Y AHORA, ¿QUÉ?

16 diciembre, 2016

por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea.

Hace ya cinco meses que acabamos nuestros estudios en el Master de Guión de la UPSA y, desde entonces, hay una sombra que nos sigue a cada paso que damos. De hecho, la muy cabrona ya empezó a seguirnos unos meses antes de acabarlo, que fue cuando la advertimos por primera vez. “Se acerca la fecha”, nos decía, “y no tenemos un plan de futuro que digamos, precisamente. Nos vas matar de hambre”. Y entonces llega el día. Acaba el Máster, y la sombra te grita al oído: “¿Y ahora, qué coño hacemos, eh, lumbreras? ¿Por dónde empezamos?”

Nosotros, aunque todavía de manera lejana, estamos encontrando la forma de enviar a nuestra sombra a tomar por culo. Porque sí: hay vida más allá de los estudiosAsí que este artículo, el primero que escribimos en primera persona, va dedicado a todos los que os podéis encontrar más o menos en una postura similar a la nuestra. Quizá, contando nuestra experiencia, os podamos ayudar en algo. Esperemos que así sea.

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Curiosamente (aunque si se piensa dos veces, es de cajón), puede que lo primero y más importante que hemos aprendido es que, para que haya vida después del Máster, es importante que ya exista durante el mismo. E incluso antes. La mayoría de los amigos que hicimos ya entraban al Máster habiendo hecho cortometrajes, videoclips, spots publicitarios… lo que fuera, pero ya escribían. Y escriben, cómo no. Nuestro caso no fue diferente. Y os podemos asegurar que ni contábamos con unos presupuestos desorbitados ni con unos medios de envidia. Lo importante no pasa tanto por ahí, sino por escribir y apuntarse a todo lo que se pueda y no cesar en el empeño.

Lo segundo es que sí, que trabajar gratis es una mierda. Estamos de acuerdo en eso. Pero hay formas y formas de hacerlo. Y, a fin de cuentas, por algún lado hay que meter cabeza. Así que, puestos a no ver un duro, que sea en proyectos propios, o de amigos que necesiten ayuda, o de desconocidos que tampoco tengan un centavo pero que tengan proyectos que realmente te apasionen. En el peor de los casos, habrás aprendido bastante por el camino. En el mejor, habrás hecho amigos, verás un proyecto acabado y surgirán las opciones de otros en los que se empieza a hablar, aunque sea de manera simbólica, de remuneración.

Sinceramente, nosotros nos hemos metido en casi todo (por no decir todo) lo que nos ha pasado por delante, y a día de hoy seguimos sin ganarnos la vida con esto del guión. Pero en la mayoría de las ocasiones los proyectos en los que nos hemos metido nos han llevado a buen puerto. Nos juntamos con un par de amigos y nos pusimos a currar en nuestra propia productora donde pudimos coescribir y colaborar de múltiples formas en el largometraje western Nubes Rojas, una película de bajo presupuesto con la que nadie ha salido de pobre, sí, pero que a día de hoy nos ha enseñado y dado más alegrías de lo que nunca habríamos imaginado. En esta época también participamos en varios videoclips y escribimos nuestros propios “Notodos“.

Después han llegado obras de Microteatro (representadas en ciudades como Valencia, Salamanca, San Sebastián y Las Palmas), un cortometraje galardonado con mejor guión en el festival CineJoven de Almería y la oportunidad de entrar a escribir en Bloguionistas. Esto último nos está permitiendo conocer a un sinfín de grandes guionistas de los que seguir aprendiendo. Hasta ahora y desde septiembre hemos publicado más de 60 entrevistas entre Madrid, San Sebastián, Sitges, Valladolid, Gijón y Ciudad de México, lo que ha supuesto un aprendizaje tan intensivo y enriquecedor como el que tuvimos en el Máster.

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Así, cada día el “qué coño hago y por dónde empiezo” se va haciendo más pequeño. Con un poco de suerte la sombra entrará en coma y dejará de perseguirnos. Si echamos la vista atrás, vemos que hay ciertas cosas que sí han funcionado. Y oye, nunca está de más compartirlas.

La primera y más palpable es que cuando te metes en un proyecto sin pasta de por medio (sea propio o ajeno) lo más importante es hacerlo siendo consciente de ello, hacerlo lo mejor posible y con la más grande de las sonrisas. No tiene sentido amargarse por algo que has decidido tú. Al final nadie te ha obligado a estar ahí, así que mientras exista el buen rollo entre todos, y puestos a hacerlo, hazlo bien. Qué menos, ¿no?

Lo segundo es que no tiene sentido agobiarse por las sombras que te hablan al oído.  No queremos decir nada que resuene a Paulo Coelho, pero la verdad es que cuando uno deja de hacerles caso y se pone a lo suyo, sin agobiarse y sin estrés, y se preocupa de lo que importa, que es trabajar y buscarse las castañas, las cosas suelen funcionan mejor.

Lo tercero tiene que ver con esa tendencia masoquista a hacerlo todo, absolutamente todo. No cerrarse ninguna puerta, por más que esté oxidada, llena de clavos y huela a tifus. Es difícil pensar, cuando uno está en producción a las cuatro de la mañana un sábado, que llevar trastos de un lado a otro te va a servir para algo. O que pasar frío en el Teruel profundo rodando con caballos es lo mejor que puede hacer uno en diciembre. Pero luego pasa el tiempo y te das cuenta que de cada rodaje, de cada experiencia, has aprendido algo que te sirve para próximos proyectos, o para ir a pedir un trabajo, o para que tu currículum destaque por encima de otros cien millones de personas que también están empezando.

Sin ir más lejos, Luis Caballero, un buen amigo guionista, nos dijo que una escuela de cine de Valencia pedían CV a la búsqueda de nuevos profesores. Decidimos probar suerte, pensando que no nos íbamos a comer un rosco, y… Atención spam rápido: en enero empezamos a impartir dos cursos de guión en Valencia, basados en y ajustados a nuestras batallitas y experiencias. Fin del spam. Puestos a ganarnos las lentejas, mejor hacerlo intentando transmitir lo que sabemos, ¿no?

Si tenemos que sacar una conclusión de este año, es que hay que hacer todo lo posible por acercarse a gente que va a poder enseñarte algo. Escribirles (con educación, por supuesto) suele ser bastante productivo, y cuando se hace con la sinceridad de buscar simplemente el mero aprendizaje o un par de consejos suele dar sus frutos. Nosotros siempre les estaremos agradecidos a Juan Miguel Company, un excelente profesor y mentor que tuvimos en la Universidad, a Ramón Alòs, el primer productor con el que hablamos en nuestra vida, confió en nosotros y nos enseñó que los productores pueden ser gente de lo más agradable, a Paco López Barrio, el guionista que nos transmitió su pasión por la profesión y nos convenció definitivamente para instruirnos como es debido y, cómo no, a Sergio Barrejón, sin el que hoy no estaríamos aquí escribiendo.

Poco más nos queda por decir, así que nos volvemos a la seguridad de publicar entrevistas. Os dejamos, eso sí, nuestras cuentas de Twitter, por si por un casual de esos habéis leído hasta aquí y queréis comentarnos cualquier cosa del artículo, o de un guión, o del curso que damos en Valencia (sí, aquí está de nuevo el spam), o de la vida, o simplemente queréis enviarnos amenazas anónimas. Eso ya, lo dejamos a vuestra decisión y fetiches personales.


CUANDO EL LOMO ENCONTRÓ AL BACON

12 enero, 2015

Por Sergio Granda. 

Sergio Granda es guionista. Estudió Comunicación Audiovisual y completó su formación con el Máster de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Como cortometrajista ha estado nominado en festivales como el de Sitges, Gijón o el Notodofilmfest. Además, escribe teatro y cuenta con varias obras estrenadas en Madrid, Bilbao o Segovia. También ha trabajado en la escritura y realización de vídeos corporativos y publicidad. 

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Una de las películas con las que mejor conecto es El graduado. Y no es que yo haya tenido un tórrido romance con una atractiva mujer de mediana edad. Ni mucho menos. Es porque define a la perfección ese abismo que se abre entre el mundo lectivo y el laboral, entre la sobreprotección que da la seguridad y el fuego real.

En mi caso, ese abismo ha sido (y está siendo) muy distinto al de Benjamin Braddock, pero al igual que él, me dio vértigo plantearme mi futuro más inmediato y creía que dedicarme a otra cosa que no fuera escribir sería perder el tiempo. Sin embargo, ahora tengo la certeza de haber sacado partido como guionista de los lugares más insospechados. Es una paradoja que me sucede desde que llegué a Madrid, en junio de 2013, tras haber cursado el Máster de Guión de Salamanca, con el único objetivo de ganarme la vida escribiendo.

El peor empleado del mes.

Fue llegar y besar el santo. Era un privilegiado. El trabajo duro había dado sus frutos: por fin, era personal de equipo en un restaurante McDonalds. Y no sé por qué pero los meses que estuve poniendo hamburguesas buscaba cualquier excusa para pensar en mis proyectos: un cliente insatisfecho era un corto para el notodo, un pepinillo mal colocado sobre la carne era un microteatro y una bronca injusta era una idea de largometraje de ciencia-ficción. Como un mecanismo de defensa que me obligaba a no olvidar que, en verdad, yo no quería estar ahí. El proceso era muy sencillo: mientras trabajaba se me ocurrían ideas para unas cuantas obras maestras. Llegaba a casa. Las escribía en el portátil. Me daba cuenta de que, en realidad, eran una puta mierda. Y las borraba.

Pues así todos los días.

Sin embargo, no fue todo a la papelera. En noviembre, poco después de finalizar ese trabajo, Vicent Bendicho, Héctor Beltrán y servidor conseguimos que nos seleccionaran un microteatro en la sesión golfa. Era una comedia negra titulada Pastel de carne, a partir de una idea de Vicent, y resulta sorprendente ver reflejado en el guión la vida de cada uno por aquel entonces. Por la parte que me toca, mi experiencia poniendo BigMacs estaba más que clara. Es curioso porque no había rastro de referencias cinéfilas o seriéfilas. Nada de True detective o Breaking bad. Sólo el tipo de trabajo que hace el común de los mortales, que tienen el privilegio de trabajar. Sin duda, era la primera señal de que aquel empleo no sólo había pagado mi alquiler.

La segunda señal tuvo su origen en un penoso eslogan: “Cuando el lomo encontró al bacon”. Sé que es lamentable. Sé que es bochornosa. Ridícula. Pero gracias a esta frase me contrataron. Éramos doce personas y cada una debía inventar una consigna para el bocadillo bretón, caracterizado por su contundente mezcla entre lomo y panceta. Los mejores serían los elegidos para trabajar en un prestigioso restaurante Pans and Company, durante la campaña de navidad. Por si alguien se ha despistado, repito: “Cuando el lomo encontró al bacon”. Os podéis imaginar el nivel. Lo jodido no fue mezclar el lomo con el bacon, sino mezclar el bocadillo bretón con una comedia romántica de los ochenta. Pero, sea como fuera, ahí estuve un mes y medio poniendo bretones, griegos, napolis, mitiks y esos asquerosos palitos de mozzarella. Y yo seguía escribiendo. En casa, en el metro y en el descanso para la comida, grababa notas de voz en el móvil con ideas para guiones y cuando las escuchaba antes de dormir las borraba sin contemplaciones, avergonzado, evitando dejar rastro alguno. Y, al igual que sucedió cuando hacía hamburguesas, aquello estaba cargado de todo lo que vivía día a día. Desde la atropellada forma de hablar de mis jefes hasta las más insignificantes traiciones entre compañeros.

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Bocadillo Bretón. Benjamin Braddock elaboró alguno en el Pans and Company.

Recursos humanos.

Durante los dos meses siguientes me gradué con honores en una materia que poco tiene que ver con escaletas y puntos de giro: entrevistas de trabajo. Y cuando digo entrevistas de trabajo me refiero a todas las posibles variantes de este concepto: dinámicas de grupo, entrevistas por parejas, individuales, habilidades comunicativas, autoventa y demás estrategias para ver qué ser humano es el más capacitado a la hora de vender seguros, enciclopedias “a puerta fría”, o atender llamadas detrás de un mostrador. Evidentemente, también mandaba mi currículum a productoras, agencias de comunicación, de publicidad, distribuidoras, revistas de cine… Y lo hacía con cartas de presentación a las que dedicaba el suficiente tiempo como para que fueran mínimamente originales. Pero nada. Nada de nada. De hecho, empecé a experimentar algo que no me había sucedido nunca. La nuca se me atenazaba, la mandíbula se ponía en tensión y las cervicales se contraían. Era la extraña y entonces desconocida sensación de no saber cómo pagar el alquiler. Así que, si no salía trabajo habría que inventarlo.

Vivíamos Vicente, Héctor y yo en un bajo en Tetuán y, junto a Alberto P. Castaños, teníamos que sacar proyectos, disparando en muchas direcciones. Escribimos microteatros, nos presentamos a concursos de guión, de realización de vídeos (incluso ganamos alguno), hicimos spots para Internet, vídeos promocionales, participamos en concursos de relatos, trabajamos en tratamientos, nos presentamos a DAMA Ayuda, fracasamos en DAMA Ayuda, fuimos a charlas de guión, hicimos el ridículo en varias ocasiones, tuvimos algún pitch, engañamos a Daniel Castro para un piloto de webserie… Y, por supuesto, escribimos mierda. Mucha mierda. Muchísima. Yo he escrito mierdas que vosotros no creeríais. Y por el camino, nos encontramos de todo. Gente que puso algún palo en nuestras ruedas pero otra mucha que nos prestó su ayuda y nos hizo la vida más sencilla, como Carlos G. Miranda, Sergio Barrejón o Bárbara Alpuente, entre otros.

Lo hicimos (y lo hacemos) porque nos encanta pero también por supervivencia y porque las entrevistas no daban resultados positivos.

¿Adivináis de qué trató mi siguiente microteatro? Efectivamente: de una entrevista laboral. Junto a David Sañudo, escribí y dirigí una pieza que programaron en Microteatro por Dinero, en Madrid, y en Pabellón 6, en Bilbao. Y uno de los personajes no lo tuvimos que inventar porque me lo encontré en una dinámica de grupo. Era un tipo real y yo había compartido media hora con él, lo suficiente como para imaginarme el resto. Sólo hubo que plagiar de la realidad.

Conversaciones con el despertador.

En aquellos días, solía hablar con el despertador. Cada mañana, mientras el ruidoso aparato gritaba las siete de la mañana, me sentaba en la cama y, completamente  despeinado, le argumentaba a aquel par de agujas por qué no quería vestirme e ir al trabajo. Sin embargo, Philips no daba el brazo a torcer y con un pitido insoportablemente constante me apremiaba para hacerme cargo de mis obligaciones. Y todo porque en marzo de 2014, uno de esos cientos de currículum vertidos a la mar, hizo efecto. Me contrataron en una oficina, para un trabajo de oficina, con horario de oficina y con un sueldo de mierda. Todo un lujo. Incluso adelgacé. Diez kilos en tres meses.

Esta era mi rutina: me levantaba a las 7:00  para poder estar a las 09:30 en el trabajo (tardaba 45 minutos en llegar en metro). Me pasaba unas nueve o diez horas allí. Sobre las once de la noche me volvía a casa (otros 45 minutos en metro). Llegaba, saludaba y me iba a dormir. Hasta que sonaba Philips, de nuevo a las 07:00. Y así otro día. Y otro. Y otro. Como un eterno y kafkiano día de la marmota. Pasaba casi más tiempo en el metro que en mi propia casa y si alguien hubiera echado un vistazo a mi DNI, habría comprobado que en domicilio constaba: Línea 1 Valdecarros-Pinar de Chamartín. Pero estaba agradecido. Porque tenía trabajo y el alquiler ya no era un problema. La nuca se destensó, las cervicales se relajaron y la mandíbula volvió a su posición original.

Justo en ese tiempo, escribí un corto de ciencia-ficción que, si todo va bien, rodará David Sañudo este mes. ¿Adivináis de qué va?

Exacto.

Microfusión.

Yo soy muy de poleo menta, de toda la vida. Pablo Bartolomé (guionista también) es más de café con leche. Largo de café, por cierto. Y cada jueves por la mañana nos juntamos en alguna cafetería para decirnos lo mal que está todo. Pero por algún motivo que no hemos descifrado, acabamos sacando alguna historia para escribir. Y siempre surgen de nuestro alrededor. La conversación de la mesa de al lado, una discusión entre camareros o, simplemente, un cambio mal dado.

En los últimos meses, Pablo y yo hemos escrito un par de obras seleccionadas dentro del programa Microfusión, organizado por ALMA. Las piezas se titularon Antojitos y La cuarta juventud y ambas nacen de conversaciones que escuchamos entre infusiones y cafés. Una embarazada devorando muffins y la confesión de un padre a su hija respecto a su gusto secreto por OBK fueron sendos puntos de partida.

Esto sucedió en el desempleo más absoluto.

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Antojitos, la típica comedia de embarazadas y viajes en el tiempo.

Epílogo.

A estas alturas os habréis imaginado que este post está dirigido a los que acaban su formación universitaria (o de cualquier tipo) y, como a Benjamín Braddock, les cuesta asomarse al precipicio.

Pues bien, os he contado mi más que prescindible desembarco en Madrid, porque hace poco un amigo me dijo que no aguantaba más. Si en 2015 no encontraba trabajo como guionista tiraba la toalla y se volvía a su ciudad natal para trabajar en la frutería de sus padres. En aquel momento no se me ocurrió, pero creo que trabajar en la frutería de tus padres no es tirar la toalla. Ni trabajar en una hamburguesería. Ni sirviendo bocatas o poniendo copas. Ni en una oficina de administrativo. Todo lo contrario. Tirar la toalla sería dejar de escribir cuando llegas a casa, después de diez horas de trabajo. Lo otro podemos llamarlo proceso de documentación. Porque si todo eso sirve de algo, seguro que es para escribir mejor.



RETRATO DEL GUIONISTA ADOLESCENTE

29 febrero, 2012

por Sergio Barrejón.

Desde hace ya unos cuantos años, para mí el mes de febrero está marcado por mi cita anual con el Master de Guión de la UPSA. Empecé dando una charla de 2 horas sobre Recursos para Guionistas en Internet. Al año siguiente la amplié a 4 horas. Al otro, aparecí con Cristóbal Garrido y Álex Montoya a explicar cómo preparamos nuestros proyectos para subvención. Al siguiente, convencimos a los alumnos de que ellos preparasen un tratamiento secuenciado y una memoria para presentar a las subvenciones a creación de guiones (hoy seguramente extintas, en la línea de decidido apoyo a I+D que viene mostrando este Gobierno).

Este año la cita fue el viernes pasado. Junto al cineasta uruguayo Carlos Morelli, monté una jornada teórico-práctica de guión de cortometraje de ocho horazas. La parte teórica la impartía Morelli, proyectando y comentando una cuidadísima selección de cortometrajes, que ilustran todo tipo de planteamientos dramáticos, problemas narrativos y estrategias de guión. Mientras tanto, yo me iba reuniendo, uno a uno, con los ocho grupos de trabajo que habían formado los alumnos para trabajar. Cada uno de los grupos había escrito un guión de corto de menos de 10 páginas, y nos lo había enviado tres semanas antes de la charla. Yo los llevaba leídos y anotados, y dedicaba a cada uno una sesión de script doctoring de unos 45 minutos.

Fue intensísimo, agotador y enriquecedor. Tanto para ellos como para mí. En primer lugar, descubrí que esta promoción del master tiene un nivel estupendo. De los ocho guiones, me pareció que tres estaban prácticamente para entrar en preproducción. Es una proporción insólitamente alta. Y en todos los guiones que me parecieron menos “redondos” podía encontrar elementos destacables: un planteamiento originalísimo, una gran habilidad para poner en juego ciertos “trucos de género”… Todos tenían algo bueno.

Pero no quiero aquí glosar las virtudes de los guiones, sino hablar de sus errores. Dicen que nadie aprende en cabeza ajena. Chorradas. Si así fuera, el drama no existiría. De los errores ajenos aprendemos tanto como de los propios, o incluso más. Porque los errores ajenos no intentamos ocultarlos bajo una capa de orgullo. Y el error más común de los guiones analizados en Salamanca (y quizá el error más común de los guiones amateur en general) era éste:

LOS PROTAGONISTAS NO CONFRONTAN A SUS ANTAGONISTAS.

¿Cuántos guiones de principiantes presentan un protagonista aislado, que apenas se comunica, que asiste a los acontecimientos de la trama como un mero testigo?

Un tipo que vive encerrado en su casa, observando el mundo a través del visor de su cámara de fotos.
Un tipo que vive obsesionado por las molestias que le produce un vecino al que nunca ve.
Un tipo que asiste a una situación absolutamente insólita e intolerable, pero la acepta sin más cuando alguien se la explica de manera poética.

La consecuencia lógica de un planteamiento antidramático suele ser el otro error más común de los guiones amateur:

LA HISTORIA ACABA DE UN ZAPATAZO.

Llega la policía.
Hay una explosión.
Alguien se pega un tiro.

Curiosamente, el zapatazo ocurre justo cuando el protagonista está a punto de abordar a su antagonista, o de enfrentar activamente los obstáculos que le separan de su objetivo.

El tipo intenta hablar con la chica que le gusta. El tipo sube a cantarle las cuarenta a su vecino. El tipo deja de correr por el bosque y decide enfrentarse a sus perseguidores. El segundo acto, vaya. Ahí, de pronto, BUM. Zapatazo y final. El Titanic se hunde antes de que Jack baile con Rose.

¿Por qué es tan frecuente este error, este terminar las cosas en el momento en que se ponen interesantes? Por un lado, evidentemente, está la cuestión de que el segundo acto es la parte más difícil del guión. Un principio original y un final de zapatazo, realmente, se nos ocurren todos los días. Y es divertido. Pero el público paga por el segundo acto. El público paga por ver cómo otras personas se enfrentan a sus dilemas. (Paga por aprender en cabeza ajena.) Desengañémonos: la gente no fue a ver Titanic porque se hundiese un barco. Eso ya se veía en el making of. Fue a ver cómo demonios lograban el chico y la chica estar juntos a pesar de todos los problemas que se lo impedían. El barco se hunde cuando llevas hora y tres cuartos en el cine. Si has aguantado allí ese rato, es porque resulta emocionante ver cómo Jack y Rose se enfrentan al problemón.

Un buen primer acto te hace preguntarte “¿qué haría yo en una situación así?”. Un buen segundo acto te cuenta qué hicieron los personajes, y te mantiene en vilo preguntándote “¿y qué pasará a continuación?”. Un buen tercer acto te cuenta una conclusión lógica, pero a la vez sorprendente, derivada de los actos de los protagonistas.

El clásico guión amateur tiene un primer acto, carece de segundo acto, y en el tercer acto te ofrece una conclusión más o menos sorprendente, pero en absoluto lógica ni derivada de los actos de los protagonistas. En el clásico tercer acto amateur, lo que ocurre básicamente es que entra el guionista y se carga a un personaje, para acabar con el tedioso esfuerzo de contar una historia de manera dramática.

Decir que “uno siempre escribe sobre sí mismo” es un cliché tan sobado como el de “nadie aprende en cabeza ajena”, pero creo que aquí viene a huevo para explicar por qué los guionistas principiantes escriben este tipo de historias. Hagamos un poco de psicología barata:

El protagonista elude la confrontación porque el guionista teme la confrontación.

Hay un tipo de guionista amateur, quizá más común en las escuelas de cine, que teme a su propia profesión. Que teme el momento de abandonar ese espacio protegido de la Universidad, de la escuela, donde “tiene derecho a equivocarse”. Que teme el momento de someter sus obras al implacable juicio del público. (El guionista sabe que el público es implacable, porque él mismo es implacable cuando ejerce de público de las obras ajenas.)

Dice Mamet en su “Manifiesto” que, para que una obra de teatro tenga sentido, es fundamental que el público pague por verla. En las escuelas de cine, es el guionista el que paga por escribir. Y sus únicos jueces, los profesores, están cobrando por analizar su obra. Es un ambiente espurio. Pero comodísimo. A la hora de juzgar un guión malísimo, el más déspota de los profesores va a ser más suave que el más diplomático de los críticos.

Y los guionistas lo saben. En este sentido, hay dos tipos de autores: los que están deseando rodar algo y presentarlo en público como sea, y los que piensan que aún no están preparados, que tienen mucho que aprender. Invariablemente, los primeros escribirán cosas más interesantes que los segundos.

Con esto no pretendo menospreciar la experiencia académica. Estudiar Ciencias de la Imagen en la Complutense me sirvió de mucho. Y no diré, como Amenábar, que “aprendí más en la cafetería que en clase”. Donde realmente aprendí fue escribiendo guiones sin pedir permiso a nadie, y grabándolos, y sobre todo, montándolos sin pedir permiso a nadie.

Creo que ésa es la clave de la madurez, ¿no? No sólo en esta profesión. En la vida en general. Has madurado cuando dejas de pedir permiso a nadie para hacer las cosas. Porque hacer las cosas sin permiso significa que te responsabilizas de ellas.

Si eres guionista, y estás estudiando en una escuela o universidad, enhorabuena. Tienes la suerte de recibir los consejos de profesionales, y de aprender en cabeza ajena. Pero nada de ello servirá si no dejas de pedir permiso para hacer las cosas, y te lanzas simplemente a hacerlas. Recuerda que, mientras tú escribes cortos para tus profesores, otros HACEN cortometrajes sin pedir permiso a nadie y los presentan al público. Sólo en el Notodofilmfest se presentan cientos y cientos de cortos cada año. Unos son buenos, otros son basura. Como los trabajos de clase. Pero los trabajos de clase no llegan al público.

Y presentar tu obra al juicio público es la esencia de tu profesión. Hazlo ya. No esperes a terminar la Universidad. No digo que dejes la Universidad. Pero tampoco dejes la vida real. Haz un corto. Equivócate. Pierde dinero. Haz el ridículo. No tengas miedo al ridículo. Es parte del trabajo. Y no necesariamente la peor parte.


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