¿POR QUÉ ESCRIBIMOS?

25 mayo, 2017

Por Àlvar López

Han pasado nueve meses desde que Carlos Muñoz y yo empezamos nuestra andadura en Bloguionistas. A día de hoy, hemos publicado más de 110 entrevistas. Hemos conocido a unos 150 profesionales en activo. Para nosotros, que apenas estamos iniciando nuestro camino como guionistas con el desarrollo de nuestro primer largometraje remunerado, es un aprendizaje de un valor incalculable. De cada uno de ellos hemos aprendido algo diferente: la forma de encarar la profesión, su experiencia a la hora de trabajar en equipo o las herramientas que consideran más útiles en el proceso de escritura son solo algunos ejemplos de lo que nos llevamos de cada encuentro. Pero hay un elemento que, pese a sus diferencias, une a todos y cada uno los entrevistados: su pasión por escribir.

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En los pocos meses que llevo escribiendo a diario me he enfrentado a momentos de todos los colores: los evidentes miedos tipo “no vales para esto, impostor, hay mucha gente más simpática, más guapa, que se cabrea menos con sus compañeros al defender una idea y que además tienen mucho más talento que tú” se mezclan con la dificultad que entraña enfrentarse cada día a una profesión donde las posibilidades pueden ser escasas, incluso para los más experimentados. Y no olvidemos el reto que supone encerrarse solo en una habitación durante horas y resistir la tentación de distraerse con el interesante crecimiento (estoy seguro que cada semana está más grande) de la planta de mi escritorio. Para intentar alejar estos fantasmas, de nuevo recuerdo la sensación de optimismo que me recorre el cuerpo después de finalizar una entrevista. Los guionistas que hemos conocido no escriben buscando reconocimiento (otra cosa es que, evidentemente, lo merezcan), o pensando en hacerse ricos. No, lo hacen porque no pueden hacer otra cosa, porque sienten la necesidad de hacerlo. Ahí es cuando me planto en mi habitación, me alejo del ordenador, y vuelvo a mirar fijamente mi planta mientras me hago la siguiente pregunta: ¿por qué escribimos? ¿por qué escribo?

Mi corta experiencia me dice que si he acabado escribiendo se debe precisamente a ese motivo. Siento que tengo que escribir, que en mi cabeza hay muchos conflictos y contradicciones que tienen que salir fuera de alguna manera. La que he escogido para sacarlas se cristaliza a través de un montón de palabras que se suceden en un folio en blanco. Al hacerlo, aunque el proceso pueda ser tedioso en algunos momentos, siento una liberación reparadora. Quizá no he sido todo lo sincero que querría con mi pareja, o he discutido con mi hermano por una soplapollez y no he sido capaz de pedirle perdón. Este tipo de cosas son las que existen en mi mente cada vez que tecleo, y suelen ser las que acaban en boca de uno de mis personajes, otorgándome la experiencia de vivir la escena que querría que hubiera pasado en mi realidad. Y, bien, lo mejor de todo (quiero pensar) es que después de escribirlo ya no me cuesta tanto ser sincero, o pedir perdón si me he equivocado.

Al escribir también siento que puedo dar mi visión concreta sobre una realidad con la que no estoy de acuerdo. Me gradué como periodista, y las pocas veces que he trabajado como tal siempre acabo con la sensación de que no acabo de sentirme realizado con mi labor. Ojo, no seré yo quien critiqué esa necesaria y preciosa profesión, ni mucho menos. Bien hecha tiene un enorme valor y su función de cuarto poder en la sociedad me parece primordial. Aquí solo quiero hablar de mi experiencia vital, y esta me dice que cuando he querido expresar mis molestias con, pongamos por ejemplo, los desahucios y la facilidad con la que el sistema bancario cambia sus cartas sin entender que detrás de sus números hay personas que sufren, me he sentido mucho más cómodo haciéndolo a través de un cortometraje que no a través de un reportaje o un artículo de opinión. ¿Quiere decir esto que no trabajaría como periodista? Ni mucho menos. Solo quiere decir que, aunque lo hiciera, nunca dejaría de escribir por mi cuenta.

