LOS CLIENTES QUE PIDEN LAS COSAS “PARA AYER”.

11 enero, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace poco tomé una decisión que me va a regalar años de vida: Asumir que vivo en España y trabajo con españoles.

En un pasado no muy lejano, cuando alguien me encargaba un guión, me tomaba sus palabras en serio.

Si me decían que la entrega del guión corría mucha prisa, yo trabajaba como si de verdad corriese mucha prisa.

Y… claro… SIEMPRE te dicen que su mierda corre mucha prisa, porque pedir es gratis.

En otros tiempos, en los que era más estúpido, llegué a rechazar otros curros para poder cumplir con plazos demenciales, sacrifiqué horas de sueño, descuidé relaciones sentimentales, fui taquicardia con patas…

… y como ya suponéis, en el 99% de esos casos, luego la prisa no fue tal.

De hecho, los momentos de más estrés, de más tensión, de más agobio… no fueron los de escribir apresuradamente… no fueron los del tecleo contrarreloj…

sino los de la calma chicha de después: Los de esos días, semanas, a veces hasta meses… de silencio inexplicable, incongruente.

Porque así sucede casi siempre: Pisas el acelerador, fuerzas la maquinaria para hacer el envío cuanto antes… (¡tienen prisa!)

… y acto seguido…

… nada…

… parálisis…

… silencio…

… en ocasiones, ni siquiera un: “Recibido, gracias“.

Ésos eran los paréntesis que más me agobiaban. Días de permanecer en estado de alerta, en una especie de limbo, esperando respuestas que nunca llegaban (y que a veces, ni llegarían), dilapidando unas energías y unas neuronas que acaso serían más productivas dedicándose a otros menesteres.

¿Qué estaban haciendo mientras tanto aquellos productores o directores de los que tú, con lealtad perruna, esperabas respuesta?

Cualquier cosa menos pensar en ti.

Esa clase de impresentables suelen dar señales de vida justo cuando estás empezando a olvidarte de ellos, cuando por fin has decidido retomar tu vida. Son como el mosquito que espera a que concilies el sueño para zumbar en tu oído y chuparte la sangre.

En el mejor de los casos te dan explicaciones. Explicaciones de mierda. “Disculpa, es que al final hemos decidido que merece la pena no precipitarse y enfocar el asunto con más calma” (genial… ¡Pues haber avisado antes, CABRONAZO!)

En otros casos retoman el contacto como si no hubiese pasado nada. “Perdona, es que he estado muy liado, jejeje“. (¿¡Jejeje!? ¿¡CÓMO QUE JEJEJE!? ¿¡Has estado muy liado, HIJO DE PUTA!? ¿¡No se suponía que íbamos a contrarreloj!? Tú has estado muy liado mientras yo flirteaba con el maravilloso mundo de los ataques de ansiedad porque me dijiste que había que tener esto “para ayer“. Lo querías para el viernes y estamos a jueves por la tarde)

Y en otras ocasiones sucede algo aún más lamentable: El proyecto no sigue adelante, se disuelve en el tiempo… pero ni siquiera se dignan a informarte de ello. Lo deduces tú mismo al comprobar que pasan las semanas y nadie se ha puesto en contacto contigo.

En este país es peligroso dar por hecho que tu interlocutor tiene un ápice de sentido del honor, o un miligramo de empatía. Asumir eso es apostar por el caballo perdedor.

En cierta ocasión un productor manifestó su incredulidad (de manera bastante despectiva) cuando le dije que trabajar en su guión me había ocasionado incluso problemas de salud. No le cabía en la cabeza que alguien pudiese enfermar a causa de un proyecto como el suyo. ¡Claro! Para él la travesía había sido distinta. Él marcaba el ritmo, él decidía cuándo yo escribía, cuando yo aguardaba nuevas instrucciones, cuándo yo viajaba a otras comunidades autónomas para tener reuniones con él, por qué todavía no era el mejor momento para concretar asuntos de dinero…

… y se trataba de uno de esos curros en los que te pedían una cosa para ayer, y escribías esa cosa a toda prisa, y esperabas respuesta durante dos semanas, y luego te informaban de que los “para ayer” son los nuevos “para el mes que viene” porque “finalmente hemos decidido enfocarlo con más calma para no precipitarnos y bla, bla, bla, bla”

Es la clase de gente que te dice que no le gusta la cuarta versión del tratamiento aunque, sin duda alguna, es mejor que la tercera, pero en el fondo le gustaría recuperar muchas cosas de la segunda versión… y finalmente te confiesa que la tercera es la única que de verdad le gusta.

Esa clase de gente no entiende que trabajar para ellos te mina la salud, porque es gente que no ve más allá de sí misma. Es gente que ni siquiera se para a pensar que te está haciendo bailar a su son.

La mayor parte de mis seres cercanos afirman que nunca me han visto más devastado (de aspecto y de actitud) que en esos casos, cuando estaba a merced de individuos como aquéllos:

Individuos que – sin maldad alguna, pero sin empatía ninguna – condicionan la vida de un guionista que se toma al pie de la letra aquello de “ESTO ES URGENTE” o “ESTOY SEGURO DE QUE ESTO ES LO QUE QUIERO”.

Para los productores esa clase alicientes y premuras son una cantinela, un engañabobos… No imaginan que lo que ellos dicen para cubrirse las espaldas, para el guionista medianamente responsable puede constituir un puto briefing.

España es un sitio en el que lo peor que te puede ocurrir es ser decente. Porque todos te van a tratar por defecto como si fueras un chorizo.

España es un país en el que lo peor que puedes hacer es ser sincero, honesto, consecuente.

España es un festival de Lazarillos chuleando a don Quijotes. Y yo no aspiro a la nobleza de don Alonso Quijano, pero la picaresca del sinvergüenza de Tormes se me antoja incluso más ajena. Mi sangre tiene un Rh incompatible con toda esa bazofia.

Mi calidad de vida ha aumentado desde que asumo que, cuando alguien me llama para ser un caballero, sólo espera de mí que sea, como mucho, un lazarillo.

Y eso es triste, joder.

Eso es muy triste…


EL SKETCH DEL AEROPUERTO

10 diciembre, 2014

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

No me gusta escribir movidas excesivamente autobiográficas, pero a veces uno mira hacia atrás, contempla su vida en perspectiva y llega a la conclusión de que no sólo hay una historia, sino también una enseñanza, una parábola, un simulacro “todo a cien” de cómo funciona el universo.

Esto no se lo he contado a casi nadie, en parte porque algunos detalles de la historia me hacen sentir cierto pudor, cierta vergüenza. En parte porque hasta ahora no me había dado cuenta de cómo están hilados entre sí los sucesos que voy a intentar relataros.

Hace casi tres años me llamaron para un curro de guionista, MUY bien pagado, para una conocida televisión generalista. Exigían incorporación inmediata. Yo les dije que estaba MUY interesado, pero tenía comprado un billete para viajar a Fuerteventura dos semanas más tarde. La motivación de ese viaje era, en mi opinión, muy noble: Conocer a mi nuevo sobrino. Mi hermana salía de cuentas justo en esas fechas.

Así pues, antes de aceptar el curro les comenté a mis futuros dueñ… jefes que tenía comprado ese billete desde hacía casi dos meses, que coger ese avión implicaría estar fuera únicamente tres días laborables y que en esos tres días estaba dispuesto a entregar el doble de material trabajando a distancia.

Me dijeron que no. Que les parecía inadmisible que alguien se ausentase a la segunda semana de entrar en una serie, que en tan poco tiempo no iba a poder asimilar el tono lo suficientemente bien para poder trabajar desde casa, que eso iba en contra de la política de la productora, que etcétera.

Los argumentos me parecieron sensatos, pero hubo algo en el tono en que me respondieron que me tocó un poco los cojones, hablando bien y pronto. Se percibía un subtexto de: “Te vamos a pagar un sueldazo, no tienes derecho a quejarte, a partir de ahora serás propiedad nuestra.”

Rechacé el trabajo.

Les dije, con todo el tacto del que fui capaz, que prefería irme a Fuerteventura a conocer a mi sobrino que trabajar para ellos.

Me sentí muy bien con aquello… y media hora más tarde me sentí fatal. Me había cerrado a mí mismo (y en mis propias narices) la puerta más prometedora que se me había puesto por delante. Había quedado como un cretino arrogante ante una productora de las gordas y había despreciado un sueldazo cuando mi situación económica no era precisamente envidiable.

El día que volé a Fuerteventura lo hice casi con culpabilidad. Por si fuera poco, el parto de mi hermana se estaba retrasando. Cabía la posibilidad de que regresase a Madrid sin siquiera conocer a mi sobrino.

Hiciste bien“, me autoengañaba. “Da igual si este viaje tiene sentido o no. Has luchado por tus putos principios.

En vuelo se retrasó (“Si se retrasa una semana a lo mejor incluso conozco a mi sobrino “, pensé) así que me tomé una cerveza en el bar del aeropuerto. Y entonces sucedió: El precio abusivo de la cerveza, combinado con esa cola de gente esperando a pagar, cada uno con su bandeja como en los comedores de la cárcel… Todo eso me dio una idea para un sketch. Y me gustó tanto que hasta me dio rabia el hecho de que ya no trabajaba en ningún programa de sketches.

Mes y pico más tarde la “gran serie” que rechacé cayó en picado y casi en la misma época me hicieron una prueba de guión para un programa de sketches. En esa prueba decidí escribir la idea del bar del aeropuerto, con dos cojones. Era un sketch loquísimo, pero se ve que cayó en gracia…  y me contrataron.

El sueldo era algo más bajo que el de la serie que había rechazado, pero el program duró mucho más tiempo. Cuando ya llevaba varias semanas currando para ellos, me confesaron que me habían elegido gracias al “sketch del aeropuerto”, y en esa misma conversación el coordinador se envalentonó: “Vamos a hacerlo. No podemos grabar en aeropuerto, pero se puede falsear.

Se grabó, se emitió…

y está mal que yo lo diga, pero fue un éxito. Quizá algunos de vosotros lo hayáis visto (tiene casi tres millones de visitas en Youtube) Cuando a ese programa le tocó renovar temporada me renovaron también a mí como guionista, y me subieron el sueldo. En la reunión en la que me comunicaron la buena nueva se mencionó el “sketch del aeropuerto”.

Nunca habría escrito ese sketch si no hubiese viajado a ver a mi sobrino, y nunca habría hecho ese viaje si no hubiese rechazado aquel trabajo tan tentador.

PERO LA HISTORIA NO TERMINA AHÍ.

Algunos meses más tarde me contactó una chica por Facebook. Teníamos un amigo común y gracias a él se había enterado de que yo era el guionista del “sketch del aeropuerto”. Empezamos a mensajearnos, empezamos a intimar, nos conocimos en persona… y gracias al “sketch del aeropuerto” esa chica se convirtió en mi novia.

Para comprender esta historia en todo su esplendor tenéis que saber que es todo mentira. Todo lo que acabáis de leer es inventado. Porque los escritores somos así: Muy de contar grandes mentiras para intentar explicar grandes verdades.


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