SALVA AL PERRO

1 febrero, 2017

sprocket

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

El otro día coincidí con el guionista Jorge Naranjo y estuvimos conversando sobre algo que nos define a ambos: Lo mucho que amamos a los perros.

No tengo nada contra los gatos, pero yo soy de perros. Crecí con perros, jugué con perros, añoré, añoro y añoraré a perros. Le comentaba el otro día a Jorge que mi novia y yo estamos deseando adoptar uno si algún día nos lo podemos permitir: Si algún día vivimos en una casa adecuada para ello, si algún día tenemos unos horarios y unas condiciones de vida que lo permitan, unas circunstancias que garanticen la felicidad del chucho en cuestión. La contestación de Jorge podría resumirse en algo así:

– Nunca es el momento adecuado para tener un perro. Si esperas esas circunstancias idílicas, nunca llegarán. Hay que lanzarse a la piscina y meter al animal en tu vida a pesar de todo. Entonces, poco a poco, tu vida se irá adaptando a esa nueva situación o, dicho de otra manera: Te irás adaptando tú a ello.

Bueno, él lo dijo con otras palabras y con acento sevillano, pero espero haber sido fiel al concepto.

¿Por qué os cuento esto en un blog sobre guión? Porque creo que lo que acabáis de leer sobre “el mejor amigo del hombre” puede aplicarse también a ese guión de largometraje que queréis escribir “cuando llegue el momento adecuado“, o a esa novela que deseáis trasladar de vuestra cabeza al papel “cuando las circunstancias os lo permitan“, o a ese proyecto tan bonito que ojalá algún día podáis permitiros desarrollar, cuando tengáis la tranquilidad y el tiempo necesarios.

Ya sea por miedo a enfrentarse al monstruo cara a cara, ya sea por agotamiento físico y moral… nos sucede en última instancia lo mismo que con el perro. Nos decimos a nosotros mismos que ya empezaremos esa obra tan personal cuando nuestro trabajo alimenticio deje de absorbernos; o cuando vivamos en una casa mejor, con más luz, con más intimidad, con más silencio; o cuando – pelis, libros y series mediante – estemos mejor documentados sobre el tema que pretendemos abordar…

Nos pasamos la vida postponiendo adoptar al puto perro y mientras tanto alguien se nos adelanta y lo adopta en nuestro lugar, o una voz sombría en nuestra perrera interior nos susurra que estamos hartos de él y hay que sacrificarlo.

Estoy acostumbrado a escuchar a guionistas quejándose porque esa nueva peli o esa nueva serie que de repente lo está petando “se les ocurrió antes a ellos”. A mí también me sucede constantemente: Se estrenan historias que pisan ideas que ya llevaban años macerándose en mi cabeza.

Creo que nos lo merecemos, por haber remoloneado a la hora de escribirlas.

Siempre podremos justificarnos pensando que, aunque hubiésemos escrito nuestra obra, no habríamos tenido los medios o los contactos necesarios para convertirla en un éxito de crítica o de público. Justificación de cobardes, bálsamo de adictos al autosabotaje.

No obstante, la justificación favorita de los inmovilistas tiene más enjundia, incluso más sentido: “Esta historia es distinta a las demás. No puedo tomármela a la ligera. No me puedo permitir escribirla mal”.

A nadie le apetece que su hijo tenga que nacer en un pesebre.

Cuando mis circunstancias personales dificultan mi implicación en esas criaturas que realmente me apetece escribir, me viene a la memoria algo que dijo una vez una muy buena actriz que conozco, Belén López Valcárcel:

– Haz todos los días algo que te acerque un poco más a tu sueño, aunque sea únicamente comprar el sello de correos que necesitas para enviar tu videobook.

Ese sello de correos no deja de ser una metáfora de otras muchas cosas. A mí me funciona pensar en ello, incluso en los días más ajetreados: ¿Qué sello de correos compro hoy?

En el submundo del escritor ese “sello de correos” puede consistir en anotar una o dos ideas para tu historia, o en buscar en Google información para documentarte sobre algún detalle relacionado con tu obra o, si estás mejor de tiempo o de energías, escribir una única secuencia, o un par de diálogos.

Hoy, por ejemplo, entre la escritura de este post y otras obligaciones, he dado un paseo en el que he imaginado cómo le vendería a un director el guión en el que estoy trabajando ahora. Gracias a esa conversación imaginaria han surgido ideas que han hecho crecer bastante el la historia.

En otros momentos del proceso “comprar el sello” podrá equivaler literalmente a comprar el sello (o su versión más postmoderna y económica, que es enviar un mail)

Le veo dos importantes ventajas a esta actitud vital de comprar el sello:

1- Es una forma efectiva de no olvidar lo que deseas hacer, incluso en días en los que no le puedes dedicar más de 5 minutos. Y todos sabemos lo fácil que resulta olvidar lo que queremos, e incluso por qué lo queríamos.

