escribes una comedia tipo “chico conoce chica” poco o nada tendrás que documentarte, pero si quieres contar la historia de un policía infiltrado en una organización criminal, no estaría de más saber cómo trabaja la policía en esos casos. (…)

Entiendo que mucho es trabajo de biblioteca, de San Google o lo que sea, de ir aquí, allá, preguntar y tal y cual. Ahora, ¿hasta qué punto te abre puertas (o te cierra) el hecho de decir que eres guionista? Tomando el ejemplo de la historia del poli infiltrado, ¿te contará la policía los entresijos de las operaciones encubiertas? ¿Sería mejor recurrir a policías retirados o directamente a expertos que aunque no son policías saben del tema? (…) ¿Hay recursos para llegar a esa gente? ¿Cómo hace el guionista para salir de su cueva e indagar detalles sobre tal o sobre cual, especialmente en mundos cuyos detalles no encuentras en la red?
Por otro lado, ¿es el proceso de documentación un paso anterior, posterior o paralelo a la escritura de guion? (…)

¿Puedo inventarme la historia del poli de principio a fin, con cosillas sacadas de “Reservoir Dogs”, “Infiltrados” o “Serpico” y luego ya se corregirá?

Gracias por adelantado.

Marc P.

Hola, Marc. Te confieso que la fase de documentación me apasiona. Gracias a lo que me he visto obligado a investigar para la escritura de algunos guiones he aprendido mucho y me he iniciado en una amplia lista de materias, lo cual me ha servido para tomar la delantera en las tertulias de sobremesa familiares y para ganarme a pulso ese epitafio que compartimos guionistas y periodistas: “Sabía un poco de todo y nada de nada.”

Este es el consejo más repetido que uno escucha cuando se sienta al teclado: escribe sólo de aquello que conozcas. Es verdad, sobre todo si nos referimos a las esquinas del alma humana, que son difíciles de contar pero universales y atemporales. Pero también es cierto que en todos los guiones necesitamos documentarnos en mayor o menor medida. Sí, incluso en la comedia “chico conoce chica”: siempre habrá una escena de hospital o de comisaría, un juzgado, un fontanero, un biólogo… portadores de una situación o un diálogo profesional que requiera conocer el dato y la jerga particular si no quieres pegarte un patinazo. Por eso, cualquier guionista con unos cuantos años de profesión ha adquirido nociones básicas del procedimiento policial o de las técnicas médicas de diagnóstico. A no ser que se quiera conformar con algo parecido a ese mal consejo que nos das al final de tu carta y disfrace su ignorancia copiando algún lugar común tipo “no hemos podido hacer nada para salvarle” o “quiero el informe sobre mi mesa a primera hora de la mañana”. O algo peor aún: con un copypaste de la wikipedia más o menos aderezado que le permite salir del paso largando un buen parrafete que rebose tecnicismos y sea imposible de interpretar con naturalidad.

Qué peligro.

Sí, mucho peligro. El uso de la documentación requiere tacto y astucia. Tan peligroso es quedarse corto por no haber indagado lo necesario como pasarse de rosca y acabar empantanado en montones de datos que realmente no necesitas. Esto último es lo más frecuente: cuando desarrollas con detalle el argumento te sientes desnudo, vas a hacer hablar a los personajes y pierdes pie, así que te zambulles en google, pasas la tarde en la biblioteca o fundes la visa en la Fnac. En pocos días todo te parece más interesante que tu propio guion, recolectas datos y anécdotas convencido de que todos te sirven y vas palpando tu sensación de ignorancia, que engorda día a día y te obliga a buscar más y mejores datos.

Ya lo sabemos: con tal de no sentarse a tomar decisiones, un guionista encuentra excusas debajo de las piedras. Leemos y googleamos a diario sin que nadie nos lo pida, así que tener que documentarnos es la excusa perfecta para leer y googlear sin descanso. Pero no necesitamos tanta documentación como creemos porque no vamos a escribir un ensayo: la documentación es un colchón para la escritura del guion, no hay que sumergirse en ella buscando la solución a nuestros problemas. Hay que tener muy claro qué estamos buscando (que suelen ser detalles, aromas, motivaciones, aspectos muy concretos), por lo que es necesario haber decidido de antemano qué queremos contar y qué necesitamos para contarlo bien. 

En el extremo opuesto, el guionista que se aventura a escribir sin haber contrastado la época, lugar o condiciones de sus personajes es, sencillamente, un impresentable.

Voy a intentar centrarme en las cuestiones que planteas, Marc:

CÓMO AVERIGUAR LO QUE NADIE TE CUENTA

No lo sé, aunque alguna vez lo he conseguido. Nadie expide un carné que te abra puertas, a nadie le obliga su contrato a contarte lo que tú preguntes. Todo depende de ti. De tu capacidad para determinar qué quieres averiguar y quién te lo puede contar, de tu sagacidad para conseguir que te lo cuente. En esto somos igual que cualquier periodista.

