JAURÍA: GOLPE A LA BANALIDAD DEL MAL

25 marzo, 2019

por Sergio Barrejón.

Cuando una conducta criminal es justificada por la sociedad, cualquier miembro de esa sociedad es susceptible de convertirse en un criminal. Ese sería un resumen cutre y simplista de la teoría de la banalidad del mal, que Hannah Arendt elaboró tras asistir al juicio contra el genocida nazi Adolf Eichmann.

Arendt afirmaba que Adolf Eichmann no era un monstruo. Sólo un funcionario gris, sin juicio crítico, entregado a conseguir la mayor eficacia posible en la tarea que le había sido encomendada, en un contexto en que los crímenes de Eichmann estaban socialmente justificados.

La ausencia de pensamiento crítico y la banalización social del crimen son, por tanto, el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de conductas criminales. En EE.UU. una progresiva degradación del sistema educativo ha reducido dramáticamente la capacidad de pensamiento crítico. Además, ciertos sectores del mundo del espectáculo han contribuido a enaltecer el militarismo y a justificar el uso privado de armas de fuego para la defensa personal. En un país donde la Constitución garantiza el derecho a tener armas, el resultado ha sido una sociedad que sufre tiroteos a diario. Estamos en marzo, y en Estados Unidos ya se han producido cuatro tiroteos… sólo en centros educativos.

En España también se ha degradado y mucho el sistema educativo. En cuanto a la banalización del crimen, tenemos el sensacionalismo descarado con que ciertos medios de comunicación relatan noticias sobre violencia, particularmente sobre agresiones sexuales. Tenemos programas ‘del corazón’ enfangando el discurso social al dar voz a la gente más zafia y deslenguada que pueden encontrar. Tenemos a medios digitales haciéndose eco de obscenidades, insultos y blasfemias para atraer el click. Y para colmo, tenemos a creadores de ficción audiovisual entendiendo completamente al revés lo que significa visibilizar la violencia contra las mujeres. (Una pista, compañeros: no consiste en filmar escenas de violación de forma gráfica y rematarlas con un montón de melodrama victimista).

Añádase a esta ensalada la eclosión de la pornografía gratuita en internet y una generación de padres que entrega móviles a niños de once años sin ejercer el más mínimo control sobre los contenidos que ven. El resultado…

Esto sólo en los últimos meses.

¿Cómo revertir esta tendencia destructiva? Quizá sólo haya una vía. Recuperar la capacidad de escuchar. Entrenar la empatía. Desengancharse de esa perversión de la democracia que son las redes sociales y las secciones de “Comentarios” de los diarios digitales. Renunciar por un momento a excretar nuestros juicios y opiniones en público. Y escuchar.

Ésa es la carga que se echa sobre los hombros el teatro-documento. “Después de Auschwitz ya no hay lugar para la poesía”, dijo Adorno. “Sería un acto de barbarie”. La expresión personal es obscena cuando sabemos que millones de víctimas no tuvieron voz para pedir por su vida.

Pocos juicios han sido tan comentados como el de La manada. Todo Dios tiene una puñetera opinión. Miles de voces pontifican sobre los diferentes detalles del asunto. Miles de moralistas se rasgan las vestiduras ante lo que otros indocumentados opinan del tema. Muy pocos se resisten a emitir su juicio moral. Pero ¿quién escucha a la víctima? ¿Quién escucha a los acusados?

Jordi Casanovas lo ha hecho. El dramaturgo villafranqués se ha arremangado y ha removido la ponzoña que impregnó las actas del juicio a La manada. La transcripción del juicio es manejada hábilmente por el autor. No se trata sólo de copiar y pegar –Casanovas no añade una sola palabra, todo sale de las actas- sino también de encontrar un sentido a todas esas palabras. Así, Casanovas trenza las declaraciones contradictorias de víctima y agresores en forma de diálogo. Contextualiza los relatos de los agresores sobre su detención como si efectivamente tuvieran lugar durante la detención y no durante el juicio. Convierte en discusiones el voto particular de los diferentes magistrados. Inserta en momentos estratégicos la lectura de viva voz de las conversaciones de whatsapp en el grupo que compartían los violadores.

Esta inteligente deconstrucción del texto obliga al espectador a comprender no sólo a la víctima. Eso es fácil. Lo que convierte a Jauría en uno de los montajes más impactantes de los últimos años es la forma en que nos hace comprender a los agresores. Comprender cómo se sienten justificados por la forma en que la sociedad ha banalizado el mal. Lo fácil que es para ellos ver a una mujer como un objeto. Lo sencillo que les resulta justificarse en las actitudes de los otros miembros del grupo. Lo rápido que consiguen la simpatía de quien escucha su relato mediante un guiño cómplice, un codazo, un comentario jocoso. Todo es un puto chiste para esos cinco señoritos de mierda. Y lo es porque no faltan imbéciles para reírles las gracias. En las barras de los bares, en Twitter, en Whatsapp.

Las declaraciones de los verdugos sirven a Casanovas para mostrar al espectador la dolorosa evidencia de que, como sociedad, estamos anestesiados ante el dolor de ciertos individuos. Por ejemplo, una chica joven que sale sola de fiesta en un lugar desconocido, “que en el fondo tan mal no lo habrá pasado cuando ni gritó ni pataleó ni mordió ni arañó y tres semanas después colgaba fotos en la playa como si tal cosa”.

@ Vanessa Rábade

Las declaraciones de la víctima nos obligan acto seguido a admitir el asfixiante paralelismo que existe entre la actitud de los agresores y la de abogados defensores (“¿estaba usted excitada?”) alentados por la indignante miopía de los magistrados. Entre unos y otros (todo tíos, ojo: abogados defensores, magistrados y abogados de la acusación. Siete señoros) logran cargar el peso de la prueba en la víctima y hábilmente la conducen a donde les resulta cómoda, manejable, manipulable: la arrinconan con sus argumentos hasa que le arrancan el decisivo “¡no hice nada!”. Y luego la obligan a justificar determinadas acciones de su vida anterior y posterior a la noche de autos, como si eso tuviese la más mínima relación con los hechos.

Sólo el interrogatorio de la fiscal nos da un respiro. La única mujer. Y la única persona entre tanto señoro togado que logra hacer agachar la cabeza a los agresores. Que logra hacerles ver la falta absoluta de lógica que hay en suponer que una chica de dieciocho años, salida de un entorno estable, vaya a decidir motu proprio practicar sexo sin protección con cinco desconocidos incluyendo prácticas sexuales que jamás había probado.

La mezcla de todos estos ingredientes produce en el espectador un efecto demoledor. No sólo por el asistir a los testimonios de los implicados sin anestesia. Sino también por el acertadísimo montaje de Miguel del Arco y la excelencia interpretativa del elenco. Inconmensurable María Hervás como víctima y fiscal, escalofriantes tanto en el papel de miembros de la Manada como en el de abogados y magistrados Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos, Raúl Prieto y Martiño Rivas.

Cabe destacar la inspiración del director para encontrar gestos, matices físicos, coreografías que ponen en escena, sin alterar el verbo, las dinámicas tóxicas por las que el patriarcado retroalimenta la agresividad sexual masculina y subraya roles de género, al tiempo que dicta patrones de conducta a las mujeres y deslegitima sus acciones u omisiones ante una agresión sexual.

En perfecta simbiosis con la brillante escenografía de Alessio Meloni, Del Arco pone imágenes inolvidables a un texto incontestable. Nos arrastra a aquel oscuro portal, nos obliga a ser testigos del horror y nos señala con dolorosa claridad cómo aquella sala de vistas fue otro portal para la víctima. Y aun después de eso, Casanovas, Del Arco y Hervás nos regalan, en la última línea de la obra, un pálido brillo de esperanza. La obra es dura, contundente, amarga… pero no sádica ni melodramática. Es la ventaja de transcribir la realidad.

Jauría es una obra que abre conciencias y cierra bocas. Que nos recuerda la importancia de escuchar para comprender. Mientras hablas, mientras tuiteas, mientras pontificas en la barra del bar con el palillo en la boca, no estás pensando. Y lo que pensamos tras ver Jauría no es sólo por supuesto que fue violación sino sobre todo no volveré a opinar a la ligera sobre algo así. Obras como Jauría son un golpe a la banalización del crimen, y hacen un valiosísimo servicio a la sociedad. En ese sentido, es especialmente plausible por parte del Pavón Kamikaze el haber reservado una función semanal para centros educativos.

Jauría estará en el Pavón Kamikaze hasta el próximo 21 de abril.

Este miércoles 27 de marzo, Miguel del Arco participará en un encuentro con el público durante el cual hablará del proceso creativo de Jauría.


PORT ARTHUR: VERDADES ARRIESGADAS

19 marzo, 2019

28 abril de 1996. Port Arthur, Tasmania (Australia). Un tirador solitario asesina a 35 personas, hiriendo a otras 30.

Se acusa y condena por el crimen a Martin Bryant, un joven de ínfimas capacidades intelectuales. Pesan sobre él multitud de indicios y testimonios. Poseía varias armas automáticas sin licencia, su perfil psicológico coincidía con el de un asesino en masa, varios testigos lo situaban en el lugar de los hechos a la hora del tiroteo.

Pero también hubo sombras en el proceso. Una de ellas, que apenas tres meses después el gobierno federal australiano logró aprobar una ley de regulación sobre la posesión particular de armas de fuego por la que llevaba mucho tiempo luchando, y en la que se confiaba para el éxito electoral. La masacre de Port Arthur consiguió inclinar la balanza y recabar los votos de conservadores recalcitrantes que hasta entonces se habían negado de forma furibunda a apoyar la regulación.

El hecho de que la masacre fuera políticamente tan oportuna para el gobierno, y la discutible forma en que se condujo la investigación (que incluyó interrogatorios de ocho horas sin asistencia letrada para el detenido, como el que representa la obra de Jordi Casanovas que dirige David Serrano para el Pavón Kamikaze) llevaron a mucha gente a plantearse si Martin Bryant no sería un cabeza de turco cuya ínfima inteligencia lo hacía fácil de manipular, en lugar del asesino psicópata que la versión oficial quería dibujar.

El interrogatorio a Martin Bryant fue grabado en vídeo y transcrito en su totalidad. Andando el tiempo, cayó en manos del equipo de Wikileaks, que decidió filtrarlo en Internet. El texto que firma Jordi Casanovas es puramente documental. Sílvia Sanfeliu tradujo la transcripción del interrogatorio, y colaboró en la dramaturgia. Casanovas, respetando los hechos al cien por cien, se limita a reordenar y resumir las ocho horas de interrogatorio en ochenta minutos de tiempo escénico.

El resultado es escalofriante. Demoledor. Terrorífico. En términos estrictos, no es un gran espectáculo. No hay trama. No hay giros de guión. Los picos de dramatismo de la historia quedan fuera del escenario, sólo son referidos. Y referidos no por el diálogo, que se centra lógicamente en los hechos del tiroteo, sino por la narración externa. Lo más dramáticamente interesante de ‘Port Arthur’ es su contexto sociopolítico, el aprovechamiento político de un acto terrorista. Y eso apenas se entrevé en la obra.

Jordi Casanovas hace una apuesta arriesgadísima al apelar no a la emoción del público sino a su intelecto. David Serrano acepta el reto y monta una obra áspera, sin concesiones escénicas. El detenido está engrilletado. Va en silla de ruedas. Los tres personajes permanecen sentados el noventa por ciento del tiempo. El estatismo es total. Más allá de la tétrica escenografía de Alessio Meloni y la luz de plomo de Juan Gómez Cornejo, apenas hay asideros para el disfrute visual del espectáculo.

Pero no es un error de cálculo. Es una opción estética valiente y acertada. Es comprensible que no resulte del gusto del gran público (apenas 60 butacas ocupadas en la función que vi yo, en fin de semana), pero el hecho es que una masacre no debe ser nunca un espectáculo, por mucho que los grandes medios de comunicación se empeñen en vendérnoslas así.

Y sin embargo, los ochenta minutos de función pasan rápido, y el espectador entra de lleno en el universo de la obra. Gran parte del mérito hay que concedérselo al brutal ejercicio de composición de personaje que realiza Adrián Lastra en el papel de Martin Bryant, muy generosamente contrapunteado por la acertada sobriedad interpretativa de Joaquín Climent y Javier Godino. Ellos están allí para dar asistencias. Todos los tantos se los apunta Lastra. Pero la victoria es del equipo.

Lastra consigue mimetizarse con el Bryant real, sin permitir que la imitación del modelo eclipse el objetivo fundamental de transmitir el texto. El espectador asiste con un estremecimiento a las risas fuera de lugar de Bryant, a la contención que a duras penas logran los policías, y descubre demasiado tarde que se está asomando al abismo. Y que el abismo, naturalmente, se asoma también a él.

Port Arthur es una de esas obras que abre puertas que a uno le gustaría haber dejado cerradas. Pareciera que la obra le deja a uno frío al terminar. El problema es que ya no le abandona. Dos, tres días después de haberla visto, se sorprende uno googleando sobre la tragedia, sobre la trayectoria política de los implicados en la ley de regulación de armas. Reflexionando sobre las teorías de la conspiración que surgen tras algunos atentados. Sobre el impacto (político, pero sobre todo ético) que tuvo el escándalo de Wikileaks. Intuyendo lo insignificantes que somos como ciudadanos cuando nuestros intereses contradicen a los de la clase política dominante.

Port Arthur, que estará en el Pavón Kamikaze de Madrid hasta el 21 de abril, es la segunda incursión en el verbatim del multipremiado dramaturgo Jordi Casanovas. En 2014 estrenó ‘Ruz-Bárcenas’, cuya versión cinematográfica ‘B’ (escrita por David Ilundain) puede leerse aquí en Bloguionistas. En 2016 llegó al CCCB este ‘Port Arthur’ que ahora recupera el Pavón Kamikaze. Y en 2019 le llega el turno a ‘Jauría’, cuya reseña publicaremos en breve, y que precisamente conforma una muy recomendable sesión doble de teatro en el Pavón Kamikaze junto con la presente ‘Port Arthur’.

Jordi Casanovas.

Mediante puro corta y pega de documentos públicos, sin añadir una sola palabra propia, Casanovas ha logrado con esta trilogía algunos de los momentos más potentes y reveladores de la escena reciente española. Me atrevería a decir que estos tres textos van a envejecer mucho mejor que el 90% de sus contemporáneos. Y es que aferrarse fieramente a la verdad pura y dura, a los hechos incontestables, puede dar lugar a un montaje frío, desabrido y de éxito discreto. La recompensa a aceptar ese riesgo es una obra intemporal, que no pierde vigencia porque es testigo imparcial de su tiempo.

Y para que no me quede a mí un post seco y desabrido, voy a cerrarlo con el vídeo que hizo John Oliver para Comedy Central sobre la política australiana de control de armas. En breve, la reseña de ‘Jauría’. Gracias por leer.

Sergio Barrejón

 


UN GUIÓN EN B

26 enero, 2016

Por David Ilundain. 

Adaptar una declaración judicial. Esta idea no es mía, es de Jordi Casanovas. Él hizo la versión para las tablas que yo vi en el Teatro del Barrio. Yo he hecho una re-adaptación. Oficialmente es una adaptación de la obra teatral “Ruz-Bárcenas” pero más bien fue volver de alguna manera a la casilla de salida, aunque conociendo ya un camino para salir de aquel laberinto.

Manolo Solo (Ruz) y Pedro Casablanc (Bárcenas) aún están flipando de cuando leyeron el guión pensando de que era “más o menos lo del teatro”. Tenían 40 páginas de texto sobre las que nunca habían trabajado (en un guión de 90 páginas). La parte buena era que ya habían trabajado sobre sus personajes durante un año en el teatro. La mala, que tenían un mes para trabajar sobre esas 40 páginas nuevas de texto, con 6 actores más. Bueno, especialmente, quien tenía que trabajar el nuevo texto era Casablanc, porque era el que se sometía a los interrogatorios que no hacía Ruz, sino el fiscal y los abogados que interrogaron a Bárcenas aquel 15 de julio del 2013.

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David Ilundain en un instante de la entrevista con Bloguionistas el pasado mes de abril. Foto: Natxo López.

¿Cambió mucho el guión en los ensayos o en el montaje? No podía cambiar. Digamos que fue recortado, pero no podía cambiar. Nos habíamos atado a una prueba de rigor muy ardua. La declaración de Bárcenas había que respetarla en su literalidad. Así que, conforme fuimos ensayando fuimos quitando alguna frase reiterativa o que, creíamos, confundía al espectador. Pero el diálogo sigue siendo literal. Bárcenas habla por boca de Casablanc.

Fue un episodio curioso ir a registrar el guión (exigencia industrial) en el registro de propiedad intelectual. Cuando le conté a la funcionaria qué era aquello, como buen trabajador con superiores, se inhibió. Así que, tras unos días de deliberación de sus jefes, el guión quedó registrado como tal, pero con la advertencia de que los diálogos quedaban como un “derecho de cita” como cuando se registra una tesis doctoral y se citan otros autores. Por tanto, los diálogos de esta película, son de libre uso en otras obras futuras (faltaría más). Si tenéis lo que hay que tener, adelante.

Rodamos en 6 días. Iban a ser 8 pero fueron 6, por una triste historia que no contaré aquí. Apenas hubo cambios en rodaje. No había margen a improvisar sino para salir de allí con vida y llevar a montaje un material suficiente ¡en tan solo 6 días! Así que el rodaje fue intenso, con prisas… en fin, como todos los rodajes.

Los últimos cambios llegaron en el montaje. 6 semanas de encierro monástico con Marta Velasco, ratón en mano, buscando como máxima ineludible el RITMO. El guión de 90 páginas, se iba a quedar en 78 minutos.

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Dos actores, una sala y poco más. Cuando esas son tus cartas, conviene pensar en ellas como un buen tema de hip-hop: las estrofas han de ser rápidas y contundentes y cuando no has dado tiempo a pensar sobre la retahíla de datos, llega el estribillo, las miradas, una breve melodía y vuelta otra vez a rimar a toda velocidad. Así que algunas líneas cayeron, víctimas de la pelea de gallos, en pro de que los versos de Luis Bárcenas taladraran las cabezas hasta hacerlas sangrar (bueno, aquí me he venido arriba).

Muchas veces en el tiempo que he dedicado a esta película me han “alabado” la valentía. La verdad es que, con el tiempo, acepto el piropo. Usar una declaración judicial y construir con ella una película fue una osadía de la que no se podía salir con una tibieza: o funcionaba, o era un fracaso estrepitoso. Pero repito que yo no me sentía tan osado, tenía un mapa aproximado (la función teatral) y unos actores fuertes como pilares de un puente romano.

Os recordamos que podéis descargar el guión de ‘B’ en nuestra sección DESCARGAR GUIONES junto a otros nominados al Goya este año como ‘Negociador’ o ‘El desconocido’.


“CREO QUE A BÁRCENAS LE GUSTARÍA NUESTRA PELÍCULA”

14 abril, 2015

Por Alberto Pérez Castaños. 

Fotos de Natxo López. 

Está a punto de cumplir un año en el Teatro del Barrio de Madrid y la obra ‘Ruz-Bárcenas’, escrita por Jordi Casanovas y dirigida por Alberto San Juan sigue llenando salas, encantando a críticos y, lo más importante, alucinando al público. El texto de Casanovas revive el interrogatorio que le hizo el juez Ruz a Luis Bárcenas el 15 de julio de 2013 con las interpretaciones de Manolo Solo como Ruz y Pedro Casablanc como el ex tesorero del Partido Popular. Ahora, el director David Ilundain quiere convertir la obra en un largometraje junto al equipo del montaje teatral: ‘B (La película sobre los papeles de Bárcenas)’. Para conseguirlo, han iniciado una campaña de crowdfunding

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El director David Ilundain.

Me encanta vuestra frase promocional: “Bárcenas reunió 200.000 euros en 48 horas para salir de la cárcel. Sus amigos tienen más dinero. Pero nosotros somos más”. No vais por el mal camino para conseguir el objetivo, ¿no?

Acabo de leer en Twitter una frase parecida que tenía como mil y pico retweets pero con otro tema: “Señores jueces, dejen de poner fianza a la gente que nos ha robado, porque la pagan con lo que nos han robado”. La nuestra fue una frase que surgió hablando del proyecto. Nos pueden decir que es demagógica, pero habla de una realidad que se puede sintetizar en una frase y que demuestra un poco dónde vivimos.

El primer objetivo es conseguir ese dinero que nos permitirá empezar a hacer rodar la pelota. Y, por otro lado, también buscamos la visibilidad. Llevamos unos meses peleando en frío por el proyecto peregrinando por productoras, distribuidoras, etc. Cuesta mucho explicarlo y también notas cierto miedo. No porque no guste, porque más de uno nos ha dicho que le gusta, que vieron la obra y que es genial, pero sigue estando ese miedo. Pero sí, esperamos superarlo y demostrar que el público está muy interesado y que ha habido mucho movimiento en la red. Además, difícilmente se va a poder tener un producto tan testado, porque está basado en una obra de teatro que funciona, que allí donde va se llena y que supera su propio hándicap, que es que parece que va a ser un ladrillo. Al principio tardó en arrancar la obra, costaba demostrar que una declaración podía tener interés, pero la gente lo veía y salía flipada.

Dices que al presentarlo ha habido miedo por parte de productoras, pero lo cierto es que, a priori, ‘B (La película sobre los papeles de Bárcenas)’ es un proyecto sencillo –tiene una sola localización– y para el que habéis presupuestado una cantidad muy baja…

Si en este país fuéramos capaces de considerar que los productos culturales son sostenibles… Porque, por decirlo de una manera muy fácil: ¿no crees que la película funcionaría en un prime time, por ejemplo, en la Sexta, con Wyoming, la película y un debate? Se tiene que atrever la Sexta a poner el dinero, pero estamos seguros de que funcionaría. No para que sea un taquillazo, pero sí para que sea sostenible cada copia. Porque es un producto que, además, tiene un eco mediático, como te decía, su calidad está testada, los actores son muy buenos, la dirección de Alberto es muy buena… Sólo falta cierta independencia y algo de riesgo por parte de los que tienen el dinero, porque circula por unas manos bastante conservadoras y tarda, creo, bastante en salir de ahí y en asumir cierto riesgo. Un riesgo que tampoco lo es, porque la película es una reflexión sobre algo importante que ya ha pasado. Esto es algo que ya han hecho muchos antes que nosotros, sobre todo británicos y estadounidenses.

¿Cuáles han sido esos principales miedos por parte de quienes tienen el dinero? ¿Qué puertas habéis tocado hasta ahora?

El proceso de que una televisión considere el proyecto es lento. Todavía tenemos esperanzas de que esté en la tele, porque es territorio para algo así, por eso pensamos que al final conseguiremos vendérselo. Pero claro, ¿qué mercado tenemos en la tele? Dos cadenas privadas, una pública y las autonómicas. Las dos privadas es muy lícito que no quieran entrar, no lo voy a juzgar, aunque estamos convencidos de que en las marcas pequeñas de esas empresas debería funcionar. Podría funcionar perfectamente en Cuatro o en la Sexta y, además, es un proyecto barato. Y, luego, en las televisiones públicas, hay que superar el hándicap de que puede ser un proyecto molesto para el partido que está en el gobierno porque habla de un caso de corrupción suyo. O ser un poco más maduros democráticamente y que puedan llegar a considerar que es un buen proyecto o no, que para gustos están los colores. Pero que si no lo consideran, esperemos que no sea por miedo o por diferencias políticas. Deberíamos ser lo suficiente maduros para hacer esta película o cualquier otra, que casos hay de todos los colores. Podríamos hacer hasta series.

¿Tenéis un plan B?

No, no hay un plan B porque estamos convencidos de que llegaremos. Vamos haciendo la carretera sobre el viaje, porque hemos echado a caminar y todavía no está la carretera hecha. Tenemos que salir a la calle a arriesgarnos porque si pensábamos que teníamos que demandar cierto riesgo a los que nos quieran acompañar también teníamos que asumirlo nosotros. Queremos que la peli funcione de una manera un poco express, con este concepto que se usa en Estados Unidos de “Instant Movie”, porque contarlo ahora tiene mucho más valor que hacerlo más adelante. Por ponerte un ejemplo: ‘Ser o no ser’ de Lubitsch tiene mucho más valor porque se hizo en el año 42, con Hitler ahí; si se hace diez años después hubiese seguido siendo una gran película pero si piensas que lo hizo cuando todo aquello todavía estaba vivo vale mucho más.

