10 CANCIONES PARA NO MORIR DE ASCO

19 marzo, 2015

por Sergio Barrejón.

De guionista te puede ir bien. Puedes ganar dinero, conocer a gente estupenda y vivir sin jefes ni horarios. Eso puede pasar. No es imposible.

Pero no nos engañemos: como profesión, la de guionista es una mierda como un piano de cola. Traedme a un solo padre que quiera que su hijo sea guionista.

Si no has visto esta película, tú ni eres guionista ni eres ná.

La inseguridad económica es total, es imposible prever si tu trabajo será el éxito del año o la vergüenza de tu familia, y la consideración social de tu profesión está por debajo de la de barrendero. Y a ti ni siquiera te dan uniforme.

Para colmo, no existe el éxito. Puedes vender tu primer guión a los 23 años, hilar tres películas seguidas antes de cumplir los treinta… y luego estar un lustro entero en el paro, esperando a que suene el teléfono. Eso también pasa. Preguntadle a Cristóbal Garrido. Le pasó exactamente eso. Ahora lo peta haciendo series para la BBC y pelis para Ruiz Caldera, vale. Pero en el ínterin, su vida profesional tuvo durante AÑOS el aspecto de los créditos iniciales de The Big Lebowski:

Lo único que está garantizado en esta profesión es que…

Te van a decir veinte veces no por cada vez que te digan sí. De hecho, cualquier guionista profesional te dirá que perder por veinte a uno no es mal resultado.

Te van a intentar tangar de siete maneras diferentes. Y lo van a conseguir. De las siete maneras. Y en tres de ellas te lo harán amigos.

Te van a aplaudir por textos que no te convencen en absoluto y te van a hacer cambiar cosas que considerabas perfectas.

Y todo eso, si es que tienes la suerte de llegar a profesional.

Cuando me toca vivir esas situaciones, procuro recordarme que, con todo, es preferible escribir guiones que barrer las calles. Y si ese pensamiento no consigue reconfortarme, entonces recurro a la única medicina que alivia todos los males.

El rock and roll.

Hoy quiero compartir diez de mis pócimas secretas para superar las bajonas estándar que te proporciona esa maldita y maravillosa profesión, y también algunos de los cócteles perfectos para celebrar las pocas alegrías, que también las hay.

Y os invito a todos a completar esta pequeña lista en la sección de comentarios.

Play it loud.

All night long.

  1. CUANDO TE RECHAZAN UN GUIÓN

Lo enviaste a una productora, se lo propusiste a un actor conocido, lo presentaste a un certamen o una subvención, y te acaba de llegar una de esas cartas de “gracias, pero”, “está muy bien, pero”. Probablemente es el enésimo NO. El sonido de la puerta cerrándose en tu cara resuena con el eco de todas las puertas anteriores.

  1. CUANDO TE LLAMAN DESPUÉS DE UNA TEMPORADA DE SEQUÍA

Llevas meses sin currar. Has hecho diecisiete pruebas. Has hecho pitchings hasta sangrarte las encías. En despachos, en bares, en retretes de bares, en retretes de despachos. Ya estabas pensando en tirarte al Metro, o incluso en hacer un Notodo, cuando de pronto RING. Aquel colega con el que escribiste un corto hace seis años ahora es coordinador en una diaria. Y necesita un guionista. Sólo van a ser unas semanas, para cubrir una baja. Y tienes que verte cien capítulos de una telenovela y leerte doce más y otras tantas escaletas para el lunes. Pero eh, tienes curro. Vas a tener PASTA.

  1. CUANDO RECHAZAS UN CURRO PORQUE LAS CONDICIONES SON UN ASCO

“Déjame que lo mueva un par de meses, y si sale, te pago cuarenta mil.”

“Ahora no te puedo ofrecer más, pero si renovamos, te pago lo que dice el convenio.”

“Dinero no tengo, pero te ofrezco una oportunidad de trabajar con los mejores.”

“Lo que tú me pides ya no es viable, esto es lo que se está pagando ahora.”

Eres guionista. Sabes lo que es el subtexto. Todas esas frases significan lo mismo: “Arrodíllate y besa mi mano”.

Pero tú no lo haces. Te das media vuelta y sales del despacho muy dignamente. Tienes las pelotas más duras El Sargento de Hierro. Tienes más ovarios que Sarah Connor. Lo que no tienes es ni puñetera idea de cómo pagarás el alquiler del mes que viene. Ni el del mes pasado. La dignidad no paga las facturas. Pero sin dignidad… no se puede escribir bien.

  1. CUANDO TE VUELVEN A DAR LARGAS A LA HORA DE PAGAR

“Pero si te hice la transferencia la semana pasada. No me digas que ha vuelto a fallar. Maldita banca online.”

“Eso lo tienes que hablar con Conchi, de Administración.”

“Mira, este mes es imposible, pero si quieres te paso una tarjeta regalo de El Corte Inglés.”

“Conchi acaba de salir a tomar el café, ¿quieres dejarle un mensaje?”

“El número al que usted llama tiene restringidas las llamadas entrantes.”

  1. CUANDO TARDAN SIETE SEMANAS EN LEERSE EL PUTO GUIÓN.

Te estuvieron metiendo prisa para que entregases la primera versión cuanto antes. Que la querían llevar a Cannes. Que la querían presentar a no sé qué. Que en Antena 3 estaban muy a tope y no querían que la cosa se enfriase.

Enviaste el PDF con dedos temblorosos. No de los nervios: de pasarte dos noches sin dormir, bebiendo más Red Bull que un DJ de gira por provincias. Y de pronto, silencio absoluto. El silbar del viento. Ladridos a lo lejos. Grillos en la noche.

  1. CUANDO TE HACEN VIAJAR POR ENÉSIMA VEZ

Te enrolaste en este proyecto porque pagaban bien. Porque era una productora de otra ciudad. Mola trabajar con gente distinta. Y te pagan los viajes. Eso mola cuando lo cuentas. Cuando lo haces mola un poco menos. Cuando lo haces siete veces no mola nada. Descubres una de las pocas verdades inamovibles de este negocio: nadie te paga un viaje para darte buenas noticias. Has aprendido el verdadero significado de las palabras “tarjeta de embarque”: ESCABECHINA.

Madrugas. Llegas a la estación del AVE a unas horas imposibles. Te sientes como la protagonista de 7:35 de la mañana. Rezas porque aparezca Nacho Vigalondo con una bomba en el pecho y un saco de confetti. Pero no. Nadie te va a librar de hacer más cambios en ese guión. Y no vas a poder dormir en el AVE. Algún imbécil trajeado se ocupará de impedirlo, hablando a voces por teléfono durante todo el maldito viaje. Pero tú tienes unos auriculares envolventes. Subes el volumen y…

  1. CUANDO DESCUBRES QUE NO TE HAN INVITADO A LA FIESTA DE NAVIDAD DE LA SERIE

Te la suda la fiesta de Navidad. No quieres ir a la fiesta de Navidad. Lo último que necesitas es escuchar las opiniones de un actor sobre lo que su personaje debería o no debería hacer. Sabes por experiencia que hay una relación inversamente proporcional entre la importancia de un personaje en la trama principal y la cantidad de ideas que tiene que comentarte el actor que lo interpreta. Y el ratio empeora cuando el genio de turno lleva tres gin tonics. No quieres esa mierda. Prefieres ver un maratón de Saturday Night Live versión española antes que ir a esa fiesta.

Pero te toca mucho los huevos que no te hayan invitado. ¿Quién coño se creen que son? ¿De qué iban a tener trabajo todos esos capullos si tú –tú y tus nueve compañeros– no hubiérais escrito esos guiones? Vas a llamar a Producción y vas a decirles cuatro verdades. Sólo necesitas saber el teléfono de Producción. Y el nombre de alguien de Producción. No has estado en plató jamás. Empiezas a pensar que, si tú no sabes cómo se llaman ni tienes su teléfono, tal vez sea lógico que ellos tampoco se hayan acordado de…

¡No, no! ¡Tú eres el creador! ¡Se van a cagar!

  1. CUANDO DECIDES NO CAMBIAR ESA ESCENA CRUCIAL POR MUCHO QUE INSISTAN.

Este guión lo escribo yo. No lo escribe el director. No lo escribe el productor. Y definitivamente no lo escribe ese analista de tres al cuarto, que ni siquiera tiene bemoles de firmar el análisis con su nombre y apellido. Esta escena se queda. Yo sé que está bien. Y el público estaría de acuerdo conmigo, si estos capullos no insistiesen en dejar su meadita en el guión. A ver si se enteran de una vez que firmar cheques no te convierte en escritor.

  1. CUANDO TE LLEGAN RUMORES DE QUE VA A HABER DESPIDOS EN TU SERIE

El coordinador ya no te ríe los chistes. Te tiene en el punto de mira y lo sabes. No te perdona que te seleccionaran aquel Microteatro cuando a él se lo rechazaron. Es un cabrón vengativo. Al menos podría avisarte, para que fueras buscando otro curro. No serviría de mucho. No hay curros. Aunque sería un gesto, coño. Pero no. Se limita a asignarte las escaletas con menos acción. A corregirte más que a los otros. Ayer te corrigió un leísmo en una acotación. ¡En una acotación! Vale que el tío sea filólogo, pero eso ya es ir a dañar. Tú lo das todo semana tras semana. Sólo quieres que te digan de un vez si tienes curro o si vas a tener que volver a casa de tus padres. Por tercera vez.

  1. CUANDO A LOS COLEGAS LES ENCANTA TU ÚLTIMO FRACASO

Escribiste una peli para el littlepollasenvinagre. Sacásteis mil quinientos euros en Verkami. Una sola localización, la casa de la actriz, que era novia del director, que era primo del que selecciona pelis para el littlepollasenvinagre. El travelling era una silla de ruedas. Comprasteis una 7D el viernes en El Corte Inglés y la devolvisteis el lunes. Junto con el vestuario. Estrenasteis en la Artistic Metropol un martes a las tres de la tarde. En el evento de Facebook había cientos de “tal vez asistirán”. Al final se presentaron diecisiete personas. Conocías a dieciséis. El que no conocías se fue a la mitad. A tus amigos LES ENCANTÓ la peli. Les pareció TAN BUENA que resultaba LÓGICO que gustase a poca gente. No era LA TÍPICA MIERDA comercial. No era un puto melodrama de Antena 3 a la hora de comer. MATARÍAS por escribir melodramas de Antena 3 a la hora de comer. Pero tus amigos tienen CRITERIO. Tus amigos saben apreciar LO BUENO.


CONSULTORIO: “NO TENGO GUIÓN, NO SÉ ESCRIBIRLO”

20 noviembre, 2013

sandro

Por Chico Santamano.

Desde que Bloguionistas apareciera en sus vidas y en la de un servidor, he ido esquivando la tentación de contestar las preguntas que los lectores nos mandan por mail periódicamente. Nunca he creído que tuviera la suficiente experiencia o talento didáctico como para explicar absolutamente nada, pero cuando llegó la siguiente pregunta me dije a mí mismo: “Si no sabes contestar a esto… ERES UN FARSANTE”. Así que ahí que voy.

——–

Estimados Sres:

Mi nombre es Fernando. Soy de Argentina, hace un par de años vivo aquí en España. Voy a ser sincero, yo soy director de cine, no guionista.

Pero igual estoy en busca de mi primera película. Pero no tengo guion, no sé escribirlo solo.

Por eso pienso presentar mi argumento de cuatro páginas a varias productoras y decirles que me financien la tutoría o curso de guión y con ese mismo guión llegar a negociaciones y yo dirigir la película.

¿Es una idea muy descabellada?

Un abrazo grande. Siempre leo el blog.

Saludos!!

——–

Amigo Fernando de Argentina, quizá habrías preferido que te contestara David Muñoz, lo siento. Te tocó Santamano.

La respuesta es:

SÍ, ES UNA IDEA DESCABELLADA.

¿Por qué? Por DOS RAZONES:

Primera razón: a mucha gente en tu situación la pregunta le parecerá interesantísima. Son legión los directores que están en tu misma situación. “¡Quiero dirigir, pero no sé escribir!” A mí, como guionista que no quiere ni sabe dirigir, tu consulta me parece un poco “indignante” (lo pongo entre comillas porque en realidad no me indigna para nada, pero es por darle un poco de drama al asunto). Voy a explicarte por qué la cuestión me saca de mis casillas con este práctico ejemplo

 blogactores

Imagínate que viviésemos en un universo paralelo tan loco como para que existiera un blog llamado BLOGACTORES y llegara la siguiente consulta:

——–

Estimados Sres:

Mi nombre es Fernando. Soy de Argentina, hace un par de años vivo aquí en España. Voy a ser sincero, yo soy director de cine, no ACTOR.

Pero igual estoy en busca de mi primera película. Pero no tengo PROTAGONISTA, no sé ACTUAR.

Por eso pienso presentar mi PROYECTO a varias productoras y decirles que me financien UN CURSO DE INTERPRETACIÓN, llegar a negociaciones y yo dirigir la película.

¿Es una idea muy descabellada?

Un abrazo grande. Siempre leo el blog.

Saludos!!

——–

¿Ridículo, verdad? ¿Para qué ibas a querer estudiar interpretación habiendo ACTORES en el mundo? Harías un casting, probarías a gente, encontrarías al más indicado, sacarías lo mejor de él, él lo mejor de ti y ambos lo petaríais en el mundo entero. Fácil, ¿verdad? Entonces… ¿por qué empeñarte en escribir tú mismo pudiendo encontrar a UN GUIONISTA DE VERDAD?

Creer que cualquiera es capaz de escribir un guión es tan absurdo como creer que cualquiera podría protagonizar su película, maquillar a sus actores, fotografiar sus planos, decorar el plató o elegir y remendar las enaguas de tus protagonistas.

Esto es cuestión de ¡RESPETO A LA PROFESIÓN!

La especialización de los gremios se inventó no para repartir las partidas presupuestarias o para inventarse nominaciones con las que rellenar las interminables galas de premios. Existen porque no somos hombres ni mujeres del Renacimiento que sabemos hacer de todo. Tenemos limitaciones. No pasa nada. Conocer las tuyas es un paso cojonudo para empezar a hacer bien las cosas.

Segunda razón: Te reconoces como director y no como guionista. ¡Perfecto! Hay muchos directores que creen que por el mero hecho de saber contar una escena en imágenes, también saben construir una escaleta de hierro o escribir un buen diálogo. Y va a ser que no. Así que no tienes por qué preocuparte. De hecho, voy a darte una gran noticia.

Si llevas un par de años en España sabrás que ahora mismo hay dos directores españoles que no paran de currar. Son los tíos con más proyección nacional e internacional del momento. Uno es J.A. Bayona y el otro Javi Ruiz Caldera. El primero es famoso por dar el campanazo con pelis como “El Orfanato” y “Lo Imposible” y el segundo por convertirse en el indiscutible rey de la comedia tras “Spanish Movie” y “Promoción Fantasma” (en diciembre estrena “Tres bodas de más”. No te la pierdas).

¿Qué tienen en común J.A. y Javi? Sus nombres empiezan por la letra jota, los dos son catalanes, los dos estudiaron en la ESCAC y sobre todo… Ninguno de los dos firma sus guiones. ¿Por qué iban a hacerlo? Son directores. Perdón, son SEÑORES DIRECTORES. Tienen un enorme talento, controlan su oficio y lo único que tienen que hacer es rodearse de buenos productores y conseguir un buen guión.

Habrá algunos que también piensen: “¿Y qué pasa con Medem, Coixet o de la Iglesia? Son directores y escriben sus cosas”. Bien, a juzgar por sus últimas pelis… ¿No creéis que necesitan urgentemente un guionista?

Y para terminar… Sobre tu plan de ir a un productor y proponerle que te pague un curso de guión a cambio de dirigir la peli mi consejo es:

NO LO HAGAS, LOCO.

Se supone que quieres que te respeten como a un profesional. Si te presentas de esa manera te desacreditarás en cuanto entres por la puerta. Y básicamente, lo que quieres es que te respeten, ¿no? Un profesional JAMÁS HARÍA ESO. Se presentaría confiado de su talento y su producto y nunca se vendería por nada que fuera un sueldo digno. El sistema del trueque estaba muy bien cuando comprábamos cabras en los mercados medievales. Así que, a no ser que te acepten cabras cuando tengas que pagar la factura del gas, ni se te ocurra proponer algo así.

Es más, si te pasas mi opinión por el orto (cosa que me parecería genial) y un productor acepta semejante trato… HUYE. ¿Por qué? Porque el tipo no sólo estará aún más loco que tú, además será un cara dura que te cagas. Nadie que prefiera pagar un curso de guión (por muy caro que sea) antes que un sueldo de director y el precio de un guión, merece que trabajes para él. ¡Te están estafando!

MORALEJA: si lo que quieres es tener un guión, este blog es un punto de encuentro de gran parte de la profesión y aspirantes a ella. Si alguien quiere echarle una mano al amigo Fernando… tenéis los comments para ofrecer vuestros servicios guionísticos y llegar a un acuerdo privado.

¡Mucha suerte, Fernando!


FLASHBACK – FIRMAS INVITADAS: ALEJANDRO PÉREZ

30 octubre, 2011

Alejandro Pérez, también conocido como Thehardmenpath, ha escrito y realizado cortometrajes como Estramonio, Un cortometraje de Alejandro Pérez y ¿Quién está ahí?. Actualmente trabaja como freelance de postproducción y dirige la serie documental Tus derechos 2.0.

YO COCINO COCINEROS

Me pasó una cosa curiosa el otro día. Estaba con unos amigos de cañas y me invitaron a cenar en su casa. Yo, encantado, les dije que sí. Uno de ellos, Paco, es un cocinero excelente, vocacional, criado en una familia de gourmets, como otros se crían en una familia de músicos y transpiran talento.

Mientras íbamos para allá, estuvimos hablando de lo que podíamos cenar. Paco se dio cuenta de que su nevera de ex-tudiantes estaba vacía. Podía cenarse algo rápido, pero después de fantasear, no podíamos ir por lo bajo. Había tiempo, ganas y hambre. Nos apetecía cenar bien. Así que fuimos a comprar.

Paco se dio cuenta en plena tienda de que no le quedaba suelto. A su colega, Cogollo, tampoco. Habían salido con lo justo para un par de cañas. A mí me quedaban unos cuantos euros en el bolsillo. No hizo falta pedir ni ofrecerse. Fue automático, pura amistad.

Pero en esto, cuando Paco estaba por las legumbres, me mira con ojos de gato y me dice “¿Podemos coger alcachofas?”.

No me gustan nada las alcachofas.

Soy un mal cocinero. Mis áreas de investigación son croquetas, pollo con almendras y tortilla de patatas. Eso es TODO lo que sé de cocina. Paco, comparado con cualquiera es un muy buen cocinero, y si lo comparas conmigo es un puto genio. Si él quiere usar alcachofas, tiene sus razones. Quizá sepa sofreírlas, condimentarlas, inserte un verbo aquí que ni siquiera conozco, de modo que me gusten. Pero son alcachofas, maldita sea.

Y entonces me convertí en productor.

Tenía una posición de poder. Por alguna razón, no podía permitir que con mi dinero se produjera una cena con las alcachofas como elemento fundamental. Aceptaría muchas otras cosas, pero alcachofas, no.

El argumento de Paco era que las alcachofas tenían una pinta estupenda. El mío era que no me gustan, sin más. Mis imposiciones estaban destruyendo su creatividad. Él podía imaginar algo que yo era incapaz de ver. Por alguna razón que no acabo de entender, le dí un rato para intentar convencerme, sabiendo a ciencia cierta que yo iba a cerrar la discusión con un No rotundo.

La cosa acabó ahí. Seguimos siendo amigos. De camino a su casa me di cuenta de lo que había pasado y se lo comenté. Él no está relacionado con el mundo del cine, pero lo entendió perfectamente.

Resulta curioso, pero donde él había hecho una selección, yo la había hecho por encima. Si él eligió las alcachofas, era porque tenían buena pinta, del mismo modo que yo invité a los ingredientes porque me fiaba de su perfil de cocinero. El meta-cocinero no necesitaba ser creativo más que para decir “sí” o “no”, y para elegirle a él. Sin duda, Paco habría sido feliz con una serie de síes, y seguramente mi estómago también, pero entonces no quería verlo.

En ese momento recordé la trayectoria de Paco: auténticas maravillas, pero también algún menú fallido. Ésos pesaban mucho más en mi memoria. Ya no me acordaba de otras veces que había sacado delicias de ingredientes que no me atraen. Yo me sentí como el conductor que tiene que cuidar constantemente de no salirse del carril. Yo, en lugar de él. Todo lo que pasara debajo del capó, la cocina, escapaba a mi entendimiento.

Lo interesante del asunto es que tanto el guionista, como el director o el productor tienen la tendencia a sentirse el conductor del coche, la pieza clave, el ego menos intercambiable de toda la maquinaria. Pero todos somos imprescindibles.

Fui terco y pesao, pero tenía mis razones, que quede claro. Mi cabeza no era capaz de concebir un resultado aceptable con esos ingredientes.

No, sencillamente no confiaba en el proyecto, así que no quería ese proyecto. Quería otro en el que pudiera confiar de entrada. Esto en lo nuestro pasa mucho, distintos agentes de una peli creen que están haciendo una obra totalmente distinta, o quieren hacerla. Puede argumentarse, con mucha razón, que debería ser capaz de confiar lo suficiente en el talento del director para ver más allá que yo, que ésa es su función, pero si convertimos 10 euros en 3 millones… ¿también? Me da escalofríos. Desde esa compra de ingredientes, me doy cuenta de que lo que debe de ser estar al otro lado. La poca visión que se le achaca al productor medio puede ser un argumento válido, pero tiene su sentido, y casi hasta su función.

Deseo, por mi bien, que ponerme una sola vez bajo esa piel haya sido suficiente. (En el mundo de los derechos de autor, no. Ahí, creo que es imprescindible hacerlo de manera continuada.)

Y, por cierto, esa noche cenamos Doritos.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 10 de febrero de 2011)


FLASHBACK: “SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

25 septiembre, 2011

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 9 de diciembre de 2010)


FIRMAS INVITADAS: ALEJANDRO PÉREZ

10 febrero, 2011

Alejandro Pérez, también conocido como Thehardmenpath, ha escrito y realizado cortometrajes como Estramonio, Un cortometraje de Alejandro Pérez y ¿Quién está ahí?. Actualmente trabaja como freelance de postproducción y dirige la serie documental Tus derechos 2.0.

YO COCINO COCINEROS

Me pasó una cosa curiosa el otro día. Estaba con unos amigos de cañas y me invitaron a cenar en su casa. Yo, encantado, les dije que sí. Uno de ellos, Paco, es un cocinero excelente, vocacional, criado en una familia de gourmets, como otros se crían en una familia de músicos y transpiran talento.

Mientras íbamos para allá, estuvimos hablando de lo que podíamos cenar. Paco se dio cuenta de que su nevera de ex-tudiantes estaba vacía. Podía cenarse algo rápido, pero después de fantasear, no podíamos ir por lo bajo. Había tiempo, ganas y hambre. Nos apetecía cenar bien. Así que fuimos a comprar.

Paco se dio cuenta en plena tienda de que no le quedaba suelto. A su colega, Cogollo, tampoco. Habían salido con lo justo para un par de cañas. A mí me quedaban unos cuantos euros en el bolsillo. No hizo falta pedir ni ofrecerse. Fue automático, pura amistad.

Pero en esto, cuando Paco estaba por las legumbres, me mira con ojos de gato y me dice “¿Podemos coger alcachofas?”.

No me gustan nada las alcachofas.

Soy un mal cocinero. Mis áreas de investigación son croquetas, pollo con almendras y tortilla de patatas. Eso es TODO lo que sé de cocina. Paco, comparado con cualquiera es un muy buen cocinero, y si lo comparas conmigo es un puto genio. Si él quiere usar alcachofas, tiene sus razones. Quizá sepa sofreírlas, condimentarlas, inserte un verbo aquí que ni siquiera conozco, de modo que me gusten. Pero son alcachofas, maldita sea.

Y entonces me convertí en productor.

Tenía una posición de poder. Por alguna razón, no podía permitir que con mi dinero se produjera una cena con las alcachofas como elemento fundamental. Aceptaría muchas otras cosas, pero alcachofas, no.

El argumento de Paco era que las alcachofas tenían una pinta estupenda. El mío era que no me gustan, sin más. Mis imposiciones estaban destruyendo su creatividad. Él podía imaginar algo que yo era incapaz de ver. Por alguna razón que no acabo de entender, le dí un rato para intentar convencerme, sabiendo a ciencia cierta que yo iba a cerrar la discusión con un No rotundo.

La cosa acabó ahí. Seguimos siendo amigos. De camino a su casa me di cuenta de lo que había pasado y se lo comenté. Él no está relacionado con el mundo del cine, pero lo entendió perfectamente.

Resulta curioso, pero donde él había hecho una selección, yo la había hecho por encima. Si él eligió las alcachofas, era porque tenían buena pinta, del mismo modo que yo invité a los ingredientes porque me fiaba de su perfil de cocinero. El meta-cocinero no necesitaba ser creativo más que para decir “sí” o “no”, y para elegirle a él. Sin duda, Paco habría sido feliz con una serie de síes, y seguramente mi estómago también, pero entonces no quería verlo.

En ese momento recordé la trayectoria de Paco: auténticas maravillas, pero también algún menú fallido. Ésos pesaban mucho más en mi memoria. Ya no me acordaba de otras veces que había sacado delicias de ingredientes que no me atraen. Yo me sentí como el conductor que tiene que cuidar constantemente de no salirse del carril. Yo, en lugar de él. Todo lo que pasara debajo del capó, la cocina, escapaba a mi entendimiento.

Lo interesante del asunto es que tanto el guionista, como el director o el productor tienen la tendencia a sentirse el conductor del coche, la pieza clave, el ego menos intercambiable de toda la maquinaria. Pero todos somos imprescindibles.

Fui terco y pesao, pero tenía mis razones, que quede claro. Mi cabeza no era capaz de concebir un resultado aceptable con esos ingredientes.

No, sencillamente no confiaba en el proyecto, así que no quería ese proyecto. Quería otro en el que pudiera confiar de entrada. Esto en lo nuestro pasa mucho, distintos agentes de una peli creen que están haciendo una obra totalmente distinta, o quieren hacerla. Puede argumentarse, con mucha razón, que debería ser capaz de confiar lo suficiente en el talento del director para ver más allá que yo, que ésa es su función, pero si convertimos 10 euros en 3 millones… ¿también? Me da escalofríos. Desde esa compra de ingredientes, me doy cuenta de que lo que debe de ser estar al otro lado. La poca visión que se le achaca al productor medio puede ser un argumento válido, pero tiene su sentido, y casi hasta su función.

Deseo, por mi bien, que ponerme una sola vez bajo esa piel haya sido suficiente. (En el mundo de los derechos de autor, no. Ahí, creo que es imprescindible hacerlo de manera continuada.)

Y, por cierto, esa noche cenamos Doritos.


“SI PESTAÑEAS, TE LO PIERDES”

9 diciembre, 2010

por Mercedes Rodrigo.


A riesgo de resultar pesada, me dejo llevar por el entusiasmo y abordo un tema recurrente en Bloguionistas: El Taller de Thriller que tuvo lugar en la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

Si, compañeros, yo también fui. Y os aseguro que mereció la pena. Entre otras cosas, por poder asistir a la Clase Magistral que nos regaló Enrique Urbizu.

Y es que hacía mucho tiempo que no quedaba tan conmovida por un discurso sobre guión, cuajado de perlas que siguen brillando en mi cabeza como flechas de neón. Tan útiles para indicar el camino y solucionar los múltiples problemas que surgen en el guión que escribo, que es precisamente un thriller.

Urbizu trató muchos temas en su charla, desde la importancia que tiene el MacGuffin en sus películas, hasta la atmósfera cautivadora de hollín y óxido del Bilbao de los ochenta. Pero me llamó especialmente la atención esta pregunta que lanzó al aire: “¿Hasta qué punto complaces al espectador?”

Por supuesto que él tiene muy clara la respuesta y, si bien trató el tema en el ámbito del thriller, se puede aplicar a todos los géneros.

Hablo de cine, claro. De una película pensada para proyectarse en una sala oscura o, al menos, para ser vista con toda la atención. Una atención que cada vez es más difícil exigir al espectador de nuestro tiempo, y no necesariamente porque éste sea responsable.

Esa atención sale de manera natural cuando se acude a una sala de cine. El lugar proporciona la atmósfera, el resto ya es mérito de la película. El cine pide silencio y concentración, a cambio proporciona evasión, conmoción y, en ocasiones, reflexión.

La tele puede proporcionar lo mismo pero con menos intensidad. Se presta más a originar opiniones inmediatas, comentarios, conversaciones. Está integrada en la escenografía de nuestra propia casa, con la luz cotidiana que acompaña nuestro día a día, bajo el dictado del zapping y el despiste del consumidor.

En el lenguaje televisivo estamos más que acostumbrados a complacer al espectador.

Yo, que acumulo la mayor parte de mi experiencia escribiendo series diarias, tengo una tendencia casi patológica  a dejarlo todo claro.

Y no es que subestime la inteligencia del espectador (que es la mía propia) sino que cuento con su falta de concentración  y trato de ponérselo lo más fácil posible.

Porque el objetivo, es que el espectador vea el mayor número de capítulos posibles, ya sea niño, anciano, o adolescente. Se trata de que, si se pierde un par de capítulos, pueda seguir la trama sin problemas.

Por eso, si una trama se basa en la confusión que ocasiona que un personaje confunda un maletín con otro idéntico, ha de hacerse un plano detalle de esos maletines e incluso verbalizar la coincidencia, dejando claro al espectador que eso será la clave de la confusión y de un futuro conflicto.

Godard definió estas diferencias entre la pantalla de televisión y la de cine de manera muy gráfica: “En un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja…”

Vivimos en la época de La Pantalla Global. Encontramos pantallas allá donde se posa nuestra mirada: pantallas en el metro, en el aeropuerto, en nuestros móviles, en los bares, en el ordenador.

Es la imagen la que nos busca y no al revés.

Se nos ofrece constantemente un exceso de imágenes que apelan a la estimulación sensorial, en busca de ser rápidamente “elegidas” por el espectador.

Parece que, ante tanta proliferación de pantallas y canales, los lenguajes publicitarios, televisivos y cinematográficos se mezclan y confunden.

Asimismo, el espectador es más sabio que nunca y conoce perfectamente los resortes visuales, por eso no le vale cualquier cosa.

Por eso existen series como “Lost” o “The Wire”, donde apenas se verbaliza la acción y las incógnitas se resuelven sin previo aviso ni posterior resumen. Como te descuides, ni te enteras, y te lo tienen que contar.

Más de un seguidor de estas series tendrá que reconocer que, para mayor disfrute del capítulo, apaga la luz de su cuarto y no atiende ni las llamadas de teléfono.

Es tele que consumimos con la atención y la avidez con la que consumimos cine.

Pese a todo, siempre surge la eterna duda sobre si facilitar o no al espectador el seguimiento de la trama.

El tema de complacer o no al espectador se vuelve más complejo cuando, en España, la mayor parte de cine está producida con dinero de las televisiones, y los productores que vayan a trabajar con directores y guionistas, obviamente, van a buscar la rentabilidad del producto.

Porque bien lo dijo Urbizu: “El productor siempre va a tratar de hacer un cine confortable para el espectador.”

El director, que ahora vive inmerso en la postproducción de su última película “No habrá paz para los malvados”, nos explicaba así una diferencia de opiniones entre él y sus productores.

Urbizu plantea un plano general en el que el protagonista baja a un sótano donde se encuentra un objeto indispensable para la trama pero en el que el protagonista no se fija especialmente.

El director cree que si el personaje no ve nada especial en el objeto, el espectador tampoco tiene que verlo.

El productor, en cambio, piensa que el espectador agradecerá un plano detalle del objeto en cuestión, una pista más que evidente de que ese objeto juega un papel importante en la trama.

Tal vez exista algo de miedo a que el espectador se sienta perdido en la trama y se frustre pero, en mi opinión, la intención del director es la correcta, sabe lo que hace.

Sólo trata de respetar el punto de vista del personaje sin hacer concesiones al espectador.

Así obliga al espectador a releer la imagen cinematográfica, exigiéndole toda la atención que requiere esa película que ha sido pensada al milímetro (no en vano Urbizu ha rodado su última película en formato panorámico, ofreciendo al espectador mucho fotograma para ver, buscar y deleitarse).

Es la única manera de disfrutar de la complejidad de la trama, de las rimas de imágenes que se suceden y que pasarían desapercibidas si no se le prestara al conjunto toda la atención que merece.

“Si pestañeas, te lo pierdes”.

La intención es que la historia no termine cuando acaba la película, sino que vaya más allá. Así se reta al espectador a una mirada diferente: la propia.

Y Urbizu lo hace porque ésas son las películas que le gustan a él.

También son las películas que me gustan a mí.

Es un valor añadido para una película que el espectador salga de la sala haciéndose mil preguntas y conjeturas sobre lo que acaba de ver, pese al riesgo que existe de que algún espectador se pierda y termine frustrado.

Tenemos un ejemplo claro en la película “Inception”, en la que el espectador está mucho tiempo desconcertado, sin saber qué está sucediendo exactamente, pero con toda la atención puesta en los detalles, releyendo la imagen cinematográfica constantemente en busca de pistas.

Por eso, cuando Urbizu contó que no rodó ni uno solo de los insertos que se habían incluido en el guión, os juro que el corazón me dio un vuelco.

Una actitud tan valiente no puede sino merecer mi más sincera admiración.

Respeta el punto de vista de los personajes y, al hacerlo, está respetando la inteligencia del espectador, tratándolo como a él le gusta ser tratado.

Después de un discurso tan inspirador lo primero que hice fue ver de nuevo “La Caja 507” y comprobé en cada plano lo consecuente de sus palabras.

Así que, como él mismo reflexionó, tal vez tenga que esperar mucho tiempo para rodar una película y tal vez éstas no consigan la rentabilidad económica esperada.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que alcanzan con creces el objetivo, tanto temático como visual, que se propuso como director: “Acabar con la mirada inocente del espectador”.


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