YO LA LETRA, TÚ LA MÚSICA

7 febrero, 2013

por Carlos López

mezclas

Es lo más habitual: el guionista empieza la película y el músico la termina. Cuando nosotros entramos en el proyecto, éste consiste en una página en blanco; cuando el compositor graba su banda sonora, tan sólo queda mezclar las pistas para que la primera copia de la película certifique su nacimiento. Cada uno a su manera, son dos auténticos partos. Y aunque músicos y guionistas rara vez coinciden, aunque no se vean las caras pese a trabajar en el mismo proyecto, algo nos hermana laboralmente: al productor le duele pagarnos. Al guionista le contrata cuando aún no hay dinero y al músico, cuando se lo ha gastado todo.

Y si os quejáis de trabajar bajo presión, imaginad los tiempos de un compositor, al que con frecuencia le permiten un par de semanas para que imagine, desarrolle y ajuste, sin dilación posible porque la distribuidora ya ha marcado en rojo la fecha de estreno.

Y si os quejáis de que os manosean el guion, deberíais pasaros por una jornada de mezclas. Melodías que cambian de sitio, compases recortados a capón, intros repetidas para cubrir una escena más larga de lo previsto.

Pero este no quiere ser un post sobre las condiciones de trabajo. Así que ahorraos el anecdotario, evitemos rememorar el agravio tradicional que sienten los guionistas de televisión cada vez que comprueban que sus tres versiones de guion por capítulo devengan los mismos derechos que la melodía de cabecera compuesta allá en el principio de los tiempos. No, hoy no me interesan los contratos ni los horarios, hoy no toca reivindicar, que ya fatiga.

Hoy me gustaría saber cómo piensan la música los guionistas y cómo piensan el guion los músicos.

A la música de una película o una serie se le suele atribuir efectos curativos: embellece, mejora o al menos disimula aquello que ha salido del horno sin perfiles claros. Sí, es verdad, hay directores y productores con horror vacui que temen perder al espectador si la música deja un segundo de sonar. En la esquina contraria del ring, directores como Buñuel o los firmantes del Dogma se jactaban de no utilizar música que no escucharan los personajes dentro de sus días inventados.

Si dejamos a un lado los extremos, habrá que reconocer que con frecuencia el momento más emocionante de una película va indisolublemente asociado a una música. Ese momento que guionista, director y montador buscan con empeño, el que pone los pelos de punta, el que hace llorar o incorporarte en la butaca, el que te deja adivinar lo que realmente le está pasando al protagonista. Ese es un momento con música. Tan importante, tan esencial… que muchas veces ni estaba en el guion. O estaba escrita la escena, sí, ya se suponía que iba a contar con música, pero no hay indicación alguna de su carácter o de su intervención.

¿Por qué? ¿Por qué la música no forma parte del guion? ¿Porque los guionistas no sabemos música? Tampoco sabemos de montaje y bien que nos ocupamos de marcar el corte de la secuencia. Nadie ha vuelto del más allá y eso no nos impide tener en mente otra de zombis. Entonces ,¿por qué? ¿Porque no sabemos qué ritmo va a tener la escena, ni qué planos, y por eso aún es pronto para pensar en música? ¿Por eso? Si esa fuera la razón, no existirían los guiones.

Y el guionista dejó escrito: "Aquí ha de sonar una música que se os paren los pelos a todos". Y así fue. Pero no lo dijo el guionista.

Memorias de África (1985). Y el guion decía: “Aquí ha de sonar una música que se os paren los pelos a todos”. Y así fue. Pero no lo decía el guion.

