EL TAO DE LA ESCRITURA

23 mayo, 2018

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

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Treinta radios se unen en una rueda.
Pero su utilización también depende del espacio vacío entre los radios.
Hacen los vasos de arcilla.
Pero su utilización depende del espacio vacío que hay en éstos.
Hacen paredes, puertas y ventanas en una casa.
Pero su utilización también depende del espacio vacío que hay en ésta.
Así es como se relaciona la utilidad de los objetos con el espacio vacío.

Eso que acabamos de leer pertenece a un texto de más de 2300 años de antigüedad. Se trata del capítulo 11 del Tao Te Ching cuyo autor, según la tradición, fue un chino llamado Lao Tse.

Cuando era más joven flirteé con diversa artes marciales y, aunque mi falta de disciplina me impidió llegar a altos grados o cinturones negros, esas cabronas marcaron mi vida en diversos aspectos. Por culpa – principalmente – del Aikido y el Tai Chi, el taoísmo acabó definiendo en gran medida mi forma de percibir el mundo y desenvolverme en él.

No hemos venido aquí a hablar de filosofía oriental, sino de escritura. Lo que ocurre es que a estas alturas no hay un solo precepto taoísta que no haya acabado condicionando la forma en que me suelo enfrentar a la escritura.

Si hoy elijo centrarme en el mensaje de este capítulo 11 con el que inicio el artículo es porque llevo unas semanas escribiendo novela, y ese tipo de escritura le invita a uno a reflexionar sobre asuntos a los que, desgraciadamente, prestamos menos atención cuando lo que escribimos es un guión.

Me refiero a reflexiones sobre la naturaleza de las palabras, su función, su utilidad.

Aunque no comparto la opinión de quienes piensan que la redacción de un guión audiovisual merece menos mimo por ser un documento intermediario y no un resultado final, reconozco que, a la hora de la verdad, yo también caigo en la trampa y vigilo más mi lenguaje cuando escribo relato y novela.

Existe otro factor que me induce a ello. Si en un guión no explicas bien cómo es una localización o un personaje, habrá otros equipos creativos cuya función es preguntarte acerca de ello o, en su defecto, tomar sus propias decisiones al respecto. En un libro, en cambio, el lector sólo cuenta con tus palabras y con su propia imaginación. Eso me lleva a comparar las palabras que uso con la arcilla de esas vasijas del Tao Te Ching. Me imagino construyendo cántaros vacíos a base de palabras, y ese vacío es el espacio útil donde el lector puede verter su imaginación.

Huyo como la peste de ese horror vacui que detecto en tantísimas novelas cuando intentan describir el físico y la forma de vestir de cada personaje con una minuciosidad enfermiza, definir cada ladrillo da cada casa que interviene en la historia. He dejado de leer obras de autores como Balzac por culpa de esa clase de excesos.

Como aspirante a escritor taoísta que soy, me pone palote la esencia bruta, cuando se la desnuda de lo superfluo, o al menos cuando lo superfluo se limita a cumplir con su rol de sugerente lencería.

El significado de la escritura – o de cualquier otro arte – no se completa en el folio, ni en el lienzo, ni en la pantalla. Se completa en la cabeza de cada receptor. Si no os lo creéis, leed los comentarios de internet sobre cualquier serie o película. Descubriréis la enorme cantidad de matices, significados e incluso lecturas políticas que añade por su cuenta cada espectador al interpretar el mensaje de los autores.

No sólo es complicadísimo diseñar un mensaje que no se preste a distintas interpretaciones, sino que además es contraproducente. Escribir de ese modo es, en mi opinión, apostar por lo estéril. Fabricar jarrones sin vientre.

Según otra célebre enseñanza del taoísmo, toda creación (y por lo tanto, toda vida) se basa en la interacción de dos fuerzas complementarias. Me refiero a la dialéctica yin–yang y todo eso. Siguiendo esa línea de pensamiento me atrevería a decir que no hay equilibrio sano si nuestra obra penetra en la imaginación del público sin permitir que la imaginación del público, a su vez, penetre en nuestra obra.

Por eso cada vez me gusta más concebir el arte de escribir como un arte de siluetear.

Por eso cada vez me obsesiona más (aunque no sé yo si la obsesión es un concepto muy taoísta) encontrar ese equilibrio entre qué decir, qué callar, qué sugerir, esa piedra filosofal que tantos quebraderos de cabeza nos depara a los narradores cuando intentamos hacer las cosas medianamente bien. Saber pintar un cielo en el que figuren únicamente las estrellas necesarias para guiar bien a los barcos, permitiendo que cada marinero pueda ver en ellas las constelaciones que necesita ver.

Este arte de la silueta, esta alfarería del cántaro vacío no sólo es aplicable a subtextos, significados profundos, cuestiones de trama… También creo que deberíamos tener todo ello muy presente cuando escribimos las personajes y localizaciones en nuestros guiones audiovisuales. Nuestro texto será más fértil si en él pueden penetrar las semillas procedentes de un director, un dire de foto, uno de arte. Etcétera.

No sé si se me da muy bien predicar con el ejemplo, porque en este post hay más cosas supérflueas de las que podrían considerarse lencería, así que dejaré que sea de nuevo el Tao Te Ching quien se despida por mí:

El espacio sobre la tierra está vacío y libre,
así como el espacio dentro de un fuelle o una flauta.
Y cuanto más espacio existe para una actividad,
más eficiente esta actividad puede ser.

Mother fuckers!!

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CARTA ABIERTA AL ESPECTADOR QUE ME DA DE COMER.

27 septiembre, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Querido espectador de las cosas que escribo:

A veces me gustaría estar dentro de tu cabeza para saber cómo coño te tengo que tratar. La gente que me paga suele hablar de ti como si fueras una sola persona. Si es ése el caso, siento ser yo quien te lo diga, pero deberías ir al psiquiatra. Es posible que seas bipolar, o incluso esquizofrénico.

Me cuentan que te mueres de viejo y al mismo tiempo demandas contenidos frescos, que hueles a naftalina pero quieres “transmedia”, que te escandalizas con facilidad pero te mueres por ver “Juego de Tronos”.

Cada vez que me encargan una serie a tu medida empiezan usando palabras como “moderna” y “transgresora”. Tres semanas más tarde llegan a la conclusión de que lo que tú necesitas no es una orgía salvaje, sino celebrar un cumple infantil, o un guateque con canapés resecos y mediasnoches rancios. Resulta difícil saber cómo contentarte: A veces devoras esos aperitivos y en otras ocasiones nos dices que nos los metamos por el culo.

A veces mis compañeros y yo nos sorprendemos a nosotros mismos esperando el “cambio de hora”, deseando que llegue el mal tiempo para que se te quiten las ganas de ir a terrazas de verano y te encierres en casa a ver nuestra puta serie. Deseamos que nuestro mundo sea más triste, más oscuro… para que en vez de salir de juerga consumas nuestra mierda. Eso sí: No podemos mencionar las cosas que haces en esas juergas, porque te escandalizarían. Si me tratase un psicólogo me diría que tú y yo tenemos una relación tóxica (y, acto seguido, me preguntaría qué personaje escribo yo en la serie y me contaría un par de anécdotas que, según él, darían pa tres guiones)

De cuando en cuando decido que a lo mejor la información que recibo sobre ti no es fiable, que debería conocerte de primera mano. Así que te espío a través de la mirilla de las redes sociales y ¡joder! me caes muy mal. Cuando te leo en Facebook y en Twitter me reafirmo: Eres esquizofrénico, y estás muy enfadado. Me da miedo contarte cualquier cosa, porque sé que corro el riesgo de que me insultes e intentes adoctrinarme, o me acuses de estar adoctrinándote yo a ti. Te percibo acechando en las sombras, afilando el colmillo para GRITARME que debería pedir perdón al mundo por tener una visión sobre las cosas o, peor aún: Para distorsionar mi mensaje, para deformarlo hasta convertirlo en un monstruo deforme con el que defender, vehemencia mediante, tus propias ideas (aunque uses como coartada la descontextualización de las mías.)

Si crees que ésa es la más espeluznante de tus múltiples personalidades ¡oh, capullo esquizofrénico! es porque aún no te he hablado de esa otra faceta tuya, de esa pereza que me das cuando te vuelves a reír con ese chiste que ya era viejo cuando a mi abuela le bajó la regla; de esa vergüenza ajena al ver que compartes por enésima vez esa frase de Gandhi que en realidad no es de Gandhi; de esa tristeza al comprobar que te indignas con el titular de una noticia sin detenerte a leer la letra pequeña.

Eres el cuñado de todos los cuñados, aunque, según tus propias palabras, usar la palabra “cuñado” ya “huele a cerrado”. Esa clase de perlas son las que sueltas cuando das rienda suelta a tu personalidad más asquerosa y cansina: La del payaso elitista condescendiente que proclama que todo está “sobrevalorado” e intenta darme lecciones sobre qué debo votar en las próximas elecciones, sobre qué tengo que opinar para sacarme el carnet de feminista, sobre qué cadáveres del telediario me deben doler más y cuáles menos. Tarde o temprano harás para mí un tutorial sobre “cómo hay que ser Juanjo Ramírez”.

Un par de veces al mes bajo la guardia, dejo que la filantropía infecte mis neuronas y decido que, por mucho que lo parezcas, no puedes ser tan gilipollas como te retratan las redes sociales. Me escapo un par de horas de mi zona de confort y salgo a conocerte en persona; en los bares, en las salas de cine. Craso error. Invertir los diez euros que cuesta una entrada en escuchar tus conversaciones de móvil y el crepitar de los envases de plástico de las mierdas que comes no es el mejor camino para reconciliarme contigo. Se supone que me gano la vida queriéndote, mimándote, contándote cosas diseñadas para que seas feliz. Y sin embargo lo único que deseo es rociarte con gasolina y prenderte fuego. Ya lo conté por aquí, hace algún tiempo.

Entonces… ¿qué hacer? ¿De dónde sacar las fuerzas y el cariño para satisfacer a alguien como tú?

He decidido que cuando haga el amor contigo voy a pensar en otra persona para conservar la erección. Cerraré los ojos e invocaré la imagen de mi primer amor: Yo mismo.

Porque cuando empecé a dedicarme a esta mierda, ése era el afortunado al que intentaba contentar la mayor parte del tiempo. Imaginaba películas que me apetecía ver a mí, y que no existían. Escribía las historias que me moría por leer, y que nadie me contaba.

Tiene gracia: Huyendo de un imbécil como tú, me refugio en el único ser que conozco que es más imbécil que tú. Porque, como ya habrás deducido si has llegado hasta aquí, la estupidez no tiene secretos para mí.

Creo que he madurado bastante, pero hace cinco años también lo creía… y a pesar de ello, si recuerdo a mi yo de hace un lustro probablemente se me caiga la cara de vergüenza. A lo largo de mi corta existencia he sido mucha gente. He sido muchos de esos idiotas que conforman tu múltiple personalidad. He sido el cuñado simplón, he sido el snob elitista, he sido el infeliz cabreado con el mundo, el adicto a buscar tres pies al gato. Soy inocente de  algunos delitos: No he hablado con el móvil en el cine, ni he considerado que los seres humanos que ver el fútbol o el Gran Hermano sean inferiores al resto de soplapollas del planeta, ni he convencido a nadie para que sea vegano o para que se resigne a todo lo contrario. Pero habré cometido más delitos de los que he evitado, y supongo que son todos ellos necesarios para escribir historias con textura. Conozco más de mil maneras de ser imbécil, más de mil formas de encarnar todo lo que odio en ti.

Por eso confío en que, intentando escribir cosas que me gusten a mí, de vez en cuando acertaré y crearé engendros que te gusten a ti. Con un poco de suerte incluso acabarás rumiando mi mierda y convirtiéndola en un meme que atribuirás por error a Paulo Coelho.

Por eso pienso sudar sobre el teclado, pienso llenar los cartuchos de la impresora con mi sangre, pienso poner “alma, corazón y vida” cada vez que intente reconquistarme a mí mismo.

Por eso y por mucho más, cada vez que me pidas otra consumición pienso mearme en tu vaso, hijo de puta.


CUATRO LECCIONES DE ESCRITURA QUE RECIBÍ CUANDO ERA NIÑO SIN SABER QUE LAS ESTABA RECIBIENDO.

9 marzo, 2016

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

De un tiempo a esta parte me vienen a la cabeza algunas anécdotas de la niñez. Es interesante recuperar esos recuerdos ya en la edad adulta. Te sorprendes a ti mismo pasando la magia de aquellos tiempos por ese tamiz analítico que llevamos incorporado quienes a estas alturas, más que vivir y disfrutar de dicha magia, hemos aprendido a enlatarla y a ponerle un precio.

Siempre me ha resultado muy cargante ese vertedero de lugares comunes, ese “reivindicar el regreso a la infancia”. Me parece un concepto demasiado ñoño, demasiado trillado. Pero por mucho que me escueza, un artista sin conciencia de su infancia es como un árbol sin raíces.

He seleccionado una de esas anécdotas, que vista a posteriori me deja tres o cuatro enseñanzas. Ese tipo de enseñanzas que te llegan como por providencia divina, sin que ningún maestro te las recite directamente.

EL DÍA QUE LA TELE ME HABLÓ.

No sé cuántos años tendría. Supongo que menos de diez. Estábamos mi hermana y yo solos en la sala de estar, viendo Barrio Sésamo. Y de repente…

… de repente…

Apareció Blas en la tele y nos habló.

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Blas

.

¡Se dirigía directamente a nosotros! Su voz y su mirada atravesaban la pantalla. Incluso nos preguntaba cosas y reaccionaba a nuestras respuestas.

Imaginad el ridículo que hice al día siguiente en el colegio cuando se lo conté a mis amigos. Si hasta yo sabía que aquello era absurdo, pero no podía ser una alucinación o un sueño, ¡porque mi hermana también lo había presenciado! Joder, si incluso hubo un momento en que le preguntó el nombre a mi hermana y cuando ella le contestó, me lo preguntó también a mí.

Nos pasamos varios minutos intentando ayudar a Blas, que estaba buscando a Epi y no conseguía encontrarlo. De vez en cuando, Epi pasaba por detrás de Blas. Mi hermana y yo lo señalábamos como locos y gritábamos: “¡Ahí! ¡Ahí está!” Blas nos hacía caso y se giraba a toda prisa pero en cuanto lo hacía, Epi había vuelto a desaparecer.

¡El cabrón de Epi era demasiado rápido!

Nosotros le decíamos a Blas por dónde se había ido su amigo y él salía del plano para buscarle. Entonces regresaba Epi, se acercaba a la pantalla de nuestra tele y se llevaba el dedo a los labios, pidiéndonos silencio. Quería que fuésemos sus cómplices.

Fue maravilloso.

Años más tarde, con la credulidad ya encallecida y un par de nociones rudimentarias sobre narrativa, deduje qué nos había pasado aquel día. Habíamos sido víctimas de una de las triquiñuelas más recurrentes del guiñol, pero adaptada al medio televisivo.

Hace poco, para corroborarlo, me puse a buscar ese sketch concreto en la web. Cuando lo encontré, mis sospechas se convirtieron en certezas:

Evidentemente, el truco era tan sencillo como magistral: Las marionetas hablaban para acto seguido callarse y mirar a cámara en esos silencios diseñados para que el niño respondiera.

Parece fácil, pero no lo es. Para que algo así funcione en televisión tienes que conocer muy bien a tu público. Lo que hicieron con ese sketch de Epi y Blas es casi de mentalista. Tienes que conocer muy bien los resortes que activan a los críos, adelantarte a lo que les va a nacer contestar ante cada pregunta, saber plantear la situación de manera suficientemente clara para conseguir reacciones inmediatas y viscerales ante todo lo que va a suceder.

De ese modo, Jim Henson y su troupe lograron hacer televisión interactiva mucho antes de que existiese la infraestructura tecnológica necesaria para hacerla. Sólo necesitaron un fondo neutro, dos marionetas de trapo y un montón de talento.

¿Qué enseñanzas extraigo de esto ahora que me dedico a contar historias? La primera es ésa que citaba más arriba: Conoce a tu público.

Pero voy más allá:

A veces no basta con conocerlo. Si te limitas a conocerlo y caminar a su ritmo, harás cosas correctas, pero no harás cosas brillantes. Si de verdad quieres agarrarte a la memoria del público como una sanguijuela, también tienes que arriesgarte. Si a los artífices de Barrio Sésamo no les hubiese salido bien el experimento, si los niños no hubiesen entrado al trapo, imaginad el ridículo, se habrían quedado en evidencia, como un mago al que el conejo se le ha cagado en la chistera, como cuando alzamos la mano para saludar a alguien y descubrimos demasiado tarde que no nos estaba saludando a nosotros.

Pensemos, por ejemplo, en géneros como el thriller, el terror o la comedia pura y dura. A veces compensa correr el riesgo de intentar engatusar al espectador y sembrar la trama de trampas para que pueda caer en ellas. Si el espectador se huele nuestros ardides antes de tiempo, quedaremos en evidencia… pero nadie dijo que ser Shyamalan fuese fácil.

Volviendo a ver el sketch de Epi y Blas recientemente he obtenido una tercera enseñanza: Incluso cuando empecé a suponer, con el paso de los años, que habíamos sido víctimas de ese truco, una parte de mí se resistía a aceptarlo… porque recordaba perfectamente a mi hermana diciéndole a Blas, “Me llamo Ana” y al muñeco respondiendo: “Ana, qué nombre más bonito”. Ahora regreso a Derry, revisito el sketch y descubro que Blas nunca dijo eso. Así pues, tercera enseñanza: No tenemos apenas control sobre la percepción y la memoria del público. Lo que recuerde cada espectador de tu peli, lo que encuentre en ella… dependerá de factores ajenos a tu buen o mal hacer, y se distorsionará de un día para otro.

Por último (y aún más importante) una cuarta enseñanza: Gracias a Jim Henson y su equipo, aquel niño que yo era siguió creyendo en la magia durante más tiempo que otros niños. El día que dejé de creer en los reyes magos, todavía seguía creyendo en Epi y Blas.

De hecho, el adulto que soy, de algún modo, también sigue creyendo en la magia.

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LA VIDA SECRETA DEL GUIONISTA

9 enero, 2014

Por Carlos López

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Aquel estreno no se parecía a ningún otro. Los guionistas ocupaban las primeras filas del patio de butacas. Y en la pantalla del cine, los protagonistas de la película también eran guionistas. Sólo guionistas. Uno detrás de otro, hablando de guion, claro, y de sus miedos, de sus querencias, sus métodos, su tesón. Era el estreno de Writing Heads, y aquello fue literalmente lo nunca visto: ¿guionistas que hablan de sí mismos? Pero, ¿no es una profesión de solitarios, no trabaja cada uno encerrado en su casa, entregado en contar la vida de los demás?

Aquella noche salieron de casa. Se vieron a sí mismos hablando de sí mismos y después, en parte avergonzados por la falta de costumbre, volvieron a su guarida, a hacer lo que mejor saben hacer, aquello que repetimos aquí una y otra vez, en esto somos muy machacones: ¿eres o quieres ser guionista? Pues escribe. Eso es todo. Inventa historias y piensa en cómo contarlas para que atraigan a tu público.

¿He dicho mi público? ¿Quiénes son, qué quieren, cómo voy a saber qué les interesa? Bastante peleo para que lo escribo me interese a mí. Yo soy mi público. Tan caprichoso y tan exigente como cualquier público. Uno escribe para el espectador que lleva dentro, suponiendo que si a ti te gusta, a alguien más le gustará.

Los hay que escriben para sí mismos pero sólo pensando en sí mismos, o eso dicen. Se miran reflejados en la pantalla de su portátil, huyen de cualquier cosa que parezca de gusto mayoritario. Los hay, sí. Alicia Luna, precisamente en Writing Heads, se dirige a ellos: “Si escribes pensando en ti, estás muerto, porque una película se hace para que la vea mucha gente. Si quieres escribir para ti, es mejor que escribas poesía, que es mucho más barato”.

Habrá guionistas así, no lo dudo, pero yo no conozco a ninguno que no tiemble en un estreno, que no pida consejo para sus guiones, que no se preocupe por lo que funciona en taquilla, que no tema quedarse varado en el barro, fuera de onda, despreciado, lejos de su espectador.

Por eso salen de casa y observan. Y se preguntan qué quiere el público, y qué entenderá cuando vea lo que él está escribiendo.

Tomamos el mando a distancia. Hacemos zapping. En algún canalillo están echando un documental de fauna exótica. Imaginemos el capítulo dedicado al guionista cuando sale de su madriguera y trata de saber qué demonios piensa el espectador de lo que él teclea en su portátil. El programa se llama La vida secreta del guionista.

EL GUIONISTA QUE SALE DE CAZA
El guionista de raza lo es veinticuatro horas al día. Yo incluso diría que veintiséis, porque parte de las horas de sueño las utiliza para deglutir las ideas que le rondan. Él decide cuándo enciende y apaga la máquina, aquello está siempre al chup chup, como un caldito, a punto de entrar en ebullición. Las ideas vienen a destiempo, cuando no las buscas ni las esperas. Y el guionista, pese a lo que muchos suponen, no va por el mundo concentrado en su hipotético mundo interior, qué va. El guionista es un observador nato, que anota mentalmente todo lo que ve y lo que oye, porque todo puede acabar pasando por su trituradora. En el metro viaja rodeado de personajes; en la calle ve escenas; el telediario le parece el índice de sus próximos guiones y hasta cuando habla con su familia apunta las réplicas. El guionista es un reciclador de la realidad.

Y ve esa realidad en forma de pantalla. O peor aún: con formato Din A4. Si tenéis un rato, dedicadlo a leer la entrevista con la guionista Lola Salvador titulada Modos de mostrar, que se puede descargar en PDF en esta dirección. Allí repasa su vida y su profesión, y cuando rememora su infancia dice: “Yo pienso como si escribiera, desde pequeña; cosa que no hago cuando verbalizo algo, entonces me embarullo, pero cuando pienso, pienso con imágenes, pienso rellenando el folio con una courier 12, con treinta y tantos renglones y con interlineado a uno y medio. Y sobre todo, pienso contándoselo a alguien, a un interlocutor imaginario”.

LolaSalvador

EL GUIONISTA QUE ABURRE A LAS CABRAS
Cuando anda dándole vueltas a una historia, cuando trata de centrarla en sus términos o, por ejemplo, elegir el arranque más eficaz, el guionista necesita un interlocutor. Las historias se cuentan en voz alta, a alguien que te escuche, el que tengas más cerca, en una especie de microteatro que sirve de ensayo para cuando tu historia se enfrente a los cientos de cabecitas de la sala 25 del Kinépolis. Por eso, en esa fase de su trabajo, si es interpelado por cualquiera, allegado o no, sobre cualquier clase de asunto, el guionista de raza responderá invariablemente contando su historia con insistencia umbraliana, yo-he-venido-a-hablar-de-mi-guion.

¿Que mientras sale el café tu primo entra en la cocina y te pregunta en qué andas? No des evasivas: cuéntale tu historia. ¿Que en mitad del paso de cebra te cruzas con aquella chica a la que no veías desde la Facultad y que ya ni recuerdas su nombre? Cuéntale tu historia. ¿Que la reunión de amigos se vuelve espesa y se acaban las cervezas al tiempo que los temas de conversación? Aprovecha: cuenta tu historia.

Es la gimnasia del guionista. No hace falta que les preguntes nada. Basta con escucharte a ti mismo, vigilando las caras de tus oyentes irás puliendo el relato, conociendo sus zonas muertas y los efectos que siempre funcionan. ¿Qué te puede pasar? ¿Que digan que eres un coñazo, que te rehúyan, que dejen de preguntarte, que no te inviten a las fiestas, que dejen de ir a tu casa?

Llámales. De madrugada. Al fijo. Y cuéntales tu historia.

EL GUIONISTA Y SU CÍRCULO DE CONFIANZA
Todos los guionistas prestan su primer borrador a un reducido número de lectores, en su mayoría colegas, de los que espera respuesta sincera y rigurosa. No basta un me ha gustado bastante, ni siquiera un yo le daría otra vuelta. Les pides notas concretas, constructivas y lejos de la misericordia. Son tu círculo de confianza y necesitas su opinión para saber qué se entiende de todo lo que has escrito, cuál de tus sospechas se confirma y en qué lance has conseguido, quién te lo iba a decir, que colase por factible lo que es poco menos que improbable. El guionista no suele sorprenderse cuando recibe esas notas: él es el primero en saber dónde ha forzado la mano. Y tampoco hace caso a todo lo que le dicen, aunque sabe de sobra que si tres lectores cualificados coinciden en que ese chiste no se entiende es mejor suprimirlo que andarse con remiendos.

El guionista perezoso manda el guion por mail y espera respuesta. Pero nunca está de más la cita en un café, la entrega del ejemplar impreso, el agradecimiento en vivo. Al guionista le gustan esas citas, ese no es el problema. Lo jodido es cuando se vuelve a casa después de haber entregado esa primera versión y no puede evitar un punto de vergüenza, imagina a su amigo cuando hojee el texto y sepa, por fin, a qué ha estado dedicando sus noches en vela. A eso. A ESO.

EL GUIONISTA DE LARGA DIGESTIÓN
Recopiladas las notas, releído el material con otra perspectiva, el guionista se encierra de nuevo en su cubil y allí pasa horas, días, meses enteros entregado a digerirlo todo. Reescribiendo. A veces, con las manos como garras, inmóviles y suspendidas sobre el teclado, en espera de la musa que nunca llega.

Es ese momento ya clásico del documental de naturaleza, esa escena con batracio o con serpiente: el macro sobre la órbita del ojo, el plano fijo sobre la tráquea forzando el paso del bolo.

Algunos mueren en el intento. No me refiero a los guionistas, sino a los guiones. No pasan la prueba. De tanto manosearlos dejan de parecernos interesantes. Y nunca sabremos si han perdido el interés porque apenas tenían o por culpa de nuestro manoseo. El guionista es aquel que no tiene miedo a reescribir, a tirar al cesto, a empezar de nuevo a cada poco, pero los guiones se resienten en cada cambio y la tarea de reescritura no debe ser muy insistente. Sólo puede regirse por una regla, sencilla de expresar y no siempre fácil de cumplir: que cada versión sea mejor que la anterior.

EL GUIONISTA ESCONDIDO EN LA FILA SIETE
El guionista asiste a su propio estreno, claro, aunque a menudo sólo reciba invitaciones para él y un acompañante. Pero esa noche poco o nada aprenderá, las opiniones son amistosas y compasivas, nada de lo que sienta o suceda es fiable, ni siquiera puede asegurar que las copas no son de garrafón.

El guionista hará bien en comprar su entrada para una sesión normal, en un cine normal, y se sentará con sus palomitas en mitad de la fila de butacas, con la oreja presta y simulando seguir atentamente la pantalla. Le costará superar un sentimiento de vergüenza cuando en la película reconozca como suya una frase de diálogo poco afortunada. Y poco después, cuando llegue esa escena que le reescribieron en rodaje, sentirá el impulso de levantarse y dar explicaciones a toda la sala.

Si sabe contenerse, es un momento irrepetible: oír que el público ríe tus chistes, contiene el aliento en esa escena, o da un respingo cuando algo le sobrecoge… eso recarga las pilas lo suficiente como para olvidar lo que cuesta llegar hasta el estreno. Es la experiencia definitiva, la más temida y la más gozosa, quizá la que más enseña sobre el alcance de tu escritura.

Y a veces, el público de pago aplaude cuando aparecen los créditos finales. Algo ridículo, aplaudir a una pantalla de proyección. Tienen razón los que dicen que el aplauso alimenta, que sienta de maravilla, que puede crear adicción.

Si el guionista trabaja para televisión, esta escena tiene una variante hogareña:

EL GUIONISTA QUE ESPÍA LOS TUITS
Es una forma de cerrar el círculo: en el mismo portátil en el que escribiste el guion consultas el hashtag del estreno televisivo y repasas en directo, durante la emisión, las opiniones de los espectadores. Hace solo unos años nos hubiera costado imaginarlo, hoy es una actividad habitual: allí, sentado en el sofá, el guionista fisga conversaciones ajenas, recibe insultos, mucho sarcasmo de baratillo y algún halago inesperado. ¿Es ese tu público? Digamos que es un termómetro poco fiable, porque los que escriben se matan por hilar una frase ingeniosa o por conseguir unas docenas de RT. Pero es el contacto más directo con tu público que como guionista televisivo vas a conseguir. Y tiene algo de escalofriante.

El plano final del documento muestra al guionista de vuelta a su puesto habitual. A mí me lo dieron como consejo: cuando llegue ese momento, cuando tu guion se exponga en la plaza pública, ya reciba flores o piedras, cuando llegue el estreno, se emita el capítulo o se cuelgue en la red… procura que, para entones, a ti te pille ya escribiendo el siguiente guion. En casita. Otra vez. Con la cabeza ocupada.


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