Siempre hay un canal establecido para informarte del mundo que quieres retratar. Un gabinete de comunicación o relaciones públicas dispuesto a explicarte cómo se trabaja en una comisaría, una embajada o una cárcel. En muchas películas y series, además, un experto (o un miembro de ese gabinete) se une al equipo habitual para vigilar la veracidad de lo que se cuenta, tanto en las mesas de guion como en los platós. Aún así, fíjate que ni una sola profesión se ha visto bien retratada jamás en ninguna serie, nos acusan de simplistas, tópicos o sensacionalistas, a veces con razón. Otras, no tanto: se les olvida que estamos inventando una ficción, no un documental. Y si esto sucede cuando cuentas la norma, imagínate las piedras que te pueden llover si lo que quieres es contar aquello que escuece, algo ilegal o incómodo, por muy frecuente que sea.

¿Y cómo puedes encontrar a alguien que te cuente lo que está fuera de la norma? Una posibilidad es tirar de contactos, llegar a esa persona a través de uno que conoce a uno que trabaja en algo parecido o le han hablado de uno que es amigo de otro que quizá pueda contártelo. Otra, indagar en blogs o en foros la opinión díscola que te interesa, puede que en forma de reivindicación o denuncia, y tratar de contactar con quien la ha colgado, que suele hacerlo de forma anónima. Y luego, por supuesto, lo más habitual: es fácil que exista un libro o un reportaje que cuente lo que a ti te interesa, incluso puede que te hayas enterado del asunto gracias a él; sólo tienes que localizar al autor y usar tu don de gentes para que acceda a introducirte en ese mundo o a compartir su agenda contigo.

¿Nadie quiere contarle secretos a un guionista o a un periodista? Puede ser. Pero también sucede lo contrario: siempre hay alguien que quiere contar su historia, sobre todo si se asegura de que no vas a hacer público su nombre. El mayor problema si te identificas como guionista, aparte de que alguien te dará la brasa asegurando que su vida sí que es una película, es que muchas veces te reciben como si Hollywood hubiera llamado a su puerta. En ese caso estás perdido: están seguros de que les vas a hacer millonarios. Y que vas a contar su historia y la de ninguno más. Tú ibas a preguntarles un detalle concreto y ellos empiezan a opinar sobre qué actor sería el idóneo para interpretarlos.

Pero no creo que siempre sea lo más recomendable buscar operaciones encubiertas, secretos o cosas que nadie ha contado. Eso quizá sería un plus para un reportaje, pero en un guion basta con que parezca veraz el mundo que retratas: el plus está, casi siempre, en unos personajes muy trabajados, en una estructura muy pensada, en una buena escena que justifique todo. Eso es lo que cuesta encontrar. 

DÓNDE ENCONTRAMOS LA INFORMACIÓN QUE NECESITAMOS

Hace menos de diez años necesitabas una semana de exploración bibliográfica para conseguir un dato. Hoy, si afinas la búsqueda, San Google, como tú lo llamas, nuestro mejor amigo, te lo proporciona en menos de diez minutos. ¿Cómo podíamos escribir guiones antes de internet? Esa no es la pregunta. Es ésta: ¿están mejor documentados los guiones actuales? No sé responder a ninguna de las dos preguntas.

Si te internas en Google encuentras prácticamente todo. Tratados, debates, testimonios, dossiers. Y lo mejor: puedes acudir directamente a las fuentes. De mi propia experiencia puedo poner algunos ejemplos. Uno, los 1.471 folios del auto de procesamiento del 11 M, en este enlace o la vista oral en su totalidad, en vídeo y con su correspondiente transcripción, aquí.

Un ejemplo más: el informe del emperador Maximiliano sobre la intervención francesa en México, impreso en 1868 y que puedes consultar escaneado del original aquí. Y si necesitas un libro descatalogado o en alguna parte lees sobre algún título que todos citan, aunque se trate de un escrito publicado hace más de un siglo, no es difícil encontrarlo en alguna librería de viejo, asociadas en esta web en la que he conseguido no pocos tesoros.

Fascinante. Inacabable.

Si estás escribiendo sobre algo sucedido en los últimos doscientos años, es obligatoria una visita a la hemeroteca, lo mejor para imaginarte el aire que respiraban los contemporáneos. Mucho mejor, en cualquiera de los casos, si tu inmersión (sea histórica o en alguna cultura que te era desconocida) es conducida por una mano sabia, un experto en la materia que seleccione tus lecturas o responda a tus preguntas.

Y como nada mejor que tus propios ojos y oídos, sal de la cueva y visita el lugar en el que transcurre tu historia, si es posible habla con alguien que haya vivido algo similar, o que haya sido testigo, o que conozca el asunto. Sólo hablando con personas te acuerdas de que estás escribiendo un texto con personas que hablan.

