“A LA GENTE SIN SENTIDO DEL HUMOR HAY QUE RESPETARLA Y CUIDARLA, COMO A CUALQUIER OTRA PERSONA DISCAPACITADA”

1 agosto, 2018

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea. Fotografías de Miguel Bardem.

Juanjo Ramírez Mascaró (habitual del Blog) es un escritor de comedia de lo más polifacético. Cuando no está escribiendo para televisión (en programas como José Motaestá detrás de su cuenta de Twitter, desde donde explora los límites del humor con su peculiar estilo. Pero, por encima de todo, a Juanjo le gusta escribir novelas. Aprovechando que acaba de salir a la venta su último libro, El Hipopótamo Mecánico, hemos querido charlar con él sobre este proyecto, pero también sobre su opinión sobre la importancia de la comedia en nuestras vidas, la hibridación de géneros o la diferencia entre el humor negro y la ofensa.

38142778_10217045186342266_1407843786607820800_n.jpg

¿Cómo surgió la idea de El Hipopótamo Mecánico? 

Surgió por puro escapismo, hace ya unos cuantos años. Justo había terminado de escribir otra novela bastante más turbia que me obligó a escarbar en lo más truculento de mí mismo, estaba recogiendo mis añicos tras ver morir un proyecto cinematográfico que me había estado jodiendo la vida durante más de un año. Necesitaba, en definitiva, un ingrediente luminoso en mi vida. Llegó entonces el mes de noviembre y con él la iniciativa Nanowrimo, que retaba a sus participantes a escribir una novela entera en un mes. Podía permitírmelo. ¡Joder, lo necesitaba! Así que acepté el reto. Cada día me sentaba y escupía en el teclado sin pararme a pensar. Supongo que la única manera de acabar escribiendo una historia sobre un chaval al que sus padres no aceptan porque ha decidido encerrarse en un vehículo con forma de hipopótamo es ésa: No pararse a pensar.

Escribí la mitad de la novela en un par de semanas, en esa huida hacia delante, con ese ansia de luz, con el cerebro desbocado… y ahí interrumpí la escritura porque me surgieron otros trabajos que me obligaron a vivir en otras ciudades. Varios años después retomé el libro. Escribí la segunda mitad como un espejo de la primera, pero de manera más analítica, más serena, buscando el devenir lógico de los acontecimientos absurdos que había sembrado años atrás. Como es lógico, tuve que ajustar cosas de la primera mitad para que el resultado fuese más compacto.

Podríamos decir que la novela se instaura dentro del género de cuento, de fábula, pero el tono con el que está escrito se acerca mucho más a la novela adulta. ¿Cómo fue el proceso de creación de esta mezcla de géneros?

Mi prioridad era que la obra pudiera ser malinterpretada por un Hitler del siglo XXI que, tras su lectura, decidiese exterminarnos a todos, sin discriminación de raza, edad ni sexo.

Bueno, eso no es del todo cierto.

El malabarismo de tonos es una enfermedad que acaba padeciendo cualquier historia que escribo por iniciativa propia. Es algo que me fascina. Pasar del terror al humor o de la risa al llanto en cuestión de segundos, o pervertir elementos de cuento infantil combinándolos con ingredientes más retorcidos, más perversos. Cosa que, por otra parte, caracterizaba a todo buen cuento de hadas en otros tiempos, los buenos tiempos, antes de que la sociedad se convirtiese en plástico.

Si algo se puede extraer tras la lectura del libro es algo que cualquiera que siga un poco tu trayectoria tiene claro: tu fuente de recursos humorísticos es inagotable. ¿De dónde sacas la inspiración para crear situaciones cómicas que, además, sean originales?

No tengo ni puta idea, pero me halaga que se perciba así. Tengo la sensación de que cuando escribo algo en lo que no cabe el humor, me marchito. Contemplar el mundo sin ese filtro cómico me deprime bastante. En ocasiones he tenido que escribir historias que no admiten humor, y me cuesta horrores. Cada página tecleada me vampiriza, me chupa la energía.