Las canciones, sí. En muchos guiones sí se consignan las canciones que han de escucharse. Una buena oportunidad para mostrar nuestros gustos y conocimientos. Y queda tan cool retratar al personaje sugiriendo (tampoco es cosa de exigir) que en su coche va escuchando esa canción que sólo unos pocos conocemos, o esa melodía tan chabacana que nos dice a las claras que no es un tipo de fiar. Los guionistas novatos, y sobre todo los alumnos de guion, indican un mínimo de tres o cuatro canciones por película. Yo siempre les pregunto si es condición obligatoria, si tiene que ser precisamente esa canción y no otra para que la historia funcione. Ninguno de ellos suele ser consciente del dinero que cuesta incluir una canción determinada. Estamos acostumbrados a las películas de Scorsese o Tarantino, en las que suena un hit detrás de otro, y acabamos por olvidar que con lo que se paga por la banda sonora de una de Scorsese pagaríamos un año entero de cine español.

Por eso las canciones que aparecen en guion suelen ser fruto de un pacto con producción, una exigencia del director, o un descubrimiento necesario que significa una obligación. Una excepción. Lo habitual es que las canciones también se decidan después de escrito el guion. O que, en su defecto, se utilice música de librería, que pese a lo que sugiere su nombre no es la que suena de fondo en la Fnac, como yo pensaba, sino la que está exenta de derechos.

Ya sea porque es un asunto para negociar con la discográfica o porque su caligrafía matemática escapa a nuestro control, el caso es que la música no aparece en las líneas del guion. No es nuestro trabajo. Una cosa menos en la que pensar. ¿Mejor?

No la estoy reclamando. De hecho, no tengo ni idea de cómo habría que expresarla si se nos pidiera incluirla. Solamente me sorprende que un elemento de primer orden ni siquiera se contemple en la mayor parte de los guiones. Y en muchos, ya que trabajamos sin tenerla en cuenta, me temo que no se deja espacio para que exista. Porque hay guionistas con miedo a la pausa, que temen que su guion tenga agujeros, paréntesis o respiraderos: aquellos que hacen que la historia que contamos no sea un artefacto sino algo de lo que pueda debatirse días después de haberla visto. A mí me gusta buscar esos lugares de la narración en los que, en apariencia, nada está sucediendo. Un quiebro del ritmo que me lleva a pensar en el guion como si fuera una partitura, una comparación que suelo proponer cuando me toca dar clase: la obertura, el primer movimiento, el contrapunto, la melodía, la nota discordante, el crescendo… Pensar en el guion en estos términos ayuda.

Esta reflexión sobre el lugar que ocupa la música en el guion me parecía incompleta sin saber algo sobre cómo trabajan los músicos, el único miembro del equipo de una película que raramente encontrará en el guion indicaciones sobre el trabajo que ha de hacer. No he hecho una encuesta entre músicos, tampoco es una indagación en toda regla. Sencillamente, he preguntado algunas cosas a unos cuantos profesionales que llevan sus años en esto. Me han respondido con puntualidad y entrega, lo cual agradezco públicamente, y sus respuestas me han hecho pensar. De eso se trataba.

De izquierda a derecha, Roque Baños, Bárbara Granados, Mariano Marín y Zacarías Martínez de la Riva. Ah, y Tadeo Jones.

De izquierda a derecha, Roque Baños, Bárbara Granados, Mariano Marín
y Zacarías Martínez de la Riva (ah, y Tadeo Jones).

Casi siempre, el músico empieza a trabajar sobre un primer montaje de la película, en el momento en que el guion es ya poco menos que un souvenir. Aún así, como me recuerda Zacarías Martínez de la Riva (que este año ha sido nominado por Las aventuras de Tadeo Jones), existen dos posturas muy diferenciadas entre los compositores. John Williams, ese coleccionista de oscars, dice que a él le gusta descubrir en la sala de proyección los momentos en los que la música puede reforzar los estímulos y que “si lees antes el guión, te formas toda clase de conceptos previos sobre qué aspecto tendrán las cosas que luego no cuadrarán con lo que haya escogido el director”. Por el contrario, autores como James Newton Howard (el compositor habitual de, por ejemplo, Shyamalan) prefiere leer el guion y componer con libertad, antes de que las imágenes definitivas de la película fuercen las cosas.

