PLAGIANDO, QUE ES GERUNDIO

23 febrero, 2017

Por Julia Gil.

Hace apenas un mes intervine en un juicio por plagio como Perito Judicial [i] de la parte demandante, o sea el supuesto plagiado (aún está visto para sentencia, de ahí lo de supuesto). No es la primera vez que me encargan un peritaje relacionado con este tema, pero si es la primera vez que he tenido que declarar como tal en un juicio, al no llegar las partes a un acuerdo previo. La experiencia ha sido, además de muy interesante, aleccionadora.

LOS HECHOS

Una cadena generalista pide a un profesional del medio, llamémosle JB, que les presente un formato de programa de un género concreto del que JB es reconocido especialista. JB elabora un proyecto de unas 14 páginas, con las características y el formato solicitado y lo entrega a los directivos de la cadena de los que no vuelve a tener noticias al respecto.

Hasta aquí nada fuera de lo común, esto ocurre con frecuencia, (sí, es desalentador) pero reprimid el bostezo porque un punto de giro está a punto de dotar de interés a la trama.

Bastante tiempo después, JB contempla en su televisor como, en la susodicha cadena, se está emitiendo un programa que a JB le parece un plagio del formato que él les había entregado.

A partir de aquí, JB pasa por todas las fases emocionales que le produce el asunto, incluida la duda ¿es o no es plagio?, de la duda pasa a la certeza y de ahí a la duda de nuevo ¿demanda o no demanda? y si lo hace, ¿qué posibilidades tiene de ganar? Es el momento de la cadena de tópicos: David contra Goliat, Confederados contra Unionistas, Replicantes contra Humanos, Rebeldes contra el Imperio… Pero JB, pensando especialmente en la bíblica hazaña y su resultado, se arma con la honda y lanza la piedra de la demanda.

Y hétenos aquí en el juzgado: el demandante, el abogado, los testigos, el perito (o sea, yo misma) y la parafernalia de la parte demandada a la que, por supuesto, le puede faltar cualquier cosa menos munición.

Y ahora, queridos amigos, entramos rumbo a lo desconocido porque el quid de la cuestión, tanto para unos como para otros, no es quién tiene razón si no quién puede demostrar ante el juez que la tiene, y aquí ya nos ponemos serios.

En lo tocante al PLAGIO, especialmente en el audiovisual, andamos en terrenos pantanosos ya que intervienen elementos ajenos que, salvo raras excepciones, tienen el mismo conocimiento de nuestra profesión y su entorno que la señora de Cuenca, tan presente en nuestras vidas. Me refiero a los servidores de la Ley: jueces y abogados a los que conceptos tan básicos como formato, programa y escaleta les resultan tan confusos como a nosotros auto, casación, mora o estado de interdicción, por ejemplo.

Por lo que es imprescindible, tanto si eres demandante como demandado, contar con un abogado que conozca lo mejor posible nuestra profesión, único modo, a mi juicio, de defender de manera clara nuestros intereses. (Por suerte, como sabéis, en ALMA contamos con uno de los pocos abogados especializado en audiovisual y con gran experiencia)

Esto que parece una perogrullada no es tal, pues, en este caso, la mayor parte del tiempo de mi declaración se empleó en tratar de aclarar ideas, valoraciones o falsas impresiones tanto por parte del abogado de la parte demandada como del juez, perdiendo así tiempo para hacer preguntas más incisivas o pertinentes; algo que no ocurrió con el abogado del demandante quién con un breve interrogatorio situó el argumento en el lugar deseado.

Esto que, sobre el papel, puede parecer que nos beneficia de algún modo, no es así, puesto que confunde más que aclara a quien tiene que juzgar, especialmente en los casos de plagio cuyos perfiles, en general, tienden a ser difusos.

De esta experiencia, me gustaría incidir en algunos pasos que no debemos olvidar seguir y que, aunque repetidos por doquier desde ALMA y este mismo Blog por diversos compañeros, seguimos olvidando u obviando:

  1. REGISTRO.- Cuando se presente un proyecto a una productora, un señor de Murcia o una cadena, solicitado o no, es imprescindible registrarlo. (Nos consta que todavía se presentan bastantes proyectos sin registrar)
  2. PRESENTACIÓN.- En las 14 o 16 páginas -en el caso de no ficción- que, en principio, deben bastar para mostrar si el formato es o no interesante para quien se presenta, hay que incluir una ficha técnica lo más detallada posible y una escaleta básica, en la que quede suficientemente clara la estructura y formato del programa.
  3. DOCUMENTO DE ENTREGA.- A la cadena, productora o persona física que recibe el proyecto se le debe solicitar un documento en el que conste la fecha y la firma de la persona o entidad a la que se hizo la entrega. (Da igual si sois amigos, cuñados o tu santo esposo)
  4. PAGO.- En el caso de que el receptor muestre interés y solicite un proyecto más extenso y documentado, hay que pactar un pago y un plazo en el que el proyecto se realizará. En caso contrario, el proyecto debe devolverse al autor.

Grabaos esto a fuego en la memoria, haceos tatuajes en plan Memento o aprendedlo como la tabla del 10, pero siguiendo estas sencillas instrucciones se lo ponéis más difícil a los plagiadores -que no son tantos como nuestro “ego creativo” nos lleva a pensar, pero haberlos, haylos.

NOTA PARA ALMA.- Sería deseable -me consta que es algo que se lleva tiempo barajando- que hubiera un registro especial para las obras audiovisuales, bien en Cultura, en el sindicato o en las Entidades de Gestión (DAMA y SGAE) donde los autores pudiéramos registrar nuestra obra audiovisual como tal y no como obra literaria exclusivamente, único modo que existe hasta la fecha.

[i] El perito judicial es un profesional dotado de conocimientos especializados y reconocidos, que suministra información u opinión fundada a los tribunales de justicia sobre los puntos litigiosos que son materia de su dictamen.


LA ABSOLUCIÓN

28 julio, 2015

por Sergio Barrejón.

Te formas en la ECAM, te pones a trabajar desde antes de terminar la escuela. Demuestras tu valía en cine y en televisión. Te curtes durante años escaletando diarias (para el que no lo sepa, uno de los trabajos más duros de esta profesión). Pasas mucho tiempo siendo la más joven del equipo. Trabajas hasta los últimos días de tus embarazos. Sin fallar una sola entrega. Sin bajar el nivel ni un día.

Tras ganarte el respeto y el cariño de todos los jefes y compañeros con los que ha trabajado, por fin te llega el momento de liderar tu propia serie. Un tremendo esfuerzo profesional y personal para sacar adelante un éxito en prime time.

Y cuando parece que te has convertido en eso que llaman “una guionista consagrada”, aparece de la nada una persona anónima, una fracasada que se dice escritora no habiendo escrito ni el 10% de lo que tú has emitido… Y te convierte en la pared donde proyectar su frustración. Su rabia por no haber llegado adonde has llegado tú. Si tú has llegado y ella no ha debido de ser por alguna turbia conjura, por alguna indefinible injusticia. Nada que ver con que tú hayas invertido media vida, incluyendo jornadas de catorce horas, fines de semana enteros y vacaciones perdidas, en perfeccionar tus capacidades, mientras ella se dedicaba sabe Dios a qué.

No, según esta pobre, todo se debe a que le has robado su idea genial.

