NECESITAMOS “CHUCHES”

28 mayo, 2013

Por David Muñoz

Leyendo los comentarios a mi entrada de la semana pasada me ha sorprendido ver que, partiendo de lo que dije sobre que muchos de mis alumnos no terminan de arrancarse con la escritura de un largo, hay quien sostiene algo así como que para llegar a ser guionista de cine poco menos hay que haber escrito un par de guiones de largometraje antes de los 20 años.

Pero si eso fuera así, yo jamás habría llegado a ser guionista.

Cuando hablas con otros guionistas lo primero que descubres es que cada uno hemos acabado dedicándonos a esto de una manera distinta. Sí, hay guionistas que sienten “la llamada” a muy temprana edad y que comienzan a escribir guiones de largo siendo adolescentes (en el caso de varios amigos, se trata de hijos  de padres que ya trabajaban en el cine o la televisión; cosa que no me parece que sea una casualidad), pero también hay muchos ejemplos de gente que de pronto un día a los treinta años prueban a escribir un guión y, tras descubrir que no solo les gusta sino que se les da bien, deciden tirar por ahí.

Eso sí, nadie suele decidir de pronto que lo suyo es inventar historias. Lo habitual es que en el pasado los “neo guionistas” hayan tanteado otras formas narrativas (aunque nunca fueran capaces de terminar algo medio enseñable).

Y no creo que los veteranos hayan hecho más méritos que los neófitos. Ni que tener un pasado u otro condicione que merezcan ocupar o no un hueco en nuestra industria. Eso lo determinarán la calidad y el interés de su trabajo, la suerte y, quizá, sus contactos. Pero nunca sus antecedentes.

Lo que yo pretendía explicar en mi entrada es que una vez decides que quieres ser guionista, la única manera de conseguirlo es escribir. Y escribir mucho. Teniendo en cuenta además que probablemente no vas a ver un duro por el 90% de lo que escribas. No queda otra que pasar por ello. Para hacer algo medio bueno algún día, primero hay que hacer muchas cosas malas.

La clave está en “una vez decides que quieres ser guionista”.

Si algo me parece criticable de esos alumnos de guion que no escriben es que estén perdiendo el tiempo de esa manera. Me fastidia que, vencidos por la pereza, por el miedo o por la falta de motivación, malgasten unos años preciosos. Porque ahora la mayor parte de ellos no tienen que ganarse la vida. Están estudiando gracias a que sus padres han pagado sus matrículas. Nunca volverán a tener tanto tiempo como ahora para equivocarse, para experimentar, para meter la pata sin que haya consecuencias. Además, al menos en teoría todo alrededor de ellos (las clases, los compañeros) debería reforzar sus ganas de escribir. Tienen pocas excusas.

Pero… si no has escrito un guión de largo hasta los veintitantos años y un día decides ponerte y lo consigues… ¿Cómo puede parecerle mal a alguien?

Mi historia es un buen ejemplo de que no hay una sola manera de llegar a ser guionista.

De chaval me apasionaban las historias, pero yo lo que quería ser era autor de cómic, no guionista de cine o televisión. Deseaba escribir y dibujar mis propias historietas. Como mi ídolo Carlos Giménez.

Así que dibujaba mucho y, aunque de vez en cuando intentaba hacer un tebeo,  nunca pude acabar ninguno. A las cuatro o cinco páginas, me cansaba y lo abandonaba para empezar otro.

El cine me gustaba mucho (soy de la generación que vio en el cine de niño “La guerra de las galaxias”, y estaba obsesionado con ella; y “Los inmortales” y “Blade Runner” eran tan importantes para mí como los cómics de La patrulla X), pero ni se me había pasado por la cabeza trabajar en el cine. Para un chaval de barrio de familia obrera como yo, imaginarse algo así habría sido tan descabellado como pensar en ser astronauta. 

Como carrera universitaria, escogí Bellas Artes, cuyo efecto fue, paradójicamente, quitarme las ganas de dedicarme a dibujar. Pero en aquella época fue cuando empecé a colaborar en fanzines sobre cómic (lo que con el tiempo me llevó a ganarme la vida durante una época como periodista cultural) y a escribir guiones de historieta para un par de compañeros de la facultad.

Algo más tarde, conocí al dibujante Luis Bustos en un concurso de cómic (creo recordar que yo gané y él quedó segundo) y juntos hicimos una serie de superhéroes españoles llamada “Rayos y Centellas” que fue publicada por Camaleón Ediciones. Con lo que, aunque no vimos un duro por ella, puedo decir que fue mi primer trabajo “profesional”.

Mi primer tebeo publicado.

Mi primer tebeo publicado. Si queréis leerlo, podéis descargarlo gratuitamente aquí.

Aun así, lo del cine seguía siendo una fantasía. Y aún más la televisión. No tenía ni idea de qué se podía hacer para escribir televisión. Ni siquiera sabía si era una posibilidad (recordad que en aquella época no había Internet con páginas sobre guión como esta).

Pero no recuerdo en qué año (yo debía tener ya 25 o 26) me enteré a través de mi hermano, que estudiaba Ciencias de la Información, de la existencia de unas ayudas a la escritura de guiones de largometraje que concedía el Ministerio de Cultura. Y esa fue la primera vez en que pensé que a lo mejor lo de acabar escribiendo cine no era tan descabellado. Para entonces había leído ya los libros de Linda Seger y Syd Field (fotocopiados), pero vaya, que pensaba que lo que había aprendido en ellos si acaso me serviría alguna vez para escribir guiones de cómic, nunca de cine.

Importante: yo escribir por escribir he escrito muy poco en mi vida. Siempre lo he hecho con un objetivo. Como ya he contado aquí muchas veces, he escrito no sé si ya treinta y tantos guiones de largo, de los cuáles solo se han rodado cinco. Pero cada vez que me he puesto a escribir uno de ellos lo he hecho pensando que existía la posibilidad de que llegara a venderlo.

Y de pronto, gracias a la convocatoria de las ayudas, tenía un objetivo.

Así que terminé un tratamiento (horroroso), lo presenté y, sabiamente, no me concedieron la ayuda. Pero presentarme me sirvió para algo muy importante:  demostrarme a mí mismo que podía hacerlo.

Más tarde, le ofrecí a Antonio Trashorras -al que conocía porque los dos escribíamos en el mismo fanzine sobre cómic-, que presentara conmigo un programa de radio en la emisora de radio libre Onda Verde. Un día nos pusimos a hablar de guiones de cine, descubrimos que los dos habíamos empezado a intentar escribirlos, y decidimos aunar fuerzas. Como Antonio, que ya por entonces escribía en la revista Fotogramas, estaba más familiarizado con los intríngulis del mundillo del cine que yo (¡e incluso conocía a productores!), no le parecía tan descabellado pensar que podíamos llegar a conseguir ganarnos la vida con lo que escribíamos.

Así empezó todo. Decidimos reunirnos tres veces a la semana para trabajar, y en pocos meses escribimos varios tratamientos y algún borrador de guión.

La mía no es una historia que de forma inevitable hubiera tenido que acabar como ha acabado. Por ejemplo, quizá, de no haber conocido a Antonio, todo habría sido muy distinto.

Es cierto que en el momento en que me senté con Antonio y decidimos intentar ser guionistas, pusimos toda la carne en el asador. Pero a ese momento no llegué solo. Hubo mucha gente cuya confianza en mí (mucha más de la que tenía yo en mí mismo) me ayudó a tomar este camino.

Y llegó cuando tenía veintitantos años. Pero podía haber llegado más tarde.

Volviendo a lo que decía antes (y a riesgo de ponerme pesado), para mí lo importante es que, una vez tomes la decisión de intentar ser guionista, escribas todo lo que puedas. No importa que ocurra más tarde o más temprano. Da igual que tengas 15 años o que tengas 40. Lo importante es hacerlo. Es la única manera de tener una posibilidad de ganarse la vida con esto.

Antonio y yo, jóvenes y felices en el decorado de "El espinazo del diablo".

Antonio y yo, jóvenes y felices en el decorado de “El espinazo del diablo”.

Sin embargo, también empatizo con aquellos que desfallecen y están a punto de rendirse, o que se sienten tentados de dejarse vencer por el desánimo, con quienes se preguntan: “¿Para qué voy a pasarme un año escribiendo cien folios sin al final no los va a leer nadie?”.

Creo que eso no quiere decir que carezcas de vocación, o que no te tomes en serio ser guionista. Quiere decir que eres un ser humano. Y los seres humanos nos desanimamos, e incluso (¡sí, juro que pasa!), nos deprimimos.

Estar motivado es muy importante. Y, si bien hay superseres hipermotivados que no tiran la toalla jamás les vaya como les vaya, al resto, a los débiles mortales, nos hace falta que nos den de vez en cuando ánimos, que nos estimulen, que nos den motivos para seguir. Necesitamos que nos refuercen.

Esto es algo en lo que he pensado mucho ahora que soy padre. Si tu hijo hace algo mal (o no lo hace), echarle la bronca no suele servir de nada. Él se enfada, tú te encabronas, y ya está. Mañana vuelve a pasar lo mismo. Pero reforzar y motivar sí consigue que se logren cosas.

Hombre, diréis que no es lo mismo una niña de tres años que un aspirante a guionista de 25. Y tendréis razón. Pero creo que en el fondo las personas no funcionan de forma tan diferente tengan la edad que tengan. A nivel básico somos muy sencillos. De hecho, iré más allá. Ni siquiera voy a usar como ejemplo a un niño, sino a un perro. Porque lo mismo aprendes cuando adiestras a un perro. El refuerzo, la chuchería, es fundamental.

Y en este momento a los guionistas nos faltan chucherías.

Por eso, para mí lo más trágico de la desaparición de las ayudas a la escritura de guiones del Ministerio de Cultura es que los guionistas que participaban en la convocatoria sin conseguirlas ya no se pasen tres días sin dormir para terminar sus tratamientos a tiempo (así es como escribimos Antonio y yo “La bomba”, la historia que acabó convertida en “El espinazo del diablo”).

Siguiendo con mis batallitas, en nuestros inicios también fue muy importante para Antonio y para mí colocar dos proyectos en Canal + guiones, el programa de desarrollo de proyectos de Canal +.

Lo más importante no fue el dinero que nos pagaron (aunque nos vino muy bien) sino que alguien demostrara interés por nuestras historias. Eso nos hizo tomarnos la escritura más en serio todavía. Escribes para los demás, no para ti, y si a nadie le interesa lo que cuentas, un día dejas de contarlo.

Las subvenciones y Canal + guiones fueron nuestras “chucherías”.

Es una pena, pero nada de eso existe ahora. O le vendes tu guión a un productor, o se acabó.

Sin embargo, creo que para que haya guiones buenos en el mercado tienen que escribirse muchos guiones, y para eso es fundamental que haya premios, becas, programas de desarrollo, apoyos institucionales, etc*.

No todos podemos ser superseres que escriben por escribir y encuentran toda la motivación que necesitan en el hecho de plasmar en palabras la película que ven en su cabeza.

No todos somos tan fuertes.

Y no todos hemos estudiado en la ECAM, en la ESCAC, o en un máster. No todos tenemos la suerte de pasar unos años en un ambiente donde lo normal, lo esperable, es que escribas**.

La mayoría necesitamos chucherías.

A lo mejor, en vez de echarles la bronca a todos esos que dicen que querrían escribir pero no lo hacen, lo que tendríamos que hacer es darles más razones para que se sienten delante del ordenador.

Yo al menos es en lo que estoy ahora. No sé si conseguiré sacar adelante lo que tengo en la cabeza, pero voy a intentarlo. Si hay alguna novedad, seréis los primeros en saberlo.

 *Respecto a este tema, os recomiendo que leáis esta entrada que escribió aquí Sergio Barrejón hace unos días. Al final incluye una lista de convocatorias bastante interesante.

**Otro día escribiré sobre ese tipo de personas que en un ambiente académico acaban haciendo justo lo contrario de lo que se espera de ellos. En vez de motivarse, se desmotivan. Puede que sea mi caso. A veces he pensado que de haber estudiado guión quizá no habría acabado siendo guionista.


INTERNAUTA Y CREADOR

1 febrero, 2011

David Muñoz

1.

Hasta ahora me he resistido a escribir en este blog sobre derechos de autor, la “Ley Sinde“, etc., no porque no tenga un punto de vista al respecto (creo que todos los que trabajamos en esto lo tenemos), sino porque ya otros han expresado mi  opinión al respecto de forma mucho más certera de la que yo sería capaz de hacerlo. Por Ej., Fernando Savater en este artículo. O Javier Marías. ¿Y para qué repetir lo mismo solo que peor?

Pero dado el momento que estamos viviendo, creo que ha llegado la hora de mojarse.

Y como he citado a Savater y a Marías, supongo que la mayoría ya habréis supuesto que estoy a favor de la “Ley Sinde”.

¿Quiere decir eso que creo que la ley va a acabar con la piratería?

Pues no. No soy tan ingenuo. Aún así aprobarla me parece que era un gesto necesario. Aunque solo sirva para tocarles un poco las narices a quienes difunden obras de otros sin su permiso y encima ganan dinero con ello. Vale, para escapar a la ley lo único que tienen que hacer es trasladar sus servidores a otro país, pero más vale eso que nada.

Otra cosa: dado el momento en el que escribo este texto, es inevitable comentar la absurda polémica que ha levantado la innecesaria dimisión (ahora aplazada) de Álex de la Iglesia. Como ya he hablado de mi punto de vista al respecto en mi blog, no voy a explicarlo aquí en detalle otra vez.  Pero por si tenéis curiosidad y pocas ganas de leer la entrada que he linkeado, mi opinión se parece mucho a la de Iciar Bollaín, que ha dicho:  “No considero que sea el papel del presidente de la academia mediar en una ley ni participar en su redacción”, y “Álex de la Iglesia en las últimas semanas ha estado representándose a sí mismo y no al colectivo que le votó”*.

Ah, si algún troll ya está pegado al teclado escribiendo un mensaje cagándose en mis muertos, le agradecería que se abstuviera y pasara a leer otro blog más de su agrado. Aquí estamos para dialogar, no para insultarnos.

Sigamos.

Pero no solo estoy a favor de la ley porque creo que protege mis derechos como creador. También estoy  a favor de la ley como internauta.

No es incompatible.

Una de las cosas que más me dejan pasmado de todo lo que se ha publicado recientemente sobre estos temas en la mayor parte de los medios, es como se ha aceptado como cierta la artificial división entre “internautas” y “creadores”. Cuando la realidad es que ahora mismo casi todos somos internautas. ¡Si hasta mi madre lo es, y tiene 70 años! Lo dice Savater en su artículo, “Dentro de unos años, decir “soy internauta” resultará tan raro como decir hoy “soy telefonista” porque se habla por el móvil”. Y yo más que raro, diría ridículo.

Pese a ello, ahí están todas esas asociaciones de “internautas” cuyos representantes se comportan como miembros de una secta esotérica perseguida, custodios de un conocimiento secreto, sin darse cuenta de que todo con quien se cruzan por la calle es ya un iniciado en su mismo credo.

Pero tampoco quiero caer en el error de meter a todos los “internautas” en el mismo saco. No piensan igual quienes defienden la idea de Internet como “ciudad sin ley”, que quienes justifican las descargas como alternativa a la ausencia de oferta legal en la red. Con los primeros es imposible el diálogo. Se trata de una cuestión ideológica. Son felices viviendo en Dodge City. Tratar de llegar a acuerdos con ellos sería tan absurdo como intentar que Mariano Rajoy y Gaspar Llamazares opinaran lo mismo sobre las privatizaciones de las empresas públicas. Pero con los segundos sí se puede hablar.

Aunque por “hablar” no me refiero a que se deba hablar con los representantes de las asociaciones de “internautas”. O no únicamente.

Porque ese segundo modelo de “internauta” es al que pertenecemos la mayoría.

Y sí, también la mayoría de los creadores.

Yo, como muchos creadores internautas, también descargo series y alguna película (nunca he descargado libros). No voy a ir ahora de santurrón ni a negar la realidad. Tengo mi propio “código descargador”, y solo me bajo cosas que no puedo conseguir de otra manera, como por Ej. la serie “Misfits”, que si bien está editada en DVD en Inglaterra, no lleva subtítulos en castellano. Pero no creáis solo que lo hago por un tema moral (que también). La verdad es que en la época de la alta definición, me toca las narices estar viendo cosas en casposos Divx pixelados casi siempre mal subtitulados. Es como volver al VHS. Me encantaría por descargarme los episodios de “Misfits” en HD y con buenos subtítulos. Y sí, pagaría por hacerlo. Como ya he pagado por Ej. por el primer CD de How to Destroy Angels (por poner el primer Ej. que me ha venido a la cabeza).

Si quiere sobrevivir, la industria debe “dialogar” con los internautas. O sea, con todos sus potenciales clientes. Entre los que por supuesto me incluyo.

Dado que ya puedes encontrar TODO lo que quieres gratis en la red… ¿por qué no ofrecerlo también de pago? La industria del audiovisual ha gastado fortunas en proyectos que no han llegado a ninguna parte (ahí están el Laser Disc, el Beta y el HD DVD para demostrarlo). ¿Por qué no invertirlas también en esto?

En algún momento hay que empezar a ampliar la oferta legal.

De hecho, ya está ocurriendo, y existen páginas como Filmin, que permiten descargar películas a precio razonable. Hasta puede hacerse desde hace poco con iTunes.

Estoy seguro de que dentro de poco tiempo, el segundo modelo de “internauta” ya no tendrá (o tendremos) motivos para la queja. Claro que habrá que ver entonces si realmente todo estamos dispuestos a pagar por lo que ahora se descarga gratuitamente. Bueno, gratuitamente tampoco. Previo pago de una conexión, un ordenador, un disco duro (o dos), etc. Pero ya me entendéis.

Sin embargo, esto solo va a ocurrir si existen leyes que permitan que ocurra.

Porque de momento… ¿qué precio puede superar el cero?

Manel Fontdevila lo explicó muy bien en este chiste de Público.es:

Ahí es donde más discrepamos “internautas” y creadores: en creer o no en la necesidad de la existencia de leyes que castiguen a quienes intenten hacer negocio sin contar con el permiso de los propietarios legales de los derechos de las películas, series, etc. que ofrecen.

Así que sí, estoy a favor de la “ley Sinde” como creador,  pero también lo estoy como internauta, porque quiero poder ver en condiciones las series que me interesan, cómo y cuando me parezca (algo que por cierto, no es un derecho, sino un deseo).

Y de no existir un marco legal que lo permita, eso jamás va a ocurrir.

2.

Para no seguir aburriéndoos repitiendo cosas que ya estaréis hartos de leer en otros lugares, dejo ahí la perorata y voy a contaros una batallita mía que creo que refleja bastante bien lo maniquea y absurda que es la artificial separación entre internautas y creadores.

En 1996, publiqué una miniserie de cómic de tres números junto al dibujante Luis Bustos llamada “Rayos y Centellas”. Desde hace años es imposible encontrarla. Pero hace unos días ha surgido la posibilidad de conseguir que esté disponible para iPad, Phone y Web. Y aunque nos han ofrecido hacerlo cobrando, al final Luis y yo hemos decidido que pueda descargarse gratuitamente. En este caso, preferimos tener más lectores a ganar unos duros. Y eso que yo voy a reescribir los diálogos, eliminando erratas y mejorando algunos detalles que nunca llegaron a convencerme, y Luis va a dibujar una nueva portada y a rotularlo entero de nuevo para que se lea mejor. Vamos, que no se va a tratar solamente de coger los tebeos antiguos, escanearlos y fuera, sino que intentaremos conseguir que realmente merezca la pena descargarlo, incluso aunque seas uno de los 700 compradores de los tebeos originales.

Por otra parte, ahora mismo estoy escribiendo una serie de cómic ilustrada por Tirso Cons que se llama “Le manoir des murmures” para una editorial francesa. De momento se han publicado los dos primeros álbumes y pronto saldrá el tercero y por ahora último. Y la serie no puede descargarse legalmente. Pero, como sospecharéis, puede encontrarse muy fácilmente en formato digital. Incluso, hace poco descubrimos que pese a no haberse editado aún en español (si en España, pero en Gallego), existe una versión rotulada en castellano.

Ante cosas así, es imposible no sentirse halagado. Pero también preocupado. Tengo un amigo, también guionista de cómic, que piensa que ese tipo de “homenajes” no nos restan ventas. Pero yo no estoy de acuerdo. Mi amigo tiene más o menos mi edad (ronda los 40) y pertenece a una generación de lectores de cómic que si bien descargan cómics como cualquiera, si algo les gusta de verdad prefieren tener una copia en papel. Y creo que ya son muchos los “descargadores” de cómic que no piensan ni mucho menos así. Al ser profesor hablo regularmente con mucha gente de entre 20 y 30 años, y la mayoría no tienen el más mínimo interés en tener una copia física de nada. Si lo tienen escaneado, ya lo “tienen”. Entonces, ¿para qué necesitan dos copias, aunque una de ellas en vez de espacio en una estantería ocupe solo memoria en un disco duro?

Lo malo de gustar tanto (y vaya si tienes que gustar para que alguien se tome la molestia de traducir y de rotular un álbum entero) es que te pueden matar de amor.

Probablemente no le ocurrirá a un superventas, pero “Le Manoir…”, aunque ha funcionado bien, se ha movido en unas cifras en las que la diferencia entre ser considerada un éxito o un fracaso pueden ser solo unos cientos de ejemplares.

Y en España, donde se mueven cifras mucho más modestas que en Francia, eso se nota bastante.

Que el editor considere que ha sido un éxito puede ser la diferencia entre que quiera o no que hagamos más cosas para ellos.

Para el que no lo sepa, aunque escribir un cómic puede llevar solo unos cuantos meses, y siempre puedes combinarlo con otros trabajos, si un dibujante quiere terminar un álbum en seis o siete meses (cosa que casi ninguno consigue), tiene que dedicarse a ello de forma exclusiva, empleando unas jornadas maratonianas que muchas veces incluyen fines de semana. Si pueden permitírselo es gracias al adelanto sobre los posibles beneficios que paga el editor según se van entregando las páginas. Un adelanto que normalmente suele ser bastante bajo. Supongo que a muchos les sorprenderá, pero la mayor parte de los dibujantes de cómic son poco más que mileuristas.  Y efectivamente, ese adelanto se hace a cuenta de unos futuros beneficios (como se paga siempre, podéis suponer que muchos proyectos acaban siendo deficitarios; los éxitos permiten los fracasos). Si esos beneficios no existen, se acabó. El dibujante tiene que buscarse otro trabajo. Y, si dibuja un álbum, será cada muchos años, aprovechando sus ratos libres. Eso, o base de vivir del sueldo de su pareja o de la generosidad de sus familiares, si tiene la suerte de contar con su apoyo  y estos son de posibles.

Antes no exageraba: el amor puede matar.

No estamos hablando de la desaparición de una industria, como en el caso de la musical, sino de una actividad (o de al menos varias de sus modalidades**). Si esto sigue así, la creatividad (insisto: me refiero a la que exige mucho tiempo y recursos y solo puede generar beneficios mediante la venta del producto final) será algo exclusivo de mantenidos, ricos herederos y kamikazes a los que no les importe vivir debajo de un puente. O de autores de fin de semana que se lo tomaran como un hobbie. Eso, o que de pronto las compañías de telefonía pasen a ser productores de contenidos. Pero de momento esa posibilidad la veo aún muy lejos.

De manera que, si queremos que nos sigan entreteniendo como hasta ahora -sobre todo teniendo en cuenta que los productos del gusto mayoritario son precisamente los más industriales, como “Le manoir…”, no los de autor-, guste o no, no habrá más remedio que pagar* *  *.

Resumiendo esta segunda parte un poco caótica: se puede ser a la vez un “internauta” que difunde un tebeo de forma gratuitamente a través de Internet, y un “creador” que quiere poder controlar la difusión en la red de su obra (siempre entendiendo “internautas” y “creadores” en el sentido excluyente con lo que lo utilizan la mayor parte de los medios, no en el real).

Otra vez: no es incompatible.

Si en vez de en Madrid viviera en Marinaleda, y la guardería de mi hija costara 15 euros en vez de 400, a lo mejor no me importaría regalar todo mi trabajo. Pero si no lo hace ningún otro trabajador, no sé a cuento de qué tenemos que hacerlo los guionistas, directores, fotógrafos, novelistas, etc.

En todo caso, lo importante es que, elija una cosa u otra, quiero elegirla yo. De acuerdo a mis propias razones. No que la elijan otros por mí.

Porque cuando algo se “regala” por obligación, no se llama regalo…

…se llama robo.

*No tiene nada que ver con esto, pero como ya dije el año pasado respecto a su discurso de los Goya, lo que más me revienta del Alex “presidente” de la Iglesia es ese empeño que tiene en agachar la cabeza y pedir disculpas. ¿Alguien se imagina al equivalente norteamericano de Alex de la Iglesia abriendo la gala de los Oscar diciendo: “ya, ya sé que dijimos que el remake de “Tron” iba a ser el nuevo Avatar, pero nos equivocamos. Y sí, “El Príncipe de Persia” no funcionó tan bien como esperábamos… lo sentimos, de verdad, os hemos fallado”.

**Hace años ya se decía que “la piratería mata la música”. Pero no, mata la industria musical.  Cosa de por sí bastante triste, por muy mejorable que ésta sea. Al fin y al cabo los músicos pueden ganarse la vida con los directos. Los discos, gratis, y luego las entradas de los conciertos a 60 euros. ¡Que pena que los guionistas no podamos ir por los estadios recitando nuestros guiones! ¿Os imagináis? “Ejem…a ver… Interior noche, Comisaría, Pedro está sentado delante de…”.

***Hace poco leí no sé dónde a alguien defendiendo las descargas porque así era como conseguía el cine mudo que le interesaba. Pero seamos sinceros, la mayor parte de la gente no se descarga clásicos inéditos, sino “Avatar”. Y de “Avatar”, además de sus creadores y sus productores, viven distribuidores, exhibidores, etc. ¡Ojalá todo el problema fuera la gente que se descarga cine mudo inédito!


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