Claro que al músico se le pide que ajuste tiempos al máximo, que calce la partitura con la imagen de manera exacta, con lo que ese trabajo previo con el guion nunca pasa de ser un chapuzón. Aquí, en nuestra industria, muchas veces ni se les da a los compositores la oportunidad de leer el guion, porque son contratados cuando ya está montada la película. Siempre llegan con prisas, incluso con agobios: Mariano Marín, con una larga carrera en cine y teatro, el músico del primer Amenábar, apunta que “en ocasiones es inevitable empezar sobre fragmentos de la película, no hay otra cosa”, y asegura que a él lo que le inspira es “la imagen en movimiento, el ritmo, la luz, el color”, es decir, elementos que sólo ofrece la película ya rodada. Pese a todo, en ocasiones le habría gustado entrar en el proyecto cuando el guion estaba en desarrollo, “interferir en el trabajo del guionista, contribuir con mis ideas a un mejor resultado”, una colaboración que ignoro si alguna vez se ha dado, guionista y músico imaginando juntos.

Y sin embargo, el guion está ahí, junto al teclado o la mesa de trabajo del músico, como referencia, como manual de instrucciones, como lectura de almohada quizá. ¿Qué busca en esa lectura el compositor? Para Roque Baños (que ya ha ganado tres goyas) esa lectura sirve porque “el guion es el mapa conceptual en el que me sumerjo para localizar lo profundo de los personajes y su entorno, el trasfondo emocional, algo que en la imagen no se muestra”. Con eso, y de acuerdo con el director, crea lo que denomina “una segunda línea argumental”, un concepto que remite al subtexto, ese viejo amigo nuestro, el terreno de labranza del guionista. Si alguna vez lee el guion antes de comenzado el rodaje, Roque Baños anota apuntes y melodías, se deja llevar por la intuición, pero no empieza estrictamente a componer hasta el montaje definitivo.

Cualquier otro método, coinciden todos, es arriesgado. Y aún así, todos exploran el guión. Al margen de los más evidentes (una época, una cultura, un país), ¿qué datos contiene un guion para empezar a trabajar en una u otra dirección? Bárbara Granados, que lleva toda la vida componiendo para la imagen en movimiento (y además, es quien me dio la idea para este post), recuerda que las enseñanzas sobre esta materia suelen recomendar que la música apoye las acciones cuando la película es de acción, y que, fuera de ese género, se deje escuchar precisamente cuando no hay acción. Todo ello, a salvo de la máxima general: si pasan cosas importantes, nada de música.

En todos esos casos, señala Bárbara, es como si director y/o productor buscase una pintura básica, tan sencillo como que la música refuerce o que no moleste, porque “siempre dicen que si no se habla de la música al salir de ver una película es que la música es buena”. Algo que, digo yo, también podemos aplicar al guion. Y que es infinitamente más fácil de decir que de aplicar.

El compositor se encuentra con la mesa puesta y el menú servido, nadie le ha consultado el orden ni la elección de los sabores. Pero puede que nadie comiera un solo bocado si no fuera por el estímulo de la música, incluso que nadie se creyera uno solo de los platos si no vinieran servidos con una melodía que ayuda a la digestión como ningún otro elemento de la película. Por eso me atrevo a preguntarles, ¿no sería más sencillo si el guionista tuviera en cuenta desde el principio esa incursión de la música en la exposición de la historia? Zacarías Martínez de la Riva asegura que “hay guionistas muy conscientes de lo que tiene que pasar musicalmente casi en cada escena y así lo escriben; otros, en cambio, no hacen referencia a la música en todo el guion”. El guionista tiene, pues, libertad para indicarlo o no, pero cuando sucede, como dice Mariano Marín, “lo agradecemos” porque “la labor del guionista debe integrar una visión ambiciosa del producto”. Marín dice que “hay guionistas que escriben con música, no sé muy bien cómo explicarlo, pero se nota en el guion”.

Finalmente, Roque Baños cree que “el guionista puede y debe inspirarse en la música que escuche para escribir el guion y que no necesariamente será del estilo en el que, finalmente, se componga la banda sonora, pero sí que tendrá connotaciones similares o al menos trasmitirá una emoción parecida”.

