CINCO DÍAS SIN REDES SOCIALES (II)

24 julio, 2019

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Creo que NO es necesario haber leído la primera parte del post para entender ésta, pero si te apetece echarle un ojo, puedes hacerlo AQUÍ.

22 de julio de 2019.

¿Se habrá muerto algún famoso? Por Dios, que no sea Spielberg, que no sea Stallone, que no sea Eastwood. Tampoco es que me inquiete demasiado. Si falleciese uno de esos me enteraría. Los cadáveres de primera categoría aparecen en los telediarios. La gente que se muere sólo en redes sociales es gente que da la impresión de haber vivido sólo en redes sociales. Ahora mismo la puede estar palmando, por ejemplo, el cantante del Trololó, y yo no me enteraría hasta el miércoles.

Hoy se ha publicado la primera parte de esta crónica. ¿Cómo estará funcionando? Os juro que no tengo ni idea. Sobrellevo bastante bien la tentación de asomarme a las redes para comprobarlo. Dudo mucho que el post funcione a nivel “muerte de Spielberg”, pero igual hay suerte y alcanza el nivel “muerte de cantante de Trololó“.

Una ventaja de no estar en redes es que puedo escribir esta segunda parte sin que me condicionen los comentarios de los internautas sobre la anterior. Estoy a salvo de aduladores, de haters, de trolls, de lectores puntillosos diciendo: Me parece fatal que estés hablando de redes sociales y no hayas abordado la cuestión de bla, bla, bla.” “¿No te gusta el estilo de escritura de Tim Powers, payaso? ¿Pero has visto cómo escribes tú? Antes de criticar a Powers cómprate un diccionario y bla, bla, bla.

Ojalá esté recibiendo esa clase de comentarios. Serían síntoma de que el post se está moviendo de manera aceptable. Sin embargo, admito que escribo más relajado ahora que esa clase de gruñidos (tanto los positivos como los negativos) son ecos remotos e hipotéticos. De pronto casi entiendo por qué escritores como Lorenzo Silva o Javier Marías deciden vivir su vida al margen de Twitter. ¿Qué pasa, te estás comparando con Lorenzo Silva, gilipollas? Si quieres irte de Twitter, primero aprende a ser un escritor de verdad.” “¿Javier Marías? ¿En serio era necesario citar a ese pollavieja que va por ahí mendigando casito y bla, bla, bla?

No obstante, he de confesar algo: A la hora de escribir o “crear” en general, echo de menos ese ruido de las redes sociales. La tranquilidad que estoy disfrutando estos días no me hace avanzar más (ni mejor) en mis proyectos. Empiezo a sospechar que ese rumor de fondo de las redes es parte importante en mi proceso creativo. Stephen King, por ejemplo, arremete contra el mito del escritor autista que se aisla para hacer su trabajo. Él asegura que necesita el contacto con otros seres humanos para escribir sus libros. Su escritorio está colocado en un rincón de la sala de estar, y allí escribe mientras su mujer y sus hijos conversan, pululan, ven la tele.

Yo reconozco que no soy capaz de llevar hasta ese extremo el modus operandi de King. En ciertas fases del proceso agradezco un poco de intimidad. En otras fases, sin embargo, sí que busco el murmullo de otras personas. Por eso me gusta ir a bares a pensar o escribir de vez en cuando, y creo que también es ésa la razón de que me guste tener Facebook y Twitter a mano mientras trabajo. Es un sucedáneo convincente, un bar virtual enorme, al mismo tiempo bullicioso y mudo. Las redes me ayudan a “tomarle el pulso a la actualidad”, me sugieren nuevos temas o me cargan de indignación que, como decía el maestro Bradbury, es uno de los mejores combustibles con que incendiar el folio en blanco.

¿Se habrá muerto el enano que iba dentro del traje de Mi amigo Max? ¿Había algún enano dentro del traje de Mi amigo Max? Haber que dices tú de los enanos, subnormal. ¡Los enanos también son seres vivos!

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Ya es casi medio día. Eso quiere decir que llevo 72 horas sin redes sociales. Me marcho a tomar una cerveza y a leer a Tim Powers.

