CINCO COSAS QUE APRENDÍ ESCRIBIENDO HIJO DE CAÍN

30 mayo, 2013

por Sergio Barrejón.

Esta noche a las 22.00, en el cine Callao de Madrid, el actor José Coronado y el director Jesús Monllaó, entre otros, presentarán HIJO DE CAÍN, mi primera película como guionista. A partir de mañana estará en salas de toda España. Es una adaptación de la novela Querido Caín, de Ignacio García-Valiño, y en los créditos tengo el honor de compartir pantalla con mi amigo David Victori.

No voy a aburriros con más publicidad ni voy a pediros que acudáis a las salas a apoyar el cine español, que pese al 21% blablabla. Naturalmente, me encantaría que reventase la taquilla, pero no creo que ocurra. Porque hoy en día, casi nada funciona ya en taquilla. Tengo la impresión de que una peli bien rodada y bien interpretada como Hijo de Caín podría haber encontrado su hueco hace unos pocos años. Quizá sin llegar a ser un hit, pero quizá sí un sleeper decente. Pero hoy, no tengo mucha esperanza. Ni siquiera teniendo a Coronado en el cartel, recién recibido un premio a toda su carrera en Málaga. Para que una película funcione, hace falta complicidad en las salas y una publicidad brutal. Lo primero es demasiado caro para los exhibidores y lo segundo es demasiado caro para la productora (y no me quejo de la mía: me gusta el poster, me gusta el trailer y salimos con 104 copias).

Hijo de Caín hará una taquilla floja y no escribo esta entrada para lamentarme por ello, sino para contar las cinco cosas que aprendí escribiendo este guión.

1. El productor no es el malo de la película. El mito dice que al productor español se la trae floja la película, que sólo piensa en trincar la subvención y rebajar el presupuesto para quedarse un pellizco. No voy a cantar las alabanzas de Sebas Mery como productor. Me ajustaré a los hechos: ni conduce un Mercedes ni vive en un chaletazo. Y paga sueldos dignos y a tiempo. Yo personalmente cobré lo mismo que cobró un tocayo mío por escribir El Orfanato. Y ojo: me pagó de su bolsillo, antes de haber recibido ninguna subvención ni haber firmado con ninguna cadena.

2. El script doctor no es el malo de la película. El mito dice que el guionista escribiría mucho mejor si no fuera por el development hell. Como todo trabajo de encargo, Hijo de Caín atravesó una fase de desarrollo, en la que yo escribía con varias personas mirando por encima de mi hombro. Como buen guionista con coleta, barba y gafas redondas, yo recelaba de las opiniones ajenas. Y entonces llegó Ana Sanz Magallón. No voy a cantar sus alabanzas, me limitaré a decir cómo trabaja: no da jamás un consejo ni señala jamás un error. Ana simplemente lee tu material, se va contigo a tomar café -lo de languidecer bajo el fluorescente de una oficina no va con ella- y te hace preguntas: por qué pasa esto, o por qué tal personaje no se da cuenta de aquello. Y mientras lo explicas, vas encontrado soluciones a los puntos oscuros y formas de aprovechar mejor las oportunidades de tu historia. Y te vas a casa pensando que has tenido un montón de ideas geniales. Y entonces te preguntas: ¿las he tenido yo, o ya las había tenido ella antes, y me ha dejado pensar que eran mías?

3. El director no es el malo de la película. El mito dice que el guionista escribe un buen guión y luego llega el director y se limpia el culo con él. No voy a cantar las alabanzas de Jesús Monllaó. Ha hecho cosas que yo jamás habría hecho, y ha quitado cosas que yo creía necesarias. Pero el caso es que vi la película el festival de Málaga y puedo asegurar que funciona. Objetivamente. Me explico: el pase de estreno gordo, el que se hace en el Cervantes, siempre parece un éxito: el equipo de la película está en el palco, y siempre se le saluda con cariño y se le aplaude un buen rato. Es complicado saber si esa ovación se debe a la película en sí o al calor del momento. Pero hay una manera objetiva de saber si una película está cautivando al público. Consiste simplemente en sentarse en uno de los palcos superiores, y mantener un ojo en el patio de butacas. Durante la proyección de una película normal, sobre todo a partir del minuto 60 o 70, es normal ver brillar la pantalla de un teléfono móvil de vez en cuando. Durante las películas más decepcionantes, el patio de butacas parece un campo de luciérnagas: medio cine está tuiteando o enviando whatsapps. Durante la proyección de Hijo de Caín, la sala permaneció totalmente a oscuras. No se encendió un solo iPhone. Es cierto que la peli sólo dura 90 minutos, pero lo importante es el tempo que Monllaó ha conseguido darle. La primera versión del guión tenía 125 páginas. En las siguientes versiones, bajó hasta las 100, si no recuerdo mal. E incluso después, Jesús Monllaó supo forzar al máximo la regla de la página/minuto, para no dar respiro en todo el metraje. Te puede gustar o te puede no gustar, pero Hijo de Caín no tiene tiempos muertos.