2- A veces sólo necesitamos ese “comprar el sello”, ese empujoncito inicial para no poder parar. Escribir algo que nos ilusiona es como empezar a comer pipas. De repente ese tiempo que no teníamos aparece como por arte de magia (simplemente era tiempo que teníamos defragmentado, disperso, embargado en ratos muertos, en divagaciones sin rumbo), o de repente esas fuerzas que nos faltaban aparecen como por arte de magia, porque igual lo que nos faltaba no eran las fuerzas, sino precisamente eso: El arte y la magia.


FLASHBACK: EL QUÉ Y EL CÓMO

13 noviembre, 2011
Por Guionista Hastiado

Hay una creencia extendida dentro de la industria cultural que personalmente siempre me ha resultado un poco timo. Y tengo la sensación de que cada día que pasa está más asumida, tanto entre diletantes como entre curtidos profesionales. Se trata de la fe en las ideas geniales. Me refiero a la aventurada promesa de que algún día se te ocurrirá esa idea perfecta que te hará rico y reputado; esa premisa para el mejor guión que a nadie se le ha ocurrido nunca; ese intrincado detonante que te dará la mejor serie o ese personaje que catapultará tu carrera hacia lo más alto del olimpo de los creadores. Tu “Tesis”, tu “Pepi, Luci, Boom”, tu “Diablo sobre ruedas”… expresados en unas pocas palabras.

Supongo que no se trata de algo extraño en éste país nuestro tan amigo de pelotazos, donde se considera que el que no se hace rico de la noche a la mañana es porque no ha sido muy listo. Así, los que no somos muy listos debemos conformarnos con creer en el futurible de las loterías, los milagros, o las ideas geniales que nos salvarán de la mediocridad.

En cierta ocasión conocí a un productor que me enseñó una lista de propuestas para series que se disponía a llevar a una cadena. Parecía que iba a echar la bonoloto. Era un listado de unas 30 ideas concentradas en un folio, del tipo “un joven descarriado se ve obligado a vivir con su hermano el responsable”. “Una familia de campo que se va a vivir a la ciudad por una herencia”. “Un chico estudia oposiciones para impresionar a la chica que le gusta”.

Vale, me las he inventado. Ya no las recuerdo. Pero sirven como ejemplo de lo que trato de explicar: que una idea para crear una historia, por sí misma, no es nada. Lo importante, y lo difícil, es cómo la llevas a cabo, cómo la conviertes en algo real. Es el “cómo” y no el “qué”, lo que hace de una ficción una obra de arte, un éxito de público, o un gran trozo de composta maloliente.

Las películas que nos emocionan, que nos atrapan, o aquellas que triunfan por todo el mundo, funcionan porque han sido llevadas a buen término por un equipo de profesionales que sabían lo que hacían. Son tantas las decisiones a tomar y tantos los errores susceptibles de cometerse a lo largo del complejo proceso de creación de un film, que es imposible acertar en todo por simple casualidad y atribuir todos los méritos a que “había un buen punto de partida”.

Hay quien le da mucha importancia a la originalidad de las propuestas. Y, por supuesto, no hay nada más agradecido y apetecible que salir del cine pensando que has visto algo distinto, algo nuevo. Pero la originalidad tiene que ver sobre todo con la manera de contar, con el estilo, con el punto de vista y los mecanismos narrativos empleados, más que con los temas. Partiendo de ideas originales se han hecho cosas maravillosas y grandes tonterías (rentables, pero tonterías). Y de la idea más sencilla del mundo se pueden lograr productos redondos y maravillosos como éste.

La originalidad temática es algo francamente difícil de valorar y encontrar, y su búsqueda exhaustiva lleva a cometer errores como ese afán mayúsculo de joven cortometrajista por impactar constantemente en cada plano, o por buscar de manera obsesiva “un final sorpresa”.

Convendrán conmigo en que el material fundamental del oficio de contar historias no es otro que el propio ser humano. Hablamos de nosotros porque es lo único que nos importa, así de egocéntricos somos. Se trata de un material inagotable, sí, pero no ofrece, en los grandes asuntos tratados, muchas variaciones. Los conflictos son siempre los mismos en esencia; de hecho son muchos los estudiosos de la narrativa que se han preocupado de numerar y catalogar los diferentes tipos de conflicto a los que puede enfrentarse un personaje (lo que resulta un ejercicio teórico interesante, pero quizá no demasiado útil a la hora de ponerse a escribir).

Contamos una y otra vez las mismas historias, pero cada creador aporta su visión y su manera personal de abordar esas historias. Los personajes, el contexto y el lenguaje narrativo (audiovisual) aportan la diferencia. Cojamos un titular cualquiera como, por ejemplo “un padre lucha por salvar a su hija de su novio asesino”. Imaginad las historias tan diferentes que resultarían si esa premisa la desarrollaran Almodóvar, Woody Allen o Ridley Scott. Sería ese proceso de desarrollo el que determinaría absolutamente la calidad, la personalidad y el mérito del producto final, y no la idea de partida.