Algunas minutos y media birra más tarde:

Tim Powers se pone cada vez más interesante, pero puede esperar. Ahora quiero profundizar un poco más en ese debate que dejamos abierto hace varios párrafos. Redes sociales: ¿Obstáculo o herramienta para el escritor? La respuesta rápida es de Perogrullo. Depende de quién y cómo las utilice. Así pues, lo único que puedo hacer es intentar estudiar mi propio caso personal:

Sería un hipócrita si arremetiese contra las RRSS después de todo lo que me han dado. En los más de 10 años que llevo usándolas, no solo me han proporcionado buenos amigos, sino también oportunidades laborales. Creo que la mitad de los curros que he conseguido en los últimos años han sido gracias a mi actividad en redes sociales. Algunos salieron mejor que otros. Para alguien tan tímido e inseguro como yo,  ese escaparate virtual es un entorno magnífico en el que mostrar mi trabajo, darme a conocer (a una escala modesta, equivalente a 0,05 cantantes de Trololó) o recordar que sigo existiendo.

Soy consciente de que este experimento bloguionístico es posible porque he elegido unos días en los que puedo permitirme algo parecido a unas vacaciones. Si estuviese trabajando a pleno rendimiento, creo que no podría renunciar a las redes o, como mínimo, no podría alejarme de Twitter. En primer lugar, porque últimamente uso el propio Twitter como vehículo de expresión para hacer ficción. En segundo lugar, porque me suelen pagar por escribir comedia, y en muchas ocasiones esa comedia ha de ir muy pegada a la actualidad.

Cada vez que tengo que dar una clase sobre comedia, insisto a los alumnos sobre la importancia de:

a) Frecuentar las redes sociales.

b) Configurar dichas redes para tener en ellas a todo tipo de gente. Si te dedicas a escribir, no puedes permitirte esa burbuja de autoengaño en la que vive el 90% de los internautas. No vale eso de dejar de seguir o bloquear a alguien que no te cae bien, o que no piensa como tú. Te conviene tener en tu muro (o tu TL) a esa clase de gente porque tendrás que escribir sobre ella. Y diría que todo esto hay que multiplicarlo por diez si lo que escribes es comedia.

23 de julio de 2019.

Empecé con esto para ahorrarme spoilers de la nueva temporada de La casa de papel, y hasta el momento ha funcionado. Además de esquivarlos sobre instantes puntuales de la trama, estoy logrando algo aún más importante, e incluso más difícil: Enfrentarme a la serie como un espectador virgen. Ignoro qué estará opinando internet acerca de ella. No sé si se la considera a la altura de las temporadas anteriores, si las mejora, si flojea… No sé si, según la opinión general, hay que valorar especialmente la interpretación de algún actor concreto. Estoy libre de esa clase de hype que acaba condicionando nuestras impresiones, para bien o para mal.

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Con las redes sociales, las formas de destripar una historia han evolucionado más que el virus de la gripe. Tras sobrevivir a la última temporada de Juego de Tronos, se han detectado dos cepas mortíferas:

Los memes. Siempre hay más de un listillo (y más de cien) que piensa: “¡Qué chiste tan ingenioso se me acaba de ocurrir con esa imagen que destripa la muerte inesperada de este personaje tan importante! El 20% del público aún no habrá podido ver el capítulo, pero da igual. Mi ocurrencia es demasiado brillante.” Siempre habrá decenas de gilipollas que compartirán el meme de ese gilipollas número uno. Habla con un poco de propiedad, por favor. Un meme y un chiste no son necesariamente lo mismo. De hecho el concepto de meme, acuñado por Richard Dawkins hace referencia a bla, bla, bla…

Los trending topics. Cada vez es más común entrar en Twitter con la guardia baja y encontrarte el nombre de un personaje de tu serie favorita o alguna otra información peligrosa en la columna de los TT. #AryaStark. #BruceWillisFantasma. #LukeYoSoyTuPadre.

Cuatro días de abstinencia. ¿Me apetece regresar a las redes sociales? Mentiría si dijese lo contrario, pero sigo sin echarlas demasiado de menos. Está siendo un descanso agradable. Cuando uno está inmerso en las redes suceden demasiadas cosas, y demasiado rápido. Creo que cuando regrese a Twitter-Facebook echaré de menos esta calma… durante los dos primeros minutos.

