CARTA ABIERTA AL ESPECTADOR QUE ME DA DE COMER.

27 septiembre, 2017

Boris-Karloff-in-Frankenstein-1931

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Querido espectador de las cosas que escribo:

A veces me gustaría estar dentro de tu cabeza para saber cómo coño te tengo que tratar. La gente que me paga suele hablar de ti como si fueras una sola persona. Si es ése el caso, siento ser yo quien te lo diga, pero deberías ir al psiquiatra. Es posible que seas bipolar, o incluso esquizofrénico.

Me cuentan que te mueres de viejo y al mismo tiempo demandas contenidos frescos, que hueles a naftalina pero quieres “transmedia”, que te escandalizas con facilidad pero te mueres por ver “Juego de Tronos”.

Cada vez que me encargan una serie a tu medida empiezan usando palabras como “moderna” y “transgresora”. Tres semanas más tarde llegan a la conclusión de que lo que tú necesitas no es una orgía salvaje, sino celebrar un cumple infantil, o un guateque con canapés resecos y mediasnoches rancios. Resulta difícil saber cómo contentarte: A veces devoras esos aperitivos y en otras ocasiones nos dices que nos los metamos por el culo.

A veces mis compañeros y yo nos sorprendemos a nosotros mismos esperando el “cambio de hora”, deseando que llegue el mal tiempo para que se te quiten las ganas de ir a terrazas de verano y te encierres en casa a ver nuestra puta serie. Deseamos que nuestro mundo sea más triste, más oscuro… para que en vez de salir de juerga consumas nuestra mierda. Eso sí: No podemos mencionar las cosas que haces en esas juergas, porque te escandalizarían. Si me tratase un psicólogo me diría que tú y yo tenemos una relación tóxica (y, acto seguido, me preguntaría qué personaje escribo yo en la serie y me contaría un par de anécdotas que, según él, darían pa tres guiones)

De cuando en cuando decido que a lo mejor la información que recibo sobre ti no es fiable, que debería conocerte de primera mano. Así que te espío a través de la mirilla de las redes sociales y ¡joder! me caes muy mal. Cuando te leo en Facebook y en Twitter me reafirmo: Eres esquizofrénico, y estás muy enfadado. Me da miedo contarte cualquier cosa, porque sé que corro el riesgo de que me insultes e intentes adoctrinarme, o me acuses de estar adoctrinándote yo a ti. Te percibo acechando en las sombras, afilando el colmillo para GRITARME que debería pedir perdón al mundo por tener una visión sobre las cosas o, peor aún: Para distorsionar mi mensaje, para deformarlo hasta convertirlo en un monstruo deforme con el que defender, vehemencia mediante, tus propias ideas (aunque uses como coartada la descontextualización de las mías.)

Si crees que ésa es la más espeluznante de tus múltiples personalidades ¡oh, capullo esquizofrénico! es porque aún no te he hablado de esa otra faceta tuya, de esa pereza que me das cuando te vuelves a reír con ese chiste que ya era viejo cuando a mi abuela le bajó la regla; de esa vergüenza ajena al ver que compartes por enésima vez esa frase de Gandhi que en realidad no es de Gandhi; de esa tristeza al comprobar que te indignas con el titular de una noticia sin detenerte a leer la letra pequeña.

Eres el cuñado de todos los cuñados, aunque, según tus propias palabras, usar la palabra “cuñado” ya “huele a cerrado”. Esa clase de perlas son las que sueltas cuando das rienda suelta a tu personalidad más asquerosa y cansina: La del payaso elitista condescendiente que proclama que todo está “sobrevalorado” e intenta darme lecciones sobre qué debo votar en las próximas elecciones, sobre qué tengo que opinar para sacarme el carnet de feminista, sobre qué cadáveres del telediario me deben doler más y cuáles menos. Tarde o temprano harás para mí un tutorial sobre “cómo hay que ser Juanjo Ramírez”.

Un par de veces al mes bajo la guardia, dejo que la filantropía infecte mis neuronas y decido que, por mucho que lo parezcas, no puedes ser tan gilipollas como te retratan las redes sociales. Me escapo un par de horas de mi zona de confort y salgo a conocerte en persona; en los bares, en las salas de cine. Craso error. Invertir los diez euros que cuesta una entrada en escuchar tus conversaciones de móvil y el crepitar de los envases de plástico de las mierdas que comes no es el mejor camino para reconciliarme contigo. Se supone que me gano la vida queriéndote, mimándote, contándote cosas diseñadas para que seas feliz. Y sin embargo lo único que deseo es rociarte con gasolina y prenderte fuego. Ya lo conté por aquí, hace algún tiempo.

Entonces… ¿qué hacer? ¿De dónde sacar las fuerzas y el cariño para satisfacer a alguien como tú?

He decidido que cuando haga el amor contigo voy a pensar en otra persona para conservar la erección. Cerraré los ojos e invocaré la imagen de mi primer amor: Yo mismo.

Porque cuando empecé a dedicarme a esta mierda, ése era el afortunado al que intentaba contentar la mayor parte del tiempo. Imaginaba películas que me apetecía ver a mí, y que no existían. Escribía las historias que me moría por leer, y que nadie me contaba.

Tiene gracia: Huyendo de un imbécil como tú, me refugio en el único ser que conozco que es más imbécil que tú. Porque, como ya habrás deducido si has llegado hasta aquí, la estupidez no tiene secretos para mí.

Creo que he madurado bastante, pero hace cinco años también lo creía… y a pesar de ello, si recuerdo a mi yo de hace un lustro probablemente se me caiga la cara de vergüenza. A lo largo de mi corta existencia he sido mucha gente. He sido muchos de esos idiotas que conforman tu múltiple personalidad. He sido el cuñado simplón, he sido el snob elitista, he sido el infeliz cabreado con el mundo, el adicto a buscar tres pies al gato. Soy inocente de  algunos delitos: No he hablado con el móvil en el cine, ni he considerado que los seres humanos que ver el fútbol o el Gran Hermano sean inferiores al resto de soplapollas del planeta, ni he convencido a nadie para que sea vegano o para que se resigne a todo lo contrario. Pero habré cometido más delitos de los que he evitado, y supongo que son todos ellos necesarios para escribir historias con textura. Conozco más de mil maneras de ser imbécil, más de mil formas de encarnar todo lo que odio en ti.

Por eso confío en que, intentando escribir cosas que me gusten a mí, de vez en cuando acertaré y crearé engendros que te gusten a ti. Con un poco de suerte incluso acabarás rumiando mi mierda y convirtiéndola en un meme que atribuirás por error a Paulo Coelho.

Por eso pienso sudar sobre el teclado, pienso llenar los cartuchos de la impresora con mi sangre, pienso poner “alma, corazón y vida” cada vez que intente reconquistarme a mí mismo.

Por eso y por mucho más, cada vez que me pidas otra consumición pienso mearme en tu vaso, hijo de puta.


LA ADICCIÓN AL FRACASO

29 junio, 2016

Junklady

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Esto no está dirigido únicamente a los guionistas. El tema que aquí se trata afecta a todas las profesiones del mundo. No obstante, si te dedicas a la escritura, tu relación con el fracaso es especial, y crónica. Para un escritor el fracaso es como el virus del herpes: Siempre está ahí, latente, expectante. Puede no afectarte durante gran parte del tiempo, pero gravita en todo momento sobre tus decisiones, a la espera de que bajes la guardia.

La escritura es uno de esos oficios en los que cuesta mucho defenderse del fracaso, porque cuesta reconocerlo. Si un fontanero no te arregla una avería es fácil concluir que ha fracasado, y también es relativamente fácil averiguar por qué. Sin embargo, si te dedicas a hacer pelis, series, libros… rara vez estarás seguro (salvo en casos flagrantes) de si triunfas o fallas, ni sabrás delimitar las causas con demasiada precisión.

No pienso insistir mucho más en ese tema porque ya se ha tratado varias veces en este blog. Hoy me gustaría hablar sobre que…

… puede que muchas veces fracasemos porque queremos fracasar.

Que nadie me malinterprete. No se trata de monsergas new age, ni de pseudociencias sobre la “ley de la atracción”. Se trata, en todo caso, de pseudo-psicología, de bucear en esa mierda interior a la que tanto nos gusta asomarnos a los narradores cuando creamos historias.

¿Perseguimos nuestro propio fracaso?

Y en caso de que así sea, ¿por qué?

Se me ocurren CUATRO posibles razones, y empezaré por la más obvia, por la más manida:

1- FRACASAMOS PORQUE TENEMOS MIEDO AL ÉXITO.

A mí también me entran ganas de estamparle una tarta en la cara a cualquiera que me venga con eso de que “hay que salir de nuestra zona de confort”, pero es una frase que tiene algo de cierto. En ocasiones no nos asusta únicamente el esfuerzo que tendríamos que hacer para perseguir el éxito, sino las propias consecuencias de alcanzar dicho éxito.

Yo me he sorprendido a mí mismo deseando que me salgan ciertos trabajos, y descubriendo al mismo tiempo que otra parte de mí deseaba justo lo contrario. Esa parte perezosa o cobarde que te susurra al oído frases envenenadas como: “Si te sale esa cosa va a ser una putada, tendrás que compaginarlo con todo lo demás, no vas a tener vida.” “Nuevo trabajo, conocer gente distinta, reglas distintas, formas distintas de hacer las cosas. ¡Qué pereza!” “¿Si me voy a este curro nuevo, cómo le digo a los del curro de ahora que les tengo que dejar?” “¿Probar suerte en Hollywood? ¡Uff! Tener que escribir en inglés…

Una vida sin demasiados cambios es perniciosamente cómoda. La novedad asusta. Si perteneces (como gran parte de los lectores de internet) a la clase media, quizá no puedas aspirar fácilmente a tu situación ideal, pero tampoco es probable que te mueras de hambre. Vivimos dentro de un sistema que nos chupa la sangre en cómodas dosis: un equilibrio perfecto entre no luchar por lo que queremos y no renunciar a lo que prácticamente nos regalan.

El individuo que elige el fracaso por miedo a los terremotos que supone el éxito suele engañarse a sí mismo diciendo que no triunfa porque la sociedad es injusta. En algunas ocasiones incluso intenta sabotear a quienes sí luchan, por miedo a que esas personas se alejen y le dejen solo en su foso de desidia.

Sí, tenéis razón: Este discurso ya está demasiado trillado, así que pasamos a la segunda razón.

2- FRACASAMOS PORQUE ESQUIVAMOS LA BATALLA.

Es algo que sucede bastante en nuestra profesión. Rehuimos el enfrentamiento con la esfinge, la ordalía del espejo. Nos entretenemos en “batallas menores” porque tememos enfrentarnos a la que realmente nos importa… y descubrir que no estamos a la altura.

Estoy harto de ver a guionistas y directores diciendo cosas como: “La peli es cutre porque la he querido hacer así. Me hace gracia que sea cutre.” “Es que quiero escapar de la tiranía de los tres actos y su eficacia.” “He hecho una historia aburrida porque la vida es aburrida.” Estoy harto de ver a artistas con talento empeñados en ejecutar sus obras con menos dinero y menos tiempo del que realmente podrían permitirse, y estoy casi seguro de que muy en el fondo prefieren crear en condiciones adversas porque no soportan la idea de hacer lo que quieren con condiciones favorables y que les salga mal. Descubrir que no has sido capaz de satisfacer tus expectativas y no poderle echar la culpa a ningún handicap.

No me excluyo de la ecuación. A mí también me pasa.

Soy una persona capaz de escribir un largometraje en 15 horas con tal de recordar lo que significaba disfrutar de este oficio sin tener que responder por la calidad del resultado final.

Soy una persona que, cuando tiene ideas de ésas que podrían funcionar comercialmente, que encajarían con lo mainstream… son precisamente ésas las ideas que acaba desechando.

Soy una persona que apenas hace intentos de mover sus novelas… y quién sabe si esa falta de insistencia no se debe a que en el fondo esas novelas y esos relatos me importan y me definen más que los guiones.

Apostar todo a ese tipo de cartas y perder la apuesta es más drástico que perder el sueldo del mes en Las Vegas, el reloj de oro, los ahorros para la universidad de los niños.

Y a pesar de todo, la tercera razón me parece aún más escalofriante:

3- FRACASAMOS PORQUE LOS FRACASADOS NOS CAEN MEJOR.

Quizá hubo un tiempo en que el ser humano tenía a Tintín o a Superman como ejemplos a seguir, pero ahora vivimos en tiempos más cínicos que exigen antihéroes más decadentes.

A una parte de mí le parece enternecedor: Somos más propensos a amar al desvalido, al infortunado. Eso no es del todo nuevo, todos los grandes héroes de antaño tenían su puntito trágico, pero a veces tengo la sensación de que aquellas tragedias tenían como misión advertirnos de algo mientras que ahora, en cierto modo, vivimos una especie de “edad de oro del perdedor”.

A veces me pregunto si los creadores de historias no tendremos cierta responsabilidad ante el hecho de que mucha gente decida estampar su vida contra un muro. Quiero pensar que no: que esa tendencia a la autodestrucción es una semilla que llevamos ahí plantada desde el principio de los tiempos.

Pero…

… pero yo mismo me estremezco en ocasiones al comprobar que mis personajes de ficción favoritos son barcos encallados. Un Humphfrey Bogart masticando su derrota en la barra de un bar me inspira más cariño que un gilipollas con sonrisa triunfal cumpliendo sus putos sueños.

La mitomanía postmoderna nos ha inoculado ese virus: Fracasar es el nuevo “molar”, y más en esta España nuestra en la que el Lazarillo baila con Don Quijote, en la que hacer las cosas bien está satanizado. Si te descuidas, no sólo acabarás rodeándote de “fracasados” porque te caen mejor: También acabarás convirtiéndote tú en uno de ellos, para caerte mejor a ti mismo.

Si lo que acabo de escribir te parece una estupidez, quizá empatices más con la cuarta razón:

4 – FRACASAMOS PORQUE ALGÚN IMBÉCIL SE ATREVIÓ A DEFINIR QUÉ COÑO ES EL FRACASO.

El mundo funciona así. Nos fabrican en serie, nos obligan a encajar en el cliché y a tener pensamientos cliché. Incluso esta frase que acabo de escribir es un cliché. Desde que somos niños nos dicen cómo tenemos que ser y a qué clase de vida debemos aspirar.

Yo no soy de ésos“, pensarás. “Yo elegí el camino del artista.” Y a no ser que seas el puto Alan Moore o el puto John Carpenter es probable que estés recorriendo más bien el cliché del artista. Nos ponen unas orejeras de burro para que sólo podamos vislumbrar una versión reduccionista y polarizada del éxito: Uno se mete en esto pensando en ir a Cannes, ganar un Oscar, convertirse en millonario… Más adelante, si tienes suerte, descubres que dentro de esta jungla hay mil posibles caminos, que en ciertos rincones ignorados serás más feliz – y más útil – que en aquéllos que están señalados con letreros luminosos.

Nos hacen creer que el león tiene éxito cuando salta y consigue pasar por ese aro ardiente que sostiene el domador ante él, y ni el público, ni siquiera el puto león advierten que difícilmente podremos hablar de éxito si tenemos al rey de la selva atrapado tras los barrotes de un maldito circo.

Cada vez estoy más convencido de que mucha gente fracasa porque orienta toda su energía hacia un modelo de éxito para el que no está hecha. Caminamos mal porque llevamos zapatos que no son de nuestra talla. Ya que estamos en el festival del cliché, no sobrará esa cita tan célebre de Albert Einstein:

Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es estúpido.

De hecho, es incluso posible que estés fracasando porque no te has dado cuenta de que ya has alcanzado el éxito.


NO NOS GUSTA NUESTRO TRABAJO PORQUE HACEMOS PORNOGRAFÍA INFANTIL.

30 marzo, 2016

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace poco pasé un día entero junto a personas que se dedican a otra cosa. A algo distinto del audiovisual, quiero decir. Escuchaba sus anécdotas, la pasión con que afrontaban su trabajo, la carne que ponían en el asador, las dieciocho horas que trabajaban al día sin perder la ilusión ni la sonrisa…

Escuchaba todo eso y, acto seguido, pensaba en mí mismo y en casi todos los guionistas que conozco… llegando a una conclusión demoledora:

No nos gusta nuestro trabajo.

Paseo la mirada por el gremio guionístico y no encuentro esa dedicación, esa iniciativa, ese hambre, ese conservar la vocación intacta.

¿Qué cojones nos está pasando?

Luego cierro los ojos, respiro hondo, cuento hasta diez, vuelvo a contemplarnos: a mí mismo y a mis compañeros guionistas. Recuerdo cómo aburrimos a nuestras novias porque no sabemos hablar de otra cosa que no sea nuestro curro, recuerdo que hipotecamos nuestros fines de semana trabajando gratis en guiones que probablemente jamás verán la luz…

Entonces descubro que no nos gusta nuestro trabajo… pero nos gusta nuestro oficio.

Es muy normal en nuestra profesión que nos digan que no tenemos derecho a quejarnos porque “trabajamos en lo que nos gusta”. Yo suelo argumentar que eso es como si nos pusiesen a trabajar grabando pornografía infantil y nos reprochasen: “¿Pero no decías que te gustaban los niños?”

Y es que “vivir de la escritura”, en la mayoría de los casos, consiste en eso: En que te obliguen a mancillar lo que más amas, en tener hijos para observar cómo los sodomizan… haciendo creer a todo el mundo que los has sodomizado tú, en traicionar tus principios profesionales haciendo las cosas como crees que no deberían hacerse, en ponerle un bozal al lobo que llevas dentro y humillarlo hasta verlo convertido en un caniche.

No nos gusta nuestro trabajo.

Aunque por otra parte, si no me gustase escribir no estaría aquí, escribiendo gratis en un blog sobre escritura… un viernes santo.

Hay algo que he ido comprobando a lo largo de los años, y me parece tristísimo: La mayoría de los guionistas hablan fatal sobre las series en las que trabajan. No les gusta el producto que están haciendo. Es como si un zapatero te dijese que ha estado todo el día fabricando unas botas nefastas. “Son feísimas y te hacen ampollas en los pies. Yo no me las calzaría en la vida, pero aquí estoy, confeccionado un instrumento de tortura para gente que es lo suficientemente idiota para calzarse algo así.”

Somos camareros que adoran el Chivas pero sirven garrafón a sus clientes.

¿De quién es la culpa? ¿De la señora de Cuenca? ¿De Rajoy? ¿De Yoko Ono?

Personalmente creo que gran parte del problema está en el funcionamiento de las cadenas de televisión, que condicionan no sólo la línea editorial de los programas y series, sino también la de la mayoría de las pelis españolas.

Estoy harto de ver iniciativas interesantes perpetradas por gente con muchísimo talento que terminan convirtiéndose en basura gracias a las cortapisas de la cadena.

Y lo peor de todo es que se trata de basura que ni siquiera tiene la decencia de oler.

Ya hablé sobre ello hace algún tiempo, en este otro post. Las cadenas y las productoras siempre empiezan pidiéndote un producto super novedoso y rompedor que luego, poco a poco, va perdiendo ambición hasta convertirse en “lo mismo de siempre”.

No es la única manera que tienen las cadenas de sabotear la calidad de sus productos. Hablando con guionistas de algunas de las series más exitosas de nuestro país he descubierto que se repite una constante: Cuando la primera temporada de una serie es un éxito sonado, lo que hacen en la segunda temporada es… recortarles en presupuesto y en tiempo. ¡¡Joder!! Uno piensa que por lógica la cosa tendría que funcionar al revés. Si una serie ha demostrado que funciona, que interesa al público, lo suyo sería mimarla, apostar por ella, invertir más tiempo, más dinero… Pero la lógica española va por otros derroteros e imagino que en las cabezas de algunos directivos el argumento vencedor es más bien el de: “Ya tenemos al público fidelizado, ya han mordido el anzuelo, ya no hace falta gastarse un pastón en hacerlo bien. Se van a tragar cualquier mierda que les sirvamos en el plato, pero hagámoslo rápido para estrenarlo antes de que se les olvide, y hagámoslo barato. Bueno… y ya que estamos, pidámosle a los creadores que el producto sea mejor a pesar de las limitaciones, porque pedir es gratis.”

Es muy fácil echar la culpa a las cadenas, sí. Hacen bastantes méritos para ello.

Pero no toda la culpa es de las cadenas…

… y creo que los guionistas también debemos asumir nuestra parte de responsabilidad.

Me consta que somos un gremio muy poco dado a la autocrítica. No nos gusta meter el dedo en nuestras propias llagas, pero por algún sitio hay que empezar a romper el círculo vicioso en el que estamos encerrados… y quizá la única parte del proceso que no escapa a nuestro control es nuestra propia actitud.

No me malinterpretéis. Me da pereza el movimiento New Age, me da asco la palabra “emprendedor” y me gustaría eyacular sobre la cara de Paulo Coelho y sobre los estantes de sus libros de la pseudo-librería del aeropuerto…

… pero… ¡¡¡JODER!!! Tampoco se hunde el mundo por intentar dar lo mejor de nosotros en cada misión suicida. Si nos piden cocinar un plato de macarrones con nocilla, intentemos hacer el mejor plato de macarrones con nocilla que sepamos cocinar. Si te gusta tu puto trabajo, demuéstralo dándolo todo y disfrutando del proceso, no del resultado. Tienes el privilegio de que te paguen por hacer aquello que… baah!! ¿A quién quiero engañar? Volvemos a lo del principio. Nos gustan los niños y hacemos pornografía infantil. Lo que tendríamos que hacer, si fuésemos verdaderamente honestos, es dimitir todos en bloque de nuestros curros (bueno, no todos, sólo los que en un momento dado estemos haciendo pornografía infantil)

¡Dimitir todos en bloque!

Que las cadenas y las productoras descubran de repente que la mayor parte de los profesionales capacitados/entrenados para contar las cosas de manera efectiva… se niegan a seguir cocinando mierda.

¡Dimitamos, joder!

Apostemos por nuestros proyectos personales, o aceptemos únicamente trabajos que nos motiven.

O hagamos una huelga de ésas que hacen en otros sitios.

¡Stop! ¡Basta ya de soñar! Jamás haremos algo así.  Porque necesitamos el dinero, necesitamos comer, necesitamos caernos muertos en algún sitio. Porque somos demasiados para tan poco pastel. Porque incluso nosotros nos hemos creído eso de que nuestro trabajo lo puede hacer cualquiera. Porque somos un gremio cobarde. Por eso nos gusta gritarlo todo por escrito. Por eso hemos tardado tanto en tener un sindicato que aún no nos merecemos.

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TIENES LA BRAGUETA ABIERTA

24 febrero, 2016

sabrina

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace tiempo, en la universidad, un profesor nos dio una clase con la bragueta abierta. Cuando la clase estaba a punto de terminar el profesor se dio cuenta de ello. Nos dijo:

– ¿Llevo todo este tiempo con la bragueta abierta y nadie me ha avisado? Sois unos hijos de puta.

En este mundo nuestro del guión (y del artisteo en general) somos muy de callarnos cuando alguien tiene la bragueta abierta. No lo hacemos por hijoputez. Más bien eludimos el tema porque nos da cierto apuro.

El mundo no está diseñado para gente sincera.

Si no te ha gustado el guión que ha escrito un conocido tuyo, si no te ha funcionado su peli, si te ha horrorizado su microteatro… lo más fácil es fingir que esa bragueta abierta no está ahí.

¿Tienes amigos sinceros capaces de decirte las cosas que no les gustan de tus guiones? Guárdalos como oro en paño. Sobre todo si te lo saben decir de manera constructiva.

En caso contrario, tampoco se hunde el mundo. ¡Que no cunda el pánico! Voy a dejarte aquí un tutorial para que sepas cuándo a alguien no le ha gustado tu mierda, aunque ese alguien no se atreva a decírtelo a la cara.

Ésta es la lista de síntomas que, al menos a mí, me sirven para diagnosticar los casos de “bragueta abierta”:

EL TWEET TIBIO.

Las redes sociales han cambiado muchísimo el paisaje de Braguetolandia. Con tanto Facebook y tanto Twitter ya no criticamos ciertas cosas de la misma forma. Nos pronunciamos sabiendo que nuestras palabras pueden llegar a oídos (o a ojos) del autor de esa peli o de ese libro.

La gente no se comporta igual contigo si sabe que la estás mirando.

La consecuencia más obvia de todo esto es el troll. Ese tipo que habla mal de tu trabajo porque lo que quiere (en el fondo) es provocar y hacerse notar.

Pero el troll no es la única criatura de este ecosistema ciber-social. También está esa gente que, aunque no comulgue con tu obra, se ve obligada a escribir algo positivo sobre ella para quedar bien. Algunos lo harán porque no quieren herir los sentimientos del autor, otros lo harán de forma más bien interesada. El subtexto de muchas alabanzas en las redes es: “Dame trabajo”.

De ese caldo de cultivo surge lo que he decidido bautizar como “el tweet tibio”. En realidad puede tratarse de un tweet, un estado de Facebook o incluso un artículo de periódico, blog, revista…

El tweet tibio se caracteriza por su falta de entusiasmo. Notas que las palabras pretenden alabar pero titubean. En esta clase de comentarios suelen abundar sustantivos como “propuesta”, “ejercicio” o “iniciativa” acompañados por adjetivos condescendientes como “interesante”, “sugerente”, “meritorio” o “disfrutable”.

Si dicen que tu obra es “Una propuesta interesante…” o bien una “Meritoria iniciativa de…” o incluso “Un sugerente ejercicio de estilo…” desengáñate: A esa persona tu historia no le ha hecho ni cosquillas.

TE DIGO CUÁNDO EMPIEZO PERO NO CUÁNDO ACABO.

Te habrá pasado decenas de veces. Alguien viene y te dice: “Oye, ya me he empezado tu guión. Lo llevo por la mitad. Cuando lo acabe te cuento.

Luego pasan los días, las semanas, los meses… y nunca más se supo. Esa persona no te vuelve a mencionar el maldito guión.

Esos casos se pueden explicar de tres maneras:

A) No se terminó de leer el guión. Lo dejó a medias.

B) Se terminó de leer el guión y le gustó tan poco que prefiere no abrir ese melón. No te menciona el tema para no tener que decirte lo que opina acerca de tu basura.

C) Se terminó el guión y ni le gustó ni le dejó de gustar. Se la sudó tantísimo que se olvidó incluso de comentarte sobre ello.

No sé cuál de las tres opciones me parece peor. Quizá la primera. Si paran de leer tu guión y no lo retoman… pues vaya mierda de guión. Un guión como Dios manda te tiene que agarrar por los cojones y no soltarte.

Si en lugar de lector eres lectora, cambia lo de “cojones” por “ovarios” (o por cualquier otra parte de tu anatomía de la que te apetezca que te agarren cuando te cuentan una historia)

AFERRARSE AL CLAVO ARDIENDO.

Otro gran clásico a la hora de eludir la cruda verdad consiste en aferrarse a una única cosa (una sola) que más o menos te haya hecho tilín en el guión o película. Cuando el autor te pregunte la opinión (o cuando te lo encuentres de bruces mientras intentabas huir por la puerta de atrás) lo que haces es recurrir a ese clavo ardiendo, cebarlo, regodarte en ello. “Lo mejor, la escena de la abuela. Qué interesante la escena de la abuela, qué ejercicio de estilo, qué propuesta.

Así que ya sabes: Si tu interlocutor insiste más de lo normal en un único detalle, es muy posible que el resto del guión le haya parecido bazofia.

ESCAPAR POR LA TANGENTE.

Una argucia muy recurrente es la de esquivar el debate sobre la calidad de la obra desviando la conversación hacia cuestiones tangenciales. Cuestiones que tienen que ver con la obra pero NO son la obra.

Esto resulta más sencillo cuando la peli o el corto están ya rodados. El guión puro y duro no te ofrece tantas excusas para salir por la tangente.

Intentaré desarrollar algunos ejemplos:

Pongamos que has rodado un bodrio tipo El Renacido en la Pedriza de Madrid. Pues te acercas al director, le das unas palmaditas en el hombro y le dices: “Vaya frío que tuvisteis que pasar en la Pedriza, ¿eh, macho?

Si haces una peli con cacahuetes en lugar de actores, lo mejor para que te salgan por la tangente es: “Menuda panzada de comer cacahuetes os habréis pegao. Seguro que cuando terminasteis os comisteis a la mitad del reparto.

Muchas veces, el recurso de salirse por la tangente es algo que hacen las madres y los cuñaos con toda su buena intención, porque no conocen los entresijos del audiovisual, pero tú puedes aprender de los cuñaos y usar sus mismas técnicas precisamente para esquivar ese entresijo, ese meollo del asunto.

Funciona muy bien lo de refugiarse en el infalible: “Qué mérito tenéis. Tanta gente trabajando en una misma cosa. Qué mérito. Cuando lo ves en la tele parece fácil, pero no.

Una manera de hacer funcionar este método incluso comentando un guión no rodado: Desvíate hacia el tema del que trata el guión y huye de sus páginas hacia el mundo real. Si has escrito un largo sobre el bullying y no te ha salido bien, notarás que la otra persona habla más del tema del bullying que del guión en sí mismo. “Es que lo del bullying es muy fuerte. Ya era hora de que alguien tratara este tema. A la hija de un amigo mío le hacen bullying en el colegio y bla, bla, bla.

Éstas son las principales tácticas que me vienen a la cabeza, y para no hacer esto más largo de la cuenta me dejo algunas otras sin desarrollar, como la de: “Se nota que tu guión funcionaba, pero te lo han destrozao“, que es el equivalente a cuando le decimos a un actor o actriz: “La obra es un desastre. Lo único bueno de la obra eres tú.”

Y aquí me despido, no sin antes invitaros a que añadáis en los comentarios otras maneras de rehuir a la bragueta abierta. También podéis aprovechar para decirme que este post es un interesante ejercicio estilístico, o una propuesta sugerente.

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EL ESCRITOR CONTRA LOS AGUJEROS NEGROS.

17 febrero, 2016

mork

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace poco me planteé sacar adelante un corto para el Notodo. Le pasé el guión a mis amigos cercanos. Casi todas las críticas fueron positivas, algunas incluso entusiastas. También alguna crítica tibia, pero sensata. Finalmente, uno de mis amigos dijo:

“Juanjo, no lo hagas. Tienes más que perder que que ganar.”

A continuación añadió que si yo quería seguir adelante con el tema, él me ayudaría en lo que hiciese falta, pero que no lo veía claro.

Decidí no rodar.

“Juanjo, no lo hagas.”

Ese único comentario bastó para desinflarme.

Casi todas las críticas y actitudes que me llegaron fueron alentadoras, menos ésa. Sin embargo ese único “no lo hagas” tuvo más poder sobre mí que los “vamos a hacerlo” que me regalaron otros. Una sola persona tuvo más poder que el resto del grupo. Evidentemente, cuando eso ocurre el problema no está en esa otra persona.

El problema está en mí.

Llevo desde entonces analizándome, intentando determinar por qué, de un tiempo a esta parte, me apetece tan poco luchar por las cosas que hago. Por qué tiro la toalla ante el primer escollo.

De momento he descubierto tres agujeros negros en mi interior.

AGUJERO NEGRO NÚMERO 1:

Cuando en otros tiempos decidí hipotecar años, sudor y lágrimas para sacar adelante un proyecto personal, todo aquello me acabó llevando a territorios desagradables. Personas que no me gustaron, formas de hacer las cosas con las que no comulgaba, aros por los que no quise pasar. Me niego a considerarlo mala suerte. Eso que llamamos “suerte” es, en mi opinión, el resultado indirecto de ciertas decisiones que tomamos.

Por otra parte, lo cierto es que no me ha ido tan mal.

Cualquier persona medianamente racional le quitaría importancia a este agujero negro en concreto. ¡Es agua pasada! ¡Hay que seguir adelante! ¡Hay que mirar hacia el futuro!

Pero yo no soy racional. Yo puedo contarme mil milongas a mí mismo, pero una parte de mí sigue traumatizada. A lo largo de los años me he ido encontrando con personas maravillosas en todos los departamentos y escalafones de este oficio, pero el perro apaleado desconfía cuando alguien alarga la mano para acariciarle el lomo. Sigo con miedo a doblar ciertas esquinas y encontrarme de nuevo en Desembarco del Rey, rodeado de Lannister.

AGUJERO NEGRO NÚMERO 2:

Cuanta más cultura literaria y audiovisual adquiero, cuanto mejor conozco los resortes que hacen funcionar las historias… más me invade la sensación de que ya está todo contado, de que cada vez es más difícil “inventar la pólvora”.

Sé que eso no es del todo cierto. Ahí tenemos a Van Gogh, que pintaba bodegones como los de los demás pintores, pero le salían como a nadie, porque los hacía con sus propias tripas.

Quizá sea preferible no desmarcarse tanto. Van Gogh no conoció el éxito en vida. De pronto me viene a la cabeza este mini-relato de ciencia ficción que escribí sobre el tema.

Por otro lado, creo que nunca llegaré a entender del todo los resortes que mueven las historias, quizá porque algunos de esos resortes no están en nosotros los narradores, ni en nuestros métodos sino en la percepción del público. Y el público, en tanto que humano, siempre muta y siempre es un misterio.

Tampoco me considero una persona especialmente culta y, si bien voy remediando mis lagunas poco a poco, no me doy demasiada prisa: Las personas más cultas que conozco se paralizan el triple que yo cuando tienen ideas, porque todo lo que se les ocurre les recuerda a algo que ya existe.

A veces me pregunto si no será preferible adentrarse en la jungla sin pararse a comprobar si ya se te ha adelantado otro descubriendo El Dorado. Pensemos de nuevo en el bodegón de Van Gogh: Si has dejado que la vida te joda y te acaricie lo suficiente para convertirte en alguien distinto, abordarás las mismas ideas que otros de manera distinta. Hay muchas puertas por las que entrar en El Dorado. Y además está la cuestión del monomito y toda esa mierda.

AGUJERO NEGRO NÚMERO 3:

Otro daño colateral que traen consigo la experiencia y el aprendizaje: Cuantos más pasos doy dentro del mundo del audiovisual, más capacidad tengo para vislumbrar los posibles obstáculos que me voy a encontrar en el camino.

Si pienso en mover un guión, no me viene a la cabeza la idea del guión rodándose como a mí me gustaría, ni lo mucho que me motiva la historia. Me viene a la cabeza la peregrinación por productoras, los silencios, el eco en la bandeja de entrada vacía del mail, las pegas que van a ponerle a la historia porque no está enfocada hacia un público objetivo que bla, bla, bla, bla, bla… Me vienen a la cabeza las reuniones con directores o productores mareando la perdiz y pidiéndome cambios en el guión. Me imagino estando de acuerdo con algunos de esos cambios y muy en desacuerdo con otros. Y, sobre todo, recuerdo que en la mayoría de los casos, tras todo ese mareo, el proyecto no se hará. Porque la tendencia natural de un proyecto audiovisual es abortar.

Si pienso en rodar algo por mi cuenta, me vienen a la cabeza las complicaciones, los quebraderos de cabeza para encajar la disponibilidad de la gente en el plan de rodaje, el gasto que implica pagar a toda esa gente o, como mínimo, darle de comer durante el rodaje. Me vienen a la cabeza el desglose de producción, los plomos que saltan porque no están preparados para la potencia de los focos, los vecinos que se quejan por el ruido…

Las pocas veces que emprendo un proyecto voy con más miedos que ilusiones. Soy la teniente Ripley en el Aliens de Cameron, obligada a regresar a la madriguera donde aguarda su peor pesadilla. Odio rodar.

También odio mover las cosas que escribo. Soy el peor del mundo vendiéndome a mí mismo y soy el peor del mundo negociando.

A veces me gustaría “desaprender” a trabajar para volver a aprender a enamorarme. “Quiero volver a ser aquel payaso con alas en los pies”, que decía Sabina en aquella canción.

En estos casos siempre me resuena por dentro ese diálogo de Conspiración de Richard Donner. Un cliente se sube al taxi de Mel Gibson y:

– El amor es una mierda – dice el cliente.

– El amor le da alas. Le hace volar. Yo ni lo llamo “amor”. Lo llamo “Jerónimo”.

– ¿Jerónimo?

– Sí, Jerónimo. Cuando uno se enamora, es capaz de saltar desde lo alto del Empire State sin preocuparse y gritar “Jerónimo” hasta llegar al suelo. Maravilloso.

– Sí, pero después, ¿morir? ¿Quedar aplastado ahí?

– Ya le estoy diciendo que el amor le da alas.

Ya cité ese diálogo hace tiempo, hablando sobre temas similares en este otro post.

¡Maldita sea! Acabo de releer aquel otro post y creo que en él ya expliqué la mitad de lo que estoy contando aquí bastante mejor y de manera más clara. Supongo que el anterior lo escribí borracho.

agujerosnegros

 

Éstos han sido mis tres agujeros negros.

Éstas son las tres aspiradoras que intentan succionarme hacia su negrura.

Ésa es la Nada de La Historia Interminable arrastrándose hacia mí mientras el lobo Mork me atrapa la pierna entre sus mandíbulas para impedir que avance.

Es peligroso dejarse invadir por esa actitud. Recuerdo aquella frase, quizá demasiado “paulocoelhiana”:

Cuando no luchas por tus propios sueños, acabas siendo usado para cumplir los sueños de otro.

¡Al carajo!

No hay que tenerle miedo a los agujeros negros. Ciertas hipótesis científicas sugieren que estos agujeros podrían ser portales hacia otros mundos, o hacia otros tiempos. Por si fuera poco, esta semana se ha anunciado que, gracias a la colisión de dos agujeros de ésos, hemos conseguido la primera detección directa de ondas gravitacionales. Eso, hablando mal y pronto, es un hallazgo que promete llevarnos muy, muy lejos.

La escritura es terapéutica: Empecé este post bastante bajo de ánimos y lo termino con renovadas fuerzas. No sé cuánto me durarán, pero de momento me marcho a enfrentarme a mis tres agujeros negros, e incluso a hacerlos chocar entre sí, a ver a dónde me llevan.

Si estáis en una situación similar a la mía, os invito a que hagáis lo que yo me dispongo a hacer a continuación:

Voy a programar este post para el miércoles y voy a salir a dar un largo paseo. Durante el paseo quitaré el polvo a algunas de mis viejas ideas pendientes de desarrollo. Buscaré la que más me motive en las circunstancias actuales, me pondré a masticarla… buscándole el sabor en lugar de los tropezones…

… y me pondré a escribirla.

O si no, como mínimo, dejaré que me pasen cosas. Y aprovecharé para sacar a pasear al perro. ¡Vámonos Mork! ¡Vamos al parque a jugar!

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TRUCOS PARA RENDIR BIEN A PESAR DE SER VAGOS

8 octubre, 2014

Por Juanjo Ramírez Mascaró

lebowskiQuienes nos dedicamos a escribir estamos hartos de pronunciar la palabra “PROCRASTINAR”.

Quizá porque la procrastinación es uno de los “males” endémicos de la profesión. Quizá porque el 90% de los escritores somos unos vagos….

… quizá porque en nuestro oficio es muy difícil precisar dónde termina el trabajo y dónde comienza la procrastinación, o viceversa. Ponerse a ver una peli o leer un libro puede equivaler a “voy a documentarme para mi guión”. Bajarse a tomar una caña al bar se puede maquillar con un “voy a escuchar a la gente, a escrutar la realidad, palpar la calle en busca de ideas”. Incluso irnos a la cama puede llegar a convertirse en una sesión de brainstorming con nuestro propio inconsciente. A veces las mejores ideas nos las susurra la almohada.

Todo eso es precioso, pero entraña un peligro – como casi todas las cosas preciosas –. Cuando la frontera entre trabajo y ocio está tan poco definida se convierte en terreno fértil para las EXCUSAS.

Es difícil defenderse de algo cuyos límites ni siquiera sabemos precisar. Es difícil analizar la anatomía del monstruo del Lago Ness cuando sólo disponemos de fotos borrosas. Quizá lo único que podemos hacer es compartir los trucos concretos para escapar del laberinto que nos funcionan a cada uno.

Ésa es la intención de este post: Compartir experiencias personales sobre el tema, técnicas que me han funcionado hasta ahora, sin ningún ánimo de sentar cátedra, por si a alguien le resultan útiles o por si hacerlo motiva a otros a compartir las suyas en los comentarios.

En algunas no me detendré demasiado porque, si mal no recuerdo, ya las han tratado otros en este blog (mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo).

TRUCO NÚMERO 1:

Dejar de marear la perdiz e ir al grano de una puñetera vez para que el post no sea interminable. Dicho esto, vamos con el siguiente truco:

IMPONERSE HORARIOS FIJOS, ESCRIBIR TODOS LOS DÍAS A LAS MISMAS HORAS Y BLA, BLA, BLA.

A mí no me funciona. Eso no quiere decir que sea un mal truco, simplemente es muy frustrante para quienes tendemos al caos. Cuando he hecho el esfuerzo de mantener una disciplina así de férrea los resultados han sido magníficos. ¡Doy fe! Pero rara vez he logrado mantener dicha disciplina durante más de dos o tres días seguidos, a menos que coescribiese con otros o tuviese que adaptarme a una dinámica de trabajo impuesta desde fuera.

Envidio a la gente capaz de asumir “horarios de oficina” aunque trabaje en casa. No obstante, muchos nos sentimos más cómodos creando a partir del desorden. ¡Que no cunda el pánico! Existen distintas maneras de afrontar el proceso creativo y no son excluyentes entre sí.

COMER Y DORMIR BIEN.

Sí… a mí también me da bastante pereza este apartado, pero cada vez estoy más convencido de que mente y cuerpo son indisociables. Nuestro estado físico influye muchísimo no sólo en nuestra capacidad de rendimiento, sino en el modo en que interpretamos las cosas.

Descansar mal es la forma más efectiva de convertir en montañas los granos de arena. Todo nos parece inafrontable cuando estamos físicamente agotados. Nuestras ganas de luchar se reducen drásticamente, resulta más difícil encontrarle sentido a las cosas, la brújula emocional se nos estropea.

Si te notas más negativo de lo habitual, más desmotivado… es probable que necesites dormir más o mejor. En caso de que te las puedas permitir, unas horitas de sueño hacen milagros. Es algo tan evidente que a veces lo olvidamos. Si sufres de insomnio, internet está lleno de consejos para ayudarte a dormir. Algunos te funcionarán, otros no. Cada persona es un mundo. Prueba hasta encontrar los que mejor se adapten a ti. En su día propuse algunos remedios para el insomnio en este otro post.

Todo lo que hemos comentado sobre el sueño se puede aplicar igualmente al tema de la alimentación. Una mala nutrición implica un bajón energético: eso afecta al estado de ánimo y hace que el diablillo de la procrastinación resulte más tentador.

Sobra decir que ambos conceptos están relacionados: Una alimentación adecuada ayuda a tener buen sueño, y hacer un poco de ejercicio contribuye a su vez a ambas cosas.

También conviene dejar claro que, a pesar de esos mitos que nos encandilan, a pesar de esos artistas bohemios que creaban bajo el influjo del opio y la absenta, a pesar de los Hemingways y los José Alfredos agotando las existencias de los bares, a pesar de las canciones emblemáticas con retrogusto a cocaína o LSD… es probable que rindas mejor estando sobrio.

Conozco a creadores que afirman lo contrario. Es una opinión respetable. Imagino que cada organismo funciona de una forma distinta y cada uno debe escucharse a sí mismo para saber lo que le sienta bien. Beber es uno de mis hobbies favoritos. Mataría a Billy Wilder por una cerveza. Pero cuando me pongo a teclear, casi siempre prefiero hacerlo sobrio. ¿He dicho “casi siempre”? Bueno… ejem… hay excepciones… Aunque normalmente la única droga que uso cuando escribo es el té.

¡Voy a cambiar ya de tema, porque no quiero parecer una enfermera en lugar de un guionista! Y porque si sigo insistiendo en esto podría sentirme obligado a predicar con el ejemplo.

LA FILOSOFÍA DEL BARRENDERO BEPPO.

No es la primera vez que hablo de este truco que heredé de un profesor de la universidad. Beppo es un personaje de la novela Momo de Michael Ende.

Era barrendero. Su trabajo consistía en barrer la ciudad entera, y era una ciudad enorme. Demasiados kilómetros cuadrados de hojas muertas. Pensar en la totalidad de la tarea desanimaría a cualquiera. Esto es lo que hacía Beppo, según sus propias palabras que son las de Michael Ende:

“Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.”

Me parece una manera simbólica y hermosa de recordar lo que todos sabemos: Que rendiremos más y mejor si fragmentamos el trabajo y nos ponemos metas asequibles. Si Jack el Destripador no se hubiese centrado en matar a las prostitutas de una en una se habría desmoralizado antes de empezar.

 beppo

HAY QUE ACOJONAR AL FOLIO EN BLANCO.

¿Qué es eso de tenerle miedo al folio en blanco? ¡Haz que te tema él a ti! Quizá el truco consista en disparar primero. No permitas que permanezca blanco durante demasiado tiempo. Mánchalo de estupideces. Ya habrá tiempo más adelante de rebuscar, de ordenar, de descubrir que has vomitado un par de perlas sin querer, que sólo hay que reubicarlas y pulirlas.

Creo que endiosamos nuestra profesión. Respetamos demasiado el acto de escribir y el dichoso folio en blanco. Por supuesto que la escritura es importante, por supuesto que merece ser mimada. Para mí la escritura tiene un carácter sagrado, como todos los juegos.

Recuerdo un proverbio taoísta que afirmaba: “El hombre sabio se ama, pero no se aprecia.” Yo tunearía esa frase para aplicarla a nuestra labor:

Ama la escritura, pero no la respetes.

Mi triquiñuela favorita para lanzarme al folio en blanco sin veneración paralizante consiste en convencerme a mí mismo de que nada de lo que escribo es definitivo, nada de ello se va a cincelar en piedra. Ni siquiera lo va a tener que leer otra persona a menos que yo lo decida. “ES SÓLO UNA PRIMERA VERSIÓN”. Dicho así parece fácil, pero no lo es. Porque no te tienes que convencer a ti mismo, sino a tu subconsciente.

Inciso: Poco después de terminar el borrador de este post (que “sólo era una primera versión”) vi este vídeo en el que Neil Gaiman decía exactamente lo mismo. Así pues, no lo digo sólo yo. ¡Lo dice Neil Gaiman!

A mí a veces me resulta útil escribirle un mail a algún amigo para contarle la historia que tengo entre manos. Eso me desbloquea por dos razones:

En primer lugar, porque no escojo un amigo al azar, sino a alguien que creo que es público objetivo de la clase de historia que estoy escribiendo. Cuando le escribo a ese amigo, le estoy escribiendo a mi espectador ideal.

En segundo lugar, contarlo en un mail me exime de formatos rígidos, de courier 12, de convenciones ortodoxas. Escribo con la comodidad de no sentirme obligado a ser profesional. Estoy contando la historia, pero no es una sinopsis, ni un guión, ni un tratamiento. Puedo ir hacia atrás y hacia adelante cuando me dé la gana, puedo usar un lenguaje coloquial, puedo comparar mi historia con otras pelis u otras novelas. Sin casi darme cuenta, esa conversación la estoy teniendo también con mi propio inconsciente, y estoy obligándome a mí mismo a buscar sobre la marcha soluciones concretas para cosas que tenía menos claras de lo que yo creía. Todo ello sin presión alguna, con la confianza y la distensión de una conversación en la barra de un bar.

Esto guarda alguna relación con el último “truco” que quiero compartir. ¡Sí, el último, enseguida me callo!

ENAMÓRATE DEL PROYECTO.

En última instancia, todos o casi todos los bloqueos son emocionales. Llegan cuando el amor da un paso atrás en favor de otra clase de emociones.

¿La historia en la que trabajas empezó entusiasmándote pero ahora ya no sientes esas maripositas en el estómago? Tal vez por la erosión, por el desgaste de haberla mareado durante tantos meses. Tal vez porque la historia ya no es la misma que al principio de la relación, o tú no eres el mismo, o ambas cosas.

O peor todavía: ¿En realidad nunca te ha enamorado el proyecto? ¿Lo has aceptado por obligación? Pues entonces, una de dos: O lo abandonas o… ¡si no tienes pasión, te jodes y te la inventas!

Supongo que hay cien maneras ortopédicas de inducir al enamoramiento, pero muchas de ellas requieren de tiempo, de perspectiva, de dejar el material en barbecho… y no siempre podremos permitirnos esos lujos, porque últimamente todo el mundo quiere las cosas “para ayer”.

Mi truco favorito en esa clase de situaciones está relacionado, como decía, con el apartado anterior. Si te cuesta enamorarte de tu proyecto, enamórate de tu público. Cuando nos enamoramos de alguien somos así. Por amor a una chica puedes llegar a creer que te gusta la discografía de Maná. Por contentar al chico de tus sueños eres capaz de decidir que quieres ser vegetariana. Por ello insisto: Escribe teniendo siempre en la cabeza a tu espectador ideal. Ponle nombre y cara. Elige a una persona (o dos, o tres) que conozcas realmente: personas que te encanten, personas a las que te gustaría hacer disfrutar.

Si te gusta la cocina puede que te parezca humillante preparar un vulgar plato de espaguetis con tomate. Eres capaz de cosas mejores: delicias con las que disfrutarías mucho más como gourmet y como autor. Pero si amas a tus niños con locura y resulta que a ellos sólo les gustan los espaguetis con tomate, el amor hará que disfrutes cocinándolos. Durante unos minutos, esa chorrada de plato se convertirá en tu capilla sixtina.

No obstante a veces, cuando intentamos currar, no nos viene a la cabeza ese espectador idílico que ama lo que hacemos, sino esa persona que nos ha encargado el trabajo, ese ejecutivo que tiene que dar el visto bueno, que en lugar de motivarte te coarta, que te pone peros, que te condiciona con cifras de audiencia, que trata tu trabajo como material de charcutería. Me temo que esa clase de personas son necesarias en la industria audiovisual. Ellos también hacen su trabajo lo mejor que pueden y es conveniente que estén ahí. Entrégales el resultado final, sométete a sus designios inescrutables…

… pero no pienses en ellos mientras escribes. Piensa en los niños que se van a comer los espaguetis.


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