LA CARTA DE DESPEDIDA: MUJERES DESESPERADAS

16 mayo, 2012

Por Chico Santamano.

Parece que fue ayer cuando tuvimos que despedirnos de “Lost”. ¿Os acordáis? Pensábamos que no podríamos vivir sin ella y aquí estamos. No se terminó el mundo. No nos convertimos en los protagonistas de otra trama postapocalíptica producida por el ínclito J.J. Abrams. Sencillamente, “Lost” se acabó como todos aquellos productos que nos hicieron felices cuando éramos pequeños… ya saben, “Sensación de vivir”, la inexistente saga cinematográfica de “He-Man” o el “Un, dos, tres” incluidos.

En unos días hará justo dos años de aquella carta tan sentida como hiperanabolizada, que con una sobredosis de puro hype dediqué a la serie que marcó nuestras carpetas de descarga.

Estábamos tan borrachos de naufragos y humo negro que ni siquiera la despedida de otra grande como fue “24” nos llamó especialmente la atención. Por cierto, algún día te vengaré, Jack Bauer.

Y como no hay dos sin tres, el corazón se nos resquebrajó definitivamente el pasado domingo. Tras ocho años como ocho soles, os fuisteis vosotras…

Las vecinas de Wisteria Lane dijisteis adiós desde la parrilla de ABC. Muchos de los que lean esta carta se sorprenderán de que aún siguierais asomándoos a vuestro porche después de tantos años. Puede que no lo hicierais en la misma forma que en las primeras temporadas. Puede que no con la misma frescura y puede que vuestras caras estuvieran más estiradas que la propia serie, pero aún seguíais dando justo lo que se esperaba de vosotras; humor, drama y misterio en irregulares dosis.

“Mujeres Desesperadas” siempre fue una serie de manual. De esas a las que cualquier guionista que sueña con hacer series para la HBO (pero es consciente de que tiene que escribir para Telecinco) no debería dejar de prestar atención. Después de ocho años es difícil encontrar una trama de comedia, misterio o culebrón que vuestros guionistas no hayan escrito antes con una precisión tan esquemática como entrañable.

El peor de vuestros episodios siempre tenía al menos una secuencia de comedia y otra de ternura extrema por cada una de sus tramas. Momentos brillantes donde nos enamorábamos un poco más de cada una de vosotras. Y eso es mucho más de lo que se puede decir de la mayoría de las series que habitan nuestras parrillas… algunas de ellas colocadas quizá prematuramente en ese efímero olimpo catódico.

Vale, sí… la mayoría de vuestras tramas siempre fueron terriblemente previsibles para cualquiera que haya estudiado más allá de 1º de series de tele, pero a decir verdad… nunca jurasteis sorprender con giros locos como otros. También es cierto que os repetisteis y nos tomasteis por tontos.  ¿Cómo es posible que Gaby y Carlos tuvieran remordimientos de conciencia en esta última temporada por lo que pasó al final de la anterior si ya hicieron lo mismo con el canoso de Mad Men temporadas atrás? ¿No os acordáis? ¿Ya no te acuerdas de lo que pasó en aquel barco, Gaby?

Aún así, os habéis despedido por la puerta grande. Una puerta blanca, discreta, bien engrasada y con unos visillos pelín antiguos, pero GRANDE al fin y al cabo. Nos habéis dedicado un final de manual (como no podía ser menos) con boda, muerte, nacimiento y mudanzas que marcan una nueva vida para todas las vecinas. Un final que no puede decepcionar, porque jamás prometisteis nada más allá de cuarenta y pocos minutos de trama ligera en torno a unos personajes sólidos como rocas.

Y ahí estuvo siempre la clave de vuestro éxito. He seguido fielmente las ocho temporadas y os juro que más de una vez pensé… ¿por qué seguir viéndoos? La respuesta es clara… VOSOTRAS.

Vosotras siempre fuisteis el gancho definitivo. Sois producto de un diseño de personajes perfecto. La suma apropiada de virtudes y defectos y la única razón por la que esperar los meses de verano para volver a engancharnos con la vaga esperanza de encontrar una trama de misterio que estuviera a la altura de ese suicidio de Mary Alice.

No, ese misterio a la altura nunca llegó. De hecho, se podría decir que todos los que vinieron después fueron bastante ridículos. Pero vosotras seguisteis ahí, evolucionando, aguantando todo tipo de disparates narrativos y lo que es más importante… casi nunca os traicionasteis a vosotras mismas.

La única que se desdibujó con el paso del tiempo fuiste tú, Bree. Pasaste de ser esa ama de casa perfecta a una alcohólica, asesina y ninfómana sin freno. Era el precio de ser un personaje extremo, de ser casicasi un cartoon. Era imprescindible llevarte a otros mundos, porque ocho años después no te habríamos soportado con tu pelo perfecto y tu horno escupiendo deliciosas tartas de zanahoria.

Ahora empieza un momento apasionante para todos. Llevo días fantaseando con qué será de cada una de las fantásticas (sí, lo son) actrices que os han dado vida durante tanto tiempo. Eva Longoria seguro que soñará con un futuro en el cine. Seguramente no lo consiga y si esta semana no hubieran chapado la franquicia de “CSI: Miami” habría puesto mi mano en el fuego a que “Gaby” iba a acabar sustituyendo a Horatio como jefa forense. Ya saben… una sexy, latina y sobre todo supercreíble forense.

Marcia Cross y Teri Hatcher ya manosearon el éxito televisivo para acabar atravesando durante años desiertos laborales. Es cierto que ahora son infinitamente más multimillonarias que cuando terminaron sus respectivos personajes en “Melrose Place” y “Lois & Clark”, pero no se vendrán arriba con grandes aspiraciones. Son perras viejas. Saben lo que pueden esperar y no tardarán en volver a la tele. Posiblemente lo hagan con dos shows que tendrán mucho en común… arrancarán bien de audiencia, serán cancelados en su primera temporada y aparecerán sus nombres en los créditos como “productoras ejecutivas”. Auguro que dentro de una década, Marcia Cross acabará saboreando de nuevo las miles del éxito en un nuevo culebrón deluxe. El público la redescubrirá como una supervillana a la altura de esa Madeleine Stowe en “Revenge”.

A la que mejor le va a ir sin duda es a Felicity Huffman. Lynette Scavo era el personaje más agradecido, pero también el más difícil. Y eso sólo lo podía poner en pie un monstruo como ella. Felicity se va a cascar un HBO (también me vale AMC) que se va a cagar la perra. Antes coqueteará con el cine indie como ha hecho otras veces, pero acabará volviendo a la tele y de qué manera.

En fin, si vosotras habéis tardado ocho años en decir adiós yo no quiero tardar mucho más en despedirme. Quizá no hayáis impuesto ni una sola moda como las chicas de “Sexo en NY”, ni tengáis una legión de fans freaks como “Lost”. Quizá tampoco os bañéis en los océanos de prestigio de “Mad Men”, pero habéis hecho historia y lo habéis hecho bien.

Hasta siempre.


LO QUE HAY QUE VER

12 enero, 2012

por Carlos López

Encaras la cuesta de enero con una sensación contradictoria: reconfortado porque te espera un trabajo; asustado por el trabajo que te espera. Descubres, una vez más, que este oficio es puro sísifo, te examinan cada mes, siempre eres un novato, de poco vale lo que creas que sabes si te enfrentas al folio en blanco con un gramo de honestidad. Te sientas animado ante el portátil pero te cuesta recuperar, si es que alguna vez lo alcanzaste, el ritmo de una jornada de trabajo productiva. Ya estás como siempre, esa es tu verdadera rutina: un café y me pongo, reviso el mail y me pongo, una llamada y me pongo, leo este artículo y me pongo. Navegas sin rumbo postergando la tarea y en la red te encuentras con otros en tu misma situación, presos de mala conciencia que exhiben en público sus propósitos de enmienda, que en lugar de empezar a trabajar de una maldita vez pierden el tiempo en enumerar sus buenas intenciones una por una y hasta las ordenan en forma de lista. Por todas partes hay listas. Propósitos y balances. Lo mejor del año, lo que fue y lo que vendrá, listas de nominados, listas de las mejores listas. Enero es una lista.

Está bien. Déjate llevar. Harás tu propia lista. Será tu terapia. Tu yo confieso.

Porque todas las listas te recuerdan a tu lista. La que duerme contigo. Tan tuya como tu sombra. Como una herida que nunca cicatriza. La lista de películas que deberías haber visto. No me refiero a los estrenos del mes. Estoy hablando de los grandes títulos, sobre los que has leído tanto. Y de los no tan grandes, pero que fueron decisivos para el arte y/o el negocio del cine. Y sobre todo, de los títulos de ayer mismo que están marcando la tendencia. En definitiva: esas que tú-sabes-que-tenías-que-haber-visto.

Por fortuna, en el cine no se ha llegado tan lejos como en literatura y no existe el llamado canon. No me refiero al canon digital (quietos los comentarios), sino a este otro canon: el que establece cuál es la crème de la crème en la historia de los libros. En el cine opina todo el mundo, e incluso una misma persona puede mantener una opinión diferente de una semana para otra, así que no confíes en el criterio de gurús ni de popes, ni tienes por qué creer todo lo que te quieran contar sobre las maravillas de una lejana cinematografía o de un artesano incomprendido en su tiempo y hoy considerado un mito. No está tan claro qué necesita una película para convertirse en un clásico, aparte de que pasen unos cuantos años desde su estreno. El padrino, vale. Ciudadano Kane, por supuesto. Chaplin, Keaton y Lloyd, cómo no, si deberían recetarlos en las farmacias. Baja unos cuantos peldaños (Renoir, Murnau, Lang…) y enseguida serás tú quien decida qué es un clásico y qué no. Mucha gente lo hace cada día, ¿por qué no vas a hacerlo tú? Adelante: fabrica tu propia lista.

Antes de empezar, te ataca la pereza: ¿decidir y ordenar tus propios gustos? Uf. Mucho mejor si empiezas echando un ojo a las listas de los demás. Así te harás una idea de qué se considera imprescindible.

Entras en filmaffinity, donde confeccionan una lista con las favoritas de los miembros. Muy popular el sistema, pero no ves nada que te sorprenda. Alguien te recuerda que la revista Empire preguntó a reputados críticos y lectores hace tres años para establecer cuáles eran las quinientas mejores de la historia del cine. Demasiadas. Antes de llegar a la mitad dejas de leer. ¿Algo más preciso? ¿Doscientas? ¿Pueden ser cien?

Sí, el año pasado el diario El País  encuestó a cien cineastas hispanoamericanos, que eligieron cuáles eran las películas de su vida. Con sus respuestas, el periódico publicó una lista de las cien más relevantes. Esta sí te la lees, procurando no asombrarte demasiado por las respuestas de alguno, que está en su derecho a mostrarse agradecido a sus amigos y empleadores a la hora de mostrar sus preferencias. Cuando acabas de leerla, no te lo puedes creer: las has visto casi todas. Es más, en una de ellas figura tu firma en el guión. Búscate otra lista, esta no es muy de fiar.