Ahora dejaré esto programado para mañana miércoles 24 y pediré a Sergio Barrejón que lo revise. Dentro de unas horas cogeré un avión de regreso a Madrid. Si todo va bien, dentro de otras 24 horas regresaré a las redes sociales. A lo mejor utilizo los comentarios de esta entrada para relatar ese último día de desconexión, así como mis impresiones tras retomar el contacto con “la civilización”.



CINCO DÍAS SIN REDES SOCIALES (I)

22 julio, 2019
por Juanjo Ramírez Mascaró.
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20 de julio de 2019.

Ayer se estrenó la nueva temporada de La casa de papel. No podré empezarla hasta la noche del martes que viene, porque quiero verla con mi novia y ahora mismo nos separan más de mil kilómetros (estoy en Fuerteventura).
Doy por hecho que una serie como ésa, tan proclive a las sorpresas y giros de trama, sembrará las redes de spoilers. Por eso ayer mismo decidí desconectarme de las redes sociales durante estos días de retiro junto al mar.
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Poco después, pensé que ésta sería una buena oportunidad para analizar cómo afecta esa decisión a mi vida a corto plazo, y al desempeño de mi profesión de guionista/escritor/narrador/InútilParaCualquierOtraCosa.
Me está resultando muy fácil evitar la tentación de entrar en las RRSS porque, de momento, tras 24 horas de abstinencia, la tentación es casi nula. Existe sin embargo otra fuerza más difícil de contrarrestar:
La inercia.
Para combatirla he borrado de mi smartphone las aplicaciones de Facebook y Twitter. Ahora el menú principal de la pantalla parece una boca desdentada de mendigo.
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Si la inercia me lleva a pulsar esos iconos ahora inexistentes, tengo precisamente esa sensación: la de una lengua que se sorprende al hallar un hueco donde antaño había un diente.
Con ello tomo conciencia de hasta qué punto mi actividad en internet se reduce, en la mayoría de los casos, a un partido de ping-pong que guía mi atención de Twitter a Facebook, de Facebook a Twitter, de Twitter a Facebook… Prisionero en un bucle del que sólo salgo de forma esporádica para leer una noticia que alguien ha enlazado en Facebook o algún artículo recomendado en Twitter.
Facebook, Twitter. Facebook. Twitter. Con cadencia de péndulo, sumiéndome en un trance hipnótico, idiotizándome.
Supongo que cuando terminen de licuar mi mente con esta técnica de MK-ULTRA acabaré compartiendo sonrisitas en Instagram (no he borrado la app de Instagram en el móvil porque apenas lo uso. Mi dedo nunca se dirige ahí por inercia).
¿Nos hemos convertido en ejemplos vivientes de la gran paradoja de internet? El ciberespacio es un territorio enorme, inabarcable. A través de él se nos permite acceder a más información y experiencias de las que podríamos digerir a lo largo de mil vidas, y a pesar de ello configuramos nuestro día a día dentro de esa jaula diminuta.
Me vienen a la memoria las palabras de una profesora que tuve, corresponsal de guerra. Nos contaba que cuando los periodistas llegan a ciertos países conflictivos, las autoridades del lugar los pasean únicamente por los tres o cuatro sitios que les interesan para cimentar su versión de los hechos. Si el periodista quiere conocer el país real, con toda su riqueza, sus matices, sus complejidades… tiene que jugársela escapando de esos carceleros disfrazados de anfitriones.
Puede que en el inmenso país que es internet, las redes sociales sean esa cárcel de oro, esa ruta prediseñada para que no escapemos del redil.
Ahora que me he impuesto esta abstinencia, ahora que he desterrado esos dos iconitos azules de las inmediaciones de mi dedo, se abre ante mí todo ese campo abierto: La red de redes en todo su esplendor. ¡INTERNET, ALLÁ VOY!

21 de julio de 2019.

