BUENAS NOTICIAS PARA TODOS

19 noviembre, 2010

Por Guillermo Zapata

Había pensado escribir un texto sobre Misfits, la serie Británica que esta semana empezó su segunda temporada. La serie que deberíais estar viendo ahora mismo. El problema es que ese texto terminaría con una especie de absurda plegaria preguntándome porque demonios no existe una serie como Misfits en la televisión de nuestro país. El texto tendría ese tono llorica y autocomplaciente que termina por resultar inútil de pura repetición.

Hablemos de otra cosa. Hablemos de cosas buenas que pasan. Hablemos de Museo Coconut.

La existencia de una serie como Museo Coconut en las parrillas de nuestra televisión es un milagro. No es que la existencia de Muchachada Nui (y antes, de La Hora Chanante) no fuera un milagro también. Pero era un milagro de otro tipo. Quizás perdimos la oportunidad entonces de hablar de esos milagros, hablemos de éste.

No voy a intentar desmontar algunas de las críticas que he leído sobre el programa. Empezando por el sempiterno “yanoeslomismo” que una parte del público lleva enarbolando desde, me temo, el programa dos de La Hora Chanante (“Ah, el programa uno de la Hora Chanante, eso si que era un programa, pero ahora en el dos… yanoeslomismo) es inútil para cualquier análisis y tan grotesco como esas personas humanas que después de perder las sensibilidad en los dedos de escribir en su foro favorito que el final de Lost era una puta mierda, corren ahora cual gacelas a por la sexta temporada en Blu-Ray como si no hubiera un mañana. Así que pasando del “yanoeslomismo”. En los comentarios, si quieren, indican su crítica favorita.

Centremonos en todo lo demás. En lo bueno. En lo que nos hace GOZAR.

Museo Coconut maneja unas diecisietemil formas distintas de humor en cada programa (Hay quién ve ésto como un problema) Desde el chiste en su forma más clásica, al humor por la vía de la tensión, a la vergüenza ajena, a la trama surrealista, al slapstick, al humor de cartoon, a la animación y suma y sigue.

Museo Coconut dura lo que tiene que durar. Por fin existe una sitcom con formato de tal en una cadena en abierto.

Museo Coconut es una serie compacta. Puedes gustarte más o menos, pero es una serie en la que todos y cada uno de los miembros del equipo delante y detrás de las cámaras van en la misma dirección. Hay una coherencia casi autoral en la estética, el ritmo, las interpretaciones, las tramas, etc.

En apenas cuatro capítulos han conseguido hacer reconocible y consistente un universo estético. Si pensáis que eso es fácil… os equivocáis. Servidor percibe esos niveles de coherencia incluso a los temas que componen la serie (He llegado a pensar e incluso elaborar unas notas sobre el capítulo dos como relato surreal antirracista. Si, ya, no os preocupéis que ya se me pasa) Empezando por la construcción social de la fama o las hostias a las formas habituales de conjugar el poder más perverso de la cultura, especialmente “el compromiso social”.

Pero quizás lo que me resulta más apasionante del visionado de cada capítulo es que se trata de un humor que es consciente de los código del humor y que, haciendo explícitos esos códigos, consigue producir el humor mismo. Antes de que empecéis a pensar en lo que me he fumado mientras escribo ésto, voy a un ejemplo concreto.

Cuando uno ve un capítulo de, por ejemplo, Aída o por poner otro distinto que juega en la misma liga, Frasier, los personajes son inconscientes de que esos diálogos y esas situaciones existen para producir humor. Las dicen de la forma más natural posible (cada uno en su registro) e intentan construir una coherencia. Esto no pasa en Museo Coconut.

Cuando en el capítulo uno un caballero tartamudo entra en la oficina del director del museo, todos sabemos lo que va a pasar a continuación, lo hemos visto cientos de veces. Y la situación se desarrolla tal y como la esperamos, pero llega un punto en el que la situación se ha extendido tanto en el tiempo (El tartamudo que habla y habla y el director que no le interrumpe por educación, pero ya no puede más) que el humor juega con la propia situación humorística en sí, llevándola al paroxismo.

Pero lo que más me gusta de Museo Coconut es que está funcionando. Que su audiencia permite cuestionar los lugares comunes de aquellos que pretenden determinar “lo que funciona y lo que no funciona” en televisión. Y eso es una noticia excelente. El tipo de noticia que puede hacer que quizás, en algún momento, puede existir en la televisión española una serie como Misfits.


LA POMADA

10 febrero, 2010

Por Chico Santamano.

Años atrás, Raffaella Carrá nos aconsejaba que  para hacer bien el amor había que ir al sur. Yo les digo que para llegar a algo en este asunto de escribir guiones hay que ir a Madrid y, si me apuras mucho, a Barcelona.

Imagino que mucha gente pensará “pues vaya… yo puedo escribir mi guión de cine y mis biblias en mi pueblo y ya me iré una semana al centro a intentar colocarlo”. Bueno, puede funcionarles. No les digo que no. Pero si el milagro de la buena noticia es difícil viviendo a 15 kilómetros del epicentro de lo audiovisual, imagínense fuera de la capital.

Para conseguir meter la cabeza en esa cosa llamada “industria” no pueden olvidarse de uno de los factores más importantes (si no el más importante)… tener contactos, conocer gente, relacionarse con peña estimulante y/o influyente. Este conglomerado de elementos fundamentales será rebautizado a partir de ahora como LA POMADA. Vamos hablar de esta frivolidad, ¿les parece?

Si usted no vive en Madrid, tiene talento, ha escrito mucho en su casa y tiene ganas de trabajar… ENHORABUENA. Es el momento de hacer la maleta y venirse a la meseta central en busca de la Pomada.

Estar y sentirse parte de ella es como la isla de Lost. Es dificilísimo entrar, pero si la Pomada quiere que esté allí, tarde o temprano, estará. No desespere. Muchas veces oirá moverse los arbustos y pensará “¡Ahí está! Seguro que es Nacho Vigalondo. ¡Al fin soy de la pomada!” Y no. Es el puto perro Vincent el que se asoma por enésima vez.

Paciencia. Se sentirá sucio y perdido. Se hartará de vagar por la isla. Verá gente de la Pomada y pensará “¡Pero ese tío lleva años (profesionalmente) muerto!”. La pomada tiene poderes embalsamadores. Dentro de ella los cadáveres se conservan mucho mejor. ¿No se han preguntando mil veces cómo es posible que tal director siga haciendo películas después de habérsela pegado una y otra vez? Ahí lo tienen… La pomada.

Pero ojo, la pomada, como la isla, te elige a ti. Es un proceso lento y natural, sólo apto para individuos con paciencia, con algo que aportar y que desprendan buen rollo. No pretendas dinamitar la puerta de la escotilla a través de foros, comments, facebooks y demás vías rápidas. La Pomada detecta a los trepas y a los pesados rápidamente y los elimina mandando a su particular sistema de seguridad en forma de humo negro letal.

Otra opción, mucho más lenta, pero más meritoria es crear tu propia Pomada. Si los protagonistas primigenios de LOST, en lugar de rememorar cada uno por su lado, se hubieran sentado una noche alrededor del fuego, si se hubieran contado sus vidas, si hubieran compartido todas aquellas cosas misteriosas que habían visto por la isla… habrían creado su propia Pomada. Pero como no compartieron talento y conocimientos, Ben Linus les quitó protagonismo temporada tras temporada (y por extensión el Emmy).

Esto de crear su propia pomada les parece imposible, ¿verdad? Les pongo dos ejemplos clarísimos que demuestran que no lo es. Los chanantes y los fundadores de Arsénico son una muestra evidente de la unión generacional de tipos jóvenes y con talento que supieron hacer piña y por extensión… POMADA.

En fin… en un futuro no muy lejano les hablaré más de la Pomada. De momento, les emplazo al próximo domingo que tendrá lugar la cumbre anual del pomadismo nacional. Si nada lo impide, al igual que el año pasado, haré retransmisión minuto a minuto de la Gala de los Goya. Esta vez no sé si solo o acompañado, pero con ganas de reírnos un rato.

Tenemos una cita en San Valentín.
Hasta el domingo.


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