DESTRIPANDO “EL SÉPTIMO SELLO”. ESTRUCTURA Y SIMBOLISMO.

21 junio, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

No es tarea fácil encontrar algo nuevo que contar sobre una peli que ya ha ocasionado riadas de tinta. Cualquier cosa que yo pueda aportar oscilará entre lo pretencioso y lo manido.

A pesar de ello intentaré poner un par de puntos sobre un par íes, porque he leído mucho sobre el simbolismo de esta obra de Bergman, pero muy poco sobre la arquitectura narrativa en la que dicho simbolismo descansa.

Empezaré respondiendo a la cuestión más obvia: ¿Por qué elegir El Séptimo Sello en vez de El Primer Sello? Bueno, todos estamos de acuerdo en que la primera entrega es imprescindible por ser fundacional, pero esta séptima parte devuelve a la saga un brillo y una frescura que ya casi nadie esperaba.

No seré yo quien discuta que Lorenzo Lamas fue en su día la mejor opción para interpretar al Caballero crepuscular, pero (si se me permite la iconoclastia) la séptima peli está mucho mejor construída.

Empecemos por el primer acto:

Jamás un detonante llegó tan pronto. A los TRES minutos de reloj ya está arrancada la trama. Ése es el tiempo que necesitan para mostrar cómo la Muerte desata la plaga mortal y, cuando aún estamos en el minuto 2 y pico, la desdentada parca declara que sólo levantará su castigo si la dejan jugar al ajedrez contra el Caballero.

Nótese ese reclamo casi existencial: El protagonista que, hastiado tras mil y una correrías existenciales, tras mil y un engaños ilusorios, reniega del tablero de juego y sus leyes (encorsetadas, arbitrarias) que, sin embargo, no tiene otro remedio que acatar.

Hablamos pues de un héroe (o antihéroe) que tiende a la pasividad aunque se vuelva activo por imperativos externos.

El Caballero que, por miedo o por desidia, había dado las espaldas a la vida, es seducido por la Muerte en un tango perverso que, fiel a una dialéctica de Eros y Thanatos, intenta engendrar hambre de vida donde hay bulimia de destrucción y derrotismo.

Hago un inciso para recalcar que fue muy controvertida en esta peli la decisión del blanco y negro.

Algunos la explican recurriendo a razones estrictamente comerciales: Un blanco con un colega negro otorga un plus de corrección política que apacigua a los mass media. Además, como ya sabemos, toda buena buddie movie que se precie gana puntos cuando el prota blanco tiene un Sancho Panza negro como compinche.

Que el precedente que sentó Arma Letal, ningún hombre se atreva a desasentarlo.

Pero volvamos al primer acto: En él ubica el maestro narrador lo que, según Blake Snyder y su Salva al Gato debería ocurrir en el segundo acto: Risas y juegos. El Caballero y la Muerte se baten en una apasionante partida de ajedrez: En un bando, la Muerte omnipotente que dictamina las reglas a su antojo. En el otro bando, no sólo el Caballero sino también otros personajes, normalmente relegados a encarnar arquetipos más mundanos, colaborando con el prota para ganar una partida que, en el fondo, NOS INCUMBE A TODOS.

Y después de esas “risas y juegos”, llega un PRIMER PUNTO DE GIRO que en pelis más ortodoxas correspondería a un MIDPOINT. Entramos pues en el segundo acto, donde:

El Caballero decide jugar FUERA DEL TABLERO DE AJEDREZ.

Se produce aquí un salto casi cuántico en las inquietudes del Caballero: Cesa de prestar atención a lo accidental y se concentra en lo substancial. Renuncia a las apariencias y, como diría Natch, deja de obnubilarse con la belleza del tapiz y accede a su reverso, que no es tan bonito, pero puedes ver cómo están dispuestos los hilos.

¿Cómo reacciona nuestra antagonista (la Muerte) cuando este postmoderno Prometeo se niega a seguir las normas de su tablero de juego? Pues de la única manera en que un arquetipo como la Muerte podría reaccionar: De ninguna manera.

Los arquetipos son como los astros: Reinan en esferas remotas, imperturbables. El libre albedrío de un mortal no puede torcer rígidos itinerarios trazados con esa sagrada determinación de lo que se graba en piedra.

Llegados a este punto, y a modo de atípico MIDPOINT…

… se invierten los roles:

La Muerte “cazadora” se convierte en presa, y el Caballero se convierte en “cazador”.

Es, en cierto modo, la actitud del INICIADO:

Intentar desentrañar misterios que te rehuyen, aun a costa de esfuerzos desmesurados y ordalías muy jodidas. Más jodidas, si cabe, que las soportadas en el PRIMER ACTO, cuando el prota las recibía de forma pasiva en vez de ir a buscarlas.

Lo que no tiene en cuenta el Caballero en esta segunda búsqueda es que ahora está jugando en un terreno del tablero cuyas normas le trascienden. Lo que en el mundo “zona de confort” se antojaban monstruos abarcables, asequibles, en esta segunda mitad de peli no son grano de arena, sino montaña.

Llegamos así a los umbrales del tercer acto con un anticlímax en el que el Caballero se ve sobrepasado (con un dramatismo acentuado por el hecho de que, a estas alturas de peli, el blanco y negro no está justificado, y tiene más de artificio que de víscera)

El Caballero supera la última prueba cuando exorciza sus propios demonios y descubre que, lejos de constituir una entidad individual, su propia búsqueda le ha convertido en una suerte de embajador de toda su especie. Se salva a sí mismo a raíz de salvar a quienes (en teoría) no son él.

Tras ello, y a modo de colofón, encontramos una especie de “noche oscura del alma”. El Caballero ha esquivado a la Muerte, pero advierte, con resignación pesimista, que no ha sido capaz de derrotarla.

Es en esa fase cuando el Caballero descubre que la Muerte le ha dado un bote de aspirinas donde figura la dirección de su escondite. El Caballero viaja hasta el Hades, derrota a la muerte y luego llama por teléfono a su mujer, para reconciliarse con ella.

Porque, si vosotros también sois iniciados, os habréis dado cuenta de que no estoy hablando de Ingmar Bergman, sino de ESTO:

Jungla de cristal. La venganza

 

NOS DEDICAMOS A LA MAGIA Y NI NOS DAMOS CUENTA

19 enero, 2015

mago

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

El mundo de los dioses, el país de las hadas, el Cielo y el Infierno, la realidad neuménica, el inconsciente colectivo.

Filósofos, profetas, alquimistas, chamanes de todos los rincones del planeta. Todos ellos hablan de lo mismo,  quizá con distintas palabras, quizá con distintos enfoques: Existe un mundo misterioso, sobrenatural, puede que invisible, puede que dentro de nosotros,  puede que fuera o puede que en ambos sitios a la vez.

Se trata, en todos los casos, de un mundo al que los humanos no pueden acceder con plenos derechos debido a sus mentes mortales, limitadas, contingentes. Y, también en todos los casos, se propone que los humanos nos comuniquemos con ese mundo sobrenatural a través de la misma clase de puentes:

Los símbolos.

En eso coinciden, aun a regañadientes, aun casi sin saberlo… alquimistas y psicólogos, párrocos y chamanes.

Y es por ello que cuando digo – y lo digo muy a menudo – que los escritores hacemos magia, no lo digo por decir. Hacemos magia. Combinamos unos extraños dibujos que llamamos letras y con ellos invocamos símbolos: cabinas de teleportación, ventanas para vislumbrar ese país de las hadas, ese inconsciente insondable (hay términos para todos los gustos)

Hacemos magia.

Y es una magia poderosa, arcana,  maravillosa, puede que peligrosa. Dos o tres símbolos plantados en las cabezas adecuadas pueden despertar demasiadas cosas.

Y a pesar de ello, muy pocas veces me encuentro con guionistas que hablen sobre símbolos. En muchas ocasiones incluso me miran raro si hablo yo de ello. Eso no quiere decir que no trabajen con símbolos. Trabajamos con símbolos aunque no queramos, o aunque no lo sepamos.

El humano es un ser simbólico. Está en nuestra naturaleza.

Del mismo modo en que no necesitamos saber cómo funciona un átomo para vivir a base de interacciones de átomos, creo que no necesitamos conocer los símbolos para emanarlos, ni para que nos afecten de ciertas formas.

A pesar de ello, creo que un escritor que no sea consciente del poder de los símbolos es algo así como un niño con una pistola cargada.

Creo que cualquier historia gana mucho si plantamos los símbolos adecuados en los lugares adecuados. Si tu prota tiene que golpear a su antagonista en tu peli,  no hagas que le golpee con cualquier cosa. Busca un objeto con carga simbólica. Imagina, por ejemplo, que el personaje golpea a alguien con una estatuilla de la torre Eiffel. Se trata de un monumento con muchas connotaciones. Para empezar,  remite a París (imagínate la carga emocional que supondría para el personaje de Rick en Casablanca) y según el contexto de la peli o el público al que te dirijas, esa torre podrá representar a su vez los valores de la Revolución Francesa, la Revolución Industrial o incluso (hilando muy fino) convertirse en simbología masónica.

Otro ejemplo: El final de “La Jungla de Cristal” no sería tan potente si la manera elegida para matar al malo no fuese la de Holly desprendiéndose del reloj que le han regalado en su empresa por ser la mejor trabajadora. Al principio de la película, ese reloj adquiere una carga simbólica. Representa la vida de la Holly que se aleja de John McClaine, representa todo aquello que los separa, representa un mundo artificial y pretencioso en el que el prota no encaja.

Si nos ponemos finos, incluso podemos establecer analogías entre la torre Nakatomi y la torre de Babel.