Lo cual abre otro campo de estudio: ¿qué música escucháis los guionistas cuando trabajáis? Pregunto como si no fuera conmigo porque yo, desde hace unos pocos años, necesito del silencio para buscar la concentración. Y si alguna vez me atrevo con el spotify, no paso de la placidez de los clásicos. Ojalá tenga razón Roque Baños y se me pegue algo de ellos.


LO QUE HAY QUE VER

12 enero, 2012

por Carlos López

Encaras la cuesta de enero con una sensación contradictoria: reconfortado porque te espera un trabajo; asustado por el trabajo que te espera. Descubres, una vez más, que este oficio es puro sísifo, te examinan cada mes, siempre eres un novato, de poco vale lo que creas que sabes si te enfrentas al folio en blanco con un gramo de honestidad. Te sientas animado ante el portátil pero te cuesta recuperar, si es que alguna vez lo alcanzaste, el ritmo de una jornada de trabajo productiva. Ya estás como siempre, esa es tu verdadera rutina: un café y me pongo, reviso el mail y me pongo, una llamada y me pongo, leo este artículo y me pongo. Navegas sin rumbo postergando la tarea y en la red te encuentras con otros en tu misma situación, presos de mala conciencia que exhiben en público sus propósitos de enmienda, que en lugar de empezar a trabajar de una maldita vez pierden el tiempo en enumerar sus buenas intenciones una por una y hasta las ordenan en forma de lista. Por todas partes hay listas. Propósitos y balances. Lo mejor del año, lo que fue y lo que vendrá, listas de nominados, listas de las mejores listas. Enero es una lista.

Está bien. Déjate llevar. Harás tu propia lista. Será tu terapia. Tu yo confieso.

Porque todas las listas te recuerdan a tu lista. La que duerme contigo. Tan tuya como tu sombra. Como una herida que nunca cicatriza. La lista de películas que deberías haber visto. No me refiero a los estrenos del mes. Estoy hablando de los grandes títulos, sobre los que has leído tanto. Y de los no tan grandes, pero que fueron decisivos para el arte y/o el negocio del cine. Y sobre todo, de los títulos de ayer mismo que están marcando la tendencia. En definitiva: esas que tú-sabes-que-tenías-que-haber-visto.

Por fortuna, en el cine no se ha llegado tan lejos como en literatura y no existe el llamado canon. No me refiero al canon digital (quietos los comentarios), sino a este otro canon: el que establece cuál es la crème de la crème en la historia de los libros. En el cine opina todo el mundo, e incluso una misma persona puede mantener una opinión diferente de una semana para otra, así que no confíes en el criterio de gurús ni de popes, ni tienes por qué creer todo lo que te quieran contar sobre las maravillas de una lejana cinematografía o de un artesano incomprendido en su tiempo y hoy considerado un mito. No está tan claro qué necesita una película para convertirse en un clásico, aparte de que pasen unos cuantos años desde su estreno. El padrino, vale. Ciudadano Kane, por supuesto. Chaplin, Keaton y Lloyd, cómo no, si deberían recetarlos en las farmacias. Baja unos cuantos peldaños (Renoir, Murnau, Lang…) y enseguida serás tú quien decida qué es un clásico y qué no. Mucha gente lo hace cada día, ¿por qué no vas a hacerlo tú? Adelante: fabrica tu propia lista.

Antes de empezar, te ataca la pereza: ¿decidir y ordenar tus propios gustos? Uf. Mucho mejor si empiezas echando un ojo a las listas de los demás. Así te harás una idea de qué se considera imprescindible.

Entras en filmaffinity, donde confeccionan una lista con las favoritas de los miembros. Muy popular el sistema, pero no ves nada que te sorprenda. Alguien te recuerda que la revista Empire preguntó a reputados críticos y lectores hace tres años para establecer cuáles eran las quinientas mejores de la historia del cine. Demasiadas. Antes de llegar a la mitad dejas de leer. ¿Algo más preciso? ¿Doscientas? ¿Pueden ser cien?