Enseguida te pones exigente con lo de las listas, un amago de de rigor que quiere justificar la demora en comenzar tu trabajo. Con ayuda del señor Google te plantas ante una página que ofrece Las ciento una películas que hay que ver antes de morir. Te convence su determinación para elegir una cifra exacta y un límite de tiempo para verlas, pero enseguida descubres que algo no funciona: entre ellas figuran títulos como El diablo viste de Prada o A beautiful mind, películas que a muchos les parecerán respetables, pero supongo que si te mueres sin verlas no va a caerte ninguna maldición.

Unos cuantos golpes de ratón y topas con gente más seria, que ha convertido esto de la lista en su oficio y fuente de ingresos. Con la opinión de setenta críticos –¿habrán hecho también una lista de críticos?– concluyen las 1001 películas que hay que ver antes de morir, así como suena, mil y una, como una legendaria tienda de alfombras del centro de Madrid. Si te interesa el asunto, además de la web tienes un estudio con detalle del listado en un libro y un comentario periódico que puedes seguir en su blog. Y si no te decides por qué película de la lista empezar, también te ofrecen los mil y un trailers. Hacen lo propio con discos, libros y pinturas. Ojo, todo eso tendrás que hacerlo antes de morir. Date prisa. Sólo en el terreno del cine, a tres películas semanales, necesitas unos siete años para verlas todas. Eso, contando con que no quieras repetir y volver a ver alguna de ellas, algo muy saludable cuando se trata de buenas películas. Siete años sabáticos, dedicados a lo imprescindible.

Menos mal que nadie ha hecho la lista de películas que hay que ver después de morir.

Decidido a encontrar una autoridad en el asunto, das por perdida la mañana y te zambulles en la lista que propone el American Film Institute. Una lista sesuda, en la que abundan títulos añejos (también Toy Story y una de Fred Astaire), casi todos norteamericanos, lo que demuestra una vez más que a la hora de hacer listas uno se vuelve conservador, barre para casa, sólo incluye las de siempre y, como mucho, aquellas que le deslumbraron cuando era un adolescente. Poco más. Aún así, la lees con detalle y no te lo puedes creer: ¡estas sí que las has visto todas! De dónde sacarías las ganas y el tiempo, si cuando se te desarrolló el vicio cinéfilo no existía el vídeo ni la mula, y solo había un canal y medio de televisión. ¿Pasaste tu juventud en una sala de cine? Por lo que se ve, entonces no le hacías ascos a nada, disfrutabas igual de los dramas mudos, la comedia de los treinta, el thriller de los cuarenta, los musicales de los cincuenta, Hitchcock, el polar, la serie B… Lo veías todo. ¿Significa eso que ya has visto todo lo imprescindible? Entonces, ¿estás a punto de morir?

No seas tan presuntuoso, por favor. Con las buenas películas que te quedan por ver se podrían programas años de filmoteca. Además, tú mismo lo has escrito un poco más arriba: es una lista personal. Tú sabes que deberías haberlas visto. Y te avergüenzas de no haberlo hecho, por eso a veces hablas de ellas como si las conocieras, para no quedar como un idiota, eres capaz de hilar un par de obviedades a partir del trailer y lo que dijo algún crítico y con eso ponerlas por las nubes o a caer de un burro, según quien te escuche.

Olvídate de las de siempre. Vale, has visto todas las de Lubitsch, muy bien, mejor para ti, pero ¿cuántas has visto de Judd Apatow, de Wes Anderson o, cambiando de tercio, de Todd Solodnz?

No tengas miedo. Confiesa. Si alguien se escandaliza –¿cómo es posible que no la hayas visto?– dile con media sonrisa que es todo mentira, porque nos dedicamos a eso, ¿no?, mentimos, fabricamos mentiras, nos pagan por engañar, por contar una historia inventada como si fuera verdad. Atrévete a hacer tu lista. Por favor, no te pongas estupendo. Al menos, hoy no. Ya sabemos que hay muchas películas rusas, iraníes y mexicanas que todos deberíamos haber visto. Céntrate en lo que todo el mundo conoce, aunque sea de este siglo. En esas de las que todos te dicen: tienes que verla.

Ahí va. Será una lista muy marciana, pero te radiografía. Estas son algunas de las que deberías ver antes de… ¿de que acabe el año, por ejemplo?

EL MAESTRO SUECO. Empiezas alto. ¿Así que Ingmar Bergman sólo es para ti ese señor del que tanto habla Woody Allen? Tienes que reconocerlo: sólo has visto Fanny y Alexander, puede que en versión reducida. Quizá un fragmento de alguna otra en televisión, ni recuerdas de qué película. En un ataque de culpa te llegaste a comprar la edición del guión de Persona. ¿O era Escenas de un matrimonio? Por ahí anda, en tu librería, intacto, criando polvo. Ya sé, ya, Bergman es tan obligatorio, tan ilustre, tan reverenciado, que has confundido pereza y rebeldía para desistir de ver sus películas. ¿Y dices que tú te dedicas a esto?

LÍO DE RÍOS. Las has visto, sí, pero no cuenta: no eres capaz de diferenciar Río Bravo, Río Lobo, Río Rojo y Río Grande, por no hablar de Río Conchos o Río de Sangre. Son palabras mayores, amigo, nada menos que John Ford y Howard Hawks. Casi los que inventaron esto. Vale, te emocionas viendo Centauros del desierto, pero te estomaga La taberna del irlandés y El hombre tranquilo consigue aburrirte. No soportas a John Wayne. Definitivamente, nunca fuiste espectador de westerns. ¿Hace falta recordarte la larga lista de obras maestras del que es el género por excelencia? ¿Qué son todas las películas, sino westerns?

