EL CONTADOR DE HISTORIAS

5 diciembre, 2013

por Carlos López

THE WRONG MAN copia

Todo empieza en una fiesta de cumpleaños, que es como empiezan muchas películas. El protagonista de esta historia cumple diecinueve. La fiesta hay que imaginarla, no consta si los invitados se pasaron de la raya o si el propio anfitrión empleó la noche en deambular por ahí cerrando garitos. El caso es que perdió el móvil. Al día siguiente lo denunció, la compañía le confirmó que procedían a bloquearlo. Y tan sólo veinticuatro horas después, la policía le llama y le dice que pase a recogerlo: el móvil ha aparecido entre los objetos requisados a unos detenidos. Nuestro protagonista, el de los diecinueve recién cumplidos, vamos a llamarlo F, recupera su móvil y vuelve a activarlo.

Hasta ahí, ningún interés. Bueno, ¿habéis leído a Syd Field? Preparaos para el giro. El vértigo. La pesadilla.

Algún tiempo después, la policía vuelve a presentarse en casa de F. Esta vez, para detenerlo. ¿Por qué? Su teléfono apareció entre los teléfonos de los ladrones, ¿recuerdas? La policía piensa que F es uno de los ladrones. La noche siguiente a su cumpleaños, en la carretera de Alicante a Elda se registraron siete asaltos a diferentes vehículos. Los asaltantes actuaban siempre de la misma forma: provocaban un accidente y en la confusión posterior se llevaban lo que podían del coche contra el que se habían empotrado. Dos de las víctimas, de las personas que sufrieron los robos, identificaron en el juicio a nuestro F como uno de los ladrones.

F fue condenado a diez años de prisión. Sin antecedentes. Sin huellas ni restos de su ADN en los coches usados por los delincuentes. Por perder su móvil. Lleva cumplido un par de años. En todo este tiempo, los padres han reunido casi cien mil firmas para conseguir que se revise el caso. Entretanto, sin embargo, el Supremo ha rechazado dos recursos.

¿De verdad que habéis leído a Syd Field? Bueno, pues aquí llega la mitad de la película. El director de la prisión donde F cumple condena, convencido de que las cosas no cuadran, comienza una investigación por su cuenta. Localiza en prisión, en diferentes prisiones, a los autores incriminados en el mismo caso. Les pregunta por F. No lo conocen. Nunca le han visto. Están dispuestos a declarar. Si un juez les llama, claro…

Esta es una historia real, sí. Apareció publicada en todos los periódicos. Algún amigo me dijo aquello de aquí hay una película. Y yo, sensible como sabéis a los trasvases entre realidad y ficción, alcé las orejas como un perro de caza y leí varias versiones del caso, del derecho y del revés, haciéndome las preguntas que uno debe hacerse cuando piensa si esa es la historia que quiere contar.

Primero de todo, ¿es una película porque parece una película? La mayor parte de las veces que una historia real nos parece alucinante, cuando la transportamos al relato de ficción deja de ser alucinante para convertirse en disparatada o inverosímil. En el caso de la historia de F, el hipotético espectador se hace muy pocas preguntas. Básicamente, dos: ¿F es culpable? ¿Cómo van a salvarle? Y esta última, seguro de que la salvación llegará puntual allá por el minuto noventa, salvado algún contratiempo de última hora. En el espectáculo todo se reduce a veces a unas reglas tan simples que resultan previsibles. ¿Y qué hacemos, entonces, para evitarlo? Bueno, podemos complicar la respuesta a la primera pregunta o, mejor dicho, ofrecer diferentes respuestas a lo largo de la película, jugando al gato y al ratón con el espectador. Podemos construir la historia a la manera de las muñecas rusas, o contando un punto de vista y a continuación el contrario, podemos sacarnos un as de la manga, reírnos del espectador, de los hechos, de la familia real de F, de todo lo que se nos ponga por delante. ¿Es más interesante? Puede. Lo dudo.

Como guionistas, debemos hacernos más preguntas. No son las que plantearía el juez, sino las que necesitamos para contar bien la historia. Y son muchas. ¿Cómo es nuestro F? ¿Dónde y con quién estuvo la noche de su cumpleaños, en qué momento de la historia vamos a contarlo? ¿Cómo pudo llegar el teléfono hasta la carretera de Alicante a Elda? ¿Quiénes son los miembros de la banda? ¿Vamos a conocer a alguna de las víctimas? Y las más importantes: ¿Cuál es el punto de vista de la historia, el de F, el de un policía, el de los padres de F, el de un amigo? ¿Dónde empezamos a contar la historia, cuando apaga las velas, cuando la policía viene a detenerlo, cuando el director de la prisión empieza a investigar? ¿De qué estamos hablando exactamente, de mala suerte, de fatalismo, de amistad, de paternidad, de justicia?

Y por último, la más difícil de responder para mí, la que nunca se nos puede despistar: ¿qué está esperando el espectador que le contemos?

Hace años, preparando un guion, tuve la oportunidad de entrevistar a un juez. Le pregunté sobre los errores judiciales y él me devolvió hábilmente la pregunta: ¿qué porcentaje de aciertos me parecería suficiente para considerar que nuestro sistema judicial se acercaba a lo infalible? ¿Un noventa y siete por ciento? Ya nos gustaría, repliqué. Eso sería todo un éxito. Pues bien, en España la población reclusa ronda los setenta mil internos (aquí podéis consultar las cifras). En caso de que la Justicia se aplicase con ese mínimo margen de error, eso significaría que en las cárceles hay dos mil personas condenadas por equivocación.

Dos mil inocentes durmiendo entre rejas. Pensad en ellos esta noche, cuando os arropéis en vuestra cama. Dos mil.

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Ojo, que aquí hay otra película. También es una historia real, solo que en ésta los protagonistas son claramente culpables. Va a ser más difícil empatizar con ellos, a menos que les busquemos una buena motivación, algo más envidiable que la codicia. O que elijamos como protagonista a alguien al margen del núcleo de la historia. Que es más que prometedora, tal como apareció en los medios. Hay una caja fuerte, un ex ministro, un policía condecorado detenido como autor del robo, un rumano con capucha que tortura por encargo. Y casi tres millones de euros de botín.

Dejadme que por una vez empiece muy por el principio.

Un ex policía, llamémosle R, trabaja durante años como escolta de un acaudalado empresario, que fue ministro y hoy preside un conocido grupo hotelero. El escolta decide volver a ser policía, no sé por qué, pero la relación con el empresario sigue siendo estrecha, porque el escolta continúa residiendo en el edificio central de sus empresas. Y allí mismo, además, se encarga de la seguridad nocturna, mientras que su mujer organiza la limpieza de las oficinas.
Todo queda en casa, pues. La vida, humilde pero resuelta. Una relación de confianza.

Hay un segundo personaje, lo conoceremos como J. También ha trabajado como escolta del empresario mientras estaba en excedencia como policía y, lo mismo que R, ha dejado de ser escolta para volver al Cuerpo. Con éxito y reconocimiento: J acaba de recibir la Cruz al Mérito Policial. Y también tiene un negocio privado: es piloto de coches, actividad para la que cuenta con el patrocinio de las empresas del ex ministro.

Un buen día, esa edificio de confianza mutua se viene abajo. Uno de los dos escoltas se planta ante una caja fuerte y la revienta con un soldador de acetileno. Se lleva dos millones setecientos mil euros, en billetes de veinte, cincuenta y cien. Los reparte con su compañero. Desaparece.

Ahora es cuando surgen, también aquí, datos para la contrahistoria.

Primero: No saltó ninguna alarma, porque la caja estaba en una zona sin vigilancia, en la planta de administración. Esa cantidad en metálico, dicen en la empresa, para ellos es poco menos que calderilla. Segundo: la cadena hotelera denuncia el robo, claro, pero sólo por valor de doscientos mil euros. ¿Por qué? Tercero: los ex escoltas son detenidos, en los primeros interrogatorios lo niegan todo pero pronto empiezan a confesar, a reconocer lo que han hecho, a detallar, poco a poco, dónde han escondido el dinero; van apareciendo fajos de billetes en maletas, en bolsas enterradas o escondidas en el maletero de un coche oculto en algún paraje solitario. Cuarto: cuando son puestos en libertad y están a la espera de juicio, los ex escoltas reciben la visita de dos encapuchados (uno de ellos con marcado acento rumano), que los maniatan con sus mujeres, los golpean y los torturan. Su abogada pide protección al juez. Tienen miedo, dice. ¿Miedo? ¿De quién?

Quinto: el empresario y ex ministro, sensible a que los acusados son policías, promete cien mil euros a los huérfanos del Cuerpo, apostando por la pronta solución del caso.