Así pues, creo que no es una cuestión de metodología de trabajo o de buscar la “inspiración” en sitios concretos, sino de sintonizar la cabeza con una actitud vital que te haga percibir el mundo (exterior o interior) de una determinada manera.

Me estoy refiriendo al tipo ese de humor que le surge a uno de forma natural. Cuando tengo que escribir humor por encargo, adaptándome a los estilos o líneas editoriales de otros, sí tengo que recurrir a ciertas técnicas y recursos. En esos casos, aunque uno intenta que sobreviva cierto grado de autoría, es más una cuestión de oficio.

“Vive tu vida tal y como quieras vivirla, pero no te escondas. Vive.” Esta podría ser un poco la esencia de la novela, un tema muy actual a día de hoy. ¿Cómo te planteaste la escritura de la esencia? ¿Surgió desde el primer momento, o se fue construyendo? 

Como insinuaba un poco más arriba, esa esencia brotó directamente del inconsciente, de manera irreflexiva, imperativa. Más adelante llegó la hora de detectarla y pulirla. Siempre me gusta trabajar así. Creo que nuestro inconsciente maneja más variables que nuestra mente consciente y me gusta que esa vertiente “oscura” maneje el timón, que ese “otro yo” decida hacia qué arrecifes ponemos rumbo y solo en el último instante me ceda a mí los mandos para ver cómo demonios navego entre esas rocas sin estrellarme.

Respeto a quienes deciden de manera consciente “Voy a escribir una historia sobre tal tema”, pero no es mi manera de hacer las cosas a menos que me obliguen a ello. Me parece más terapéutico – y más interesante – que ese tema central surja del sótano.

¿Tienes algún referente a la hora de escribir? Por momentos, tu humor, plagado de metáforas y situaciones surrealistas, recuerda a los Monty Python… 

¿Monty Python? ¡Otro halago inmerecido, joder! Lo cierto es que hay dos referentes que, sin yo proponérmelo deliberadamente, afinaron mi brújula. Uno de ellos, por supuesto, es Roald Dahl, uno de los escritores que más venero. Lo descubrí tarde, pero me calaron muy hondo sobre todo sus libros infantiles como Las brujas, Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate… Salvando mucho las distancias, creo que comparto con Dahl ese afán por combinar lo inocente y lo perverso, esa ambigüedad moral de quien aborrece adoctrinar, ese intento de vestir lo gamberro de etiqueta para colarlo en una fiesta de lujo y reventarla (otra cosa que puede deducirse leyendo la novela es que, a efectos políticos, me considero un anarquista frustrado).

El otro referente inevitable fue el William Goldman de La princesa prometida, que para mí es libro (y película) de cabecera. Uno de los lectores de El hipopótamo mecánico me dijo que “era como estar leyendo La princesa prometida reescrita por Roald Dahl”. Obviamente me emocionó esa crítica, y me hizo llegar a la conclusión de que se trataba de un piropo expresamente diseñado para hacerme sentir bien.

También tuve presente El Barón Rampante de Italo Calvino. Cuando llevaba media novela escrita, alguien leyó esos capítulos y me dijo que le recordaba a ese libro, así que lo visité antes de proseguir con la escritura.

¿Por qué hacerlo en libro y no en guión?

Porque, salvo en contadas excepciones, me gusta más escribir libros que escribir guiones. Empecé antes a escribir relatos que a escribir cortometrajes y escribí mis primeras novelas antes que mis primeros largos.

Por otro lado, aunque suene a Perogrullo, el libro es una obra completa, definitiva. Llegar a buen puerto como narrador depende únicamente de ti y de tu constancia. Escribir guiones es lidiar con esa frustración de estar elaborando una herramienta incompleta, los planos de un edificio que tal vez nunca se llegue a construir. Si escribes una novela lo más probable es que no logres publicarla, o que la publiques en editoriales pequeñas sin capacidad para promocionarla como a ti te gustaría, pero tienes el consuelo de que, quien quiera asomarse a tu obra FINAL, se va a encontrar cara a cara con tus intenciones.

¿Como creador, qué te aporta de diferente cada uno de estos formatos?

Escribir libros me permite jugar más con el lenguaje, que es una de mis magias favoritas. La usó incluso Dios para crear el mundo, según su biografía no oficial.

Me considero un músico frustrado. No tengo ni idea de música ni sé arrancarle melodías a ningún instrumento, así que me consuelo jugando con la musicalidad de las palabras, con los ritmos y el flow que persigo con la duración de las frases, con esa acupuntura que son los signos de puntuación. Me trae bastantes quebraderos de cabeza intentar combinar todo eso con un lenguaje claro, directo, preciso pero que al mismo tiempo no resulte insípido. Es desesperante. Es maravilloso.

Lo mejor que me aporta el formato guión es la oportunidad de trabajar en equipo. Le ayuda a uno a enriquecerse, a seguir aprendiendo de otras personas y, muy importante: A cultivar el desapego y domesticar el ego. Confieso que, salvo en contadas excepciones, me siento más cómodo entre guionistas que entre escritores de “literatura pura y dura”. Creo que el guionista (sobre todo el de televisión) está más acostumbrado a que le digan que sus ideas son basura, a tener que reescribir una y otra vez, a percibirse como una pieza que necesita encajar con otras piezas (compañeros guionistas, profesionales de otros departamentos, etc) para que el trabajo salga bien. Eso genera una solidaridad preciosa.

¿Notas diferencias a la hora de construir los perfiles de personajes de uno y otro formato?

En cine y tele hay una tendencia lógica a definir los personajes antes de lanzarse a teclear, si bien considero recomendable dejar siempre cierto margen para que el personaje te sorprenda redefiniéndose conforme lo tecleas. En novela el proceso de escritura es más pausado. Se trata además de un formato que soporta mejor los desvíos, los paréntesis, los cambios de ritmo. Comparado con el espectador de cine (y ya no digamos el de televisión) el lector de novelas es una criatura muy paciente. Eso me permite ir descubriendo matices de los personajes conforme tecleo la historia. Incluso me permite definir sobre la marcha la propia estructura de la trama.

Se me ocurre un símil: El guionista es como un conductor de Fórmula 1. Conduce a tal velocidad que necesita saberse de memoria el circuito para poder recorrerlo sin salirse en cada curva. El novelista, en cambio, navega en un barco, bastante más despacio y surcando un mar abierto. Puede zarpar con un rumbo inicial en mente, pero tiene más margen de maniobra para alterarlo según cambie el clima o según la clase de islotes que divise en el horizonte.

No sé si lo que acabo de decir es una estupidez.

38008799_10217045186542271_1187848539435171840_n.jpg

Boceto realizado por Juanjo sobre su hipopótamo mecánico

Por lo que respecta a la estructura, el libro es bastante cinematográfico, con puntos de giro claros, finales de capítulo en alto… ¿crees que ambos géneros pueden nutrirse el uno del otro?

Decíamos en la pregunta anterior que el lector de novelas tiene una paciencia extraordinaria. Añado ahora que es una paciencia de la que prefiero no abusar en exceso. Quizá por haber centrado tanto mi vida profesional en el cine y sobre todo en la tele, trato al lector como si éste tuviera la capacidad de hacer zapping.

Me han comentado en más de una ocasión que ahora las editoriales buscan novelas escritas por guionistas precisamente por eso: Porque tienen como prioridad el enganchar, el no aburrir. Aunque yo también escriba con esa prioridad, confieso que me entristece que se empiece a proscribir ese otro tipo de literatura más pausada, con ritmos e intenciones de profundizar en asuntos que no siempre están al alcance del audiovisual. Una parte de mí aplaude que se hagan libros con estructuras cinematográficas. Otra parte de mí piensa que si todos los libros fuesen así nos habríamos perdido a gente como Gabriel García Márquez, José Saramago… ¡qué cojones! ¡Nos habríamos perdido incluso a Stephen King!

Aprovechando que hablamos contigo, y que eres un guionista que juega mucho con llevar el humor al extremo, ¿cuál es tu opinión sobre los límites del humor?