A nosotros nos gustaría hacer la película cuando los gobernantes están todavía y han sido señalados por su ex tesorero como partícipes de una contabilidad B. Lo único que hacemos es darle forma de película y ofrecerle al espectador una reflexión muy aséptica con estética documental sobre lo que allí pasó, porque ese día fue muy importante y ha parecido quedar como un día cualquiera dentro de una vorágine de casos de corrupción. Bárcenas salió de la cárcel diciendo que iba a caer el gobierno, había SMS publicados entre él y Rajoy, montones de datos que luego se han ido demostrando que son ciertos en la instrucción del sumario… Son argumentos lo suficientemente importantes como para que le dediquemos una película. Y éste no es el único proyecto en esta línea; ahora mismo hay muchos creadores moviendo proyectos de este tipo y todos con los que he hablado informalmente tienen las mismas dificultades que nosotros: el audiovisual todavía no se atreve a superar su propio miedo.

¿En qué momento pensaste que había que hacer esta película?

Lo hablé por primera vez en septiembre con los protagonistas y con Alberto San Juan. Todos fueron muy generosos y dijeron que por ellos sí. A partir de ahí empecé a buscar la manera de hacerla y llevamos con la maquinaria funcionando a tope desde enero. Realmente no es demasiado tiempo, no nos podemos extrañar con que no tengamos la financiación. Pero como tenemos ese calendario express de querer ofrecer la película antes de que se acabe este año, en otoño, para que forme parte de la reflexión política general, queremos hacerlo ya.

El guión de la obra, escrito Jordi Casanovas, es una transcripción literal del interrogatorio que le hizo el juez Ruz a Bárcenas, ¿cómo ha sido la adaptación audiovisual? ¿Habéis mantenido la literalidad del texto?

Para adaptar el texto de Jordi a cine hemos querido ser bastante austeros. Sí hubo tentativa de contar cosas que pasaban fuera de la sala, haciendo algo más de estilo americano con investigación periodística, contando cómo se filtró la información… Pero tendríamos que inventar muchas cosas, yendo a una peli más convencional en ese sentido y bastante más grande también pero, como dijo Jordi, todo lo que inventemos va en nuestra contra, porque son situaciones que no vamos a ser capaces de dialogar al mismo nivel de lo que ya tenemos dialogado. Así que, valorando todo eso, volvimos a una versión mucho más claustrofóbica, manteniendo todo dentro de la Audiencia Nacional en ese día, metiendo pequeñas cosas que pasaron en los anexos de la sala. Es una película de localización única porque realmente tiene mucha fuerza lo que allí pasó. Hemos añadido varios personajes como un par de interrogados por la acusación, el abogado de Bárcenas, la secretaria del juez Ruz y sus oficiales y la policía, que tiene pequeñas intervenciones. Con todo esto se reproduce un microcosmos de lo que hay fuera, un grupo de gente que está peleando por que todo esto vea la luz y un señor, Bárcenas, que tiene que defenderse de su antagonista, que no está en la sala. Porque el monstruo de esta película, por decirlo de alguna manera, es un abstracto, una entidad superior que él nombra como “el Partido”. Es curioso, porque los mafiosos, cuando hablan de la mafia dicen “la Familia” mientras que Bárcenas decía “el Partido”, la organización para la que trabajaba y que le ha dejado caer. Creo que si somos capaces de recrear bien toda esta atmósfera hay más que suficiente para hacer una buena película.

Pese a ser una transcripción literal del material, ¿habéis llevado a cabo algún tipo de documentación?