Lo mejor para el final. Sexto: falta un millón de euros por aparecer. Ah, y se me olvidaba, todo transcurre en Ibiza. No es mal paisaje para la película, ¿verdad?

Con toda seguridad, nos faltan muchos más datos de los que han publicado los periódicos, más incluso de los que hayan podido averiguar los investigadores. Este es el momento en que el guionista deja de investigar, porque no le corresponde a él esclarecer el caso. De nuevo, son tantas las preguntas que tiene que responderse a sí mismo que la búsqueda de respuestas fuera de su cabeza empieza a ser una pérdida de tiempo. Hay mucho que documentarse. Para empezar por un detalle: cómo es un soldador de acetileno. Y a continuación, la primera batería de preguntas, cuestiones cuya decisión no puede aplazar por mucho tiempo:

Quién es el protagonista. ¿Los dos escoltas? ¿Uno de ellos? ¿El empresario? ¿El policía que investiga el caso? ¿La mujer? ¿La abogada?

Por dónde empezamos a contar. Hay un momento estupendo, sí, claro, porque ésta es una historia de dobles fondos: el momento de la condecoración. ¿Y la mujer, estaba al tanto de todo? ¿Algún guionista en la sala se atreve a escribir la historia con ella como cerebro de la operación?

Quiénes son los encapuchados. ¿Hace falta saberlo, dejar claro para quién trabajan?

Quién les contó que en esa caja y no en otra había casi tres millones de euros. De dónde ha salido ese dinero. ¿Sabían ellos que la empresa sólo iba a denunciar la desaparición de una cantidad menor?

No hablo de datos, no hablo de la realidad, hablo de la coherencia que le vamos a pedir a la historia que contemos: ¿cómo es la relación entre los dos ladrones? Porque no-puede-ser que estén de acuerdo en todo. ¿Es que no han oído hablar de la palabra “conflicto”?

Hay preguntas que, de forma deliberada, dejaremos sin respuesta. Hace tiempo que aprendí, y lo aprendí a base de hacerlo mal, que en una historia de atracos es imposible atar todos los cabos, inútil y hasta contraproducente pretender que todas las preguntas estén respondidas: basta con procurar que el espectador no se pregunte nada. Que no es fácil.

Mucho más importante que esas preguntas y esos datos son los lazos entre los personajes. Lazos que se rompen, que vuelven a zurcirse, que se deshilachan o que de pronto saltan por los aires. Que a veces se cuentan mejor si los exponemos en el orden que nos interesa y no en el que supuestamente sucedieron. Aquí es cuando te dejas llevar por la excusa de la documentación, metes las palomitas en el microondas y te enchufas otra vez esa maravilla de testamento que es Antes de que el diablo sepa que has muerto. Una película en la que se juega, por supuesto, con la pregunta que de nuevo sobrevuela muy por encima de todas las demás:

¿Qué está esperando el espectador que suceda?

Qué historias les interesan, qué quieren ver, qué desean y qué temen de lo que empiezas a contarle. Porque cuando cuentas una historia todo se reduce a una cosa: que a cada minuto, el espectador se pregunte qué va a pasar después. Por eso, igual que los cómicos cuentan una y otra vez el mismo chiste hasta que consiguen destilar el relato perfecto, en el hueso, cien por cien eficaz, el guionista se cuenta la historia a sí mismo y a todo el que se le acerca. Una y otra vez. Hasta que funciona. Hasta que no necesitas responder a una sola pregunta más.

Ya sabemos que un guionista es alguien que lee el periódico con la libreta o una hoja de Word abierta al lado. Un guionista es alguien que pone la oreja en el metro para apuntar mentalmente un diálogo, un aspecto, un leve gesto contrariado en la pareja sentada enfrente. A un guionista le interesa todo, las veinticuatro horas del día, siempre anda siguiendo el rastro de alguna historia, almacena embriones de tragedias sin cuento y de resortes cómicos que alguna vez, con suerte, llegarán a su impresora. Un guionista cree que de él se espera una genialidad, un caudal de ideas nuevas y originales. Porque un guionista es alguien que inventa historias, alguien que tiene una idea.

Pero fundamentalmente, un guionista es alguien que sabe contarla.


SI NO FUERA POR ESOS MOMENTOS

13 diciembre, 2012

por Carlos López

IDEA

ESE MOMENTO de confusión entre sueño y despertar, cuando aún no estás seguro de si has tenido una idea o sólo la persigues, si es la misma de siempre o, por fin, algo original. En ese momento retrasas los compromisos, llegas tarde a todo porque puede ser la idea que estabas esperando, te obligas a no levantarte de la cama hasta darle forma, enunciado, un nombre y una línea de convicción. Y entonces, en ese momento, te vuelves a quedar dormido.

Y sabes que la idea, esa u otra, es la falsa liebre tras la que corres como un galgo de competición. Nunca consigues atraparla. Y el día que le das alcance, de golpe deja de gustarte. QUÉ OFICIO.

CAJONES

Luego vendrá ESE MOMENTO en el que, de pronto, todo te interesa. Cancelaron tu serie, prometieron llamarte pero pasan los días y no te llaman. Y tú buscas en el fondo de los cajones de tu mesa y en los de tu portátil. Recopilas historias, retomas proyectos, vuelves a ir al cine y a leer las noticias tomando notas. En cada titular ves la semilla de una historia y acumulas información que pronto se convierte en sinopsis. Empiezas a escribir tres guiones a la vez aunque sabes que difícilmente terminarás dos y es improbable que vendas uno.

En ese momento calculas cómo de deprisa han de ir las cosas para que tu cuenta bancaria registre el próximo ingreso (mandas el proyecto–te responden–te reúnes–les gusta–te lo encargan– negocias–firmas el contrato–escribes–entregas–facturas–cobras) y te das cuenta de que no llegarás vivo. Llama. Coge el teléfono y llama. Pregunta por aquel proyecto, ofrece uno nuevo, camufla tu impaciencia de entusiasmo y piensa con fuerza en la palabra dinero a ver si les llega el pensamiento por las ondas y así se apiadan de ti.

Descuelgas. Marcas. Soy yo. Hombre. Ya ves. Cómo está la cosa. Es que. Hay que. Por eso llamaba. Ya, pero es que justo ahora. No, si yo. Claro, claro. Pero pásate cuando quieras.

En ese momento ya es tarde para darte cuenta de que NO deberías haber llamado. Antes eras alguien a quien podían llamar. Ahora pasas al final de la lista. Tu llamada es una entre cien. Todos llaman. Sólo algunos son los llamados.

¿Por qué nadie nos dijo que el talento para venderse era
mucho más necesario que cualquier otro talento?

IMPOSTOR

ESE MOMENTO en el que tienes que estar a la altura de la sinopsis, vendida con pasión y entusiasmo, promesa de un deslumbrante guion que casi ni te atreves a escribir por miedo a decepcionar a todo el mundo. Vale, has traspasado la línea, les gusta tu idea y están esperando tu guion con impaciencia. En ese momento te dices, una vez más, que de esta vez no pasa, que esta vez te descubren, ésta no les engañas, sabrán que tú estás aquí de milagro y que por mucho que presumas, por muchos cursos que impartas y muchos artículos que escribas NO TIENES LA FÓRMULA. Eres un impostor. Todos los guionistas somos impostores.

En ese momento te das cuenta de que en esta profesión poco importa que lleves uno o veinte guiones a la espalda, que seas novato o vieja gloria: todos igual de indefensos ante la pantalla en blanco, que es la única verdad absoluta, con miedo a no acertar, a no gustar, a no gustarte, a no hacerlo bien, a no superar la prueba. Todos los guionistas somos estudiantes en examen constante.

Y para rebajar la presión buceas en google como si la inspiración tuviera página web. En ese momento tropiezas con algo inesperado, fuera de lo común o quizá tan común que a todos puede interesar: el posible argumento de otra historia. Aún no has terminado un guion y preferirías estar escribiendo otro. Todos los guionistas somos infieles, engañamos a nuestras ideas con otras.

¿Por qué la experiencia sirve de tan poco cuando empiezas a escribir un nuevo guion?

La postura vital de un guionista.

La postura vital de un guionista.

SUDOKU

ESE MOMENTO en el que acaba la maratoniana reunión de trabajo y todos se relajan menos tú, porque a ti te toca convertir las notas en guion. Al primer repaso te das cuenta de que hay que rehacerlo de arriba abajo, y eso que todo el mundo decía que le gustaba, que eran cuatro cambios de nada, que no te iba a costar y que por eso, claro, tendrías que tenerlo listo para el lunes. Otro fin de semana con las manos sobre el teclado.

En ese momento te parece una tarea imposible. No sólo porque no vas a llegar a tiempo sino porque no hay manera de hacer caso a todo y a todos a la vez. Tienes delante los informes de todo el mundo y, por supuesto, defienden propuestas contrarias. Quieren violencia sin sangre, amor sin sexo, intriga sin misterio. Algo potente que no moleste a nadie. Todo fácil de digerir, que el público no trabaje. A cambio, a ti te piden un sudoku que no hay manera de cuadrar, porque además acabas de enterarte de que van a suprimir personajes, que hay menos exteriores y que tienes que contar lo mismo con menos tiempo, dinero y preparación.

Maldices mientras escribes, echar la culpa a los demás inyecta creatividad, tanto límite impuesto te hace sentir menos responsable del resultado y escribes a chorro, única posibilidad, por otra parte, de acabar el guión en tres días. Te gusta: a ver si al final van a tener razón.

En ese momento descubres que los calendarios son un fuelle que actúa por libre, que a estas alturas ya deberían estar rodando y tú, ya ves, tienes entre manos la décima versión. Qué ganas tienes de terminar, de que salga en vídeo, de que la pasen por la TDT. Ya está. Se acabó.

Y entonces te entra el pánico: cuando acabes no sabes qué será lo siguiente. ¿Y si este es tu último proyecto? Tienes prisas por acabarlo y a la vez miedo a que acabe. Reconócelo: no es la situación ideal para escribir chistes.

Justo en ese momento suena el teléfono: la grabación se retrasa porque la actriz, que siempre fue la más entusiasta del proyecto, acaba de firmar por otro. Hay que reescribirlo todo.

¿Por qué escribir guiones es un bucle infinito, en el que
toda palabra impresa es siempre provisional?

BLANCO

ESE MOMENTO en el que relees lo escrito el día anterior y te das cuenta de que es mucho peor de lo que recordabas. Y tú que confiabas en que hoy, por fin, ibas a pasar de la página treinta, vas a emplear una jornada de diez horas en revisar, repensar, retocar, rehacer, reinventar, reescribir. Una jornada en RE.

En el momento del café te tomas una pausa y el zapping recala en una película mil veces vista que ahora te atrae como un imán: esa escena es exactamente la que tú estás escribiendo. Te dicen que sucede con las embarazadas, que sólo ven bombos cuando salen a pasear, pero no le encuentras ninguna gracia a la analogía. Porque esa película la han visto muchos como tú, es la prueba del delito. ¿Vas a decir que es un homenaje, un plagio consciente de fan? Venga, hombre, tú siempre lo has criticado. Pero es que cuando escribes, todas las escenas son tu escena, todas las películas hablan de ti, te sientes un loro de repetición, un cine de reposiciones. Todo está inventado. Copiamos mal lo peor de los demás. Donde otros fallaron tú te empeñas en ser el próximo. Buena suerte.

Terminas la jornada con las piernas sobre la mesa, la mirada en el techo, la mente en blanco. Lo dijiste: blanco. La palabra maldita. ¿Y si alguna vez me quedo vacío? ¿Y si llega un momento en que no se me ocurre nada y ese momento ya es para siempre?

¿Hasta cuándo seguiremos siendo capaces de inventar
algo nuevo cada día?

CRÉDITO

ESE MOMENTO en que se te ocurre pasarte por el rodaje en plan amistoso, a mostrar tu buen carácter, no vayan a decir que, además de friqui, eres un ermitaño. Te presentas sin avisar, mala idea, y cuando llegas no reconoces tu guion, ni sabes a qué mano se deben esos diálogos que los actores están interpretando con la cámara en REC. Desconcierto. Ganas de hacerte minúsculo. Quieres salir corriendo pero eres lento, enseguida te llevan al catering, te adulan, te amansan. Lo que más te duele no es que lo hagan, lo que no entiendes es por qué nadie te lo ha dicho.

Te recuerda a ese momento vivido en la oscuridad de una proyección, un pase para el equipo o puede que el mismísimo estreno. Ahora es costumbre que todos los rótulos aparezcan al final, sabes que lucen menos pero ahí quedan para siempre, así que los lees de corrido esperando a que aparezca tu nombre. Es el peor momento para una sorpresa que a veces ocurre: tu nombre aparece mal escrito; o al director le ha dado por firmar también el guion; o sales en el rodillo de agradecimientos, ahí, sepultado en una cascada de apellidos.

Bien pensado, peor si los rótulos hubieran sido al principio: habrías pasado toda la película mascando con rabia cuál va a ser tu respuesta al desaguisado. Está muy feo pegarse por un rótulo, es verdad, pero te dices que más feo es quedarse callado y dejar que te pisen. Vamos allá, valiente.

Cuando se encienden las luces ya te has convencido de que en el fondo te da igual, que lo mejor es no decir nada y que te supongan enfadado. Al llegar a casa escribes una protesta que piensas enviar con tu firma pero en nombre de toda la profesión. Un mail incendiario que guardas en la carpeta de borradores y que, meses después, arrastras a la papelera como si no fueras tú quien lo estuviera haciendo.

Algún día la pasarán por la tele. Eres un masoca y esperarás a ver el rótulo para recordar aquella indignación. Te tragas media película y cuando llega el final, la cadena corta a publicidad en cuanto sale el primer rótulo. Chasco. Ya ni indignarte puedes, ni siquiera con carácter retroactivo.

¿Por qué tenemos una relación tan extraña con
las películas y series que hemos escrito?

¿El guionista? Sí, aquel de la última butaca de la última fila.

¿El guionista? Sí, aquel de la última butaca de la última fila.

ROJO

En ESE MOMENTO te juraste a ti mismo que no volverías a un estreno. A los tuyos, para evitar sorpresas. A los demás, porque allí no hay sorpresas, con lo cual para qué. Los estrenos son para caras conocidas, las que pueden reconocer los fotógrafos, una definición manga ancha del concepto de famoso en la que nunca caben los guionistas. Ni falta que hace. Lo que no quiere decir que quizá podrían esforzase un poquito en darte mejores entradas que la última fila del gallinero, literalmente la última butaca de la última fila, unos cuantos estrenos te has visto desde allá arriba, ¿se creen que los guionistas no sufrimos de vértigo?

Justo en ese momento caes en la cuenta de que tu entrada no tiene punto rojo. Eso aparta la posibilidad de que todo haya sido fruto del azar, del sistema informático, de tu retraso en pedirlas. No. Hay premeditación. El punto rojo. El que tú no tienes.

A la salida, en el vestíbulo, alguien te pregunta si vas a tomar una copa. Tú respondes que mejor no, que estás cansado y mañana curras. Es verdad, pero es que no te han dado entrada para la fiesta, ni con punto rojo ni sin él. Así que vas al servicio y allí coincides con ese actor que has visto en plató pero nunca te presentaron, le has escrito páginas y páginas de diálogo pero cuando evacuáis cara a la pared no os dirigís la palabra. Miras de reojo y compruebas que en el bolsillo de su chaqueta asoma un tarjetón con un punto rojo del tamaño de una ficha de parchís. Y el actor te devuelve la mirada arqueando la ceja: yo creo que se está pensando lo que no es. Estaba mirando el punto rojo, le digo. Ya me he dado cuenta, me dice él.

De vuelta a casa, te alegras de no haber sido invitado a la fiesta: sabes positivamente que media hora después te habría arrinconado un amigo de un familiar de alguien del equipo, que copa en mano estaría contándote la historia de su vida año por año, porque eso sí que es una película.

¿Por qué formamos parte de un espectáculo
que se empeña en olvidarse de nosotros?

CRASH

ESE MOMENTO en que tu ordenador hace crash. La tragedia con mayúsculas. Ni siquiera ha llegado a encenderse, se te ha ido sin avisar, por primera vez lo miras como a un objeto sin vida. Y te sientes un idiota porque cumples a rajatabla la ley de Murphy: anoche no hiciste copia de seguridad, no lo mandaste a la nube, ni siquiera un correo a ti mismo, ni un duplicado en un pen. Nada.

En ese momento te sabes sentenciado, por eso no te extraña que en el servicio técnico te digan que no hay ninguna seguridad de que puedan recuperar los datos y de que, en cualquier caso, van a tardar una semana. ¿Una semana? Pero si el ordenador es una placa más pequeña que una tableta de chocolate, ¿cuántas cosas se pueden hacer con algo así en una semana? ¿Van a hurgar en mi privacidad, van leerse el guion y opinar sobre él? Seguro que me echan la culpa del desastre: mire usted, tío pedante, el ordenador ha hecho crash porque escribe usted cosas muy malas. Y encima le hemos visto que pidió una subvención.

Nadie te presta un ordenador, así que pasas una semana a dieta absoluta. Si estás en una producción, te acercas a la oficina a escribir en donde haga falta. Si estás en casa, pasas el mono como puedes. En ese momento te das cuenta de hasta qué punto eres un yonqui del teclado. Eres como Adrian Brody en El pianista: denme un tablón de madera y moveré mis dedos como si mecanografiase. Como no encuentras el tablón, al rato entra un amigo en casa y te pilla abriendo una lata de melocotón con el abrigo puesto. A ver cómo se lo explicas.

¿Qué ordenador tendría Shakespeare, Apple o Pc?

SUSPIRO

ESE MOMENTO en que un SMS te anuncia un share del nueve o una recaudación por copia que roza lo miserable, que da tristeza imaginarte a los espectadores desperdigados por la sala. En ese momento vuelves a ser consciente de que todo tu trabajo casi siempre desemboca en poco menos que nada, una traca que hace pum y se apaga. Meses y a veces años de dedicación para un suspiro. Y nadie sabe cómo se hace, por fortuna y por desgracia, tú menos que nadie: lo que te gusta fracasa y lo que detestas es alabado y hace caja.

Todo por un suspiro. ¿Merece la pena?

Justo en ese momento te puede dar por preguntarte si de verdad tienes talento. Si tú servías para esto o si todo se reduce a que eres un cabezota, a que te empeñas en ser algo que en realidad no eres. Eres un impostor.

En ese momento de bajón, no sabes cómo, acabas en una web en la descubres que la tesis doctoral de Sigmund Freud trataba de los testículos de anguila. Tenía veintiún añitos. El trabajo se titulaba: “Observaciones sobre la configuración y estructura fina de los órganos lobulados de anguilas descritos como testículos”. Es decir, los cojones de las anguilas, que, al parecer, existían teóricamente pero nunca habían podido ser analizados. Con el único propósito de encontrar los cojones a las anguilas, el joven Sigmund viajó a Trieste y allí, después de diseccionar cuatrocientos ejemplares, fue consciente de su fracaso. Como suena: fracaso. Una nulidad científica.

¿Superó Sigmund Freud el fracaso de no haber encontrado los testículos de las anguilas? (Freud en "Un método peligroso")

¿Superó Sigmund Freud el fracaso de no encontrar los testículos de las anguilas? (Viggo Mortensen es Freud en “Un método peligroso”)

Supongo que el joven Sigmund Freud pasaría, al menos, una mala noche. Una crisis. A punto estaría, quizá, de tirarlo todo por la borda, a la mierda, me cago en la madre que parió a las anguilas, para qué soñar, si yo no valgo para la ciencia, ya lo decía mi madre. Se acabó: abro una tienda de zapatos. O ingreso en el Ejército, que hay paga y comida.

Se echaría a dormir. Y a la mañana siguiente, en ESE MOMENTO de confusión entre sueño y despertar, cuando aún no estás seguro de si has tenido una idea o solo la persigues… el joven Sigmund se convirtió en el doctor Freud.

Merece la pena seguir porque la idea que estabas esperando
siempre está a punto de llegar.

Quién sabe para qué estás dotado, si para las anguilas o el psicoanálisis, quizá todo sea cuestión de ponerle ganas. El éxito está a la vuelta de la esquina, más cerca de lo que uno supone. El fracaso es la primera etapa del éxito. Todo este asunto –la vocación, el talento, el esfuerzo y la recompensa– será, con total seguridad, objeto de un futuro post.

Y así llegas a ESTE MOMENTO en el que caes en la cuenta de que hoy pensabas huir de tus acostumbrados posts largos como anguilas, que no querías ese tono de academia nocturna de guion sino un post simpático y ligerito. Y mira lo que te ha salido, una paja mental que ya supones que nadie leerá, o peor aún, van a decir que les gusta sin haberla leído, abundarán felicitaciones y, entre ellas, algún comentario destemplado al que responderás con rabia innecesaria. Como si las palabras fueran a cambiar el mundo.

Y entonces, pensando en Freud, EN ESTE MISMO MOMENTO te fuerzas a ser optimista y concluyes que de algo sirven las palabras. Puede que a otros no, pero a ti, de momento, el desgaste del teclado te está ahorrando una pasta en terapias.


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