YA NO SÉ SI SOY MACHISTA.

9 noviembre, 2016

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Socorro. Escribo guiones. Transmito mensajes a la sociedad pero no sé si mis mensajes son machistas o no.

Ni siquiera sé si soy machista yo. Creo que no lo soy, pero tengo un lío tremendo en la cabeza. Empiezo a pensar que incluso decir que no eres machista se considera machista. De hecho, cada día hay más cosas a mi alrededor que, según las opiniones dominantes, son machistas. Cada semana se descubren mil especies nuevas de insecto y un millón de micromachismos nuevos.

Pertenezco a una sociedad con milenios de tradición heteropatriarcal a sus espaldas. Intento detectar el machismo, diferenciarlo del resto de las cosas, esquivarlo… pero es como pedirle a un esquimal que contemple la nieve como si se tratase de algo extraño.

Pregunto a las mujeres, pero creo que la mayoría de ellas también son machistas. Incluso algunas feministas son machistas, o algo parecido.

He crecido en una falocracia. Ése ha sido el caldo de cultivo de mi educación.

Y el de la tuya.

Sería fácil pensar lo contrario. Mi familia materna ha sido siempre (valga la redundancia) un matriarcado. Mi madre era catedrática y jefa de su departamento, mi abuela también fue catedrática en una época en que las mujeres apenas pisaban las universidades. He crecido rodeado de hembras de carácter fuerte tomando decisiones importantes. Personajes femeninos mucho mejores que la top model calva aquélla de Mad Max 4, y mucho más creíbles. He crecido rodeado de mujeres que cobraban lo mismo que los hombres, o incluso más que ellos. He disfrutado de una trayectoria profesional en la que, la mitad de las veces, los altos cargos en la cúspide de la pirámide eran mujeres.

Recuerdo que en casa de mi abuela, en ocasiones, mi primo y yo éramos obligados a fregar los platos mientras mis primas se reían y se burlaban de nosotros por hacerlo.

Pero no nos engañemos. Esa clase de anécdotas son islotes, casos aislados dentro de un entorno en el que (uno lo va descubriendo conforme madura) las mujeres siguen sometidas a muchas desigualdades, a muchos handicaps, a muchas injusticias fruto de ideas preconcebidas, obsoletas.

El tejido de nuestra sociedad es machista incluso en las familias más modernas, incluso en los entornos más abiertos de mente, porque gravita por encima de las circunstancias concretas de cada grupo concreto. Es algo que permanece inscrito en nuestro ADN cultural.

Si os soy sincero, no sé si contribuyo o no a perpetuar toda esa mierda con mis guiones. Mi intención no hacerlo, pero como os confesaba un poco más arriba, ya no sé dónde acaba el machismo o dónde empieza el feminismo, y creo que en parte se debe a la cantidad de estupideces que se rebuznan desde ambas márgenes del río.

El ser humano, antes que machista o feminista, es gilipollas. Todos y todas. Miembros y miembras.

No me malinterpretéis: Me encanta este nuevo paradigma en el que absolutamente todo es sometido al juicio feminista. Pocas cosas hay más saludables que cuestionar lo que se da por sentado.

Del mismo modo en que las vanguardias merecen la pena porque surge de ellas un Picasso por cada mil fantoches, también compensa escuchar mil fantochadas pseudo-revolucionarias si gracias a ellas alguna mente, de vez en cuando, consigue reformatearse a sí misma y evolucionar hacia algún sitio que nos refresque a todos.

Estamos inmersos en una revolución tan lenta que sólo podrá percibirse en su justa medida cuando, en un futuro lejano, nos paremos a mirar hacia atrás. Una revolución tan lenta que, hasta que se demuestre lo contrario, el mundo seguirá siendo imbécil durante una buena temporada.

Y cuando eres escritor eso es un problema, porque se supone que escribir es retratar el mundo en el que vives, y en un mundo imbécil no siempre puedes retratar a las mujeres de forma benévola sin traicionar tu sentido de la honestidad.

Ahora está de moda crear personajes femeninos fuertes, independientes, íntegros… pero en mi entorno próximo no siempre es así. A mi alrededor hay también mujeres débiles, mujeres deleznables… y auténticas zorras.