Sí, el año pasado el diario El País  encuestó a cien cineastas hispanoamericanos, que eligieron cuáles eran las películas de su vida. Con sus respuestas, el periódico publicó una lista de las cien más relevantes. Esta sí te la lees, procurando no asombrarte demasiado por las respuestas de alguno, que está en su derecho a mostrarse agradecido a sus amigos y empleadores a la hora de mostrar sus preferencias. Cuando acabas de leerla, no te lo puedes creer: las has visto casi todas. Es más, en una de ellas figura tu firma en el guión. Búscate otra lista, esta no es muy de fiar.

Enseguida te pones exigente con lo de las listas, un amago de de rigor que quiere justificar la demora en comenzar tu trabajo. Con ayuda del señor Google te plantas ante una página que ofrece Las ciento una películas que hay que ver antes de morir. Te convence su determinación para elegir una cifra exacta y un límite de tiempo para verlas, pero enseguida descubres que algo no funciona: entre ellas figuran títulos como El diablo viste de Prada o A beautiful mind, películas que a muchos les parecerán respetables, pero supongo que si te mueres sin verlas no va a caerte ninguna maldición.

Unos cuantos golpes de ratón y topas con gente más seria, que ha convertido esto de la lista en su oficio y fuente de ingresos. Con la opinión de setenta críticos –¿habrán hecho también una lista de críticos?– concluyen las 1001 películas que hay que ver antes de morir, así como suena, mil y una, como una legendaria tienda de alfombras del centro de Madrid. Si te interesa el asunto, además de la web tienes un estudio con detalle del listado en un libro y un comentario periódico que puedes seguir en su blog. Y si no te decides por qué película de la lista empezar, también te ofrecen los mil y un trailers. Hacen lo propio con discos, libros y pinturas. Ojo, todo eso tendrás que hacerlo antes de morir. Date prisa. Sólo en el terreno del cine, a tres películas semanales, necesitas unos siete años para verlas todas. Eso, contando con que no quieras repetir y volver a ver alguna de ellas, algo muy saludable cuando se trata de buenas películas. Siete años sabáticos, dedicados a lo imprescindible.

Menos mal que nadie ha hecho la lista de películas que hay que ver después de morir.

Decidido a encontrar una autoridad en el asunto, das por perdida la mañana y te zambulles en la lista que propone el American Film Institute. Una lista sesuda, en la que abundan títulos añejos (también Toy Story y una de Fred Astaire), casi todos norteamericanos, lo que demuestra una vez más que a la hora de hacer listas uno se vuelve conservador, barre para casa, sólo incluye las de siempre y, como mucho, aquellas que le deslumbraron cuando era un adolescente. Poco más. Aún así, la lees con detalle y no te lo puedes creer: ¡estas sí que las has visto todas! De dónde sacarías las ganas y el tiempo, si cuando se te desarrolló el vicio cinéfilo no existía el vídeo ni la mula, y solo había un canal y medio de televisión. ¿Pasaste tu juventud en una sala de cine? Por lo que se ve, entonces no le hacías ascos a nada, disfrutabas igual de los dramas mudos, la comedia de los treinta, el thriller de los cuarenta, los musicales de los cincuenta, Hitchcock, el polar, la serie B… Lo veías todo. ¿Significa eso que ya has visto todo lo imprescindible? Entonces, ¿estás a punto de morir?

No seas tan presuntuoso, por favor. Con las buenas películas que te quedan por ver se podrían programas años de filmoteca. Además, tú mismo lo has escrito un poco más arriba: es una lista personal. Tú sabes que deberías haberlas visto. Y te avergüenzas de no haberlo hecho, por eso a veces hablas de ellas como si las conocieras, para no quedar como un idiota, eres capaz de hilar un par de obviedades a partir del trailer y lo que dijo algún crítico y con eso ponerlas por las nubes o a caer de un burro, según quien te escuche.

Olvídate de las de siempre. Vale, has visto todas las de Lubitsch, muy bien, mejor para ti, pero ¿cuántas has visto de Judd Apatow, de Wes Anderson o, cambiando de tercio, de Todd Solodnz?