Y aprovechando sus conocimientos y sus contactos, consigue hacer prosperar una demanda ridícula por plagio. Se basa en coincidencias anecdóticas, glosadas de manera capciosa, para que los que no han visto tu serie ni han leído su novela (estos últimos son legión) piensen que sí que hay similitudes. Cualquier persona que haya visto cien películas sabe que se pueden sacar veinticinco coincidencias entre dos títulos cualesquiera. Entre tu serie y el engendro de esa señora hay menos coincidencias que entre Ocean’s Eleven y El robobo de la jojoya.

Pero consigue convencer vistiendo su fantasía con los socorridos ropajes de la justicia poética. Intenta disfrazarse de David, y trata de pintarte a ti como Goliath. No quiere dinero. “Sólo un euro”, dice.

Y un millar de periodistas mediocres se tragan el cuento más viejo del mundo. Y publican todos los exabruptos de la demandante. Al fin y al cabo, es compañera de mediocridad. Entre frustrados hay que ayudarse. Como le dijo Guy McElwaine a Joe Eszterhas: “Imagínate lo que deben de odiarte esos pobres guionistas frustrados que escriben críticas para una revista. ¿Por qué tú y no yo?, piensan. Si yo fuera uno de esos gilipollas, también te odiaría”.

Todos los medios de comunicación se hacen eco de la demanda. De tu imputación. Y de sus arbitrarias acusaciones. Apenas un puñado de ellos se dignan recabar tu opinión, siquiera.

Toda la prensa anuncia a bombo y platillo el inicio del juicio. Nadie cubre la vista.

Al filo de las vacaciones de agosto, te absuelven. La sentencia parece salida de un relato de Kafka. Uno se pregunta cómo es posible que alguien capaz de terminar la carrera de Derecho tuviera el poco tino de admitir a trámite semejante disparate.

Pero el caso es que te absuelven. Y la repercusión en prensa es mínima en comparación con la que tuvo la demanda.

Podrías estar muy enfadada. Amargada, incluso. Cualquiera que hubiera tenido que aguantar esta mierda durante más de un lustro podría perfectamente acabar pensando que hay una turbia conjura contra ella.

Pero tú no tienes tiempo para perderlo en ideas como esa. En tu cabeza no cabe una trama tan repetitiva y sobada. Tienes demasiados proyectos que desarrollar. La carpeta de “ideas” de tu ordenador tiene docenas de archivos esperando su momento. Y ahí fuera hay montones de productoras deseando pagar por ellos. Y millones de personas seguirán sentándose a disfrutar y sufrir con las historias que tú creas.

Y mientras tú cavilas sobre la mejor forma de sorprender y emocionar a toda esa gente una vez más, la demandante probablemente se devana los sesos preparando un recurso de apelación. Tiene sentido: a falta de ideas valiosas, decide escribir la secuela del único texto salido de su pluma que ha tenido una mínima repercusión. Una demanda.

Como persona no vale gran cosa, pero como personaje quizá tenga cierto interés esperpéntico.

Ella no quiere dinero. Sólo un euro.

Y un pedazo de tu prestigio. El que nunca podrá ganar mediante el talento.

Enhorabuena, Virginia.tu


STAMOS OKUPA2: UN PROYECTO, UNA OCUPACIÓN

20 septiembre, 2012

por Toni Betrán.

Éramos jóvenes y atrevidos. Bueno, igual ni tan jóvenes ni tan atrevidos. Pero sí lo suficiente para creer que una serie tan loca como la que estábamos pariendo podía tener un sitio en la televisión de este país. No era fácil, pero podía. Al fin y al cabo, vale que era complicado complacer a todos los targets de edad (esa obsesión del directivo de TV español) pero teníamos la manera y vale que los temas a tratar iban a tener un trasfondo duro, pero con la comedia pensábamos que podría entrar bien en cada casa. Así que allá fuimos. Teníamos más de 10 años de experiencia en la profesión y el respaldo de trabajos bien hechos para confiar en esta serie. La creamos y unos buenos productores nos movieron el asunto por varias televisiones. Confiábamos todos en este proyecto. Sabíamos que era bueno. Estamos hablando del año 2008.

¿Cual era el proyecto? Os va a hacer gracia. A ver cómo os lo cuento… así, en resumidas cuentas:

Unos ancianos deciden fugarse de un asilo y, tras la fuga, “okupar” un edificio (que previamente pensaban okupar unos chavales, familiares de uno de ellos). Allí montarán su propia Komuna, donde vivir en paz y auto-gestionándose. Y los jóvenes se unirán a ellos.

A parte de estos entrañables abuelitos cobraba protagonismo un matrimonio de especuladores que esperaban hacer negocio con ese piso y el dueño (padre del hombre del matrimonio), personaje ruin que intentaba sacar tajada. Todo esto en ficción semanal, comedia irreverente, alocada, viejos con actitudes más rebeldes que los jóvenes, cambios de roles, etc…

Supongo que muchos ya empezaréis a ver por dónde va el tema. Sí.

Con el proyecto en la cartera (con el nombre de trabajo “Casa Okupa”, sabiendo que mutaría con el tiempo) nuestros amables productores fueron a visitar a las cadenas de televisión. La primera, por ser donde mejor encajaba (a nuestro parecer) el producto y donde quizás podrían permitirse más apostar por algo así era TVE. Y allá que fueron. Concretamente, el 26-02-09. Una bonita reunión con el entonces Jefe de Ficción de la cadena (D.M.) y su segundo de a bordo, Fernando López Puig (también estaba J.P, de la cadena). “Ésta es nuestra serie”. “Ah muy bien, ya te llamo yo”, y lo de siempre. Les gusta pero no se lanzan y queda en un cajón. Parece que no va a poder ser. No pasa nada. Hay otras teles.

De ahí que el 28-04-09 se visite a Antena 3 (con S.M.), el 6-05-09 se visite a Cuatro (con M.M.) y el 23-06-10 a Tele 5 (con P.S.B.). En todas amablemente les atendieron aunque no se decidieran por el producto, aunque A3 sí que continuó interesándose. Tanto que dimos un paso más allá involucrando a una importante actriz en el panorama televisivo español en el proyecto. Estaba encantada y le adaptamos un personaje ex-profeso para ella: ese padre dueño del edificio ahora iba a ser una madre. De mala ruin lo haría estupendo. Ya tenía experiencia como mujer de presidentes de Comunidad de vecinos en la tele, y al fin y al cabo…

Con esta versión 2 y con el guión del piloto, fueron los productores a una segunda reunión con S.M. de Antena 3 el 16-06-09. Pero, al final, no cuajó. La actriz tuvo oportunidad de coincidir con varios directivos de estas cadenas y comentarles la ilusión que le haría el proyecto, pero bueno, siguieron sin convencerse.
Y ahí se quedó la cosa. Lástima. Con este proyecto parece que no habrá mucho futuro y no tendremos la suerte de escribir eso que veíamos tan divertido. De haberlo conseguido, sería como si nos tocara el gordo de la lotería, la verdad. Pero, oye, a veces, toca…

Espera. ¿He dicho el gordo de la lotería? Oh. Eso se reparte el 22 de diciembre, ¿verdad? Vaya, qué casualidad… el 22 de diciembre del 2010, mientras esperaba a ver si por ahí sonreía la suerte, recibo una llamada. De felicitación. De enhorabuena. ¿La lotería? ¡No! ¡Me felicitaban porque habíamos vendido la serie! ¡A Televisión Española! “¿Y dónde has oído eso?” “¡Sale en El País!”

Y tanto que salía…

Vale. Un año después de nuestra visita a TVE está claro que van a hacer mi serie… pero nosotros no hemos vendido nada. Llamo a la productora y les descubro yo la noticia. Momentos de flipe. Nos llama más gente. Nos llama hasta el agente de la actriz que teníamos en el proyecto para felicitarnos. Y les decimos a todos lo mismo: o los abuelitos han decidido fugarse también de nuestro proyecto y abrir uno propio o aquí está pasando algo raro.

Investigamos. Hablan de producción propia de TVE. En TVE no hay guionistas de ficción. De hecho en la noticia no se nombra a nadie, ningún autor. Es decir, esto ha de nacer de alguien, no puede haber venido de la nada. ¿De dónde? ¿Del Jefe de Ficción? En los últimos meses ha habido movimientos y el actual Jefe de Ficción no es el que recibió el proyecto… ah, espera. Que ahora está el segundo de entonces. El que estuvo en la reunión cuando entregamos el proyecto: Fernando López Puig. Vaya…

¿Un realizador, sin autoría alguna de series ni proyectos de ficción en su haber, que nunca ha escrito una coma y que de pronto se saca esto de la manga? ¿O de un cajón?

Ante la duda, enviamos burofaxes, correos, llamamos a TVE. Nadie nos contestó. Nadie quiso recibirnos. Momentos de consejos, consultas legales (hasta que no hay estreno no hay delito) y pasan meses y meses de incertidumbre mientras oyes que están contratando guionistas para desarrollar el proyecto y los guiones, que se habla de reparto, etc, etc…

Y sin poder hacer nada mientras más que morderse los nudillos. ¿O sí?

Sí.

En noviembre del año pasado (2011) se organizó en Madrid el II Encuentro de Guionistas. Un maravilloso evento que reunió a lo más granado de la profesión y en el que hubo varias mesas de debate y ponencias. Yo mismo estuve en una (en “no-ficción”). Y mira por dónde, Fernando López Puig iba a estar en otra. En la de ficción. Y allá que fui.

En el turno de preguntas de los asistentes pregunté por si seguían adelante con ese proyecto de producción propia que anunciaron en enero y del que no se había vuelto a saber (Okupados). Él contestó que sí, que había habido problemas de aluminosis en los platós y de ahí el retraso, pero que seguían adelante y con mucha ilusión. Quería preguntar por la autoría del proyecto pero el micrófono fue a parar a otros asistentes y tampoco quise monopolizar el momento. Esperé a que terminara y me dirigí a el flamante Jefe de Ficción de TVE.

Tras presentarme le pregunté, interesado, por quién era el autor de la serie. Él me dijo que estaban desarrollándola varios guionistas y blablabla. Le corté diciendo que ya, que eso suele ocurrir, pero que hay una idea original, un proyecto, sobre el que luego se construye cada capítulo. ¿Quién había creado eso? Él me contestó que “nace de la casa”. Insisto en que en la casa no hay guionistas contratados como tales, de ficción. Y que no creo que naciera en el váter y se la encontraran, que alguien tuvo que tener la idea. Tras insistir dos veces más, para en silencio y dice: “bueno, la idea es mía, la creé yo”.

Me entra la risilla floja y seguimos la conversación:

TONI.- Vaya, pues qué casualidad que dos años antes tuve yo con un compañero la misma idea.

Fernando se queda blanco.

TONI.- Sí, hombre. Si estabas tú el día que la llevaron nuestros productores a la tele. Claro que el Jefe era entonces D.M. Pero tú estabas.

Fernando, titubeante, no sabe por dónde salir. Arrinconado entre Toni y una mesa, balbucea.

FERNANDO.- No sé de qué me hablas…

TONI.- Sí, hombre, sí. Lo sabes. Os hemos mandado varios correos, dos burofaxes y hemos pedido entrevistarnos con vosotros y no nos habéis hecho ni caso.

FERNANDO.- No… yo… no he oído nunca nada de esto. Es la primera noticia que tengo.

TONI.- Yo creo que no. Y es que, mira, no somos dos advenedizos que queremos chupar del bote y ver si cuela. Somos dos profesionales con muchos años de carrera. Alberto Grondona, el co-autor, ha sido varios años jefe de guión de Hospital Central entre otras muchas cosas, yo ahora estoy dirigiendo un programa de televisión que yo mismo creé en Canal 9…

FERNANDO.- (Apurado) Pues es que yo no sé nada de esto. No sé…

TONI.- Hombre, es que está calcada la sinopsis de la serie palabra por palabra. Y no hablo de “una serie sobre el día a día de un colegio” o “una serie sobre el mundo de una comisaría y las cosas que les pasan ahí” o “unos colegas comparten piso y les ocurren cosas divertidas”. Hablo de algo muy muy concreto. Y es que está tal cual.

FERNANDO.- (Rápido y sin pensar, como un resorte) ¡Bueno, vosotros no teníais lo de la actriz venida a menos!

¡Zas! Silencio. Fernando se da cuenta de la cagada. Toni sonríe (por no llorar).

TONI.- Oye, pues para no tener ni idea de lo que te estoy hablando, bien que sabes cuál es justo la única diferencia con nuestro proyecto, ¿no?

FERNANDO.- Bueno, yo… Esto… No, bueno… Algún rumor me ha llegado, lejano… Pero… Bueno, algo oí…

TONI.- Ya.

FERNANDO.- (Apurado) Mira, es que incluso te diría que si me inspiré en algo es en una serie argentina…

TONI.- Ya. ¿En “Todos contra Juan”?

FERNANDO.- (Sorprendido) Eh… sí.

TONI.- La conozco. Y ahí lo que hiciste es “inspirarte” para la trama esa de la actriz venida a menos. El resto, es lo nuestro.

FERNANDO.- Eh… Pues… Yo no sé, de verdad, lo siento, pero es que no sé todo esto…

Fernando se queda callado mirando el suelo. Toni ve la situación y decide cortarla.

TONI.- Mira. Vamos a esperar al estreno. Más que nada porque por ahora no podemos tomar acciones legales ni nada y está clara cuál es vuestra postura. O la tuya, más bien. Y, te juro, por Dios, que espero que cuando la vea, diga: “Anda, es verdad, no tiene nada que ver. Qué tonto fui.”
Y, ¿sabes? No quiero que pase eso por no meterme en jaleos. Quiero que pase porque no me gustaría vivir en un mundo profesional tan ruín como para pensar que un Jefe de Ficción de una televisión pública puede hacer esto y salir indemne. Adiós.

Y me fui.

¿Qué pasó después?

Pasó esto. El viernes pasado (14-09-12). Mañana, tendrá su segunda entrega. Gracias a la primera entrega ya vimos que no, que lo que dije a Fernando López Puig que deseaba que pasara al verlo no estaba ocurriendo. La cosa no se ceñía solo a la sinopsis.

La primera entrega de esta apuesta “personal” del Jefe de Ficción de TVE, encargado de supervisar además el desarrollo y la producción de el proyecto, tuvo un 8,8% de audiencia. Un tremendo fracaso. No voy a entrar a valorar la calidad del producto. Ni voy a decir aquí que me alegre que una serie en nuestra televisión pública fracase así (sobre todo por los compañeros que han estado trabajando en ella y que no tienen culpa alguna). Tampoco voy a decir que, tras esto y otras cosas (en las que no voy a entrar ahora), debería alguien tomar ciertas decisiones en esa casa. Pero… en fin. Ustedes ya entenderán.


FLASHBACK: EL QUÉ Y EL CÓMO

13 noviembre, 2011
Por Guionista Hastiado

Hay una creencia extendida dentro de la industria cultural que personalmente siempre me ha resultado un poco timo. Y tengo la sensación de que cada día que pasa está más asumida, tanto entre diletantes como entre curtidos profesionales. Se trata de la fe en las ideas geniales. Me refiero a la aventurada promesa de que algún día se te ocurrirá esa idea perfecta que te hará rico y reputado; esa premisa para el mejor guión que a nadie se le ha ocurrido nunca; ese intrincado detonante que te dará la mejor serie o ese personaje que catapultará tu carrera hacia lo más alto del olimpo de los creadores. Tu “Tesis”, tu “Pepi, Luci, Boom”, tu “Diablo sobre ruedas”… expresados en unas pocas palabras.

Supongo que no se trata de algo extraño en éste país nuestro tan amigo de pelotazos, donde se considera que el que no se hace rico de la noche a la mañana es porque no ha sido muy listo. Así, los que no somos muy listos debemos conformarnos con creer en el futurible de las loterías, los milagros, o las ideas geniales que nos salvarán de la mediocridad.

En cierta ocasión conocí a un productor que me enseñó una lista de propuestas para series que se disponía a llevar a una cadena. Parecía que iba a echar la bonoloto. Era un listado de unas 30 ideas concentradas en un folio, del tipo “un joven descarriado se ve obligado a vivir con su hermano el responsable”. “Una familia de campo que se va a vivir a la ciudad por una herencia”. “Un chico estudia oposiciones para impresionar a la chica que le gusta”.

Vale, me las he inventado. Ya no las recuerdo. Pero sirven como ejemplo de lo que trato de explicar: que una idea para crear una historia, por sí misma, no es nada. Lo importante, y lo difícil, es cómo la llevas a cabo, cómo la conviertes en algo real. Es el “cómo” y no el “qué”, lo que hace de una ficción una obra de arte, un éxito de público, o un gran trozo de composta maloliente.

Las películas que nos emocionan, que nos atrapan, o aquellas que triunfan por todo el mundo, funcionan porque han sido llevadas a buen término por un equipo de profesionales que sabían lo que hacían. Son tantas las decisiones a tomar y tantos los errores susceptibles de cometerse a lo largo del complejo proceso de creación de un film, que es imposible acertar en todo por simple casualidad y atribuir todos los méritos a que “había un buen punto de partida”.

Hay quien le da mucha importancia a la originalidad de las propuestas. Y, por supuesto, no hay nada más agradecido y apetecible que salir del cine pensando que has visto algo distinto, algo nuevo. Pero la originalidad tiene que ver sobre todo con la manera de contar, con el estilo, con el punto de vista y los mecanismos narrativos empleados, más que con los temas. Partiendo de ideas originales se han hecho cosas maravillosas y grandes tonterías (rentables, pero tonterías). Y de la idea más sencilla del mundo se pueden lograr productos redondos y maravillosos como éste.

La originalidad temática es algo francamente difícil de valorar y encontrar, y su búsqueda exhaustiva lleva a cometer errores como ese afán mayúsculo de joven cortometrajista por impactar constantemente en cada plano, o por buscar de manera obsesiva “un final sorpresa”.

Convendrán conmigo en que el material fundamental del oficio de contar historias no es otro que el propio ser humano. Hablamos de nosotros porque es lo único que nos importa, así de egocéntricos somos. Se trata de un material inagotable, sí, pero no ofrece, en los grandes asuntos tratados, muchas variaciones. Los conflictos son siempre los mismos en esencia; de hecho son muchos los estudiosos de la narrativa que se han preocupado de numerar y catalogar los diferentes tipos de conflicto a los que puede enfrentarse un personaje (lo que resulta un ejercicio teórico interesante, pero quizá no demasiado útil a la hora de ponerse a escribir).

Contamos una y otra vez las mismas historias, pero cada creador aporta su visión y su manera personal de abordar esas historias. Los personajes, el contexto y el lenguaje narrativo (audiovisual) aportan la diferencia. Cojamos un titular cualquiera como, por ejemplo “un padre lucha por salvar a su hija de su novio asesino”. Imaginad las historias tan diferentes que resultarían si esa premisa la desarrollaran Almodóvar, Woody Allen o Ridley Scott. Sería ese proceso de desarrollo el que determinaría absolutamente la calidad, la personalidad y el mérito del producto final, y no la idea de partida.

Lo que pasa es que vivimos en un mercado audiovisual donde para muchos lo más importante no es hacer las cosas bien, sino venderlas.  Se trata de vender tu idea: tu guión, tu proyecto, tu serie, tu largo… Por eso la primera obsesión de aquellos que desarrollan una historia es llamar la atención, y ahí es donde la idea, como argumento de venta, cobra una importancia quizá excesiva.

Además, cuando entran en juego los condicionantes de mercado, el concepto de “idea” se prostituye, y ya no cuentan tanto los posibles valores narrativos que puede aportarnos la premisa inicial (¿es una historia con “chicha”?), sino las consideraciones externas: ¿Me darán subvención con este tipo de historia? ¿Puedo meter actores guapos? ¿Puedo meter desnudos? ¿Puedo ganar mucho gastando poco? ¿Puedo rodar en algún sitio paradisíaco donde tomar daiquiris? ¿Es un concepto suficientemente atractivo como para engañar al público y lograr que acuda al cine en masa las dos primeras semanas?

Los empresarios de la industria tienden a considerar que la mejor idea es las menos arriesgada, es decir, aquella que ya ha sido testada previamente, y que lo único que hay que hacer es repetir fórmulas con algún elemento supuestamente original de fondo, o darle “una vuelta de tuerca” a lo de siempre.

Al final, es el “cómo” el que suele salir perdiendo. Podemos ser Calatravas del guión y hacer ambiciosas propuestas de historias perfectas dibujadas sobre el aire, pero si tenemos algún interés en que el resultado no decepcione, tendremos que ponernos manos a la obra y empezar a construir, y demostrar con hechos que somos capaces de llevar a buen término todo eso que prometíamos. Y ahí es donde vendrá la originalidad, la distinción, el talento. Si los hay.

Igual es sólo cosa mía, pero sigo asombrándome cuando descubro la existencia de proyectos como éste o este otro. No se me ocurre una idea más sencilla que la de “Cheers”: un grupo de empleados y clientes habituales de un bar que comparten sus miserias diarias a ambos lados de la barra. Si “Cheers” es una de las mejores sitcoms que han existido no es por ese planteamiento de partida, es por su trabajo de composición de personajes, por el talento y el mimo con los que se escribieron sus guiones, por la oportunidad del momento y el lugar en el que se hizo (en el que se apostó por volver a lo cotidiano y pequeño después de una década de “grandes asuntos” como la guerra de Vietnam), por el acierto en el cásting y en la dirección de actores y, en definitiva, por cómo todo ello confluyó en una obra audiovisual exquisita.

Aquí somos muy de copiar la superficie. No nos preocupamos por aprehender los sistemas de trabajo, la manera de afrontar el conflicto, de equilibrar personajes, de enfocar el cásting, de pulir los gags, de rodar, y de construir las tramas horizontales… No, aquí copiamos el encabezado, porque queda bonito y llamativo.

Incluso utilizando exactamente los mismos guiones que el producto primigenio, ningún actor podrá estar a la altura de los protagonistas originales, porque esos personajes ya existen y no se pueden reinventar sin que pierdan en la comparación. La idea de resucitar a Sam Malone puede llamar la atención del público que conoció al primigenio Sam Malone, pero ese público es exactamente el mismo que se va a decepcionar al encontrarse con una burda imitación del original.

(Y eso que a mí San Juan me parece un actor muy potable… pero es que no es Sam Malone)

Pero  lo importante, claro, es vender el proyecto; ése es el verdadero propósito de una productora: vender proyectos. Y es un objetivo comprensible, esto es un negocio. El problema está, quizá, en quienes compran y en los motivos que les llevan a confiar en este tipo de apuestas. Últimamente tengo la impresión de que ya no se demandan historias, sino envoltorios, titulares llamativos, taglines apabullantes, frasecillas curiosas en las portadas de los proyectos, lametones de ingenio desparramados en folios sueltos o, directamente, un par de nombres de actores famosos que “han mostrado interés en el proyecto”.

En este mundillo vuelan las anécdotas de guiones que se vendieron con unas pocas frases impresas en una página y deslizadas sobre la mesa entre cubata y cubata. Esos proyectos siempre van acompañados de grandes intenciones que prometen historias trepidantes, divertidas, de sutil inteligencia y capaces de enganchar al espectador desde el primer minuto, todo a la altura de los grandes éxitos del momento. Gran parte de ellos fueron, y serán, sonoros fracasos.

Vender es importante. Si no se venden los proyectos, no se hacen. Pero luego hay que arremangarse y poner el acento en el proceso que viene después, y trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico, en elaborar un presupuesto dándole a cada cosa el valor adecuado, en el ensamblaje coordinado y adecuado de todos y cada uno de los procesos de la producción…

Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista.

Mi consejo, si quieren escribir y llegar a vivir de sus guiones, es que no se obsesionen demasiado con las ideas; las ideas vendrán solas. Preocúpense, sobre todo, por aprender a escribirlas bien, porque de eso va realmente este trabajo.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 11 de marzo de 2011)


EL QUÉ Y EL CÓMO

11 marzo, 2011
Por Guionista Hastiado

Hay una creencia extendida dentro de la industria cultural que personalmente siempre me ha resultado un poco timo. Y tengo la sensación de que cada día que pasa está más asumida, tanto entre diletantes como entre curtidos profesionales. Se trata de la fe en las ideas geniales. Me refiero a la aventurada promesa de que algún día se te ocurrirá esa idea perfecta que te hará rico y reputado; esa premisa para el mejor guión que a nadie se le ha ocurrido nunca; ese intrincado detonante que te dará la mejor serie o ese personaje que catapultará tu carrera hacia lo más alto del olimpo de los creadores. Tu “Tesis”, tu “Pepi, Luci, Boom”, tu “Diablo sobre ruedas”… expresados en unas pocas palabras.

Supongo que no se trata de algo extraño en éste país nuestro tan amigo de pelotazos, donde se considera que el que no se hace rico de la noche a la mañana es porque no ha sido muy listo. Así, los que no somos muy listos debemos conformarnos con creer en el futurible de las loterías, los milagros, o las ideas geniales que nos salvarán de la mediocridad.

En cierta ocasión conocí a un productor que me enseñó una lista de propuestas para series que se disponía a llevar a una cadena. Parecía que iba a echar la bonoloto. Era un listado de unas 30 ideas concentradas en un folio, del tipo “un joven descarriado se ve obligado a vivir con su hermano el responsable”. “Una familia de campo que se va a vivir a la ciudad por una herencia”. “Un chico estudia oposiciones para impresionar a la chica que le gusta”.

Vale, me las he inventado. Ya no las recuerdo. Pero sirven como ejemplo de lo que trato de explicar: que una idea para crear una historia, por sí misma, no es nada. Lo importante, y lo difícil, es cómo la llevas a cabo, cómo la conviertes en algo real. Es el “cómo” y no el “qué”, lo que hace de una ficción una obra de arte, un éxito de público, o un gran trozo de composta maloliente.

Las películas que nos emocionan, que nos atrapan, o aquellas que triunfan por todo el mundo, funcionan porque han sido llevadas a buen término por un equipo de profesionales que sabían lo que hacían. Son tantas las decisiones a tomar y tantos los errores susceptibles de cometerse a lo largo del complejo proceso de creación de un film, que es imposible acertar en todo por simple casualidad y atribuir todos los méritos a que “había un buen punto de partida”.

Hay quien le da mucha importancia a la originalidad de las propuestas. Y, por supuesto, no hay nada más agradecido y apetecible que salir del cine pensando que has visto algo distinto, algo nuevo. Pero la originalidad tiene que ver sobre todo con la manera de contar, con el estilo, con el punto de vista y los mecanismos narrativos empleados, más que con los temas. Partiendo de ideas originales se han hecho cosas maravillosas y grandes tonterías (rentables, pero tonterías). Y de la idea más sencilla del mundo se pueden lograr productos redondos y maravillosos como éste.

La originalidad temática es algo francamente difícil de valorar y encontrar, y su búsqueda exhaustiva lleva a cometer errores como ese afán mayúsculo de joven cortometrajista por impactar constantemente en cada plano, o por buscar de manera obsesiva “un final sorpresa”.

Convendrán conmigo en que el material fundamental del oficio de contar historias no es otro que el propio ser humano. Hablamos de nosotros porque es lo único que nos importa, así de egocéntricos somos. Se trata de un material inagotable, sí, pero no ofrece, en los grandes asuntos tratados, muchas variaciones. Los conflictos son siempre los mismos en esencia; de hecho son muchos los estudiosos de la narrativa que se han preocupado de numerar y catalogar los diferentes tipos de conflicto a los que puede enfrentarse un personaje (lo que resulta un ejercicio teórico interesante, pero quizá no demasiado útil a la hora de ponerse a escribir).

Contamos una y otra vez las mismas historias, pero cada creador aporta su visión y su manera personal de abordar esas historias. Los personajes, el contexto y el lenguaje narrativo (audiovisual) aportan la diferencia. Cojamos un titular cualquiera como, por ejemplo “un padre lucha por salvar a su hija de su novio asesino”. Imaginad las historias tan diferentes que resultarían si esa premisa la desarrollaran Almodóvar, Woody Allen o Ridley Scott. Sería ese proceso de desarrollo el que determinaría absolutamente la calidad, la personalidad y el mérito del producto final, y no la idea de partida.

Lo que pasa es que vivimos en un mercado audiovisual donde para muchos lo más importante no es hacer las cosas bien, sino venderlas.  Se trata de vender tu idea: tu guión, tu proyecto, tu serie, tu largo… Por eso la primera obsesión de aquellos que desarrollan una historia es llamar la atención, y ahí es donde la idea, como argumento de venta, cobra una importancia quizá excesiva.

Además, cuando entran en juego los condicionantes de mercado, el concepto de “idea” se prostituye, y ya no cuentan tanto los posibles valores narrativos que puede aportarnos la premisa inicial (¿es una historia con “chicha”?), sino las consideraciones externas: ¿Me darán subvención con este tipo de historia? ¿Puedo meter actores guapos? ¿Puedo meter desnudos? ¿Puedo ganar mucho gastando poco? ¿Puedo rodar en algún sitio paradisíaco donde tomar daiquiris? ¿Es un concepto suficientemente atractivo como para engañar al público y lograr que acuda al cine en masa las dos primeras semanas?

Los empresarios de la industria tienden a considerar que la mejor idea es las menos arriesgada, es decir, aquella que ya ha sido testada previamente, y que lo único que hay que hacer es repetir fórmulas con algún elemento supuestamente original de fondo, o darle “una vuelta de tuerca” a lo de siempre.

Al final, es el “cómo” el que suele salir perdiendo. Podemos ser Calatravas del guión y hacer ambiciosas propuestas de historias perfectas dibujadas sobre el aire, pero si tenemos algún interés en que el resultado no decepcione, tendremos que ponernos manos a la obra y empezar a construir, y demostrar con hechos que somos capaces de llevar a buen término todo eso que prometíamos. Y ahí es donde vendrá la originalidad, la distinción, el talento. Si los hay.

Igual es sólo cosa mía, pero sigo asombrándome cuando descubro la existencia de proyectos como éste o este otro. No se me ocurre una idea más sencilla que la de “Cheers”: un grupo de empleados y clientes habituales de un bar que comparten sus miserias diarias a ambos lados de la barra. Si “Cheers” es una de las mejores sitcoms que han existido no es por ese planteamiento de partida, es por su trabajo de composición de personajes, por el talento y el mimo con los que se escribieron sus guiones, por la oportunidad del momento y el lugar en el que se hizo (en el que se apostó por volver a lo cotidiano y pequeño después de una década de “grandes asuntos” como la guerra de Vietnam), por el acierto en el cásting y en la dirección de actores y, en definitiva, por cómo todo ello confluyó en una obra audiovisual exquisita.

Aquí somos muy de copiar la superficie. No nos preocupamos por aprehender los sistemas de trabajo, la manera de afrontar el conflicto, de equilibrar personajes, de enfocar el cásting, de pulir los gags, de rodar, y de construir las tramas horizontales… No, aquí copiamos el encabezado, porque queda bonito y llamativo.

Incluso utilizando exactamente los mismos guiones que el producto primigenio, ningún actor podrá estar a la altura de los protagonistas originales, porque esos personajes ya existen y no se pueden reinventar sin que pierdan en la comparación. La idea de resucitar a Sam Malone puede llamar la atención del público que conoció al primigenio Sam Malone, pero ese público es exactamente el mismo que se va a decepcionar al encontrarse con una burda imitación del original.

(Y eso que a mí San Juan me parece un actor muy potable… pero es que no es Sam Malone)

Pero  lo importante, claro, es vender el proyecto; ése es el verdadero propósito de una productora: vender proyectos. Y es un objetivo comprensible, esto es un negocio. El problema está, quizá, en quienes compran y en los motivos que les llevan a confiar en este tipo de apuestas. Últimamente tengo la impresión de que ya no se demandan historias, sino envoltorios, titulares llamativos, taglines apabullantes, frasecillas curiosas en las portadas de los proyectos, lametones de ingenio desparramados en folios sueltos o, directamente, un par de nombres de actores famosos que “han mostrado interés en el proyecto”.

En este mundillo vuelan las anécdotas de guiones que se vendieron con unas pocas frases impresas en una página y deslizadas sobre la mesa entre cubata y cubata. Esos proyectos siempre van acompañados de grandes intenciones que prometen historias trepidantes, divertidas, de sutil inteligencia y capaces de enganchar al espectador desde el primer minuto, todo a la altura de los grandes éxitos del momento. Gran parte de ellos fueron, y serán, sonoros fracasos.

Vender es importante. Si no se venden los proyectos, no se hacen. Pero luego hay que arremangarse y poner el acento en el proceso que viene después, y trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico, en elaborar un presupuesto dándole a cada cosa el valor adecuado, en el ensamblaje coordinado y adecuado de todos y cada uno de los procesos de la producción…

Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista.

Mi consejo, si quieren escribir y llegar a vivir de sus guiones, es que no se obsesionen demasiado con las ideas; las ideas vendrán solas. Preocúpense, sobre todo, por aprender a escribirlas bien, porque de eso va realmente este trabajo.


MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA GUIONISTAS: REPELENTES CONTRA PARÁSITOS

15 abril, 2010

por Pianista en un Burdel.

El pasado 19 de marzo publiqué en este blog el artículo La Señora y el parásito. Biología del plagio, con la intención de aplicar un poco de sentido común a la montaña de basura mediática creada tras la denuncia por plagio contra la serie La Señora.

Me consta que mucha gente, tras la lectura del post, ha empezado a ver de otra manera las periódicas denuncias por plagio que sufren profesionales de reconocido prestigio (obviamente, nadie denuncia a un fracasado: no hay nada que robarle).

Hoy quiero volver sobre el tema, pero no para echar más leña al fuego. Las posturas han quedado clarísimas. Los locos seguirán con su tema diga yo lo que diga, y los cuerdos ya tienen material de sobra para formarse una opinión. Hoy lo que vamos a hacer es un repaso para ver qué hemos aprendido más allá de las opiniones. Porque si de los cuerdos siempre aprendemos algo, de los locos a veces podemos aprender muchísimo más.

De Susana Pérez-Alonso aprendimos que siempre, siempre, SIEMPRE, hay que inscribir nuestras obras en el Registro de la Propiedad Intelectual. Concretamente, hay que registrar las obras antes de enseñárselas a nadie. Esto sonará a perogrullada para muchos, pero lo cierto es que muchos guionistas, tanto aspirantes como profesionales, pasan por alto este paso fundamental. Es lo que pasa con los buenos consejos (póntelo-pónselo; si bebes no conduzcas; ante la duda, folla): todos el mundo los conoce, pero muy poca gente los sigue a rajatabla.

Y es que por pura falta de perspectiva. Tengamos en cuenta una cosa: todo el caso del presunto plagio de La Señora se basa en que Virginia Yagüe no registró a tiempo la obra. ¿Cuándo tenía que haberla registrado? En el momento de terminar la primera versión. Del argumento, de la biblia… de lo que fuera que envió a Diagonal TV para su evaluación.

¿Y por qué no lo hizo? Bueno, tendríamos que preguntárselo a ella, pero me apostaría una cena en El Bulli (si pudiera conseguir mesa, ay) a que fue por desidia. Virginia llevaba tiempo trabajando con Diagonal TV. Y sé por experiencia que cuando trabajamos con productoras de confianza, nos relajamos en estos temas.

¿Que el contrato no llega a tiempo? No pasa nada. Sé que pagan puntualmente.

¿Que mueven mi material sin pagarme nada? Prefiero arriesgarme con ellos que con desconocidos que me pueden salir rana.

Y registrarlo, ¿para qué? Si no va a pasar nada. Tengo los emails. Tengo las reuniones con las directivas de cadenas. Hay un montón de testigos.

Pensar así tiene, aparentemente, toda la lógica del mundo. Sobre todo cuando estás muy cargado de trabajo. Ir al Registro de la Propiedad Intelectual es un soberano coñazo. Hay que imprimir (argh), encuadernar (jarl), hacer cola (zzzz) y lidiar con el funcionario de turno, que siempre descubre que te falta un papel o una fotocopia (snif). Y luego hay que ir al banco (puaj), pagar la tasa (gñgñ) y volver al Registro (WTF?) a entregar el comprobante de pago.

Y total, ¿para qué? Si la mayoría de los profesionales estará de acuerdo en que toda esa paranoia de que nos pueden robar las ideas es propia de ignorantes, mediocres y/o tarados mentales. Basta con leer el post arriba mencionado para darse cuenta de que sólo un ignorante, un mediocre o un tarado mental (o una combinación de varios) podría pensar que La Señora es un plagio de la presunta novela de Susana Pérez-Alonso.

Pero precisamente por eso hay que registrar nuestras obras antes de enseñarlas por ahí: porque en el mundo hay montones de ignorantes, mediocres y tarados mentales. Y si tenemos éxito en esta profesión, es cuestión de tiempo que uno de ellos se convenza a sí mismo de que le hemos robado una idea. Ese pensamiento no es más que una variante del síndrome de Tío Vanya. Es lo que hacen los ignorantes, los mediocres y los tarados mentales: confunden el éxito ajeno con el fracaso propio. Establecen una relación de causa-efecto entre uno y otro. Y cuando tienen el tiempo, los medios y/o el deterioro mental suficientes, están dispuestos incluso a llegar a juicio para demostrarlo. Nunca lo consiguen, pero el caso no es ése. El caso es que en el proceso, nuestra vida se complicará. Recibiremos citaciones, nuestro nombre saldrá en los periódicos y, de pronto, todas las llamadas de amigos y familiares tratarán sobre lo mismo. Durante semanas, quizá meses, seremos presa de un monotema absurdo y erosivo que nos robará energía creativa. (Una energía que necesitamos para vivir, porque la mayoría de los escritores no tienen dos apellidos dobles ni viven de las rentas.)

Si La Señora se hubiera registrado en el momento de terminarse la primera versión, no habría caso. Esta ridícula denuncia jamás habría llegado al juzgado, y los foreros subnormales de los confidenciales de televisión tendrían que dedicarse a destripar a otra persona más merecedora de ello. Ahora, sin embargo, Virginia Yagüe tendrá que esperar al juicio para demostrar su inocencia. En realidad, no será difícil: llegará un perito, intentará establecer una comparación entre el supuesto resumen de la presunta novela que Susana Pérez-Alonso aparentemente registró en 2006 , por un lado; y los guiones de La Señora por otro (39 capítulos de 70 minutos, a página por minuto serían 2730 folios), dictaminará que allí no hay nada que rascar, y cada uno a su casa. Fácil, pero kafkiano. Y el tiempo que le roben a Virginia Yagüe hasta ese momento no se lo devolverá nadie.

Así que seamos listos y evitemos tropezar nosotros en esa piedra. Recuerden: no se trata de tener miedo a que nos roben. Se trata de evitar que nos acusen a nosotros de robar. Podemos optar por acudir a alguno de los Registros de la Propiedad Intelectual, y pasar por el periplo arriba mencionado. También podemos cambiar el hastío por el terror: en vez de pasarnos dos horas yendo a la oficina, podemos solicitar la inscripción por correo, y pasarnos dos meses esperando confirmación, y pensando en que nos han perdido el material por el camino. O bien podemos intentar la inscripción telemática y convertirnos directamente en el protagonista de esta película.

Conozco una cuarta opción, que es registrar nuestra obra aquí, en el Writers Guild of America. Además de que es una chulada registrar los guiones en el sindicato americano, resulta que se puede hacer todo online y viene costando más o menos lo mismo: 20$. Al cambio, y ahorrándonos fotocopia, encuadernación y desplazamiento, apenas hay diferencia.

Antes de que lo pregunten: sí, los extranjeros pueden; y sí, se puede registrar obras en castellano.

Espero que esta información les resulte útil. Supongo que habrá más opciones, así que si tienen información, se agradecerá que la compartan en los comentarios.


LA SEÑORA Y EL PARÁSITO. BIOLOGÍA DEL PLAGIO.

19 marzo, 2010

por Pianista en un Burdel.

Ayer hablábamos de la escoria de la profesión. Hoy hablaremos del parasitismo. Dice la Wikipedia:

El parasitismo es una interacción biológica entre organismos de diferentes especies, en la que uno de los organismos (el parásito) consigue la mayor parte del beneficio de una relación estrecha con otro, el huésped u hospedador. […]

El parasitismo puede darse a lo largo de todas las fases de la vida de un organismo o sólo en periodos concretos de su vida. Una vez que el proceso supone una ventaja apreciable para la especie parásita, queda establecido mediante selección natural y suele ser un proceso irreversible que desemboca a lo largo de las generaciones en profundas transformaciones fisiológicas y morfológicas de tal especie.

Fin de la cita. ¿Y cómo se aplica esto al mundillo audiovisual? Fácil: a medida que uno va consagrándose en la profesión, le van saliendo parásitos. Se hace atractivo como huésped. A los que tienen fama, se les acerca gente que quiere salir en la foto. A los que tienen dinero, se les acercan pedigüeños. A los que tienen talento, se les acercan los mediocres y los envidiosos.

A los que tienen fama, dinero y talento, los denuncian por plagio.

El pasado miércoles, la Fiscalía Superior asturiana remitió al juzgado la denuncia que Susana Pérez-Alonso presentó contra la serie La Señora (TVE) por plagio. Según Pérez-Alonso, la serie de Diagonal TV sería un plagio de una presunta novela suya (digo presunta porque no está ni publicada).

Naturalmente, el hecho ha sido identificado como carnaza por la mayoría de los confidenciales sobre televisión en Internet, que han copipegado el texto de Europa Press como si no hubiera mañana. Sensacionalismo barato a tutiplén. Pero la palma se la lleva, oh sorpresa, El Mundo. No conforme con recorrer la conocida senda de la desinformación, ayer dieron un pasito hacia los intrincados caminos de la difamación con este titular:

Queridos redactores becarios de El Mundo, tres cositas:

1. Es el juez el que decidirá si es o no es un plagio. La Fiscalía sólo ve indicios de delito -como explica el cuerpo de vuestra noticia- y formula la denuncia ante el juzgado.

2. Cuando el titular contradice el cuerpo de la noticia, es que algo falla. O falla el titular, o la noticia, o el cerebro del redactor becario.

3. Entiendo que Diagonal TV es una empresa rival y queréis atacarla. Pero se os ve el plumero

Susana Pérez-Alonso es una señora aburrida, una turista de la literatura que un día tuvo la mala fortuna de quedar finalista del Sonrisa Vertical, un concurso literario de cuarta. Y se creyó que tenía talento. Así que le dio por escribir, y escribir, perfeccionando su técnica literaria, hasta conseguir que su prosa fuera tan soporífera como su expresión verbal. Pero el presunto éxito nunca volvió, y empezó a desesperar. Ya no la entrevistaban tanto, ya no se hablaba de ella en los periódicos. Abrió un blog, Barbie Justiciera, pero ni por ésas. Su presencia en Google estaba insoportablemente estancada. Y eso es lo que más preocupa a los turistas de esto. No les importa escribir bien. Tampoco necesitan dinero (sólo quiero un euro, repite machaconamente Pérez-Alonso), sólo quieren atención. Si no pueden obtenerla por sí mismos, la parasitarán de un organismo mayor. “La Señora” ha sido líder de audiencia varias semanas seguidas. Diagonal TV es una de las productoras de más éxito de la televisión en España. Un huésped apetecible. Si un parásito logra asociar su nombre al de los hospedadores, logrará atención. Titulares. Entradas en Google.

A la izquierda, una Señora.

No voy a ponerme aquí a defender a Virginia Yagüe, porque para empezar, no lo necesita. Nadie en toda la profesión duda de su inocencia. Sus créditos la defienden de sobra. Y lo mismo a Diagonal TV. Prefiero dedicarme a explicar hasta qué punto la Fiscalía Superior del Principado de Asturias ha hecho el ridículo diciendo que ve indicios de delito, cuando lo único que hay son claras muestras de parasitismo.

La denuncia se basa en dos cosas: la supuesta abundancia de parecidos entre ambas obras; y la inscripción de la obra presuntamente plagiada en el Registro de la Propiedad Intelectual, el 16 de enero de 2006. Empecemos con esto último.

1. Lo que registra Pérez-Alonso no es una novela, sino un resumen del argumento. La difusión que le da es mínima: lo remite a Ediciones B (que posteriormente rechazaría la novela) y lo inscribe en el Registro.

2. La serie entra en producción en 2007, lo que supone un trabajo previo de muchos meses: desde que se redacta una idea inicial, hasta la posterior confección de una biblia, después los primeros guiones, etc. Naturalmente, eso no lo sabe ni la Barbie Justiciera, ni los justicieros de la Fiscalía. Ni se molestan en preguntar. Pero, mes arriba mes abajo, puede calcularse que Virginia Yagüe empieza a escribir la serie más o menos a principios de 2006.

Ergo… la única posibilidad de que exista un plagio es que Virginia Yagüe hubiera tenido acceso a ese borrador del argumento que Susana Pérez-Alonso acababa de registrar. ¿Cómo habría accedido Virginia Yagüe a ese documento privado? Hay montones de posibilidades:

-Irrumpiendo en el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

-Irrumpiendo en casa de Susana Pérez-Alonso y rebuscando en su basura.

-Hackeando la fotocopiadora de Santullano de Mieres, Asturias, pueblo natal de Susana Pérez-Alonso.

-Mediante telepatía.

-O la más probable: Ediciones B habría metido una copia del argumento en una botella y la habría arrojado al mar. Y durante unas vacaciones en Llanes, paseando por la playa, Virginia Yagüe habría encontrado la botella…

Bueno, basta de gilipolleces. Quiero pensar que la Fiscalía no ha visto aquí indicios de delito, sino en los abundantes parecidos entre la serie y la novela. Vamos a hacer como el fiscal y obviar el hecho de que si Virginia Yagüe no tuvo acceso al material de Pérez-Alonso, el plagio es materialmente imposible. Vamos a obviar ese pequeño detalle, y demos un repaso a los parecidos, y ya puestos, a la cultura general del fiscal:

-Cito a El Mundo (o sea, a Europa Press): “El primer aspecto que la escritora refleja en su denuncia es la coincidencia histórica y geográfica en la que ambas historias se sitúan. En las dos hay menciones a la Guerra de África y el periodo de la dictadura de Primo de Ribera.” Por favor, pasen por alto la desastrosa sintaxis de la primera frase y la escalofriante errata en el nombre del dictador. Céntrense en el concepto MENCIONES. Y recuerden, a partir de ahora, que Susana Pérez-Alonso tiene la exclusiva sobre el principio del siglo XX en Asturias. Si alguna vez escriben algo que ocurre en Asturias, jamás mencionen en sus textos la Guerra de África ni la dictadura de Primo de Rivera o serán acusados de plagio, y El Mundo les condenará antes incluso que el juez.

-Sigo citando a El Mundo: “comparten escenario de conflictos mineros que en ambas obras se extienden también al sector astillero”. Diablos. Aquí sí que hay un parecido. ¿A quién se le ocurre situar una serie en la Asturias de los años 20 y escenificar conflictos en las dos industrias principales de la Asturias de los años 20? Fatal, Virginia. No sólo has plagiado a Susana Pérez-Alonso, sino a todos los libros de historia que tratan esa época en Asturias. Nota mental: si alguna vez escribo algo en Asturias, no sacar minas ni barcos. Sólo vacas.

-Más citas de El Mundo: “Otro elemento común de carácter histórico que aparece en las obras es el fascismo italiano y los Camisas Negras.” ¡Bueno, esto ya es demasiado, Virginia! ¿No podías mencionar la creación de la Unión Soviética, el nacimiento del cine sonoro, o el crack del 29? ¿No podías limitarte a hablar del invento del autogiro o de la penicilina? ¿Tenías que apropiarte de los acontecimientos históricos propiedad de Susana Pérez-Alonso? Shame on you.

-En El País recogen más similitudes: “En vez de un cura, [en la novela] hay un judío que escoge entre el amor y su religión.” Claro, cambias el judío por un cura y te crees que te vas a librar, Virginia. No, hombre no, eso lleva el sello Pérez-Alonso clarísimo: pasión versus moral. Original 100%. No admita imitaciones.

-Más de El Mundo: las protagonistas de ambas obras “son mujeres adelantadas a su tiempo, disconformes y rebeldes, que no se resignan a cumplir con el rol social de pasivas señoras de alta sociedad.” Y la definitiva: “Otra de las similitudes que destaca Pérez-Alonso es la muerte de la protagonista.” ¿En qué cabeza cabe poner de protagonista a una mujer adelantada a su tiempo? ¡Con lo bien que funcionan las mujeres ancladas en el pasado, conformistas y pasivas, que resignan a todo y no plantean ningún conflicto! ¡Ésas sí que son buenas protagonistas! Y encima la matas. Joder, Virginia, has sido capaz de plagiar de un golpe a Pérez-Alonso, a Tolstoi, a Flaubert, a Eurípides… ¡a Amenábar!

Qué asco. Me aburren a mí mismo estas ironías. Todo esto es tan de cuarto de la E.S.O. que provoca náuseas (y espanto) ver hasta qué punto reina la incultura en una institución que puede decidir sobre nuestros derechos. Y hasta qué punto se excitan los medios de comunicación con el olor de la sangre.

Señor fiscal, señora Pérez-Alonso, métanse esto en la cabeza: todas las telenovelas tratan sobre el impedimento del amor. Las variantes no son infinitas. Se cambia el telón de fondo, se cambian las circunstancias, se cambia el enfoque, se cambia la historia. Pero los temas son universales. Si ahora resulta que escribir la historia de una señora de clase alta que se enamora de un cura es un plagio de una novela de Pérez-Alonso, me temo que Pérez-Alonso tendría que responder por haber plagiado El Pájaro Espino, cuyos autores tendrán que afrontar una demanda por plagiar La Regenta, y así hasta llegar a Aristóteles.

¿Acaso no tiene bastante trabajo la justicia?

¿O es que se admite a trámite cualquier garabato presentado por un coleguita de la judicatura? Luego dicen que en el mundillo del audiovisual hay enchufismo. ¿Habría llegado al juzgado una chorrada de este calibre si la susodicha no fuera procuradora de tribunales?

[Mode Pedro Pacheco ON]

Y ahora, gracias a la inteligencia de la Fiscalía, y a la colaboración de unos cuantos medios de comunicación centros de explotación de becarios, habrá conseguido aparecer bien arriba en Google cuando alguien busque “novelista asturiana”. Eso es lo que quería. Y un euro.

Confiemos en que el juicio pase pronto y no le robe mucho tiempo a Diagonal TV y Virginia Yagüe. Que lo necesitan para seguir creando series de éxito y dando trabajo a mucha gente.

Actualización: exactamente 4 horas y 33 minutos después de publicar este post, la Barbie Justiciera contesta en su blog y desembarca en la sección de comentarios.


A %d blogueros les gusta esto: