OTRAS VOCES: ENTREVISTA A NIRPAL BHOGAL

7 noviembre, 2016

Entrevista de Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

Cuando inauguramos Bloguionistas, lo subtitulamos “La voz de los guionistas en castellano”. Pero gracias a la fidelidad de los lectores, el blog ha crecido lo bastante como para poder costearnos algunos viajes para cubrir festivales internacionales de cine, donde hemos entrevistado a muchos guionistas que escriben en castellano, pero también a muchos otros no hispanohablantes. Como sus puntos de vista también nos parecen muy interesantes, estrenamos hoy la sección Otras Voces, donde encontraréis entrevistas con guionistas de todo el mundo.

Arrancamos con el británico Nirpal Bhogal, uno de los guionistas de Firstborn. El largometraje de terror pasó por el Festival de Sitges de este año, y fue allí donde, además de hablar con él sobre las características de la escritura de este género, aprovechamos para reflexionar también sobre el proceso de escritura en general, puesto que en Inglaterra, además de escribir, Bhogal imparte clases de guión.

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Antes que nada, hablemos sobre Firstborn. ¿Qué es lo primero que surge en el proceso de escritura de la película?

La idea surge a partir de un concepto muy claro: querer hacer una película de terror que tuviera como protagonistas a una familia británica, con los mismos problemas que tengo yo. Es decir, que fueran personas reconocibles. Por ejemplo, si tu casa está encantada, es posible que no puedas venderla y mudarte si tus condiciones sociales no te lo permiten. Por tanto, me gustaba el punto en el que la realidad se podía encontrar con poderes sobrenaturales, con espíritus con los que tienes que convivir en tu día a día. Sentía que esto era lo que tenía que hacer. Así pues, si los protagonistas tenían en su casa a un poltergeist, este era un problema que tendrían que enfrentar cuando volvieran a casa por la noche, después de trabajar. No iba a ser tan simple, no iban a detener toda su vida por este problema. Eso era lo que me interesaba.

Así es como surgió la idea. Después, pasé un tiempo haciendo investigación, documentándome sobre casos de niños conectados con espíritus, lo que me llevó a dar con historias realmente interesantes. Algunas de ellas, presentes en el guión a su manera.

Por tanto, podríamos decir que empezaste a escribir bajo la premisa de no perder nunca de vista la realidad, de tener claro que tus personajes debían estar muy pegados a nuestro mundo.

Sí, absolutamente. Creo que en las diez primeras páginas de cualquier guión es imprescindible que le digas al espectador en qué tipo de mundo vas a construir tu historia. En este caso, era la realidad, pero siempre debe quedar clara esa explicación. Veréis, El Señor de los Anillos presenta un mundo completamente diferente al nuestro, pero a nadie le sorprende. Esto es porque el universo en el que se desarrolla la historia está presente desde el primer minuto, desde la primera página. Siempre y cuando respetes esto, puedes crear lo que quieras.

Respecto a la película, una de las cosas que tuvimos muy en cuenta fue la casa donde sucede la historia. Queríamos que el espectador, al ver el largometraje, pudiera sentir que esta historia podría pasar en su hogar. Que se trataba del típico piso inglés. De no ser así, corríamos el riesgo de que se salieran de la película, de la sensación de realidad que queríamos otorgar. Y lo mismo ocurre con lo que comen, con lo que beben. Debían ser marcas reconocidas. Todo esto, sin duda, debe estar presente desde el mismo guión.

En otras palabras, lo que estás diciendo es que resulta imprescindible trabajar el primer acto para que luego el resto de la historia surja de aquí, que todos los elementos que puedan aparecer vengan sembrados desde el inicio. ¿Cómo trabajas tus primeros actos para conseguirlo?

Lo que yo intento es que todo aquello de lo que quiero hablar esté presente de algún modo en las primeras 10/15 páginas de mi guión. El primer acto consiste en construir tu mundo, en desarrollar el universo en el que todas tus historias, tus personajes, van a tener cabida. Para ello, hay que conseguir que el espectador pueda entender emocionalmente a los personajes que presentas, que empatice con ellos y con sus problemas. Debe ser un proceso en el que se consigan personajes con unos objetivos que todo el mundo pueda entender. Por ejemplo, si tenemos un personaje en el que en un primer acto quiere ser millonario, es insuficiente, es pobre. No obstante, si presentamos un personaje que quiere ser millonario por ciertas razones, y podemos llegar a entenderlas (las compartamos o no), tendremos un primer acto mucho mejor, más rico.

Creo que a día de hoy las series de televisión han cambiado nuestra comprensión de lo que es un primer acto, puesto que hay algunas (las mejores) que se permiten tener un primer acto de tres, cuatro o seis episodios. Y esto también ha cambiado la manera en la que construimos los primeros actos en cine. Para mí, lo más importante ahora es tener en cuenta cómo comprimir todo tu universo y tus personajes en un espacio muy limitado. No obstante, como guionista diría que para mí el elemento más importante en el proceso de escritura es el punto medio. El punto en el que las cosas dan un giro, nos llevan a otro lugar, pero sigue siendo reconocible, puesto que no se aleja del primer acto. Creo que muchas películas a día de hoy construyen su punto medio de tal manera que lo que hacen es transformar la película en otra completamente diferente más que seguir explotando el mismo universo. Esto puede provocar que el espectador se deje de preocupar por la trama, o por los personajes.

Por tanto, escribes pensando siempre en la estructura. 

Absolutamente. Creo que escribir tiene mucho que ver con ser arquitecto. Tienes que planear, planear y planear, y construir muy poco a poco. Finalmente, tienes un gran documento, y con él tienes los ladrillos de tu edificio, la base que sostendrá el resto de la película. Sinceramente, creo que si hay guionistas que pueden escribir sus películas simplemente sentándose a escribir sin planear, son genios. Pero no creo que eso funcione de manera general. Creo que para escribir un guión hay que escribir mucho. Escribir mal primero, y poco a poco ver qué se ajusta mejor al tipo de historia que quieres contar.

¿Reescribes mucho?

Es que escribir es reescribir. Todo proceso creativo de escritura se basa precisamente en la reescritura. Cuando estoy en clase siempre les digo lo mismo a mis alumnos. Cuando os sentéis a escribir, nunca penséis que lo que estáis haciendo es brillante. Ese no es el trabajo del guionista. El guionista debe sentir las páginas, debe tener una relación especial con ellas, no enseñar su trabajo en una primera versión. Siempre debe volver a ellas y mejorarlas, porque no es fácil hacer algo brillante partiendo de una página en blanco. Por esto mismo creo que escribir un guión siempre es un desafío. Siempre tienes que reescribir, que volver a la estructura base para modificarla sin derrumbarla.

Para mi siguiente proyecto, el cual estoy haciendo con la ayuda de la British Film Instituteestoy escribiendo ahora mi segundo borrador, y no ha sido antes de este que me he dado cuenta que tengo un personaje que no hace ninguna falta. El personaje no estaba haciendo nada en mi historia, solo era un tipo divertido. Lo he eliminado, y con él me ha tocado reestructurar parte de la película. Solo con la reescritura he podido detectar este problema.

Más allá de la reescritura, ¿dónde has buscado la originalidad de Firstborn para alejarla de otras películas del mismo género?

Creo que a día de hoy no existe la posibilidad de buscar la originalidad desde el punto de vista de las tramas. Más bien, la originalidad debe venir de la forma en cómo la ejecutes. Cuando empecé mi carrera como cineasta pasaba horas en pánico sentado delante de mi ordenador. Todas las ideas que me venían a la cabeza eran conocidas, ya las había visto. No fue hasta mucho después cuando me di cuenta que lo que debía hacer era coger ideas que me fueran conocidas, sí, pero enfocarlas desde mi prisma y óptica personales. Un juego que disfruto cuando veo películas con mis amigos es pensar cómo sería la misma desde el punto de vista de otro personaje. Por tanto, una de las primeras cosas que hago al escribir es buscar el mejor punto de vista para contar mi historia. Una vez tengo una historia que me gusta lo suficiente como para enamorarme de ella durante dos años, pienso cómo puedo hacerla más interesante. En este caso, era contarla a través del punto de vista del niño.

En mi película, por ejemplo, está Elizabeth (que aparece en el midpoint cuando debería haber hecho que apareciera en el primer acto), y cuando ella aparece se introduce otro punto de vista a la historia, lo que creo que la hace más interesante.

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Cartel promocional de la película

Y desde el punto de vista de la documentación, ¿cómo eliges aquellos elementos que harán a tu historia más interesante sin que el guión se aleje demasiado de la realidad?

Buscando el equilibrio entre ambos elementos. Se trata de construir un mundo lo más real posible sin que por ello caigas en el aburrimiento. No hay que olvidar que se trata de una película de terror, por lo que el mismo género te impone la necesidad de tener que asustar al público. Por tanto, el equilibrio es muy importante, y creo que la mejor forma de conseguirlo es a partir de la estructura de la película. En este caso, puedo decidir desde la estructura cuáles son los mejores momentos para introducir elementos de terror, el orden en el que quiero enseñar ciertos personajes, criaturas.

Tremors es una de mis películas preferidas, y creo que es porque sabe combinar diversión con terror… (se queda pensando unos segundos) es ridícula, si lo piensas dos veces (ríe), deberías odiar una película en la que salen gusanos gigantes del suelo. Pero la realidad de la película es tal, está construida de tal modo, que cuando un gusano gigante sale del suelo y se come a cierto personaje a ti te importa de verdad, porque el mundo y los personajes que lo habitan están muy bien construidos desde el primer acto combinando emoción, interés y realidad. Creo que Tremors refleja bien el equilibrio del que os hablo. Y lo mismo ocurre con Alien, donde los personajes deben afrontar muchos más problemas que los que genera el propio monstruo.

Ahora que haces referencia a la búsqueda de los mejores momentos para decidir dónde introducir elementos de terror. ¿Más allá de la estructura, tienes otras claves para mantener la tensión del espectador sin sobrecargar la película de escenas de terror?

Creo que esto es de las cosas más complicadas a conseguir si eres guionista porque también se trata de un ejercicio de paciencia por parte del espectador. Para mí, en este tipo de género se trata de conseguir la sensación de que la película avanza todo el rato, que una cosa te lleva a la otra, que no se detiene. Cuando empecé a escribir este guión llegó un momento en el que tenía 25 minutos seguidos de drama, por lo que debía encontrar la manera de introducir elementos dentro de este bloque. En este caso, al tratarse de una película de bajo presupuesto muchos de estos trucos vinieron en la sala de montaje, porque hay cosas que escribes que no pueden ser rodadas con cierto nivel de presupuesto.

Por tanto, para mí la clave sería partir de un buen guión que puedas hacer mejor en la sala de montaje y confiar en la opinión de la gente que te rodea, que está en el proyecto.

Al ser Firstborn una película tan ligada a la realidad, suponemos que has tratado de imprimir ciertos elementos de tu entorno que te preocupan. Diríamos que tienen que ver con el hecho de criar a un hijo, ¿es así?

Así es. Para mí, la parábola que hay detrás de esta historia tiene que ver con la forma en la que nos enfrentamos a educar a un niño con ciertas discapacidades. En la mente de muchas parejas jóvenes que van a tener su primer hijo solo existe la idea del “niño perfecto”. Pero de repente viene la realidad, y tienes un niño al que hay que educar bajo muchas limitaciones: la sociedad, la familia, la cultura… Me gusta la idea de haber creado una película en la que otra limitación viene dada por el hecho de que el niño pueda estar en contacto con seres sobrenaturales.

Tus proyectos anteriores también han sido bastante de género, si bien has tirado más hacia el thriller que hacia el terror. ¿Cuáles crees que son las diferencias entre ambos géneros a la hora de escribir por lo que respecta a su relación con la realidad?

Creo que en mi caso la diferencia se basa sobre todo en el nivel de realidad que incluyo en cada género. El thriller, para mí, está mucho más pegado a la realidad, mientras que en Firstborn, si bien tiene toda la realidad que venimos hablando a lo largo de la entrevista, sí que incluyo elementos que, queramos o no, no son reales, y para ello he tenido que pasar mucho tiempo trabajando la dinámica entre el niño y el monstruo.

Podría decir que mis thrillers Firstborn cohabitan en el mismo mundo, si bien en el segundo caso he trabajado más elementos sobrenaturales. El hecho en particular del monstruo ha sido bastante especial, porque he tenido que tratar con mucho cuidado el paso del papel al set con tal de no perder ese punto de realidad.

Por lo que respecta a la creación del monstruo, ¿este venía muy definido desde el guión?

Bien, yo tenía claro ciertos elementos, como que quería que se asemejara al Lich, pero aquí, estamos en lo mismo que comentábamos antes: es importante encontrar el equilibrio entre lo que tienes en tu cabeza, lo que plasmas en el guión y el presupuesto que cuentas para poder hacer realidad el guión.

Hablamos de tener en mente el presupuesto todo el tiempo durante la fase de escritura.

Sin duda, es algo que debes hacer. A mi parecer, el buen cineasta es aquel que tiene en mente todo el rato el presupuesto exacto de lo que está escribiendo. Si el guión resultante es bueno o malo, es otro tema, pero si tienes claro todo el rato el presupuesto, estás haciendo bien tu trabajo. La parte más complicada de escribir es plasmar lo que tienes en la cabeza de tal manera que cuando lo lea otra persona lo entienda del mismo modo, y esto incluye, cómo no, el nivel presupuestario. Si consigues eso, tienes mucho hecho. Eso es para mí un buen guionista.

Por tanto, también escribes pensando en imágenes.

Exactamente. Es otra de las claves que diferencian al buen guionista, y creo que para conseguirlo un guionista debe leer tantos guiones como películas ve. Y, cómo no, si amas una película debes leer el guión para saber de dónde proviene el film resultante.

Aprovechando que eres británico, nos gustaría saber cómo ves el papel del guionista dentro de la industria inglesa. 

Creo que tiene mucho poder. Tenemos guionistas estupendos en Reino Unido respaldados por la industria. No obstante, tenemos limitaciones presupuestarias. Cuando un guionista británico se hace muy reconocido normalmente debe marchar a Estados Unidos para poder continuar con su carrera. Para mí, el ideal sería tener el suficiente poder económico como para que un guionista británico no tuviera que emigrar al mercado americano. A pesar de esto, diría que tenemos un mercado de guionistas bastante privilegiado. Si tienes suerte y provienes de un país culturalmente avanzado, donde tengas la oportunidad de experimentar con todo tipo de arte, no hay mucha excusa para poder defender que el mercado no te da oportunidades. Con todo el conocimiento al alcance de la mano uno tiene la oportunidad de formarse y trabajar hasta conseguirlo.

Más allá de esto, creo que sí que haría falta que en Reino Unido hiciéramos más cine de género, ciencia ficción y comedia.

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Quizá la falta de género se deba también al hecho de que siempre es más complicado encontrar presupuesto para apuestas más arriesgadas. 

En Reino Unido tenemos problemas con pensar que género implica abstención de otro tipo de cine. No tenemos tradición para mezclar género con drama, por ejemplo. Creo que con la perspectiva que te da ser un guionista que ronda los treinta años puedes apreciar todo esto, pero creo que guionistas que ronden los sesenta, que hayan vivido en un mercado donde se relaciona el género a Alien, tienen mucho más complicado poder entender este tipo de mezclas, quizá por pensar que pueden ser, en ocasiones, más infantiles. Personalmente creo que hay que hacer más películas de este tipo, que conecten con nuestros niños de 15 años, que nos recuerden a Los Gooniespelícula que para nada podría ser considerada como infantil. Creo que esto es lo que nos falta en Reino Unido.

 


NADIE VA A PEDIR UN RESCATE FINANCIERO

4 octubre, 2013

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Por Natxo López

En el capítulo 6 de la segunda temporada de “The Newsroom” asistimos a esta breve conversación que pueden leer aquí abajo. Tranquilos, no hay spoilers, se trata de un momento desvinculado de cualquier trama del capítulo o de la temporada (a no ser que consideren ustedes un spoiler el que estos dos personajes sigan vivos, en cuyo caso tienen un serio problema).

WILL en el despacho. Entra SLOAN

SLOAN – ¿Estás ocupado?

WILL – No.

SLOAN – Mira, esto puede sonar extraño, pero estoy viendo la película de “John Carter” como un posible tema para mi segmento de esta noche.

WILL – ¿Qué pasa con ella?

SLOAN – Bueno, trata de un oficial confederado de la Guerra Civil que es transportado a Marte, que es un planeta frondoso habitado por bárbaros de tres metros y medio. Por su distinta densidad ósea y la baja gravedad del planeta, John Carter puede saltar…

WILL – (Interrumpiendo) Dije, “¿Qué pasa con ella?” no, “¿De qué va?”. Además, ya sabes: spoilers.

SLOAN -Vale, bueno, está previsto que le dé unos 200 millones de pérdidas a Disney.

WILL – ¿Quieres hablar de la economía de Hollywood?

SOAN – Di lo que quieras, pero es una de las pocas industrias americanas que todavía hace un producto que la gente quiere comprar.

WILL – No parece que quieran comprar “John Carter”.

SOAN – Bueno, ahí está: Nadie va a pedir un rescate financiero y las acciones de Disney son relativamente seguras. El entretenimiento es una de nuestras exportaciones que más ingresos genera, y emplea a miembros de 17 sindicatos diferentes, los cuales todos tienen unos excelentes contratos mínimos básicos. Puede que se den un batacazo con John Carter, pero nadie va a resultar herido. Aún es pronto. Sólo es una primera idea.

WILL – Sí, no… suena bien.

A partir de aquí la escena prosigue con una de las lineas narrativas del capítulo, y el asunto “John Carter” no se vuelve a mencionar.

A pesar de cómo nos tiene acostumbrados Sorkin a sus triquiñuelas, me sorprendió este momento, por varios motivos. En primer lugar, como he dicho, no tiene niguna relación causal ni temática con el resto del capítulo. Es un “recadito” que ha querido dejar el guionista y productor ejecutivo. Nos está recordando algo que él considera relevante: que la Industria del Cine es eso, una Industria, y que es además una de las más prósperas y fiables de EEUU. Tanto, que pueden permitirse una razonable cantidad de fracasos.

En un momento en el que la globalización hace temblar algunos de los estamentos sagrados sobre los que se erige la economía americana (y que ha llevado a la bancarrota incluso de una ciudad como Detroit), el cine sigue mostrando músculo. A pesar de no ser una industria “al uso” en la que fabrico un objeto por X costes y lo vendo por X+Y obteniendo así mi beneficio minuciosamente planificado… A pesar de ser un negocio que depende de elementos intangibles y difíciles de controlar como son los resultados en taquilla o la aceptación de público y crítica… A pesar de todo eso, funciona. Y funciona muy bien.

Y no sólo eso. Es una industria con un fuerte componente sindical, donde los profesionales saben cuáles son sus derechos y emolumentos básicos, donde alguien que se salte el pacto sindical queda fuera de la industria. Y eso, que algunos consideran un anatema para el rendimiento económico, se demuestra aquí como una herramienta que favorece la profesionalidad, el trabajo bien hecho y, a la postre, el beneficio.

No todo en Hollywood es de color de rosa, por supuesto, pero sí han conseguido, desde hace décadas, que tanto los ciudadanos como las diferentes administraciones comprendan la importancia, y la necesidad, de tener una industria cultural fuerte y competitiva. Y ahí está el quid del asunto: es una industria que recibe un apoyo y un impulso radical por parte de su gobierno, en forma de desgravaciones, ayudas y apoyo internacional.

Para el resto del mundo, y como bien sabemos por algunas de las revelaciones de wikileaks, ese apoyo refuerza un neocolonialismo cultural del que EEUU no nos va a dejar desprendernos en mucho tiempo. Su cine y su TV -y, por lo tanto, su cultura- nos tienen invadidos y acomplejaditos, tanto que no nos atrevemos a propugnar leyes al estilo de las francesas que ayuden a minimizar los efectos negativos que esa colonización tiene sobre nuestra propia industria cultural. Sin embargo, desde el punto de vista interno, es una estrategia económica intachable.

Lo que hace Sorkin aquí, en realidad, es sacar pecho, ponerse chulito, sacar la chorra delante de todos esos que consideran que su oficio no es importante, que no salva vidas, que no aporta nada. En una sociedad (la norteamericana) en la que el dinero es la carta ganadora en cualquier discusión, Sorkin saca el as de oros y se lleva las apuestas de la mesa con gesto de suficiencia.

Mientras, aquí en España vemos cómo se están cargando progresivamente la pequeña y maltrecha Industria cinematográfica que tenemos, aduciendo tonterías como que es un club de mantenidos y que la cultura no es lo importante (al igual que no lo son, por lo visto, la salud o la educación). Lo importante es rescatar a los bancos, mantener los compromisos con empresas militares y, sobre todo, tener satisfecha a Merkel, no se vaya a contrariar.

Al contrario de lo que mucha gente malinformada cree, la del cine no es, ni de lejos, la industria más subvencionada de España. Basta con mirar las cifras, por ejemplo, aquí.  Sólo la primera de las sociedades mercantiles de la lista recibe más del doble de ayudas que todo el presupuesto del ICAA de este año. No está mal para ser la Peugeot, una empresa francesa. Y eso por no empezar a rajar de las subvenciones a partidos políticos. Que esos mismos políticos vayan a dejar morir al cine por unos cuantos millones de euros (una parte infinitesimal de los presupuestos) es un acto vergonzoso, vengativo y, sobre todo, absolutamente estúpido desde cualquier prisma económico a través del cual se quiera justificar.

Es en tiempos como estos, precisamente, donde los miembros de la industria tenemos que tomar ejemplo de la actitud de Sorkin y sacar pecho. Sé que a veces apetece todo lo contrario, amohinarse y quedarse acurrucadillos y dejarse rematar, pero eso es lo que quieren, que lo demos por perdido.

Aquí nuestro sacar pecho tiene un componente necesariamente diferente al que demuestra Sorkin. Aquí el pecho se saca por todo lo contrario, es decir, porque a pesar de que nos las meten dobladas por todos lados, seguimos teniendo una industria, y unos profesionales, que luchan para sacar las cosas adelante, que logran arañar éxitos y que se parten el jeto para que esto no se muera, para seguir pariendo historias y para seguir rodándolas. Tanto en el cine como en la televisión como en Internet.

Lo que quizá nos falta aún es una mayor capacidad de unión y de concienciación colectiva. En este sentido los guionistas siempre hemos sido uno de los gremios más individualistas. En los últimos años se está produciendo un cierto cambio. Hay más interés por conocer a los compañeros y departir con ellos de nuestros problemas comunes. La labor de los diferentes sindicatos y asociaciones, aunque difícil y con muchos palos en las ruedas, poco a poco se va notando.

Esta semana ALMA organizó un exitoso encuentro de los medios con los guionistas de las series que se emitirán este trimestre, en reivindicación de que los guionistas sean también tenidos en cuenta como creadores necesarios y responsables de las producciones televisivas. Tenemos también iniciativas maravillosas como la de las “70 teclas. Dentro de un par de semanas FAGA y ALMA organizan en Bilbao el III Encuentro de Guionistas, donde una vez más podremos reunirnos para hablar de los problemas del gremio y de cómo afrontarlos entre todos. Les recomiendo que no se lo salten.

Soy consciente de que una parte de los motivos de que el sector esté cada vez más unido tiene que ver, también, con la crisis y con el acojone que causa en el personal. Muchos guionistas que se sentían cómodos en su anacoretismo hogareño, felices ante su poltrona por no verse obligados a relacionarse con otros humanos juntaletras, han empezado a mover el culo por miedo a no poder seguir pagando la hipoteca. Consideran, en su pánico, que los contactos y la información pueden formar parte, también, de una estrategia laboral a largo plazo. Son motivos egoístas, sí, pero si el resultado es que esa gente se acerque a sus compañeros de profesión y comience a verlos no como enemigos ni competidores, sino como colegas con sus mismos problemas y visicitudes, pues bienvenida sea esa dosis de egoísmo.

Ahora sólo falta que ese sentimiento colaborativo se contagie más hacia arriba, entre aquellos que tienen la fortuna y la responsabilidad de estar al frente de equipos creativos. Que un Productor Ejecutivo del poder de Aron Sorkin elogie el férreo sistema sindical de la industria hollywoodiense, en lugar de quejarse por no poder pagar menos a los miembros de su equipo, es un ejemplo para ponerse a aplaudir. Aquí tenemos la fea costumbre de mirar mal al que se queja. No estaría mal empezar a mirar entre todos aún peor a quien desprecia y maltrata a sus compañeros.