No tengas miedo. Confiesa. Si alguien se escandaliza –¿cómo es posible que no la hayas visto?– dile con media sonrisa que es todo mentira, porque nos dedicamos a eso, ¿no?, mentimos, fabricamos mentiras, nos pagan por engañar, por contar una historia inventada como si fuera verdad. Atrévete a hacer tu lista. Por favor, no te pongas estupendo. Al menos, hoy no. Ya sabemos que hay muchas películas rusas, iraníes y mexicanas que todos deberíamos haber visto. Céntrate en lo que todo el mundo conoce, aunque sea de este siglo. En esas de las que todos te dicen: tienes que verla.

Ahí va. Será una lista muy marciana, pero te radiografía. Estas son algunas de las que deberías ver antes de… ¿de que acabe el año, por ejemplo?

EL MAESTRO SUECO. Empiezas alto. ¿Así que Ingmar Bergman sólo es para ti ese señor del que tanto habla Woody Allen? Tienes que reconocerlo: sólo has visto Fanny y Alexander, puede que en versión reducida. Quizá un fragmento de alguna otra en televisión, ni recuerdas de qué película. En un ataque de culpa te llegaste a comprar la edición del guión de Persona. ¿O era Escenas de un matrimonio? Por ahí anda, en tu librería, intacto, criando polvo. Ya sé, ya, Bergman es tan obligatorio, tan ilustre, tan reverenciado, que has confundido pereza y rebeldía para desistir de ver sus películas. ¿Y dices que tú te dedicas a esto?

LÍO DE RÍOS. Las has visto, sí, pero no cuenta: no eres capaz de diferenciar Río Bravo, Río Lobo, Río Rojo y Río Grande, por no hablar de Río Conchos o Río de Sangre. Son palabras mayores, amigo, nada menos que John Ford y Howard Hawks. Casi los que inventaron esto. Vale, te emocionas viendo Centauros del desierto, pero te estomaga La taberna del irlandés y El hombre tranquilo consigue aburrirte. No soportas a John Wayne. Definitivamente, nunca fuiste espectador de westerns. ¿Hace falta recordarte la larga lista de obras maestras del que es el género por excelencia? ¿Qué son todas las películas, sino westerns?

MIEDO A TENER MIEDO. Durante una proyección de El Exorcista sentiste una sombra a tu espalda. Aquello fue definitivo: desde entonces, y ya ha llovido, no te asomas a una película de terror si no es estrictamente necesario. El sexto sentido fue la última, ¿o exagero? Sólo con leer las sinopsis ya te angustias. The Ring, Dark water o Saw son para ti como cajas de antibióticos: sólo para enfermos. Lo llevas crudo: el terror se ha puesto de moda, incluso te ha tocado escribir alguna serie de miedo, perdona si te amargo la noche al recordarte los escalofríos. Maldita costumbre de escribir de noche. Maldita oscuridad de las salas. Malditos walking dead.

Y LA TERCERA, TAMPOCO. No hay excusa. Viste La Comunidad del Anillo, disfrutaste a lo grande, y eso que Tolkien duró lo justo en tu mesilla de noche. Qué gran trabajo de Peter Jackson, qué titánico esfuerzo, qué paisajes, qué derroche de imaginación, qué merecidos los Oscar. Un momento. ¿Estás de coña? ¿No? Entonces, ¿por qué te resistes tanto? Tampoco en Matrix has pasado de la primera. Ni siquiera has vuelto a ver Star Wars desde hace más de diez años. ¿De qué vas a hablar con tus colegas ante la máquina del café? No tienes por qué comprar muñequitos, ni carteles, ni coleccionar nada. Sólo verlas. ¿Vas de rarito o qué?