Sí. Mi primera preocupación fue entenderlo todo bien, porque si en un guión cada frase tiene un por qué, en una declaración judicial ni te cuento. Nada es aleatorio. Una de las cosas que hay que saber es cuándo algo que se dice puede ser verdad y cuándo no, a quién puede referirse, por qué se pregunta sobre esto o sobre lo otro… Nosotros teníamos el texto, pero ese texto es muy frío y saber cómo se ha dicho una determinada frase puede hacerlo diferente. Lo primero que hice fue hablar con los abogados que estaban en la sala. Es curioso ver cómo cada uno tiene sus interpretaciones, cómo tratan de reconstruir la verdad. Fuimos también a la Audiencia Nacional, a conocer el lugar exacto. Nadie se imaginaría cómo es de pequeño, porque no es una sala de juicio como tenemos todos en el imaginario, sino un despacho judicial grande, un sitio en el que se toma declaración pero donde no se juzga todavía. Es muy agobiante para toda la gente que había. También hablamos con periodistas que cubrieron el caso y que tuvieron acceso a los documentos antes que nadie y pudimos saber cosas off the record que, aunque no vayan a estar en el guión es importante saberlas. Fue como el típico proceso de documentación de un caso real, pero siendo lo más escrupulosos posible porque sabemos que nos van a mirar con lupa. Hemos renunciado a algunas cosas por criterio narrativo, porque la forma en la que sucede un interrogatorio es muy repetitiva y sería insufrible. Hemos tratado de concentrarla en tres actos, un primero y un tercero muy cortos y un desarrollo muy largo en el que está en juego la verdad de cada parte. Pero desde el punto de vista narrativo todas las frases son reales.

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Foto: @natxolopez

Tú serás el encargado de dirigir la película pero Alberto San Juan también estará presente en el proceso, ¿cómo lo haréis exactamente?

Vamos todos a una. Alberto ya ha trabajado con los actores para la obra y yo ya no tengo que dirigir a los dos principales porque se lo saben de memoria. Habría que verlos por cámara, naturalizar a lo mejor algunos momentos que en la obra son un poquito más teatrales… Pero vamos, ese trabajo ya lo ha hecho Alberto. Lo que hemos hablado es que estará sobre todo en los ensayos, no tendremos muy claro si podrá estar en rodaje porque está hasta arriba de curro en su propio teatro. Pero el trabajo va a estar hecho a medias de alguna manera.

Tras saberse cada vez más cosas sobre él tengo la impresión de que Bárcenas es un personaje tan disparatado que si un guionista se inventase uno parecido nadie se lo creería.

Pedro Casablanc, el actor que lo interpreta, siempre dice: “A estas alturas, Bárcenas me cae bien. Pero de la misma manera a la que Anthony Hopkins le podía caer bien Hannibal Lecter. No soy tan imbécil como para pensar que es buena gente”. Yo tengo empatía por él, he aprendido mucho de cómo es este tío. Es un personaje que, en los 80, se fue al Everest por una motivación política porque, al parecer, y si no estoy metiendo la pata, la primera persona española que lo subió era un montañero vasco que plantó una ikurriña con el anagrama de ETA. Entonces, Bárcenas y otra serie de gente, organizaron una expedición a la que llamaron “Expedición de las Autonomías” y que era una respuesta a eso. Resulta que no llegaron a la cima, pero Bárcenas dice que sí lo hicieron. Hubo unos piques tremendos, por lo que contaron algunos de los que fueron, y que, además de que no llegaron, había sido un desastre. Es sólo una anécdota pero demuestra que Bárcenas es un tío que tiene mucha tela detrás.

No sé si lo has visto, pero ahora también ha saltado a la palestra su hijo, Willy Bárcenas, también todo un personaje, y cuenta que su padre canta muy bien…

Sí, y cuenta también que la noche que va a salir de la cárcel se puso a invitar a coca-colas de la máquina y a cantar rancheras con los presos. Y, cuando salió, Bárcenas, un señor del barrio Salamanca con un dineral, hizo un gesto con la mano mostrando cuatro dedos, saludando a los presos del módulo cuatro, que es en el que estaba. Como si estuviese muy integrado en la dinámica penitenciaria. Es un personaje maravilloso.

¿Crees que a Bárcenas le gustaría ver la película? Yo creo que pondría los 50.000 euros encantado…

El problema es que los tiene que poner en A y tiene las cuentas bloqueadas… Yo creo que sí le gustaría. Supongo que no es posible que la vea en el teatro porque todo el mundo sabría que ha estado, pero si se puede llegar a ver en un cine yo creo que sí podría ir.


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