POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS LÚCIDOS.

11 febrero, 2015

inceptionpasillo

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace poco empecé a entrenarme para tener sueños lúcidos. Imagino que la mayoría de vosotros estáis familiarizados con el término, pero lo explico por si acaso:

Sueño lúcido es aquél en el que sabes que estás soñando. Es relativamente sencillo tenerlos, y con un poco de práctica el soñador puede incluso llegar a controlar el sueño.

Sí: Igual que en la peli de Origen, o igual que en la peli de Dreamscape (que contaba una historia similar a la de Nolan un cuarto de siglo antes, ya en los años ochenta)

dreamscape

Existen incluso emisiones de ondas cerebrales que (en teoría) favorecen el sueño lúcido.

No obstante, la mayoría de las técnicas para lograr el sueño lúcido se basan en “educar la mente” cuando estamos despiertos: Acostumbrar al cerebro a preguntarse cada equis tiempo “¿Estaré soñando?” y chequearlo efectuando una serie de comprobaciones.

Por ejemplo:

– Si estás soñando y te miras la mano, es probable que no cuentes cinco dedos, sino algunos dedos de más o algunos dedos de menos.

– Si estás soñando e intentas leer algún texto dentro del sueño, es muy probable que no consigas leerlo.

– Si estás soñando y miras un objeto, y luego apartas la mirada, y esperas unos segundos y vuelves a mirar… es muy probable que el objeto haya cambiado o haya desaparecido.

Comprobaciones para todos los gustos, y casi todas ellas con la misma finalidad: Establecer una rutina casi compulsiva en la que nuestra mente dude constantemente de la realidad, en la que se pregunte casi por inercia si no estará soñando. Se supone que si tenemos suficientemente arraigada esa costumbre, también acaberemos preguntándonos si soñamos dentro del propio sueño, haremos por inercia las comprobaciones habituales… y rechinarán.

Os aseguro por experiencia propia que funciona. Si alguien tan indisciplinado como yo puede conseguir sueños lúcidos, cualquiera puede.

En mi caso empecé a obtener resultados a las pocas semanas. Al principio tenía sueños en los que dudaba si estaba o no soñando, pero sin llegar a una conclusión clara. A los pocos días tuve sueños en los que era consciente de soñar, pero no podía controlar lo que sucedía en ellos. Luego llegó esa fase en que me vi capaz de tomar decisiones, en que me pregunté si podía volar… y volé.

¿Qué fue lo que hice a continuación?

Dejé de entrenarme para tener sueños lúcidos.

¿Por qué?

Por motivos que – creo – tienen cierta relación con este arte nuestro de contar historias. Como no me canso de decir, soy de ésos que piensan que nuestro inconsciente es más sabio que nuestra parte consciente: procesa más información, está en contacto con “poderes ancestrales”. También opino, como tantos otros, que los sueños son un mecanismo a través del cuál ese inconsciente nos informa, nos guía, saca los monstruos de los sótanos, pule las obsesiones, insinúa los caminos a seguir…

Surge entonces la pregunta inevitable: ¿Cómo va a desempeñar el inconsciente su función si lo acorralamos incluso en el mundo onírico? ¿Hasta qué punto no es eso un golpe de estado?

El inconsciente tiene cada vez menos jurisdicciones en nuestro día a día. ¿Conviene seguir cerrándole puertas? De repente, tras esas tímidas primeras incursiones en la “lucidez onírica”, intuí cierto peligro en ello. Por eso abandoné la idea de controlar mis sueños y me quedé satisfecho con una cosa híbrida: Intentar ser más consciente de ellos, pero sin obsesionarme por dominarlos. Ahora tengo sueños lúcidos de cuando en cuando, pero vienen ellos a mí, cuando lo estiman oportuno, sin que yo lo decida de antemano. Mi conciencia asiste a esas sesiones como una invitada que lo tiene muy clarito: Se está paseando por casa ajena.

El resultado son sueños híbridos, realmente interesantes desde el punto de vista personal y también desde el punto de vista narrativo.

Nunca he tomado peyote ni ayahuasca: Si alguna vez lo hago os diré si la sensación es la misma. De momento me limitaré a relatar brevemente uno de mis sueños semi-lúcidos a modo de ejemplo:

ponyo

Estoy buceando en el mar, en una especie de arrecifes de coral impresionantes, entre peces enormes de unos tres metros de largo. De repente empiezo a pensar que a lo mejor estoy dentro de un sueño. ¿Qué detalle hace saltar la alarma? Si mal no recuerdo: Me doy cuenta de que puedo respirar bajo el agua.

Como si el sueño percibiese que he descubierto el truco, el decorado cambia justo en ese instante: Ahora estoy en un pasillo de hotel similar al de Origen, que a su vez es similar al de Paprika. Avanzo por el pasillo como flotando, como si este nuevo ecosistema también consistiese en nadar. Desde el otro extremo del pasillo se me acercan (también flotando) un par de hombres trajeados. Parece que quieren agarrarme y de repente tengo una certeza: Si uno de ellos me toca, despertaré del sueño.

paprika

Uno de los tipos trajeados se acerca flotando hasta mí, alarga las manos para agarrarme…

… y yo no se lo impido.

ME AGARRA.

Me despierto en mi cama con el hombre trajeado aún agarrado a mí, convulsionándose entre las sábanas. Yo deduzco lo que le pasa: Como no me ha soltado a tiempo, me lo he traído conmigo a la realidad, pero no está preparado para sobrevivir en el mundo de la vigilia. No es su elemento. Es como si a cualquiera de nosotros nos soltaran en la atmósfera de Marte sin traje de astronauta. Por eso se convulsiona como un rabo de lagartija.

Le rompo el cuello al señor trajeado para que deje de sufrir y me levanto de la cama. Estoy en mi piso. Todo parece demasiado real pero una parte de mí sabe que eso que está ocurriendo no es normal. Debo estar soñando todavía.

Me miro las manos y cuento los dedos. Cinco en cada mano. Diez en total. Es lo normal. ¿Eso quiere decir que estoy despierto? ¡Pero no puede ser!

Desvía la mirada. Desvía la mirada y vuelve a contar los dedos.

Desvío la mirada. Vuelvo a contar los dedos.

Siguen siendo diez.

Pero de pronto… una de mis dos manos empieza a vibrar, cada vez más deprisa… y a causa de la vibración surgen en ella dos o tres dedos más. Ahora tengo doce o trece dedos.

Creo que en ese momento desperté.

Las conclusiones personales que puedo sacar de un sueño híbrido como éste me las guardo para mí. En cuanto a las conclusiones narrativas, creo que esta historia habría desembocado en algo demasiado absurdo si hubiese estado totalmente dominada por el inconsciente… y habría dado lugar a algo demasiado plano, predecible… si mi yo racional hubiese tenido pleno control sobre lo que sucedía en el sueño.

Lo interesante de las historias, en mi opinión, suele hallarse en ese equilibrio maravilloso, tan precario… entre esa parte de nosotros que controlamos y esas fuerzas internas que escapan a nuestro control.

Esto abriría la veda para uno de esos sempiternos debates de “reglas sí” VS “reglas no“. Podríamos usar las conclusiones que se extraen de estos sueños híbridos para argumentar a favor o en contra… pero creo que eso iría contra la filosofía del post.


FLASHBACK: “SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

25 septiembre, 2011

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 9 de diciembre de 2010)


FLASHBACK: JUGANDO CON LOS PACIENTES

10 septiembre, 2011

Por Guillermo Zapata

El que inventó la palabra espectador definió con la palabra su relación con el público.  El espectador es alguien que está en estado de espera. Relajado en su butaca de cine (o en el sofá de su casa) el espectador es alguien pasivo, que recibe información de una fuente a la que respeta como quién respeta la autoridad de un médico. Los espectadores y los pacientes son primos hermanos.

Sin embargo, igual que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la figura del paciente se fue redefiniendo y poniendo en crisis la figura del médico (Desde los colectivos de afectados por el SIDA al potente movimiento contra la disciplina psiquiátrica en los años 70,  etc.) En los primeros años del siglo XXI, los espectadores se están rebelando a su aparente condición de “ganado” para directores y guionistas.

Más allá de que no hay nada más “activo” que la decodificación de un determinado relato en la cabeza de cualquiera,  no es ninguna sorpresa que tanto la red como la posibilidad de grabar y reproducir una y mil veces el audiovisual, ha tenido una importancia capital en dicha transformación. El concepto de “superespectador” o la más extendida y compleja acepción de “Cultura Convengente” nos habla de un público que concibe las narraciones audiovisuales como un mecanismo de activación, como una excusa para la discusión, incluso como un juego.

Los juegos, como todo el mundo sabe, tienen reglas más o menos rígidas pactadas colectivamente y que solo tienen una semejanza “general” entre un juego y otro (Nadie juega exactamente igual al escondite si uno cambia de barrio)

Creo que es una buena definición de la narrativa de género (sea el que sea) y una buena explicación de porqué el cine y la televisión cada vez manejan más el terror, el cine negro, la fantasía, la ciencia ficción, etc. Mientras que propuestas que pretendían una relación diferente con el espectador aparentemente alienado (El realismo, por ejemplo) se encuentran de capa caída.  El género, espacio tachado peyorativamente como lugar “de evasión” permite una mayor participación del espectador que las formas narrativas que, aparentemente, debían salvarle.

Paco Ignacio Taibo II, novelista y fundador de la semana Negra de Gijón, cuenta que cuando leía novelas de Sandokan lo importante no era tan solo el viaje en el que se embarcaba y cuanto lo alejaba de la realidad, sino lo que se traía de vuelta.

Esa dinámica de juego tiene, sin embargo, un efecto perverso que, quizás, conviene empezar a pensar.  Una dinámica que se despliega cuando el juego, en realidad, no parte de la complicidad con el espectador, no pretende darle mecanismos para tener una relación más rica con la narración, sino simplemente aparentar ser un imposible cubo de rubik que solo aquel que conoce sus claves puede desentrañar. Es como esos juegos de mesa de reglas incomprensibles o esos niños que inventan juegos que les divierten porque solo ellos pueden jugar.

El superespectador lucha con todas su fuerzas contra la enigmática pared que se le presenta, desentraña enigmas y encuentra claves (o las inventa) en lugares dónde, quizás, no haya más que una premeditada confusión.  

La clave es precisamente esa premeditación. Hay películas y series confusas, llenas de errores, incomprensibles. Pero la confusión forma parte del relato por casualidad o por error (a veces felizmente) Aquí hablamos de un juego de escondite en el que no todos juegan con las mismas reglas, pero que se presenta como si así fuera.

En ese tipo de historias el espectador aparece siempre entre fascinado y confundido, porque las claves para jugar siempre le pertenecen a otro: Guionista y director. No hay forma de acertar. No hay forma de jugar. El misterio no se resuelve y toma una relevancia tal que termina por fagocitar la narración entera.

Es una forma perversa de jugar con los nuevos espectadores mientras se les sigue tratando como los viejos pacientes.

Pd.- Yo sé que muchos de vosotros estáis pensando en “Perdidos”, pero yo estoy pensando en “Origen”

 

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 10 de septiembre de 2010)

 


“SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

9 diciembre, 2010

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.


JUGANDO CON LOS PACIENTES

10 septiembre, 2010

Por Guillermo Zapata

El que inventó la palabra espectador definió con la palabra su relación con el público.  El espectador es alguien que está en estado de espera. Relajado en su butaca de cine (o en el sofá de su casa) el espectador es alguien pasivo, que recibe información de una fuente a la que respeta como quién respeta la autoridad de un médico. Los espectadores y los pacientes son primos hermanos.

 Sin embargo, igual que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la figura del paciente se fue redefiniendo y poniendo en crisis la figura del médico (Desde los colectivos de afectados por el SIDA al potente movimiento contra la disciplina psiquiátrica en los años 70,  etc.) En los primeros años del siglo XXI, los espectadores se están rebelando a su aparente condición de “ganado” para directores y guionistas.

 Más allá de que no hay nada más “activo” que la decodificación de un determinado relato en la cabeza de cualquiera,  no es ninguna sorpresa que tanto la red como la posibilidad de grabar y reproducir una y mil veces el audiovisual, ha tenido una importancia capital en dicha transformación. El concepto de “superespectador” o la más extendida y compleja acepción de “Cultura Convengente” nos habla de un público que concibe las narraciones audiovisuales como un mecanismo de activación, como una excusa para la discusión, incluso como un juego.

 Los juegos, como todo el mundo sabe, tienen reglas más o menos rígidas pactadas colectivamente y que solo tienen una semejanza “general” entre un juego y otro (Nadie juega exactamente igual al escondite si uno cambia de barrio)

 Creo que es una buena definición de la narrativa de género (sea el que sea) y una buena explicación de porqué el cine y la televisión cada vez manejan más el terror, el cine negro, la fantasía, la ciencia ficción, etc. Mientras que propuestas que pretendían una relación diferente con el espectador aparentemente alienado (El realismo, por ejemplo) se encuentran de capa caída.  El género, espacio tachado peyorativamente como lugar “de evasión” permite una mayor participación del espectador que las formas narrativas que, aparentemente, debían salvarle.

 Paco Ignacio Taibo II, novelista y fundador de la semana Negra de Gijón, cuenta que cuando leía novelas de Sandokan lo importante no era tan solo el viaje en el que se embarcaba y cuanto lo alejaba de la realidad, sino lo que se traía de vuelta.

 Esa dinámica de juego tiene, sin embargo, un efecto perverso que, quizás, conviene empezar a pensar.  Una dinámica que se despliega cuando el juego, en realidad, no parte de la complicidad con el espectador, no pretende darle mecanismos para tener una relación más rica con la narración, sino simplemente aparentar ser un imposible cubo de rubik que solo aquel que conoce sus claves puede desentrañar. Es como esos juegos de mesa de reglas incomprensibles o esos niños que inventan juegos que les divierten porque solo ellos pueden jugar.

 El superespectador lucha con todas su fuerzas contra la enigmática pared que se le presenta, desentraña enigmas y encuentra claves (o las inventa) en lugares dónde, quizás, no haya más que una premeditada confusión.  

 La clave es precisamente esa premeditación. Hay películas y series confusas, llenas de errores, incomprensibles. Pero la confusión forma parte del relato por casualidad o por error (a veces felizmente) Aquí hablamos de un juego de escondite en el que no todos juegan con las mismas reglas, pero que se presenta como si así fuera.

 En ese tipo de historias el espectador aparece siempre entre fascinado y confundido, porque las claves para jugar siempre le pertenecen a otro: Guionista y director. No hay forma de acertar. No hay forma de jugar. El misterio no se resuelve y toma una relevancia tal que termina por fagocitar la narración entera.

 Es una forma perversa de jugar con los nuevos espectadores mientras se les sigue tratando como los viejos pacientes.

 Pd.- Yo sé que muchos de vosotros estáis pensando en “Perdidos”, pero yo estoy pensando en “Origen”


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