Apenas he pisado internet. Reconforta saber que todo ese océano de conocimiento está ahí, a un solo golpe de click, pero aún no he sentido la necesidad de zambullirme en él. Quizá se deba a que tengo al otro lado de la ventana un precioso entorno marítimo que no invita al escapismo virtual.
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Nota mental: Algún día tendré que hacer este experimento en la ciudad.
Tras 48 horas sin redes sociales, creo que mi día a día no ha cambiado de manera significativa. Confieso que me embarqué en este experimento esperando ofrecer un post más interesante, con resultados espectaculares. Va a ser que no. De momento todo apunta al anticlímax. Mi vida dirigida por los hermanos Coen.
Durante estos dos días:
– He dedicado cierto tiempo a pensar en algunos proyectos de guión que tengo entre manos, pero no les estoy dedicando más horas de las que suelo invertir en ellos cuando estoy “enganchado a las redes”.
– He hecho la clase de cosas con las que uno se nutre de material de escritura; ésas que una gente menos pragmática llamaría “vivir”: Ver películas (también las veo en “circunstancias normales”), ver a familiares y amigos (con la misma asiduidad y calidad de interacción que cuando “estoy en redes”).
– He dormido mucho (pero creo que esto se debe a una deuda de sueño atrasado que por fin estoy pudiendo saldar).
Llega entonces la pregunta inquietante: Si apartarme de las redes sociales apenas ha alterado mi rutina, ¿de dónde sacaba las horas que dedicaba a ellas? ¿Son “horas fantasma” que computan en otra dimensión? ¿Acaso no invierto en esas redes tanto tiempo como creía? ¿Acaso simultaneo mi actividad en redes con “todo lo demás”, paseándome por ellas con un trozo de cerebro que me sobra, modo zombi ON? ¿O acaso es en las redes donde estoy “despierto” mientras soy zombi en todo lo demás?
Admito que estoy leyendo más que de costumbre, pero tampoco mucho más. Lo que sí me parece significativo es el tipo de libro al que dedico mi tiempo: Las puertas de Anubis, de Tim Powers.
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Es la tercera vez que intento leer esta novela. En las dos anteriores no había logrado pasar de la página 9, por falta de paciencia. No me gusta cómo está redactada. Descripciones que se prolongan más de lo soportable, sobredosis de adjetivos, verborrea innecesaria. En definitiva, el tipo de taras que padecemos quienes (somos legión) nos dedicamos a la escritura porque venerábamos a los maestros del siglo XIX.
(Por alguna razón, me cuesta más perdonar esos deslices en la literatura de ficción. Llevo meses leyendo textos áridos de gente como Jung o Fulcanelli en vagones de metro, sin torcer el gesto, pero cuando se trata de historias ficticias, soy cada vez más nazi. Creo que esto daría para un post entero.)
Desde que vivo al margen de las redes sociales llevo leídas unas 300 páginas de Las puertas de Anubis. Si siguiese jugando al pin-pong de Facebook/Twitter, probablemente habría leído el mismo número de páginas, pero no se las habría concedido a ese libro. La redacción de la novela de Powers (o su traducción) me sigue pareciendo un poco torpe, pero estoy encontrando en ella momentos de suma brillantez.
¿Le habría dado esta tercera oportunidad en otras circunstancias? Puede que no.
En un mundo que danza al ritmo de la fibra óptica y los 280 caracteres por segundo, no se puede exigir al lector/espectador que sea paciente. Queremos discursos sencillos y directos: Puñetazos. Cualquier adorno, cualquier recreación superflua, nos estafa igual que el taxi que da un rodeo innecesario para llegar a su destino. La nueva divisa del taxímetro es nuestro puto tiempo y el zapping en la pantalla táctil es más cruel, más implacable que el del mando a distancia.
(En un mundo que funciona a tantos gigas por hora, en un mundo con tal sobredosis de información… sobraría incluso este párrafo entre paréntesis que estáis leyendo ahora, y puede que en el párrafo anterior tendría que haberme decidido entre el adjetivo “cruel” o el adjetivo “implacable”, en vez de utilizar ambos. En este nuevo mundo hay que despojarse de cualquier gramo de grasa innecesaria, como la víctima de la avaricia en la peli de Se7en. En este nuevo mundo hay que tirar las sobras por la borda del globo aerostático para no acabar naufragando en alta mar. En este nuevo mundo incluso habrá lectores que no estén familiarizados con el concepto de evacuar peso en la cesta un globo aerostático como paradigma de dilema de supervivencia. En este nuevo mundo, a lo mejor resulta que este post está quedando demasiado largo y lo suyo va a ser publicarlo por entregas)
Así que:
CONTINUARÁ…
 
P.S. Mañana lunes 22 de julio se publicará este primer episodio de mi experimento. Por primera vez desde que lo inicié, habrá algo nuevo de mi cosecha y me interesará saber qué tal os funciona. Será la primera vez, durante estos días, que tenga que lidiar con la tentación, además de con la inercia.
 
(Si dejáis algo en los comentarios, no lo leeré hasta dentro de varios días, por si los usáis para spoilearme La Casa de Papel).



ALEX PINA O CÓMO CREAR UNA SERIE EMPEZANDO POR EL PILOTO

20 junio, 2017

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Texto: Nico Romero

Fotos: Héctor Beltrán

Otro ex de Globo que me cruzo en el camino. Pilar Nadal, Carmen O. Carbonero, Juan Carlos Cueto y ahora Alex Pina. El legado de esta productora parece inagotable como fuente de “showrunners” en la ficción actual. Alex Pina nos recibe en su atípica oficina de Aravaca y nos desvela los entresijos de una serie concebida y producida a un ritmo tan vertiginoso como el de la propia ficción. Tras veinte años y ocho títulos, este guionista y productor abandona el nido y se lo monta por su cuenta. Ojalá que la casa que se acaba de construir no sea también de papel.

¿Cómo ha sido tu salida de Globo? ¿Por qué has decidido iniciar una aventura en solitario?

Yo no tengo más que buenas palabras para los veinte años que he pasado en Globo, en donde lo he aprendido todo y en donde he hecho casi todos los géneros. Ha sido una época fructífera, con ocho títulos y con grandes momentos. Le anticipé a Globo y a Dani que me marchaba después de la primera temporada de “Vis a vis” pero Mediapro me pidió que aguantara una segunda. Después me fui porque se había terminado un ciclo vital para mí. Además, la ficción también estaba iniciando un momento de expansión y creí que era el momento.

¿Cómo fue el proceso creativo de “La casa de papel”?

A mí siempre me ha fascinado la fábrica nacional de moneda y timbre. Cuando era pequeño, el concepto de hacer dinero me tenía fascinado. Incluso en la facultad intenté hacer un thriller con aquello. Hacer dinero es algo mágico. Realmente uno no sabe cuánto y quién puede hacerlo. Existe una cierta mítica mágica sobre eso. El caso es que, cuando salgo de Globo, me junto con Sonia Martínez (de Antena 3) y le cuento una idea muy peregrina que tengo: llevar el género del atraco perfecto a la ficción seriada. Estábamos en una terraza en Plaza de España. “No es un atraco a un banco”-le digo. “Es un atraco a la fábrica de moneda y timbre. Y en realidad no es un atraco. Es un encierro para imprimir dinero”. Se quedó totalmente maravillada con la idea. Me podía haber mandado a tomar por saco pero me dijo: “Hazla”. Tuvimos que montarla muy rápido porque “Vancouver” (su productora) no tenía la posibilidad de asumir una preproducción larguísima.

¿Lo hiciste tú o ya tenías un equipo de guion?

Dediqué dos días a pensar personajes y empecé a escribir el piloto yo solo… sin biblia. Porque en el piloto es donde realmente ves los problemas. Luego, con el paso de las versiones, la serie ha cambiado. Al principio, Nairobi no existía, la voz en off la llevaba el profesor, después fue Moscú (Paco Tous)…

¿No teníais claro desde el principio que la protagonista era Tokio?

No, no, no. Se empezó a escribir el piloto e hice un montón de versiones. Es ahí cuando te vas dando cuenta de para qué sirven los personajes.

Cuando los pones en situaciones reales…

Exactamente. El guion te pide necesidades. No es lo habitual pero así lo hicimos en “Vis a vis” y así lo he hecho aquí.

¿Y después?

La cadena leyó algo a finales de octubre y les gustó. Hubo un trabajo de simbiosis muy grande con ellos. Yo, con Sonia, he hecho todas las series, cuando estaba en Mediaset y ahora en Antena 3. Nos llevamos muy bien. Ella siempre aporta una visión desde fuera que a mí como frontón me viene muy bien.

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¿Y cómo eliges a tus guionistas?

Teníamos el piloto y entró Esther. Barrocal me dijo que estaba sin trabajo y también entró.

Pero he escuchado que también contratas guionistas no profesionales…

Sí, es así. Había leído un montón de novelas de nuevos escritores. La que más me gustó fue la de Javier Gómez Santander “El crimen del vendedor de tricotosas”. Quedé con él, se lo propuse y se vino.

¿Él no había escrito ningún guion antes?

Ni había visto uno, me dijo.

¿Y qué te aportan los novelistas?

Talento. La sensación que yo tengo es que, cuando yo empezaba, los guionistas eran escritores que habían leído un montón y que tenían oficio y vocación de lectura. Pero los de ahora son fanáticos de “Juego de tronos” y grandes espectadores de series pero no son escritores. Salen de la facultad y de los Masters de Postgrado con grandes carencias en términos de escritura. Y es verdad que pueden tener mucha idea de lo que son las series que se hacen en Estados Unidos pero no son escritores. Y yo necesito escritores.

 Y esos novelistas sin oficio de guionista ¿qué problemas encuentran a la hora de enfrentarse a un guion?

Se aprende más fácil el oficio de guionista que el de escritor. Tienes mucho ganado. Se ataca el papel en blanco de forma más eficaz.

¿Se someten sin problemas a la síntesis que necesita la escritura de un guion?

Sí. Yo estoy encantado.

De tus series me llama mucho la atención los personajes. Creo que tienes capacidad para crear personajes muy de verdad. Ocurría en “Vis a vis” y vuelve a ocurrir aquí. ¿Cómo lo hacéis?

Les prestamos mucha atención porque la serie son los personajes. Ellos hacen que te enganches. Tú puedes tener un atraco de puta madre pero si no tienes personajes como Walter White, en “Breaking bad”… Al final, ellos son el motor de la historia.  Por eso siempre buscamos su diferencial, que no estén cortados por el mismo patrón. Buscamos la inversión de expectativas en la propia psique del personaje. Decimos mucho: “Vale. Esto que está escrito es lo primero que se le ocurriría a un chaval que acaba de salir de la facultad. Vamos a escribir algo ahora que sea diferente.” Siempre buscamos la tesis de los personajes.

“La casa de papel” tiene una narrativa más compleja de lo habitual. Me da la sensación de que habéis enterrado definitivamente a la señora de Cuenca, esa figura imaginaria que nos obligaba a contar las historias de forma muy masticada. ¿Qué pasa? ¿La señora de Cuenca ha aprendido a ver series o es que ya no nos importan ciertos públicos?

Yo creo que la señora de Cuenca ha aprendido tanto como nosotros y consume diez horas viendo ficción al cabo de la semana. Si dedicáramos diez horas a aprender inglés sería la hostia. Eso la convierte en una experta, con lo que el tío que hace las series tiene que subir el listón y dar cada día más. Al espectador ya no le vale esa secuencia en la que un personaje se está descolgando de un edificio y la cuerda empieza a deshilacharse. Y sabes que no se va a caer. Ahora se cae. Además el espectador se ha dado cuenta de que es más excitante ver ese tipo de televisión.9comprimida

¿Para qué duración está pensada “La casa de papel”?

No quiero hablar de temporadas porque va todo en un bloque que se va a emitir con el verano por medio. En esta primera tanda van nueve capítulos y después del verano calculábamos otros nueve pero aún no sabemos porque teníamos previstas casi cien horas de atraco en la primera tanda y sólo hemos consumido sesenta y tantas. Se nos ha hecho largo el domingo. Hemos estado casi cuatro capítulos en domingo. La idea es hacer once o doce días de atraco… El número final de capítulos dependerá de lo que tardemos en llegar a eso pero estará entre 18 y 21 capítulos probablemente.

¿Y ya está?

Sí. La serie se cerraría ahí. Conocemos el final.

¿Entonces esto de que el final de las series lo marqué la audiencia, como ocurrió con “El barco” por ejemplo, ya es cosa del pasado?

Bueno, si hacemos cifras inviables nos cancelarían antes pero nosotros hemos puesto un final.

¿Y te sientes más cómodo con esta duración?

Sí. Yo siempre he hecho series muy largas… de más de 100 capítulos, como “Periodistas”, “Los Serrano” o “Los hombres de Paco”. De pronto he descubierto este mundo de series de veinticinco capítulos y me gusta mucho.

¿Y no es un problema para la cadena?

Bueno, esta serie nace así. Trasladar un atraco del cine a la ficción seriada en veinte capítulos creo que ya está bastante bien.

¿Y con los setenta minutos te sientes cómodo?

No. Preferiría 45-50, la verdad.

¿Cómo se escribe un capítulo de “La casa de papel”?

Tenemos dos equipos de dos guionistas que escriben un par de versiones. Luego Esther Martínez-Lobato y yo cogemos el capítulo y hacemos otras dos. Luego viene un informe de la cadena y una reunión con los directores. Tenemos que correr mucho porque estamos rodando con dos unidades. Tenemos entrega de guion todas las semanas.

¿Entonces tenéis muy industrializada la mecánica?

No te creas. Estoy sintetizando. A veces hemos tirado una primera versión y hemos vuelto a tramear. Tú sabes cómo es esto. Caos absoluto. Ningún proceso de trabajo es igual a otro. Y además creo que ese desorden muchas veces viene bien. El mapa de tramas lo vamos consumiendo mucho antes de lo que estaba previsto. Hay cosas planteadas para el segundo punto de giro que metemos como detonante porque nos parece que el capítulo va a funcionar mejor. Vamos metiendo todas las bombas que tenemos de tal forma que un planteamiento para diez capítulos se nos queda en seis y tenemos que improvisar. Lo mejor es ir sobre la marcha, viendo lo que se está grabando porque de pronto un personaje tiene más fuerza o más vis cómica de la que pensabas. A día de hoy es mucho mejor ir pegado a lo que vas sintiendo en los premasters. Yo creo que un planteamiento muy ordenado va contra la capacidad de improvisar.

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¿Entonces no prefieres tener la serie ya escrita antes de rodar?

No. En contra de lo que muchos piensan, para mí es mejor escribir con la producción pegada.

Aunque eso te suponga…

Un stress brutal… pero la serie está viva y está creciendo a la vez que la estás rodando. Para la salud mental es lo peor, pero para la serie es lo mejor porque crece.

¿Contáis con un documentalista?

Sí, tenemos una persona contratada pero también hemos hablado con expertos. El organismo nos ha denegado siempre la entrada. Ellos tienen unas normas muy estrictas.

Entiendo que por seguridad.

Claro. Hay cosas que no se deben contar porque es el sitio donde se hace el dinero. Por eso hemos hablado con trabajadores de la fábrica nacional de moneda y timbre  un poco “off the record”, incluso con cargos importantes. Y nos han contado cosas muy interesantes como por ejemplo cuánto dinero pueden producir al máximo rendimiento.

O sea que los de los dos mil cuatrocientos millones de euros es un dato real.

Sí, sí. Incluso sabemos cómo entran las bobinas porque nos lo han dicho… pero de tapadillo.

Decías que estamos en un periodo de expansión en la ficción ¿esto se traduce en mayor presupuesto en las series? ¿O es que utilizamos mejor los recursos? ¿Por qué podemos hacer géneros que hasta ahora no habíamos podido abordar?

Yo he tenido presupuestos más altos anteriormente. Yo creo que los presupuestos son moderados, lo que pasa es que con la crisis hemos tenido que aprender muchas cosas. Eso nos ha colocado en una posición muy buena profesionalmente respecto de otros países. En Francia, en un festival, conocí a productores de Canadá y Francia que producían cincuenta minutos por cifras que superaban el millón de euros. Lo normal era millón y medio. Nosotros estamos produciendo por medio millón, con lo cual hemos tenido que aprender mucho más que ellos. Hemos aprendido a rodar sólo lo que vamos a montar. Para eso tienes que hacer una planificación brutal y un trabajo salvaje con el equipo técnico. Entonces tenemos a los mejores maquinistas, a los mejores operadores, a los mejores directores de foto… porque nuestro tiempo es mucho más limitado y nuestras posibilidades de errar son mínimas. Cuando tienes dinero no estás obligado a aprender. Cuando no lo tienes estás obligado a sacar el máximo rendimiento a tu trabajo. Hemos conseguido hacer la máxima calidad en el menor tiempo posible y conseguimos una factura que es prácticamente norteamericana en muchos casos. Y en guion lo mismo. Hemos ido al meollo en todo y no teníamos posibilidad de perder espectadores. Cada secuencia es caña, caña, caña. Hemos aprendido a hacer series eficaces porque lo necesitábamos. En este país la industria ha pasado una crisis durísima y eso ha hecho que el producto ahora tenga un valor internacional. Somos solventes haciendo ficción.

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