TRUCOS PARA RENDIR BIEN A PESAR DE SER VAGOS

8 octubre, 2014

Por Juanjo Ramírez Mascaró

lebowskiQuienes nos dedicamos a escribir estamos hartos de pronunciar la palabra “PROCRASTINAR”.

Quizá porque la procrastinación es uno de los “males” endémicos de la profesión. Quizá porque el 90% de los escritores somos unos vagos….

… quizá porque en nuestro oficio es muy difícil precisar dónde termina el trabajo y dónde comienza la procrastinación, o viceversa. Ponerse a ver una peli o leer un libro puede equivaler a “voy a documentarme para mi guión”. Bajarse a tomar una caña al bar se puede maquillar con un “voy a escuchar a la gente, a escrutar la realidad, palpar la calle en busca de ideas”. Incluso irnos a la cama puede llegar a convertirse en una sesión de brainstorming con nuestro propio inconsciente. A veces las mejores ideas nos las susurra la almohada.

Todo eso es precioso, pero entraña un peligro – como casi todas las cosas preciosas –. Cuando la frontera entre trabajo y ocio está tan poco definida se convierte en terreno fértil para las EXCUSAS.

Es difícil defenderse de algo cuyos límites ni siquiera sabemos precisar. Es difícil analizar la anatomía del monstruo del Lago Ness cuando sólo disponemos de fotos borrosas. Quizá lo único que podemos hacer es compartir los trucos concretos para escapar del laberinto que nos funcionan a cada uno.

Ésa es la intención de este post: Compartir experiencias personales sobre el tema, técnicas que me han funcionado hasta ahora, sin ningún ánimo de sentar cátedra, por si a alguien le resultan útiles o por si hacerlo motiva a otros a compartir las suyas en los comentarios.

En algunas no me detendré demasiado porque, si mal no recuerdo, ya las han tratado otros en este blog (mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo).

TRUCO NÚMERO 1:

Dejar de marear la perdiz e ir al grano de una puñetera vez para que el post no sea interminable. Dicho esto, vamos con el siguiente truco:

IMPONERSE HORARIOS FIJOS, ESCRIBIR TODOS LOS DÍAS A LAS MISMAS HORAS Y BLA, BLA, BLA.

A mí no me funciona. Eso no quiere decir que sea un mal truco, simplemente es muy frustrante para quienes tendemos al caos. Cuando he hecho el esfuerzo de mantener una disciplina así de férrea los resultados han sido magníficos. ¡Doy fe! Pero rara vez he logrado mantener dicha disciplina durante más de dos o tres días seguidos, a menos que coescribiese con otros o tuviese que adaptarme a una dinámica de trabajo impuesta desde fuera.

Envidio a la gente capaz de asumir “horarios de oficina” aunque trabaje en casa. No obstante, muchos nos sentimos más cómodos creando a partir del desorden. ¡Que no cunda el pánico! Existen distintas maneras de afrontar el proceso creativo y no son excluyentes entre sí.

COMER Y DORMIR BIEN.

Sí… a mí también me da bastante pereza este apartado, pero cada vez estoy más convencido de que mente y cuerpo son indisociables. Nuestro estado físico influye muchísimo no sólo en nuestra capacidad de rendimiento, sino en el modo en que interpretamos las cosas.

Descansar mal es la forma más efectiva de convertir en montañas los granos de arena. Todo nos parece inafrontable cuando estamos físicamente agotados. Nuestras ganas de luchar se reducen drásticamente, resulta más difícil encontrarle sentido a las cosas, la brújula emocional se nos estropea.

Si te notas más negativo de lo habitual, más desmotivado… es probable que necesites dormir más o mejor. En caso de que te las puedas permitir, unas horitas de sueño hacen milagros. Es algo tan evidente que a veces lo olvidamos. Si sufres de insomnio, internet está lleno de consejos para ayudarte a dormir. Algunos te funcionarán, otros no. Cada persona es un mundo. Prueba hasta encontrar los que mejor se adapten a ti. En su día propuse algunos remedios para el insomnio en este otro post.

Todo lo que hemos comentado sobre el sueño se puede aplicar igualmente al tema de la alimentación. Una mala nutrición implica un bajón energético: eso afecta al estado de ánimo y hace que el diablillo de la procrastinación resulte más tentador.

Sobra decir que ambos conceptos están relacionados: Una alimentación adecuada ayuda a tener buen sueño, y hacer un poco de ejercicio contribuye a su vez a ambas cosas.

También conviene dejar claro que, a pesar de esos mitos que nos encandilan, a pesar de esos artistas bohemios que creaban bajo el influjo del opio y la absenta, a pesar de los Hemingways y los José Alfredos agotando las existencias de los bares, a pesar de las canciones emblemáticas con retrogusto a cocaína o LSD… es probable que rindas mejor estando sobrio.

Conozco a creadores que afirman lo contrario. Es una opinión respetable. Imagino que cada organismo funciona de una forma distinta y cada uno debe escucharse a sí mismo para saber lo que le sienta bien. Beber es uno de mis hobbies favoritos. Mataría a Billy Wilder por una cerveza. Pero cuando me pongo a teclear, casi siempre prefiero hacerlo sobrio. ¿He dicho “casi siempre”? Bueno… ejem… hay excepciones… Aunque normalmente la única droga que uso cuando escribo es el té.

¡Voy a cambiar ya de tema, porque no quiero parecer una enfermera en lugar de un guionista! Y porque si sigo insistiendo en esto podría sentirme obligado a predicar con el ejemplo.

LA FILOSOFÍA DEL BARRENDERO BEPPO.

No es la primera vez que hablo de este truco que heredé de un profesor de la universidad. Beppo es un personaje de la novela Momo de Michael Ende.

Era barrendero. Su trabajo consistía en barrer la ciudad entera, y era una ciudad enorme. Demasiados kilómetros cuadrados de hojas muertas. Pensar en la totalidad de la tarea desanimaría a cualquiera. Esto es lo que hacía Beppo, según sus propias palabras que son las de Michael Ende:

“Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.”

Me parece una manera simbólica y hermosa de recordar lo que todos sabemos: Que rendiremos más y mejor si fragmentamos el trabajo y nos ponemos metas asequibles. Si Jack el Destripador no se hubiese centrado en matar a las prostitutas de una en una se habría desmoralizado antes de empezar.

 beppo

HAY QUE ACOJONAR AL FOLIO EN BLANCO.

¿Qué es eso de tenerle miedo al folio en blanco? ¡Haz que te tema él a ti! Quizá el truco consista en disparar primero. No permitas que permanezca blanco durante demasiado tiempo. Mánchalo de estupideces. Ya habrá tiempo más adelante de rebuscar, de ordenar, de descubrir que has vomitado un par de perlas sin querer, que sólo hay que reubicarlas y pulirlas.

Creo que endiosamos nuestra profesión. Respetamos demasiado el acto de escribir y el dichoso folio en blanco. Por supuesto que la escritura es importante, por supuesto que merece ser mimada. Para mí la escritura tiene un carácter sagrado, como todos los juegos.

Recuerdo un proverbio taoísta que afirmaba: “El hombre sabio se ama, pero no se aprecia.” Yo tunearía esa frase para aplicarla a nuestra labor:

Ama la escritura, pero no la respetes.

Mi triquiñuela favorita para lanzarme al folio en blanco sin veneración paralizante consiste en convencerme a mí mismo de que nada de lo que escribo es definitivo, nada de ello se va a cincelar en piedra. Ni siquiera lo va a tener que leer otra persona a menos que yo lo decida. “ES SÓLO UNA PRIMERA VERSIÓN”. Dicho así parece fácil, pero no lo es. Porque no te tienes que convencer a ti mismo, sino a tu subconsciente.

Inciso: Poco después de terminar el borrador de este post (que “sólo era una primera versión”) vi este vídeo en el que Neil Gaiman decía exactamente lo mismo. Así pues, no lo digo sólo yo. ¡Lo dice Neil Gaiman!

A mí a veces me resulta útil escribirle un mail a algún amigo para contarle la historia que tengo entre manos. Eso me desbloquea por dos razones:

En primer lugar, porque no escojo un amigo al azar, sino a alguien que creo que es público objetivo de la clase de historia que estoy escribiendo. Cuando le escribo a ese amigo, le estoy escribiendo a mi espectador ideal.

En segundo lugar, contarlo en un mail me exime de formatos rígidos, de courier 12, de convenciones ortodoxas. Escribo con la comodidad de no sentirme obligado a ser profesional. Estoy contando la historia, pero no es una sinopsis, ni un guión, ni un tratamiento. Puedo ir hacia atrás y hacia adelante cuando me dé la gana, puedo usar un lenguaje coloquial, puedo comparar mi historia con otras pelis u otras novelas. Sin casi darme cuenta, esa conversación la estoy teniendo también con mi propio inconsciente, y estoy obligándome a mí mismo a buscar sobre la marcha soluciones concretas para cosas que tenía menos claras de lo que yo creía. Todo ello sin presión alguna, con la confianza y la distensión de una conversación en la barra de un bar.

Esto guarda alguna relación con el último “truco” que quiero compartir. ¡Sí, el último, enseguida me callo!

ENAMÓRATE DEL PROYECTO.

En última instancia, todos o casi todos los bloqueos son emocionales. Llegan cuando el amor da un paso atrás en favor de otra clase de emociones.

¿La historia en la que trabajas empezó entusiasmándote pero ahora ya no sientes esas maripositas en el estómago? Tal vez por la erosión, por el desgaste de haberla mareado durante tantos meses. Tal vez porque la historia ya no es la misma que al principio de la relación, o tú no eres el mismo, o ambas cosas.

O peor todavía: ¿En realidad nunca te ha enamorado el proyecto? ¿Lo has aceptado por obligación? Pues entonces, una de dos: O lo abandonas o… ¡si no tienes pasión, te jodes y te la inventas!

Supongo que hay cien maneras ortopédicas de inducir al enamoramiento, pero muchas de ellas requieren de tiempo, de perspectiva, de dejar el material en barbecho… y no siempre podremos permitirnos esos lujos, porque últimamente todo el mundo quiere las cosas “para ayer”.

Mi truco favorito en esa clase de situaciones está relacionado, como decía, con el apartado anterior. Si te cuesta enamorarte de tu proyecto, enamórate de tu público. Cuando nos enamoramos de alguien somos así. Por amor a una chica puedes llegar a creer que te gusta la discografía de Maná. Por contentar al chico de tus sueños eres capaz de decidir que quieres ser vegetariana. Por ello insisto: Escribe teniendo siempre en la cabeza a tu espectador ideal. Ponle nombre y cara. Elige a una persona (o dos, o tres) que conozcas realmente: personas que te encanten, personas a las que te gustaría hacer disfrutar.

Si te gusta la cocina puede que te parezca humillante preparar un vulgar plato de espaguetis con tomate. Eres capaz de cosas mejores: delicias con las que disfrutarías mucho más como gourmet y como autor. Pero si amas a tus niños con locura y resulta que a ellos sólo les gustan los espaguetis con tomate, el amor hará que disfrutes cocinándolos. Durante unos minutos, esa chorrada de plato se convertirá en tu capilla sixtina.

No obstante a veces, cuando intentamos currar, no nos viene a la cabeza ese espectador idílico que ama lo que hacemos, sino esa persona que nos ha encargado el trabajo, ese ejecutivo que tiene que dar el visto bueno, que en lugar de motivarte te coarta, que te pone peros, que te condiciona con cifras de audiencia, que trata tu trabajo como material de charcutería. Me temo que esa clase de personas son necesarias en la industria audiovisual. Ellos también hacen su trabajo lo mejor que pueden y es conveniente que estén ahí. Entrégales el resultado final, sométete a sus designios inescrutables…

… pero no pienses en ellos mientras escribes. Piensa en los niños que se van a comer los espaguetis.


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