SON MALOS TIEMPOS PARA SER AUTÉNTICO.

16 abril, 2018
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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

¿Son malos tiempos para la libertad de expresión?

Supongo que sí.

En los últimos años hemos soportado, atados – o cruzados – de pies y manos cómo la gente iba a la cárcel por contar chistes. Hemos consentido difamaciones de unos a otros y de otros a unos, hemos visto carreras políticas y reputaciones sociales truncadas por falacias que finalmente, cuando el foco mediático ya no estaba tan centrado en ellas, desembocaron en absoluciones, refutaciones o disculpas a las que pocos concedieron voz.

Esta clase de fascimos amparados en la chapuza (y chapuzas amparadas en el fascismo) hacen que los internautas se indignen on line con lágrimas de cocodrilo y se lamenten increpando al sistema (ergo a sí mismos) y haciéndolo responsable de una AUTOCENSURA que les impide escribir sobre cualquier cosa “en las redes”.

De repente aparece una horda de individuos que acusa a nuestro establishment social de obligarnos a vivir en una “dictadura” que nos impide expresarnos y realizarnos como quisiéramos, porque el linchamiento al que nos veríamos sometidos en redes sociales a causa de ello, nos haría trizas.

Les entiendo, pero…

… tengo la sensación de que el 80% de la gente que se queja de esa “autocensura” impuesta por la tiranía de las redes sociales” es gente que jamás se ha obsesionado con una idea en su puta vida. Gente que nunca ha apostado por transmitir un mensaje que considere realmente importante: uno por el que estuviese dispuesto a pagar con su integridad, con la cárcel o con cualquier cosa más jodida que perder cien putos likes.

 ¿Qué nos han hecho, joder? ¿Qué nos han hecho?

Tengo la sensación de que empieza a estar en peligro de extinción esa clase de artista realmente comprometido, que lo es casi en contra de su propia voluntad o incluso a pesar de ella; de que el nuevo rinoceronte blanco a extinguir es ese “dejarse cosquillear por la musa“, esa locura febril, esa inquietud que antaño llevaba a algunos, de repente, a poner sus entrañas sobre el tablero,  SÍ o SÍ,  pasara lo que pasara. Esa maldición de comulgar con toda esa dinamita interior tan potente que casi preferirías morir o perder tu libertad antes que dejar de compartirla con el mundo.

Hace tiempo le leí a Javier Krahe una declaración que más o menos venía a decir (con palabras mejores que las mías) que “no es cuestión de no querer venderse, sino de no saber hacerlo.”

Cada vez conozco a más autores que emprenden proyectos “triunfales”. Te explican el concepto de lo que se traen entre manos, te hacen el pitch… y tú concluyes que “es un win”, que han encontrado un “caballo ganador” y es lógico que tanto ellos como las puertas que se les abren apuesten por algo así. “¡Esto lo va a petar!” Han descubiero un filón, han esbozado un plan de mercado, de venta, de ataque tan hábil que no hay nada que reprochar en su estrategia. No voy a restar un ápice de mérito a quienes descubren esos “filones” y comercian con ellos. Son los Pizarros, los Hernán Corteses del presente. Se labran un trono de oro invirtiendo sudor y piel en ello. Pero, ¿y la sangre? Hablo de personas con actitudes y aptitudes dignas de elogio. Ojalá algún día pudiera yo imitarles. Su labor es igual de necesaria (o más) que la de cualquier vehemente con ínfulas de genio.
Pero…
… dales 100 tweets en su contra, endíñales un par de acusaciones de incorrección política… y a algunos de ellos los verás de pronto varados en las cunetas del qué dirán.
Yo echo de menos a los otros: A los que no tienen miedo de callar lo que piensan, a pesar de esta censura “de juguete” que tan infamemente medra; a los que vomitan lo que a veces no hay más remedio que expulsar, llueva lo que llueva, nieve lo que nieve y truene lo que truene.

No sé vosotros, pero al menos en mi caso, las obras con las que más satisfecho me siento salieron a la luz A PESAR DE LO QUE PUDIERAN PENSAR LOS DEMÁS.

Cada vez que alguien me pregunta cuál es el primer paso para tener éxito en la escritura, le digo que el ritual más importante consiste en asegurarte de que estás dispuesto a publicar algo que escandalizaría A TU PROPIA FAMILIA: Coge lo más abyecto e incómodo que hayas escrito y dáselo a leer a tu madre, a tu padre, a tus tíos, a tus primos, a tus sobrinos. (O en otras palabras: Agrégales a Facebook) Informa a tu subconsciente de que ya estás preparado para que cualquier persona acceda a lo más hondo de tus negruras. Haz partícipe a tu círculo más próximo de que no temes que nadie acceda a ese rincón sagrado que no es sano ni negociable silenciar.

El mundo sería menos interesante si – por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza – Sánchez Dragó midiese sus palabras por temor a lo que pudiésemos opinar de él.

Yo, por mi parte, me planteo continuamente a cuántos artistas u opinadores estaré considerando unos payasos simplemente porque no soy capaz de percibir la autenticidad que destilan. Ahí es donde entra en juego esa otra cara de la moneda: La tan cacareada – e indispensable – libertad de expresión, la defensa encarnizada del derecho de cualquier payaso a decir lo que le venga en gana y a permitir que otros le aplaudan, le desprecien y le malinterpreten.

Echo de menos esa poesía suicida, ese temperamento kamikaze, ese cruzarme con gente que, en lugar de decirme “hemos dado con un concepto ganador que nos va abrir todas las puertas”, me diga: “Llevo dos semanas desvelado con una idea que es imposible, que nadie aceptaría ni finaciaría a día de hoy… pero es que si no la materializo, si no me la saco de la cabeza, me va a devorar por dentro y voy a pasarme otras dos semanas sin poder dormir.” Echo de menos ese sonido de tambores persistentes, esas obsesiones que bombean en los cráneos con más fuerza que cualquier somnífero. Echo de menos personas que no podrán descansar hasta lograr plasmar algo que, según la lógica del tiempo en el que viven, es poco menos que inceptable e imposible.

Probablemente podréis citarme ahora mismo decenas de ejemplos contemporáneos de ese tipo de gente: más de los que pueda yo contar con los dedos de las manos, y probablemente tengáis razón. Pero me seguirán pareciendo pocos.

 

 


FLASHBACK – MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA GUIONISTAS: EL 525.1

18 septiembre, 2011

por Pianista en un Burdel.

La reciente apertura de juicio oral a Javier Krahe por un delito contra los sentimientos religiosos (artículo 525.1 del Código Penal) me ha hecho reflexionar sobre los peculiares límites de la libertad de expresión en España, y la forma en que afectan a los autores audiovisuales en un país en que la Iglesia Católica sigue teniendo un sitio preferencial en el ordenamiento jurídico. La separación Iglesia-Estado, desde el inicio de la democracia hasta nuestros días, ha seguido una progresión notable, pero aún queda mucho trabajo por hacer (ver gráfico).

Y mientras no se haga ese trabajo, cambiando las leyes y colocando a la Iglesia en su sitio, seguiremos teniendo Torquemadas wannabe.

Resumamos los hechos del caso:

  • La obra por la que se acusa a Javier Krahe es el cortometraje “Cómo cocinar un Cristo“, de 1978. En él, de la manera más neutra y objetiva, se muestra la preparación un plato en el que el ingrediente principal es una escultura de Cristo, previamente retirada de un crucifijo, a la que se sazona de diversas maneras y se introduce en un horno, del que, según la locución, saldrá solo a los 3 días.
  • Dicho corto fue proyectado en la pantalla que aparecía tras los entrevistados en el programa Lo + Plus de 15 de diciembre de 2004. La directora del programa también ha sido imputada.
  • La querella criminal la ha presentado el Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro.
  • El caso fue sobreseído en 2007. El Centro Tomás Moro recurrió el sobreseimiento.
  • El lema que el Gabinete de Estudios Jurídicos Tomás Moro exhibe en su página web es “cristianizando el Derecho, cristianizando la Sociedad”.
  • El juez, aplicando el artículo 589 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ha dictado que Javier Krahe vaya pagando una fianza de 400 euros diarios, hasta un total de 192.000, por si se le encuentra culpable.

Krahe

Yo no sé mucho de derecho (ni mucho ni poco) pero me parece ACOJONANTE que te puedan sacar 192.000 euros por si acaso resulta que eres culpable. No vaya a ser que luego te condenemos y digas que no tienes dinero.

Desde la ignorancia lo pregunto: si puedo fingirlo tras la sentencia, ¿no podría fingirlo también ahora? ¿Si resulta que soy inocente, me devuelven la pasta con los intereses?

Y sobre todo, ¿adónde va ese dinero? En caso de que me condenen, digo. ¿Reparar los ofendidos sentimientos religiosos de un fanático cuesta más que comprar un piso? Oiga, y ya puestos, ¿no podrían sacarle 192.000 también al Centro de Obtusos Jurásicos Toma Moreno, por si acaso resulta que Javier Krahe no es culpable de nada? Digo, para repararle a él los sentimientos de justicia, que después de esta locura deben de haberle quedado bastante maltrechos, al pobre.

También me parece acojonante que EXISTA un artículo del código civil que pretende proteger algo tan absolutamente etéreo como los “sentimientos religiosos”. Digo etéreo por no decir maleable. Porque bajo esa definición se pueden amparar cientos, miles de denuncias arbitrarias y malintencionadas, como en mi opinión es la presentada contra Javier Krahe.

¿Qué es el sentimiento religioso? ¿Cómo puedo identificarlo? ¿Cómo puedo saber cuándo lo estoy ofendiendo? Yo puedo evitar atropellar a un niño con mi coche. Veo al niño cruzando la calle, me hago una idea bastante clara de lo que le ocurriría si le paso por encima con mi coche. Puedo comprender que me castiguen duramente por hacerlo. Puedo comprender que el castigo sea mayor si lo hago en un paso de cebra (porque puedo ver el paso de cebra). Me parece estupendo que la multa sea mayor si encima supero la limitación de velocidad (perfectamente visible), y le atropello de noche con las luces apagadas (de sentido común).

Pero ¿cómo sé dónde empieza la sensibilidad religiosa de cada cuál? En fin, cualquier día pueden oírse blasfemias en la televisión. Que yo sepa, nadie ha denunciado nunca a nadie por decir HOSTIA PUTA o ME CAGO EN DIOS en televisión o en el cine o en la radio. Y sin duda son blasfemias dichas públicamente. Hasta a mí me molesta oírlas. Pero el caso es que se dicen, y nada ocurre. Se dicen delante de los niños, y el mundo sigue girando.

¿Es aceptable en un país aconfesional, en el siglo XXI, que a uno puedan no ya condenarle, sino siquiera procesarle, por cometer un supuesto delito que no se sabe cuándo se está cometiendo?¿Es aceptable que determinados delitos -como la estafa- prescriban en pocos años, y mientras se procese a ciudadanos por obras de arte realizadas hace más de TRES DÉCADAS?

¿Cómo demuestra un presunto ofendido que su sentimiento religioso ha sido herido? ¿Hay PRUEBAS de eso? Que yo sepa, no se puede condenar a alguien sin pruebas. Y sin embargo, el juez ya ha visto INDICIOS de delito. ¿Cuáles son esos indicios, Señoría? ¿La propia denuncia? ¿Basta con el testimonio del presunto ofendido para considerar que hay una ofensa? ¿Por qué se imputa a la realizadora del programa y no se persigue a quien ha subido el vídeo a Youtube? Qué demonios, ¿por qué no se multa a Youtube?

Imaginemos que yo establezco el límite de mi sensibilidad religiosa, pongamos por caso, en los Diez Mandamientos. Todo aquel que infrinja públicamennte los preceptos de este código básico y de todos conocido estará atacando a mi sentimiento religiosos, y por tanto conculcando el artículo 525.1 del Código Penal.

Bien. Pues que se preparen todos lo que pronuncien en mi presencia cualquier interjección con las palabras “Dios” o “Cristo”. Incluyo, naturalmente, “por el amor de Dios” o “por los clavos de Cristo”. Porque si eso no es tomar el nombre de Dios en vano, que venga Dios y lo vea.

Ups.

Y lo mismo con los mentirosos. Los que desean a la mujer del prójimo. LOS QUE NO SE AMAN LOS UNOS A LOS OTROS COMO ÉL LOS AMÓ.

¿Dónde está el límite?

Confío, Señoría, en que no sea usted quien lo marque, porque sería como mínimo dudoso que pueda usted dictar Justicia sobre los SENTIMIENTOS AJENOS.

A todo esto: ¿no sería más que razonable pedir, en este tipo de casos, que el juez demuestre no tener los mismos sentimientos religiosos que el denunciante? En fin, creo que a un católico de misa y comunión diaria le resultaría muy difícil ser imparcial en el caso de Javier Krahe.

¿Y si le diéramos la vuelta? ¿Y si mis sentimientos religiosos cristianos -que no católicos- se ven ofendidos cada vez que un cura de barrio suelta una diatriba contra las bodas homosexuales o contra los anticonceptivos? ¿No sería razonable ofenderse (religiosamente, digo) ante la noticia de que la Conferencia Episcopal, pongo por caso, tiene cientos de millones en fondos de inversión?

Digámoslo claro: la permanencia del 525.1 en nuestro Código Penal es una vergüenza intolerable para todos los Presidentes del Gobierno, Ministros de Justicia y, en general, Diputados del Congreso que la permiten. No tengo ni idea de si podría derogarse por decreto en el Consejo de Ministros. Pero de ser así, dudo que exista una justificación razonable para que no se haga ESTE VIERNES. Tampoco entiendo a qué dedican el tiempo ciertos congresistas, mientras en nuestro ordenamiento jurídico permanecen artículos propios de la Edad Media. Shame on you all.

Y que nadie vea esto como un ataque al catolicismo, ni a ninguna religión. Pero las cosas conviene ponerlas en su sitio. Los sentimientos religiosos pertenecen a la esfera privada. Y son intangibles. Luego no se pueden hurtar ni perjudicar. No tienen proyección en la vida social, como lo tienen por ejemplo otros intangibles (el honor, la identidad) por lo que no se pueden realmente menoscabar ni herir. La única manera razonable de que los fanáticos religiosos exijan que no se ofenda a sus sentimientos sería que exhibiesen su condición de fanáticos religiosos, y que dejasen claros sus sentimientos. No sé, una camiseta que diga

SOY CATÓLICO, TENGO UN BUFETE QUE TE CAGAS Y ME SOBRA LA PASTA. AL PRIMERO QUE SE CAGUE EN DIOS, LO EMPAPELO.

Por ejemplo.

A mí no me gusta blasfemar, pero hombre… en determinadas ocasiones no le queda a uno más remedio que cagarse esto y en aquello. Pero no se me ocurriría hacerlo delante de una monja. Porque eso son ganas de molestar a la señora. Pero si yo hago un corto en el que parodio la comunión y la resurrección de Cristo, y que se llama CÓMO COCINAR UN CRISTO… no veo dónde está el ánimo de ofender.

Si Javier Krahe hubiese enviado el corto a la Conferencia Episcopal con una nota invitándoles a verlo… entiendo que eso sí serían ganas de tocar los cojones (aunque jamás entenderé por qué se valora el delito en 192.000 euros).

Los consejos de supervivencia que se extraen de este caso son claros: ten mucho cuidado cuando te metas con la religión (y con los Borbones). Y si en tu guión hay un ataque contra la Iglesia (la Católica, las otras aún no tienen abogados poderosos), procura que el atacante sea un personaje concreto. Porque si no, los fanáticos entenderán automáticamente que el autor del ataque eres tú, el autor de la obra. Y nadie garantiza que entre los fanáticos no haya jueces y fiscales. Recordemos que el inicio del año judicial se celebra con una misa católica.

¿Qué quieres? Han estudiado derecho romano. No esperarás que también sepan ALGO sobre comunicación audiovisual.

Tened mucho cuidado, y sobre todo en esta época. Porque si todo esto fuera un guión de cine, a lo mejor habría un sheriff llamado Garzón, y un forajido llamado Tomás Moro, dispuesto a cualquier cosa para impedir que ningún sheriff entrometido se ponga a buscar cadáveres por los armarios.

Por supuesto, esto no es un guión de cine. Y la denuncia contra Javier Krahe seguramente no será una acción de castigo de la parte más reaccionaria de la judicatura contra la izquierda antifranquista para que ésta se entere de quién manda aquí.

Pero si lo fuera, tengamos en cuenta que los que han presentado una querella criminal por un corto de 1978 no sólo tienen dinero, poder y la convicción de que Dios está de su lado. Además disponen de un Código Penal hecho a medida para joderle la vida a cualquiera que no comulgue con sus ideas.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 3 de junio de 2010)


MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA GUIONISTAS: EL 525.1

3 junio, 2010

por Pianista en un Burdel.

La reciente apertura de juicio oral a Javier Krahe por un delito contra los sentimientos religiosos (artículo 525.1 del Código Penal) me ha hecho reflexionar sobre los peculiares límites de la libertad de expresión en España, y la forma en que afectan a los autores audiovisuales en un país en que la Iglesia Católica sigue teniendo un sitio preferencial en el ordenamiento jurídico. La separación Iglesia-Estado, desde el inicio de la democracia hasta nuestros días, ha seguido una progresión notable, pero aún queda mucho trabajo por hacer (ver gráfico).

Y mientras no se haga ese trabajo, cambiando las leyes y colocando a la Iglesia en su sitio, seguiremos teniendo Torquemadas wannabe.

Resumamos los hechos del caso:

  • La obra por la que se acusa a Javier Krahe es el cortometraje “Cómo cocinar un Cristo“, de 1978. En él, de la manera más neutra y objetiva, se muestra la preparación un plato en el que el ingrediente principal es una escultura de Cristo, previamente retirada de un crucifijo, a la que se sazona de diversas maneras y se introduce en un horno, del que, según la locución, saldrá solo a los 3 días.
  • Dicho corto fue proyectado en la pantalla que aparecía tras los entrevistados en el programa Lo + Plus de 15 de diciembre de 2004. La directora del programa también ha sido imputada.
  • La querella criminal la ha presentado el Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro.
  • El caso fue sobreseído en 2007. El Centro Tomás Moro recurrió el sobreseimiento.
  • El lema que el Gabinete de Estudios Jurídicos Tomás Moro exhibe en su página web es “cristianizando el Derecho, cristianizando la Sociedad”.
  • El juez, aplicando el artículo 589 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ha dictado que Javier Krahe vaya pagando una fianza de 400 euros diarios, hasta un total de 192.000, por si se le encuentra culpable.

Krahe

Yo no sé mucho de derecho (ni mucho ni poco) pero me parece ACOJONANTE que te puedan sacar 192.000 euros por si acaso resulta que eres culpable. No vaya a ser que luego te condenemos y digas que no tienes dinero.

Desde la ignorancia lo pregunto: si puedo fingirlo tras la sentencia, ¿no podría fingirlo también ahora? ¿Si resulta que soy inocente, me devuelven la pasta con los intereses?

Y sobre todo, ¿adónde va ese dinero? En caso de que me condenen, digo. ¿Reparar los ofendidos sentimientos religiosos de un fanático cuesta más que comprar un piso? Oiga, y ya puestos, ¿no podrían sacarle 192.000 también al Centro de Obtusos Jurásicos Toma Moreno, por si acaso resulta que Javier Krahe no es culpable de nada? Digo, para repararle a él los sentimientos de justicia, que después de esta locura deben de haberle quedado bastante maltrechos, al pobre.

También me parece acojonante que EXISTA un artículo del código civil que pretende proteger algo tan absolutamente etéreo como los “sentimientos religiosos”. Digo etéreo por no decir maleable. Porque bajo esa definición se pueden amparar cientos, miles de denuncias arbitrarias y malintencionadas, como en mi opinión es la presentada contra Javier Krahe.

¿Qué es el sentimiento religioso? ¿Cómo puedo identificarlo? ¿Cómo puedo saber cuándo lo estoy ofendiendo? Yo puedo evitar atropellar a un niño con mi coche. Veo al niño cruzando la calle, me hago una idea bastante clara de lo que le ocurriría si le paso por encima con mi coche. Puedo comprender que me castiguen duramente por hacerlo. Puedo comprender que el castigo sea mayor si lo hago en un paso de cebra (porque puedo ver el paso de cebra). Me parece estupendo que la multa sea mayor si encima supero la limitación de velocidad (perfectamente visible), y le atropello de noche con las luces apagadas (de sentido común).

Pero ¿cómo sé dónde empieza la sensibilidad religiosa de cada cuál? En fin, cualquier día pueden oírse blasfemias en la televisión. Que yo sepa, nadie ha denunciado nunca a nadie por decir HOSTIA PUTA o ME CAGO EN DIOS en televisión o en el cine o en la radio. Y sin duda son blasfemias dichas públicamente. Hasta a mí me molesta oírlas. Pero el caso es que se dicen, y nada ocurre. Se dicen delante de los niños, y el mundo sigue girando.

¿Es aceptable en un país aconfesional, en el siglo XXI, que a uno puedan no ya condenarle, sino siquiera procesarle, por cometer un supuesto delito que no se sabe cuándo se está cometiendo?¿Es aceptable que determinados delitos -como la estafa- prescriban en pocos años, y mientras se procese a ciudadanos por obras de arte realizadas hace más de TRES DÉCADAS?

¿Cómo demuestra un presunto ofendido que su sentimiento religioso ha sido herido? ¿Hay PRUEBAS de eso? Que yo sepa, no se puede condenar a alguien sin pruebas. Y sin embargo, el juez ya ha visto INDICIOS de delito. ¿Cuáles son esos indicios, Señoría? ¿La propia denuncia? ¿Basta con el testimonio del presunto ofendido para considerar que hay una ofensa? ¿Por qué se imputa a la realizadora del programa y no se persigue a quien ha subido el vídeo a Youtube? Qué demonios, ¿por qué no se multa a Youtube?

Imaginemos que yo establezco el límite de mi sensibilidad religiosa, pongamos por caso, en los Diez Mandamientos. Todo aquel que infrinja públicamennte los preceptos de este código básico y de todos conocido estará atacando a mi sentimiento religiosos, y por tanto conculcando el artículo 525.1 del Código Penal.

Bien. Pues que se preparen todos lo que pronuncien en mi presencia cualquier interjección con las palabras “Dios” o “Cristo”. Incluyo, naturalmente, “por el amor de Dios” o “por los clavos de Cristo”. Porque si eso no es tomar el nombre de Dios en vano, que venga Dios y lo vea.

Ups.

Y lo mismo con los mentirosos. Los que desean a la mujer del prójimo. LOS QUE NO SE AMAN LOS UNOS A LOS OTROS COMO ÉL LOS AMÓ.

¿Dónde está el límite?

Confío, Señoría, en que no sea usted quien lo marque, porque sería como mínimo dudoso que pueda usted dictar Justicia sobre los SENTIMIENTOS AJENOS.

A todo esto: ¿no sería más que razonable pedir, en este tipo de casos, que el juez demuestre no tener los mismos sentimientos religiosos que el denunciante? En fin, creo que a un católico de misa y comunión diaria le resultaría muy difícil ser imparcial en el caso de Javier Krahe.

¿Y si le diéramos la vuelta? ¿Y si mis sentimientos religiosos cristianos -que no católicos- se ven ofendidos cada vez que un cura de barrio suelta una diatriba contra las bodas homosexuales o contra los anticonceptivos? ¿No sería razonable ofenderse (religiosamente, digo) ante la noticia de que la Conferencia Episcopal, pongo por caso, tiene cientos de millones en fondos de inversión?

Digámoslo claro: la permanencia del 525.1 en nuestro Código Penal es una vergüenza intolerable para todos los Presidentes del Gobierno, Ministros de Justicia y, en general, Diputados del Congreso que la permiten. No tengo ni idea de si podría derogarse por decreto en el Consejo de Ministros. Pero de ser así, dudo que exista una justificación razonable para que no se haga ESTE VIERNES. Tampoco entiendo a qué dedican el tiempo ciertos congresistas, mientras en nuestro ordenamiento jurídico permanecen artículos propios de la Edad Media. Shame on you all.

Y que nadie vea esto como un ataque al catolicismo, ni a ninguna religión. Pero las cosas conviene ponerlas en su sitio. Los sentimientos religiosos pertenecen a la esfera privada. Y son intangibles. Luego no se pueden hurtar ni perjudicar. No tienen proyección en la vida social, como lo tienen por ejemplo otros intangibles (el honor, la identidad) por lo que no se pueden realmente menoscabar ni herir. La única manera razonable de que los fanáticos religiosos exijan que no se ofenda a sus sentimientos sería que exhibiesen su condición de fanáticos religiosos, y que dejasen claros sus sentimientos. No sé, una camiseta que diga

SOY CATÓLICO, TENGO UN BUFETE QUE TE CAGAS Y ME SOBRA LA PASTA. AL PRIMERO QUE SE CAGUE EN DIOS, LO EMPAPELO.

Por ejemplo.

A mí no me gusta blasfemar, pero hombre… en determinadas ocasiones no le queda a uno más remedio que cagarse esto y en aquello. Pero no se me ocurriría hacerlo delante de una monja. Porque eso son ganas de molestar a la señora. Pero si yo hago un corto en el que parodio la comunión y la resurrección de Cristo, y que se llama CÓMO COCINAR UN CRISTO… no veo dónde está el ánimo de ofender.

Si Javier Krahe hubiese enviado el corto a la Conferencia Episcopal con una nota invitándoles a verlo… entiendo que eso sí serían ganas de tocar los cojones (aunque jamás entenderé por qué se valora el delito en 192.000 euros).

Los consejos de supervivencia que se extraen de este caso son claros: ten mucho cuidado cuando te metas con la religión (y con los Borbones). Y si en tu guión hay un ataque contra la Iglesia (la Católica, las otras aún no tienen abogados poderosos), procura que el atacante sea un personaje concreto. Porque si no, los fanáticos entenderán automáticamente que el autor del ataque eres tú, el autor de la obra. Y nadie garantiza que entre los fanáticos no haya jueces y fiscales. Recordemos que el inicio del año judicial se celebra con una misa católica.

¿Qué quieres? Han estudiado derecho romano. No esperarás que también sepan ALGO sobre comunicación audiovisual.

Tened mucho cuidado, y sobre todo en esta época. Porque si todo esto fuera un guión de cine, a lo mejor habría un sheriff llamado Garzón, y un forajido llamado Tomás Moro, dispuesto a cualquier cosa para impedir que ningún sheriff entrometido se ponga a buscar cadáveres por los armarios.

Por supuesto, esto no es un guión de cine. Y la denuncia contra Javier Krahe seguramente no será una acción de castigo de la parte más reaccionaria de la judicatura contra la izquierda antifranquista para que ésta se entere de quién manda aquí.

Pero si lo fuera, tengamos en cuenta que los que han presentado una querella criminal por un corto de 1978 no sólo tienen dinero, poder y la convicción de que Dios está de su lado. Además disponen de un Código Penal hecho a medida para joderle la vida a cualquiera que no comulgue con sus ideas.


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