MIEDO A TENER MIEDO. Durante una proyección de El Exorcista sentiste una sombra a tu espalda. Aquello fue definitivo: desde entonces, y ya ha llovido, no te asomas a una película de terror si no es estrictamente necesario. El sexto sentido fue la última, ¿o exagero? Sólo con leer las sinopsis ya te angustias. The Ring, Dark water o Saw son para ti como cajas de antibióticos: sólo para enfermos. Lo llevas crudo: el terror se ha puesto de moda, incluso te ha tocado escribir alguna serie de miedo, perdona si te amargo la noche al recordarte los escalofríos. Maldita costumbre de escribir de noche. Maldita oscuridad de las salas. Malditos walking dead.

Y LA TERCERA, TAMPOCO. No hay excusa. Viste La Comunidad del Anillo, disfrutaste a lo grande, y eso que Tolkien duró lo justo en tu mesilla de noche. Qué gran trabajo de Peter Jackson, qué titánico esfuerzo, qué paisajes, qué derroche de imaginación, qué merecidos los Oscar. Un momento. ¿Estás de coña? ¿No? Entonces, ¿por qué te resistes tanto? Tampoco en Matrix has pasado de la primera. Ni siquiera has vuelto a ver Star Wars desde hace más de diez años. ¿De qué vas a hablar con tus colegas ante la máquina del café? No tienes por qué comprar muñequitos, ni carteles, ni coleccionar nada. Sólo verlas. ¿Vas de rarito o qué?

EL CINE DE LOS VECINOS. Entre tus amigos siempre hubo adictos a Eric Rohmer. Nunca te convencieron para acompañarlos, salvo con Cuento de verano y El rayo verde, debieron pillarte en el día tonto. Y eso que sigues convencido de que alguna de sus películas te puede enamorar: porque te encanta Truffaut, te hipnotiza Chabrol y nada desearías más en la vida que no haber visto ninguna película de Louis Malle para así volverlas a ver todas por primera vez. Bueno, también está Resnais, con él nunca te has atrevido, es como un gran cajón vacío de tu escritorio. ¿Y Godard? ¿Sabes que han pasado más de 25 años desde que lo abandonaste, tras sufrir Detective, que ha hecho unos diez largometrajes más y montones de cortos y documentales? ¿Tampoco te atrae Godard? Pero bueno, ¿tú de quién llevas fotos en tu carpeta, perdón, en tu iPad?

YO TAMBIÉN SOY FAN (SIN VERLO). De la noche a la mañana, todos hablaban de él (no sé si llamarle Kar o Wai, no sé por qué supongo que Wong es el apellido). Mejor dicho, le dedicaban alabanzas de tal calibre que daban por inaugurada una nueva era. Ya nada volvería a ser igual o –perdonadme– todo sería Wai. Quizá fue por tanto elogio a la fotografía, al empleo de la música, a la indolencia de los personajes… te volviste refractario a este admirado director, del que no has visto ni una sola película. Ni una. Ni siquera In the mood for love. Lo cual no quita para que hayas asentido frunciendo las cejas como Jeff Glodblum cada vez que alguien reclamaba tu complicidad: “Qué bonita, ¿verdad?”.

QUÉ BUENA, QUÉ BUENA. O NO. Otro caso de película-pasaporte: era necesario sabérsela para entrar en ciertos círculos. Con lo que admiraste Reservoir Dogs, con la de veces que has visto Pulp Fiction o incluso Jackie Brown, ¿por qué no comulgaste con Kill Bill? Por dios, si el cartel es Uma Thurman con traje de motera, ¿qué más quieres? La verdad es que te decidiste a ver la primera parte en televisión… y no llegaste a la mitad. Cuando te dijeron que la realmente buena es la segunda… Demasiado tarde. Te has atrevido a ir de sobrado por ahí, haciéndote el interesante porque no te gusta lo que todo el mundo idolatra, que sabrás que es la forma más tonta de ser un snob. Lo más honesto es verla. Entera. Y después, hablas.

HÉROES Y VILLANOS. En esta estación has perdido todos los trenes, uno detrás de otro. Un poco de mala suerte, es verdad: fuiste a ver las películas sobre personajes de Marvel, la mayoría poco defendibles; y te has perdido las adaptaciones de comics recientes, probablemente las mejores. Watchmen fue estrenado con grandes fanfarrias, no te hubiera costado mucho pasar por taquilla. No lo hiciste con Sin City, ni con Iron Man, ni X Men, ni Blade, ni Hellboy, ni The Crow… ¿Que no tienen nada que ver? Todas tienen algo en común: no las has visto.

NO TE LO VAN A PERDONAR. Last but not Lost. Esto no se lo van a creer. ¿No has visto Perdidos? ¿Ni un capítulo completo? Más de un amigo podrá testificar: has opinado sobre la serie, te has atrevido a participar en un foro en el que los seguidores se pegaban por el final. En fin, da igual, sabes que alguna vez tendrás que sentarte a verla del tirón. Y lo mismo con The Wire… Sí, sí, no vale sólo con la primera temporada: debes de ser el único guionista vivo que no la ha visto enterita. Lo de vivo quizá sea una exageración.

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Podrías seguir y seguir. Y después, ya puestos, jugar a otras listas: las que te gustaría volver a ver; las que realmente te movieron a dedicarte a este oficio; las que te da vergüenza reconocer que has visto y que te gustan; las que no entiendes que se consideren clásicos; las peores películas que jamás has visto…

No. Ya está bien. Trabaja. Vete al cine. Deja que los demás hagan pública su propia y vergonzante lista de películas que deberían haber visto. Si se atreven. Si quieren.


FLASHBACK: “SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

25 septiembre, 2011

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 9 de diciembre de 2010)


LAS NOVEDADES USA 2011/12

25 mayo, 2011

Por Chico Santamano.

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ACTUALIZACIÓN: Cuando me enteré de que la Mtv iba a hacer una adaptación televisiva del CLASICAZO ochentero “Teen Wolf” salté de alegría. Al ver el trailer no encuentro ni rastro de la peli original. Cero comedia, cero california, cero basket, cero buen rollo… 100% CREPÚSCULO.

DICTAMEN: Por favor, que un lobo me muerda…  ¡Y me mate!

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Los upfronts ya están aquí. Este año la tele americana parece haber superado al fin que la “Edad de Oro” ya pasó.

Adiós, “24”. Adiós, “The Shield”. Adiós, “The Sopranos”. Adiós, “Sexo en NY”. Adiós, “Friends”. Adiós, clásicos… Borrón y cuenta nueva. Afortunadamente, se han propuesto dejar de intentar una y otra vez dar con el nuevo LOST (o al menos no de una manera descarada).

Me he empapado bien la lista de novedades y con sólo echar un vistazo podemos decir que para 2011/12 tenemos dos tendencias claras clarísimas: por un lado “masiva presencia de protagonistas femeninas” y por otro “realidades paralelas”. Esto es lo que se llevará después de verano en nuestras carpetas de descargas, amigos.

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Antes de echar un ojo a los trailers más destacados, quiero que vean uno en concreto… Si alguien se atreve a decir que en España hacemos MIERDA, que le dé al play a esta promo. ¡HORROR!

DICTAMEN: ¿Cuándo dio Alfonso del Real el salto a Hollywood y por qué nadie había dicho nada?
DICTAMEN II: ¡Esas cejas del negro! ¿Quién diría que se iba a convertir en travesti?

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Como les decía, la series protagonizadas por mujeres vienen pegando MUY fuerte. La pesada creadora de “Anatomía de Grey”, Shonda Rhimes nos trae otro de sus pesados productos. ¿Médicos macizos? Esta vez, NO. Ahora nos encontramos ante una especie de “24” femenina trufada con “El ala oeste” y cierto halo de chichinabismo.


DICTAMEN: No cuentes conmigo, Shonda. 

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La moda “Mad Men” nos trae azafatas en esta espectacular recreación de los años 60 en la compañía aérea “PAN AM”. ¿¡Cuánto habrá costado este piloto!?

DICTAMEN: No, en serio… ¿Cuánto ha costado?

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…y chicas sexys vestidas de conejitas enamoradas de un Don Drapper de palo que da bastante pereza (todo sea dicho).


DICTAMEN: Lo dicho… Bastante pereza. 

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Por supuesto, este año también tenemos chicas cantantes. Glee abrió la veda. Spielberg (que produce) no ha querido quedarse atrás… A lo “Flashdance”, pero cantando.

DICTAMEN: Ojo… podría convertirse en un guilty pleasure. 

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Y ya estaban tardando. El remake de “Los ángeles de Charlie” al fin vio la luz. Nuevos aires para la franquicia. ¿Se acuerdan de Nikita? Pues esto lo mismo, pero multiplicado por tres.

DICTAMEN: ¿Qué necesidad había de esto? 

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Otra chica. Esta se va a vivir con tres tíos. Les advierto que ella, Zooey Deschanel, es mi novia actual y no pienso consentir crítica alguna. Este es el tráiler más divertido, entrañable e increíble que se haya visto nunca.

DICTAMEN: Este trailer me hace sentir muy bisexual (como mínimo). 

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Y esta chica se va a vivir con su abuela y descubre que su grupo de amigas son unas brujas. Es decir, “Gossip Girl”, pero con poderes y sin limusinas…

DICTAMEN: ¿No tuvieron suficiente con Jóvenes y Brujas?

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Y otra pedorra más que descubre la sutil diferencia entre el mundo de la realidad y el de los cuentos. Dicen ha sido creada por los guionistas de Lost. Otros malvados aseguran que la han creado los guionistas de los PEORES capítulos de Lost.

DICTAMEN: El concepto “Grandes Relatos Telecinco” llevado al máximo. 

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Y seguimos jugando con la realidad y el mundo de los cuentos. Esta vez ¡SORPRESA! protagonizada por un tío y con el sello de dos de los guionistas de Buffy y Angel. Los Grimm son tipos que pueden ver la maldad de los cuentos en nuestro mundo y el prota es uno de ellos. Esta reconozco que me pone un poco…

DICTAMEN: El rollo trama episódica a lo “Supernatural” me echa para atrás… pero… ñe… Lo mismo cae.

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Más realidades paralelas. Un policía, con un aire a “Warlock, el hechicero”, tiene un accidente de coche con su mujer en el que muere su hijo. Al día siguiente, cuando despierta, es su mujer la que murió en el accidente y su hijo está vivo. ¿Cómo se puede convertir esta premisa en una serie? Ni idea oiga.

DICTAMEN: Tanta intensidad…  para que me acabéis haciendo un Fringe. No, ¿eh?

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Steven Spielberg no sólo hace chorradicas como Smash o Indi IV. También nos trae esta serie mastodóntica poblada de dinosaurios, que recuerda bastante a AVATAR y que me hace temer un desarrollo a lo Seaquest. Esperemos que no se parezca a ninguna de las dos.

DICTAMEN: La espero con el volumen bien alto y una bolsa de pipas saladas.

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Y J.J. Abrams no podía faltar. El Spielberg de la tele nos trae dos series a falta de una. Si echan de menos Lost, 4400 o The Event, puede que “Alcatraz” sea una buena metadona

DICTAMEN: Mierda… soy esclavo de este tío. Hay que verla.

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…y si les apetece ver una versión larga de la saga Bourne, el bueno de J.J. se ha unido a Jonathan Nolan para regalarnos esto (que arranca MUY “Collateral”)…

DICTAMEN: Mierda… soy esclavo de este tío. Hay que verla…
DICTAMEN II:  Aunque el drama-queen de Caviezel y el rollo falsosesudo-todoloverbalizo de Nolan me echan un poco para atrás.

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Y en un año tan dominado por las mujeres, no podía faltar una comedia en la que tres hombres reclaman su sitio en el mundo. Algo así como “Todos los hombres sois iguales”, pero a lo Apatow e incluso con cierta gracia.

DICTAMEN: ¿Dónde están las comedias este año? Me la juego con esta, peroooo…

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Y otra de tíos reclamando su sitio. Esta vez, el actor calvo con más pelo del mundo se enfrenta a la paternidad del Siglo XXI.

DICTAMEN: ¿Demasiado noventas, no?

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HBO se la juega a reparto de relumbrón… Dustin Hoffman y Nick Nolte en LUCK. Los que la han visto (en el último párrafo entenderán de qué hablo) dicen que es pelín lentorra, pero ¿quién puede tener prisa cuando escucha hablar a Hoffman en V.O.?

DICTAMEN: A Asesino en serie seguro que le gusta.

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Y en el terreno de animación, FOX (la cadena más facha, pero con dibujos más irreverentes) apuesta por dos novedades. La adaptación de la peli indie más sobrevalorada de la historia: Napoleon Dynamite…

DICTAMEN: Lo mismo tiene algo más de ritmo que la peli original. Es más… lo mismo tiene ritmo.

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…y esta que parece algo así como un biopic del Señor Galindo (el de “Crónicas Marcianas”) dibujado por Jordi Lavanda.

DICTAMEN: Casi seguro que no la veré, pero el prota tiene un potencial gigante.

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Y la semana que viene… Bah.. No se lo van a creer, pero en Bloguionistas tenemos un infiltrado AHORA MISMO en los screenings de L.A… Si no saben lo que es eso, es algo así como el mercadillo donde ejecutivos de las cadenas de todo el mundo van a ver en primicia mundial todas estas series para comprarlas para sus parrillas. Crónica trufada de fotos sobre cómo es ese mundillo. Lo nunca visto… la semana que viene en Bloguionistas.

No se lo pierdan. ¡Lo mismo es interesante!


“SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

9 diciembre, 2010

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.


BUENAS NOTICIAS PARA TODOS

19 noviembre, 2010

Por Guillermo Zapata

Había pensado escribir un texto sobre Misfits, la serie Británica que esta semana empezó su segunda temporada. La serie que deberíais estar viendo ahora mismo. El problema es que ese texto terminaría con una especie de absurda plegaria preguntándome porque demonios no existe una serie como Misfits en la televisión de nuestro país. El texto tendría ese tono llorica y autocomplaciente que termina por resultar inútil de pura repetición.

Hablemos de otra cosa. Hablemos de cosas buenas que pasan. Hablemos de Museo Coconut.

La existencia de una serie como Museo Coconut en las parrillas de nuestra televisión es un milagro. No es que la existencia de Muchachada Nui (y antes, de La Hora Chanante) no fuera un milagro también. Pero era un milagro de otro tipo. Quizás perdimos la oportunidad entonces de hablar de esos milagros, hablemos de éste.

No voy a intentar desmontar algunas de las críticas que he leído sobre el programa. Empezando por el sempiterno “yanoeslomismo” que una parte del público lleva enarbolando desde, me temo, el programa dos de La Hora Chanante (“Ah, el programa uno de la Hora Chanante, eso si que era un programa, pero ahora en el dos… yanoeslomismo) es inútil para cualquier análisis y tan grotesco como esas personas humanas que después de perder las sensibilidad en los dedos de escribir en su foro favorito que el final de Lost era una puta mierda, corren ahora cual gacelas a por la sexta temporada en Blu-Ray como si no hubiera un mañana. Así que pasando del “yanoeslomismo”. En los comentarios, si quieren, indican su crítica favorita.

Centremonos en todo lo demás. En lo bueno. En lo que nos hace GOZAR.

Museo Coconut maneja unas diecisietemil formas distintas de humor en cada programa (Hay quién ve ésto como un problema) Desde el chiste en su forma más clásica, al humor por la vía de la tensión, a la vergüenza ajena, a la trama surrealista, al slapstick, al humor de cartoon, a la animación y suma y sigue.

Museo Coconut dura lo que tiene que durar. Por fin existe una sitcom con formato de tal en una cadena en abierto.

Museo Coconut es una serie compacta. Puedes gustarte más o menos, pero es una serie en la que todos y cada uno de los miembros del equipo delante y detrás de las cámaras van en la misma dirección. Hay una coherencia casi autoral en la estética, el ritmo, las interpretaciones, las tramas, etc.

En apenas cuatro capítulos han conseguido hacer reconocible y consistente un universo estético. Si pensáis que eso es fácil… os equivocáis. Servidor percibe esos niveles de coherencia incluso a los temas que componen la serie (He llegado a pensar e incluso elaborar unas notas sobre el capítulo dos como relato surreal antirracista. Si, ya, no os preocupéis que ya se me pasa) Empezando por la construcción social de la fama o las hostias a las formas habituales de conjugar el poder más perverso de la cultura, especialmente “el compromiso social”.

Pero quizás lo que me resulta más apasionante del visionado de cada capítulo es que se trata de un humor que es consciente de los código del humor y que, haciendo explícitos esos códigos, consigue producir el humor mismo. Antes de que empecéis a pensar en lo que me he fumado mientras escribo ésto, voy a un ejemplo concreto.

Cuando uno ve un capítulo de, por ejemplo, Aída o por poner otro distinto que juega en la misma liga, Frasier, los personajes son inconscientes de que esos diálogos y esas situaciones existen para producir humor. Las dicen de la forma más natural posible (cada uno en su registro) e intentan construir una coherencia. Esto no pasa en Museo Coconut.

Cuando en el capítulo uno un caballero tartamudo entra en la oficina del director del museo, todos sabemos lo que va a pasar a continuación, lo hemos visto cientos de veces. Y la situación se desarrolla tal y como la esperamos, pero llega un punto en el que la situación se ha extendido tanto en el tiempo (El tartamudo que habla y habla y el director que no le interrumpe por educación, pero ya no puede más) que el humor juega con la propia situación humorística en sí, llevándola al paroxismo.

Pero lo que más me gusta de Museo Coconut es que está funcionando. Que su audiencia permite cuestionar los lugares comunes de aquellos que pretenden determinar “lo que funciona y lo que no funciona” en televisión. Y eso es una noticia excelente. El tipo de noticia que puede hacer que quizás, en algún momento, puede existir en la televisión española una serie como Misfits.


LA CITA CON CUSE: LOS SECRETOS DE LOST (y II)

27 octubre, 2010

Por Chico Santamano.

[Viene de LA CITA CON CUSE: LOS SECRETOS DE LOST (I)]

Parte de la grandeza de LOST es la revolución internetera que generó involuntariamente a su alrededor. Sin ánimo de lucro para algunos… otros han ganado MUCHA pasta a costa de esta y otras ficciones yankis, se ha creado toda una industria que trabajaba de madrugada para que el público en general y los guionistas hipócritas-que-criticamos-al-mismo-tiempo-que-descargamos en particular pudiésemos tener el episodio a la mejor resolución y con subtítulos de calidad digna en tiempo récord.

Así que, para devolverle el favor a los duendes misteriosos que subían todos esos capítulos durante seis años, yo les subo la master class con los high lights de Cuse. Favor por favor…

Al lío…

Para empezar, algunos datos técnicos que quizá os interesen. El equipo lo componía 425 personas. El trabajo se repartía en dos unidades. La principal que trabajaba en cada capítulo durante 8 días y una segunda unidad que dedicaba 2 días para rodar en localizaciones no principales.

 

Fundamental. Los actores no improvisan nunca. Estaba terminantemente prohibido cambiar una sola línea de texto en el set. Cuse, con toda la razón, defendía que las estrellas tenían los guiones con la suficiente antelación (una semana antes) como para hablar con ellos si creían que una frase no iba con su personaje. Una vez que el actor pisaba el plató se acababa el tiempo de negociación y la improvisación se convertía en el mayor de los delitos.

 

Los actores se enfrentaban al rodaje sin haber hecho ensayos ni lecturas previas. El único ensayo del que disponían eran los teatrillos que se montan antes de dar acción para ir colocando luces y cámaras.

 

Cuse defendía la PRESIÓN como la mejor aliada del guionista. Aseguraba que el cerebro humano rinde más y mejor con tensión que sin ella. Para ilustrar esta tesis recordó la huelga de guionistas de 2007. Todo el mundo creyó que con la profesión en casa y sin nada que hacer se crearían los mejores guiones de la década. Las historias más mimadas, trabajadas e inspiradas gracias a la cantidad de tiempo libre que tendrían los escritores… y nada más lejos. Lo que pasó es que sin la tensión por los plazos de entrega, los guionistas no hicieron absolutamente nada. Viajaron, pasearon, se enamoraron y se dieron de baja en una compañía de ADSL para irse a otra, pero no escribieron nada reseñable.

 

Una de las señas de identidad de LOST era esa enigmática cabecera. Nunca antes se había hecho nada igual… tan corta, tan raquítica, sin créditos del casting ni del equipo técnico… Después muchas series copiarían el concepto de cabecera fugaz, pero antes de llegar a ese ejercicio de síntesis, ¿qué habían pensado hacer? Pues una más tradicional. Donde nos mostrarían los lugares de origen de los protagonistas en su ausencia. Buzones rebosantes de correspondencia, jardines mustios porque su dueña no los ha regado o tarea acumulada en una mesa de oficina. Una cabecera similar habría costado unos 50.000 dolares y por ahorrar se quedaron con esa cartela hipnótica hecha por el propio JJ Abrams en su mac. Cuse reconoce que es muy cutre y que hay webs que se dedican a criticar que sea el render más cochambroso que se haya hecho nunca en Hollywood. Con el tiempo se plantearon hacer un 3D algo más limpio y elaborado, pero ya era demasiado tarde. La cartela era una seña de identidad de LOST tan importante como sus personajes.

 

En un momento dado, la cadena les pidió que fuera cual fuese el misterio de la isla los orígenes fueran puramente NATURAL/REALISTA. Es decir, que tiraran más de la ciencia que de lo sobrenatural. De ahí se entendería la creación de la famosa Iniciativa Dharma y sus experimentos. Pero al final, el chocho que montaron fue tan gordo que tuvieron que apelar a los Jacobs y antijacobs. Esto último es una conjetura mía, ojo. Según Cuse desde el principio quisieron un final espiritual, porque sabían que no podían justificar todo científicamente.

 

Sobre la piratería que tan presente ha estado en el fenómeno Lost, Cuse asegura que es imposible hacer series tan buenas gratuitamente. Las series, como todo, cuestan dinero y si el público quiere shows con un nivel técnico y artístico como el de “Perdidos” debería ser consciente de que ha de pagar aunque sea un mínimo.

 

Uno de los guionistas le preguntó qué opina sobre las oportunidades que dan las nuevas tecnologías para crear su propia serie de espaldas a las cadenas y distribuirla (y monetizarla) él mismo a través de internet. Cuse se mostró reacio asegurando que es un esfuerzo tan titánico que no tendría tiempo para hacer lo que realmente le gusta y quiere hacer que es ESCRIBIR. Contó que James Cameron, tras el bombazo de Titanic, ya intentó producir y distribuir su propia película. Le llevó dos años negociar con mil y un agentes del proceso hasta que se dio cuenta de que él solo no podía con semejante tarea y estaba desatendiendo el producto que era lo que realmente le apetecía hacer.

 

En contra de lo que hicieron los Wachowski con Matrix (y sus videojuegos, cómics, animatrix…), Lindelof y Cuse tenían muy claro que bajo ningún concepto usarían los productos periféricos de la serie para dar respuestas. No podían exigirle al espectador que fuera de allí para allá en busca de respuestas. Si algo era fundamental para entender la trama nunca se daría ni en un videojuego, ni en un webisode, ni en webs de corporaciones ficticias, ni en un posible comic… Personas muy malas y de dudosa ética creerán que las respuestas no las dieron ni en la misma serie, pero eso ya… cada uno que piense lo que quiera.

 

Hablando del videojuego. Nunca les gustó el que se hizo. Ellos apostaban por algo con más acción, más aventura, pero la empresa que adquirió los derechos aseguraban no tener la tecnología suficiente como para llevar a cabo lo que Lindelof y Cuse demandaban. Eso les enseñó que nunca más venderían una licencia sin estar seguros de que la empresa estaría a la altura del producto.

 

Los guionistas de Lost usan el Final Draft como procesador de textos y todos tienen Mac.

 

Un pequeño inciso. A Carlton le escoltaban dos banderolas ilustradas con su cara y los logos de los organizadores. Bajo el logo de la SGAE aparecía esto: 111@360º. Perdonen mi ignorancia, pero ¿alguien sabe qué coño significa?? ¿Un nuevo misterio de la isla quizá?

 

Sobre el poder de los guionistas en USA dijo que allí se hace la mejor ficción del mundo precisamente porque son ellos, los guionistas, quiénes tienen el control de las series. Por suerte, en este santo país, cada vez son más los guionistas que ejercen como productores ejecutivos. Ahora sólo hace falta que las teles les dejen trabajar con cierta libertad.

 

 

Al finalizar la cuarta temporada, el equipo de guionistas de Lost dedicó un mes sólo en pensar cómo y de qué manera serían los viajes en el tiempo en la isla. En torno a estos saltos temporales se explicaría la historia más reciente de la isla y se articularía toda la mitología.

 

Como se podrán imaginar, no podían sobrepasarse con las palabrotas más allá del famoso “son of a bitch” de Sawyer.

Sin embargo, en determinadas secuencias donde querían impregnar ese ambiente de tensión y malrollismo en el rodaje, llenaban las descripciones de la acción de tacos; se le cae la puta pistola, el cabrón del coche no arranca, dispara a esa zorra… Un truco como otro cualquiera para transmitir determinadas ideas al equipo técnico, ¿no?

 

 

Y ahora la chicha… ¿CUÁNTO COBRAN LOS GUIONISTAS DE LOST? Pues bien… 32.000 $ es el mínimo que se cobraba por guión. Cuando lo dijo me quedé a cuadros. Teniendo en cuenta el presupuesto de sus episodios y sobre todo la cantidad de cientos de millones de dolares que genera esta serie por temporada me parecía una purria. Eso sí… Luego Carlton empezó a añadir extras. Eso es lo que cobran los escritores que se llevan un capitulito a casa para desarrollarlo. Por otro lado, los guionistas “asalariados” cobran unos 5000 $ a la semana. Si eres “editor” te llevas un plus de 12.500 $ por episodio. Y si además eres productor ejecutivo (show runners) como Cuse o Lindelof estos se metían un extra más de 40.000 $ por episodio. ¿Está bien, verdad? Pues miren ustedes que a mí todavía me parece poco. Insisto… estas series generan millones y millones de dolares por semana. Como ejemplo de cifras desorbitatadas, Carlton sacó a la palestra los 80 millones de dolares que la Fox paga a Seth Macfarlane (Padre de Familia). Claro que este produce tres series, escribe guiones, pone voces… ¡Muy merecidos!… ejem.

 

 

Seguimos hablando de pasta. Los actores cobran por todos los episodios… AUNQUE NO SALGAN. Lost no sólo innovó con su raquítica cabecera. Por primera vez en las series todos los personajes no salían en todos los capítulos. Daba igual lo protagonistas que fuesen. Jack se podía tirar dos episodios sin salir tan ricamente. Al principio, esto provocó problemas con las estrellas, ya que todos los miembros del reparto pensaban que realmente ellos eran los protagonistas de la serie y no entendían nada cuando en algún episodio no les sacaban. Una vez que asumieron la dinámica de LOST todo volvió a su cauce. En el caso de Claire, personaje para el que no tenían ninguna chicha en la quinta temporada, la pagaron para estar en casa tocándose el aparato genital y no fichara por otra serie, puesto que sí que la necesitarían para la última entrega. Con Rose y Bernard, tres cuartas partes de lo mismo, cerraron un sueldo simbólico para asegurarse que aparecerían las veces que se necesitase por guión.

 

 

Para acabar, una curiosidad… según el reglamento antiviolencia de la tele americana un personaje no puede ponerle una pistola en la cabeza a otro en una serie familiar. ¿Qué se hace entonces? Ponérsela en el cuello. ¿A que les viene a la memoria mil veces esa imagen tan típica de pistola en el cuello apuntando hacia la mandíbula? Pues ya saben por qué es.

 

Y hasta aquí el repaso de lo que dio de sí la master class del bueno de Carlton Cuse. ¿Creen que esto vale los 180 euros que pagamos cada uno? No hace falta que contesten.

La semana que viene les espero con un tema muy muy muy fuerte y muy controvertido. Ya saben… ESO de lo que todo el mundo es consciente… ESO que está pasando en el mundillo y nadie se atreve a decir.

 

PUM!
LOST

 

(En realidad es mentira. No tengo ni idea de lo que escribiré, pero estoy opositando para ser el alumno más aventajado de Carlton Cuse)


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