Lo que pasa es que vivimos en un mercado audiovisual donde para muchos lo más importante no es hacer las cosas bien, sino venderlas.  Se trata de vender tu idea: tu guión, tu proyecto, tu serie, tu largo… Por eso la primera obsesión de aquellos que desarrollan una historia es llamar la atención, y ahí es donde la idea, como argumento de venta, cobra una importancia quizá excesiva.

Además, cuando entran en juego los condicionantes de mercado, el concepto de “idea” se prostituye, y ya no cuentan tanto los posibles valores narrativos que puede aportarnos la premisa inicial (¿es una historia con “chicha”?), sino las consideraciones externas: ¿Me darán subvención con este tipo de historia? ¿Puedo meter actores guapos? ¿Puedo meter desnudos? ¿Puedo ganar mucho gastando poco? ¿Puedo rodar en algún sitio paradisíaco donde tomar daiquiris? ¿Es un concepto suficientemente atractivo como para engañar al público y lograr que acuda al cine en masa las dos primeras semanas?

Los empresarios de la industria tienden a considerar que la mejor idea es las menos arriesgada, es decir, aquella que ya ha sido testada previamente, y que lo único que hay que hacer es repetir fórmulas con algún elemento supuestamente original de fondo, o darle “una vuelta de tuerca” a lo de siempre.

Al final, es el “cómo” el que suele salir perdiendo. Podemos ser Calatravas del guión y hacer ambiciosas propuestas de historias perfectas dibujadas sobre el aire, pero si tenemos algún interés en que el resultado no decepcione, tendremos que ponernos manos a la obra y empezar a construir, y demostrar con hechos que somos capaces de llevar a buen término todo eso que prometíamos. Y ahí es donde vendrá la originalidad, la distinción, el talento. Si los hay.

Igual es sólo cosa mía, pero sigo asombrándome cuando descubro la existencia de proyectos como éste o este otro. No se me ocurre una idea más sencilla que la de “Cheers”: un grupo de empleados y clientes habituales de un bar que comparten sus miserias diarias a ambos lados de la barra. Si “Cheers” es una de las mejores sitcoms que han existido no es por ese planteamiento de partida, es por su trabajo de composición de personajes, por el talento y el mimo con los que se escribieron sus guiones, por la oportunidad del momento y el lugar en el que se hizo (en el que se apostó por volver a lo cotidiano y pequeño después de una década de “grandes asuntos” como la guerra de Vietnam), por el acierto en el cásting y en la dirección de actores y, en definitiva, por cómo todo ello confluyó en una obra audiovisual exquisita.

Aquí somos muy de copiar la superficie. No nos preocupamos por aprehender los sistemas de trabajo, la manera de afrontar el conflicto, de equilibrar personajes, de enfocar el cásting, de pulir los gags, de rodar, y de construir las tramas horizontales… No, aquí copiamos el encabezado, porque queda bonito y llamativo.

Incluso utilizando exactamente los mismos guiones que el producto primigenio, ningún actor podrá estar a la altura de los protagonistas originales, porque esos personajes ya existen y no se pueden reinventar sin que pierdan en la comparación. La idea de resucitar a Sam Malone puede llamar la atención del público que conoció al primigenio Sam Malone, pero ese público es exactamente el mismo que se va a decepcionar al encontrarse con una burda imitación del original.

(Y eso que a mí San Juan me parece un actor muy potable… pero es que no es Sam Malone)

Pero  lo importante, claro, es vender el proyecto; ése es el verdadero propósito de una productora: vender proyectos. Y es un objetivo comprensible, esto es un negocio. El problema está, quizá, en quienes compran y en los motivos que les llevan a confiar en este tipo de apuestas. Últimamente tengo la impresión de que ya no se demandan historias, sino envoltorios, titulares llamativos, taglines apabullantes, frasecillas curiosas en las portadas de los proyectos, lametones de ingenio desparramados en folios sueltos o, directamente, un par de nombres de actores famosos que “han mostrado interés en el proyecto”.

En este mundillo vuelan las anécdotas de guiones que se vendieron con unas pocas frases impresas en una página y deslizadas sobre la mesa entre cubata y cubata. Esos proyectos siempre van acompañados de grandes intenciones que prometen historias trepidantes, divertidas, de sutil inteligencia y capaces de enganchar al espectador desde el primer minuto, todo a la altura de los grandes éxitos del momento. Gran parte de ellos fueron, y serán, sonoros fracasos.

Vender es importante. Si no se venden los proyectos, no se hacen. Pero luego hay que arremangarse y poner el acento en el proceso que viene después, y trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico, en elaborar un presupuesto dándole a cada cosa el valor adecuado, en el ensamblaje coordinado y adecuado de todos y cada uno de los procesos de la producción…

Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista.