4. El coguionista no es el malo de la película. El mito dice que cuando el guionista entrega un guión redondo, el productor llama a otro guionista para que lo estropee. David Victori y yo no trabajamos juntos. De hecho, ni siquiera nos conocíamos cuando él entró a trabajar en la película. Después de tres vueltas de sinopsis, tres de tratamiento y tres de guión, Jesús Monllaó, Sebas Mery y yo habíamos alcanzado una versión satisfactoria. Pero no había manera de que nadie quisiera financiarla. Sólo entró TV3. Y eso significaba que la película debía rodarse en catalán. Además, había pasado año y medio desde mi versión final. Había que realizar varios cambios impuestos por las circunstancias de la producción. Yo sentí que no iba a ser capaz de hacerlos tanto tiempo después. Intuí que me iba a dedicar a proteger lo escrito (y aprobado) dieciocho meses atrás. No me parecía honesto cobrar por hacer algo así. Se llegó a la conclusión de que lo mejor era incorporar a un coguionista catalán que podría cambiar el chip. No voy a cantar las alabanzas del trabajo de David Victori. Simplemente diré que, después de aquello, no dudé un minuto en meter pasta en su siguiente corto en cine. (Y no me equivoqué.)

5. El novelista no es el malo de la película. El mito dice que un novelista siempre queda decepcionado con la adaptación de su obra a la pantalla. Ignacio García-Valiño no participó en el guión. No se le consultó ni se le pidió permiso para realizar los cambios que Victori y yo propusimos. Yo ni siquiera le conocí en persona hasta el mes pasado. Tampoco voy a cantar sus alabanzas, pero el día del estreno en Málaga estaba allí celebrando con nosotros. Le estrechó la mano a todo el equipo, incluido un servidor, y la sonrisa que tenía en el rostro es de las que no se pueden fingir.

Bueno, ¿y quién es el malo de la película entonces? Pues el mito, naturalmente. El que te dice que si no fuera porque el camino está lleno de personajes malvados, esto sería llegar y besar el santo. No es cierto. Esto es una carrera de fondo. Creo que he escrito un post bastante optimista y positivo. Pero ojo: firmé el contrato para escribir este guión en Sitges, la misma tarde en que el festival estrenaba Los Cronocrímenes. Para que os hagáis una idea del tiempo que hace de aquello: en aquel momento a Zapatero aún le quedaba una reelección.

Y sin embargo, me resisto a tener la sensación de estar llegando a ninguna meta. De la misma manera que durante estos cinco años largos me he resistido a tener una sensación de derrota. La meta es siempre el siguiente proyecto. En mi caso, terminar mi primera novela para el lunes que viene. Seguir moviendo mis proyectos de largo. Escribir una obra de teatro antes de que termine el verano. Seguir escribiendo capítulos de Amar es para siempre. Siempre hay que tener proyectos en marcha.

El único malo de la película es el que te impide escribirla. La única derrota es pasar un día sin escribir nada.


CINCO LECCIONES QUE APRENDÍ CON MI PRIMER CORTO

18 junio, 2012

David Victori (Manresa, 1982) es guionista y director. Durante cinco años fue asistente personal de Bigas Luna, con quien ha escrito su nuevo proyecto, Segundo Origen. Recientemente se ha rodado en Tarragona el largometraje Hijo de Caín, con guión escrito por Victori y Sergio Barrejón, y que se estrenará a finales de este año. Mientras tanto, Victori prepara su opera prima como director con la productora Oberón Cinematográfica. Sus dos últimos cortos, Reacción (2008) y La Culpa (2010), han sido seleccionados y premiados en múltiples festivales españoles e internacionales. 

El guión de un corto y el guión de un largo son cosas muy distintas. Es algo bastante obvio, pero a mí me pilló por sorpresa.

Esta es mi historia. Antes de los 16 años ya había rodado cosas, bastantes, pero en ningún caso me atrevería a llamarlo cortos. Eran más bien pruebas, ejercicios que hacíamos un buen amigo y yo para divertirnos los fines de semana. A los 17 cuando ya estaba enfrascado en la idea de ser director de cine y guionista, conocí a Bigas Luna, quien después se convirtió en mi maestro y con el que trabajé durante más de cinco años como asistente personal.

Cuando apenas hacía unos meses que nos conocíamos, Bigas me animó a que escribiera un largometraje. Me puso en contacto con una guionista de Barcelona y nos lanzamos a escribir. Ella ponía la experiencia y yo la intuición. Estuvimos casi un año escribiendo pero a los 19 ya tenía mi primer largometraje acabado. Yo, en ese momento, no conocía casi nada sobre la estructura, ni la teoría de guión, pero no lo necesité, escribía por instinto. Había un conocimiento que ignoraba: todas las películas que había visto estaban en mi subconsciente actuando como maestras. Lógicamente tenía (y tengo) mucho que aprender, pero la intuición, en ese momento, ya me llevaba por el camino correcto.

No me pasó lo mismo con mis primeros cortometrajes. ¿Cuántos cortos había visto antes de rodar el primero? Pocos, muy pocos. Aún no existía YouTube y yo nunca fui a una escuela de cine donde me guiaran. Me pasaba el día leyendo libros de teoría de guión (de largometrajes) asistiendo a seminarios, (entre ellos el clásico de Robert McKee) y cuando me ponía a escribir siempre me salían historias de una hora y media.

Un día, cuando tuve suficiente dinero ahorrado me dije: “voy a rodar mi primer corto”. Como era lógico, ningún productor me iba a dejar dirigir un largo sin tener varios cortos que demostraran mi valor como director, por lo que me puse manos a la obra. Me senté a escribir y pensé: “este guión tiene que ocupar máximo quince páginas, dieciocho como mucho. Fácil”. Pensé.

Había tres ideas que me apetecía trabajar en esa historia. Las tenía claras. Había una historia principal, una subtrama, un protagonista, un antagonista y una historia de amor. Las tres ideas se entrelazaban bien, todo encajaba. La primera versión era de casi veinte páginas, pero pude ir reduciendo  hasta las quince. Leía mi guión y me gustaba, así que me lancé a rodar. El rodaje fue muy bien. Gasté todo el dinero que tenía en ese momento y volví a casa pobre, pero feliz.

En ese época me estaba ganando la vida como montador, por lo que me puse a ello. ¡Dios mío! Recuerdo esos días encerrado frente al Final Cut y lloro. Fue un drama. No entendía nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba la intensidad de las escenas que había imaginado en el momento de escribir el guión? ¿Por qué todo sabía a poco? ¿Por qué no empatizaba? ¿Por qué no sentía nada, nada de nada? ¿Por qué el conjunto no cuajaba? Los montajes se movían alrededor de los 25 minutos, pero por mucho que alargara o acortara seguía sin funcionar. Un desastre.

Tuve que abandonar. Respirar. Desconectar de esa historia. Investigar que estaba pasado. Había invertido todos mis ahorros en hacer ¿un corto? ¿o en hacer un largo de 20 minutos?

Empecé a relajarme, a ver cortos y a comprender…

El guión de un cortometraje no es simplemente una historia que ocupa menos páginas. Los cortos tienen sus propias normas. El público se relaciona con ellos de forma distinta. Espera cosas diferentes. Parece obvio, ¿verdad? Yo no lo supe ver al principio y lo tuve que ir aprendiendo lentamente, corto a corto.

Y aquí van mis observaciones, quizás obvias, pero fruto de mi propia experiencia que espero sirvan a quien esté decidido a lanzarse a rodar su primer corto:

Primero, cuando la gente se sienta a ver un corto, su actitud es, básicamente, impaciente. No quieren que se anden por las ramas porque saben que esto dura poco y el tiempo es limitado. No te digo que mates a alguien en la primera imagen, pero sí que encarriles la historia tan pronto como te sea posible. No vaciles.

Segundo, muchas de las normas del guión de un largo, no funcionan en un corto. Cuidado con las subtramas, los secundarios, las backstory y los personajes complejos. Aquí también incluyo la norma de: página de guión por minuto. Esto dependerá básicamente del ritmo al que quieras contar tu historia, en mi caso, como yo suelo moverme en el terreno del thriller, avanzo lentamente. El guión de La Culpa, por ejemplo, ocupa siete páginas, pero la séptima casi está vacía y al final el corto dura casi trece minutos.

Tercero, céntrate en un concepto. En uno sólo. Explica una sola cosa y hazlo tan bien como sepas. Exprime ese concepto al máximo. Este creo que de todas las cosas que aprendí es la más importante. Aspira sólo a un gran momento (un climax) o como máximo dos.

Cuarto (y este es como director): siempre que puedas rodéate de un equipo de primera, alíate con los mejores. Puede que tu ego se resista, pero sé humilde. Cuanto más sepas mejor, pero si no ya irás aprendiendo (ya iremos aprendiendo). Estamos contando historias, no salvando vidas

Quinta, (y esta no creo que sea muy popular): los estereotipos o clichés son tus mejores aliados. En un corto necesitarás ir al grano, si te pasas cinco minutos explicando al original personaje que te has inventado (y la historia no va de eso) cuando termines ya casi no te quedará tiempo de ir al tema de la película. Los tópicos te ayudan a avanzar, a llegar en poco tiempo a escenas o momentos mucho más originales. Creo que fue Hitchcock quien dijo que no hay nada malo en partir de un tópico. El problema es acabar con un tópico.

Han pasado casi diez años desde esa primera experiencia y desde entonces he rodado cinco cortometrajes de más de diez minutos y tres de menos de cinco. Junto al primero, que finalmente conseguí terminar (como pude), son nueve cortos en total. Creo que es un buen número. De cada uno de ellos aprendí algo, algo valioso, quizás soy un poco lento, pero me esfuerzo y trato de hacerlo cada día un poco mejor.

Cuando estrené La Culpa en 2010, decidí que ese fuera mi último corto. Básicamente porque quería poner toda mi energía en las películas que estaba escribiendo y porque no creía que pudiese rodar otro corto en mejores condiciones que La Culpa.

Fotograma de “La Culpa”.

Ahora voy a muerte a por mi largo, ya no hay nada que pueda pararme, ni la crisis mundial, ni la piratería, ni el cambio climático. Este trabajo me gusta, me hace feliz. Mientras no pueda rodar, escribiré.

En estos últimos años, he escrito varios largometrajes para otros directores y junto a otros guionistas. Estoy aprendiendo más que nunca. Uno de ellos está a punto de ser estrenado, a otro no le queda nada para entrar en preproducción y mi debut como director parece que empieza a estar más cerca que nunca.

Me prometí estar centrado en los largos y no rodar ningún otro corto, ¡hasta AYER!

Ayer cambié de opinión. Eso demuestra lo firmes que son mis promesas. Mi cortometraje La Culpa, a punto de terminar su recorrido por festivales, ha sido seleccionado entre los 50 semifinalistas de Your Film Festival. El primer festival Internacional de cortos organizado por YouTube y Scott Free, la productora de Ridley Scott. Los datos me han emocionado y sorprendido a la vez: 15.000 cortos presentados, sólo 5 españoles entre los semifinalistas. De estos 50, sólo diez llegarán a la final, estos diez cortos se proyectarán en el Festival de Cine de Venecia y Ridley Scott junto a Michael Fassbender elegirán a un ganador.

¿El premio? Rodar otro corto.

Al director que gane, el Señor Ridley le producirá una película corta protagonizada por Fassbender y con un presupuesto de 500.000 dólares. ¿Qué os parece?

Ya, yo pienso lo mismo, a mi tampoco me gusta que me impongan a los actors, pero justo, por casualidad, creo que tengo un papel que encaja muy bien con él.

En el supuesto que ganase, sería mi décimo corto. Un número muy redondo y una forma brutal de cerrar mi etapa en el mundo del cortometraje. ¿Os imagináis? A mi me cuesta, la verdad.

Yo por si acaso ya tengo la idea preparada. Creo que es una idea a la altura. Una superproducción de doce minutos. Una mezcla entre Children of Men y Melancolía. Una locura, vaya.

Sé lo que estáis pensando. Es casi un insulto hacer un corto con este presupuesto. Imagino que habrá truco. Siempre lo hay. Pero aún así, parece un buen premio, ¿no?

A ver, admitamos que es difícil, prácticamente imposible. La Culpa no llegó a la final de los Goya, ni a la de los Gaudí, ni siquiera lo seleccionaron entre los siete mejores cortos catalanes de su año. Eso sí, es un corto que tiene fans, yo el primero. Con sus virtudes y sus defectos, lo amo incondicionalmente. Cuando escribí el guión lo sentí: esta historia necesito contarla.

Por suerte, conté con un equipo de lujo y cuando estaba frente al Final Cut, me saltó alguna lágrima, pero esta vez, no de pena. Cuando me senté a montar La Culpa y empecé a ver como lucía la foto, la dirección de arte, los actores (que estaban que se salían) y la música que (si te pones los auriculares acelera y frena tu corazón), no me lo podía creer.

Todo el equipo en esta película estuvo en estado de gracia, o al menos así es como yo lo siento. Me encanta La Culpa. Es el corto que siempre quise hacer.

Aunque ¿quién soy yo para decirlo? No hay ni un sólo padre que consiga ver los defectos de sus hijos (al menos hasta que son adolescentes). El mío de momento tiene sólo dos años.

Valóralo por ti mismo entrando aquí, y si te gusta, vótalo.


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