TEMAS PARA NUESTRO PRÓXIMO CAFÉ

30 julio, 2012

por Carlos López

Uno. SEPARATAS FALSAS.

Justo antes de anunciarse las nominaciones a los Emmy (cero sorpresas y una recomendación efusiva: Louie, que va camino de ser una gran comedia), The Hollywood Reporter ha colgado en su web una serie de mesas redondas con actores y escritores de las más renombradas series norteamericanas del momento. Los actores por un lado y los escritores por otro, no vayan a discutir más de la cuenta. Aún diría más: los actores por un lado y las actrices, por otro. Todos los videos son interesantísimos, no os deberíais perder por lo menos dos: el de los showrunners de comedia y el de los showrunners de drama (también por separado, sí). Viéndolos pienso lo mismo que cada vez que me sumerjo en los extras de cualquier DVD de una serie: los guionistas somos iguales en cualquier parte del mundo. Actores, equipos, talleres de vestuario, platós… todo tiene otra dimensión. Los escritores, no. Siempre en su salita sin ventanas, con su pizarra de vileda cubierta de post-its, los pies encima de la mesa, el café pegado a la mano, ropa oscura o negra, ellas con gafas, ellos con barba, algunos con gafas y barba. Todos, con cara de niños traviesos y patas de gallo que reflejan suficientes horas de risa y excesivas horas de ordenador.

Shonda Rhimes, la factótum de Anatomía de Grey, cuenta que a los becarios les encargaba escribir separatas falsas para confundir a los actores, para que no tuvieran una idea clara de qué iba a pasar con sus personajes. Aquí también nos pasa, sí: nadie sabe qué hacer con los becarios. Esta es una opción. Marear. Escribir algo que no se va a grabar. Riesgo cero.

En las series de televisión, los personajes están vivos, lo cual es un planteamiento excitante para el guionista y para el actor. Sobre todo para este último, claro, que puede enterarse de que su personaje muere en el preciso instante en que está leyendo el guion. En Hay alguien ahí mantuvimos en secreto, durante casi un año, la identidad del malo. Solo lo sabían el actor, los directores, los productores y los guionistas. Y nadie se fue de la lengua. Nosotros, los guionistas, dejábamos cada día una pizarra falsa, llena de mentiras, de flechas envolventes y nombres subrayados, sólo para sembrar cizaña. Y cuando sabíamos que alguien nos estaba escuchando, simulábamos una discusión sobre la muerte inminente de este o aquél personaje. Entonces todavía podían hacerse chistes sobre el finiquito de alguien. Ya ves.

Dos. BOTELLAS QUE ESTALLAN CONTRA LA PARED.

Un lujo a nuestro alcance: el cine de verano. En un parque madrileño han montado uno un poquito más caro pero espectacular: enorme pantalla, tremendo equipo de sonido, hamacas en lugar de butacas, chiringuitos abiertos durante la proyección. Tengo tantos recuerdos asociados a los cines de verano que, francamente, poco me importa qué película pongan y casi me da igual que la copia sea una basura y el doblaje se escuche con eco (que no fue el caso). La primera película que creo haber visto en mi vida fue en un cine de verano de Calahonda (Málaga). Yo tenía seis años y recuerdo las tapias blancas, las sillas metálicas, recuerdo los murciélagos revoloteando con su flap-flap por encima de nuestras cabezas. Recuerdo, claro, qué película era: King Kong. Me quitó el sueño durante semanas. Para mí sigue siendo un misterio cómo es posible que el cine de verano de un pueblo playero proyectase una película mítica de los años treinta. Os juro que el público eran familias con bocatas más pendientes de sonarle los mocos al niño que de lo que pasaba en la pantalla. Vamos, ni un asomo cinéfilo. Pues no quedaba una sola silla libre. Y la película gustó. Es una gran película. Me dicen que su reciente edición en blue-ray pone los pelos como escarpias.

El recuerdo más chocante que conservo sobre cines de verano ocurrió en Candeleda (Ávila), y con esto termino por hoy mi ración de nostalgia en bote. Imaginaos un patio rebosante de jóvenes vociferantes bebiendo botellines de cerveza y jugando a estallar petardos bajo la silla de alguna despistada. Imaginaos la noche estrellada, los grillos compitiendo con dos escuálidos altavoces. Están proyectando 007 contra el doctor No (de bastantes años antes, 1962, de nuevo la dinámica de los cines de verano escapa al markéting). Todo marcha razonablemente bien hasta que llega esta escena:

Por un instante, se hace el silencio para contemplar cómo la escultural Ursula Andress emerge del mar canturreándole a un par de caracolas. Superada la impresión, los jóvenes del público manifiestan su entusiasmo de manera explosiva: lanzando los botellines de cerveza contra la pantalla. El ruido del cristal que estalla en pedazos cuando choca con la pared enyesada anima a los indecisos y en unos segundos la imagen de Ursula Andress se convierte en diana. A ver quién acierta en el ombligo. Algunos lanzan su botellín antes de haberlo terminado de beber, de manera que la pared, y la imagen proyectada de la actriz, pronto se ven envueltas en enormes manchurrones de cerveza que se extienden bruscamente a cada estallido. El público es un puro grito. A Sean Connery no se le oye. Esto es cine de verano.

Tres. LO QUE ESTAMOS ESPERANDO.

Cómodamente instalado en mi hamaca, en mi cita con el cine de verano me tocó ver otra película bien distinta: El exótico hotel Marigold. Una película plácida, colorista, simpática y bien intencionada. ¿Os espanta? Pues diré que su mejor virtud es precisamente que es completamente previsible. Al poco de comenzar, la película promete una cosa… que es la que efectivamente te da no más allá de cuarenta minutos después. Y así continúa hasta el final. Todo en su sitio, nada chirriante, dosis de corrección incluidas. El público aplaudió, como si que el final fuera lo previsto viniera a confirmarles su inteligencia como espectadores.

Hay historias, hay tonos, en los que el guionista ha de esforzarse hasta el límite para ofrecer al público lo inesperado. Hay otras, en cambio, en las que salirse del carril sería recibido con incomprensión, cuando no con protestas. Han venido a ver cómo se besan. Pues que se besen.

Y ya es curioso que una película así tenga éxito, me diréis. Una película cuyo guion vosotros, y yo, habríamos desguazado en cuestión de segundos. Pues se ha producido, estrenado y doy fe que aplaudido. Una película sobre varios jubilados reunidos en un pequeño desastre de hotel en la exótica India, adonde cada uno va a reconciliarse con sus propios temores.

Claro está que entre el público no abundaban los menores de veinte. ¿Será verdad lo que dicen los datos que aparecían en los periódicos hace exactamente un mes? Por ejemplo: en el Reino Unido, se ha duplicado en los últimos diez años el porcentaje de espectadores de cine mayor de 45 años. No soy el rey de la estadística, pero creo que esto es un dato histórico. Prácticamente desde el estreno de Star Wars, que ya ha llovido, el público que asiste a las salas se ha rejuvenecido hasta casi mezclarse con el infantil. De hecho, basta comparar los títulos habituales en la cartelera de aquel entonces con los que vinieron después para darse cuenta de que Hollywood se ha dedicado en los últimos treinta años a sacar de su casa a los quinceañeros, esos grandísimos consumidores, para los que se inventaba secuelas y más secuelas, acción trepidante y nada de charla, la promesa de un pasatiempo fácil de consumo urgente e inevitable.

¿Esa inversión de la tendencia, si se confirma, traerá consigo un cambio de rumbo en la producción de Hollywood? Digo yo que si los mayores de 45 se lanzaran en masa cada viernes al palomitón del multicine, seguro que nos hartaríamos de ver exóticos hoteles marigold en quinientas salas de cada país. Pero si todo sigue los cauces habituales y los espectadores maduros se personan en las salas de estreno sólo de vez en cuando… lo que esto significa es que el negocio de salas inicia la vertiente más pronunciada de la cuesta abajo. Otro empujoncito más y se descalabra, vaya.