En los dos ejemplos anteriores nos referimos a símbolos “en minúscula”. Símbolos que han surgido de la propia dinámica interna de la historia, a base relacionar unos elementos con otros. O símbolos que surgen a causa de convenciones sociales. Estoy seguro de que esta clase de símbolos tienen un nombre más apropiado y ortodoxo, pero yo no soy semiótico, soy mago.

No obstante, existen otra clase de símbolos más antiguos, quizá más poderosos y más crípticos, que se infiltran en todas las historias (y en todos los aspectos de nuestra vida) lo queramos o no.

Entraríamos en el terreno de lo que Jung bautizó como arquetipos. Patrones que configuran nuestra mente en un sentido atávico, puede que de manera innata. Patrones que ya eran poderosos antes de que existiese el ser humano, casi en la misma liga que las ideas platónicas o las categorías kantianas. Entidades abstractas que se concretan en símbolos.  Símbolos tan poderosos, tan “universales” que producen efectos similares en todas las culturas del planeta.

Lo más unívoco y reduccionista sería quedarnos con la interpretación freudiana, según la cuál la torre Nakatomi y la estatuilla de la torre Eiffel serían símbolos fálicos. Y algo de eso hay, al menos en mi opinión. Creo que en nuestra mente hay una especie de clítoris conceptual que se activa cuando tiene un falo símbolo delante. Es quizá el mismo resorte mental que invoca úteros y energías femeninas cada vez que aparece una gruta con un tesoro, una ostra con una perla o un recipiente en el que se da de beber al sediento.

Yo,  por mi parte (soy consciente de que esta frase suena un poco odiosa, pero tengo aficiones odiosas) me considero más de Jung que de Freud. Creo que la simbología sexual es omnipresente, pero no es la única. En cualquier historia encontramos otros arquetipos igual de poderosos. A mí a veces incluso me resulta claustrofóbico no poder escapar de ciertos patrones recurrentes, como la montaña y la pirámide como símbolos de ascensión, de iniciación… o el hecho de que cada vez que uses un sótano en tu historia estarás aludiendo al subconsciente, o resignarse a que el 80% de las veces, lo quieras o no,  tu prota va a seguir el itinerario que le marquen los viajes del héroe de los Voglers y Campbells de turno.

Algunos dirán que todo esto son chorradas, que ellos escriben pelis y disfrutan de pelis sin necesidad de contemplar estas masturbaciones mentales. A lo mejor tienen razón, pero yo opino – como decía al principio – que quien no observa los símbolos los transmite sin saberlo, como una enfermedad venérea… y quien ignora los símbolos es más susceptible de ser influido por ellos.

Creo que muchas películas nos calan hasta el tuétano debido a su carga simbólica, aunque no nos hayamos detenido a analizarla. No voy a hablar de Hitchcock y Buñuel,  porque ya debéis estar hasta las narices de que os hablen de Hitchcock y Buñuel. Hablaré de pelis que golpearon de lleno a mi generación:

Cuando vimos “Dentro del Laberinto” no sabíamos que estábamos viendo una metáfora sobre la pubertad.

Cuando vimos “Tron” no sospechábamos que ahí había una alegoría de Jesucristo.

Quizá nunca nos planteamos por qué era más poderoso que el nombre de Bitelchús tuviese que pronunciarse tres veces (no dos,  ni cuatro o cinco).

Quizá una parte de nosotros sabía sin saberlo que cuando Rocky ascendía por los peldaños de la escalinata del Museo de Arte de Philadelphia estaba subiendo algo más que una escalera.

Quizá cuando veíamos de pequeños aquella película de Spielberg creíamos que trataba solamente de un pez grande que mataba gente.

Pero había un poder muy visceral en todas esas pelis (y en muchas otras) que nos removía a un nivel profundísimo. Hay símbolos tan atávicos que incluso un niño los acusa aunque no los entienda de manera consciente.

Es por ello que siempre recomiendo a cualquiera que se dedique a contar historias que preste un mínimo de atención a los símbolos. No sé… leer un par de cositas de Jung, tener unas nociones básicas de mitología (europea, o china, o maya, o jopi o la que sea) o yo qué sé… familiarizarse un poco con los arcanos del tarot.

Yo no soy un experto en ninguna de esas cosas, y nunca lo seré… pero me parece interesante picotear en las trastiendas mentales.

Como suele ocurrirme, este post se ha alargado demasiado. Pensaba continuarlo hablando sobre el funestísimo (escalofriante) atentado de Charlie Hebdo. ¿Hasta qué punto los símbolos son sagrados? ¿Tienen razón el Papa y los terroristas – perdón por mencionarlos en la misma frase – cuando dicen que no debemos defecar en lo sagrado?

Creo que ya dejé clara mi postura sobre los límites del humor en este otro post,  pero los sucesos de los últimos días merecen un segundo artículo que, a lo mejor,  escribo en breve.


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