Mi consejo, si quieren escribir y llegar a vivir de sus guiones, es que no se obsesionen demasiado con las ideas; las ideas vendrán solas. Preocúpense, sobre todo, por aprender a escribirlas bien, porque de eso va realmente este trabajo.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 11 de marzo de 2011)


EN DEFENSA DE LAS IDEAS

29 marzo, 2011

por David Muñoz

El 11 de Marzo el Guionista Hastiado publicó en Bloguionistas un texto titulado “El qué y el cómo” en el que, como siempre, incluía muchas reflexiones interesantes sobre el oficio de guionista. Pero, además, también decía esto:

“Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista”.

Y la verdad es que al leerlo me quedé de piedra.

¿Cómo qué “fácil!????????????

¡De fácil nada!

Pero antes de explicar porqué la tesis de Hastiado me produjo esa reacción, creo que debo aclarar qué entiendo yo por “una idea”.

Por Ej., para mí la idea de base de la estupenda “Buried” (Rodrigo Cortes, 2010) no es “voy a contar la historia de un tío al que entierran en un ataúd y no sale de él en toda la película”. Esa “idea” no sirve para nada. Y como se ha dicho ya en otros blogs, probablemente la habían tenido antes decenas de guionistas que no supieron cómo convertirla en un guión de largometraje. ¿Por qué? Pues porque en realidad la idea de “Buried”, la que realmente te permite escribir un guión con ella, es “entierran a un tío en un ataúd y cuando despierta descubre que tiene un móvil que sus secuestradores han dejado allí para ponerse en contacto con él, pero también para que pueda pedir un rescate a cambio de su libertad”. Sin móvil, no hay película. Y la idea completa, la idea que vale, introduce de forma lógica en la historia el teléfono sin el que es imposible que la historia de Paul Conroy tenga un desarrollo dramático convincente (luego, es cierto que “Buried” podría haberse titulado “Ryan Reynolds habla por teléfono hora y media”; pero ese sí que me parece un problema inevitable).  La idea del guionista de “Buried”, Chris Sparling, vale su peso en oro. Desde luego que con esa idea podría haberse rodado también una película horrenda. Pero en este caso todos los elementos que componen el puzzle de “Buried” encajan a la perfección, mejorándose unos a otros. Aún así, sin la idea “generadora” de Sparling, ahora no estaríamos hablando de una película.

Visto así, ninguna de las “ideas” que cita Hastiado son realmente ideas. O por lo menos no son ideas que puedan servirle de algo a un guionista que pretendiera desarrollar un proyecto a partir de ellas.

Independientemente de todo lo anterior, el texto de Hastiado me ha hecho pensar en algo que no para nunca de sorprenderme y que sin embargo se da muy a menudo en nuestro oficio tanto desde la teoría como desde la práctica: la creencia de que puede abordarse la escritura de un guión tratando de forma aislada cada uno de los aspectos que lo componen. Así, se dicen cosas como que las ideas son “fáciles” y lo que importa es desarrollarlas bien, o lo contrario; o se escriben textos sobre cómo escribir buenos personajes olvidándose de la historia que protagonizan, etc.

Y a mí todo eso me pone de los nervios. Personaje y trama son lo mismo, existen el uno al servicio de la otra (y viceversa). Y una buena idea mal desarrollada no sirve de nada, pero una idea sin interés alguno contada maravillosamente tampoco lleva a ninguna parte.

Ya lo he dicho antes, el guión (y luego la película), es un puzzle. Si una pieza falla, el puzzle nunca estará completo, no “funcionará”. Los guionistas construimos complejos mecanismos narrativos en las que sus diferentes elementos necesitan de los otros para tener sentido.

Por supuesto que el oficio es importante, desde luego que hay que saber “trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico (…)”. Pero es que TODO es importante.

Ah, antes de seguir, aclaro que me da la impresión de que Hastiado estaba sobre todo hablando de la televisión, dónde es cierto que en el 90% de los casos trabajas con ideas que te vienen dadas. Pese a ello, aunque te den una sinopsis y tu trabajo sea desarrollarla, tu material de trabajo son las ideas. Puedes pasarte días tratando de descubrir cómo llegar de A a C, tratando de tener una idea. Y aunque en la televisión también hay guionistas que pueden vivir cómodamente de su trabajo dialogando o escaletando sin llegar hacer ninguna otra cosa durante toda su carrera, sin tener que parir “ideas generadoras”, yo la verdad es que no conozco personalmente a ningún guionista profesional que no sea capaz de hacer más o menos bien ambas cosas.

Además, hay otra cosa que creo que debe tenerse en cuenta.  Y para explicarla voy a hablar de mi experiencia personal, que al fin y al cabo es la que mejor conozco.

Como todos los guionistas que ya llevamos un tiempo en esto, se supone que tengo un oficio. O sea, que cualquier productor que me contrate (y más si ya ha trabajado conmigo) sabe que por Ej. va a recibir el guión a tiempo, y que probablemente va a ser un guión al menos decente. Mi borrador tendrá muchas cosas mejorables, seguro, pero no le darán ganas de pedirme que le devuelva el dinero que me ha pagado al firmar el contrato.

