JUEGOS, HERRAMIENTAS Y VIAJES DEL HÉROE

19 abril, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace un par de meses entrevisté a Jacobo Feijóo para elaborar este post sobre librojuegos y juegos de mesa. Salió mucha información interesante de aquella conversación, y todo podría haber quedado ahí… pero Jacobo me habló de una iniciativa que estaba a punto de presentar en sociedad y, ¡joder! me pareció demasiado interesante para no hablar aquí sobre ello.

¡Hay que hacer algo con esto!“, dije… o pensé… o puede que ambas cosas. “¡Aquí hay otra entrevista para el blog!

Y él me propuso hacer algo que ninguno de los dos habíamos hecho antes y que, por ello mismo, nos sedujo a ambos:

Una entrevista en vídeo, una videoconferencia, un skype… o algo que se le pareciese.

Eso es lo que os aguarda al final de este post.

Ha transcurrido más de un mes, o casi dos, desde que decidimos emprender esta iniciativa hasta que hemos logrado hacerla realidad.

¿Por qué?

Por una mezcla de incompatibilidad de agendas y, sobre todo, por la ineptitud tecnológica de ambos. Somos criaturas del siglo XX intentando adaptarnos a las dinámicas de ahora. Lo que para un youtuber contemporáneo sería el pan nuestro de cada día, para nosotros ha sido un sin fin de quebraderos de cabeza. Hemos necesitado tres o cuatro reuniones de Skype para averiguar cómo cojones grabarnos en una conversación por Skype en la que se nos vea y se nos escuche a ambos.

Y no lo hemos conseguido.

Al final la hemos grabado con Hangout (gracias a que Jacobo descubrió el modo de hacerlo. Si hubiese dependido de mí, aún seguiríamos intentando grabar  – y frustrándonos en el intento – el vídeo que estoy a punto de compartir con vosotros.

Puta tecnología“, mascullaba yo.

A mí el ábaco nunca me ha dado estos disgustos“, añadía Jacobo.

Quizá por eso este artefacto del que vamos a hablar, este TOOLKIT DE DISEÑO NARRATIVO, no depende en absoluto de tecnologías modernas, ni de ceros y unos. No necesita enchufarse a la red eléctrica para funcionar. Se trata, en apariencia, de un juego de cartas, aunque su creador está a punto de explicarnos que se trata de algo más que un juego. Con la excusa de explicarnos cómo funciona su Toolkit, Jacobo nos hace un resumen la mar de interesante sobre uno de los temas favoritos del guionista contemporáneo: El viaje del héroe. Una disección sobre los orígenes de esas teorías, sobre sus aplicaciones actuales y sobre sus futuras implicaciones.

Si tienes 18 minutos libres, éste es un buen pasatiempo en el que invertirlos. Si no los tienes, te recomiendo ir disfrutando de esta charla en cómodos plazos:

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Y si este TOOLKIT NARRATIVO te ha hecho tilín, LO PUEDES ENCONTRAR AQUÍ.

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MARTA GRAU: “LAS BUENAS HISTORIAS SON LAS QUE TE EMOCIONAN Y CONECTAN CON LO QUE TE HACE HUMANO”

31 marzo, 2017

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

“La Mente Narradora: la neurociencia aplicada al arte de escribir guiones”El título del libro, escrito por la guionista, analista y doctora Marta Grau, no deja lugar a dudas sobre la tesis que defiende: nuestra manera de escribir está condicionada por nuestra manera de pensar.  A lo largo de sus páginas, Grau esgrime (con abundantes ejemplos fílmicos y apoyándose en teorías cinematográficas y científicas) la clara relación que existe entre él éxito y abundancia de las historias contadas en tres actos con la forma en la que nuestro cerebro percibe el mundo. Del mismo modo, Grau también hace referencia a cómo, incluso en las películas más independientes y a priori alejadas del sistema convencional de narración, los cineastas hacen uso de mecanismos clásicos para lograr la empatía con el espectador. De todo ello, además de reflexionar sobre sus facetas de guionista, analista y profesora, pudimos hablar con ella en profundidad. Aquí tenéis el resultado.

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Antes de empezar a hablar sobre el libro, parece interesante detenernos en el hecho de que compaginas la escritura de literatura con la escritura de guiones y la docencia, además de haber trabajado como analista de guión. ¿En qué sentido crees que se compaginan estas profesiones?

¡En que todo está relacionado con el arte de narrar…! De hecho, si lo pienso, lo que siempre me ha apasionado en realidad son las historias, sin pensar en qué formato o medio me llegaban: los cuentos, fueran los de antes de ir a dormir o los de los libros; la anécdota de un amigo que tiene una gracia innata en contarte un encontronazo con su exnovia; o las mejores películas que encuentras en la cartelera del cine… Me fascinan las historias y la gente que sabe contarlas bien…

¿Personalmente, qué te aporta esta compaginación?

Analizar guiones y enseñar la teoría del guión y la práctica me ha ayudado mucho a reflexionar sobre cómo escribo y por qué escribo. Es básico cuándo un alumno te pregunta: “¿pero por qué ahora es necesario un punto de giro?” o “¿por qué necesita el personaje tener un problema más grande que el que ya tiene?” y no puedes decir que es simplemente porque tu intuición te lo dice, vamos, que sabes que fluiría mejor y más “naturalmente” la historia. Tienes que pararte a pensar en por qué las narraciones acaban funcionando mejor creativamente de una u otra manera… ¡Podríamos decir que mi profesión creativa del hemisferio derecho ha acabado llevándose bien y creando buenas sinergias con mi profesión más analítica del hemisferio izquierdo!

Como analista, ¿detectas ciertos errores que puedan repetirse en más de un guión y que sean fácilmente evitables con consejos básicos?

Diría que dos de los errores que más veo son la falta de conflicto y olvidarse de que la emoción y la historia debe provenir del personaje, que ambos son — conflicto y personaje—motores de cualquier relato. Por un lado, a veces por querer imitar la realidad parece que debamos obviar que una historia parte de un problema que alguien sufre, sea interno, relacional o con el universo. Y, en nuestro día a día. No hay nada más real que contar un conflicto. Algo potente le tiene que pasar a un personaje para que una historia merezca ser contada. Y cuando digo potente no me refiero a que tenga que ser él el causante o salvador de la Tercera Guerra Mundial, sino que llegue y emocione, que te encoja el corazón como espectador. Y esto sólo se consigue si comprendes a los personajes desde dentro, si estás con ellos en cada uno de sus movimientos, si eres ellos. A veces leo guiones donde “sólo pasan cosas”, es decir, que se pierden en los hechos y se olvidan de la emoción — de cualquier tipo: sea miedo, risa o drama que haga llorar… — y acaban resultando vacíos, sin alma. Para mí, las buenas historias son las que te emocionan y te conectan con lo que te hace humano y te hace sentir.

Con esta última pregunta enlazo el libro, puesto que, quizá, en síntesis, podemos decir que lo que defiendes (y justificas ampliamente en el libro) es que escribimos del mismo modo en el que está estructurada nuestra mente. ¿Es así?

La verdad es que justo me hice esta misma pregunta cuándo empecé a decir “pero a ver, ¿por qué tenemos que emocionarnos con las historias?, ¿por qué necesitamos que haya tantos conflictos?, ¿por qué necesitamos que siempre las cosas pasen una detrás de la otra, relacionadas entre sí por la famosa causa-efecto?” Y entonces, empiezas a indagar y ves que, efectivamente, las historias son un calco de la manera cómo pensamos y sentimos la vida, una radiografía diríamos de lo que sucede en nuestra cabeza. Por ejemplo, en el caso de la causa-consecuencia que siempre insisten los manuales de guión, empiezas a ver que es porque nuestro “narrador interno”, la vocecita que se dedica a organizar la información que recibe del exterior nuestro sistema (el hemisferio izquierdo, racional y lineal, que toma la voz cantante en nuestra cabeza, por resumirlo rápidamente a grandes rasgos) necesita justamente este mecanismo. Es cómo él comprende y ordena la información. Siempre busca resultados (“un fin”) o el por qué de las cosas. No hay nada que aturda más a este “narrador interno” que todos tenemos que no entender por qué pasan las cosas. Por ejemplo, ante una muerte inesperada, un accidente o hasta los hechos paranormales, si no hay explicación, una causa que explique el hecho, nos cortocircuitamos, entramos en shock o corremos a inventarnos una causa…

¿Detectas ciertos ejercicios que podamos hacer, como guionistas, para analizar y hacer consciente nuestra forma de pensar para poder escribir mejor?

Creo que al final no hay unos ejercicios generales para guionistas. Sí hay muchos ejercicios para ejercitar la creatividad, dependiendo de cuál sea tu punto fuerte o débil. El libro de Tu cerebro creativo de Shelley Carson es fantástico justamente porque te detalla las fases de la creatividad y puedes ver en qué eres más o menos efectivo y te da algunas pautas para trabajar en ello.

Sin embargo, hacer “consciente” nuestra forma de pensar creo que sería simplemente tomar consciencia de lo que Ana Sanz Magallón apunta en su libro Cuéntalo bien sobre el sentido común. Es el menos común de todos, pero es el que creo que deberíamos tener más a mano. Yo me fío más cuando analizo guiones de lo que me dice este sentido, que no de aplicar a rajatabla el esquema de Syd Field o de Robert McKee que tanta rabia da a muchos guionistas. Sabes que necesitas un punto de giro para tu historia porque “lo sientes”, notas que es momento de que estalle la historia. Es lo que tu “mente narradora” te está pidiendo: “ahora necesito que pase algo, que el conflicto detone para que siga interesándome la historia”.

En un momento dado, utilizas la palabra “inconsciente” para hablar sobre manuales de guión. Con ello haces referencia a que si tuvieron tanto éxito se debe a que, aunque quizá sin saberlo, estructuran en gran medida el funcionamiento de nuestro cerebro a la hora de contar historias. ¿Crees que cuando Tarantino o Lynch (por citar algunos de los ejemplos que mencionas) apuestan por estructuras tan arriesgadas o innovadoras lo hacen por intuición, de manera inconsciente, o lo hacen precisamente por conocer perfectamente el sistema clásico y el funcionamiento de los tres actos? Es decir, ¿crees que se puede innovar sin conocer antes conocer la teoría mínima?

Creo que si tienes gran consciencia de cómo se cuentan las historias puedes entonces innovar. No creo que haga falta tener un máster o un doctorado para ser innovador y al mismo tiempo saber cómo conectar con el público, pero en cambio sí debes ser un gran observador. Tarantino es un cinéfilo empedernido, pocas personas en el mundo deben haber visto tanto cine como él. Lynch, además de nutrirse de otros ámbitos (pintura, música, fotografía, diseño..) también es un erudito no sólo en el terreno del cine sino también de lo artístico. Creo que ambos son perfectamente conocedores del esquema clásico, por haberlo visto millones de veces y haberlo asimilado. A partir de ahí, innovan, crean, juegan. Pero saben lo que se hacen. Innovar, romper las reglas, sin ser consciente de dónde partes me parece un terreno pantanoso, como intentar cambiar la forma de un castillo de naipes sin saber ni ver sobre qué mesa se está sosteniendo. Ahora bien, a veces no hacer falta ser conocedor de la teoría. Simplemente, un gran consumidor de narrativa. Grandes narradores lo han sido simplemente porque antes fueron lectores voraces. Llevan la narración en la sangre, no hace falta que nadie les diga cómo se tiene que construir un personaje desde la teoría para saber cómo se hace.

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En el libro también mencionas cómo diversos teóricos apuestan por la división de nuestro pensamiento en dos sistemas. El primero de ellos sería automático, rápido y estereotipado. El segundo, más difícil de accionar, lento, calculador y consciente. ¿Qué tipo de películas responderían a cada tipo de sistema?

Bien, no es que tengamos que ser tajantes al clasificar. De hecho, las clasificaciones matan a menudo la creatividad, pero sí es cierto que la estructura clásica resulta más cómoda, por así decirlo, porque se adapta bien a la manera como pensamos. Como decía, es una especie de espejo, un vestido de nuestra talla. Sin embargo, autores que rompen con el modelo clásico — el cine moderno, por ejemplo— ponen este sistema contra las cuerdas, ya que no facilitan la comprensión, provocan que tengamos que activar este segundo sistema de pensamiento, tal y como los diferencia Daniel Kahneman —psicólogo y Nobel de Economía — que es el autor de donde parto para esta clasificación.

Cuando nos dificultan la comprensión de una historia, necesitamos activar este Segundo Sistema, donde conscientemente nos preguntamos qué está pasando con el relato, por qué no lo estoy entendiendo, por qué este personaje reacciona de una manera que no sigo o por qué de repente desaparece de la historia sin explicación alguna… Digamos que este tipo de narraciones vanguardistas lo que hacen es poner en relieve la facilidad con la que funciona el modelo clásico. Al complicárnoslo, y activar nuestra consciencia sobre el acto narrativo, nos salta la alarma sobre cómo y por qué las cosas están construidas de una manera que nos resulta tan diáfana.

¿Crees que hay ciertas herramientas que puedan servir al guionista como para poder estructurar una película atendiendo al tipo de sistema de pensamiento al que “va dirigido”?

Creo que podemos pensarlo como dos grandes modelos: el clásico, que facilita la conexión porque es cómodo, y que busca conectar directamente con el público para que tenga una experiencia emocional satisfactoria, un viaje de transformación, es decir, una experiencia vivencial; y los modelos más vanguardistas, que a veces lo que buscan es la conexión con lo racional: un cierto placer intelectual y la comprensión cognitiva. La facilidad de conectar emocionalmente a veces no está, pero en cambio el gozo está en comprender intelectualmente cuál es la propuesta narrativa del autor. A veces, necesitas tener herramientas intertextuales como espectador para que esto suceda, para entender qué pretende el autor con un salto de tiempo inexplicado o con un final abrupto sin concluir.

¿Se puede encontrar el punto medio entre ambos sistemas a la hora de escribir?

Diría que los autores que analizo en el libro justamente consiguen esto, y en parte, es por lo que siempre me fascinaron: Jonze, Linklater, Tarantino, Nolan, Iñáritu, Kaufman… Saben sabotear el modelo clásico, haciendo que la alarma de este Segundo Sistema— el consciente y racional— salte y te preguntes sobre la narración. Pero al mismo tiempo, no te desconectan de ella: te hacen vivir y experimentar la historia desde la emoción, la cual subyace por debajo del artificio narrativo que han montado. Haces el mismo viaje de transformación con el personaje que en el modelo clásico, pero al mismo tiempo hay por encima una (o dos) nuevas capas narrativas que te mantienen alerta buscando encajar las piezas del puzle, por ejemplo, o divirtiéndote si pillas el chiste intertextual que te proponen. Estos directores acostumbran a trabajar con conflictos potentes a nivel emocional, y con unos personajes que comprendes y que te tienen enganchado a la butaca de principio a final esperando que consigan lo que se han propuesto.

Quizá una de las conclusiones del libro es que, del mismo que aprendemos de nuestras experiencias diarias, el cine no deja de ser un simulacro de la vida, y por tanto, una experiencia de cómo podríamos actuar en ciertas situaciones. Partiendo de esta base, ¿en qué puede beneficiar a un guionista ver mucho cine?

Efectivamente, las historias son una especie de “simulacro de vuelo”, como si pusiéramos a prueba nuestras capacidades emocionales, antes de que nos pasen en la vida real. Si tu marido te engaña, y ya lo has visto en algunas películas, esa emoción ya la habrás vivido y tu cerebro ya habrá “registrado” algunos de los procesos emocionales que puedes experimentar. Como comentaba anteriormente con los casos de Lynch o Tarantino, creo que cualquier gran narrador de la historia del cine o de la literatura han sido antes grandes consumidores de historias. Por lo tanto, el beneficio es obvio: a más cine veas — o más historias leas— más estarás ejercitando el arte del storytelling, se te quedará grabado. Es como aprender a ir en bicicleta: cuando te pongas a escribir una historia ya no necesitarás la ruedecillas de atrás, fluirá mucho mejor, te saldrá sola la estructura o notarás cuándo el personaje va a necesitar un momento de pausa para que respire y se desarrolle su relación con su compañero de andanzas, o cuándo necesitas un momento de acción para revelar lo que le pasa por dentro y que nos emocione. Obviamente, todo esto aderezado con la creatividad que es propia de cada uno, claro, porque siempre hay esta parte, intangible, que es lo que nos hace diferentes los unos de los otros … Y, por lo que pese a que las estructuras y manera de contar las historias tengan una base compartida, siempre haya la posibilidad de seguir inventando tantas historias diferentes como sensibilidades humanas existan.

¿Y vivir muchas experiencias?

Para mi, vivir experiencias es la clave para poder contar historias. Pero este es mi caso, porque hay escritores o guionistas que tienen un mundo interior vastísimo de donde pueden emerger y sacar multiplicidad de personajes, conflictos, mundos. Pero a mí me encanta descubrir en la vida real historias que merecen ser contadas, desde gente que tiene conflictos increíbles que nunca habrías imaginado solo en tu casa, a sitios que visitas viajando y que nunca habrías sabido inventar. Sin embargo, sí creo que por mucha imaginación que tengas hay una parte necesaria de experimentar la vida, de sentir, de sufrir mal nos pese, que es necesario para poder entrar en tus personajes a fondo. Si no has vivido, o si no has conocido gente con la que has llegado a llorar con sus historias personales, te va a resultar muy complicado comprender a algunos personajes. No tienes por qué haber sufrido todas las experiencias de tus personajes, pero sí saber acercarte al alma humana lo máximo posible para comprender cómo deben sentirse en la situación que planteas tu protagonista en tu historia…

¿Hay historias que puedan estimular más nuestro cerebro que otras?

Creo que ahí somos cada uno muy listos de forma inconsciente. “Usamos” las historias para momentos concretos o necesidades particulares. De hecho, en parte, para esto están y las creamos. Hay gente que necesita sacar su agresividad (aunque sean los más buenazos del mundo) a través de las películas bélicas; otros que necesitan vivir el miedo a través del cine de terror; otros sentir el amor a través de las comedias románticas; otros vivir al límite y salirse de sus vidas monótonas – cuidado, que a lo mejor ya les satisfacen— a través de películas de aventuras o de acción… Todo es estimulante para nuestro cerebro y creo que inconscientemente escogemos en cada momento lo que necesitamos, como cuando el cuerpo necesita nutrirse y te pide comer un batido de frutas o una gran ensalada. Creo que inconscientemente lo sabemos, sea lo que nuestra mente precisa “sentir” —emociones fuertes que no encontramos en nuestro día a día, o dulces, porque necesitamos trabajar nuestra sensibilidad; o historias de evasión porque no podemos con la cruda realidad que nos rodea…— o hasta para prepararnos o aprender a nivel emocional.

¿Qué tipo de historias y en qué formato (audiovisual, literario) crees que pueden ser más favorecedoras para un guionista?

La verdad es que todas… ¡creo que no puedo elegir! Cada uno se nutre con lo que necesita, y cada guionista también. Como amante de las narraciones creo que donde hay una buena historia, no importa el formato en que esté contada. Creo que un guionista lo que sí debe es estar atento para ver si un conflicto, personaje o situación es más apto para ser contado como película, serie, libro o webserie… Cada formato te ofrece distintas herramientas narrativas, y debes saber escoger cuáles prefieres o te van a ir mejor para tu historia. Por ejemplo, el otro día hablábamos con un amigo guionista sobre una potencial historia sobre una obsesión que se creara en la cabeza del personaje. Discutíamos si sería más enriquecedora verla en imágenes, a un estilo Lynchiano, o si llegaría mejor en un formato literario, gracias al uso de la primera persona, que nos permitiría ver a un nivel discursivo el bucle que a menudo se hace la mente sola, entrar en la cabeza del personaje cuando empezara el delirio. Dependiendo de dónde quieras hacer hincapié como autor, te va a servir más un formato u otro…

En el libro defiendes la innegable conexión que existe entre nuestro sistema de pensamiento y con al menos alguna de las características clásicas del cine (división en actos, empatía con alguno de los personajes, existencia de un conflicto), y como todas las películas, por más alejadas que puedan parecer de ellas, tienen presentes elementos del sistema clásico. ¿Ves posible escribir un buen guión (entendamos bueno en relación al número de espectadores que puede llegar o emocionar) completamente alejado de las características clásicas del cine?

Sin entrar en juicios de bueno o malo, creo que es difícil alejarse de las características clásicas si se quiere conectar con el gran público. Aristóteles no se inventó en su día su Poética según un criterio aleatorio, sino a partir de lo que observó que conectaba y funcionaba. Claro que hay reglas que son más pejigueras, que no hace falta cumplirlas (por ejemplo, la obligatoriedad de que el primer punto de giro tenga que llegar en el minuto 30 de metraje), pero las que analizo en el libro y que apuntas, son básicas, porque están relacionadas con la manera como pensamos.

Sin embargo, creo que se escriben grandes guiones que son muy hábiles en sabotear la estructura clásica en apariencia. González Iñárritu con 21 gramos así lo hizo, o Nolan con Memento, pero en el fondo tanto ellos como otros autores saben cómo crear estrategias para seguir manteniéndote conectado a la historia, al viaje emocional que siempre hacemos con una película. Es como si se salieran de la autopista, para coger una carretera secundaria, que en el fondo, está haciendo la misma ruta sin que te des cuenta.

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Por último, hasta qué punto crees que estas conclusiones son válidas solo dentro de nuestra sociedad y sistema de evolución? Por ejemplo, que consumamos cultura más cercana al modo en el que está desarrollado el hemisferio izquierdo del cerebro (relacionado con el modo clásico de narración) que el derecho (cercano a la antinarración convencional), ¿puede deberse a causas culturales?

 Es interesante esto que planteas… Y es un gran debate el que surge aquí. Seguramente haya algo de cultural y algo que no lo es. Es decir, el cine Oriental es muy diferente del Occidental, y podríamos analizar si realmente su base cultural, lingüística, etc. conforma un estilo de pensamiento diferente que revela un estilo narrativo diferente. Es cierto que en Occidente hemos afianzado mucho la cultura del “hemisferio izquierdo”, por decirlo de algún modo, a través de patrones de comportamiento marcadamente racionales, analíticos, lineales, estructurados… Pero una narración clásica no es sólo hemisferio izquierdo. No podemos dividirlo tan taxativamente. Cuando narramos, también creamos mundos, sensaciones, emociones, imágenes, que tienen que ver con una parte más holística de la experiencia narrativa, o hasta lo podríamos asociar con “el hemisferio derecho” — intuitivo, rítmico, visual. Yo diría que con cualquier historia hacemos viajes a diferentes niveles, y la gracias es ver cuántas capas hallamos en ellas. Luego, como es bien sabido y Joseph Campbell puso de relieve entre otros antropólogos y mitólogos, hay algo que nos une a todos como humanos y esto hace que las historias, vengan de donde provengan, tengan unos patrones comunes. En lo superficial, seguramente hay diferencias culturales en el tipo de historias que contamos, pero en el fondo del fondo, todas comparten una misma base: porque todos somos humanos al fin y al cabo y nuestros cerebros y mundos internos funcionan de formas similares en lo profundo.


VELASCO BROCA: “LA LABOR DEL GUIONISTA ES LA QUE MÁS TALENTO Y TRABAJO REQUIERE, Y A SU VEZ ES DE LAS MÁS INVISIBLES E INGRATAS”

2 noviembre, 2016

Entrevista de Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

Velasco Broca  es coguionista y director de Nuestra amiga la luna, cortometraje que ha pasado por los festivales de Sitges, Locarno y más recientemente por Abycine. Con él pudimos hablar sobre su cortometraje experimental, así como del proceso de escritura de un proyecto alejado de los procesos narrativos más clásicos.

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Fotografía de Óscar Fernández

Basta un simple vistazo al cortometraje para que quede claro que estamos delante de un proyecto muy autoral, con un sello propio claro, y es algo que también ocurre en varios de tus proyectos anteriores. ¿Cómo se afronta el guión de un cortometraje de estas características? 

Pues no te sabría decir, ya que no escribí guión en un primer momento. Esto no quiere decir que no trabajara duramente en la forma de la película antes de reunir al equipo y ponernos a rodar. Incluso te diría que el hecho de que no hubiera guión escrito no significa que no existiera un guión como tal. Sencillamente, el proyecto tenía una dimensión y una complejidad abarcable por el equipo humano sin necesidad del folio escrito. Esto que cuento se corresponde a la primera fase del rodaje que transcurrió en India. Al revelar el negativo y montarlo, sucedió que me desagradó lo suficiente, sobre todo a nivel estético, como para decidir no terminarlo pese a que sólo faltaran tres secuencias por rodar. Sin embargo, me pareció que ese metraje era una base bastante buena para comenzar la escritura de un largometraje. Así que desde la India llamé a dos colaboradores habituales (Francisco Jota Pérez y Jesús Sáenz de Pipaón) para ponernos a ello. Movimos el proyecto durante dos años sin éxito y ya, cansado, me volví a España para montar Crumbs, la película de Miguel Llansó. Casi me había olvidado ya de toda esta aventura cuando una tarde les enseñé los materiales a Chema García Ibarra y a Luis López Carrasco. Tras verlos, me obligaron a terminar el cortometraje. Lo cierto es que después de dos años, aquellas secuencias rodadas se presentaron casi nuevas para mí y el rechazo inmediato que había sentido por ellas tras el rodaje ya no volvió. Ahora sólo teníamos que producir tres o cuatro minutos más para concluirlo, pero el problema es que yo no quería volver a India para ello. Me había encontrado por el camino con Julián Génisson y Beatriz Lobo, que eran dos cuerpos que me interesaban enormemente, y sólo podían ser rodados en España. Y esto, no por la dificultad logística, sino porque los espacios que debían rodearles para ser retratados con dignidad estaban aquí. Pregunté a mis productores Luis Cerveró e Ignacio Martín de la Cruz si veían algún problema en esta decisión y me dijeron que no. Cuando resolví el problema de las nuevas localizaciones nos pusimos a rodar. Yo pensaba que estaba rodando intuitivamente pero, cuando finalizamos el montaje, me di cuenta de que lo había hecho de manera inconsciente. De algún modo, el discurso del guión del largometraje y buena parte de sus formas simbólicas se habían volcado sobre los actores y espacios de lo que yo creía que eran secuencias nuevas. Eso sí fue sorprendente.

Por tanto, podemos decir que si bien no escribiste un guión, sí que tenías el guión en la cabeza. ¿Sueles seguir este proceso de escritura?

No siempre trabajé así. Hace 20 años, para una pieza de la misma duración elaboraba un guión literario, otro técnico y hasta un story board. Utilizaba estas herramientas principalmente porque me sentía muy inseguro de mí mismo y también para enamorar a la gente del equipo técnico y facilitar su trabajo. Con el tiempo he ganado cierta confianza en mis habilidades sobre el terreno de rodaje. También toda la gente que trabajamos juntos en esto ya nos amamos bastante de entrada y hemos desarrollado cierta tolerancia al caos controlado. Pese a todo, sí que he escrito de manera regular, sobre todo junto a otros guionistas, unos siete largometrajes. Sin ir más lejos, a comienzos de este año, escribí un tratamiento de 50 páginas sobre un cuento de Lovecraft del que quedé muy satisfecho hasta que me enteré de que, muchos meses antes, Elijah Wood había tomado la decisión de producir una película sobre el mismo relato. En cualquier caso, pienso que la labor del guionista es una de la más difíciles de esta industria: es la que más talento y trabajo requiere y a la vez, es de las más invisibles e ingratas. A todo esto, yo no me considero guionista. Tengo una marcada inclinación al sufrimiento pero me falta el coraje y la habilidad suficiente como para enfrentarme al folio en blanco.

¿Dónde localizas las ideas para escribir, y qué es lo que te atrae de ellas para que se cristalicen en un proyecto?

Es curioso esto. Normalmente casi todas las ideas de las que parto provienen directamente de las localizaciones. Esto implica que tengo que vivir durante un largo tiempo en ellas, tiempo en el que me dedico a fragmentarlas a través de varios cuadros imaginarios sobre las que arrojo una multitud de acciones posibles. Una vez decido cuál es la acción óptima para cada uno de los cuadros, construyo el espacio cinematográfico total de esa secuencia determinando el orden de planos en función al movimiento de los personajes dentro de ellos y de su deseo de saltar a otros para continuar su recorrido. Pienso que la manera que tiene un personaje de sobrevivir en el relato parte de su audacia para conseguir alcanzar un contracampo que le sea favorable. Y es ésta una necesidad también compartida con el espectador. Tengo que pensar, pues, si quiero ayudar a mi personaje y al público futuro, no sólo en el movimiento de su acción concreta en el campo, también en los movimientos que surgen de la confrontación compositiva en la yuxtaposición de planos. Una vez definido esto, paso a la siguiente escena. Al alcanzar un número significativo de éstas, si veo que producen una resonancia homogénea, puedo dar por finalizada la búsqueda de la forma de esa obra. Entonces paso a otra fase, por ejemplo, el rodaje. Es esto y no otra cosa la que constituye la base de mi guión. Se podría decir que utilizo una técnica inversa a la habitual. Parto de un guión técnico hasta alcanzar el argumento. Dicho esto, ¿qué es lo que determina la acción óptima para una localización? Diría que la moral pero no estoy seguro.

Y cuando escribes un guión clásico, ¿cuál es tu proceso de escritura? ¿Sigues la construcción por actos, preparación de una escaleta, etc.?

En las ocasiones que me he visto obligado a escribir un guión, he seguido todos y cada uno de los consejos de Bloguionistas. No es broma.

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Cartel promocional del cortometraje

Si volvemos al cortometraje, parece que hay un núcleo temático que sigues a lo largo del mismo, o al menos, un punto de vista que se mantiene. ¿Cómo lo construyes?

Me hubiese gustado decir que las diferentes funciones narrativas que se reparten entre los personajes principales y secundarios en un relato normal, en este caso, estaban encarnadas por todos y cada uno de ellos, pero no sería cierto. Y es una pena. Si bien las personas que ceden su imagen a los personajes son los que son, sus funciones, y yo diría que hasta sus caracterizaciones, podrían haber sido del todo intercambiables. Por qué no lo hicimos, no lo sé. Sin embargo, se realizó un falso juego de relevos de identidades que servía, si no para provocar un efecto similar, sí para transmitir una misma idea de fondo. Hay varios ejemplos en el cortometraje, pero el más significativo es el de la secuencia en el que el Baba negro duerme y sueña que es un sacerdote que persigue a una feligresa. Al despertar el Baba en su carromato, nos vamos a un músico que sigue dormido cerca de él y aparentemente nos introducimos en su mente donde, para sorpresa de todos, el sueño anterior continúa y se ve a sí mismo como la feligresa. Hasta donde dice la ciencia, los sueños no son compartidos, así que es muy posible que lo que en realidad se está efectuando en esta escena es un montaje paralelo con otro acontecimiento “real” situado en otro espacio y en otro tiempo. La convención narrativa en el montaje de introducir una secuencia sobre un primer plano de alguien dormido y de finalizarla cuando este despierta es la que nos facilita la primera lectura. Y un recurso menos convencional, como es que la continuación del sueño se efectúe sobre otro personaje dormido, indica que quizá no se trate de una secuencia onírica en absoluto. Lo ambiguo de este tartamudeo en la diégesis me interesa no tanto porque obligue al espectador a tomar una dirección interpretativa u otra sino porque al hacerlo, y debido a esta violación “normativa”, forzosamente toma consciencia de que es una decisión propia. No sé, a menudo confundimos la realidad con la interpretación de la realidad y, en mi opinión, cualquier resorte que nos recuerde que se trata tan sólo de una construcción con fines operativos, nos libera de este exceso de psicología, de locura. También es importante reconducir el estado resultante de esta suspensión de la apariencia hacia un fin superior, y eso sólo lo puede hacer uno mismo. Mi trabajo como guionista y director es tan sólo crear un entorno favorable para esto. Pero volviendo a la construcción del relato y su significación en la secuencia anterior, si el Baba es identificado con el sacerdote, lo lógico es que fuera el héroe del relato, Hadji, quien soñase ser la feligresa que huye de él y no un músico cualquiera al que apenas hemos visto de reojo en la secuencia anterior. Es decir, el músico es la feligresa, pero a la vez es Hadji y, como se descubre al finalizar el corto, la feligresa es también es el sacerdote, quien a estas alturas ya sabemos que es el Baba. No supimos encontrar otra manera de expresar esta condición inherente a la especie humana que le hace fracasar en sus aspiraciones espirituales sino a través de este juego de relevos e inversiones en las identidades. Como he dicho, ojalá se hubiese hecho a través de las funciones narrativas de los personajes, aunque mientras escribo esto se me ocurre que habría requerido de una duración mayor a los quince minutos, que es lo que dura el corto. En el resto del metraje, para apoyar este discurso, también utilizamos alternancias muy marcadas en la focalización de los personajes y asignaciones de un mismo valor de cuadro y composición para las mismas acciones repetidas y ejecutadas por diferentes personajes.

Por otro lado, diríamos que el avance narrativo viene dado por pequeñas escenas o capítulos que se entremezclan. ¿Te planteas la construcción del relato a través de pequeños actos?

En verdad no se entremezclan tanto. Cada una de las secuencias por separado tiene una lógica interna intelegible por casi todos los espectadores del s.XXI e incluso del s.XX, si allá pudiese ser arrojado. A la hora de ordenar estos bloques sí que aplico unas elipsis en las que deliberadamente omito información fundamental para poder comprender todos los detalles de la evolución de los personajes o de una determinada situación a otra. Se fuerza así una experiencia parecida a la de ojear un álbum de fotos familiar encontrado en la calle. Quiero creer que se puede disfrutar de esos instantes capturados sin que nadie explique por qué llegó la cámara allí. Con todo, tengo que decir que miento un poco y que efectivamente hay una interacción entre planos de diferentes secuencias muy separados entre sí que asumen nuevas relaciones a las ofrecidas en la estricta linealidad de la proyección y en la que en ocasiones sólo tienen un mero valor de continuidad narrativa. Es decir, puedo montar un plano teniendo en cuenta el plano precedente y el posterior y simultáneamente hacerlo para con otro plano que se encuentre a cincuenta y seis planos vista.

¿Qué es lo que te atrae de narrar este tipo de relatos?

Las formas con las que represento la realidad, y que son también realidad, reproducen el modo en el que la experimento. Así que la respuesta más honesta que puedo dar es que no podría narrar otro tipo de relatos, al menos de una manera convincente. Y añado que si el objeto principal de la actividad cinematográfica fuera la narración, dejaría de hacer cine.

¿Qué te aportan que no lo haga la construcción del relato, digamos, clásica?

Como espectador, el cine clásico es el que más disfruto y el que me aporta casi todo lo que necesito para estar en paz con este arte. En el pasado esto no fue así, pero de eso ya casi ni me acuerdo.

Se suele decir que para romper la regla primero hay que saberla, que para poder transgredir en la construcción de un guión primero hay que saber la teoría más básica (actos, puntos de giro, etc.). ¿Es este tu caso?

 No sé. Entiendo más lenguajes cinematográficos que los que practico, eso sí.

Solemos preguntar a los entrevistados si lo que más les atrae a la hora de construir sus historias (o si no lo que más atrae, lo primero que les atrae) es el tema del que quieren hablar o la trama que utilizan para hablar sobre el tema. ¿Cuál es tu caso? Diríamos que en tu caso el equilibrio temas de los que quieres hablar/forma en la que los cuentas está bastante equilibrado, ¿es así?

El tema es algo que vislumbro después de un largo proceso que termina en el montaje. Es por eso que la financiación me llega prácticamente al final del todo, cuando por fin le puedo decir al productor qué película estoy apunto de terminar. No es algo aconsejable.

Cuando escribes un relato con estas características (alejado de lo que podemos llamar proyecto audiovisual estándar, comercial), ¿piensas en cómo lo va a recibir el público, en cómo lo va a comprender?

Sólo pienso en cómo lo va a recibir Dios. Y estoy bastante tranquilo, pues Él todo lo comprende.

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Fotograma del cortometraje

Detrás de todo relato, use las herramientas que use para narrarse, hay un lenguaje con el que es concebido y, por tanto, con el que posteriormente podrá ser comprendido. ¿Crees que existe suficiente educación cinematográfica que permita entender relatos alejados de los parámetros más clásicos? De no ser así, ¿cómo crees que podría alentarse?

Los grandes creadores del arte cinematográfico despliegan todo lo necesario para la comprensión de su propio lenguaje durante los cinco primeros minutos de película. Y lo hacen casi con intención pedagógica. Si hay algún espectador que cree que no puede entender una determinada obra es porque no tiene la suficiente paciencia para terminar esos primeros minutos. Superados éstos, si el espectador sigue sin comprender, es porque tan grande no debía de ser el cineasta.


CUATRO LECCIONES DE ESCRITURA QUE RECIBÍ CUANDO ERA NIÑO SIN SABER QUE LAS ESTABA RECIBIENDO.

9 marzo, 2016

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

De un tiempo a esta parte me vienen a la cabeza algunas anécdotas de la niñez. Es interesante recuperar esos recuerdos ya en la edad adulta. Te sorprendes a ti mismo pasando la magia de aquellos tiempos por ese tamiz analítico que llevamos incorporado quienes a estas alturas, más que vivir y disfrutar de dicha magia, hemos aprendido a enlatarla y a ponerle un precio.

Siempre me ha resultado muy cargante ese vertedero de lugares comunes, ese “reivindicar el regreso a la infancia”. Me parece un concepto demasiado ñoño, demasiado trillado. Pero por mucho que me escueza, un artista sin conciencia de su infancia es como un árbol sin raíces.

He seleccionado una de esas anécdotas, que vista a posteriori me deja tres o cuatro enseñanzas. Ese tipo de enseñanzas que te llegan como por providencia divina, sin que ningún maestro te las recite directamente.

EL DÍA QUE LA TELE ME HABLÓ.

No sé cuántos años tendría. Supongo que menos de diez. Estábamos mi hermana y yo solos en la sala de estar, viendo Barrio Sésamo. Y de repente…

… de repente…

Apareció Blas en la tele y nos habló.

.

Blas

.

¡Se dirigía directamente a nosotros! Su voz y su mirada atravesaban la pantalla. Incluso nos preguntaba cosas y reaccionaba a nuestras respuestas.

Imaginad el ridículo que hice al día siguiente en el colegio cuando se lo conté a mis amigos. Si hasta yo sabía que aquello era absurdo, pero no podía ser una alucinación o un sueño, ¡porque mi hermana también lo había presenciado! Joder, si incluso hubo un momento en que le preguntó el nombre a mi hermana y cuando ella le contestó, me lo preguntó también a mí.

Nos pasamos varios minutos intentando ayudar a Blas, que estaba buscando a Epi y no conseguía encontrarlo. De vez en cuando, Epi pasaba por detrás de Blas. Mi hermana y yo lo señalábamos como locos y gritábamos: “¡Ahí! ¡Ahí está!” Blas nos hacía caso y se giraba a toda prisa pero en cuanto lo hacía, Epi había vuelto a desaparecer.

¡El cabrón de Epi era demasiado rápido!

Nosotros le decíamos a Blas por dónde se había ido su amigo y él salía del plano para buscarle. Entonces regresaba Epi, se acercaba a la pantalla de nuestra tele y se llevaba el dedo a los labios, pidiéndonos silencio. Quería que fuésemos sus cómplices.

Fue maravilloso.

Años más tarde, con la credulidad ya encallecida y un par de nociones rudimentarias sobre narrativa, deduje qué nos había pasado aquel día. Habíamos sido víctimas de una de las triquiñuelas más recurrentes del guiñol, pero adaptada al medio televisivo.

Hace poco, para corroborarlo, me puse a buscar ese sketch concreto en la web. Cuando lo encontré, mis sospechas se convirtieron en certezas:

Evidentemente, el truco era tan sencillo como magistral: Las marionetas hablaban para acto seguido callarse y mirar a cámara en esos silencios diseñados para que el niño respondiera.

Parece fácil, pero no lo es. Para que algo así funcione en televisión tienes que conocer muy bien a tu público. Lo que hicieron con ese sketch de Epi y Blas es casi de mentalista. Tienes que conocer muy bien los resortes que activan a los críos, adelantarte a lo que les va a nacer contestar ante cada pregunta, saber plantear la situación de manera suficientemente clara para conseguir reacciones inmediatas y viscerales ante todo lo que va a suceder.

De ese modo, Jim Henson y su troupe lograron hacer televisión interactiva mucho antes de que existiese la infraestructura tecnológica necesaria para hacerla. Sólo necesitaron un fondo neutro, dos marionetas de trapo y un montón de talento.

¿Qué enseñanzas extraigo de esto ahora que me dedico a contar historias? La primera es ésa que citaba más arriba: Conoce a tu público.

Pero voy más allá:

A veces no basta con conocerlo. Si te limitas a conocerlo y caminar a su ritmo, harás cosas correctas, pero no harás cosas brillantes. Si de verdad quieres agarrarte a la memoria del público como una sanguijuela, también tienes que arriesgarte. Si a los artífices de Barrio Sésamo no les hubiese salido bien el experimento, si los niños no hubiesen entrado al trapo, imaginad el ridículo, se habrían quedado en evidencia, como un mago al que el conejo se le ha cagado en la chistera, como cuando alzamos la mano para saludar a alguien y descubrimos demasiado tarde que no nos estaba saludando a nosotros.

Pensemos, por ejemplo, en géneros como el thriller, el terror o la comedia pura y dura. A veces compensa correr el riesgo de intentar engatusar al espectador y sembrar la trama de trampas para que pueda caer en ellas. Si el espectador se huele nuestros ardides antes de tiempo, quedaremos en evidencia… pero nadie dijo que ser Shyamalan fuese fácil.

Volviendo a ver el sketch de Epi y Blas recientemente he obtenido una tercera enseñanza: Incluso cuando empecé a suponer, con el paso de los años, que habíamos sido víctimas de ese truco, una parte de mí se resistía a aceptarlo… porque recordaba perfectamente a mi hermana diciéndole a Blas, “Me llamo Ana” y al muñeco respondiendo: “Ana, qué nombre más bonito”. Ahora regreso a Derry, revisito el sketch y descubro que Blas nunca dijo eso. Así pues, tercera enseñanza: No tenemos apenas control sobre la percepción y la memoria del público. Lo que recuerde cada espectador de tu peli, lo que encuentre en ella… dependerá de factores ajenos a tu buen o mal hacer, y se distorsionará de un día para otro.

Por último (y aún más importante) una cuarta enseñanza: Gracias a Jim Henson y su equipo, aquel niño que yo era siguió creyendo en la magia durante más tiempo que otros niños. El día que dejé de creer en los reyes magos, todavía seguía creyendo en Epi y Blas.

De hecho, el adulto que soy, de algún modo, también sigue creyendo en la magia.

.


FLASHBACK: JUGANDO CON LOS PACIENTES

10 septiembre, 2011

Por Guillermo Zapata

El que inventó la palabra espectador definió con la palabra su relación con el público.  El espectador es alguien que está en estado de espera. Relajado en su butaca de cine (o en el sofá de su casa) el espectador es alguien pasivo, que recibe información de una fuente a la que respeta como quién respeta la autoridad de un médico. Los espectadores y los pacientes son primos hermanos.

Sin embargo, igual que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la figura del paciente se fue redefiniendo y poniendo en crisis la figura del médico (Desde los colectivos de afectados por el SIDA al potente movimiento contra la disciplina psiquiátrica en los años 70,  etc.) En los primeros años del siglo XXI, los espectadores se están rebelando a su aparente condición de “ganado” para directores y guionistas.

Más allá de que no hay nada más “activo” que la decodificación de un determinado relato en la cabeza de cualquiera,  no es ninguna sorpresa que tanto la red como la posibilidad de grabar y reproducir una y mil veces el audiovisual, ha tenido una importancia capital en dicha transformación. El concepto de “superespectador” o la más extendida y compleja acepción de “Cultura Convengente” nos habla de un público que concibe las narraciones audiovisuales como un mecanismo de activación, como una excusa para la discusión, incluso como un juego.

Los juegos, como todo el mundo sabe, tienen reglas más o menos rígidas pactadas colectivamente y que solo tienen una semejanza “general” entre un juego y otro (Nadie juega exactamente igual al escondite si uno cambia de barrio)

Creo que es una buena definición de la narrativa de género (sea el que sea) y una buena explicación de porqué el cine y la televisión cada vez manejan más el terror, el cine negro, la fantasía, la ciencia ficción, etc. Mientras que propuestas que pretendían una relación diferente con el espectador aparentemente alienado (El realismo, por ejemplo) se encuentran de capa caída.  El género, espacio tachado peyorativamente como lugar “de evasión” permite una mayor participación del espectador que las formas narrativas que, aparentemente, debían salvarle.

Paco Ignacio Taibo II, novelista y fundador de la semana Negra de Gijón, cuenta que cuando leía novelas de Sandokan lo importante no era tan solo el viaje en el que se embarcaba y cuanto lo alejaba de la realidad, sino lo que se traía de vuelta.

Esa dinámica de juego tiene, sin embargo, un efecto perverso que, quizás, conviene empezar a pensar.  Una dinámica que se despliega cuando el juego, en realidad, no parte de la complicidad con el espectador, no pretende darle mecanismos para tener una relación más rica con la narración, sino simplemente aparentar ser un imposible cubo de rubik que solo aquel que conoce sus claves puede desentrañar. Es como esos juegos de mesa de reglas incomprensibles o esos niños que inventan juegos que les divierten porque solo ellos pueden jugar.

El superespectador lucha con todas su fuerzas contra la enigmática pared que se le presenta, desentraña enigmas y encuentra claves (o las inventa) en lugares dónde, quizás, no haya más que una premeditada confusión.  

La clave es precisamente esa premeditación. Hay películas y series confusas, llenas de errores, incomprensibles. Pero la confusión forma parte del relato por casualidad o por error (a veces felizmente) Aquí hablamos de un juego de escondite en el que no todos juegan con las mismas reglas, pero que se presenta como si así fuera.

En ese tipo de historias el espectador aparece siempre entre fascinado y confundido, porque las claves para jugar siempre le pertenecen a otro: Guionista y director. No hay forma de acertar. No hay forma de jugar. El misterio no se resuelve y toma una relevancia tal que termina por fagocitar la narración entera.

Es una forma perversa de jugar con los nuevos espectadores mientras se les sigue tratando como los viejos pacientes.

Pd.- Yo sé que muchos de vosotros estáis pensando en “Perdidos”, pero yo estoy pensando en “Origen”

 

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 10 de septiembre de 2010)

 


JUGANDO CON LOS PACIENTES

10 septiembre, 2010

Por Guillermo Zapata

El que inventó la palabra espectador definió con la palabra su relación con el público.  El espectador es alguien que está en estado de espera. Relajado en su butaca de cine (o en el sofá de su casa) el espectador es alguien pasivo, que recibe información de una fuente a la que respeta como quién respeta la autoridad de un médico. Los espectadores y los pacientes son primos hermanos.

 Sin embargo, igual que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la figura del paciente se fue redefiniendo y poniendo en crisis la figura del médico (Desde los colectivos de afectados por el SIDA al potente movimiento contra la disciplina psiquiátrica en los años 70,  etc.) En los primeros años del siglo XXI, los espectadores se están rebelando a su aparente condición de “ganado” para directores y guionistas.

 Más allá de que no hay nada más “activo” que la decodificación de un determinado relato en la cabeza de cualquiera,  no es ninguna sorpresa que tanto la red como la posibilidad de grabar y reproducir una y mil veces el audiovisual, ha tenido una importancia capital en dicha transformación. El concepto de “superespectador” o la más extendida y compleja acepción de “Cultura Convengente” nos habla de un público que concibe las narraciones audiovisuales como un mecanismo de activación, como una excusa para la discusión, incluso como un juego.

 Los juegos, como todo el mundo sabe, tienen reglas más o menos rígidas pactadas colectivamente y que solo tienen una semejanza “general” entre un juego y otro (Nadie juega exactamente igual al escondite si uno cambia de barrio)

 Creo que es una buena definición de la narrativa de género (sea el que sea) y una buena explicación de porqué el cine y la televisión cada vez manejan más el terror, el cine negro, la fantasía, la ciencia ficción, etc. Mientras que propuestas que pretendían una relación diferente con el espectador aparentemente alienado (El realismo, por ejemplo) se encuentran de capa caída.  El género, espacio tachado peyorativamente como lugar “de evasión” permite una mayor participación del espectador que las formas narrativas que, aparentemente, debían salvarle.

 Paco Ignacio Taibo II, novelista y fundador de la semana Negra de Gijón, cuenta que cuando leía novelas de Sandokan lo importante no era tan solo el viaje en el que se embarcaba y cuanto lo alejaba de la realidad, sino lo que se traía de vuelta.

 Esa dinámica de juego tiene, sin embargo, un efecto perverso que, quizás, conviene empezar a pensar.  Una dinámica que se despliega cuando el juego, en realidad, no parte de la complicidad con el espectador, no pretende darle mecanismos para tener una relación más rica con la narración, sino simplemente aparentar ser un imposible cubo de rubik que solo aquel que conoce sus claves puede desentrañar. Es como esos juegos de mesa de reglas incomprensibles o esos niños que inventan juegos que les divierten porque solo ellos pueden jugar.

 El superespectador lucha con todas su fuerzas contra la enigmática pared que se le presenta, desentraña enigmas y encuentra claves (o las inventa) en lugares dónde, quizás, no haya más que una premeditada confusión.  

 La clave es precisamente esa premeditación. Hay películas y series confusas, llenas de errores, incomprensibles. Pero la confusión forma parte del relato por casualidad o por error (a veces felizmente) Aquí hablamos de un juego de escondite en el que no todos juegan con las mismas reglas, pero que se presenta como si así fuera.

 En ese tipo de historias el espectador aparece siempre entre fascinado y confundido, porque las claves para jugar siempre le pertenecen a otro: Guionista y director. No hay forma de acertar. No hay forma de jugar. El misterio no se resuelve y toma una relevancia tal que termina por fagocitar la narración entera.

 Es una forma perversa de jugar con los nuevos espectadores mientras se les sigue tratando como los viejos pacientes.

 Pd.- Yo sé que muchos de vosotros estáis pensando en “Perdidos”, pero yo estoy pensando en “Origen”


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