PALABRA DE TARANTINO

30 enero, 2014

por Sergio Barrejón.

Escribimos guiones para que sean transformados en películas. En productos audiovisuales. Escribimos con un bolígrafo o con un teclado. Pero ésas no son las herramientas con las que se cuentan las historias en el cine. El cine usa una cámara y un micrófono. Y el público recibe las historias mediante otras herramientas: una pantalla y un altavoz.

Sin embargo, según mi experiencia, el estudiante de guión promedio vive refugiado detrás de las palabras. Parapetado tras su teclado, ejecuta subterfugios retóricos para no tener que concretar qué va a ver la cámara. Y contándole al micrófono cosas que los personajes no tienen ninguna razón para decir en voz alta. El viernes pasado, terminé el taller de guión de cortometraje que imparto cada año en el Master de Guión de Salamanca. Analizamos los guiones que habían escrito los alumnos. Y me pasé toda la clase repitiendo las mismas palabras: “Sólo tienes una cámara y un micrófono para contar tu historia. Las explicaciones no te van a ayudar en el rodaje. Concreta”.

No sé cuántos profesores de guión insisten en esto. Sospecho que no los suficientes. Sospecho que gran parte de la enseñanza de guión está enfocada a la primera herramienta. Sospecho que, muy frecuentemente, nos olvidamos de que escribimos para grandes grupos de personas. Quizá porque estamos acostumbrados a esa falacia según la cual escribir pensando en el público es demagógico, banaliza la historia, y representa una derrota ante la tiránica “señora de Cuenca”.

Pero el hecho es que escribimos para el público. Y más nos vale ser consecuentes con ello. Para mí, uno de los ejercicios clave es leer los guiones en voz alta. Preferiblemente, para un grupo de personas. En su defecto, para una sola. Leer tu guión en voz alta tiene una diferencia fundamental con dar tu guión a leer, y es que tú marcas el ritmo de la experiencia. Tu público, o tu oyente, tiene que estar ahí sentado en la butaca, escuchando. Igual que ocurre en el cine, no puede levantarse a ponerse un café ni empezar a tuitear (hmmm).

Esa diferencia fundamental es la que hace que los intérpretes de música, de drama y de danza lleguen a ser estrellas, mientras que muy contadas personalidades de la literatura, la pintura o la escultura llegan por los pelos a serlo. La experiencia escénica es una liturgia. Y lo es porque el ritmo viene impuesto. Y viene impuesto porque el ritmo lo es todo.

Paul Schrader solía testar sus historias con el siguiente truco: quedaba con alguien en un restaurante y le empezaba a contar su historia. A mitad del relato, fingía recibir una llamada y se ausentaba cinco minutos. Al volver a la mesa, no retomaba la historia. Esperaba a ver si su acompañante se lo pedía. Si no lo hacía, ya sabía que la historia tenía problemas. Porque si la historia es buena, y el ritmo es adecuado, simplemente no nos podemos quedar a medias. Necesitamos terminarla.

Puedes escribir todo lo bien que quieras. Puedes adjetivar como un poseso y llenar tus acotaciones de adverbios en -mente. Pero nada de eso servirá para cautivar a tus espectadores. Sólo el ritmo lo hará. Y para llegar a conocer el ritmo de tu guión tienes que leerlo en voz alta. A ser posible, varias veces. Llegará un momento en que lo interiorices. Llegará un momento en que no necesites leer tus guiones en voz alta. (Aunque probablemente quieras seguir haciéndolo, porque la experiencia no tiene precio.) Pero cuando empiezas, es absolutamente fundamental.

Bonus track: Brian Koppelman (el de las lecciones de guión en 6 segundos) contaba ayer en un artículo que se encontró con Tarantino en un avión y el director le estuvo leyendo Kill Bill directamente de su bloc de notas. Y es que él siempre lee sus guiones en voz alta.

Así que recordad: hay que leer los guiones en voz alta. No lo digo yo, lo dice Tarantino.


LÉELO EN VOZ ALTA

24 enero, 2013

por Sergio Barrejón

El año pasado por estas fechas impartí una masterclass sobre cortometraje en el Master de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca, acompañado por el cineasta uruguayo Carlos Morelli (conté la experiencia en un post titulado Retrato del guionista adolescente).

Este año me ha tocado impartir un taller de escritura de cortometrajes en tres intensas sesiones de ocho horas cada una. Mañana es la última. A la primera clase, los alumnos tenían que acudir con una sinopsis ya escrita. A la segunda tenían que traer un outline. Para esta tercera, ya tenían que venir con el guión debajo del brazo.

El pasado día 17 recibí sus guiones. Teniendo en cuenta que tienen varias horas de clase diarias, y que participan en otros talleres, como el de escenas con Pablo Remón o el de largometraje con David Muñoz, y considerando además que han tenido por medio las navidades, en las que lógicamente tienen más difícil reunirse para trabajar, hay que reconocer que se lo han currado. Hoy les he enviado este mensaje:

“Hola a todos,

En primer lugar, enhorabuena por haber completado vuestros guiones a pesar del parón navideño y de todas las otras tareas que tenéis. Habéis hecho un gran esfuerzo y el resultado es muy satisfactorio.

Pero aún quiero haceros sufrir un poco más: el viernes leeremos vuestros guiones en el aula. Enteros. En voz alta. Y cuando digo “leeremos”, obviamente quiero decir “leeréis”.

Es el momento de ir simulando estornudos, o de dejar caer como quien no quiere la cosa que vuestro compañero de piso anda con gripe y que ojalá no os contagie. Más os vale tener una buena excusa para no aparecer el viernes, porque cualquier ausencia va a ser muy sospechosa.

Bromas aparte, el ejercicio seguirá estas simples directrices:

1. QUÉ: Cada guión se lee de una sentada. Acotaciones y diálogos. Todo. Sin interrupciones ni comentarios.

2. QUIÉN: Cada grupo deberá elegir UN lector para salir a la pizarra y leer su guión ante la clase, de un tirón.

3. PARA QUÉ: El objetivo es descubrir las debilidades de cada guión. Oír cómo suenan los diálogos. Descubrir pasajes donde la redacción es mejorable. Notar dónde el público se interesa y dónde se aburre o se dispersa.

4. CÓMO:
-Los que presentan deben esforzarse por hacer una lectura clara y expresiva. Deben atender a las reacciones de la clase, que tras la lectura comentará sus impresiones. Y deben escuchar los comentarios con mente abierta.
-Los que escuchan deben seguir la lectura sin interrumpir, pero tomando notas para comentarlas al final de cada lectura: qué les gusta y qué no; qué les interesa y qué no; qué ven mejorable: qué pasaje ha captado su atención, etc. Tanto desde el punto de vista narrativo, como de redacción, como de estilo. Cualquier detalle que se nos ocurra. No se trata de hacer un brainstorming para cambiar el guión, sino de comunicar qué sensaciones nos ha producido.

5. POR QUÉ: Este ejercicio es probablemente el más difícil que os puedo plantear, y sólo os lo planteo porque he visto muy buen nivel en los guiones, y sobre todo, mucha dedicación y esfuerzo, por lo que confío en que será productivo.

El grupo que le ponga fe y pasión a la lectura y lo haga tremendamente MAL, tartamudeando, trabándose y sintiéndose muy ridículo, obtendrá una muy buena calificación. Porque no se trata de que seáis grandes oradores, sino de que os esforcéis por comunicar, y por descubrir dónde está fallando esa comunicación.

El grupo que no le ponga fe ni ganas, o que aborde este ejercicio desde la ironía, estará haciendo exactamente lo que hacen las películas que fracasan: dar la espalda al público.

El grupo que le ponga fe y ganas, y haga una lectura clara, confiada y con coraje, lógicamente se llevará la mejor calificación posible. Pero sobre todo se llevará un aprendizaje muy valioso. Porque si os tomáis en serio este ejercicio (y no es fácil tomárselo en serio), podéis aprender más que con cualquier análisis de guión.

Sufrir, vais a sufrir de todos modos. Así que, ya puestos, intentad sacarle algún rendimiento.

Nos vemos el viernes… siempre que esa tos que os acaba de entrar no se convierta en una bronquitis con fiebre alta y afonía severa.

Sergio.”

Si todo el mundo tuviese una check-list en la puerta de casa, nadie saldría nunca sin llaves. Pero viendo cómo viven los cerrajeros, es evidente que muy poca gente se toma ese tipo de molestias. Lo mismo pasa con lo de leer los guiones en voz alta: todo el mundo sabe que es una idea estupenda. Pero casi nadie la pone en práctica.

No digamos ya leer el guión en voz alta en público. Eso, además de pereza, produce vergüenza. Pero es una de las mejores lecciones que un estudiante de guión puede recibir. ¿Por qué?

-Porque los guiones no están escritos sólo para ser leídos. Están hechos para ser oídos. Ciertas cosas que sobre el papel aparentemente funcionan, al decirlas de viva voz resultan flojas o risibles. Y viceversa, leyendo para un público un pasaje aparentemente anodino, podemos descubrir un filón que no estábamos explotando.

-Porque juntar a cuatro amigos (o a veinte compañeros) y leerles el guión en voz alta de un tirón nos permite reproducir en condiciones de laboratorio la experiencia de presentar la película en público. Podemos empezar a prever qué funciona y qué no, dónde nos estamos enrollando y dónde estamos siendo demasiado parcos, si los chistes dan risa y si los cliffhangers dejan bocas abiertas.

No todo el mundo está preparado para ello. Habrá gente que lo pase muy mal. Seguramente lo pasarán peor aquellos que han escrito los mejores guiones. Porque ellos no sabrán hacerlo con la ceja levantada, no sabrán marcar una distancia irónica. Cada pasaje que no funciona les dolerá en el orgullo y les resonará en la cabeza durante días. Pero habrán presentado su película ante el público. Y descubrirán una sensación que normalmente no se tiene en las escuelas, y que es absolutamente fundamental para entender esta profesión: que estamos en manos del público. Trabajamos para el público, no para el productor, el distribuidor ni el crítico. Nuestro cliente es el público que paga la entrada.

Y el público es implacable. Si no le gusta la película, se larga. No hay justificaciones ni explicaciones que valgan. No hay subterfugios ni trucos que cambien eso. En algún momento hay que salir de la escuela, hay que hacer películas y hay que someterlas al criterio del público. Y cuanto antes lo hagamos, mejor.


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