EN QUÉ MOMENTO DEL PROCESO HAY QUE DOCUMENTARSE

Depende del proyecto, obviamente. Y perdona si la respuesta te parece obvia, pero está dictada por la pura sensatez. Hay un primera exploración, paralela a la creación de la serie, que da cuerpo al concepto y credibilidad a los personajes. Puede que la idea te haya surgido de una noticia o de una lectura, puede que la idea sea una pura invención fruto del insomnio: lo primero, seguramente, es informarte de cómo son las cosas, y eso te ayuda al reparto de personajes y a la definición del conflicto.

Entonces conviene olvidarse de google por un tiempo. Pensar en tu historia. Pensar en tus personajes. Pensar, sobre todo, en qué te ha llamado la atención de esa anécdota o por qué sientes deseos de escribir sobre ella. Desarrolla todo lo que puedas tu historia. Hasta que realmente necesites saber más sobre la época, el país o la situación. Entonces vuelve a documentarte y, ahora sí, ahora que sabes qué necesitas, empápate de google, de lecturas y de entrevistas.

En este enlace, un guionista de Breaking Bad cuenta cómo han utilizado la documentación sobre el cáncer, el ricino o las drogas para escribir las tramas de la serie.

Ahí no acaba todo, claro. Un guion nunca está acabado y, por esa misma razón, siempre es posible que necesites consultar algo que ayude a reescribirlo.

CÓMO USAR LA DOCUMENTACIÓN EN EL GUION

Igual que sucede con otras cuestiones técnicas, en la escritura de guion uno intenta que no se note la documentación, sólo pretendes que el espectador no se haga preguntas, que algo le pueda sorprender pero no parecer absurdo o fuera de lugar. Se trata de que la historia y los personajes estén revestidos de tal carga vital que todo lo que les acompaña parezca en su sitio.

¿Fácil?

Cuesta mucho sustraerse a la tentación de exhibir lo que sabes. Es precisa una nueva dosis de humildad, de servicio a tu historia, para frenar las ganas de volcar en el guion eso que tantas horas de estudio te ha costado: puesto en boca de los personajes, en ese periódico que tan oportunamente leen o en esa discusión de grupo que deslizas al comienzo de una secuencia. Como espectador, me disgusta profundamente la película que quiere darme una clase de historia, de geografía o de derechos humanos, por muy pertinente o apasionante que sea o por muy necesitado que esté el mundo de su sabiduría.

Incluso en aquellas historias basadas en hechos reales, que me interesan porque sé que cuentan exactamente lo que pasó, sobre todo en esas, busco a los personajes y no el listado de fechas que puedo encontrar yo mismo a dos clics de iPhone, sin moverme de la butaca o del sofá. Y de poco sirve un dato real, por muy real que sea, si necesita una explicación adicional para que el espectador lo entienda o lo disfrute.

Déjame que lo cuente así: conviene tener presente que los personajes no son estúpidos y no andan contándose unos a otros cosas que ya saben sólo para que las escuche el espectador, y conviene también ser consciente de que puedes hacer un parlamento impecable desde el punto de vista de la documentación, pero imposible de decir de modo creíble por un actor que es el responsable final de que el espectador se lo crea todo. No se lo pongamos difícil.

Tampoco debe importarnos que una escena donde tiene lugar una conversación técnica sólo para iniciados nos parezca impenetrable. Que no entendamos nada. Eso sería lo normal, ¿no? Cada vez es más frecuente utilizar una avalancha de datos o palabros a manera de ruido, para dar veracidad a la situación y no para que el espectador se entere. 

Un ejemplo quizá discutible pero oportuno. La escena que recrea el momento en el que la tripulación del Apollo XIII le decía a la base aquello de “Houston, tenemos un problema”. Ved y escuchad la escena imaginando al guionista tecleando cada uno de los diálogos.

¿Sucedió así? No creo, al menos no exactamente, seguro que no con esas palabras. Los que estuvieron presentes probablemente no comulgarán con esta versión. No entiendo la mitad de lo que dicen, pero me da igual: entiendo la escena. Y tengo la sensación, absolutamente infundada, de que los detalles son ciertos. Me parece bien documentada. A mí, que no tengo ni idea de cómo trabajan en la NASA.

Creo que eso es algo que nunca deberíamos olvidar: no escribimos para expertos, sino para espectadores. No hay que impresionar a nadie con nuestros datos, sino con nuestras emociones.

Por último, Marc, yo no puedo recomendarte que copies de otras películas. No porque me parezca bien o mal, que a ti te importa poco. No porque así harás un guion de segunda o tercera mano, ni tampoco porque sólo reproducirás clichés de otras culturas, celdas de puertas enrejadas, conductores que encuentran aparcamiento a la primera, comisarías siempre bulliciosas o psicópatas que canturrean mientras descuartizan, no sé, cualquiera de esos elementos peliculeros con los que a veces nos conformamos. Sobre todo, Marc, porque si copias de aquí y de allá estás perdiendo la oportunidad de descubrirlo tú mismo, de tener la sensación de que eso que se te ha ocurrido jamás se le había ocurrido antes a ningún guionista de ningún país en toda la historia del cine. Y eso, sea cierto o no, a veces nos pasa.


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