Cuatro. EL SEÑOR CRÍTICO.

Perores críticas que las que han cosechado El Dictador o Tengo ganas de ti son difíciles de encontrar. No he visto ninguna de las dos, así que no puedo dar mi opinión sobre ellas. Las dos han reventado la taquilla, especialmente la segunda, que ahora mismo está rondando los once millones de euros, toda una marca en los títulos españoles. ¿Quiere esto decir que el público no hace caso a los críticos? Probablemente. Aunque es más lógico pensar que el público NO lee a los críticos. No es que hayan dejado de interesarle solamente ellos, no: ya no se venden periódicos. Sí, vale, es posible buscar la crítica en internet, seguro que la gente de la profesión sigue haciéndolo, sobre todo cuando hablan de tu película o de tu serie, aunque luego digas que no lo has leído para no parecer neurótico. Pero ese picoteo le ha quitado solemnidad al dictamen, ahora se ponen estrellitas a las películas en todas partes, en blogs, en páginas promocionales, aficionadas, ni se sabe de qué país son. Ahora es más fácil encontrar una larga lista de opiniones de gente normal que cuentan con sinceridad y sin compromiso de ninguna clase lo que les ha parecido la película. Su opinión aparece mezclada, claro está, con la que depositan los encargados de promoción, bajo nombre falso y simulando patéticamente argot juvenil.

Hace no tantos años, se temía la opinión del señor crítico. Un señor, sí. Preferiblemente canoso, fumador empedernido, aspecto de viejo verde. Toda una eminencia, aunque su mayor bagaje lo solía constituir que había visto más películas que nadie, que de eso se quejaban todos a las primeras de cambio, de lo sufrido de pernoctar en Venecia o en Berlín para soportar las ocurrencias de los cineastas.

La crítica ocupaba entonces un lugar preferente en el diario y su publicación no obedecía a capricho, sino que acudía con exactitud a su cita con el aficionado. Si estrenabas una obra de teatro, la compañía se reunía en el Vips al día siguiente del estreno, para recibir las primeras ediciones de los periódicos a las doce en punto de la noche. Y con ellas, el veredicto. Si te declaraban culpable, ardías en la hoguera del fracaso inexorable. Si el crítico se deshacía en elogios, el camino del éxito estaba allanado.

En cine, el asunto no era tan sagrado. En las redacciones de los periódicos a nadie se le ocurre escribir la crítica de un libro o de una obra de teatro, pero cualquiera se cree capacitado para dar su opinión sobre una película o una serie. Más de un director de cine español las ha tenido de todos los colores con algún crítico, al que ha hecho responsable de los vacíos patios de butacas que recibieron su película. Ahora deben estar riéndose con el colmillo afilado, porque hoy la opinión de un crítico vale bien poco. A la vuelta de unos años es posible que desaparezcan, al menos como sagrada institución de la prensa. Y si entendemos por prensa esos pliegos de papel impreso que se venden amontonados en los quioscos… a eso le queda minuto y medio.

Cinco. LA RIMA FÁCIL.

Peligros de las ediciones digitales. Leo la crónica de la manifestación de tres mil personas ante el Ministerio de Cultura contra la subida del IVA; leo los comentarios: insultos. Leo que los exhibidores finalmente no irán a la huelga; leo los comentarios: insultos. Leo los deslumbrantes datos de taquilla de la segunda entrega Moccia/Casas (véase tema anterior); leo los comentarios: insultos. Leo que RTVE emitirá series españolas en el último trimestre del año; leo los comentarios: insultos.

Da igual que sean premios, protestas, éxitos, anuncios, estadísticas o declaraciones. Si se trata de cine, teatro o televisión, en los sótanos de la noticia, esos que los periódicos abren para que los lectores respondones apedreen a discreción, el tono es agresivo y monocorde. Insultos y más insultos, y siempre los mismos insultos, da igual el asunto o la oportunidad: vagos, subvencionados, indeseables, cretinos, parásitos, hipócritas. Lo peor de todo, que los administradores de las páginas han borrado más de la mitad, de manera que los que pueden leerse son solamente los más suaves.

Vale que no tienen por qué ser del todo representativos, vale que buscan el desahogo y la provocación pura. Vale. Me deprime, me produce hastío, dolor e impotencia.

Hace un par de años apuntaban contra los cómicos de primera fila de pancarta, pero ya disparan ráfagas indiscriminadas contra todos los trabajadores de la cultura. Es injusto claro, y probablemente lo saben: por debajo del oropel y por debajo también de la bohemia, en el cine, el teatro y la televisión hay cientos de miles de familias que ahora mismo las están pasando canutas, tan canutas como casi cualquier otra profesión. Gente que ha trabajado duro toda su vida, tan duro como casi cualquier otra profesión, y que llegada la crisis reciben como pago esta catarata de insultos.

¿Qué clase de espina tiene atravesada en la garganta este país con la cultura?

Seis. NO TENGAS PRISA.

La producción de ficción en nuestro país está en coma. No sólo se produce mucho menos que hace un año; además, lo poco que se produce se hace sin ninguna prisa, al ralenti, con la sensación de que el primer tropiezo bastará para que todo se venga abajo por muy apalabrado que pareciese estar. Acostumbrados a la urgencia, a escribir, rodar y montar con ebullición, con miedo a no llegar a tiempo y bajo la presión constante del calendario, esta nueva situación te hace sentirte como… sí, lo diré: como un condenado en el corredor de la muerte. Tienes tu rancho diario, algunas visitas que te dan ánimo, pero temes que la llamada del gobernador no va a llegar a tiempo, que al final acabarás como todos tus compañeros. Dead man walking!

Perdón por lo crudo de la comparación. Así es el panorama. Da la sensación de que las cadenas reducen drásticamente el gasto para así parapetarse contra la crisis y que, ya de paso, hay quien aprovecha para marcar distancias con la ficción, que alguna vez les ha dado alegrías pero siempre les ha resultado incómoda, carísima, imprevisible, engorrosa y difícil de gobernar.

Venga de donde venga el viento, incluso si deja de soplar, los que vivimos del teclado sólo podemos hacer una cosa: seguir escribiendo. Como el preso que horada la pared de su celda con el mango de una cucharilla, podemos morir en el intento o puede que muchas horas, días y semanas después, tras folios y folios tirados al cesto, acabemos por encontrar la manera de salir de este agujero. Porque una cosa está clara: la gente sigue sintiendo mono de ficción. Y nosotros somos sus camellos.

Todo se volverá del revés una vez después de otra, los que antes mandaban caerán en desgracia y los nuevos jefes también serán destronados, se liarán a tiros entre ellos y nadie recogerá los cadáveres, la industria de la ficción vivirá su Mad Max alucinado, entre la indigencia y el coraje del superviviente. Y justo cuando más negro se presente el panorama, precisamente porque se verá más negro que nunca, entonces sentirán el pinchazo. Los picores. Tendrán mono de ficción. Más que nunca. En pastillas, en cápsulas, inhalado o en spray, qué más da, pero vendrán a pedirnos la dosis de ficción. La papelina.

Para entonces, procura tener en tu disco duro papelinas para todos.


FLASHBACK: OBSESIÓN

14 agosto, 2011

por Pianista en un Burdel.

Hace tiempo publiqué dos posts raros en mí: sensatos, lúcidos y con tesis. Probablemente los dos únicos artículos de los que me siento orgulloso.

Me lo paso bien soltando diatribas contra productores poderosos, ganándome el odio de ciertos compañeros del Sindicato, y publicando gilipolladitas supuestamente ocurrentes. Pero artículos como PLANTILLA DE GUIÓN PARA OPENOFFICE y MANIFIESTO POR UN FORMATO COMÚN son algo más que entretenimiento para frikis del guión. Creo honestamente que tratan un tema importante y proponen cosas útiles.

Naturalmente, nadie les ha hecho ni puto caso en la industria. Pero eso, dada la tesitura actual del negocio audiovisual español, no hace más que reafirmar mi convicción de que he dado en el clavo. Si recibiese aplausos de la gente que manda en la industria, me preocuparía y mucho.

Lo que venía a decir en MANIFIESTO POR UN FORMATO COMÚN es que más nos valdría a todos adoptar un formato común para los guiones audivosuales y renunciar a costosas y arbitrarias plantillas de su padre y de su madre, y cuya continuidad sólo se justifica por la fuerza de la costumbre y el arraigado yoesquismo ibérico. Verbigracia: “ya sé que es una mierda, pero yo es que estoy acostumbrado”. Más o menos el mismo argumento por el que, en el siglo XXI, en un país de la Unión Europea, aún se toleran cosas como el toro embolado.

En PLANTILLA DE GUIÓN PARA OPENOFFICE proponía que abrazar el software libre y gratuito, en vez de plegarnos a la absurda tiranía del Microsoft Word: un programa caro, complejo, de tamaño monstruoso y carente de ergonomía, que una vez más, sólo reina en el mundo audiovisual porque nadie con un mínimo poder de decisión se ha sentado a pensar cómo optimizar el sector de guión. No creo que nadie sea capaz de discutir que es mejor un software específico, multiplataforma, gratuito y accesible desde Internet que un macroprocesador que cuesta cientos de euros, que presenta todo tipo de problemas de compatibilidad, y que lo único que ofrece a cambio son miles de funcionalidades que no se necesitan en absoluto para un guión.

Que OpenOffice y Celtx son mejores que Word para escribir guiones es tan evidente como que las sitcom y las telenovelas diarias deberían durar 25 minutos por capítulo. Pero ya saben que hay personas que no están dispuestas a permitir que una evidencia distorsione sus queridos prejuicios. Esas personas se llaman MANDAMASES, y no hay nada que más les joda que una buena idea que no haya salido de su propia cabeza.

Como me dijo un jefe una vez: “no vuelvas a llevarme la contraria, y mucho menos si tienes razón“.

El caso es que recientemente ha aparecido un comentario de una lectora habitual de Bloguionistas en uno de estos posts, que dice lo siguiente:

Trabajé bastante tiempo con open office, pero después de dos años de problemas continuados por parte de los destinatarios de mi trabajo, trminé por poner una copía pirata de Office.

[…]

Aunque soy una firme defensora del software libre (muy acertado lo que comenta al respecto) creo que mientras no se solucionen las compatibilidades con otros programas es dificil pensar en su generalización.

Cristina, tiene usted toda la razón. Con un matiz: los problemas de compatibilidad no los tiene OpenOffice con Word, sino Word con el resto del mundo. Y sobre todo, los verdaderos problemas de compatibilidad los tienen los mandamases con el mundo real, con el pensamiento lógico.

Usemos un ejemplo práctico. Pongamos que yo escribo en Celtx el guión de un largometraje (como ya han hecho, recordemos, Borja Cobeaga y Diego San José con No Controles o Nacho Vigalondo con Extraterrestre, entre otros), y lo envío en PDF, que es como se envían los documentos serios en el mundo real.

Hagamos un inciso: ¿por qué se popularizó, precisamente, el formato PDF para enviar los documentos serios en el mundo real? Porque es un formato legible desde un software gratuito y multiplataforma, como es Adobe Reader. Es decir, porque cualquiera, aunque no sea orgulloso poseedor de un Word pagado, o miserable poseedor de un Word pirateado, puede leerlo en su formato original, descargándose gratuitamente el Adobe Reader. En otras palabras: por su gran versatilidad. Fin del inciso.

He enviado mi guión en PDF y lo he vendido a una productora. Hacemos un par de reescrituras y el guión entra en preproducción. Un ayudante de producción o de dirección me pide el guión en un formato editable para, pongamos por caso, numerar las escenas. Le paso en guión en su formato original, .celtx. Y ¿qué ocurre? Saltan las alarmas:

¡NO SE ME ABRE EN WORD!

¿Saben lo que ocurrirá a continuación? En la oficina de producción habrá denodados intentos por copiar y pegar el documento .celtx en Word. Viendo que el formato se va al carajo y los acentos se convierten en locos grupos de caracteres con aspecto de blasfemia de tebeo de Ibáñez (#$%*!!), intentarán abrir el PDF en Word. El resultado será igual de frustrante. Entonces, algún pobre asistente se comerá el marrón, y perderá valiosas horas de trabajo intentando reformatearlo. Cuando se vea que es una tarea inhumana, algún ayudante llamará al productor para quejarse, y el productor llamará al guionista para exigirle el guión en formato Word.

¿Saben cómo se denomina esto en psicología? OBSESIÓN.

Eso es lo que hay en la industria con respecto a Word. Una verdadera obsesión. Porque sólo desde la sinrazón se explica esa incapacidad para buscar caminos alternativos. Tan simples como pensar ¿qué formato es éste? ¿.celtx? VOY A BUSCARLO EN GOOGLE. Que en el siglo XXI, en un país de la Unión Europea, un profesional del cine sea incapaz de superar un mínimo problema técnico cuya solución se encuentra a un maldito click… sencillamente no es lógico.

Celtx, y para el caso OpenOffice, no tienen problemas de compatibilidad con Word. Sencillamente, no es su objetivo ni su responsabilidad ser compatibles con Word. ¿Desde cuándo lo que es gratis y accesible tiene que competir con lo que es caro y difícil de obtener? ¡Que Word se busque la vida para abrir documentos .celtx! ¡Que las oficinas de producción abran los ojos y se instalen Celtx y OpenOffice en sus ordenadores!

A nadie en su sano juicio se le ocurriría exigir una partitura musical o unos planos de rodaje en formato Word. Dejen de pedir los guiones en formato Word. Existe software específico y gratuito para escribir guiones. Existe otro procesador de textos tan completo como Word, gratuito, compatible con todos los sistemas, y descargable desde Internet.

Señores mandamases, queridos productores, amigos ayudantes y asistentes: solucionad vuestros problemas de compatibilidad con la vida real, por favor. Haced sitio en vuestros discos duros para Celtx y OpenOffice. Y sobre todo, haced sitio en vuestros cerebros para lo que viene siendo LA LÓGICA.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 15 de julio de 2010)


DESPUÉS DE LOS PREMIOS GOYA (I)

21 febrero, 2011

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

(- Primero: disculparme por el retraso en publicar. Tengo dos excusas, eso quiere decir que ninguna de ellas es buena. Estoy fuera de casa, con algunas dificultades para conectarme y, dos, ayer domingo trabajé tanto que no pude escribir. La auténtica es que… anoche se me olvidó ponerme a ello.

– Segundo, tal vez por el punto primero, este post va a ser algo diferente, algo más precipitado y menos reflexivo de lo habitual. Tal vez todo ello sea para bien. )

Vi los Goya con amigos, en una de estas reuniones en las que apenas ves la tele, sólo el tiempo suficiente para poder pensar un chiste supuestamente ingenioso que impide que el resto de los presentes puedan enterarse de la ceremonia.

Eso no me impide sacar unas pequeñas reflexiones sobre la Gala y especialmente sobre los enmascarados Anonymous que abuchearon a muchos de los invitados a la gala y, en cambio, corearon el nombre de Álex de la Iglesia a la entrada al acto. Al parecer, alguno de  ellos tiró algunos huevos. Al parecer también, otros Anonymous afearon la conducta al de los huevos (al que los había tirado, quiero decir).

Algunos medios apenas se hicieron eco de estas protestas, otros se centraron mucho en ellas. Otros medios criticaron a los primeros, por ignorar la realidad. Otros, al contrario, criticaron a los que dieron excesiva importancia a los Anonymous.

Muchas crónicas hablaban sobre la gran tensión con que se vivió toda la ceremonia. Al parecer, uno de los momentos álgidos fue el discurso de De la Iglesia, que, al parecer, algunos han adoptado como una especie de Nuevo Evangelio, el Gran Sopapo en la Cara de la Industria. A otros casi todo el discurso nos pareció escrito por Pero y Grullo.

Si me permitís mi opinión… para mí nada es para tanto.

Que un Gobierno intente, por medio de un mecanismo legal y unas sanciones, defender los intereses de una Industria, es lógico.

Que las personas afectadas por esas sanciones protesten, invocando a las libertades o derechos fundamentales, también es normal. Que, entre estos se cuele un tipo que tire algo tan inofensivo como un huevo, tampoco parece especialmente grave.

Hace pocos meses, el mismo Gobierno aprobó una ley antitabaco que prevé graves sanciones para fumadores y locales que la incumplan. Muchos ciudadanos se han visto perjudicados por ella. Han invocado derechos fundamentales para defender su derecho a fumar. Unos han protestado colectivamente, otros han elegido una vía de “martirio individual”. La ley se ha cumplido. Algunos están contentos, otros están enfadados e incluso resfriados gracias a ella.

Pienso que el consenso absoluto es imposible de alcanzar, aunque sería lo óptimo. A veces lo bueno es enemigo de lo óptimo. Gobernar, tomar decisiones, implica generarse “enemigos” a cada paso. Un gobernante debe saber que no todo el mundo va  a quererle. Un individuo que expresa una opinión política también debe asumir que encontrará que otros muchos no están de acuerdo con él.

Como reflejaba, a modo de simple ejemplo, en esta entrada, gran parte de la opinión pública (y publicada) en España es espectacularmente crítica con el cine que se produce en nuestro país. Posiblemente no haya ningún otro sector que sufra críticas tan constantes. Muchas de las críticas inciden en qeu se trata de un sector muy dependiente de las ayudas públicas. Sin embargo, otros sectores muy subvencionados como la minería o la agricultura no concitan, descalificaciones comparables. Otro argumento que utilizan los críticos (tiene que ver con el anterior) es que se trata de un cine poco taquillero y escasamente popular. Sin embargo, en nuestro país hay docenas de sectores económicos que no se distinguen por su gran nivel internacional. Por ejemplo, nuestra investigación científica no parece comparable a la de otros países europeos. Sin embargo, a pesar de que se trate de otro sector que subsiste casi exclusivamente por la inversión pública, no se insulta o critica a los científicos, sino que se les compadece por las difíciles condiciones en que trabajan y se solicita que los subsidios públicos se incrementen en la medida de lo posible.

Es decir, ni la financiación pública ni el escaso éxito comercial son las razones de fondo que explican la gran aversión que se produce en muchos medios (y muchos ciudadanos) al cine producido en España. En mi opinión, la razón principal de la mala imagen de nuestro cine en amplios sectores de España es otra. Creo que podemos buscarla en el día 1 de febrero del año 2003.


LOS TRES METROS SOBRE LA TAQUILLA

12 enero, 2011

Por Chico Santamano.

Si algún vez tuve algo de crédito como ”””guionista de referencia””” en este blog voy a terminar de aniquilarlo. Mientras que Guionista en Chamberí escribe sobre Werner Herzog, David Muñoz se curra un servicio público guionistil de primera, y Pianista en un Burdel… mmh… ¿Dónde está Pianista?… Bueno, mientras que mis compañeros de blog hablan de cosas GUAYS, a mí me gustaría reflexionar un ratito sobre la película española más taquillera de 2010: “TRES METROS SOBRE EL CIELO“.

Si han estado fuera del país en las últimas semanas o directamente sólo prestan atención al cine al que sólo prestan atención, les haré un breve resumen de qué es “3MSC”.

La peli, escrita por Ramón Salazar y dirigida por Fernando González Molina (un momento, ¿un director español sin créditos de guionista…? ¡Gracias, Señor por los directores de encargo!) está protagonizada por María Valverde, la actriz que mejor luce los vestidos cortitos (MUY cortitos) del mundo y de la que cualquier adulto de la especie humana se ha de enamorar obligatoriamente al ver “La flaqueza del Bolchevique”… María es también el híbrido perfecto entre Natalie Portman y Gillian Anderson, la lolita universal, la arruina hogares, la robamaridos, la robahijos, la que vuelve loco a cualquier varón con ganas de volver a abrazar un poquito sólo su adolescencia (y no sigo para no parecer un contertulio de Telemadrid y/o la Cope)… y al otro lado del ring, encontramos a Mario Casas, que por si no lo saben es el mojabragas teenagers definitivo… el quinqui del nuevo milenio, el malote con corazón, el outsider con cara de bobo entrañable y poseedor de un culo perfecto que despierta suspiros vaginales.

La peli es un remake de esta otra peli italiana…


…que a su vez es la adaptación del libro homónimo escrito por el fenómeno literario del momento, el Stephen King del melodrama bañado en clearasil: Federico Moccia. Además, el film lleva recaudados la friolera de 9 millones de euros. El auténtico sleeper patrio del año. Y ya se han confirmado dos secuelas que se estrenarán previsiblemente de aquí al año que viene. Vamos, un auténtico fenómeno de los que hacen INDUSTRIA.

Como yo soy de los que creen que el público NO ES GILIPOLLAS (o al menos no tanto como mucha gente cree), voy a intentar explicarles por qué me congratula tanto el éxito de esta peli, que algunos calificarían como “mierda para adolescentes descerebrados” y no les falta razón, pero amigos… al fin, mierda de la buena.

Para empezar “3MSC” no engaña a nadie. Es lo que promete. Un producto PERFECTO para hacer suspirar a los adolescentes de este país. Ojo… A los adolescentes de verdad, no a treintañeros que no olvidan “El club de los cinco” y lo más teen que han visto últimamente es “Election” o “Juno”. La peli va a por su target sin pudor ni en las formas ni en el fondo. Lo que viene a ser por fin un poco de picardía comercial. Y así espero que se entienda este post… porque defiendo la existencia de “Tres metros sobre el cielo” porque defiendo (entre otros muchos tipos de cines, faltaría más) la existencia de un cine para adolescentes en clave adolescente. Intentar analizar esta película desde otro prisma que no sea ese sería absurdo y sobre todo VIEJUNO.

Quiero creer que con este producto el complejo de inferioridad español, el resentimiento del proletariado, el “no olvidemos a las clases desfavorecidas” han sido enterrados por fin. Adiós, España malrollera. Parece que alguien se ha dado cuenta de que hay un público que muere de ganas (y pasa por taquilla) por ver gente guapa, que hacen cosas “molonas”, en sitios molones. Porque, señores y señoras, por primera vez en nuestra filmografía todos los protas son ricos. Adiós, España llorona. Y encima se mueven en entornos bonitos, joder. Ese instituto es el mismísimo Versalles. ¿Quién no querría estudiar allí… con esa escalera fastuosa y esas alumnas minifalderas? ¿A quién no le apetece dejar aparcada su vida del extrarradio y empezar a soñar con una vida ni mejor, ni peor, sólo DISTINTA? Adiós, España feísta.

La película en cuestión reúne lo mejor (y lo peor) de la saga Crepúsculo y los “A todo gas”. Un producto con una factura estupenda, bien rodada y fotografiada, para el niño y la niña. Porque sí. El cine español también puede (y debe) tener un look molón. Dejar atrás los barrios marginales con inmigrantes de buen corazón y abrazarse a lo que un adolescente actual busca y encuentra en series como “Gossip Girl” o en las pelis de high school americano. Cuando vi a María y Mario retozando sobre esa bandera del Reino Unido en esa playa con flores rosas no podía dejar de gritar (interiormente, se entiende) que al fin alguien se había tomado la molestia de cuidar un poco la dirección de arte en una producción que no fuera de época. Podrían haber puesto una toalla azul marino comprada el día anterior en el Corte Inglés (sin tirar el ticket para luego poder devolverla, claro), pero no… por una vez alguien pensó en “¿y si lo hacemos BONITO?“.

Así que, a pesar de que la la película no parece acabar nunca porque repiten hasta la saciedad lo de “chico pierde chica > chico recupera chica”, “chico pierde chica > chico recupera chica”, “chico pierde chica > chico recupera chica”…  a pesar de que es la primera película de la historia que tiene cinco tercer actos, a pesar de lo previsible de sus situaciones, a pesar del origen MUY chorra de la violencia del protagonista, a pesar de algunos diálogos sonrojantes, a pesar de que su historia no pasará precisamente a la historia, a pesar de que no se entiende que esta chica pueda perdonar a ese chico que le ha dado una hostia cuando desde todos los medios públicos y privados se intenta concienciar con la idea de “si te pega una vez, lo va a hacer más veces” (¿abrimos el debate sobre la responsabilidad de la ficción en la sociedad?), a pesar de todas sus taras que son muchas e indefendibles, ojalá tengamos cada año cien de estas.

Cien pelis que, conscientes de cuál es su público, van a por él sin vergüenza y con una factura digna  a la medida de su target. Cien pelis que sirvan para poder financiar otras mucho más pequeñas. Esas que ganan premios y dan buen nombre a nuestro cine por todo el mundo. En definitiva, cien pelis que nos hagan poder echar a andar de una vez por todas sin la ayuda de papá estado y mamá subvención.

AH… Y tiene una SECUENCIA DE DISCOTECA más que digna, con unos extras que lo dan TODO!

 

MORALEJA:
Señores responsables de 3MSC: no contéis conmigo para que pague por ver la secuela. Por desgracia llego unos 15 años tarde para disfrutar al cien por cien de esta saga, pero os apoyaré SIEMPRE, claro que sí.

 


EL RENCOR

7 enero, 2011

Por Guionista Hastiado

Mi padre, como algunos de ustedes ya saben, es pintor y profesor de dibujo. Alguna vez les hablé de ello. Se ha ganado la vida con su trabajo y ahora, ya jubilado de la docencia, sigue dedicándose activamente a un arte que le ha dado de comer y que, sobre todo, le apasiona. Estas navidades, en la reunión familiar de rigor, me contó una anécdota algo desagradable que le había sucedido hacía poco tiempo, y que paso a resumirles brevemente…

Él había donado un par de cuadros para una exposición benéfica que se celebraba en una ciudad de provincias con el fin de recaudar fondos para una ONG. Acudió a la gala inaugural en la que, además de cumplir haciendo acto de presencia, iba a encontrarse con buenos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Ya saben ustedes cómo son esas cosas. Canapés, gente importante, políticos, todo muy fino.

De pronto, un hombre de mediana edad se le acercó y le saludó. Mi padre no le conocía. El hombre le explicó que, hace 30 años, mi padre había presidido un tribunal de oposiciones para profesor de Artes y Oficios, en las que él había participado. Mi padre, obviamente, no le recordaba. Las oposiciones eran para cubrir una sola plaza, y el señor en cuestión fue uno de tantos que no la consiguió.

Pero, por lo visto, al señor le sentó muy mal no haberla conseguido, y empezó a reprocharle a mi padre  el fallo que había emitido el jurado. Mi padre, como es lógico, le dijo que la plaza fue para el opositor mejor preparado. De hecho recordaba aquel veredicto porque el “vencedor” había sido un chaval con una capacidad innata, soprendente, para el dibujo, y todos los miembros del jurado habían estado de acuerdo en otorgarle la máxima calificación.

Pero el señor, erre que erre, consideraba que el fallo no había sido justo, que él tenía que haberla ganado, y empezó a calentarse, asegurando que aquel jurado estaba vendido, que habían hecho trampas, y que eran unos sinvergüenzas que le habían jodido la vida. Fue elevando el tono de voz y los asistentes a la inauguración empezaron a mirarle mal.

Mi padre, que posiblemente es la mejor persona que conozco, y que lo último que deseaba era tener un pollo con nadie, siguió argumentando y explicando por qué habían tomado aquella decisión. Pero el hombre llevaba demasiado tiempo masticando su rencor y no iba a dejar escapar la oportunidad de vomitarlo, y acabó diciendo a voz en grito que los miembros de aquel tribunal eran todos unos grandísimos hijos de puta, y que mi padre el primero y el que más. Se le fue, sí.

Mi progenitor, muy educadamente, aguantó la tontería con mucha más elegancia de la que yo jamás podré tener, hasta que un par de personas decentes se acercaron al impresentable y le increparon para que abandonara sus malas formas o, aún mejor, la sala. Tras algunos momentos de tensión y rifirafismo de cuchufleta (¡ah, esos momentos de calentón en los que brota, tan viva, la comedia!), finalmente el señor, sintiéndose acorralado, cogió las de Villadiego.

Lo curioso es que el tipejo era, también, uno de los pintores que habían donado cuadros para la exposición. Estaban allí, colgados, posiblemente avergonzados ante el comportamiento de su creador. Por lo visto era profesor de dibujo en un colegio y había tenido una carrera como pintor, quizá no magnífica, pero al menos se había dedicado a un oficio que, se supone, es vocacional y edificante. Sin embargo, se había quedado obsesionado con unas oposiciones que, 30 años atrás, le habían impedido acceder a un puesto de funcionario del Estado. Seguramente consideraba que ese hecho en cuestión le había impedido labrarse un futuro mucho más provechoso al que él consideraba haber tenido derecho, y que, de haber conseguido aquella plaza, su vida hubiera sido otra, presumiblemente mucho mejor. No, la culpa de su vida de mierda y de su resentimiento no era de él, era de los demás.

30 años. Media vida.

¿Cómo diablos puede alguien pasarse 30 años obsesionado con una -supuesta- injusticia del pasado? Lo entendería si se tratara del asesinato de tus padres (cuántos grandes westerns nos ha dado la venganza). Pero… ¿unas oposiciones a profesor? ¿Y encima sin verdaderos motivos? Incluso en el caso hipotético de que hubiera tenido razón (que no la tenía), no merece la pena. Es absurdo, estúpido, un sinsentido.

Cuento todo esto porque la anécdota en cuestión me recordó ciertas actitudes que he visto en colegas de profesión y gente de la industria. No sólo guionistas. Quién mas quién menos ha tenido la sensación alguna vez de que han sido injustos con uno, de que no se ha sabido valorar nuestro talento, y de que gente menos preparada se ha llevado méritos que no le pertenecen.

Pues bien, si no queremos volvernos locos, hemos de asumir que muchas de esas veces, sencillamente, no tenemos razón, que nos estamos equivocando, que tenemos una visión distorsionada, subjetiva, de los acontecimientos, y que la gente de la sala nos está mirando como si estuviéramos locos.

Puede que haya ocasiones en las que estemos en lo cierto, vale. Alrededor de la televisión y el cine se mueven mucha pasta, glamour de pedorreta y atención mediática, y por lo tanto son campos abonados para la proliferación de buscavidas, lameculos, vendemotos y oportunistas. Mucha de esa gente ganará más dinero que tú, hará proyectos más fastuosos, será más famosa y será fotografiada junto a gente mucho más guapa que uno.

Pero, incluso aunque esto sea cierto, nunca merecerá la pena instalarse en el rencor. 30 años de resentimiento pueden volverle a uno un auténtico gilipollas, un amargado. De la misma forma que sabemos que nuestro oficio está expuesto a las críticas, hay que comprender que -como en cualquier sitio- la profesión no se rige por criterios de justicia, no siempre los acontecimientos se desarrollan como a uno le gustaría, y no siempre los méritos están repartidos como uno cree que deberían.

El verdadero motor del éxito no es el éxito en sí mismo, sino la capacidad de sobrellevar y superar el fracaso. Si no vendemos nuestro guión, si no ganamos más dinero, si no podemos escribir lo que nos gusta, si vemos encumbrarse a gente menos preparada que nosotros… lo único positivo que podemos hacer es seguir trabajando, seguir demostrando que sabemos hacerlo, seguir aprendiendo y seguir intentándolo.

Hace muchos, muchos años, antes incluso de tener el propósito de convertirme en guionista, tuve la suerte de coincidir en una cena con Ángel Javier Pozuelo Gómez, más conocido como Javier Cansado, de “Faemino y Cansado“. Durante la conversación de sobremesa, él me dijo algo que nunca he olvidado. Dijo que en esta industria te vas a encontrar con mucha gente sin talento que obtiene un éxito y un reconocimiento inmerecidos, que eso es algo impepinable y que no se puede cambiar, porque el mundo es así. Pero que hay algo a lo que agarrarnos, y es que si uno tiene verdadero talento, capacidad de trabajo y paciencia, siempre conseguiría abrirse camino y ganarse la vida honestamente. En otras palabras, puede que no sean todos los que estén, pero sí que están todos los que son.

Si uno no está, puede optar por amargarse y recrearse en la envidia, el pataleo, el cinismo y la crítica emponzoñada, o puede, sencillamente, considerar que debe seguir intentándolo procurando no perder la ilusión ante cada nuevo proyecto, ante cada nueva línea de diálogo, por duro e inútil que nos parezca a veces. Siempre acaba dando resultado.

No, amigos, la culpa no es siempre de los demás. Mirar el patio del vecino con desprecio no sirve de nada,  sobretodo si uno se está olvidando de regar el suyo propio.


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