EL CINE DE LOS VECINOS. Entre tus amigos siempre hubo adictos a Eric Rohmer. Nunca te convencieron para acompañarlos, salvo con Cuento de verano y El rayo verde, debieron pillarte en el día tonto. Y eso que sigues convencido de que alguna de sus películas te puede enamorar: porque te encanta Truffaut, te hipnotiza Chabrol y nada desearías más en la vida que no haber visto ninguna película de Louis Malle para así volverlas a ver todas por primera vez. Bueno, también está Resnais, con él nunca te has atrevido, es como un gran cajón vacío de tu escritorio. ¿Y Godard? ¿Sabes que han pasado más de 25 años desde que lo abandonaste, tras sufrir Detective, que ha hecho unos diez largometrajes más y montones de cortos y documentales? ¿Tampoco te atrae Godard? Pero bueno, ¿tú de quién llevas fotos en tu carpeta, perdón, en tu iPad?

YO TAMBIÉN SOY FAN (SIN VERLO). De la noche a la mañana, todos hablaban de él (no sé si llamarle Kar o Wai, no sé por qué supongo que Wong es el apellido). Mejor dicho, le dedicaban alabanzas de tal calibre que daban por inaugurada una nueva era. Ya nada volvería a ser igual o –perdonadme– todo sería Wai. Quizá fue por tanto elogio a la fotografía, al empleo de la música, a la indolencia de los personajes… te volviste refractario a este admirado director, del que no has visto ni una sola película. Ni una. Ni siquera In the mood for love. Lo cual no quita para que hayas asentido frunciendo las cejas como Jeff Glodblum cada vez que alguien reclamaba tu complicidad: “Qué bonita, ¿verdad?”.

QUÉ BUENA, QUÉ BUENA. O NO. Otro caso de película-pasaporte: era necesario sabérsela para entrar en ciertos círculos. Con lo que admiraste Reservoir Dogs, con la de veces que has visto Pulp Fiction o incluso Jackie Brown, ¿por qué no comulgaste con Kill Bill? Por dios, si el cartel es Uma Thurman con traje de motera, ¿qué más quieres? La verdad es que te decidiste a ver la primera parte en televisión… y no llegaste a la mitad. Cuando te dijeron que la realmente buena es la segunda… Demasiado tarde. Te has atrevido a ir de sobrado por ahí, haciéndote el interesante porque no te gusta lo que todo el mundo idolatra, que sabrás que es la forma más tonta de ser un snob. Lo más honesto es verla. Entera. Y después, hablas.

HÉROES Y VILLANOS. En esta estación has perdido todos los trenes, uno detrás de otro. Un poco de mala suerte, es verdad: fuiste a ver las películas sobre personajes de Marvel, la mayoría poco defendibles; y te has perdido las adaptaciones de comics recientes, probablemente las mejores. Watchmen fue estrenado con grandes fanfarrias, no te hubiera costado mucho pasar por taquilla. No lo hiciste con Sin City, ni con Iron Man, ni X Men, ni Blade, ni Hellboy, ni The Crow… ¿Que no tienen nada que ver? Todas tienen algo en común: no las has visto.

NO TE LO VAN A PERDONAR. Last but not Lost. Esto no se lo van a creer. ¿No has visto Perdidos? ¿Ni un capítulo completo? Más de un amigo podrá testificar: has opinado sobre la serie, te has atrevido a participar en un foro en el que los seguidores se pegaban por el final. En fin, da igual, sabes que alguna vez tendrás que sentarte a verla del tirón. Y lo mismo con The Wire… Sí, sí, no vale sólo con la primera temporada: debes de ser el único guionista vivo que no la ha visto enterita. Lo de vivo quizá sea una exageración.

——————————————

Podrías seguir y seguir. Y después, ya puestos, jugar a otras listas: las que te gustaría volver a ver; las que realmente te movieron a dedicarte a este oficio; las que te da vergüenza reconocer que has visto y que te gustan; las que no entiendes que se consideren clásicos; las peores películas que jamás has visto…

No. Ya está bien. Trabaja. Vete al cine. Deja que los demás hagan pública su propia y vergonzante lista de películas que deberían haber visto. Si se atreven. Si quieren.


A %d blogueros les gusta esto: