GUIONISTA EN UN JARDÍN

16 mayo, 2017

Escribo este post a raíz de un debate surgido en Twitter por un texto publicado aquí (no lo enlazo porque el autor expresó que no quería que se le diera más repercusión). Un debate que versó sobre los límites del humor. Creo que siendo guionistas es un tema que nos afecta directamente. Sobre todo, claro, a los que escribimos comedia. Así que voy a aprovechar mi oportunidad. Voy a dar mi opinión. Me voy a meter en ese jardín. Que no nos pase ná…

Empezaré diciendo que mi opinión sobre los límites del humor es la misma que expresó muy bien David Broncano aquí:

No creo que existan esos límites. Pienso que se pueden hacer chistes sobre cualquier tema. Cualquiera. Porque, si hay que poner límites en el humor, la pregunta clave no es dónde ponerlos, es quién los pone. ¿Tú, yo, el gobierno, las ONG, la Iglesia, un juez (esto no nos está funcionando bien, por lo que sea)? Así que sí, aguantemos las ofensas. Como se dice en el video, si te ofende un chiste, te tienes que joder.

Creo firmemente que soportar que nos ofendan las ideas de los demás es el precio que pagamos para que los demás tengan que soportar que les ofendan las nuestras. Creo que así es como funciona la verdadera libertad de expresión. En dos direcciones. Siempre. Por supuesto, se puede criticar cualquier chiste, cualquier idea, cualquier cosa, siempre que no se entre en la descalificación, el insulto o el acoso, justo como no se está haciendo por todos los bandos imaginables en las redes sociales. (La izquierda, la derecha, da igual. Todos organizan sus cacerías contra lo ofensivo) Sí, se puede criticar cualquier idea. También las nuestras. También las tuyas. También esas que, cuando alguien las critica, tanto te molesta. Esas que te parecen incuestionables.
Para la comedia no existen ideas sagradas que se deban respetar. Ninguna. Porque la comedia es precisamente lo opuesto a lo sagrado. Lo opuesto a lo solemne. La comedia (creo) debe ser libre siempre. Y todo lo incómoda que se quiera cuando se quiera. Aunque a los que incomode sea a nosotros. A mí.

Este asunto de los límites del humor ha vuelto a resurgir con fuerza gracias a lo que se ha dado en llamar la cultura de lo políticamente correcto. El fenómeno se basa en gran medida (hasta donde yo sé, sin ser experto en lingüística, conste) en la hipótesis de Sapir- Whorf, que establece que existe una relación directa entre el lenguaje y pensamiento. Resumido: así hablas, así piensas. Con el tiempo esta correlación se ha aceptado también para el resto de la cultura, que ya no se ve sólo como fruto de la sociedad de la que nace, sino como un factor decisivo para la conformación de esa misma sociedad. Según esta visión los chistes racistas, por ejemplo, no son sólo el reflejo de una sociedad racista, sino uno de los mecanismos de ésta para apuntalarse. Y hay quien llega a afirmar que, de ser eliminados con las demás muestras culturales de racismo, la sociedad dejaría de ser racista en algún momento.

Bien, esta teoría es respetable. Plausible incluso. Pero es una teoría. No está demostrado en absoluto que el lenguaje condicione todo nuestro pensamiento. Ni que, cambiando la cultura, cambie la sociedad. Y el motivo fundamental por el que lo políticamente correcto está afectando a la libertad de expresión es porque no considera que su hipótesis de partida sea eso, una opinión. Lo considera una verdad firme. Así, se cree, sin lugar a dudas, que un chiste machista propaga el machismo. Que un chiste homófobo apuntala la homofobia. Que un chiste sobre el Holocausto colabora con el anti semitismo. Sin matices, sin tener en cuenta al emisor del chiste (ni a su receptor) porque es el lenguaje (el chiste en sí mismo) el que lleva la carga opresora en su ADN. Siempre y en todo contexto ese chiste es nocivo. La gran cantidad de casos polémicos que hemos visto últimamente (Guillermo Zapata, Cassandra Vera, César Strawberry, Dani Rovira, Pérez Reverte, etc.) siguen todos este mismo patrón de pensamiento. Opino que afirmar que un chiste racista refuerza el racismo no es diferente a afirmar que un chiste sobre Irene Villa refuerza a ETA. Pero la gente tiende a ofenderse cuando pisan su jardín, no el de los demás.

Cómicos como John Cleese o Jerry Seinfeld han declarado que ya no van a actuar a las universidades anglosajonas porque es imposible hacer comedia sin arriesgarse a algún tipo de boicot. Y, si lo pienso bien, entiendo a la gente que quiere boicotear a estos cómicos. Si piensas que un chiste que no te gusta no es malo sin más, malo por no hacerte reír, malo porque te ofende, malo porque es rancio, sino que es malo porque es perjudicial para el conjunto de la sociedad, porque subyuga a la gente débil, porque perpetua opresiones, es normal que te enfurezcas al escucharlo o leerlo. Es normal que no quieras que exista ese chiste. Igual si a mí me aseguras al cien por cien que al eliminar los chistes sobre una injusticia vamos a acabar con ella, pero seguro al cien por cien, puede que te diga: adelante. Merece la pena. Ni un sólo chiste más sobre eso. Pero las cosas no funcionan así. No hay pruebas irrefutables de que eliminando esos chistes vayamos a vivir en un mundo mejor. Es una opinión. Una hipótesis. Y cada vez más gente le dice a los demás lo que deben o no deben decir basándose en algo de lo que no pueden estar seguros.

Porque sí, siguiendo esta línea de pensamiento, se le dice a los demás que deben decir. Y es que, si ciertos tipos de chiste están mal, el que los hace es responsable de la injusticia que transmiten, aunque no lo quiera o no lo sepa. Y, si es así, tengo derecho a entrar en Twitter y llamar al que los ha hecho opresor o decirle que lo que hace es injusto, que es culpable de algo terrible. Incluso puede que se me escape algún insulto. Porque sí, estoy enfadado. Porque lo que ha dicho no es sólo un chiste, no es sólo el reflejo de una parte de nuestra sociedad que no me gusta. Lo que ha dicho perpetúa la injusticia. Es un peligro. ¿Y sabéis qué clase de cultura tiende a pensar que existen ideas que son peligrosas? La censora.

Creo que la censura no se ejerce sólo desde arriba. También viene del grupo. De la tribu. Si hago un chiste y al día siguiente tengo a dos mil personas insultándome públicamente, igual me lo pienso antes de hacer el siguiente. Y es muy posible que me lo piense no porque crea que esas dos mil personas tengan razón. Me lo pensaré porque tengo miedo.

El humor, se nos dice ahora, tiene que ir de abajo a arriba. Es decir, siempre contra el que está en posición de privilegio, nunca al revés. Me parece fantástico reírse de los privilegiados. Pero me asusta ese “tiene”. Esa obligación moral que se le impone al que hace el chiste. Ese “si no haces este tipo de humor, perpetuas la opresión”. No sólo me parece injusto. Además me parece mentira. Reírse de quien sufre más que nosotros es un mecanismo tan básico del humor que me da incluso vergüenza tener que explicarlo. Nos reímos de quien pisa una piel de plátano y se cae. Nos reímos de quien es más pobre y lo pasa mal. Nos reímos del oprimido. Nos reímos del que está enfermo. Nos reímos del que muere. Nos reímos de todo eso porque lo necesitamos. Porque tenemos miedo de que nos pase lo mismo y nos alivia no ser nosotros quienes lo sufrimos. ¿Es rastrero y miserable? Puede. Pero en eso consiste una parte muy importante del humor. Y decir que el humor “tiene” que ser siempre hacia arriba, que “tiene” que estar a favor de una causa noble, es negar una parte fundamental del mismo.

Odio la desigualdad, el machismo, el racismo, las relaciones capitalistas de poder… Y mis ideas no han cambiado en su esencia a pesar de que me he reído de los que luchan contra la desigualdad, el machismo, el racismo y las relaciones capitalistas de poder. Porque hacer un chiste, y esto es lo fundamental, no significa suscribir el mensaje de ese chiste.

“Claro, dices que es humor y así todo vale”, suelen argumentarme cuando hablo de este asunto. Y sí. Es exactamente eso. En la ficción, tiene que valer todo. Hasta lo que nos repugna. Si no, no estamos viviendo en un estado democrático con libertad de pensamiento y expresión. Claro que hay obras de ficción que tienen un mensaje que me asquea, que me parecen mierda absoluta. Y claro que se pueden criticar chistes, novelas, películas o lo que sea. Se pueden poner a caer de un burro sin problema. Eso es libertad de expresión. Pero una cosa es criticar y otra muy diferente esforzarse para que desaparezcan todas las obras que expresen opiniones que nos repelan y nos ofendan. Eso no es criticar. Eso es intolerancia.

La mejor manera, creo, de lidiar con un autor o autora cuya obra nos ofende, es no prestar atención a lo que hace. No consumir lo que produce. Intentar forzarle mediante presión social o boicots a que deje de hacerlo no es criticar. Es censura. Lo haga quien lo haga. Por muy noble que sea la causa que defienda.

No hemos llegado a ese momento de censura total todavía, pero el camino se está andando. Las redes sociales se están conformando como un espacio de presión social hacia las ideas de los demás. Desde que existen, cada vez nos exponemos menos a opiniones contrarias, opuestas a las nuestras. Seguimos a quien piensa como nosotros. Escogemos el confort de la conformidad. Y me parece que hemos perdido la costumbre de sentirnos ofendidos. Que saltamos a la mínima disensión, al mínimo desafío a nuestras ideas. Y eso, creo, nos está empobreciendo como sociedad y está minando nuestra cultura democrática.

En los años ochenta Martes y Trece tenían un famoso sketch sobre la violencia machista. Hoy ese sketch sería inemitible. Ya no nos hace gracia. La sociedad, afortunadamente, ha cambiado. Pero lo ha hecho no porque en su momento se les dijera a los humoristas que no estaba bien hacer ese tipo de humor, que ese humor perpetuaba la violencia, que lo dejaran. La sociedad no cambió desde el chiste hacia su base. No quitamos el chiste primero. Hemos tenido que cambiar la sociedad antes para que cambien los chistes después. No a la inversa. Porque si lo que quieres curar es una enfermedad, es poco práctico atacar los síntomas.

Por supuesto, este es un tema complejo, porque, como en el dilema del huevo y la gallina, nadie puede demostrar si viene antes la injusticia o su representación cultural o es a la inversa. Tampoco yo. Por eso es un tema tan polémico, que suscita tanto debate. Así que todo lo que he dicho aquí no ha sido sino mi opinión, meditada durante bastante tiempo, sí, pero mi opinión nada más.
Por supuesto, podéis reíros de ella.


SI NOS DEJAN

9 junio, 2016

Antes de empezar, un aviso a navegantes: si me conoces y eres guionista es casi seguro que ya te haya dado la turra alguna vez en un bar con lo que estoy a punto de decir. Así que puedes pasar de este artículo. No te voy a decir nada que no te haya dicho ya. Más de una vez. Sigue con tu vida. En la próxima ocasión en que nos veamos volveré a decirte todo lo que voy a decir ahora. Lo siento, por cierto. Si no me conoces, la turra empieza ya:

Qué malas son las series españolas, ¿verdad? A ver, nunca lo decimos abiertamente, porque tenemos amigos escribiendo en ellas. Pero vaya, que todos lo sabemos. Vemos “El Ala oeste”, “The Wire”, “Los Soprano”, “Mad Men” o “Breaking Bad” y después vemos lo que hacemos aquí. Y comparamos. Y, joder, qué mierda más grande… No la tuya, claro. La tuya no está mal. Tiene mucho mérito hacerla con esos mimbres… Pero las otras, uff, qué mojón… Todo es obvio, masticadito, sin intención… Todo está demasiado estirado, explicado, visto mil veces. Todo es aburrido. Y, sobre todo, todo es culpa de los demás.

Sí. Lo sabemos desde hace tiempo, ¿verdad? Que la ficción española sea tan mala es culpa de todos menos de los guionistas. Nosotros somos una pasada. Tenemos nivelazo. Pero no nos dejan demostrarlo. No paran de ponernos palos en las ruedas. Primero los ejecutivos de las cadenas. Ellos no entienden de arte. Solo quieren ganar dinero. Así que, para rellenar las dos horas de ese prime time tan largo y loco que tenemos, se gastan los euros en un solo producto en vez de en dos. Y tenemos series cómicas de 45 minutos. O dramáticas de 70 o de 90. Y mira, así no. Nuestra genialidad no puede desplegar sus hermosas plumas dentro de ese horrible corsé. Qué fatalidad.

Pero los ejecutivos de las cadenas no son los únicos que tienen la culpa. Después está el público. Ojo con ellos. Qué panda de garrulos. No tienen ni idea de nada. Sólo quieren llegar a sus casas y ver un producto mediocre que no les haga pensar, que no les revuelva por dentro. Como haríamos nosotros con nuestros afilados y brillantes guiones si nos lo permitieran. No quieren que les hagamos reír y llorar de esa manera profunda y aguda en que lo haríamos si no nos cortaran las alas. Pobres, no saben lo que se pierden…

Y luego están los actores, que son muy malos. Y los de realización, que están mejorando, pero mira, no tienen nivel, como en América o Inglaterra. Y los de vestuario, maquillaje, iluminación, atrezzo… Todos mediocres. Todos por debajo de nuestro nivel. Ay, si nos dejaran… ¡Lo que seríamos capaces de hacer!

O espera… A lo mejor no. A lo mejor si nos dejaran no escribiríamos Los Soprano. A lo mejor si nos dejaran no crearíamos a Walter White, a Stringer Bell, a Don Draper. A lo mejor si nos dejaran no haríamos que la gente se quedara boquiabierta viendo cómo un avión se estrella en una isla o contando las shakesperianas peripecias de siete reinos. Igual, si nos dejaran, no podríamos demostrar que somos todos genios. Porque, ¿sabéis qué? Es casi seguro que no lo seamos. En Estados Unidos hay unos 315 millones de habitantes. ¿Y cuántos genios están al mando de una serie? ¿Cinco, diez? ¿Veinte siendo generosos? Aquí somos cuarenta y pico millones. Los genios no podemos ser tantos. Es pura estadística.

Pero no hace falta ser un genio para hacer una buena serie, me diréis. Y tenéis razón. Para hacer una serie muy buena no hay que ser un genio. Basta con ser muy buen escritor. Pero es que ser buen escritor es muy, muy difícil. Casi tanto como ser un genio. Si lo piensas es incluso más complicado. El genio parte con una ventaja. Tiene el don. Varios ases al empezar la partida. El buen escritor, no. Tiene unas cartas más o menos buenas y, para que le salga una jugada ganadora, se lo tiene que trabajar. Para ser buen escritor hay que tener talento, claro. Pero también hay que hacer algo más.

Primero, hay que escribir. Mucho. Porque si no escribes mucho no tienes la oportunidad de escribir mierda. Y si no escribes mierda, mucha mierda, cuando la tengas delante no serás capaz de identificarla. Eso es fundamental para escribir bien, creo. Saber cuándo lo que has escrito es basura. Tener alto el listón. Muy alto. Cuanto más alto, mejor. Es muy posible que nunca llegues a alcanzarlo, que te frustres y te flageles porque lo has puesto allá arriba, en las nubes. Pero creo que allí tiene que estar. Porque si lo bajas para sentirte mejor, si te acomodas, podrás ser un gran profesional, alguien que sabe sacarse las castañas del fuego cuando le encarguen escribir un diálogo o una escaleta. Pero nada más. Y hemos dicho que íbamos a escribir Los Soprano, ¿no? Si nos dejan.

Sí, el listón tiene que estar arriba. Y aquí entra el segundo trabajo. Porque, para ser buen escritor, hace falta algo más que escribir. Creo sinceramente que para ser buen escritor o, por lo menos, intentarlo, hay que amar la cultura. Toda. No basta con que veamos una y otra vez esas películas de los ochenta que tanto nos gustaron de críos. No basta con que nos sepamos de memoria los diálogos de Tarantino. No basta con que nos peguemos maratones de series buenísimas como si no tuviéramos vida. No basta. Hay que hacer más. Hay que leer: novelas, biografías, ensayo, cómic. Todo lo que se pueda. Hay que ir al teatro. A museos. A conciertos. Hay que conocer a los mejores para (sí, lo habéis adivinado) darnos cuenta de que lo que estamos haciendo es una mierda. Para que el listón siga allá arriba.

Hace unos años, currando en un programa de tele, charlaba con unos compañeros guionistas. Hablábamos de series. Luego pasamos al cine. Alguien nombró no recuerdo qué película clásica. Y, de repente, un guionista del grupo soltó esta frase:

Yo es que no veo películas en blanco y negro.

El comentario cayó en saco roto. Siguió la conversación. Pero yo me quedé tocado. Ese mismo chaval había dicho mil veces lo que todos hemos dicho mil veces: “aquí podríamos hacer Los Soprano, pero no nos dejan”. Y me pregunté cómo pensaba ser David Chase si no conocía a Howard Hawks, cómo pretendía escribir comedia sin pasar por Billy Wilder, cómo asumía que podría escribir “Juego de Tronos” sin conocer a Shakespeare.

Sí, que las series duren más de lo que deberían durar y que las cadenas no quieran arriesgar es un problema para hacer buenas series de ficción. Y sí, una buena parte del público no quiere ver “The Wire” aunque seas capaz de escribirla (ni aquí ni en Estados Unidos, por cierto). Pero creo que deberíamos pensar bien en nosotros mismos, asumir que la excelencia es muy difícil de conseguir y que, para hacerlo, hace falta mucho esfuerzo y mucha pasión por la escritura. Y también mucha autocrítica. Porque la gente que ha creado las grandes series que tanto admirados son personas con una altísima formación y un altísimo nivel cultural. Porque para ser muy bueno no basta con desearlo o imaginar que uno lo es. Porque, quizá, un día, tengamos la oportunidad de escribir lo que de verdad queremos escribir y, tal vez, al final resulte que, cuando llegue ese día, no hagamos la mejor serie que se haya visto.

Aunque nos dejen.

Manu Martínez March.


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