Entramos de ese modo en el clásico debate: ¿Escribimos para retratar lo que hay o para cambiarlo? ¿Nos tenemos que obligar a nosotros mismos a incluir mujeres irreprochables en los guiones, del mismo modo en que las pelis de Hollywood incluyen jueces de raza negra?

¿Y cómo funciona eso de los personajes femeninos fuertes? A veces tengo la sensación de que muchas de esas “mujeres fuertes” del cine son en realidad testosterona con tetas.

Tetos-terona.

Bruce Willis con peluca.

También se dice que todo personaje femenino que se precie ha de tener un papel activo y determinante en la resolución de la trama. Me parece perfecto, pero creo que a veces nos obsesionamos tanto con el tema que urdimos pelis en las que Superman es rescatado por la chica. Y a eso en mi pueblo siempre se le ha llamado Supergirl, o Supermán con tetas.

La Catherine de Happy Valley. Para mí eso sí es un personaje femenino fuerte, sujeto a circunstancias e ideosincrasias femeninas. Creo que a veces confundimos ensalzar a las mujeres con… “masculinizarlas”, y eso sí que me parece un machismo chungo, una condescendencia abyecta. Opino – y tal vez me equivoque – que igualar a las mujeres con los hombres no consiste en convertirlas en machos, sino en crear una sociedad en la que la feminidad y todas sus manifestaciones no constituyan una mácula, sino un orgullo. Un orgullo cuya meta no sea destronar a lo masculino, sino bailar con ello.

Sueño con unos tiempos en los que incluir a una hija de puta en una historia no suscite lecturas sesgadas o perezosas según las cuáles estás llamando hijas de puta a todas las mujeres.

Sueño con una sociedad intelectualmente madura… espiritualmente madura… que sepa discernir realidad de ficción, e incluso analizar de forma constructiva los puentes que se establezcan entre la una y la otra…

… aunque, por otra parte, es probable que una sociedad de ese tipo ya no necesite el arte, con lo cuál mi sueño desemboca en el paro.

En otro (des)orden de cosas, creo que la hipersensibilidad de género supone más problemas guionísticos cuando te toca escribir comedia.

Los colectivos feministas se quejan de que casi toda la comedia está interpretada por hombres, y que las mujeres acaban siendo una simple comparsa. Es una queja legítima, pero cuando trabajas en contenidos de humor y deliberas sobre a qué personajes asignar cada gag, siempre acaba imponiéndose la misma limitación:

“Es que esto es gracioso con hombres, pero no con mujeres.”

Y es lógico que eso pase…

… porque gran parte de la comedia se basa en la catarsis, en transmutar en risa el sufrimiento humano, y ello implica que debes hacer sufrir al protagonista de tu relato…

… pero está mal visto hacer sufrir a una mujer…

… no es políticamente correcto…

… sobre todo si se trata de sufrimiento físico…

… un hombre recibiendo una bofetada o resbalando con una cáscara de plátano siempre es gracioso…

… pero una mujer abofeteada no hace ni puta gracia…

… sobre todo si es abofeteada por un hombre. Haz un chiste en el que un hombre abofetee a una mujer y al día siguiente te cerrarán el programa.

Si es una mujer la que abofetea a otra mujer, entrará dentro de lo políticamente correcto. Y si ambas mujeres acaban revolcándose en el barro, acabarán siendo portada del Marca.

Nuestro país está a años luz de Tina Fey. Un personaje como los suyos en España probablemente se consideraría ordinario, obsceno, fuera de lugar. Aquí queremos princesitas. Nuestro concepto de poner a la mujer en el lugar que merece pasa por cubrir los charcos de lluvia con nuestra chaqueta para que no se mojen los zapatos.

No sé cuánto de todo eso habrá en los sótanos más recónditos de mi inconsciente. Mientras reflexiono sobre ello, voy a reírme un rato con aquel momento mítico de Wayne’s World:


REBELIÓN EN LA GRANJA

11 junio, 2012

por Bárbara Alpuente.

Hay cuatro tipos de guionistas: Los guionistas que creen que hay que educar a la pobre audiencia (más conocida como “señora de Cuenca”), los guionistas que piensan que su trabajo consiste estrictamente en entretener a la audiencia sin más complicación, los que carecen de dilemas internos relacionados con su actividad profesional, y los guionistas que aseguran que hay una cifra determinada de tipos de guionistas, como si la complejidad humana que convive en este gremio se pudiera reducir a cuatro etiquetas.

En nuestro trabajo a menudo aparece un elemento que genera muchísimo rechazo: el mensaje. Eso que alguien decidió en su día que era dañino y moralista, en vez de pensar que puede ser enriquecedor y ético. E incluso que puede no ser ninguna de las dos cosas. Porque el mensaje no es un ente al margen de cada uno de nosotros, sino la evidencia de la subjetividad humana, que no puede abandonar al sujeto por mucho que éste pretenda estar por encima. Desde entonces, el pobre mensaje late sigiloso bajo la piel de cualquier trabajo creativo, atemorizado ante la idea de que se detecte su presencia.

He asistido a multitud de debates sobre la importancia o el lastre que implica el mensaje. Y en todos estos debates hay quien se declara en contra y además niega que en sus guiones exista rastro de tal estigmatizada palabra. Lo siento, no me lo creo. Hasta el “Robobo de la jojoya”, si te pones, tiene un mensaje.

En el momento en el que omites ciertas cosas, eliges un determinado perfil de personaje, un giro u otro, un punto de vista u otro, una temática concreta o la construcción de una trama, estás conformando un transfondo, una sensibilidad, una ideología, una tendencia, un punto de vista… llamémoslo como menos nos moleste, pero admitamos que se trata de un MENSAJE. Sí, con mayúsculas. ¿Qué hay de malo? ¿Qué nos da tanto miedo? Un mensaje no tiene por qué ser una doctrina, ni tiene por qué ser una obviedad disfrazada de conflicto social como hemos podido ver en (inserte aquí la película buenista que le caiga peor) Yo quiero contar algo con lo que escribo y no por ello estoy intentando aleccionar a nadie. (Excepto en este caso en particular en el que esa es exactamente mi intención)

No se trata de educar, ni de embrutecer, ni creo que se trate sólo de entretener. Hay una diferencia entre creer que tenemos poder como guionistas o creer que tenemos responsabilidad como guionistas. Y nos da tanto miedo que nos juzguen por lo primero, que preferimos liberarnos quitándole toda importancia a nuestro trabajo. Pues no, la nuestra no es una profesión cualquiera. Ninguna profesión cuyo resultado pueda incidir en otro individuo es una profesión cualquiera.

El que se dedica a diseñar zapatillas también tiene responsabilidad; no sólo las tiene que hacer estéticas, es que además debe pensar en la reflexología para no joderle la vida a nadie. ¿Nos parecería arrogante que un fabricante de zapatillas nos dijera que tiene mucha responsabilidad con sus compradores? No. Entonces, ¿por qué creemos que se nos va a juzgar si admitimos la nuestra? Porque probablemente lo que estemos haciendo con la negación es ocultar que tal arrogancia, efectivamente, existe. Aquellos que creen pertenecer a una profesión poderosa lo que intentan es que no se les note. Luego escondemos nuestros aires de grandeza tras el cinismo y la aparente modestia. “Yo sólo soy un guionista”. Evidentemente, ¿qué te hace pensar que debes aclarar eso? Pero ese “sólo” no te exime un ápice de lo que estás contando al mundo con cada una de tus palabras.

Por eso creo que hay guionistas implicados y guionistas comprometidos. El guionista implicado lleva a cabo un empleo. El guionista comprometido lleva a cabo un oficio. Aunque, por supuesto, no todos los proyectos, empresas o productores ejecutivos merecen nuestro compromiso.

Una vez escuché la diferencia entre estar implicado y estar comprometido con el siguiente ejemplo: En un plato de huevos con chorizo, la gallina está implicada y el cerdo está comprometido.

… Hay dos tipos de guionistas; los que cierran los posts con maestría y los que terminan comparando su gremio con animales de granja…

Aun así, espero que haya quedado claro mi MENSAJE.


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