Soy consciente de que mi situación como “guionista” (aún lo escribo así, entre comillas) está muy lejos de tener una continuidad como tal. No hay nada que me haga creer que cuando se me acabe este contrato vaya a tener otro, al menos en un corto plazo. Y precisamente por eso, quizá me ha parecido importante escribir este artículo ahora, dentro de mi situación de incertidumbre. Me gustaría que, dentro de unos años, pudiera leer estas palabras para recordarme a mí mismo que lo más bonito de escribir no tiene nada que ver con recibir una remuneración a cambio de hacerlo, o con ser más o menos conocido, o con que a mi planta le guste el resultado.

Quiero pensar que, del mismo modo que los guionistas a los que hemos entrevistado, escribiré porque siento la necesidad de hacerlo, porque al hacerlo le estoy pidiendo perdón a mi hermano o porque con ello puedo dar mi visión concreta sobre algo que considere injusto. Quiero pensar que, cuando me haga la pregunta de por qué escribo (lo haga en una sala de guionistas o lo haga en mis ratos libres de mi trabajo de panadero) la respuesta siempre será esta: escribo porque me encanta hacerlo.

Escribo porque no puedo hacer otra cosa.


MÉXICO D.F. AHORA SE ESCRIBE C.D.M.X: ENTREVISTA A LUIS GAMBOA

15 noviembre, 2016

Entrevista de Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea. Fotografías de Caridad Riol.

El nombre de la capital no es lo único que ha cambiado en México los últimos meses: la industria audiovisual mexicana está en auge. Es más, puede ser que actualmente esté viviendo uno de los mejores momentos de su historia. La entrada de nuevas productoras y agentes y la demanda de cada vez más proyectos de todos los géneros reflejan que en México hay una necesidad de contenido desconocida hasta la fecha.

Aprovechando nuestra estancia en Ciudad de México (C.D.M.X.) hemos tenido la oportunidad de reunirnos con diversos guionistas para que nos cuenten cómo están viviendo la situación actual. La de hoy es la primera de una serie que publicaremos los martes y que iniciamos con Luis Gamboa, guionista español afincado en México desde hace cuatro años. Con él hablamos sobre cómo vive y supera un guionista los miedos de empezar de cero en un entorno desconocido, su visión sobre la importancia de los contactos en esta profesión y las diferencias entre México y España en este sentido.

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Bajo tu punto de vista, ¿esta gran demanda de contenido que se está viviendo en México va relacionada con una demanda de nuevos guionistas al mismo nivel?

Aunque puede que sí sea así, no sé si es el mensaje que querría mandarle a alguien que pueda estar planteándose este salto, porque mucha gente va a tener una idea equivocada. Hay una repentina necesidad de buscar contenido, sí, pero eso no implica que estén buscando guionistas españoles. No quiero dar a la gente la idea de que se aventuren a esto, puesto que no siempre sale.

Hace dos años publicaste un artículo en Bloguionistas en el que hablabas precisamente sobre los miedos y dificultades que afrontabas al haberte mudado a México, aunque por fortuna tu situación personal ha cambiado a día de hoy. ¿Cuál dirías que es el trabajo de un guionista para enfrentarse (y superar) el vacío laboral?

La verdad que cuando llegué tuve la suerte de escribir dos telenovelas bastante seguidas, pero después hubo un tiempo en el que no funcionaron muy bien las cosas. Quizá en ese momento publiqué el artículo en Bloguionistas (ríe), por quejarme un poco supongo. Creo que en ese momento me dio por diversificar, por intentar hacer cosas distintas. Por un lado me metí en un grupo de escritores (que funcionan a modo de cooperativa) que me ayudaron mucho: roomservice (www.roomservice.mx). Por otro, retomé mi labor de periodista. Bueno, de hecho nunca había ejercido hasta ese momento como tal. Aunque estudié Comunicación, la verdad, no es lo mío. El caso es que entré a currar en una revista, en cosas de publicidad, hice hasta guiones de eventos espantosos… hice de todo, y a partir de esa variedad, de esa búsqueda, me fui ubicando y olvidando de la parte que tenía que ver más con el puro negocio. A partir de ahí empezaron a funcionar las cosas. Pero sobre todo, eso sí, hubo un cambio de mercado abismal. No es solo lo que yo hice, sino lo que se vivió aquí. Cuando yo llegué había una realidad muy marcada por las series diarias, donde siempre te decían lo mismo: “un español… no sé yo si va a saber, esto es un mundo muy distinto, con muchas diferencias, nunca podrás dialogar…”. Y de repente, hace un tiempo, se empezaron a hacer series de todo tipo. Las productoras empezaron a preguntar quién había hecho series, y empezaba a salir mi nombre. De repente, y sin buscarlo, me empezaron a llamar, empezó a haber mucho trabajo. Y a partir de ahí me pude arreglar. Eso sí, ¿cómo afrontar todos los miedos que van surgiendo? La verdad… ni idea (ríe).

¿Qué es lo primero que le recomendarías a un guionista que va a buscar trabajo a una ciudad desconocida? ¿Por dónde empezar?

En mi caso llegué aquí por motivos familiares. Mi mujer es mexicana, y su madre enfermó. De repente vinimos aquí, sin tener muy claro si era algo temporal o más fijo. Supongo que lo veíamos como algo temporal, pero ya que estábamos me propuse encontrar trabajo todo el tiempo que estuviéramos por Ciudad de México. Hay que buscarse la vida. Y bien, diría que siempre hay que buscar posibles contactos, porque si buscas siempre los encuentras. En mi caso vino de casualidad, por un amigo de España que lo conocía por algunas borracheras. En España era profesor de inglés, y aquí coordinador de guión de una serie. Creo que la situación de mi amigo puede reflejar a la perfección la diferencia entre ambos países: allí nadie le dio la oportunidad para escribir, y aquí le va de puta madre. Bien, resulta que tenían la necesidad de gente para una teleserie de casinos para Cadena 3, y ahí que entré.

Y bueno, luego hay que tirar de lo que sea, hay que buscar siempre. En el momento que te dicen que hay una actriz española aquí, quedas y desayunas con ella. Si alguien conoce a un productor, pues vas a conocerlo. Lo que jamás haces en España, porque allí estaba encantado y super cómodo de que me llamaran mis amigos para trabajar, donde entre comillas lo tenía todo más a huevo, pues aquí te toca perseguir al personal. Pero lo sentí como algo bueno, como un ejercicio para salir de mi vagancia y de hacer las series que he hecho toda mi santa vida, que podría ser que fueran mejores que las que hago aquí, pero me tocó venir por temas familiares, y uno debe buscarse la vida.

Está bien conocer esta faceta, porque la mayoría de las entrevistas que solemos hacer se centran en el proceso de escritura, pero tan importante es escribir como este proceso del que hablas de buscar contactos, de hacer amigos dentro del sector.

Sin duda alguna. Yo soy bastante tímido, y en su momento llegué acomplejado aquí, cosa que no era buena. En México las relaciones públicas son muy importantes, mucho más que en España, diría yo. Aquí tienes que perseguir a la gente, de manera literal. Y ahora ya no tanto, que el mercado está mucho más abierto y afortunadamente de vez en cuando alguien llama, pero en su momento nadie quería al españolito. Sin exagerar, tampoco ningún drama, pero sí que te miraban de lejos. Aquí la gente de cine si has hecho televisión te miran como si fueras muy poca cosa. Yo llegué aquí con mi background de series españolas. Eso a ellos no les suponía mucho. Ellos hablan de Almodóvar. Así que te toca tragarte la timidez. Iba a las productoras, les enseñaba mis trabajos, les hablaba de mí, de mis ideas, e intentaba agradar al personal. Y finalmente fue en televisión donde me acogieron.

Al final, más allá del talento de cada uno, parece que el guionista que lo puede tener más fácil es aquel que se traga la vergüenza y busca contactos.

Joder, es que eso es obligatorio. Siempre hay que buscar a alguien en algún momento. Da muchísima pereza, porque los escritores solemos ser gente a la que nos gusta estar en nuestra casa, que es donde quiero estar yo, escribiendo mientras mis hijas ven Frozen. Esa es mi vida, pero bueno, te toca ir a desayunar con un señor, o escribir una web serie, o hacer cosas baratas (gratis espero que no), pero tienes que funcionar.

Hace poco me tocó dar una charla en la universidad de aquí y me dio la sensación que los chavales no entendían eso. Todo el mundo quiere partir de ser productor ejecutivo. No ven el paso lógico de estar encerrado en tu casa y salir a buscarte las castañas. Ese es un paso que todo el mundo tiene que dar en un momento dado, hay que ir a conocer al personal. Si no, ¿quién te va a venir a buscar? Porque si no te buscan a ti, buscarán al de al lado.

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Fortuna es la serie sobre Casinos a la que entró a trabajar Luis.

¿Ves diferencias a dar este primer paso en España y en México?

Sí. En España está todo un poco más sistematizado, tiene un poco más de protocolo. Tú sabes a quién tienes que escribir, e igual te recibe, igual no. Aquí hay que tirar a todo, buscas a quien puedas, quedas con quien sea. Le mandas la prueba a alguien, y si en dos semanas no te contesta pruebas con otro (ríe). En España no, hay pruebas, le preguntan a gente de los equipos para buscar gente. En el fondo es similar, pero aquí está más salido de madre, porque México está un poco más desmadrado.

¿Cómo buscar el punto medio entre perseguir a la gente y no llegar a ser pesado?

(Ríe) No lo sé, la verdad. En México pasarte por exceso está complicado, la verdad. La gente es muy insistente, muy intensa. Hay que serlo. Aunque en España creo que también. Tengo un amigo productor en España que me dio un consejo valioso. Me dijo que yo era demasiado bien educado, que era un señorito de Bilbao de colegio de curas que pedía las cosas por favor, que le escribía a Globomedia acojonado. Pues no, tienes que ser valiente, tienes que afrontar las cosas de cara. En España sí, y aquí, el doble. La medida es no faltarle el respeto a la gente. Y bueno, no ser un tarado.

* En este momento de la conversación habla Pablo Arramendi, guionista español afincado en México que estuvo presente durante la charla y del cual publicaremos entrevista la próxima semana.

Pablo: La diferencia que sí que hay aquí es que las clases sociales ya marcan mucho. En España, por ejemplo, yo estudié en la ECAM, donde me dio clase Verónica Fernández y gracias a ella entré en el mundo de la televisión, pero si no, no sé a qué puerta tendría que haber llamado, porque no tenía ningún contacto. Aquí en México este mundo pertenece a un grupo social más reducido y es más sencillo encontrar un nexo. Tu esposa, un amigo, el primo de no sé quién… hay menos grados de separación con la gente de la profesión a la que te quieres dedicar que en España, por ejemplo. Si en España son 5, aquí son 2.

Luis: Suena como horrible decirlo, pero aquí partes de una posición social de gente con estudios que es más bien reducida, y a partir de ahí pues lo que dice Pablo, mi cuñado conoce a alguien, pues vas, aunque luego no salga nada.

¿Tan minoría supone la gente con estudios?

Reflexionando un poco más sobre el tema, no sé si es sólo esto de gente con estudios. Aquí ser un señorito mexicano te hace partir con mucha ventaja. Ser un señorito en España te abre alguna puerta, pero no tantas, porque compites al mismo nivel con la gente que ha estudiado lo mismo, que ha accedido a tu misma carrera, en el mismo lugar. Es un tema económico/racial… Es duro decirlo tan crudo, pero es que es así de feo. Como aquí mucha gente no accede a esos estudios, ni a esos contactos, les es más difícil que a ti. Mucho más difícil. Y repito, la verdad es triste que el panorama social sea este, pero es así.

Y en España… Si en España llego a tirar de familia, imposible. Pablo y yo entramos a trabajar en el mismo trabajo, y estudiamos juntos. Llevamos vidas absurdamente paralelas. Aquí, por ejemplo, puedes llegar a conseguir una película a través de un contacto de tu cuñado, por ejemplo, o Pablo me pone en contacto con un amigo suyo que te consigue otro trabajo. Aquí lo social es muy importante.

Por tanto, a pesar de ser un grupo más cerrado o reducido, podríamos decir que es más accesible.

Es que aquí la gente es mucho más amable y cercana, pero ojo, porque esto puede llevar al equívoco. Aquí la gente te abre las puertas de su casa y de sus oficinas. Al principio llegaba a unas oficinas asombrosas en Polanco [una de las zonas con más nivel de vida de la Ciudad de México], me invitaban a frapuccinos y me hablaban de Hollywood y claro… te venden las cosas como que aquí no hay límite, y al final quizá de eso no queda nada. En España sabes que el día que te sientan en la oficina es para darte un trabajo, de cada 10, 8 veces al menos. Si no, no te reciben. Si alguien te rechaza lo hace por teléfono. Pues aquí te sientas casi con quien sea. Y eso está muy bien, pero te puedes equivocar mucho. Aquí han llegado muchos españoles pensando que van a arrasar, y la realidad es que no, siempre hay que seguir picando piedra.

¿Y cómo haces para no desmotivarte mientras sigues picando piedra pero no salen resultados?

No hay forma de evitarlo. Te vienes abajo, pero luego te vienes arriba, y te vuelves a venir abajo (ríe). No sé, supongo que la vida te empuja en cierto modo. Por ejemplo tú, si tienes a la novia aquí, ya te buscarás la forma de venir, ¿no? O si estás esperando gemelos, como Pablo, te buscas la vida. Si has acabado tu carrera y no te llama nadie en tu país, lo mismo, te buscas la vida. Cada cual según sus necesidades y sus cosas, pero hay que buscarse la vida.

Y a parte, nos gusta esto joder, lo hacemos en parte por buscarnos la vida pero también por afición. Yo no sabría hacer otra cosa, me gusta escribir y si no tuviera que ganarme la vida con ello lo haría igual, con menos ganas y en cosas más bonitas, pero lo haría igual. Para trabajar en esto todos los días te tiene que gustar, incluso cuando escribes cosas que luego las ves en la tele y te das cuenta que son un mojón que no le han gustado a nadie, te tiene que emocionar. Te vienes abajo, sí, pero de repente viene el siguiente proyecto y te vuelves a animar.

Si hay algo que he aprendido es que en esta profesión el cinismo no sirve de nada. En un proyecto en el que estuve la cagué mucho por eso, por creerme más de lo que era, y la serie me superó por todos lados. Fue un éxito acojonante, mucho más de lo que yo pensaba y de lo que pude dar, de lo que pude aportar. Por tanto, hay que ser muy humilde, y trabajar y que te siga gustando. Porque el proceso es divertidísimo. A mí me encanta escribir, aunque luego no le recomiende a nadie verlo (ríe).

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Precisamente, un día nos comentó David Muñoz en el máster que estudiamos que lo más importante para ser guionista es disfrutar del proceso de escritura, porque luego ocho de cada diez veces el proyecto no sale como esperabas.

No nos engañemos, todos nos metemos en esto para escribir la mejor película, para escribir Breaking Badpero luego te toca lo normalito. Y ojalá no, ojalá todos podamos hacer cosas super bonitas, hay que seguir creyendo. Pablo y yo llevamos unos diez años trabajando en esto, y seguimos con la misma ilusión y emoción. Seremos idiotas (ríe), pero no hay que perder nunca esa emoción, sea una serie española, sea una telenovela. El proceso siempre es divertido. Me encanta escribir con la gente, me cae bien casi siempre el equipo con el que trabajo. Mis mejores amigos son guionistas, que es con quien me lo paso bien. Con el resto de la gente soy un coñazo, y mi mujer me odia porque no hablo con nadie y no me entiendo con un banquero. Pero hablar de series… es divertidísimo. Lo adoro.

* Actualmente Luis está escribiendo una teleserie basada en la vida de Paquita la del Barrio, para el recién estrenado Canal 3. A su vez, esta semana se emite Sin Rastro de ti (el domingo el último capítulo), serie original de Adriana Pelusi y Carlos Quintanilla, y en Blim acaban de estrenar los primeros capítulos de Blue Demon, donde también ha participado. En cine tiene varios proyectos en marcha, aunque de momento están por confirmar. A día de hoy también se dedica a ser padre, su otra profesión, donde, en sus propias palabras, “hace Lego, pinta vacas y cuenta cuentos por las noches”.


¿ESTÁ BIEN VISTO CAGARSE EN LOS LÍMITES DEL HUMOR O ES MEJOR “HACER CAQUITA”?

15 octubre, 2014

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por Juanjo Ramírez Mascaró

Son tiempos siniestros. Todos estamos trastocados por el ébola, ya sea pandemia, cortina de humo o ambas cosas. Hace poco publiqué un estado en Twitter y Facebook; una adaptación contemporánea de un chiste clásico:

– ¿Cuántos negros hacen falta para pintar una pared de rojo?

– En Liberia sólo hace falta un niño, pero no saldrá en las noticias.

Nadie se ha mostrado ofendido. Nadie ha dejado “replies” indignados. Nadie me ha hecho ningún unfollow hasta el momento. En Facebook incluso he conseguido algunos “Me gusta”, concedidos por gente que suele apoyar las causas justas.

Quizá me equivoque, pero creo que habría recibido insultos y lapidaciones virtuales – no sería la primera vez – si hubiese escrito exactamente el mismo tweet, pero suprimiendo las palabras: “pero no saldrá en las noticias.” En ese caso, el mensaje habría sido el siguiente:

– ¿Cuántos negros hacen falta para pintar una pared de rojo?

– En Liberia sólo hace falta un niño.

Existe una diferencia, ¿verdad? El primero es un alegato con crítica social. El segundo es un chiste cruel.

Personalmente creo que una mente lúcida sabría detectar la crítica social en la versión “recortada”.

Personalmente creo que una mente lúcida sabría detectar un utilitarismo frívolo en la versión “extendida”.

Personalmente creo que si aún quedan mentes lúcidas en estos tiempos convulsos, probablemente estén brindando con cianuro para no seguir soportándonos durante mucho tiempo.

El lenguaje humano es cojo, ciego y sordomudo. Y nosotros imbéciles.

Ser imbéciles tiene sus ventajas: Si no lo fuésemos no seguiríamos aquí. Nos habríamos marchado, o habríamos impedido que todo esto se convirtiese en “aquí”.

Pero estamos AQUÍ. Las cosas no son perfectas, y si intentamos arreglarlas obedeciendo el manual de instrucciones notaremos que nos sobran tres arandelas y cinco mil tornillos. En casos como éste me acuerdo de esa cita de Samuel Beckett que leí en una novela de Alex de la Iglesia:

Cuando tenemos la mierda hasta el cuello, sólo nos queda cantar.

En otras palabras, imbéciles: Este post va a tratar sobre los límites del humor

… o va a “tratar de tratar” sobre ellos porque el imbécil número uno soy yo, y confieso que tengo más opiniones quebradizas sobre el tema que argumentos potentes.

Llevo década y media dedicándome a esto de escribir. No es mucho tiempo, pero sí el suficiente para fabricar unas cuantas convicciones, cagarme en ellas, esculpir convicciones nuevas con la mierda resultante y volver a sentir – de repente – unas ganas incontrolables de cagar.

En esos años me he especializado sobre todo en dos géneros:

Comedia y terror.

Y a menudo la comedia y el terror se me juntan en un mismo proyecto, porque lo bueno del terror es que es como el color negro: que pega con todo…

… y también porque, en cierto modo, terror y comedia son el principio y el final de un mismo círculo. Ambos nacen de situaciones extremas, de circunstancias en las que ya nadie aguanta más.

En pocas palabras:

Risa histérica.

Reír por no llorar.

Llorar de risa.

Creo que el humor, al igual que el miedo o cualquier otro comportamiento humano visceral, está inscrito en nuestro ADN por una cuestión de pura supervivencia darwinista.

Así a priori estamos todos de acuerdo con eso, ¿verdad? “¡El humor es una válvula de escape!” “¡Al mal tiempo buena cara!” “¡Si la vida te manda pesadillas, devuélvele sonrisas!” “Jejejeje”

El problema llega cuando alguien hace un chiste sobre un tema que a ti te afecta de forma personal. De repente ese chiste es cruel, inhumano, desconsiderado, poco apropiado. “¡Una cosa es reírse y otra es tener mal gusto!

Podría termina este post justo aquí, en esta frase, si alguien me mostrase un barómetro objetivo para medir el sentido del humor y el sufrimiento humanos.

¿Alguien lo tiene?

¿Quién?

¿Nadie?

¡No! ¡Todos a la vez no, por favor!

Está bien, continúo:

Si trabajas en comedia para televisión, teniendo que hacer chistes todos los días sobre todos los temas, es muy probable que, de vez en cuando, te veas obligado a idear bromas sobre temas que, en ese momento concreto de tu vida, te afectan de manera muy directa.

Cuando la gente se sienta en el sofá, cuando hace zapping en busca de miserias que le hagan reír porque no son las suyas propias… a veces dichas miserias están escritas por alguien que sí las está viviendo en primera persona. No es raro que un guionista de comedia se vea obligado a escribir chistes de funerales cuando acaba de morírsele alguien. No es raro que tenga que escribir sobre anorexia cuando tiene un familiar cercano sufriendo dicha situación. No es raro tener que buscarle la comedia al cáncer mientras esperas los resultados de una biopsia (tuya o de un ser querido) o mientras tu hipocondría personal te susurra que quizá deberías hacerte una.

En esa clase de situaciones, un escritor consagrado al humor nunca te dirá que “de ese tema no hay que reírse”. En todo caso dirá: “Oye, hoy yo no estoy de humor para hacer chistes sobre esto. No quiero removerlo. Hacedlo vosotros. Ya os cubriré yo a vosotros cuando estéis en esta misma situación con cualquier otro asunto.

No obstante, también es habitual que la persona más afectada por algo sea la más dispuesta a hacer bromas sobre ello, la que propone los chistes más brillantes, ésos tan afilados que llegan hasta el tuétano porque provienen del tuétano. Lo hablaba el otro día con Daniel Castro: La comedia más auténtica proviene del dolor, de la indignación y de la rabia.

¡Y coño! Porque si algo tenemos en común quienes nos consagramos al humor es que no existe ningún tema del que no necesitemos reírnos. Siempre habrá bajas colaterales, por supuesto. Si algo no es susceptible de ofender a nadie, no es humor.

Cuando trabajaba en Vaya Semanita aprendí mil cosas. Una de ellas: Es casi imposible prever a quién vas a ofender con tus chistes. En ocasiones nos agarrábamos a la barandilla de la montaña rusa pensando que habíamos emitido algo que cabrearía a un montón sensibilidades… y no pasaba nada. En otras ocasiones, sin embargo, emitíamos algo que considerábamos relativamente inocente… y nos llovían quejas e incluso amenazas de denuncia.

Si hiciésemos comedia intentando no ofender a nadie seríamos mariposas incapaces de volar por miedo a provocar un terremoto en San Francisco.

Curiosamente, las personas más útiles en los velatorios son las que, a pesar de las circunstancias, consiguen hacer reír a los dolientes, quitándole hierro al asunto, apartándolos de su tormento durante algunos segundos. Esas personas me parecen héroes, o cuñaos, o vete a saber qué… Yo no sé hacer eso, a pesar de que me paguen por ello, muchas veces, a pesar de tener que hacerlo  en salas más deprimentes que cualquier tanatorio.

En cierta ocasión escuché a la humorista Raquel Sastre decir que, ante las quejas de muchos que pusieron el grito en el cielo sobre un chiste que Raquel publicó sobre Irene Villa… la propia Irene se pronunció sobre esa clase de chistes, e incluso especificó cuáles eran sus favoritos.

Lo decía más arriba y lo repito a riesgo de parecer cansino: Humor y miedo. Si reniegas del uno, asegúrate de que no estás condicionado por el otro.

Y donde digo miedo digo bilis, dolor, rencor, valle de lágrimas.

Propongo un experimento: Que dos personas transmitan un mismo mensaje: uno con seriedad, el otro con humor. Muchos se sentirán inclinados a crucificar al humorista. Porque no nos quieren libres: Nos prefieren con miedo.

Por supuesto que hay chistes de mal gusto, pero no siempre lo son por culpa del humorista en cuestión. Normalmente el cómico no sabe quiénes van a recibir su chiste, y si ése fuese un factor de peso para él, no existirían los cómicos.

Y si desapareciesen los cómicos ocurriría lo mismo que si desapareciesen las abejas: La Humanidad se iría al carajo.

El único código deontológico al que puede aspirar un profesional del humor es el sentido común. Y quizá también la convicción de que aunque el humor no esté por encima de todo… sí que está por encima de tropecientas cosas:

El humor tiene el poder de convertir los dragones en lagartijas.

El humor tiene el poder de convertir a Hitler en payaso.

El humor tiene el poder de aguar los licores amargos, los rencores…

El humor tiene el poder de que lo rígido se convierta en lo flexible…

… de que la lucha se convierta en baile.

La prota de Dentro del Laberinto derrotaba a su demonio personal diciéndole, muy convencida: “¡No tienes poder sobre mí!

A cualquier persona que esté ahora mismo en unas circunstancias desgarradoras yo le diría:

Cariño, hoy te ha tocado a ti. Vamos a sacarte una muestra de sangre y de tejidos y la vamos a usar para hacer chistes, porque la gente lo necesita y tú lo sabes. El día en que me toque a mí estar tan jodido como tú, aceptaré que hagáis lo mismo conmigo. Hoy por ti, mañana por mí. (…) Sí… tienes razón… es mejor cuando lo explica Eric Idle:


EL TERROR DE VERDAD (EL CONTRATO I)

25 agosto, 2010

Por Chico Santamano.

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Este post forma parte de una historia que se comenzó a escribir en 2008 y que se inició en esta entrada. Cada miércoles y domingo, repesco un capítulo. Que ustedes lo disfruten…

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El fin de semana pasado tuvo lugar en Madrid el Festival de Cine Porno. Cada vez que las teles y sus respectivos informativos utilizan este acontecimiento con el único interés de disparar sus audiencias recuerdo la anécdota que me contó un amigo.

Hace años (y creo que lo hacen cada dos por tres) cierta actriz porno quiso batir el record de polvos en un día. La señorita se había propuesto pasarse por la piedra a unos cuantos centenares de machotes con ganas de sexo fácil. Los copuladores, colocados en fila india a la espera de meterla, eran sometidos a cierto precalentamiento de otras actrices secundarias con el fin de que los caballeros llegaran, penetraran y todo fuera lo más rápido posible y el siguiente se introdujera cuanto antes.

De todos los maromos nos centramos en uno de ellos. Un joven, lo suficientemente atractivo como para no tener que hacer fila para meterla. La protagonista lleva ya unas cuantas horas abierta de piernas y es el turno del chaval, que sube decidido, sin pantalones, con calcetines y la herramienta preparada.

De pronto salta la sorpresa. El joven hace un movimiento inesperado. Se arrodilla y comienza a rebañar el “plato” que habían usado durante horas decenas de maromos.

En un principio la estupefacción se apoderó del rostro de los múltiples espectadores que se habían reunido durante horas para ver semejante espectáculo. Todos olvidaron durante unos instantes sus inseparables cámaras. El terror no tardó en reflejarse en sus ojos. Posiblemente fuera la escena más horripilante que habían presenciado en todos los días de su vida.

Pues esa misma experiencia sufrí yo y sin tener una cámara en la mano. Primero estupefacción. Después terror. Y todo cuando recibí al fin, tras meses de espera y en plena escritura de la segunda versión, el contrato de la productora.

Mi anterior película la había hecho también con ellos y todas las batallas por las que luché en el anterior contrato me iban a tocar lucharlas de nuevo porque no había ni rastro de esas pequeñas victorias pasadas que en cierta manera dignifican la profesión del guionista. En su momento conseguí reservarme un tanto por ciento de la posible venta del guión para remakes, series u otras adaptaciones… Me aseguré los derechos de comunicación pública y reproducción mecánica para cobrar mi parte correspondiente de los derechos de autor en la venta de los dvds…

Porque es curioso… la mayoría de los guionistas “cobran” más por el top-manta (canon de los cds/dvds vírgenes) que por la venta de sus obras en cualquier gran superficie. ¿Lamentable, no?

El caso es que no había ni rastro de todo esto y encima mi caché se había rebajado en ¡12.000 euros! Llamo deprisa y corriendo a Santiago y me dice que no tiene ni idea de qué ha podido pasar porque del contrato se ha encargado Enrique…

Enrique…

Continuará…


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