Entonces, una vez tienen clara mi profesionalidad…. ¿qué es lo que buscan? ¿qué es lo que determina que decidan desarrollar un proyecto conmigo como guionista?

Pues básicamente, la idea (de nuevo, me refiero a una idea que lleve implícita un posible desarrollo). Sí, cómo sugiere Hastiado, y cómo dice Blake Snyder en el libro que recomendé la semana pasada, siempre se trata de “contar lo mismo de otra manera”. Pero encontrar esa manera, aquello que diferencia a tu proyecto de otros similares, que lo hace especial, puede ser un proceso que lleve meses, incluso años.  Y no resulta nada, pero nada fácil.

Por Ej., como ya he comentado aquí alguna vez, hace unos años vendí mi primera serie de cómics en Francia para la editorial “Les humanoïdes Associés”. Se llama “Le Manoir des Murmures” y justo ahora, el dibujante, Tirso Cons, está terminando de ilustrar la tercera entrega.

Y solo hace unas semanas conseguí vender un segundo proyecto en la misma editorial con otro dibujante. Pero, aunque los derechos de “Le Manoir…” se han vendido para que sea editado en varios países, y una productora se ha interesado en ella para llevarla al cine, no me ha resultado nada fácil colocar un nuevo proyecto en Humanoïdes.

Si el editor sabe que soy un guionista competente y ambos estamos muy contentos con cómo han ido las cosas en nuestro primer proyecto… ¿por qué no se limita a decirme que sí a lo primero que le presente?

Pues porqué las ideas importan. Y no solo para vender la película, el cómic o lo que sea que hagas (si nadie te ve, si nadie te lee, qué importa lo maravillosamente escritos que estén tus guiones).

A mí me costó meses llegar a una buena idea que nos convenciera a ambos de que teníamos entre manos un proyecto interesante en el que merecería la pena invertir varios años de trabajo. Sobre todo porque yo estaba empeñado en escribir una historia de vampiros. Y con lo saturados que están todos los medios de historias de “chupasangres”, no ha resultado sencillo  encontrar la manera de contar lo mismo de otra manera.

Precisamente estaba dándole vueltas a estos asuntos y quedé a comer con una amiga novelista que está a punto de publicar su nuevo libro. Le pregunté si ya tenía más o menos listo el segundo y me miró con un gesto de estupefacción muy parecido al que debí poner yo tras leer el texto de Hastiado. “Pues claro que no”-me vino a decir-“Si estoy agotada de revisar esta. Además… ¿la idea qué?”.

Pues eso. “¿La idea qué?”.

Mi amiga sabía que si iba a dedicar los próximos años de su vida a escribir un “tocho” como el que van a editarle ahora, más valía que esa idea mereciera la pena.

Y también sabía que no le iba a resultar nada fácil encontrarla.

*Ampliación: Antes de publicar esta entrada, decidí mandársela al Guionista Hastiado (que para eso somos compañeros de blog), y esto fue lo que me contestó: “En realidad yo no quería decir tanto que la idea no fuera importante, sino que criticaba esa tendencia a considerar que la idea lo es todo, y que el desarrollo es sólo “ese trabajo que alguien hará”, ciertamente, como dices, algo que sucede más en televisión”. Y con eso sí que estoy totalmente de acuerdo.


EL QUÉ Y EL CÓMO

11 marzo, 2011
Por Guionista Hastiado

Hay una creencia extendida dentro de la industria cultural que personalmente siempre me ha resultado un poco timo. Y tengo la sensación de que cada día que pasa está más asumida, tanto entre diletantes como entre curtidos profesionales. Se trata de la fe en las ideas geniales. Me refiero a la aventurada promesa de que algún día se te ocurrirá esa idea perfecta que te hará rico y reputado; esa premisa para el mejor guión que a nadie se le ha ocurrido nunca; ese intrincado detonante que te dará la mejor serie o ese personaje que catapultará tu carrera hacia lo más alto del olimpo de los creadores. Tu “Tesis”, tu “Pepi, Luci, Boom”, tu “Diablo sobre ruedas”… expresados en unas pocas palabras.

Supongo que no se trata de algo extraño en éste país nuestro tan amigo de pelotazos, donde se considera que el que no se hace rico de la noche a la mañana es porque no ha sido muy listo. Así, los que no somos muy listos debemos conformarnos con creer en el futurible de las loterías, los milagros, o las ideas geniales que nos salvarán de la mediocridad.

En cierta ocasión conocí a un productor que me enseñó una lista de propuestas para series que se disponía a llevar a una cadena. Parecía que iba a echar la bonoloto. Era un listado de unas 30 ideas concentradas en un folio, del tipo “un joven descarriado se ve obligado a vivir con su hermano el responsable”. “Una familia de campo que se va a vivir a la ciudad por una herencia”. “Un chico estudia oposiciones para impresionar a la chica que le gusta”.

Vale, me las he inventado. Ya no las recuerdo. Pero sirven como ejemplo de lo que trato de explicar: que una idea para crear una historia, por sí misma, no es nada. Lo importante, y lo difícil, es cómo la llevas a cabo, cómo la conviertes en algo real. Es el “cómo” y no el “qué”, lo que hace de una ficción una obra de arte, un éxito de público, o un gran trozo de composta maloliente.

Las películas que nos emocionan, que nos atrapan, o aquellas que triunfan por todo el mundo, funcionan porque han sido llevadas a buen término por un equipo de profesionales que sabían lo que hacían. Son tantas las decisiones a tomar y tantos los errores susceptibles de cometerse a lo largo del complejo proceso de creación de un film, que es imposible acertar en todo por simple casualidad y atribuir todos los méritos a que “había un buen punto de partida”.

Hay quien le da mucha importancia a la originalidad de las propuestas. Y, por supuesto, no hay nada más agradecido y apetecible que salir del cine pensando que has visto algo distinto, algo nuevo. Pero la originalidad tiene que ver sobre todo con la manera de contar, con el estilo, con el punto de vista y los mecanismos narrativos empleados, más que con los temas. Partiendo de ideas originales se han hecho cosas maravillosas y grandes tonterías (rentables, pero tonterías). Y de la idea más sencilla del mundo se pueden lograr productos redondos y maravillosos como éste.

La originalidad temática es algo francamente difícil de valorar y encontrar, y su búsqueda exhaustiva lleva a cometer errores como ese afán mayúsculo de joven cortometrajista por impactar constantemente en cada plano, o por buscar de manera obsesiva “un final sorpresa”.

Convendrán conmigo en que el material fundamental del oficio de contar historias no es otro que el propio ser humano. Hablamos de nosotros porque es lo único que nos importa, así de egocéntricos somos. Se trata de un material inagotable, sí, pero no ofrece, en los grandes asuntos tratados, muchas variaciones. Los conflictos son siempre los mismos en esencia; de hecho son muchos los estudiosos de la narrativa que se han preocupado de numerar y catalogar los diferentes tipos de conflicto a los que puede enfrentarse un personaje (lo que resulta un ejercicio teórico interesante, pero quizá no demasiado útil a la hora de ponerse a escribir).

Contamos una y otra vez las mismas historias, pero cada creador aporta su visión y su manera personal de abordar esas historias. Los personajes, el contexto y el lenguaje narrativo (audiovisual) aportan la diferencia. Cojamos un titular cualquiera como, por ejemplo “un padre lucha por salvar a su hija de su novio asesino”. Imaginad las historias tan diferentes que resultarían si esa premisa la desarrollaran Almodóvar, Woody Allen o Ridley Scott. Sería ese proceso de desarrollo el que determinaría absolutamente la calidad, la personalidad y el mérito del producto final, y no la idea de partida.

Lo que pasa es que vivimos en un mercado audiovisual donde para muchos lo más importante no es hacer las cosas bien, sino venderlas.  Se trata de vender tu idea: tu guión, tu proyecto, tu serie, tu largo… Por eso la primera obsesión de aquellos que desarrollan una historia es llamar la atención, y ahí es donde la idea, como argumento de venta, cobra una importancia quizá excesiva.

Además, cuando entran en juego los condicionantes de mercado, el concepto de “idea” se prostituye, y ya no cuentan tanto los posibles valores narrativos que puede aportarnos la premisa inicial (¿es una historia con “chicha”?), sino las consideraciones externas: ¿Me darán subvención con este tipo de historia? ¿Puedo meter actores guapos? ¿Puedo meter desnudos? ¿Puedo ganar mucho gastando poco? ¿Puedo rodar en algún sitio paradisíaco donde tomar daiquiris? ¿Es un concepto suficientemente atractivo como para engañar al público y lograr que acuda al cine en masa las dos primeras semanas?

Los empresarios de la industria tienden a considerar que la mejor idea es las menos arriesgada, es decir, aquella que ya ha sido testada previamente, y que lo único que hay que hacer es repetir fórmulas con algún elemento supuestamente original de fondo, o darle “una vuelta de tuerca” a lo de siempre.

Al final, es el “cómo” el que suele salir perdiendo. Podemos ser Calatravas del guión y hacer ambiciosas propuestas de historias perfectas dibujadas sobre el aire, pero si tenemos algún interés en que el resultado no decepcione, tendremos que ponernos manos a la obra y empezar a construir, y demostrar con hechos que somos capaces de llevar a buen término todo eso que prometíamos. Y ahí es donde vendrá la originalidad, la distinción, el talento. Si los hay.

Igual es sólo cosa mía, pero sigo asombrándome cuando descubro la existencia de proyectos como éste o este otro. No se me ocurre una idea más sencilla que la de “Cheers”: un grupo de empleados y clientes habituales de un bar que comparten sus miserias diarias a ambos lados de la barra. Si “Cheers” es una de las mejores sitcoms que han existido no es por ese planteamiento de partida, es por su trabajo de composición de personajes, por el talento y el mimo con los que se escribieron sus guiones, por la oportunidad del momento y el lugar en el que se hizo (en el que se apostó por volver a lo cotidiano y pequeño después de una década de “grandes asuntos” como la guerra de Vietnam), por el acierto en el cásting y en la dirección de actores y, en definitiva, por cómo todo ello confluyó en una obra audiovisual exquisita.

Aquí somos muy de copiar la superficie. No nos preocupamos por aprehender los sistemas de trabajo, la manera de afrontar el conflicto, de equilibrar personajes, de enfocar el cásting, de pulir los gags, de rodar, y de construir las tramas horizontales… No, aquí copiamos el encabezado, porque queda bonito y llamativo.

Incluso utilizando exactamente los mismos guiones que el producto primigenio, ningún actor podrá estar a la altura de los protagonistas originales, porque esos personajes ya existen y no se pueden reinventar sin que pierdan en la comparación. La idea de resucitar a Sam Malone puede llamar la atención del público que conoció al primigenio Sam Malone, pero ese público es exactamente el mismo que se va a decepcionar al encontrarse con una burda imitación del original.

(Y eso que a mí San Juan me parece un actor muy potable… pero es que no es Sam Malone)

Pero  lo importante, claro, es vender el proyecto; ése es el verdadero propósito de una productora: vender proyectos. Y es un objetivo comprensible, esto es un negocio. El problema está, quizá, en quienes compran y en los motivos que les llevan a confiar en este tipo de apuestas. Últimamente tengo la impresión de que ya no se demandan historias, sino envoltorios, titulares llamativos, taglines apabullantes, frasecillas curiosas en las portadas de los proyectos, lametones de ingenio desparramados en folios sueltos o, directamente, un par de nombres de actores famosos que “han mostrado interés en el proyecto”.

En este mundillo vuelan las anécdotas de guiones que se vendieron con unas pocas frases impresas en una página y deslizadas sobre la mesa entre cubata y cubata. Esos proyectos siempre van acompañados de grandes intenciones que prometen historias trepidantes, divertidas, de sutil inteligencia y capaces de enganchar al espectador desde el primer minuto, todo a la altura de los grandes éxitos del momento. Gran parte de ellos fueron, y serán, sonoros fracasos.

Vender es importante. Si no se venden los proyectos, no se hacen. Pero luego hay que arremangarse y poner el acento en el proceso que viene después, y trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico, en elaborar un presupuesto dándole a cada cosa el valor adecuado, en el ensamblaje coordinado y adecuado de todos y cada uno de los procesos de la producción…

Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista.

Mi consejo, si quieren escribir y llegar a vivir de sus guiones, es que no se obsesionen demasiado con las ideas; las ideas vendrán solas. Preocúpense, sobre todo, por aprender a escribirlas bien, porque de eso va realmente este trabajo.


EL “GORDO” DE NAVIDAD

21 diciembre, 2010

David Muñoz

Guionista pensando.

“Mira que cuesta encontrar una buena idea”…

Eso es precisamente lo que estaba pensando cuando leí un comentario de “Hortensia” en mi post de la semana pasada en el que entre otras cosas decía: “Lo que sí me ha quedado muy claro es que no se puede ser guionista a tiempo completo. Por lo menos a mí, no se me ocurren ideas geniales todos los días. El guionista precisa parar, reposar o hacer otra cosa en cuanto arriba un nuevo proyecto”.

A veces se olvida que una de las cosas a las que tienes que dedicar más tiempo cuando eres guionista freelance es a intentar tener ideas geniales. Especialmente si lo que quieres escribir es cine, ya que como solemos descubrir  casi todos los guionistas cuando nos da por intentar vender el planteamiento de una serie o una TV Movie, el 90% o más de las ideas que acaban transformadas en producto televisivo se generan en las propias productoras. Incluso muchas veces los conceptos a desarrollar vienen “desde arriba” y no de los guionistas que trabajan allí. O sea, surgen de los productores ejecutivos de la empresa, que cada vez más, son también guionistas. Es raro que un guionista freelance venda un proyecto de serie de televisión que ha parido en casa. Ocurre alguna vez, pero tan pocas que casi resulta una ingenuidad intentarlo*.

Pero como decía antes, si lo tuyo es el cine, o como en mi caso, el cine y el cómic (me refiero a como “generador” de ideas, ya que también escribo TV), es inevitable que termines dedicando buena parte de tu jornada a encontrar ideas que puedan acabar terminadas en un largometraje o en un álbum.

Y resulta agotador.

Muchas veces, después de una racha especialmente intensa, lo que necesitas es lo que cuenta Hortensia: parar, reposar y hacer otra cosa. Y eso que yo siempre tengo muchas más historias por escribir que las que puedo escribir. Nunca me ha resultado un problema tener ideas. Otra cosa es que sean “geniales” o no.

A pesar de eso, a veces mi cerebro necesita desconectar.

Cuando digo esto, siempre me acuerdo de la escena de La guerra de las galaxias en la que el androide C3Po se “apaga” para descansar un rato. ¡Ya me gustaría a mí poder hacer algo así y quedarme tan pancho como él!

Un androide relajado.

Pero no, no es nada fácil conseguir “apagarse”. Y no solo por la cuestión económica. En mi caso, ni teniendo ahorros soy capaz de parar. Siempre tengo miedo de no tener algo bueno que enseñar cuando empiece a quedarme sin dinero.

Y por desgracia, tener buenas ideas, capaces de transformarse en una buena historia, no es precisamente sencillo. Aunque al principio todas te parecen geniales (si no, no las escribirías), cuando les das una vuelta y empiezas por Ej. a tantear cómo sería una posible escaleta basada en ellas, te das cuenta de que la mayor parte de las cosas que se te han ocurrido en realidad no funcionan, casi siempre porque no pasan de ser ocurrencias sin un desarrollo dramático claro. Eso, o de pronto descubres que alguien ha pensado lo mismo antes que tú y ya hay un productor desarrollando un proyecto similar al tuyo.

Estoy diciendo todo el rato “buenas ideas”, pero no es eso. Más bien debería decir “ideas vendibles”. Muchas veces lo que acabamos vendiendo es lo que nos parece más mediocre de lo que hemos escrito. También suele ser lo que más “suena” a algo que se ha hecho anteriormente. Y no hay nada que dé más seguridad a los que tienen que poner el dinero para que se haga una película (o lo que sea) que sentir que están en terreno familiar.

¿Pero cuáles son esas ideas vendibles?

Pues ni idea. Cada productor o cada director se haría una lista de la compra distinta.

Seguro que ya he utilizado esta metáfora aquí alguna vez, pero si quieres que te toque la lotería… más vale que compres todos los billetes que puedas.

Y los “billetes” que compramos los guionistas no cuestan dinero. Cuestan esfuerzo y tiempo.

Pero afortunadamente hay algo que hace que el proceso sea llevadero: inventar, además de agotador, es divertido.

Seguro que más de un lector que no trabaje en esto se echará las manos a la cabeza cuando diga que de cada 15 ideas que pares puedes acabar vendiendo una (eso, si tienes suerte), y que sin embargo, el proceso de crearlas puede ser divertido. Lo sé. Suena raro. Pero a mí también me cuesta creer que alguien pueda disfrutar subiendo una montaña en bicleta. Además, inventar una historia produce un subidón bastante difícil de explicar si no lo has experimentado. Estoy convencido de que produce adicción. Más de una vez he querido parar, casi obligándome a hacerlo, y no he sido capaz.

Pero hay días, como ayer, en que presa de un ataque de tontería “findeañera”, te da por repasar lo que has hecho durante el año, y descubres que en 2010 has escrito nada menos que:

-Dos guiones de largometraje.

-Dos tratamientos y al menos seis sinopsis bastante detalladas.

-Tres proyectos de cómic.

Y los has escrito sin cobrar, encajándolos entre los proyectos de televisión y las clases que te dan de comer. Vamos, que has currado de lo lindo.

Son billetes de lotería.

Y lo repito: disfruto haciéndolo. Este “post” no pretende ser otra lamentación de guionista agobiado. No cambiaría mi vida por nada. Además, nunca sabes cuándo va a sonar la flauta. Solo hace unas horas me he enterado de que un proyecto que creía muerto y enterrado desde hace meses puede que resucite en unas semanas, y de que un cómic que escribí un par de años atrás va camino de Los Angeles porque está interesado en leerlo un actor que puede querer protagonizar una película basada en él. Ya veremos qué pasa. Lo mismo ambos proyectos son proyectos “zombies”. O sea, están muertos y aún no lo saben. Pero de momento, ahí siguen, caminando.

Aún así, de vez en cuando a veces me gustaría ser como… no sé… J.K. Rowling, tener una idea brillante, conseguir desarrollarla de forma interesante y lograr que tanta gente se interese por ella como para verme “obligado” a escribir una continuación tras otra (a cambio de unas buenos emolumentos, claro). O como esos guionistas de televisión que llevan nueve años escribiendo la misma serie. Debe ser estupendo poder dedicarse a explorar en profundidad lo que ya has creado y no tener que estar inventando una nueva premisa cada dos semanas.

Y eso que luego cuando hablo con alguno de esos guionistas lo primero que suelen decirte es que “están hartos”, que se sienten “encorsetados”, que odian a sus personajes, y que sueñan con poder emprender otro proyecto que les permita experimentar con otro tono, con otra forma de contar.

Pero casi ninguno deja su serie.

Porque a veces la lotería solo toca una vez. Y lo saben.

En fin… ojalá todos tengáis alguna vez una de esas ideas de premio gordo.

Y si mañana os toca el Gordo de verdad…  pues oye, mejor que mejor. Entonces sí que podréis escribir lo que queráis y cómo queráis.

Feliz Navidad.

*Y que conste que yo he sido varias veces uno de esos ingenuos. Trabajé para nada, claro.


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