METÁLICA: VIVIREMOS PARA SIEMPRE PORQUE ESTAMOS MUERTOS POR DENTRO

29 mayo, 2019

¿Sueñan los adolescentes con robots masturbadores? ¿Qué hay en el extremo de la disponibilidad inmediata e ininterrumpida de un esclavo sexual? ¿Podemos recrear el amor de una ex pareja con un robot hecho a su imagen y semejanza?

Íñigo Guardamino reflexiona sobre estos temas en Metálica, un texto surgido del laboratorio de investigación teatral Rivas Cherif y que estará en el Teatro María Guerrero de Madrid hasta el próximo 9 de junio.

Los robots sexuales son ya una realidad. Ya hay una generación entera que ha accedido a las redes sociales antes de tener pareja. Una generación que ha visto horas porno antes del primer beso. Las horas que dedicamos a conectar vía redes sociales van en aumento, e inevitablemente lo hacen en detrimento de la socialización real (o away from keyboard, si queremos).

Es un topicazo decir que cuanto más conectados estamos por Internet, más solos estamos en la vida real. Pero lo cierto es que los días siguen durando lo mismo que antes de pasarnos tres horas en las redes sociales. Si a esa socialización de segunda categoría le sumásemos la posibilidad (de momento hipotética) de mantener sexo a capricho con un robot de apariencia humana, ¿cuántos de nosotros no acabaríamos recluidos en nuestra propia burbuja, donde pudiéramos controlar todas nuestras interacciones?

¿No es precisamente la obsesión por el control lo que late tras la virtualización de las relaciones? El stalkeo, el profiling de las apps de citas, el porno de cámaras en vivo, el perfeccionamiento de la apariencia y actitud humanoide en los robots… ¿No son expresiones de un anhelo de disponer de humanos que nos den placer según nuestras expectativas, sin plantear nunca un desafío? Sin cuestionarnos, sin opinar ni matizar ni discutir. Sin ofendernos ni herirnos nunca.

El problema, claro. Es que, a más control, menos emoción. La incertidumbre y las heridas nos mantienen vivos. ¡No siento nada!, grita uno de los personajes de Metálica en pleno acto sexual, antes de obligar a su robot a, literalmente, follárselo hasta matarlo. Y es que sin la incertidumbre, sin el riesgo, no hay emoción. No hay sentimiento. La vida se convierte en una gran zona de confort… sin el menor interés. Viviremos para siempre porque estamos muertos por dentro, dice Marta Guerras casi al final de la obra.

Carlos Luengo y Marta Guerras. Foto: ©Mario Zamora.

Releo mi parrafada y me suena sesuda y redicha. Pero Metálica no es nada de eso. En su forma exterior, es una comedia negra, negrísima. Una distopía cargada de humor y de la acostumbrada mala leche de Guardamino, que no pierde ocasión de recordarnos lo mal que vamos, pero siempre con una buena dosis de humor. En el futuro distópico de Guardamino, los adolescentes comparten en redes vídeos de sus polvos con robots. Adultos pedófilos mantienen sexo con robots-niño. Hay una calle de Santiago Abascal. Y si sufrimos una parada cardíaca en casa, un robot que nos dará un masaje cardiaco… mientras nos practica una felación. Si la cosa acaba mal, la familia se reunirá para despedirnos… por video llamada. No habrá funeral: se generará automáticamente un vídeo con los restos de nuestra huella digital, y luego cada uno a lo suyo.

Muy hábilmente, Guardamino diseña la trama en torno a una familia… iba a decir desestructurada, pero sería más bien re-estructurada según los códigos de un hipotético 2044: un matrimonio que recupera el sexo gracias a la irrupción en casa de un robot-niño… con el que acaban teniendo sexo oral marido y mujer. Cada uno por su lado. Venti, su hijo adolescente que vive solo, pero nunca está solo porque dispone de Cindi, su robot sexual, con quien tiene sexo a todas horas… sin haberse acostado nunca con una mujer de verdad. La familia la completa Jana, la hija adulta, ejecutiva en una empresa de robótica (la misma que manufactura a Cindi). Soberbia composición de personaje de Sara Moraleda. Inolvidable la tragicómica escena en que intenta reprogramar a un robot hecho a imagen y semejanza de un novio que la abandonó sin dar explicaciones. Herida por la ruptura, Jana se obsesiona con programar al robot para que se comporte como ella habría esperado que lo hiciese su novio real. Cada error en el programa, cada imprevisto, nos recuerda lo dolorosamente imposible que es recrear la vida.

Pablo Béjar y Sara Moraleda. Foto: ©Mario Zamora.

Inquietantes, perturbadoras, grotescamente cómicas y siempre eficaces todas las escenas en las que los actores interpretan a robots. Destaca la magnífica Cindi de Marta Guerras. Aterradora, precisa en cada movimiento, en cada inflexión de voz. Se metió al público en el bolsillo y con justicia. Buenas interpretaciones también de Pablo Béjar, Rodrigo Sáenz de Heredia y Carlos Luengo, este último particularmente terrorífico como robot-niño especializado en dar placer oral. Brillante Esther Isla en el papel de Zoe, arrancando con facilidad las carcajadas del público con un timing cómico impecable.

Esther Isla y Rodrigo Sáenz de heredia. Foto: ©Mario Zamora.

Con ecos de Her, Blade Runner, el Fight Club de Chuck Palahniuk (“Stop the excessive shopping and masturbation. Quit your job. Start a fight. Prove you’re alive”) y por supuesto el Frankenstein de Mary Shelley, Metálica confirma la maestría de Guardamino para diagnosticar y satirizar los dilemas éticos de la sociedad actual. Admirable la valentía del CDN produciendo obras incorrectas, incómodas y certeras como ésta, y propiciando espacios de creación dramatúrgica como el laboratorio Rivas Cherif.

Sergio Barrejón.


ÍÑIGO GUARDAMINO: “NO ME INTERESA CONVENCER A NADIE DE NADA”

26 septiembre, 2018

Entrevista de Sergio Barrejón.

¿Qué es Europa? ¿Hacia dónde va? ¿Qué nos ha pasado? ¿Se puede hacer algo para arreglar esto? Íñigo Guardamino (Bilbao, 1973) trata de buscar respuestas a estas preguntas en obra teatral Monta al toro blanco, estrenada recientemente en el ambigú del teatro Pavón Kamikaze, en Madrid.

Monta al toro blanco es una inquietante comedia (negra como el fondo del Mediterráneo, en palabras de Guardamino) que comienza con discursos de Hitler y acaba (no es un spoiler) con un americano, un ruso, un chino y un saudí remando en una patera. Por el camino, el rapto de Europa por Zeus, y una galería de personajes que encarnan algunas de las caras más representativas de ese poliedro caótico en que se ha convertido la Europa contemporánea.

Tras asistir al estreno de la obra, tuvimos la oportunidad de hacer unas cuantas preguntas a su autor:

¿Qué impresiones tienes del estreno de Monta al toro blanco? ¿Reaccionó el público como esperabas?

Nunca sé muy bien cómo va a reaccionar el público, pero por las reacciones en vivo y en redes sociales parece que ha gustado mucho, también se ha ido al menos un espectador en cada función, tiene que haber de todo.

¿Cómo fue el proceso creativo que llevó hasta la versión definitiva del texto? ¿De dónde arrancas: partes de un tema, de una imagen sugestiva, de una noticia…?

Empecé a tener ganas de hablar de ello cuando veía las imágenes de los refugiados sirios entrando en Alemania. Pero no es preconcebido, son un montón de ideas y vivencias, algunas de hace años, que de repente convergen en el momento adecuado. La versión original era más larga pero luego he ido recortando y añadiendo cosas en los ensayos.

La obra tiene una estructura de puzzle. La imagen final se va completando a partir de escenas fragmentarias independientes, aunque hermanadas por un tema común.

He escrito otras obras con estructuras más clásicas; creo que lo mejor es elegir la estructura que se ajuste mejor a lo que quieres contar y en este caso la fragmentada encajaba mejor con la historia.

En Monta al toro blanco se tratan temas durísimos: el racismo, la intolerancia, la castración, la guerra, las crisis de refugiados, la corrupción… Pero no faltan los ramalazos de humor.

No me gusta mucho la gente que se toma demasiado en serio, porque al final se olvidan de la seriedad del tema y se toman en serio a ellos mismos y para mí lo importante es la historia. Lo solemne suele ir de la mano de lo panfletario y a mí no me interesa convencer a nadie de nada, prefiero que vean la obra y saquen sus propias conclusiones, y creo que el humor ayuda a distanciar y a pensar.

El mito del rapto de Europa es el leitmotiv de la obra y no es la única mención a la mitología griega. ¿Cuánto pesan los clásicos en tu mochila de escritor?

Mucho. Todo viene del origen. Luego ya haces con ello lo que te dé la gana pero creo que todo el mundo está influido de una manera u otra por los clásicos porque son nuestra base común.

Entremezclas con las tramas más políticas dos historias de pareja truncadas por el dolor y la muerte. Son dos parejas blancas, heterosexuales y europeas. ¿Encuentras un paralelismo entre la crisis de valores de las democracias capitalistas y la desintegración de la pareja heterosexual como estructura fundamental de la sociedad occidental?

La desintegración de la pareja heterosexual es una excelente noticia. El abrir y normalizar todo el espectro de relaciones humanas es lo mejor que nos ha podido pasar. Encuentro más paralelismo con la desintegración del asociacionismo, de los vínculos entre personas, y el predominio de un individualismo narcisista animado por las nuevas tecnologías mal entendidas y el consumo desenfrenado.

En la obra conviven los discursos de Hitler, Carlos Martel contra los musulmanes en el siglo VIII, la actual crisis de los refugiados… ¿Aprecias un efecto circular en las grandes crisis europeas? ¿Es como si la historia se repitiese una y otra vez?

Espero que la historia no se repita porque sería algo muy sangriento y mis rasgos hebreos no me ayudarían nada, pero durante la historia el ciclo de paz/conflicto/paz/conflicto se repite sin fin, en Europa y también en los mercados. En la montaña rusa que nos ha tocado montar. Hemos subido y ahora es el momento de la caída, a ver hasta dónde.

En la obra, la aparición de unos valiosos restos arqueológicos amenaza la viabilidad de un gran proyecto inmobiliario, de modo que sus responsables deciden ocultar el hallazgo. ¿Eso es lo que está pasando en Europa? ¿Olvidamos nuestras raíces y nuestra historia en favor del beneficio económico de proyectos banales?

Totalmente. Parece que no se ha aprendido nada de la crisis y sigue primando el beneficio a corto plazo y el “después de mí, el diluvio” de los comisionistas. Eso también pasa en política, los ciclos se acortan cada vez más y apenas se tomas las decisiones a largo plazo. Paradójicamente en las “democracias” estilo turco y ruso eso es más fácil porque saben que tienen agarrado el poder. Eso y la falta total de escrúpulos es lo que hace que les vaya tan bien últimamente.

En la obra hay varias referencias humorísticas al procés soberanista en Cataluña. ¿Qué relación aprecias entre el independentismo catalán y la crisis de valores en Europa?

El buscar el enemigo fácil y las soluciones simples. A la derecha catalana le ha salido muy bien la táctica de buscar un enemigo exterior justo cuando les estaban empezando a pedir cuentas por las mordidas y la corrupción.

¿Cuándo entraste en contacto con el Pavón y cómo se concreta el proceso de estrenar allí?

Mandé el proyecto y el texto, les gustó y me ofrecieron estrenar allí. Tenía muchas ganas de montar algo el Teatro Kamikaze por el apoyo que siempre han dado a la dramaturgia contemporánea y fue una alegría cuando seleccionaron el proyecto. Se trabaja muy bien con ellos.

¿Qué te aporta el Pavón Kamikaze en relación con otros teatros donde hayas estrenado?

Al igual que Nave 73, otra sala donde he estrenado, apoyan mucho las nuevas propuestas y no tiene miedo al riesgo; la diferencia estriba en que el Teatro Kamikaze tiene más repercusión (no olvidemos que son Premio Nacional de Teatro) y son el único teatro madrileño que está entre el off y el público/privado y se nutre de lo mejor de cada mundo.

Monta al toro blanco está en cartel hasta el 6 de Octubre, de miércoles a domingo en el teatro Pavón Kamikaze de Madrid.

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