POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS LÚCIDOS.

11 febrero, 2015

inceptionpasillo

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace poco empecé a entrenarme para tener sueños lúcidos. Imagino que la mayoría de vosotros estáis familiarizados con el término, pero lo explico por si acaso:

Sueño lúcido es aquél en el que sabes que estás soñando. Es relativamente sencillo tenerlos, y con un poco de práctica el soñador puede incluso llegar a controlar el sueño.

Sí: Igual que en la peli de Origen, o igual que en la peli de Dreamscape (que contaba una historia similar a la de Nolan un cuarto de siglo antes, ya en los años ochenta)

dreamscape

Existen incluso emisiones de ondas cerebrales que (en teoría) favorecen el sueño lúcido.

No obstante, la mayoría de las técnicas para lograr el sueño lúcido se basan en “educar la mente” cuando estamos despiertos: Acostumbrar al cerebro a preguntarse cada equis tiempo “¿Estaré soñando?” y chequearlo efectuando una serie de comprobaciones.

Por ejemplo:

– Si estás soñando y te miras la mano, es probable que no cuentes cinco dedos, sino algunos dedos de más o algunos dedos de menos.

– Si estás soñando e intentas leer algún texto dentro del sueño, es muy probable que no consigas leerlo.

– Si estás soñando y miras un objeto, y luego apartas la mirada, y esperas unos segundos y vuelves a mirar… es muy probable que el objeto haya cambiado o haya desaparecido.

Comprobaciones para todos los gustos, y casi todas ellas con la misma finalidad: Establecer una rutina casi compulsiva en la que nuestra mente dude constantemente de la realidad, en la que se pregunte casi por inercia si no estará soñando. Se supone que si tenemos suficientemente arraigada esa costumbre, también acaberemos preguntándonos si soñamos dentro del propio sueño, haremos por inercia las comprobaciones habituales… y rechinarán.

Os aseguro por experiencia propia que funciona. Si alguien tan indisciplinado como yo puede conseguir sueños lúcidos, cualquiera puede.

En mi caso empecé a obtener resultados a las pocas semanas. Al principio tenía sueños en los que dudaba si estaba o no soñando, pero sin llegar a una conclusión clara. A los pocos días tuve sueños en los que era consciente de soñar, pero no podía controlar lo que sucedía en ellos. Luego llegó esa fase en que me vi capaz de tomar decisiones, en que me pregunté si podía volar… y volé.

¿Qué fue lo que hice a continuación?

Dejé de entrenarme para tener sueños lúcidos.

¿Por qué?

Por motivos que – creo – tienen cierta relación con este arte nuestro de contar historias. Como no me canso de decir, soy de ésos que piensan que nuestro inconsciente es más sabio que nuestra parte consciente: procesa más información, está en contacto con “poderes ancestrales”. También opino, como tantos otros, que los sueños son un mecanismo a través del cuál ese inconsciente nos informa, nos guía, saca los monstruos de los sótanos, pule las obsesiones, insinúa los caminos a seguir…

Surge entonces la pregunta inevitable: ¿Cómo va a desempeñar el inconsciente su función si lo acorralamos incluso en el mundo onírico? ¿Hasta qué punto no es eso un golpe de estado?

El inconsciente tiene cada vez menos jurisdicciones en nuestro día a día. ¿Conviene seguir cerrándole puertas? De repente, tras esas tímidas primeras incursiones en la “lucidez onírica”, intuí cierto peligro en ello. Por eso abandoné la idea de controlar mis sueños y me quedé satisfecho con una cosa híbrida: Intentar ser más consciente de ellos, pero sin obsesionarme por dominarlos. Ahora tengo sueños lúcidos de cuando en cuando, pero vienen ellos a mí, cuando lo estiman oportuno, sin que yo lo decida de antemano. Mi conciencia asiste a esas sesiones como una invitada que lo tiene muy clarito: Se está paseando por casa ajena.

El resultado son sueños híbridos, realmente interesantes desde el punto de vista personal y también desde el punto de vista narrativo.

Nunca he tomado peyote ni ayahuasca: Si alguna vez lo hago os diré si la sensación es la misma. De momento me limitaré a relatar brevemente uno de mis sueños semi-lúcidos a modo de ejemplo:

ponyo

Estoy buceando en el mar, en una especie de arrecifes de coral impresionantes, entre peces enormes de unos tres metros de largo. De repente empiezo a pensar que a lo mejor estoy dentro de un sueño. ¿Qué detalle hace saltar la alarma? Si mal no recuerdo: Me doy cuenta de que puedo respirar bajo el agua.

Como si el sueño percibiese que he descubierto el truco, el decorado cambia justo en ese instante: Ahora estoy en un pasillo de hotel similar al de Origen, que a su vez es similar al de Paprika. Avanzo por el pasillo como flotando, como si este nuevo ecosistema también consistiese en nadar. Desde el otro extremo del pasillo se me acercan (también flotando) un par de hombres trajeados. Parece que quieren agarrarme y de repente tengo una certeza: Si uno de ellos me toca, despertaré del sueño.

paprika

Uno de los tipos trajeados se acerca flotando hasta mí, alarga las manos para agarrarme…

… y yo no se lo impido.

ME AGARRA.

Me despierto en mi cama con el hombre trajeado aún agarrado a mí, convulsionándose entre las sábanas. Yo deduzco lo que le pasa: Como no me ha soltado a tiempo, me lo he traído conmigo a la realidad, pero no está preparado para sobrevivir en el mundo de la vigilia. No es su elemento. Es como si a cualquiera de nosotros nos soltaran en la atmósfera de Marte sin traje de astronauta. Por eso se convulsiona como un rabo de lagartija.

Le rompo el cuello al señor trajeado para que deje de sufrir y me levanto de la cama. Estoy en mi piso. Todo parece demasiado real pero una parte de mí sabe que eso que está ocurriendo no es normal. Debo estar soñando todavía.

Me miro las manos y cuento los dedos. Cinco en cada mano. Diez en total. Es lo normal. ¿Eso quiere decir que estoy despierto? ¡Pero no puede ser!

Desvía la mirada. Desvía la mirada y vuelve a contar los dedos.

Desvío la mirada. Vuelvo a contar los dedos.

Siguen siendo diez.

Pero de pronto… una de mis dos manos empieza a vibrar, cada vez más deprisa… y a causa de la vibración surgen en ella dos o tres dedos más. Ahora tengo doce o trece dedos.

Creo que en ese momento desperté.

Las conclusiones personales que puedo sacar de un sueño híbrido como éste me las guardo para mí. En cuanto a las conclusiones narrativas, creo que esta historia habría desembocado en algo demasiado absurdo si hubiese estado totalmente dominada por el inconsciente… y habría dado lugar a algo demasiado plano, predecible… si mi yo racional hubiese tenido pleno control sobre lo que sucedía en el sueño.

Lo interesante de las historias, en mi opinión, suele hallarse en ese equilibrio maravilloso, tan precario… entre esa parte de nosotros que controlamos y esas fuerzas internas que escapan a nuestro control.

Esto abriría la veda para uno de esos sempiternos debates de “reglas sí” VS “reglas no“. Podríamos usar las conclusiones que se extraen de estos sueños híbridos para argumentar a favor o en contra… pero creo que eso iría contra la filosofía del post.


FIRMA INVITADA: JUST DO IT! (COMO SI FUERA SENCILLO)

21 noviembre, 2013

por Nacho Faerna

No guru, no teacher, no method.
VAN MORRISON

Nota previa: Este artículo (y los emails a los que se refiere) fueron escritos antes de que Syd Field falleciera. Sin embargo, esta luctuosa noticia ha provocado la aparición de muchos comentarios en internet a propósito de la utilidad de los manuales de guión. Por ello me parece aún más pertinente la publicación de estas opiniones, que se suman al debate sobre este asunto.
 
Paradigma Syd Field

El otro día, dos compañeros se cruzaron una serie de mails sobre la utilidad de los manuales de guión en una conversación en la que estábamos copiados otros guionistas. No daré sus nombres, porque no creo que su identidad añada ni quite valor a sus interesantes opiniones. Sólo diré que son dos guionistas de larga experiencia tanto en cine como en televisión, y que ambos imparten clases habitualmente. O sea, que saben de lo que hablan.

Voy a copiar y pegar sus dos primeros mails sin apenas edición por mi parte; la mínima imprescindible para eliminar alusiones o ejemplos personales que no vienen al caso. A estos dos mensajes siguieron algunos más (de los que copio extractos) en los que ambos guionistas fueron acercando posiciones, demostrando que en el fondo ambos tienen razón. Eso es lo que pensé yo cuando los leí, que estaba de acuerdo con los dos, y por lo que me parece interesante compartir y comentar sus reflexiones aquí.

Mail guionista A

Yo es que soy muy de manuales.

Vamos, no es que me apasionen, pero el discurso anti manuales últimamente me disgusta. Estoy un poco harto de profesores de guión que reniegan de los manuales (y no va por ti, Guionista B), que dicen que escribir guiones no se enseña (si es así, no sé qué hacen dando clase) y que desprecian las escaletas, por ejemplo.

No podemos comportarnos como si no se hubieran escrito muchas cosas ya sobre guión, o sobre escritura dramática en general, como si no formáramos parte de una tradición, como si cada vez que nos sentamos delante de un ordenador estuviéramos inventando la rueda.

Y los manuales lo que cuentan es lo que ha pensando otra gente antes que nosotros sobre esto de escribir.

Los hay buenos, malos, y regulares, pero para mí la actitud anti manuales es una actitud anti cultura.

Me dan envidia los actores. No hay ni uno que no sepa lo que es un conflicto, o un objetivo. Ni uno.

¿Supuestos profesores de guión que no conocen su oficio?

A patadas.

Y así tenemos los resultados que tenemos.

La técnica sirve para poder expresar la emoción. No la constriñe.

Pero nada, las escuelas llenas de “profesores” de guión que no enseñan nada porque “no hay nada que enseñar”.

Mail guionista B

Yo estoy en contra de los manuales. No de los libros de guión. Ni de lo que escriben los guionistas sobre cómo trabajan, cómo escriben, a qué problemas se enfrentan, las herramientas que utilizan, cómo se dan siempre cabezazos en los mismos sitios.

Yo soy totalmente pro cultura y por eso soy anti manuales.

Los manuales de guión son algo tranquilizador, simplificador, reductor, tanto que al final no dicen más que perogrulladas que se pueden contar en cinco páginas. Tonterías que luego sueltan ejecutivos de la cadena como papagayos sin entender nada de las historias, ni de cómo funcionan. Armas para el enemigo.

Me parece que además da una falsa sensación de seguridad, de creer que sabes, piensas que con entender algo ya sabes hacerlo, y no es así.

Es una herramienta para forenses, para analizar cadáveres, no para dar vida.

Que sí, que para estudiar medicina tienes que ver algún muerto, pero eso es el primer año o el segundo… Los cuatro siguientes, más los del MIR, te los tiras pegándote para intentar comprender el rollo ese del milagro de la vida y cómo hacer que la gente no se muera.

Cómo decía alguien listo que no recuerdo, a escribir guiones no se enseña, pero se aprende… escribiendo.

Y si en ese aprendizaje alguien te puede echar una mano, pues genial, pero al final el curro lo tienes que hacer tú, los errores los tienes que cometer tú, y la gilipollez de los tres actos es algo que se tarda tres minutos en comprender, y cuando te pones a escribir es siempre el mismo infierno. Divertido, pero un infierno.

Yo a Syd Field, Mckee y compañía los sentaba en una silla y les decía: “Tienes un año para escribir un buen guión. Syd, si tu guión no le mola a Mckee, te mato. Robert, el colega Field se va a leer lo que escribas. Si le encuentra algún pero… degollado”.

Y dicho esto, ya acabo, estoy básicamente de acuerdo contigo. El otro día citaba (un dramaturgo y profesor), del que aprendo a cubos, a un sabio que decía de la gente que quiere escribir sin reglas, totalmente libre: “Si escribes sin seguir unas reglas conocidas, escribirás siguiendo unas reglas que desconoces”.

Qué gran verdad.

Más adelante, el guionista B añadía:

No hay reglas para que una peli sea buena. Eso es lo que creo que hay que decir a la gente respecto a los manuales. ¿Está bien que tu peli siga una estructura clásica que está en una tradición, un código que la gente entiende más rápido, que tenemos ya casi en el hardware? Pues sí, pero eso no es todo, ni mucho menos.

Y el guionista A respondía:

Yo creo que conocer las reglas básicas, o cómo se suelen escribir las historias en un determinado medio, es necesario. Que sí, que luego hay que escribir, pues claro. Pero tener algunas ideas en la cabeza te ayuda. Yo la mitad de las veces cuando estoy escribiendo un guión y no funciona es porque no he respondido bien (o creo que he respondido bien y no es así) alguna pregunta básica tipo: “¿Qué quiere el personaje?”. A ti muchas cosas te parecerán perogrulladas. Pero te lo parecerán porque las sabes. Te aseguro que el 90% de los alumnos que se supone que han estudiado guión se van de las escuelas sin saberlas. Igual lo de los tres actos. Vale, son cinco minutos. Pero cinco minutos que en muchos casos no se han empleado en eso. Conocer la teoría no te convierte en guionista. Pero te facilita las cosas.

A lo que el guionista B replicaba:

La movida es cuando estás en el follón y tienes que ver si has de respetar a ¿Syd Field, el género, a McKee, el materialismo dialéctico? Pues eso se llama intuición y es lo que un guionista tiene que encontrar trabajando mucho y currando mucho y, claro está, sabiendo mucho de las herramientas para construir historias.

Y para mí esa es la diferencia fundamental entre lo que estamos diciendo (el Guionista A) y yo. Que no es para tanto.

Yo prefiero decir herramientas. No reglas.

Vamos, que utilizar una estructura tradicional y clásica te puede ayudar a contar tu historia, pero a lo mejor lo que tú quieres contar necesita de otra estructura. Que es fundamental que sepas que si usas esa estructura no convencional tendrás más dificultades en ciertos puntos y lo mismo no será tan universal. Pero es eso: una herramienta, algo que te ayuda a ti a contar tu historia, y no algo a lo que tú tengas que supeditarte para meter tu movida en ese marco.

Lo mismo que supongo que un buen pintor debe controlar muchas técnicas y saber cómo pintaban otros y conocer la historia de la pintura, pues igual para el guionista.

Pero primero está tu historia y lo que tú quieres contar y luego las herramientas para conseguir eso.

Hasta aquí las reflexiones de A y B.

Como decía más arriba, yo creo (y ellos también, estoy seguro) que los dos tienen razón y que sus afirmaciones sólo difieren en matices. Tiendo a estar más de acuerdo con B en que la mayoría de manuales presenta el proceso de escritura como algo mucho más metódico y procedimental de lo que en realidad es. No hay fórmulas, recetas, reglas, pasos a seguir. Hay unas herramientas y ciertos criterios a la hora de usarlas. Coincido con A en que tenemos que conocer a fondo cómo afrontaron otros la escritura, estudiar cánones que pertenecen a nuestra tradición y a nuestra cultura para extraer enseñanzas que nos serán útiles incluso fuera de esos cánones.

A menudo cito el decálogo de Sister Corita, una monja y artista plástica de los sesenta que impartía clases de arte en California y cuya “regla número 8” dice así: “No intentes crear y analizar al mismo tiempo. Son procesos diferentes”. Pues bien, muchos manuales confunden ambos procesos. Los mejores son, en mi opinión, los que son conscientes de esta diferencia. Pero lo que dice Sister Corita es que no intentes hacer las dos cosas al mismo tiempo, no que renuncies a ninguna de ellas. Del análisis se pueden sacar muchas conclusiones que después puedes aplicar al trabajo creativo.

El decálogo de la Hermana Corita. Atentos a la Regla número ocho

El decálogo de la Hermana Corita. Atentos a la Regla número ocho

Escribir guiones es un oficio, y todos los oficios se aprenden practicándolos. La repetición es fundamental. Y, como en todos los oficios, ayuda tener a alguien cerca que lo conozca de primera mano, un tutor, para que te oriente en el aprendizaje. En mi opinión, es fundamental que esos tutores conozcan el oficio desde dentro, que lo ejerzan activamente. Algunos de los manuales de guión más célebres han sido escritos por personas que conocen la teoría, pero desconocen el oficio. Quizá su éxito radique precisamente en ese desconocimiento: prometen resultados. La práctica, sin embargo, nos enseña que los resultados no dependen sólo de fórmulas y procedimientos. Requieren trabajo, reescrituras,… tiempo. Es muy tentador pensar que basta con leer unos cuantos manuales y con acudir a un curso intensivo para saber cómo se escribe un guión. Pero no es cierto. El marco ideal para el aprendizaje sería un taller, un grupo de trabajo que se reuniera semanalmente durante un plazo de al menos seis meses y desarrollase las historias de los participantes bajo la tutela de un guionista experimentado. Desgraciadamente, parece más popular y atractivo acudir tres días a escuchar a un gurú que predica con la seguridad del que sólo ha visto los toros desde la barrera.

Como dice A, aprende todo lo que puedas sobre la escritura dramática.

Como dice B, no confundas entender cómo funciona con saber hacerlo funcionar.

Pero sobre todo, independientemente de lo que digan A y B, sigue su ejemplo:

Escribe sin descanso.


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