FIRMAS INVITADAS: ALEJANDRO PÉREZ BLANCO

13 octubre, 2011

Alejandro Pérez Blanco (aka thehardmenpath) es diseñador de efectos visuales. Ha trabajado en publicidad, corporativos, videoclips y muchos otros proyectos. Este año estrena EXTRATERRESTRE, de Nacho Vigalondo, y tres cortometrajes, de los que hablará en una serie de dos posts.

EL ALFA Y EL MEGA

Todo empezó aquí:

Un amigo, David Santamaría, se cruza consigo mismo.

Corría el verano del 97. Mis padres por fin me dejaban libremente la cámara que mi padre SE había regalado en mi primera comunión. Creo que no poder usarla durante tres o cuatro años hizo que empezara a prever lo que supondría usarla. Por el 95 la cosa cambió, convencí a varios compañeros de clase y a la profesora de biología para hacer un par de trabajos en vídeo, en lugar de por escrito. En el 96 mis padres me regalaron por Navidades una tarjeta para el ordenador capaz de capturar vídeos. Y entonces descubrí el poder de la manipulación digital.

Cinco años después, Sergio Mena, un compañero de la facultad me hizo mi primer encargo de efectos especiales. La cámara se había colado en un plano muy elaborado.

Fue la primera vez que usé un ordenador para solucionar un problema de rodaje para otra persona.

Y ahora, ésa es mi profesión.

Me dedico a arreglar esos pequeños problemas, fruto de cosas tan dispares como el clima, la arquitectura de una calle o el descuido de un pertiguista. Si se graban dos tomas, una con un actor regular, y otra donde se cuela un reflejo de un técnico, pero con el actor en estado de gracia, antes de tirarla a la basura, es conveniente llamar a los de mi calaña. Somos una especie de Señor Lobo de la postproducción.

Con la experiencia, el equipo aprende una disciplina. Una metodología y una infinidad de trucos sirve para prever, evitar y resolver estos problemas. Cuando se habla de un buen equipo de rodaje, estamos refiriéndonos sobre todo a esto.

Durante un rodaje normal, mi trabajo es una minucia comparado con el de todos ellos. Consiste en estar ahí, sin más, esperando a ver si puedo contribuir a solucionar un problema. Mi trabajo no es el de crear lluvia, sangre o fuego en un set. Como un guionista, gran parte de mi labor puede hacerse en pijama. Y como con los guiones, suele importar más la fecha de entrega que mi horario de trabajo. Y a los demás les importa poco si soy muy rápido y he acabado en media hora, o si soy muy minucioso y he tardado una semana. Sólo importa el resultado.

Rodaje de LA MEDIA PENA. Dirige Sergio Barrejón. Rodamos en un hotel. Luis Callejo cruza su despacho.

¿Por qué hay una mirilla en la puerta de un despacho? No tiene sentido.

Todo se pone en marcha. Hay que tener en cuenta cuánto tiempo y dinero costaría quitar esa mirilla. ¿Se puede desatornillar? ¿Se podría poner una pegatina? ¿Habría que cambiar la puerta? ¿Tenemos dinero para cambiar una puerta? ¿Cuánto se tardaría? ¿Cuántos planos dejaríamos de rodar para arreglar este problema? En los departamentos de arte y producción esas preguntas están a la orden del día.

Ahí entra el Señor Lobo.

Si yo tardo, pongamos, dos horas en quitar la mirilla de todos los planos, es más rentable que si 20 personas retrasan un poco su plan de trabajo para cambiar la puerta. Dos horas de una persona son más rentables que 10 minutos de un equipo el día de rodaje. Nunca antes he borrado una mirilla, pero sí he quitado pintadas, anuncios, papeleras, y con esa experiencia sé más o menos cómo lo voy a hacer y cuánto voy a tardar, del mismo modo que Ramón Massats y su equipo aplican su experiencia profesional para estimar al vuelo lo que supone un transporte, una compra o cualquier cambio sobre el plan previsto. En este caso concreto, compensa. Depende de muchas variables, como el tipo de planos, la fecha de entrega final, el movimiento de cámara o los actores que pasen por delante.

Nada, fuera.

Esa bombilla también distrae. Adiós.

¡Y qué fea queda esa palanca! ¡Vete!

También salvamos el raccord de un reloj. Metimos la hora del primero en el segundo. Es lo que se ve en el tercero:


Fue el único arreglo de raccord del corto. Marta Piedade, la script, no perdonó una en el set. De hecho, esto lo grabó una segunda unidad en una oficina real en Bilbao.

Es normal que los vasos estén más llenos o vacíos de un plano a otro. Estamos acostumbrados a no fijarnos en eso cuando vemos películas. Pero en algunos casos concretos, llamaría demasiado la atención y arreglarlos se hace necesario. Esta lámpara, por ejemplo:

El cortometraje se llama OCHO. Es de Raúl Cerezo. Raúl me pidió que echara una mano para arreglar varias cosas. El mayor problema de raccord del corto fue sostener durante muchos planos algo imposible de controlar al 100%: velas de cumpleaños:

Hay muchos planos de velas. Las llamas y el humo están sacados de otros planos del corto, con suficientes retoques como para que no se noten que son los mismos. Y también hicimos una versión internacional:

¿Es creativo este trabajo?

No, en los ejemplos que hemos visto hasta ahora.

El objetivo de estos pequeños arreglos, como en producción, no es artístico, es puramente técnico. Antes de borrar esa bombilla del techo, nuestro cerebro sabe exactamente cómo va a quedar. Es como hacer un puzzle con la foto resuelta en la caja. Si queda raro, no se ha hecho el trabajo. Donde sí puede haber creatividad en el modo de resolver el problema. Sería absurdo pensar que una peluquera de cine no puede encontrar satisfactorio su trabajo. Pero resolver un problema siempre es satisfactorio.

Esta versión internacional de OCHO sólo es creativa en el modo en que se hace.

Pero se llega a un punto en el que las decisiones empiezan a cobrar importancia. Una vez visto el montaje, este temblor no le convencía a Barrejón. ¿Lo quitamos entero? ¿Lo suavizamos? Muchas veces el director sólo dice “haz algo con esto” y delega con confianza.

Aquí, en lugar de hacer una solución, ideé una manera de crear distintas soluciones de manera casi automática.

Y así, poco a poco, entramos en una manipulación compleja de la narrativa. Antes, duplicar a un actor era un efecto especial complicado. Ahora, se hace con regularidad, pero el actor no es el mismo. A dos actores en el mismo plano les sale mejor una toma diferente y se pueden juntar en el montaje. Hace un par de décadas, directores y productores de las películas más caras del cine hubieran matado por ese poder.

En el cortometraje G, de Diego Puertas, lo probé unas cuantas veces. Mientras montábamos esta secuencia, sabía que tenía que haber una manera de que este plano encadenara con el siguiente de un modo satisfactorio:

Y también probamos una locura parecida en un disparo:

Tanto para hacer estos efectos como los sutiles de más arriba, hace falta tener un cierto conocimiento de teoría de la imagen. Algunos efectos no funcionan cuando sabemos que están ahí. Otros no funcionrían si el plano fuera un pelo distinto, o si el objeto que manipulamos llamara más la atención en el montaje. Os sorprendería la de veces que hemos visto soluciones así, y no sólo en películas fantásticas tipo Harry Potter. Ya se han implantado y están para quedarse. A Diego Puertas le encantó saber que Fincher hace lo mismo que él.

¿Me vuelvo loco trabajando en esto?

Sólo puedo decir que lo disfruto. Desde adolescente. Para duplicar a mi amigo David en el 97 tuve que copiar y pegar con exactitud, a ojo, entre dos secuencias de fotogramas. No sabía lo que eran ni el Photoshop ni trabajar con capas. Sólo sabía lo que había podido intuir repitiendo una y otra vez las escenas de Regreso al futuro 2. Y ahora, para escribir un guión, tengo que ponerme. Pero para hacer postproducción tengo que quitarme. No hay parpadeo de gtalk lo suficientemente llamativo para que deje lo que estoy haciendo. Es lo que mejor se me da del mundo, lo que más disfruto haciendo, y tengo la enorme suerte de haberlo descubierto a los 15 años.

Ahora bien, NO SIEMPRE merece la pena dedicar tanto tiempo y esfuerzo a un instante que pasará desapercibido. En el próximo post veremos la plaga más desesperante que acecha al postproductor, qué tienen que ver con ella los guionistas y por qué LA MEDIA PENA fue una excepción.


FLASHBACK: OBSESIÓN

14 agosto, 2011

por Pianista en un Burdel.

Hace tiempo publiqué dos posts raros en mí: sensatos, lúcidos y con tesis. Probablemente los dos únicos artículos de los que me siento orgulloso.

Me lo paso bien soltando diatribas contra productores poderosos, ganándome el odio de ciertos compañeros del Sindicato, y publicando gilipolladitas supuestamente ocurrentes. Pero artículos como PLANTILLA DE GUIÓN PARA OPENOFFICE y MANIFIESTO POR UN FORMATO COMÚN son algo más que entretenimiento para frikis del guión. Creo honestamente que tratan un tema importante y proponen cosas útiles.

Naturalmente, nadie les ha hecho ni puto caso en la industria. Pero eso, dada la tesitura actual del negocio audiovisual español, no hace más que reafirmar mi convicción de que he dado en el clavo. Si recibiese aplausos de la gente que manda en la industria, me preocuparía y mucho.

Lo que venía a decir en MANIFIESTO POR UN FORMATO COMÚN es que más nos valdría a todos adoptar un formato común para los guiones audivosuales y renunciar a costosas y arbitrarias plantillas de su padre y de su madre, y cuya continuidad sólo se justifica por la fuerza de la costumbre y el arraigado yoesquismo ibérico. Verbigracia: “ya sé que es una mierda, pero yo es que estoy acostumbrado”. Más o menos el mismo argumento por el que, en el siglo XXI, en un país de la Unión Europea, aún se toleran cosas como el toro embolado.

En PLANTILLA DE GUIÓN PARA OPENOFFICE proponía que abrazar el software libre y gratuito, en vez de plegarnos a la absurda tiranía del Microsoft Word: un programa caro, complejo, de tamaño monstruoso y carente de ergonomía, que una vez más, sólo reina en el mundo audiovisual porque nadie con un mínimo poder de decisión se ha sentado a pensar cómo optimizar el sector de guión. No creo que nadie sea capaz de discutir que es mejor un software específico, multiplataforma, gratuito y accesible desde Internet que un macroprocesador que cuesta cientos de euros, que presenta todo tipo de problemas de compatibilidad, y que lo único que ofrece a cambio son miles de funcionalidades que no se necesitan en absoluto para un guión.

Que OpenOffice y Celtx son mejores que Word para escribir guiones es tan evidente como que las sitcom y las telenovelas diarias deberían durar 25 minutos por capítulo. Pero ya saben que hay personas que no están dispuestas a permitir que una evidencia distorsione sus queridos prejuicios. Esas personas se llaman MANDAMASES, y no hay nada que más les joda que una buena idea que no haya salido de su propia cabeza.

Como me dijo un jefe una vez: “no vuelvas a llevarme la contraria, y mucho menos si tienes razón“.

El caso es que recientemente ha aparecido un comentario de una lectora habitual de Bloguionistas en uno de estos posts, que dice lo siguiente:

Trabajé bastante tiempo con open office, pero después de dos años de problemas continuados por parte de los destinatarios de mi trabajo, trminé por poner una copía pirata de Office.

[…]

Aunque soy una firme defensora del software libre (muy acertado lo que comenta al respecto) creo que mientras no se solucionen las compatibilidades con otros programas es dificil pensar en su generalización.

Cristina, tiene usted toda la razón. Con un matiz: los problemas de compatibilidad no los tiene OpenOffice con Word, sino Word con el resto del mundo. Y sobre todo, los verdaderos problemas de compatibilidad los tienen los mandamases con el mundo real, con el pensamiento lógico.

Usemos un ejemplo práctico. Pongamos que yo escribo en Celtx el guión de un largometraje (como ya han hecho, recordemos, Borja Cobeaga y Diego San José con No Controles o Nacho Vigalondo con Extraterrestre, entre otros), y lo envío en PDF, que es como se envían los documentos serios en el mundo real.

Hagamos un inciso: ¿por qué se popularizó, precisamente, el formato PDF para enviar los documentos serios en el mundo real? Porque es un formato legible desde un software gratuito y multiplataforma, como es Adobe Reader. Es decir, porque cualquiera, aunque no sea orgulloso poseedor de un Word pagado, o miserable poseedor de un Word pirateado, puede leerlo en su formato original, descargándose gratuitamente el Adobe Reader. En otras palabras: por su gran versatilidad. Fin del inciso.

He enviado mi guión en PDF y lo he vendido a una productora. Hacemos un par de reescrituras y el guión entra en preproducción. Un ayudante de producción o de dirección me pide el guión en un formato editable para, pongamos por caso, numerar las escenas. Le paso en guión en su formato original, .celtx. Y ¿qué ocurre? Saltan las alarmas:

¡NO SE ME ABRE EN WORD!

¿Saben lo que ocurrirá a continuación? En la oficina de producción habrá denodados intentos por copiar y pegar el documento .celtx en Word. Viendo que el formato se va al carajo y los acentos se convierten en locos grupos de caracteres con aspecto de blasfemia de tebeo de Ibáñez (#$%*!!), intentarán abrir el PDF en Word. El resultado será igual de frustrante. Entonces, algún pobre asistente se comerá el marrón, y perderá valiosas horas de trabajo intentando reformatearlo. Cuando se vea que es una tarea inhumana, algún ayudante llamará al productor para quejarse, y el productor llamará al guionista para exigirle el guión en formato Word.

¿Saben cómo se denomina esto en psicología? OBSESIÓN.

Eso es lo que hay en la industria con respecto a Word. Una verdadera obsesión. Porque sólo desde la sinrazón se explica esa incapacidad para buscar caminos alternativos. Tan simples como pensar ¿qué formato es éste? ¿.celtx? VOY A BUSCARLO EN GOOGLE. Que en el siglo XXI, en un país de la Unión Europea, un profesional del cine sea incapaz de superar un mínimo problema técnico cuya solución se encuentra a un maldito click… sencillamente no es lógico.

Celtx, y para el caso OpenOffice, no tienen problemas de compatibilidad con Word. Sencillamente, no es su objetivo ni su responsabilidad ser compatibles con Word. ¿Desde cuándo lo que es gratis y accesible tiene que competir con lo que es caro y difícil de obtener? ¡Que Word se busque la vida para abrir documentos .celtx! ¡Que las oficinas de producción abran los ojos y se instalen Celtx y OpenOffice en sus ordenadores!

A nadie en su sano juicio se le ocurriría exigir una partitura musical o unos planos de rodaje en formato Word. Dejen de pedir los guiones en formato Word. Existe software específico y gratuito para escribir guiones. Existe otro procesador de textos tan completo como Word, gratuito, compatible con todos los sistemas, y descargable desde Internet.

Señores mandamases, queridos productores, amigos ayudantes y asistentes: solucionad vuestros problemas de compatibilidad con la vida real, por favor. Haced sitio en vuestros discos duros para Celtx y OpenOffice. Y sobre todo, haced sitio en vuestros cerebros para lo que viene siendo LA LÓGICA.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 15 de julio de 2010)


FLASHBACK: LA EDAD DEL MELODRAMA

11 agosto, 2011

por Sergio Barrejón.

Más tarde o más temprano, a algún guionista de este país le encargarán escribir una tv-movie sobre el caso de Dorel Marcu, más conocido en España como el asesino de la webcam. Probablemente la tv-movie nunca se llegue a emitir, pero casi con toda seguridad llegará a haber un guión.

Y el guionista al que el toque el marrón tendrá que hacer un ejercicio básico en esta profesión: meterse en la piel de cada personaje. No hablo de documentarse. No hablo de investigar cómo se movía, cómo hablaba tal o cual personaje. Hablo de hacer un esfuerzo por pensar como él.

Adoptar el punto de vista de cada personaje es un ejercicio básico porque permite al guionista anticipar la respuesta a una pregunta muy peligrosa que a veces se forma en la cabeza del espectador: ¿Por qué hace esto este tío? Un espectador piensa eso muy pocas veces durante una buena película. De hecho, la mayor parte de las veces que piensa eso, el pensamiento siguiente es: esta peli no es muy buena.

Y es que una de las maneras más rápidas de perder la atención del espectador es forzar a los personajes a decir o hacer cosas que, en la vida real, no harían. Respetar la motivación del personaje es una norma sagrada. Eso lo sabe cualquier buen guionista (y cualquier buen actor). Pero veces se nos olvida. Por ejemplo, porque nos empeñamos en “dejar algo claro al espectador”. En una serie chunga de policías, por ejemplo, no es raro encontrar escenas en que un agente le dice a otro cosas del tipo: “no podemos entrar en esa casa sin una orden de registro. Sería allanamiento de morada”. Como si alguien pudiera llegar a policía sin saber esas cosas.

Otras veces faltamos a la norma sagrada porque no queremos hacer demasiado antipático a un personaje, o por lo contrario: porque estamos escribiendo sobre un asesino, y queremos que quede claro que es una mala persona. El problema, claro, es que la mayor parte de las malas personas no se ven a sí mismas como tales. Y por lo general, su motivación para hacer lo que hacen no es “voy a matar a este fulano porque soy malo que te cagas”. Normalmente tienen razones para hacer las cosas. Al menos, eso creen ellos. La responsabilidad del guionista, aquí, es la misma que la del psicólogo: debe esforzarse por entenderle. Es la única manera de escribir guiones decentes, en vez de panfletos baratos.

Contrariamente a lo que creen los moralistas y los demagogos y los críticos mierder, el cine no es un medio para hacer manifiestos. Las películas contienen muchos menos “mensajes” de lo que se cree. Como decía Billy Wilder: “si quieres enviar un mensaje, ve a Western Union”.

Billy Wilder

Un buen drama, una buena tragedia, no es un mensaje, ni un panfleto, ni una declaración de principios, ni un manifiesto de ningún tipo. Es la representación de un dilema, de un conflicto que no tiene una solución fácil. O mejor aún, que no tiene solución. ¿Qué solución tiene el conflicto de “Edipo Rey”? Sacarse los ojos era lo mínimo, por así decirlo. Pero ni aun así se resuelve el conflicto.

Una buena tragedia no afirma. Al contrario, pregunta. Mira al público y le pregunta “¿Qué habrías hecho tú?”. Y si es una tragedia de las buenas, el espectador no tiene respuesta fácil. Al menos, un espectador decente. ¿Propugna “Edipo Rey” que los monarcas incestuosos deben arrancarse los ojos para expiar sus culpas? Sólo un moralista, un demagogo o un crítico mierder puede pensar eso.

Un melodrama sí es un manifiesto. “Princesas”, por ejemplo, es un melodrama. “Juno” es un melodrama. La respuesta al dilema está en la misma sinopsis de la película. Una visión dignificadora de la prostitución. Una mirada esperanzada al embarazo adolescente. Mejor que abortar, darlo en adopción. Las prostitutas se merecen un respeto.

¿Cuál es el objeto de películas como ésas? Masajear al espectador. Reconfortarle en su superioridad moral. Lo mismo que la telebasura, vaya. Al final de “Princesas”, el espectador (suponiendo que haya conseguido vencer el sueño), sale reconfortado, pensando “las putas también son personas, ya lo había pensado yo alguna vez”. En Juno sales del cine pensando “han elegido bien. Mola que la vida les dé otra oportunidad a estos chicos tan majetes”.

Comparemos esas sensaciones con las que te deja una tragedia decente como “4 meses, 3 semanas y 2 días”.

Vivimos en la edad del melodrama. Vivimos bajo el yugo del moralismo, la demagogia y la crítica mierder. Y no hablo sólo del cine y la televisión, que también. Hoy en día, hasta los periódicos son melodramáticos. Y lo terrible es que, por debajo de su aspecto de corrección y progresismo, el melodrama esconde un dogmatismo extremo.

Recuerden: la tragedia presenta un conflicto terrible, y te pregunta qué harías tú en esa situación. El melodrama te dice lo que debes hacer. No hay opciones. Esto es “lo bueno”, y punto. Y por extensión, todo lo demás es “lo malo”. En la edad del melodrama, la libertad de expresión pierde cada vez más terreno. Una vez que está claro qué es lo bueno y qué es lo malo, ¿qué sentido tiene debatir sobre nada? ¿Se han fijado en que cada vez hay más talk-shows en los que todos los contertulios están de acuerdo?

Veamos tres ejemplos de lo que representa la edad del melodrama:

1. Hace unas semanas, Nacho Vigalondo fue expulsado de la sección de blogs de El País por publicar una broma en su Twitter:

“Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!

Después de una cadena de reacciones que iban desde la sonrisa de los que entendimos que era un chiste hasta el cinismo de los que, entendiéndolo también, decidieron sacar partido de ello, el director de El País canceló el blog de Vigalondo aduciendo que ese chiste ofendía “a cualquier persona decente”. Zas. Ahí está el dogmatismo. Javier Moreno traza la línea a partir de la cual dejas de ser decente, y por tanto, es mejor no hablar contigo. Se le cierra el blog. ¿Se entiende la gravedad del asunto? No se le piden explicaciones al autor. Se le impide hablar. ¡NO LE ESCUCHÉIS!

2. Hace unos meses, en Las Mañanas de Cuatro, un grupo de ignorantes sobrepagados “debatía” sobre la exhibición de “A Serbian Film” en el festival de Sitges (en realidad, pedían censura a gritos). E invitaron a defenderse al propio director del festival, Ángel Sala.

Lo más descorazonador de todo el vídeo, a mi modo de ver, es que ni siquiera Sala, director de un festival de cine fantástico, acertó a decir en su defensa que la puta película no es más que una ficción. Hace poco semanas, Sala fue imputado por un supuesto delito de exhibición de pornografía infantil por un juez de Vilanova i la Geltrú.

3. Hace pocos días, Salvador Sostres publicó una entrada en su blog del diario El Mundo diciendo que el asesino de la webcam no era un monstruo, sólo un chico normal. La columna, probablemente el texto menos provocador que Sostres ha publicado en su vida, provocó también una cadena de reacciones que condujo a Pedro J. Ramírez a censurar la entrada. Poco después, la redacción de El Mundo escribió una carta colectiva pidiendo a Pedro J. que prescindiese de Sostres. (¡No le escuchéis!)

Salvador Sostres

Desde hace unos días, me parece como si yo fuera la única persona en el mundo que piensa que todas estas censuras son igual de graves. Me ha sorprendido muchísimo ver cómo compañeros guionistas, gente inteligente y ecuánime (escritores, por el amor de Dios), se mostraban de acuerdo con la censura a Sostres.

Recuerdo que, cuando era niño, en mi colegio, mi hermano y yo fuimos dos de los primeros críos que eligieron “Ética” en lugar de “Religión”. Esto generó desconcierto y rechazo en muchos compañeros. Muchos, pero muchos de ellos me preguntaron agresivamente: “¿Tú qué eres, musulmán o qué?”. 25 años después, sigo viendo la misma actitud en gente a quien presuponía mucho más inteligente, mucho más madura y mucho más liberal que mis compañeros de E.G.B.

Si criticas a Zapatero, te preguntan si defiendes a Rajoy. Si te dedicas al cine, dan por hecho que apoyas a Zapatero. En la edad del melodrama, parece que el 90% de los licenciados universitarios (y probablemente el 99% del resto de la población) necesita que la gente se posicione radicalmente en determinadas cuestiones. Hay, naturalmente, temas más delicados que otros. Algunos de los más delicados son:

– Racismo
– Homosexualidad
– Religión
– Terrorismo
– Violencia machista

Cualquier ambigüedad o mínima separación entre las posturas individuales de una persona y la versión oficial de lo moralmente correcto en estos ámbitos es percibida no ya como sospechosa, sino directamente como reprobable, e incluso posiblemente delictiva, al decir de ciertos fiscales y jueces, probablemente más ávidos de fama que de justicia.

El caso de Sostres, precisamente porque no comparto en absoluto su postura política, me parece el más interesante. Un montón de gente le acusa de justificar el crimen de Dorel Marcu. Sin embargo, Sostres escribió claramente en el post “censurado” (que, naturalmente, circula por Internet con más popularidad de la que jamás habría tenido de no haber sido censurado) que ni justificaba ni creía que se pudiera justificar el crimen. (No importa, “no le escuchéis”.)

¿Cuál es, entonces, el resorte que ha disparado esta polémica? Sería simplista pensar que todo tiene que ver con la política. Algo hay, sin duda. Los medios de izquierdas se cebaron con Sostres igual que los de derechas se cebaron con Vigalondo y Ángel Sala (que, al ser “del cine”, son sospechosos de sociatas). Pero la plantilla de El Mundo también arremetió contra Sostres. Y mucha más gente de derechas. Eso no es política. Eso es hipocresía. Eso se llama rasgarse las vestiduras. Y la mayor parte de la gente que se indignó por el artículo ni siquiera sabe qué parte del mismo le indignó realmente. (Por supuesto, la mitad de los demagogos ni siquiera ha leído el puto artículo, pero hablo de la otra mitad).

Todo el mundo repite como loros que Sostres ha justificado el crimen, cuando repetidamente dice lo contrario. Todo el mundo repite como loros que Sostres ha dicho que la violencia machista es normal, cuando eso no se dice en ningún momento en ese artículo. Todo el mundo habla sobre “el daño que hace” un post como éste, pero nadie es capaz de dar un ejemplo de ese supuesto daño.

Y todo el mundo coincide en que habría que impedir que gente como Sostres escribiese en periódicos. (No le escuchéis.)

¿Qué es lo que molesta realmente a estos hipócritas? Lo que les molesta es el uso de la palabra “violencia” en el artículo. Sostres escribe:

“Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo.”

Sin ese párrafo, el artículo habría pasado desapercibido. Porque hay mil maneras de decir que el chico no era un monstruo. Pero no se puede jugar con las etiquetas de la corrección. Ésas son intocables. Repasen la lista de más arriba: la violencia machista está en el top-5 de temas que, en la edad del melodrama, exigen un posicionamiento radical, inconfundible y, lo más importante, literal.

Uno puede ir a un programa de televisión y decir “la violencia machista es una lacra para la sociedad, pero hace falta ser muy zorra para quedarse preñada de otro y tardar cinco meses en decírselo“, y tampoco pasará gran cosa. Pero que a nadie se le ocurra decir “esto no es violencia machista, esto es otra cosa”, porque lo linchan.

El pensamiento no importa. Lo que importa es lucir bien la etiqueta. Para ser “correcto”, tienes que decir clara y literalmente, sin ambages, que rechazas la violencia machista porque es una lacra para la sociedad. Cualquier agresión de un hombre hacia una mujer debe ser etiquetado como “violencia machista” y colocado en la estadística correspondiente. No te atrevas a intentar ver matices, o serás automáticamente acusado de hacer apología de la violencia machista.

Porque, en la edad del melodrama, hemos rechazado el pensamiento. Hemos rechazado el debate. Lo hemos cambiado por una burda etiqueta. Hemos convertido nuestro cerebro en una red cuadriculada en la que no caben formas distintas, no existen los matices. Hacer una mínima variación en la formulación de una idea es percibido mayoritariamente como una formulación en contra de la idea.

“O estás conmigo, o estás contra mí.”
“Dirá lo que quiera, pero lo que está pensando es…”
“No deberían dejar que esta gente fuese por ahí diciendo esas cosas.”

(No le escuchéis.)

Salvador Sostres, por si alguien no se ha dado cuenta, es un profesional de la provocación. La indignación de los “correctos” no es fruto de un error de cálculo. Al contrario, es un efecto buscado. Su despliegue retórico en el programa de Isabel San Sebastián, el ritmo de su monólogo, el tema elegido… denotan una enorme habilidad para la provocación.

Y la provocación es algo sano. Muchos no querrán darse cuenta, pero Salvador Sostres, con una sola columna, y encima censurada, ha generado más reflexión y debate sobre la violencia machista que año y medio de trabajo del extinto Ministerio de Igualdad.

Pero Sostres hace algo aparte de trastear con la etiqueta de la violencia machista. Sostres, como haría un buen guionista, se pone en la piel del asesino e intenta comprenderlo. Y tiene el valor de mencionar algo que todos hemos pensado muchas veces ante un crimen como éste:

“Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más (…) Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?,  ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?”

Antes de pedir que censuren a nadie por exhibir una opinión escandalosa, conviene pensar si no estaremos repitiendo por inercia una conducta aprendida. Si realmente nos han ofendido, o sólo reaccionamos porque alguien se burla de un mantra vacuo que nos aporta cierta seguridad cuando lo repetimos una y otra vez.

Pensemos un poco antes de juzgar. Juzgar es fácil. Por eso lo hace todo el mundo. Por eso Twitter, y Facebook, y demás versiones virtuales de la charla de barra de bar, están llenos de indignados efímeros, que se rasgan las vestiduras en las primeras veinticuatro horas y luego se olvidan del asunto.

En lugar de repetir mantras como si significasen algo, en lugar de pedir (vergüenza para un escritor) que se censure una película, una columna o un blog, recuperemos la buena costumbre de argumentar. Al menos, hagámoslo los que vivimos de nuestra capacidad para ponernos en la piel de otros.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 14 de abril de 2011)


FLASHBACK – FIRMAS INVITADAS: CUIDA TU RANCHO

31 julio, 2011

por Nacho Vigalondo.

Vamos a cerrar los ojos y a imaginar que recibimos una llamada de ese magnate del audiovisual cuyo nombre conoce hasta nuestra madre. Nos cita en su despacho con columnas de mármol y allí nos promete el cheque de nuestras vidas a cambio un encargo tan sencillo que escalofría:

-Quiero que escribas el guión perfecto.

Decimos que sí y nos ponemos a pensar (un guionista rara vez lo hace al revés).

Pensemos en una historia que esté basada libremente en hechos reales, lo justo como para que esté claro que se trata de una historia oportuna, sin llegar a los detalles del caso real, sin nombres y apellidos o parientes vivos que puedan ponernos peros. No queremos comprometernos más de la cuenta, que la verdad nos corte las alas, queremos que la historia tenga potencial como espectáculo. Que satisfaga por igual al interesado en la problemática que estamos rozando, y al que ha venido al cine a olvidarse de la realidad durante un par de horas.

Se trataría de un drama, pero un drama abierto a otros géneros. Tiene que haber una puerta abierta a la comedia, que el espectador ría sin que todavía se le hayan secado las lágrimas. Y que sea un humor variado, que tengan cabida la generosidad del chiste fácil y complicidad de la alta comedia. Sería magnífico que la trama tuviese formas de relato de misterio, policíaco, incluso tintes de horror. Y que hubiese espacio para alguna set piece de acción. Un clímax vistoso.

Sería genial que el guión tuviese una trama sólida, con diálogos brillantes, a la manera clásica, pero que no se quedase ahí. Que aportase algún tipo de innovación estructural, algún atrevimiento a la hora de describir algún personaje, algún punto de vista. La película ha de ser accesible para el gran público, pero debería ofrecer un número suficiente de atractivos para el espectador inquieto, incluso para el seleccionador de los festivales de élite. Intentemos que la película sea fácil, pero sofisticada. Tradicionalista, pero a la moda. Que defienda viejos valores, pero desde una perspectiva atrevida. Que sea glamurosa, pero no frívola. Que sea autóctona, pero sin dejar de ser universal.

En resumidas cuentas, que sea todas las películas, aunque acabe no siendo ninguna.

Todo periodista acaba sabiendo que cuanto más clara es tu postura politica, más fácil es hacer rentable tu oficio. Una clave para la estabilidad profesional sería encontrar ese hueco en el espectro político que aún no esté dominado por un comunicador de prestigio y levantar ahí tu rancho. Y, como diría un colono, si no hay sitio aquí, habrá que seguir buscando, más a la derecha, o más a la izquierda. Es lo que los especialistas en marketing llaman posicionamiento en el mercado.

El autor, sin embargo, ha recibido por diferentes medios el mensaje contrario, y no me refiero a que la prensa española le haya pedido que sea apolítico. Cierta cultura de la eficacia, cierto intento por reconocer “lo que funciona”, en resumidas cuentas, sueños de una industria cada vez más explícitos en cursos, manuales y análisis de taquilla y audiencias… Todo ello le hace intuir que un ideal artístico podría ser escribir ese producto que pueda agradar a todos, desde el connoseur al cani, en el menor tiempo posible.

Se ha defendido en Bloguionistas en varias ocasiones la versatilidad del guionista, entendida como la capacidad para adaptarse al cualquier formato y género, a cualquier convención, estilo e intenciones. En algunos casos esta flexibilidad es un hecho vocacional, indiscutible. Tanto como las estrechas prisiones con las que nacen otros autores. El primer escritor perdería tiempo y energías luchando por unas señas autorales específicas que nunca dejarían de ser postizas. El segundo no ganaría más que disgustos si se dejase acomplejar por los profesionales todoterreno. Es lo que nos diferencia de los periodistas: aquí buscar otros prados en busca de riqueza o aceptación más inmediatas suele ser un fracaso seguro.

Uno de los pocos ideales que todavía conservo, y que comparto en cursos y charlas si sale el tema, es el de que cualquier aspirante a escribir o dirigir cine debería quitarse cuanto antes el miedo a posicionarse, por muy radical que sea su postura. Creo que es de las pocas lecciones que he ido aprendiendo, en carne propia y a través de mis compañeros: El cuidado y defensa de una parcela creativa bien definida da más frutos que los intentos por conquistar el planeta. Y esto vale para el artista radical y para el artesano clasicista. Quizás el rancho que te ha tocado levantar te permita vivir de esto de un día para otro. Quizás te exija bastante o mucha paciencia. Todo lo que puedo decir es que, a dia de hoy no tengo ningún compañero de generación con finca propia, a la vista de todos pero protegida por una cerca electrificada, que no haya sido reconocido o viva de su labor como guionista o director. Los más insólitos son los que más han tardado. Pero están ahí.

Por eso disfruto una manifestación como ésta, aunque comprendo que no sea bien recibida en algunos rincones de esta casa. Creo que un rancho defendido con entusiasmo y sin miedo es motivo de admiración… Aunque esté en la otra punta del pueblo.

Continuará en: Cágate en tu rancho.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 1 de abril de 2010)


FLASHBACK – FIRMAS INVITADAS: CÁGATE EN TU RANCHO

25 junio, 2011

por Nacho Vigalondo.

Uno de los puntos que más respeto de mi supuesto código ético a la hora de escribir es el siguiente:

Las transiciones dramáticas más importantes del relato nunca estarán resueltas a través de un diálogo explicativo.

Lo que me impongo es que esos puntos en los que se concentran todos los posibles significados del relato, las bisagras más decisivas, sean un encaje de piezas a una escala más esencial de lo que un texto en voz alta puede transmitir. Evitar la explicitud en la medida de lo posible, introducir un poco de alquimia entre tanta arquitectura.

Por ejemplo, en Los Cronocrímenes hay un personaje, el científico, que parece estar soltando en todo momento información decisiva para el personaje protagonista, Héctor. Sin embargo, nunca hay comunicación real entre estos dos sujetos, porque hay demasiado desnivel entre lo que realmente sabe uno y otro. El científico nunca consigue convencer a Héctor de nada, porque le habla desde muy arriba o muy abajo.

Las transiciones de Héctor son otras, y tras mucho sudar las versiones de guión, acabaron siendo: La segunda aparición de las tijeras, en manos de la chica, la segunda vez que se oye el trueno, en el balcón y la reaparición del personaje de Clara, en la cocina, de noche.

Evidentemente, con estas decisiones se corre el riesgo de que un tanto por ciento bastante alto del público no se entere de lo que ha sucedido en el momento exacto en el que se ha producido. Algo que no es tan problemático como podría sonar: Al buen espectador le irrita que la película se esfuerce en correr a su misma velocidad, al buen espectador le encanta que le adelanten de vez en cuando.

El peligro real de estas técnicas está en otro tipo de confusión: La que generas en los lectores del guión de cuyo juicio depende que la película se ruede o no. En los despachos hay límite de velocidad, y no hay adelantamientos que valgan.

Hasta hace bien poco, la norma que os he explicado antes estaba soldada a otra, que habréis oído mil veces:

El guión literario describirá únicamente lo que se verá en pantalla y lo que se oirá a través de los altavoces. Toda la información que se intuya en la película, debería intuirse en el guión, sin necesidad de ser explicada en las acotaciones.

O sea, nada de acotaciones sobreexplicativas, nada de alusiones al lector, nada de subrayados retóricos. He estado quince años respetando esta norma de guión y exigiéndola en los de otro con severidad. No como una cuestión meramente práctica, sino también de principios.

Hoy en día sigo llevando a rajatabla la primera regla que os he confesado. La segunda la he mandado a freir espárragos.

Con el tiempo me he ido dando cuenta de que cometía un error pretendiendo que el guión tuviese un acabado con valores similares a los de la propia película. El guión no es una obra, sino una herramienta para posibilitarla. Para poder rodar una película, también para financiarla.

A dia de hoy, los principios me los reservo para el producto final. Mi siguiente guión tiene dos versiones. Los sabios a los que  siempre acudo leerán una en la que

FULANITO mira la cadena de la cisterna. La agarra, hace ademán de tirar, pero se detiene. La suelta, pensativo. Sale del baño.

Pero el comité que decida si mi película se rueda o no leerá que

FULANITO mira la cadena de la cisterna. La agarra, hace ademán de tirar, pero se detiene. La suelta, pensativo. Está harto de limpiar la mierda de otros. Que cada uno se ocupe de lo suyo. FULANITO sale del baño, sonriendo para sí.

Y todos tan contentos.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 8 de abril de 2010)


LA EDAD DEL MELODRAMA

14 abril, 2011

por Sergio Barrejón.

Más tarde o más temprano, a algún guionista de este país le encargarán escribir una tv-movie sobre el caso de Dorel Marcu, más conocido en España como el asesino de la webcam. Probablemente la tv-movie nunca se llegue a emitir, pero casi con toda seguridad llegará a haber un guión.

Y el guionista al que el toque el marrón tendrá que hacer un ejercicio básico en esta profesión: meterse en la piel de cada personaje. No hablo de documentarse. No hablo de investigar cómo se movía, cómo hablaba tal o cual personaje. Hablo de hacer un esfuerzo por pensar como él.

Adoptar el punto de vista de cada personaje es un ejercicio básico porque permite al guionista anticipar la respuesta a una pregunta muy peligrosa que a veces se forma en la cabeza del espectador: ¿Por qué hace esto este tío? Un espectador piensa eso muy pocas veces durante una buena película. De hecho, la mayor parte de las veces que piensa eso, el pensamiento siguiente es: esta peli no es muy buena.

Y es que una de las maneras más rápidas de perder la atención del espectador es forzar a los personajes a decir o hacer cosas que, en la vida real, no harían. Respetar la motivación del personaje es una norma sagrada. Eso lo sabe cualquier buen guionista (y cualquier buen actor). Pero veces se nos olvida. Por ejemplo, porque nos empeñamos en “dejar algo claro al espectador”. En una serie chunga de policías, por ejemplo, no es raro encontrar escenas en que un agente le dice a otro cosas del tipo: “no podemos entrar en esa casa sin una orden de registro. Sería allanamiento de morada”. Como si alguien pudiera llegar a policía sin saber esas cosas.

Otras veces faltamos a la norma sagrada porque no queremos hacer demasiado antipático a un personaje, o por lo contrario: porque estamos escribiendo sobre un asesino, y queremos que quede claro que es una mala persona. El problema, claro, es que la mayor parte de las malas personas no se ven a sí mismas como tales. Y por lo general, su motivación para hacer lo que hacen no es “voy a matar a este fulano porque soy malo que te cagas”. Normalmente tienen razones para hacer las cosas. Al menos, eso creen ellos. La responsabilidad del guionista, aquí, es la misma que la del psicólogo: debe esforzarse por entenderle. Es la única manera de escribir guiones decentes, en vez de panfletos baratos.

Contrariamente a lo que creen los moralistas y los demagogos y los críticos mierder, el cine no es un medio para hacer manifiestos. Las películas contienen muchos menos “mensajes” de lo que se cree. Como decía Billy Wilder: “si quieres enviar un mensaje, ve a Western Union”.

Billy Wilder

Un buen drama, una buena tragedia, no es un mensaje, ni un panfleto, ni una declaración de principios, ni un manifiesto de ningún tipo. Es la representación de un dilema, de un conflicto que no tiene una solución fácil. O mejor aún, que no tiene solución. ¿Qué solución tiene el conflicto de “Edipo Rey”? Sacarse los ojos era lo mínimo, por así decirlo. Pero ni aun así se resuelve el conflicto.

Una buena tragedia no afirma. Al contrario, pregunta. Mira al público y le pregunta “¿Qué habrías hecho tú?”. Y si es una tragedia de las buenas, el espectador no tiene respuesta fácil. Al menos, un espectador decente. ¿Propugna “Edipo Rey” que los monarcas incestuosos deben arrancarse los ojos para expiar sus culpas? Sólo un moralista, un demagogo o un crítico mierder puede pensar eso.

Un melodrama sí es un manifiesto. “Princesas”, por ejemplo, es un melodrama. “Juno” es un melodrama. La respuesta al dilema está en la misma sinopsis de la película. Una visión dignificadora de la prostitución. Una mirada esperanzada al embarazo adolescente. Mejor que abortar, darlo en adopción. Las prostitutas se merecen un respeto.

¿Cuál es el objeto de películas como ésas? Masajear al espectador. Reconfortarle en su superioridad moral. Lo mismo que la telebasura, vaya. Al final de “Princesas”, el espectador (suponiendo que haya conseguido vencer el sueño), sale reconfortado, pensando “las putas también son personas, ya lo había pensado yo alguna vez”. En Juno sales del cine pensando “han elegido bien. Mola que la vida les dé otra oportunidad a estos chicos tan majetes”.

Comparemos esas sensaciones con las que te deja una tragedia decente como “4 meses, 3 semanas y 2 días”.

Vivimos en la edad del melodrama. Vivimos bajo el yugo del moralismo, la demagogia y la crítica mierder. Y no hablo sólo del cine y la televisión, que también. Hoy en día, hasta los periódicos son melodramáticos. Y lo terrible es que, por debajo de su aspecto de corrección y progresismo, el melodrama esconde un dogmatismo extremo.

Recuerden: la tragedia presenta un conflicto terrible, y te pregunta qué harías tú en esa situación. El melodrama te dice lo que debes hacer. No hay opciones. Esto es “lo bueno”, y punto. Y por extensión, todo lo demás es “lo malo”. En la edad del melodrama, la libertad de expresión pierde cada vez más terreno. Una vez que está claro qué es lo bueno y qué es lo malo, ¿qué sentido tiene debatir sobre nada? ¿Se han fijado en que cada vez hay más talk-shows en los que todos los contertulios están de acuerdo?

Veamos tres ejemplos de lo que representa la edad del melodrama:

1. Hace unas semanas, Nacho Vigalondo fue expulsado de la sección de blogs de El País por publicar una broma en su Twitter:

“Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!

Después de una cadena de reacciones que iban desde la sonrisa de los que entendimos que era un chiste hasta el cinismo de los que, entendiéndolo también, decidieron sacar partido de ello, el director de El País canceló el blog de Vigalondo aduciendo que ese chiste ofendía “a cualquier persona decente”. Zas. Ahí está el dogmatismo. Javier Moreno traza la línea a partir de la cual dejas de ser decente, y por tanto, es mejor no hablar contigo. Se le cierra el blog. ¿Se entiende la gravedad del asunto? No se le piden explicaciones al autor. Se le impide hablar. ¡NO LE ESCUCHÉIS!

2. Hace unos meses, en Las Mañanas de Cuatro, un grupo de ignorantes sobrepagados “debatía” sobre la exhibición de “A Serbian Film” en el festival de Sitges (en realidad, pedían censura a gritos). E invitaron a defenderse al propio director del festival, Ángel Sala.

Lo más descorazonador de todo el vídeo, a mi modo de ver, es que ni siquiera Sala, director de un festival de cine fantástico, acertó a decir en su defensa que la puta película no es más que una ficción. Hace poco semanas, Sala fue imputado por un supuesto delito de exhibición de pornografía infantil por un juez de Vilanova i la Geltrú.

3. Hace pocos días, Salvador Sostres publicó una entrada en su blog del diario El Mundo diciendo que el asesino de la webcam no era un monstruo, sólo un chico normal. La columna, probablemente el texto menos provocador que Sostres ha publicado en su vida, provocó también una cadena de reacciones que condujo a Pedro J. Ramírez a censurar la entrada. Poco después, la redacción de El Mundo escribió una carta colectiva pidiendo a Pedro J. que prescindiese de Sostres. (¡No le escuchéis!)

Salvador Sostres

Desde hace unos días, me parece como si yo fuera la única persona en el mundo que piensa que todas estas censuras son igual de graves. Me ha sorprendido muchísimo ver cómo compañeros guionistas, gente inteligente y ecuánime (escritores, por el amor de Dios), se mostraban de acuerdo con la censura a Sostres.

Recuerdo que, cuando era niño, en mi colegio, mi hermano y yo fuimos dos de los primeros críos que eligieron “Ética” en lugar de “Religión”. Esto generó desconcierto y rechazo en muchos compañeros. Muchos, pero muchos de ellos me preguntaron agresivamente: “¿Tú qué eres, musulmán o qué?”. 25 años después, sigo viendo la misma actitud en gente a quien presuponía mucho más inteligente, mucho más madura y mucho más liberal que mis compañeros de E.G.B.

Si criticas a Zapatero, te preguntan si defiendes a Rajoy. Si te dedicas al cine, dan por hecho que apoyas a Zapatero. En la edad del melodrama, parece que el 90% de los licenciados universitarios (y probablemente el 99% del resto de la población) necesita que la gente se posicione radicalmente en determinadas cuestiones. Hay, naturalmente, temas más delicados que otros. Algunos de los más delicados son:

– Racismo
– Homosexualidad
– Religión
– Terrorismo
– Violencia machista

Cualquier ambigüedad o mínima separación entre las posturas individuales de una persona y la versión oficial de lo moralmente correcto en estos ámbitos es percibida no ya como sospechosa, sino directamente como reprobable, e incluso posiblemente delictiva, al decir de ciertos fiscales y jueces, probablemente más ávidos de fama que de justicia.

El caso de Sostres, precisamente porque no comparto en absoluto su postura política, me parece el más interesante. Un montón de gente le acusa de justificar el crimen de Dorel Marcu. Sin embargo, Sostres escribió claramente en el post “censurado” (que, naturalmente, circula por Internet con más popularidad de la que jamás habría tenido de no haber sido censurado) que ni justificaba ni creía que se pudiera justificar el crimen. (No importa, “no le escuchéis”.)

¿Cuál es, entonces, el resorte que ha disparado esta polémica? Sería simplista pensar que todo tiene que ver con la política. Algo hay, sin duda. Los medios de izquierdas se cebaron con Sostres igual que los de derechas se cebaron con Vigalondo y Ángel Sala (que, al ser “del cine”, son sospechosos de sociatas). Pero la plantilla de El Mundo también arremetió contra Sostres. Y mucha más gente de derechas. Eso no es política. Eso es hipocresía. Eso se llama rasgarse las vestiduras. Y la mayor parte de la gente que se indignó por el artículo ni siquiera sabe qué parte del mismo le indignó realmente. (Por supuesto, la mitad de los demagogos ni siquiera ha leído el puto artículo, pero hablo de la otra mitad).

Todo el mundo repite como loros que Sostres ha justificado el crimen, cuando repetidamente dice lo contrario. Todo el mundo repite como loros que Sostres ha dicho que la violencia machista es normal, cuando eso no se dice en ningún momento en ese artículo. Todo el mundo habla sobre “el daño que hace” un post como éste, pero nadie es capaz de dar un ejemplo de ese supuesto daño.

Y todo el mundo coincide en que habría que impedir que gente como Sostres escribiese en periódicos. (No le escuchéis.)

¿Qué es lo que molesta realmente a estos hipócritas? Lo que les molesta es el uso de la palabra “violencia” en el artículo. Sostres escribe:

“Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo.”

Sin ese párrafo, el artículo habría pasado desapercibido. Porque hay mil maneras de decir que el chico no era un monstruo. Pero no se puede jugar con las etiquetas de la corrección. Ésas son intocables. Repasen la lista de más arriba: la violencia machista está en el top-5 de temas que, en la edad del melodrama, exigen un posicionamiento radical, inconfundible y, lo más importante, literal.

Uno puede ir a un programa de televisión y decir “la violencia machista es una lacra para la sociedad, pero hace falta ser muy zorra para quedarse preñada de otro y tardar cinco meses en decírselo“, y tampoco pasará gran cosa. Pero que a nadie se le ocurra decir “esto no es violencia machista, esto es otra cosa”, porque lo linchan.

El pensamiento no importa. Lo que importa es lucir bien la etiqueta. Para ser “correcto”, tienes que decir clara y literalmente, sin ambages, que rechazas la violencia machista porque es una lacra para la sociedad. Cualquier agresión de un hombre hacia una mujer debe ser etiquetado como “violencia machista” y colocado en la estadística correspondiente. No te atrevas a intentar ver matices, o serás automáticamente acusado de hacer apología de la violencia machista.

Porque, en la edad del melodrama, hemos rechazado el pensamiento. Hemos rechazado el debate. Lo hemos cambiado por una burda etiqueta. Hemos convertido nuestro cerebro en una red cuadriculada en la que no caben formas distintas, no existen los matices. Hacer una mínima variación en la formulación de una idea es percibido mayoritariamente como una formulación en contra de la idea.

“O estás conmigo, o estás contra mí.”
“Dirá lo que quiera, pero lo que está pensando es…”
“No deberían dejar que esta gente fuese por ahí diciendo esas cosas.”

(No le escuchéis.)

Salvador Sostres, por si alguien no se ha dado cuenta, es un profesional de la provocación. La indignación de los “correctos” no es fruto de un error de cálculo. Al contrario, es un efecto buscado. Su despliegue retórico en el programa de Isabel San Sebastián, el ritmo de su monólogo, el tema elegido… denotan una enorme habilidad para la provocación.

Y la provocación es algo sano. Muchos no querrán darse cuenta, pero Salvador Sostres, con una sola columna, y encima censurada, ha generado más reflexión y debate sobre la violencia machista que año y medio de trabajo del extinto Ministerio de Igualdad.

Pero Sostres hace algo aparte de trastear con la etiqueta de la violencia machista. Sostres, como haría un buen guionista, se pone en la piel del asesino e intenta comprenderlo. Y tiene el valor de mencionar algo que todos hemos pensado muchas veces ante un crimen como éste:

“Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más (…) Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?,  ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?”

Antes de pedir que censuren a nadie por exhibir una opinión escandalosa, conviene pensar si no estaremos repitiendo por inercia una conducta aprendida. Si realmente nos han ofendido, o sólo reaccionamos porque alguien se burla de un mantra vacuo que nos aporta cierta seguridad cuando lo repetimos una y otra vez.

Pensemos un poco antes de juzgar. Juzgar es fácil. Por eso lo hace todo el mundo. Por eso Twitter, y Facebook, y demás versiones virtuales de la charla de barra de bar, están llenos de indignados efímeros, que se rasgan las vestiduras en las primeras veinticuatro horas y luego se olvidan del asunto.

En lugar de repetir mantras como si significasen algo, en lugar de pedir (vergüenza para un escritor) que se censure una película, una columna o un blog, recuperemos la buena costumbre de argumentar. Al menos, hagámoslo los que vivimos de nuestra capacidad para ponernos en la piel de otros.


OBSESIÓN

15 julio, 2010

por Pianista en un Burdel.

Hace tiempo publiqué dos posts raros en mí: sensatos, lúcidos y con tesis. Probablemente los dos únicos artículos de los que me siento orgulloso.

Me lo paso bien soltando diatribas contra productores poderosos, ganándome el odio de ciertos compañeros del Sindicato, y publicando gilipolladitas supuestamente ocurrentes. Pero artículos como PLANTILLA DE GUIÓN PARA OPENOFFICE y MANIFIESTO POR UN FORMATO COMÚN son algo más que entretenimiento para frikis del guión. Creo honestamente que tratan un tema importante y proponen cosas útiles.

Naturalmente, nadie les ha hecho ni puto caso en la industria. Pero eso, dada la tesitura actual del negocio audiovisual español, no hace más que reafirmar mi convicción de que he dado en el clavo. Si recibiese aplausos de la gente que manda en la industria, me preocuparía y mucho.

Lo que venía a decir en MANIFIESTO POR UN FORMATO COMÚN es que más nos valdría a todos adoptar un formato común para los guiones audivosuales y renunciar a costosas y arbitrarias plantillas de su padre y de su madre, y cuya continuidad sólo se justifica por la fuerza de la costumbre y el arraigado yoesquismo ibérico. Verbigracia: “ya sé que es una mierda, pero yo es que estoy acostumbrado”. Más o menos el mismo argumento por el que, en el siglo XXI, en un país de la Unión Europea, aún se toleran cosas como el toro embolado.

En PLANTILLA DE GUIÓN PARA OPENOFFICE proponía que abrazar el software libre y gratuito, en vez de plegarnos a la absurda tiranía del Microsoft Word: un programa caro, complejo, de tamaño monstruoso y carente de ergonomía, que una vez más, sólo reina en el mundo audiovisual porque nadie con un mínimo poder de decisión se ha sentado a pensar cómo optimizar el sector de guión. No creo que nadie sea capaz de discutir que es mejor un software específico, multiplataforma, gratuito y accesible desde Internet que un macroprocesador que cuesta cientos de euros, que presenta todo tipo de problemas de compatibilidad, y que lo único que ofrece a cambio son miles de funcionalidades que no se necesitan en absoluto para un guión.

Que OpenOffice y Celtx son mejores que Word para escribir guiones es tan evidente como que las sitcom y las telenovelas diarias deberían durar 25 minutos por capítulo. Pero ya saben que hay personas que no están dispuestas a permitir que una evidencia distorsione sus queridos prejuicios. Esas personas se llaman MANDAMASES, y no hay nada que más les joda que una buena idea que no haya salido de su propia cabeza.

Como me dijo un jefe una vez: “no vuelvas a llevarme la contraria, y mucho menos si tienes razón“.

El caso es que recientemente ha aparecido un comentario de una lectora habitual de Bloguionistas en uno de estos posts, que dice lo siguiente:

Trabajé bastante tiempo con open office, pero después de dos años de problemas continuados por parte de los destinatarios de mi trabajo, trminé por poner una copía pirata de Office.

[…]

Aunque soy una firme defensora del software libre (muy acertado lo que comenta al respecto) creo que mientras no se solucionen las compatibilidades con otros programas es dificil pensar en su generalización.

Cristina, tiene usted toda la razón. Con un matiz: los problemas de compatibilidad no los tiene OpenOffice con Word, sino Word con el resto del mundo. Y sobre todo, los verdaderos problemas de compatibilidad los tienen los mandamases con el mundo real, con el pensamiento lógico.

Usemos un ejemplo práctico. Pongamos que yo escribo en Celtx el guión de un largometraje (como ya han hecho, recordemos, Borja Cobeaga y Diego San José con No Controles o Nacho Vigalondo con Extraterrestre, entre otros), y lo envío en PDF, que es como se envían los documentos serios en el mundo real.

Hagamos un inciso: ¿por qué se popularizó, precisamente, el formato PDF para enviar los documentos serios en el mundo real? Porque es un formato legible desde un software gratuito y multiplataforma, como es Adobe Reader. Es decir, porque cualquiera, aunque no sea orgulloso poseedor de un Word pagado, o miserable poseedor de un Word pirateado, puede leerlo en su formato original, descargándose gratuitamente el Adobe Reader. En otras palabras: por su gran versatilidad. Fin del inciso.

He enviado mi guión en PDF y lo he vendido a una productora. Hacemos un par de reescrituras y el guión entra en preproducción. Un ayudante de producción o de dirección me pide el guión en un formato editable para, pongamos por caso, numerar las escenas. Le paso en guión en su formato original, .celtx. Y ¿qué ocurre? Saltan las alarmas:

¡NO SE ME ABRE EN WORD!

¿Saben lo que ocurrirá a continuación? En la oficina de producción habrá denodados intentos por copiar y pegar el documento .celtx en Word. Viendo que el formato se va al carajo y los acentos se convierten en locos grupos de caracteres con aspecto de blasfemia de tebeo de Ibáñez (#$%*!!), intentarán abrir el PDF en Word. El resultado será igual de frustrante. Entonces, algún pobre asistente se comerá el marrón, y perderá valiosas horas de trabajo intentando reformatearlo. Cuando se vea que es una tarea inhumana, algún ayudante llamará al productor para quejarse, y el productor llamará al guionista para exigirle el guión en formato Word.

¿Saben cómo se denomina esto en psicología? OBSESIÓN.

Eso es lo que hay en la industria con respecto a Word. Una verdadera obsesión. Porque sólo desde la sinrazón se explica esa incapacidad para buscar caminos alternativos. Tan simples como pensar ¿qué formato es éste? ¿.celtx? VOY A BUSCARLO EN GOOGLE. Que en el siglo XXI, en un país de la Unión Europea, un profesional del cine sea incapaz de superar un mínimo problema técnico cuya solución se encuentra a un maldito click… sencillamente no es lógico.

Celtx, y para el caso OpenOffice, no tienen problemas de compatibilidad con Word. Sencillamente, no es su objetivo ni su responsabilidad ser compatibles con Word. ¿Desde cuándo lo que es gratis y accesible tiene que competir con lo que es caro y difícil de obtener? ¡Que Word se busque la vida para abrir documentos .celtx! ¡Que las oficinas de producción abran los ojos y se instalen Celtx y OpenOffice en sus ordenadores!

A nadie en su sano juicio se le ocurriría exigir una partitura musical o unos planos de rodaje en formato Word. Dejen de pedir los guiones en formato Word. Existe software específico y gratuito para escribir guiones. Existe otro procesador de textos tan completo como Word, gratuito, compatible con todos los sistemas, y descargable desde Internet.

Señores mandamases, queridos productores, amigos ayudantes y asistentes: solucionad vuestros problemas de compatibilidad con la vida real, por favor. Haced sitio en vuestros discos duros para Celtx y OpenOffice. Y sobre todo, haced sitio en vuestros cerebros para lo que viene siendo LA LÓGICA.


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