Creo que a la gente sin sentido del humor hay que respetarla y cuidarla, como a cualquier otra persona discapacitada. El hecho de que esos individuos carezcan de la perspectiva y la capacidad de abstracción necesarias para separar el grano de la paja no significa que sean inferiores, pero tienen un handicap que les impide adaptarse a ciertos contextos. Sentirnos obligados a hacer únicamente chistes que no ofendan a nadie es como poner rampas en el Everest para que puedan escalarlo los paralíticos. ¡Perdón! Personas de movilidad reducida. Quizá la solución esté en que no se nos permita leer o escuchar ningún chiste sin pasar previamente un test psicológico para saber si vamos a ser capaces de procesarlo. O yo qué sé. Creo que hablé del tema en este mismo blog, AQUÍ y AQUÍ. Y de forma más ponderada. Releo lo que acabo de escribir algunas líneas más arriba y pienso: “Menudo gilipollas”.

¿Alguna vez piensas en las posibles “críticas” que pueden caerte antes de lanzar un tweet?

Últimamente, cuando me entran dudas sobre si publicar o no un tweet, me hago la siguiente pregunta: ¿Me reprimo porque realmente empatizo con las personas que podrían ofenderse, o por miedo a posibles repercusiones? Si decido que mis dudas se deben al miedo, publico el tweet de forma temeraria. Si descubro que mis reparos son para no dañar a alguien, tiro el tweet a la basura. Porque aunque piense que es inevitable ofender a alguien con cualquier cosa que diga, no me gusta “ofender por ofender”. Para mí los ofendidos son daños colaterales en la batalla por la libertad de expresión. No quiero jugar con ellos al tiro al blanco. De hecho considero que lo más peliagudo en cualquier tweet o comentario (no solo de humor) no es tanto el tema a tratar, sino la intención que se percibe entre líneas.

¿Cuál es tu experiencia con tu historia de la bacteria en Twitter?

Fue un éxito moderado pero al mismo tiempo impactante, por inesperado. Improvisé la historia sobre la marcha en una tarde ociosa y aburrida, sin imaginar que la leería tanta gente. La última vez que miré las estadísticas tenía más de 1.600.000 visualizaciones. Suele ocurrir: Otras cosas más elaboradas, más originales, ambiciosas y con más rigor no terminan de cuajar, y sin embargo esa otra cosa que has parido con facilidad extrema y sin ninguna auto-exigencia trasciende y hace ruido. ¡Pero oye, yo encantadísimo!

Creo que en gran medida la repercusión del hilo de la bacteria se debió a que Manuel Bartual estimó oportuno compartirla y darle coba. Le estoy eternamente agradecido. Luego se hizo aún más viral (o bacteriano) gracias a la indignación de algunos sectores que me acusaron de engañar a la gente y fomentar la pseudociencia. Yo fui el primer sorprendido al respecto. En primer lugar porque cuando improvisé el hilo imaginé que lo leería la gente que me sigue, y poco más: Personas que ya saben de qué pie cojeo. Y en segundo lugar porque puse especial empeño en que la historia se pudiese desmontar con un par de búsquedas de Google, o incluso sin necesidad de ellas. Cada tweet es más delirante que el anterior. Hay un crescendo en el disparate que, al menos en mi cabeza, estaba ahí para que cada persona descubriese la farsa más tarde o más temprano. Aun así, me resultó llamativo la cantidad de lectores que lo compartieron con esa frase que hizo célebre el agente Mulder (“I want to believe”) u otros que comentaron cosas como: “Una pena ser licenciado en Biología y saber que es mentira desde el primer tweet”.

Por otra parte, me asusta un poco esta tendencia proteccionista que percibo últimamente. Tengo la sensación de que interesa más proteger al ignorante que ayudarle a despertar de su ignorancia.

Y poco más. Fue un éxito de dos o tres días que me ha ayudado a contactar con gente interesante con la que ojalá acabe construyendo cosas. Dos o tres días en los que pasé de unos discretos 2000 y pico followers a unos discretos 5000 y pico followers. Pero cuando la gente te sigue por algo tan accidental como esto hay algo de burbuja ahí. Desde entonces, cada vez que hago un chiste o formulo una opinión en Twitter voy perdiendo followers en una hemorragia lenta pero constante. Yo a eso de soltar chistes o verdades incómodas en Twitter lo llamo “exfoliarme”. Creo que ciertos seguidores son como una piel muerta que hay que sacudirse de encima. Yo no los necesito en mi vida y, evidentemente, ellos no me necesitan en la suya.

Captura de pantalla 2018-07-31 a las 12.26.29.png

Así empieza el hilo de Juanjo en Twitter. Si quieres leerlo entero, pulsa aquí.

¿Qué te aporta, como forma de expresión, el humor negro?

Empecé a escribir relatos macabros en séptimo de EGB. Durante una clase de educación física, una compañera cayó al suelo fulminada casi a mis pies. Se la llevaron al hospital y al día siguiente nos dijeron que había fallecido. Aquel fue el primer encontronazo directo con la muerte para mí y para algunos de mis amigos. Reaccionamos cultivando el humor negro en los relatos que nos pedía escribir la profesora de Lengua. La pobre amenazaba con castigarnos cada vez que le entregábamos uno. Para nosotros era una válvula de escape. La muerte nos había asustado y necesitábamos gritarle a la cara, fingir que no le teníamos miedo. Desde entonces suelo decir, repitiéndome hasta resultar irritante, que el humor negro es ese mecanismo de defensa que tenemos contra el sufrimiento, el dolor y, en última instancia, la mismísima muerte. Hacer chistes negros es ponerle a la dama de la guadaña una nariz de payaso, estamparle una tarta en la cara, convertir los dragones en lagartijas.

¿Y la comedia, por encima de otros géneros?

La comedia es una hija de puta, pero es NUESTRA hija de puta. Y los desheredados sus profetas.


CREMATORIO Y EL PRIMER AÑO DE SETENTA TECLAS

9 octubre, 2014

por Carlos López

70TECLAS_PORTADAS

Fue un momento feliz compartir los sillones de la librería Ocho y Medio con Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, que hace casi diez meses recibieron la noticia de que íbamos a publicar el guion de la serie y han esperado pacientemente hasta ver cumplida la promesa. Gracias a su colaboración, su paciencia y su entrega (como también gracias, y muchas, a Mod Producciones y a Canal Plus) hace una semana pudimos presentar públicamente la edición del guion de CREMATORIO, un acto del que ya os hemos dado referencia en este blog. Algo de esa paciencia y dedicación también hay en su trabajo como guionistas, y algo de eso nos contaron durante la charla improvisada que mantuvimos en la librería el pasado jueves día dos de octubre.

Aunque han pasado ya más de tres años desde su emisión, CREMATORIO sigue mantiendo la vitola de una serie especial, con un prestigio que seguramente se incrementará con el tiempo. La votación entre los teclistas también fue en este caso abrumadora, y mira que es difícil ponernos de acuerdo. ¿Por qué es tan especial CREMATORIO? Los autores nos trasmitieron algunas claves, que no está de más recordar:

UNO– Es una serie fruto del encargo de un productor, Fernando Bovaira, que les entregó la novela y el propósito de convertirla en miniserie. Suya, al parecer, fue la idea y el propósito inicial, y no sabéis qué poco frecuente y qué necesario es algo así en nuestra industria. Así que los hermanos autores se recluyeron a leer la novela deseando ver en ellos la serie que el productor quería ver…

DOS– era una adaptación difícil, un tour de force para los guionistas, porque la novela sugiere más que cuenta, es más de monólogo interior que de acciones, y si se quería una trama había que inventársela en gran parte, aunque fuera a partir de los espacios blancos que dejaba la línea de narración de Rafael Chirbes.

TRES– Con ese material, los autores tenían que construir una miniserie cerrada, con principio y fin. Ocho capítulos. Algo no tan usual en la fecha del encargo (2009) y que daba a la adaptación, al menos, un objetivo claro y un universo finito. Además, eso hacía posible que estuviera escrita en su totalidad antes de empezar la grabación: algo que ayuda a elaborar arcos, tramas y personajes.

CUATRO– Era la primera vez en nuestro país que un canal de pago abordaba la producción de una serie. Y por tanto, no buscaba a un público mayoritario sino un prestigio de marca, un mercado selecto, un marchamo especial: Canal Plus. Por ejemplo, la duración de la serie iba a ser de cincuenta minutos. Y los guionistas sabemos que eso es una gran ventaja para escribir y que se nota en el resultado.

De estos asuntos nos hablaron el presentación, y algunos de ellos también os los cuentan en esta entrevita que han realizado los teclistas Sara Antuña y Carlos de Pando (con la edición del teclista Cristóbal Garrido). Con ustedes los autores de Crematorio (junto con la guionista Laura Sarmiento Pallarés, cuyo trabajo no está incluido en el material publicado pero firma varios capítulos de la serie):

La edición de CREMATORIO por Setenta Teclas contiene material exclusivo y muy útil para guionistas, aspirantes y estudiosos. Los textos pertenecen a tres momentos diferentes de la elaboración del proyecto.

Una memoria y una descripción de los personajes, fechada en junio de 2009 y que formaba parte del proyecto que fue presentado a Canal +.

Las escaletas (más propiamente, tratamientos secuenciados) de los ocho capítulos de la serie, tal como fueron presentados a la cadena en diciembre de 2009.

El guion del primer capítulo, de marzo de 2010.

Interesante comparar, por ejemplo, las diferencias entre la escaleta del capítulo uno y el guion que finalmente se escribió. En el libro no ha sido posible incluir los otros ocho guiones ni tampoco el resto del proyecto inicial, porque hubieramos publicado un volumen grueso como el Quijote. Eso da idea, para quien no lo sepa, de cuánto trabajo hay detrás de una serie, de cualquier serie, de lo concienzudo y detallado que debe ser el material que el guionista entrega para que pueda llevarse a cabo ese producto final en el que todo parece fluir de manera natural y casi improvisada.

Con el título de CREMATORIO, el proyecto de SETENTA TECLAS cumple un año, su primer año. El compromiso inicial se ha cumplido con creces y en este tiempo hemos dado a luz tres títulos votados por todo el teclado: CANIBAL (diciembre 2013), 11-M (mayo 2014) y CREMATORIO (octubre 2014).

¿Qué hacer a partir de ahora? Depende de lo que digan y quieran hacer los teclistas: este es un proyecto suyo y así continuará siendo. No sé si seguiremos siendo los mismos, si algunos se darán de baja (espero que no) o si muchos otros se querrán sumar (seguro que sí). De momento, lo que es seguro es que contamos con el respaldo garantizado de DAMA y con el apoyo de Ocho y Medio.

Nos gustaría crecer. Distribuir a nivel nacional y dar los primeros pasos de una distribución internacional. Abrir una página web. Mejorar la calidad de las publicaciones. Editar títulos clásicos, o inéditos. Hay muchas posibilidades, y para todas siempre será bien recibida la colaboración de cualquiera de vosotros, teclista o no.


LOS ESLABONES DE LA CADENA

26 febrero, 2014

por Carlos López

Cuadernos

Lo digo y lo repito aunque nadie me lo pregunte: no puede ser que lo único que tengamos en común todos los guionistas de este país sea que todos hayamos leído a McKee. O a Syd Field. O a Linda Seger. O que pasemos la noche en blanco disfrutando de Sorkin o apasionados con Breaking Bad para luego encarar la jornada en este paisaje nuestro tan diferente, con el que nos peleamos día tras día, condenados a repetir los mismos errores porque no se nos ocurre preguntar cómo lo hicieron a quienes se dejaron la piel labrando el mismo huerto antes de que nosotros llegáramos. Bien está que cada generación se imponga romper con la anterior como uno de sus primeros objetivos, pero hasta para eso hace falta que antes conozcamos quiénes son, quiénes fueron, cómo trabajaron, qué obstáculos salvaron y ante cuáles se dieron de cabezazos. Porque muchos de esos obstáculos siguen estando ahí, intactos. Quizá nos guste defender que el talento nace por generación espontánea, pero somos los eslabones de una cadena. Lo dejé por escrito en este post en el que perseguía el rastro intermitente de una imaginaria escuela española de guion: ¿cómo escribimos los guionistas españoles?

Podemos empezar por una pregunta más sencilla: ¿a cuántos guionistas españoles conocemos, más allá de los que trabajan con nosotros? Y de ellos, ¿a cuántos hemos leído? Hoy os voy a proponer dos libros en los que guionistas españoles de talla mayúscula nos lo cuentan todo. Y cuando digo todo, digo TODO.

Hace unas semanas se presentaron los últimos títulos de una colección de sustanciosas entrevistas con nombres indiscutibles de nuestra profesión. La iniciativa hay que agradecérsela a un grupo de investigación del departamento de Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III. Con la colaboración de DAMA se han publicado en esa colección los libros dedicados a Lola Salvador y a Manolo Matjí. Me sorprendería si alguien me dijera que no le suenan estos nombres, pero por si acaso os lo recordaré. Lo hago a cambio de exigir la inmediata lectura de sus libros, que os podéis descargar ahora mismo y GRATIS en estas direcciones: aquí el de Lola Salvador, y aquí el de Manolo Matjí.

Además de que en sus carreras se encuentran unos cuantos tesoros, y de que me consta que son guionistas de inmenso talento, ambos tienen en común que siempre se han mostrado abiertos a trabajar con las siguientes generaciones y que fueron de los primeros en reivindicar nuestro oficio. Lola y Manolo son maestros y pioneros, y sin ellos no se entiende el nacimiento del sindicato ALMA o de la entidad de gestión DAMA, en cuyos albores fueron pieza fundamental. Hoy siguen acudiendo sin falta a sus asambleas. Y si hay que proponer, si hay que ir, también siguen siendo los primeros. Incluso las propias siglas ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales) son autoría de Lola.

Asomarse al historial de Lola Salvador da un poco de vértigo: su trabajo con Fernán Gómez, con Alfredo Matas, con Pilar Miró, con Chávarri. Es la guionista de la única película que la censura prohibió en plena democracia, El crimen de Cuenca, y leyendo las páginas del libro uno la descubre amiga del experimento, de la incursión en aquello que no entiende, dispuesta a reinventarse cada mes. Es decir, guionista.

Con la lectura de su libro, que la autora de la entrevista, Susana Díaz, ha titulado Modos de mostrar, no sólo aprendes de guion: sigues su vida personal y profesional paso a paso, su evolución como escritora, el trabajo con los directores y las peleas con los directivos de la televisión. Un trayecto en zig zag, apasionante para cualquiera de nosotros. También lo es el de Manolo Matji, cuya entrevista Asier Aranzubía ha titulado El mapa de la India, de Asier Aranzubía. Es una expresión que le he oído tantas veces a Manolo que ya me parece de uso común: el mapa de la India, a semejanza de aquellas películas de lanceros bengalíes, refiere a aquel momento en que los personajes te cuentan el plan, todo lo que necesitas saber como espectador para encarar la historia, lo que esperas que va a suceder. Manolo fue mi socio y es mi maestro y mi amigo, es guionista de Los santos inocentes y ha producido los primeros cortos de Fernando León y Santiago Segura, además del debú en la dirección de Agustín Díaz Yanes con Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Con él trabajé en Turno de oficio, Besos para todos y Horas de luz. Por eso tendréis que creerme si os digo que Manolo sabe muchísimo de este oficio y que, además, sabe cómo trasmitirlo. Hoy se siente orgulloso, sobre todo, de su papel fundamental en la creación de DAMA.

Ojo: no son guionistas de otra época. Los dos siguen en activo, conocen el mercado y sufren las mismas dolencias que cualquiera de nosotros. Como estoy convencido de que la lectura de los dos libros os dejará con ganas de más, añadamos un tercer título de la misma colección: La noche inmensa, una entrevista de Alejandro Melero con Gonzalo Goicoechea, que durante años fuera guionista de Eloy de la Iglesia, y cuya lectura (aquí) refiere momentos espeluznantes y también agudas reflexiones sobre el cometido del escritor. Y aún más: los responsables de la colección anuncian un libro/entrevista con Emilio Martínez Lázaro. Ya he despejado mi mesilla de noche para hacerle hueco.


FIRMAS INVITADAS. “EL GUION PARA SERIES DE TELEVISIÓN”

10 diciembre, 2012

Manuel Ríos es Director, Productor y Guionista de cine y televisión. (Y reciente tuitero).

EL PORQUÉ DE ESTE PROYECTO: NUNCA SÉ QUÉ LIBRO MANDAR A MIS ALUMNOS.

Manuel RíosLlevo casi 20 años trabajando de guionista, y muchos de ellos, dando clase de guion en diversos ámbitos, en escuelas privadas, en diferentes másteres oficiales y en la Universidad. Y siempre me ocurre lo mismo: no sé qué libro recomendar a mis alumnos. En la Universidad Camilo José Cela los alumnos tienen la obligación de leer un libro por asignatura, pero sólo uno. ¿Cuál es el más completo?, ¿cuál es el que más les va a servir?, ¿cuál es el que se entiende mejor desde nuestra realidad española? Año tras año varío mi opinión y les voy cambiando el manual, siempre de autores extranjeros. Pero esos textos hablan de otra realidad, sus series tienen duraciones distintas a las nuestras, tienen otras posibilidades de producción que aquí no hay, una cultura autóctona, un público diferente y unas cadenas difíciles de comparar. Mi sensación es que valen trozos de esos libros pero no su totalidad. Y faltan muchas cosas. Muchas. Se centran sobre todo en consejos de escritura olvidando la creación, la confección de una biblia, el diseño de una serie, de unas tramas… Además, la mayoría de ellos hablan sobre todo de cine, no de televisión. Las historias que cuentan son autoconclusivas.

Hay algunos ejemplos de publicaciones españolas de este tipo, pero no muchos. Por todo esto vi la necesidad de escribir un libro sobre la creación de guiones en este país y que cada parte específica la desarrollase una de las personas que más saben sobre ese tema: de las series policíacas, de la comedia, de la creación, de los diálogos, de la escritura de la biblia, etc… Mi labor ha sido coordinar a Mario García de Castro, Javier Olivares, Noel Ceballos, Victoria Dal Vera, Valentín Fernández-Tubau, Natxo López, Borja Cobeaga, Marisol Farré Brufau, Chus Vallejo, Maite L. Pisonero, Manuel Feijóo, Rodolf Sirera y también poner mi granito de arena. El prólogo es de Fernando López y el epílogo de Mikel Lejarza.

Así nace El guion para series de televisión. Este libro intenta explicar él oficio desde el principio para que pueda entenderlo un guionista que empieza a formarse, pero creo que también ofrece consejos muy útiles y propuestas para guionistas que lleven años trabajando.

La primera parte está centrada en la teoría y en la historia de la ficción española: se tratan aspectos tan importantes como la evolución histórica del género, la biblia, los documentos de venta, los fundamentos de la escritura de guion, la construcción de los personajes o las claves de un buen diálogo.

La segunda parte del texto contiene un análisis pormenorizado de géneros tan importantes como la comedia, el policíaco, la dramedia, las miniseries de prime time o las series diarias.

El manual está lleno de ejemplos basados en series nacionales como Isabel, Hispania, Compañeros, Amar en tiempos revueltos, Cuéntame, Punta Escarlata, 7 vidas, Los Serrano, Médico de Familia, El Comisario, Historias Robadas, Museo Coconut, Luna, el misterio de Calenda, Aquí no hay quien viva, El barco…

la foto
Han pasado los años, muchos, las series, muchas también, las miniseries, algunas películas y todos hemos ido aprendiendo de los aciertos y de los errores. Este libro pretende contar toda esta experiencia de una forma amena y directa, tratando de encontrar un término medio ente la práctica y la teoría. No intenta ser un libro de anécdotas, aunque las tenga, y sí un texto que sirva como manual de los interesados en aprender o en perfeccionar su escritura de guiones. Pretende dar herramientas y proponer soluciones y métodos que a nosotros nos han funcionado.

Todo ello ha sido posible gracias al Instituto de RTVE, que ha contribuido a dar forma a este ambicioso proyecto de dos años de trabajo. (Es más difícil publicar un libro que vender una serie).

Y que la audiencia nos acompañe.


A %d blogueros les gusta esto: