LAS CANCIONES: ESCUCHAR CON TODO EL CUERPO

4 septiembre, 2019

Por Sergio Granda

Pocas veces el teatro se olvida de su público o del mundo que le toca vivir y, desde luego, no es casualidad descubrir una apuesta como Las canciones aquí y ahora. El ahora es nuestro 2019, un tiempo ahogado por continuas opiniones, por el ruido de palabras y caracteres que, en ocasiones, confunden el juicio crítico con la guillotina. Es una particularidad del mundo contemporáneo. Para bien o para mal, todos juzgamos todo (no hay mejor prueba que este texto), porque si no, dejamos de existir. Y porque escuchar es difícil. Requiere, de alguna forma, vaciarse, salir de uno mismo para ir a otro lugar.

Frente a esa sobrecarga de opinión, el nuevo montaje de Pablo Messiez se revela como una enérgica defensa del silencio y la escucha; la historia de siete personajes que se vacían por completo y se llenan de música, para perderse del mundo, del ruido y de sí mismos.

El texto ofrece ese punto de partida. Cuatro hermanos deciden, tras la muerte de su padre, un controvertido músico, alejarse del bullicio mediático con una peculiar terapia: escuchar las canciones que más les emocionan. Su ritual no significa dar al play, cerrar los ojos, y esperar a que la melodía les pase por encima. El autor propone una escucha física, visceral y comprometida con cada nota. Porque la música provoca emoción y aquí las emociones se exteriorizan con todos los músculos del cuerpo, con movimientos desordenados o lenguaje gestual. Incluso con orgasmos. Lo que sea, pero que sea apasionado.

Más allá de su concepto de escucha, la obra echa a andar con la llegada de una pareja de músicos, admiradores de la figura paterna ausente, que, ajenos a estas sesiones, funcionan como eficaz herramienta narrativa para familiarizarnos con las reglas de este particular universo. Ellos dejan por un tiempo sus instrumentos y su voz para cruzar al otro lado. Así, vivir y sentir las canciones, hará que de cada uno surja lo nuevo y desconocido. Porque ahí está la clave: escuchar nos cambia más que hablar. Liza Minelli, Etta James, Jaques Brell o Tom Waits ponen banda sonora a ese proceso de descubrimiento. En total, más de veinte canciones que no suenan por sonar, sino que estructuran la representación y dan pie a que los personajes tomen las riendas, o, como mínimo, se vean confrontados con sus miedos.

En este sentido, todos ellos atraviesan sus conflictos con intensidad pero siempre de acuerdo a ese mensaje de escuchar con pasión. Sí, se trata de una apuesta más enfocada al concepto que a la trama, pero todo exhala verdad y fuerza, quizás porque los conflictos individuales orbitan en torno a un mismo planteamiento temático central.

Pero el mensaje no se queda en el escenario. Dice Olga, una de las hermanas, que “aquí no se canta. Aquí se viene a escuchar”. Y esa frase sale de su boca para trascender y llegar hasta el público, invitándolo, de alguna forma, a ser parte de lo que sucede en la obra. Y es que, pocos espacios hay donde el acto de escuchar en vivo sea tan voluntario, o tan consciente, como el teatro. Así, Las canciones también se manifiesta como una sutil defensa del propio arte: un teatro, cualquier teatro, es como esa habitación aislada en la que los hermanos se reúnen durante horas; en cierta forma, es un pequeño patio trasero en el que dejar que otros canten o tomen la palabra. El texto se hace cargo de esta idea hasta las últimas consecuencias, llegando a proponer un juego en el que cada uno puede elegir cómo recibe la música, que es, en el fondo, la forma en la que cada uno recibe la obra.

Por otra parte, la dramaturgia y la dirección de Messiez se presentan con un tono heterogéneo que viaja desde el drama familiar inspirado por personajes de Chejov, como los de Las tres hermanas, a la comedia gestual o momentos decididamente transgresores.

Brilla el texto, brilla la dirección y brilla también lo que en ocasiones pasa desapercibido. La excepcional coreografía desarrollada por Lucas Condró está perfectamente alineada con la escenografía de Alejandro Andújar, el diseño sonoro de Joan Solé y la iluminación de Paloma Parra. Y todo ello define el mejor ecosistema posible para la obra: una indeterminada caja de música que late con fuerza en cada parlamento y en cada canción.

Sin embargo, la propuesta de Messiez funciona con aplomo gracias a siete actores absolutamente comprometidos con una idea que les exige casi tanto desgaste físico como emocional. Javier Ballesteros, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro, Joan Solé y Mikele Urroz. Son ellos, los siete, quienes se desnudan por completo, quienes bailan y gritan y lloran y ríen con tanta entrega y generosidad que resulta imposible no sentir lo que sienten.

Las canciones tiene el calado de un teatro que analiza con certeza cómo somos y cómo nos comportamos en comunidad. Su relato defiende algo que se pierde en cada grito de teclado, en cada titular descontextualizado o en la guerra del click a toda costa, para proponer una alternativa: escuchar antes que gritar; música frente al ruido.  

“Las canciones” estará en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el 6 de octubre. El próximo jueves 26 de septiembre, además, el equipo tendrá un encuentro con el público en el que se comentará la función.


COPENHAGUE. LA INCERTIDUMBRE DE DOS GENIOS.

3 junio, 2019

por Sergio Granda

Al igual que el principio de incertidumbre, Copenhague es la imposibilidad de medir con exactitud un fenómeno. En física cuántica, ese fenómeno es la posición exacta de una partícula en relación a su velocidad; en la obra del dramaturgo Michael Frayn, es la incierta relación entre dos de las figuras más brillantes de la historia de la ciencia: Nils Bohr, premio Nobel de Física en 1922, y Werner Heisenberg, padre de la citada teoría. Del conocido y enigmático encuentro que ambos tuvieron en la capital danesa en 1941, nace un fascinante thriller científico que transforma lo racional en emoción y que explora las hipótesis más conocidas en torno a este episodio. Porque nadie, ni siquiera ellos mismos, podrá nunca definir con claridad lo que se hizo o lo que se dijo allí.

Esa es la equis a despejar. ¿Cambió este encuentro la Historia para siempre?

Por aterrizar, Copenhague es una obra de abundante contexto histórico y biográfico, que se ofrece inteligentemente destilado sin interrumpir el avance de la narración. Así comprendemos que Bohr y Heisenberg fueron, antes de nada, maestro y alumno, y años más tarde, dos compañeros de trabajo que cimentaron las bases de la física cuántica. Pero con el estallido de la IIGM, su vínculo fisionó: Bohr, del lado de los aliados, y Heisenberg, del lado nazi, personificaron la carrera nuclear de los bloques contendientes y dividieron a la comunidad científica centroeuropea. A pesar de la distancia ideológica, en septiembre de 1941 Heisenberg viajó hasta el Instituto Niels Bohr para reencontrarse con su antiguo maestro. Y a partir de aquí, todo es un misterio. Para unos, Heisenberg solo quería consejo de su maestro; para otros, fue un enviado de las fuerzas nazis con el objetivo de obtener información estratégica; una tercera versión apunta que quiso acordar con Bohr un retraso conjunto en el desarrollo de la tecnología nuclear.

De esta forma, bajo la cuestión de si es lícito que un científico investigue una tecnología destructiva, aunque sea con ánimo defensivo, la obra se adentra en las implicaciones morales que tenía el desarrollo de la física nuclear en aquellos tiempos. Un debate moral que se exprime hasta la sequedad, y que empuja al espectador a reflexionar desde todas las posturas. Sin respuestas, claro. Tan solo siguiendo un improvisado método científico con el que demostrar qué hipótesis es la correcta.

Y ahí, en el dilema humano, es precisamente donde uno se olvida de la ciencia. Todos los isótopos, positrones y electrones pasan a un segundo plano para dejar en foco una disyuntiva universal: ¿es legítimo atacar para no ser atacado? Los argumentos en ambas direcciones dibujan en silueta a dos personajes enamorados de su profesión, pero irremediablemente polarizados por un contexto que no permite la neutralidad. Dos personajes conscientes de que la política ha instrumentalizado todo su intelecto.

Con un tono cercano a un episodio de la posterior Guerra Fría, Copenhague teje un duelo de desconfianzas y segundas interpretaciones que roza el espionaje y pone sobre la mesa la dualidad moral de sus protagonistas: uno, Heisenberg, de parte de la barbarie nazi, pero que no pudo fabricar una bomba nuclear, y por tanto, no fue responsable directo de la muerte de millones de personas. Otro, Bohr, que de parte de los aliados tuvo implicaciones en la bomba que cayó sobre Hiroshima. ¿Cuál de los dos causó más daño?

Siguiendo esta idea, Frayn se hace cargo de un Heisenberg enamorado de Alemania, pero de una Alemania como territorio y cultura, sin esvásticas. Como él mismo dice, “Alemania es el país culpable pero también es mi vida”. Su papel en la Guerra, como parece apuntar la Historia, fue asegurar su presencia al frente de las investigaciones nazis para, de alguna forma, garantizar que el Tercer Reich no llegase nunca a fabricar la bomba atómica.

Pero lejos de estar contado como un mero episodio histórico, Frayn añade una tercera figura que pone al espectador en el centro del escenario: Margrethe Norlund, incansable árbitro que nos guía a través del laberinto ético por el que Bohr y Heisenberg se pierden. La inclusión de Margrethe es fundamental para que la fórmula funcione. Ella es mucho más que la esposa de Bohr; es el puente que conecta a ambos físicos con el patio de butacas. Margrethe Norlund no es física cuántica y esa es precisamente su ventaja. Ella obliga a la traducción, a rebajar la complejidad, a  separar los verdaderos conflictos éticos y humanos de la abrumadora jerga científica.

En este sentido, la voluntad de que el texto no sea una imaginativa transcripción de lo que pudo haber sucedido, también se ve reflejada tanto en su construcción como en su puesta en escena. Y es que la obra intercala el encuentro Bohr-Heisenberg con el análisis que estos dos personajes y Margrethe hacen en retrospectiva del mismo. Esto sucede desde un indeterminado limbo, casi como si tres muertos hicieran examen de conciencia muchos años después, muy lejos de allí. Una pulcra escenografía otoñal sirve de escenario común para ambas líneas temporales.

Desde este enigmático lugar, los tres hacen un extenuante ejercicio de memoria, evocando también otros momentos clave de su relación. Desde la primera vez que se vieron o las agotadoras exigencias de Bohr en su posterior trabajo conjunto, hasta algún episodio posterior a la Guerra. Bajo esta premisa, el tiempo y el espacio se mezclan, se interrumpen y se reordenan en el intento de construir un recuerdo correcto.

Porque Copenhague no es tanto la página de un libro de historia, sino el intento de tres personas que luchan por leer esa página nunca escrita.

Desde el 23 de Mayo el Teatro de la Abadía acoge Copenhague, la historia de tres mentes brillantes que tratan de explicarnos (y de explicarse a sí mismos) cómo fue aquel pedazo de la Historia. Claudio Tolcachir adapta la dramaturgia original y dirige a Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez en un montaje intenso y apasionante, que saca brillo al ya brillante texto de Michael Frayn.

Gracias a su éxito, esta versión se ha prorrogado hasta el 14 de julio.


LA VUELTA DE NORA (CASA DE MUÑECAS 2)

7 mayo, 2019

por Sergio Granda

Dar un portazo no significa necesariamente cerrar una puerta. Nada es tan sencillo. Porque hay portazos que resuenan, durante años, en la memoria de quien se va y en la conciencia de quien se queda. El portazo que dio Nora al final de Casa de Muñecas dura ya 15 largos años de su vida y 150 cortísimos de nuestra sociedad. Pero Nora ha vuelto, decidida a deshacerse para siempre del apellido Helmer.

El punto de partida es sencillo pero contundente: convertida en una popular escritora feminista, Nora regresa al mismo salón en el que abandonó a su marido y a sus tres hijos, con un espinoso propósito: formalizar los papeles del divorcio. Como telón de fondo, un retorcido chantaje que recuerda en cierta forma al que detonó la obra de Ibsen y que la obliga a demostrar que no guarda relación contractual con ningún hombre. Complicado. No son buenos tiempos para una mujer que quiere vivir fuera del matrimonio con voz propia, pero, sobre todo, no son buenos tiempos para una antisistema que lucha por contagiarnos su desprecio por la monogamia. Y la firma de Torvald, aun cargado de violencia e incomprensión, es un peaje casi imposible de pagar. Casi tan caro como la aprobación de su hija, Emmy, y de la niñera, Anne Marie, que tampoco han podido encajar el concepto de madre ausente. Como la propia Nora dice, un hombre se divorcia sin más, pero una mujer debe demostrar que lo merece.

Y sí, el divorcio es el motor que mueve a Nora hacia la emancipación, pero esta solo es la excusa formal para desarrollar con profusión su reverso, el matrimonio, el verdadero tema de fondo que late bajo cada línea de diálogo. El matrimonio, desde el punto de vista de la protagonista, es un contrato cruel, en ocasiones mortal, que, casi por definición, resulta antagónico a la libertad de cualquier mujer. Una trampa de nuestra sociedad, para borrar definitivamente el amor entre dos personas, si es que alguna vez lo hubo. Bajo esta máxima, la protagonista nos explica el por qué de su portazo y se defiende del chaparrón frente a su familia y frente a la sociedad.

Esa sociedad somos nosotros.  

Porque es cierto que la acción transcurre en una época lejana, pero no hace falta estar muy atento para darse cuenta de que, en el fondo, el texto no habla tanto sobre las leyes matrimoniales de finales del siglo XIX, como de una España trasnochada, que se niega a aceptar que todavía no vive en igualdad. El mundo que importa es el de los que están sentados abajo, en la oscuridad, y no tanto el de la Noruega de Ibsen. De hecho, cuando Nora trata de convencer al resto de personajes de que dentro de 30 años (al cálculo, años 20 del siglo XX), las sociedades modernas se habrán desprendido del matrimonio como imposición social, y que las mujeres vivirán en verdadera igualdad, casi se puede escuchar el murmullo del público. Un público que la escucha 140 años después, sabiendo que, en ese sentido, las cosas no van nada bien por aquí. Y en todo esto encontramos la clave: Nora es una idealista de 1895 con un mensaje casi tan necesario, si no más, en este 2019. En cierto modo, La vuelta de Nora viaja en paralelo al feminismo del 8M: la historia de una mujer que trata de explicarle incansablemente a un hombre tozudo por qué desprecia ser tratada como una menor de edad, o como algo frágil a lo que hay que proteger.

De hecho, ese diálogo permanente entre ambos tiempos, se hace concreto en el reencuentro con su hija. Emmy desea por encima de todo contraer matrimonio con el que dice es el hombre de su vida, al que por amor desea encadenarse, repitiendo, seguramente, los mismos errores de su madre. En este sentido, la idea de que Emmy representa el mundo actual salta a la vista, y más teniendo en cuenta que viste, habla y razona como una veinteañera de hoy en día. Una inteligente ruptura de la coherencia temporal que nos desvela las intenciones del autor: el mensaje por encima de la trama.

casa de muñecas

A pesar de todo esto, La vuelta de Nora no es una obra de buenos y malos. El acierto del texto reside en cargar de motivos y motivaciones por igual a sus cuatro personajes. Esto, tan ortodoxo en la teoría como complejo en su ejecución, obliga al espectador a participar desde la butaca para tratar de dar respuesta a los dilemas que plantea. ¿Huir significa ser fuerte? ¿En qué casos podría ser lícito abandonar a tus hijos? En esta historia, todos han sufrido y todos han perdido, lo cual funciona como perfecto motor emocional para que el público empatice con todas las partes. Lo que hace que sigas pensando en La vuelta de Nora días después de verla, es su propósito de comprender cada voz, de hacer que te sientas un poco él o ella, de mostrar que todos están violentamente atados de pies y manos por las reglas del juego. Esta idea se completa con la insistencia de que Nora es una heroína, sí, pero su lucha también ha causado mucho dolor en la vida de las personas que más quiere. Ella es consciente y quizás sea la primera que no se lo perdone nunca.

Todos

El texto de Lucas Hnath tampoco olvida que Casa de muñecas supuso un hito en la ficción feminista, y no duda en hacer una pertinente reflexión sobre el poder transformador de las historias. Me explico: gracias a su última novela, de corte autobiográfico, Nora ha triunfado definitivamente como escritora. Sus experiencias junto a Torvald están abriendo los ojos de muchas mujeres que replantean su existencia como simples esposas o hijas. Así, el libreto reivindica el poder de la ficción como catalizador de cambio social. No solo hace un guiño a la repercusión que tuvo el original de Ibsen, sino que, plenamente consciente del alcance de ese material, aspira a que los espectadores de su versión también se cuestionen sus vidas.

Y lo consigue. Es necesario que Nora vuelva las veces que haga falta, o, como mínimo, cada vez que se nos olvide que no vivimos en una sociedad igualitaria.

La vuelta de Nora es la libre secuela de Casa de Muñecas de Ibsen, cuyo texto firma el dramaturgo Lucas Hnath y que ha sido uno de los montajes más celebrados de la pasada temporada en Broadway. La versión española está dirigida desde las entrañas por Andrés Lima y ofrece un elenco de altura: Aitana Sánchez Gijón, Roberto Enríquez, Máría Isabel Díaz Lago y Elena Rivera. A quien le interese, Nora, Torvald, Emmy y Anne Marie estarán tratando de comprender su mundo, que es nuestro mundo, en el Teatro Bellas Artes, del 25 de abril al 23 de junio.


¿POR QUÉ DEBES CUIDAR DE TUS ESCENAS SI QUIERES UN BUEN GUIÓN?

23 noviembre, 2017

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

“No es nuestra intención dar a luz un texto más que repita, redunde, sintetice, o simplemente recicle, lo que ya otros muchos volúmenes especializados en la escritura de guiones para el cine se han encargado de hacer previamente.”

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Con estas palabras empieza “Escenas de Cine: Guión y Análisis”, libro coral firmado por hasta diez profesionales del guión. Y, tras su lectura, podemos afirmar que han conseguido su objetivo. Lejos de repetir lo que hemos leído tantas veces, estamos ante un manual que consigue explorar un terreno que, si bien podemos saber que existe, no estaba hasta ahora recogido de una manera tan clara.

En esta edición, que corre a cargo de Arkadin, los editores y coordinadores del Máster de Guión de la UPSA Miguel Ángel Huerta y Pedro Sangro se han propuesto crear un manual dirigido tanto a los estudiantes de guión como a los profesionales del mismo, combinando un tono didáctico con diversas enseñanzas prácticas que le serán útiles a cualquiera que quiera dedicarse (o que ya se dedique) a esta disciplina. Los que firmamos este artículo iniciamos nuestra andadura en el mundo del guión en dicho Máster, por lo que a título personal nos es un placer poder reseñar este libro y poder así agradecer en cierta manera todo lo que aprendimos y nos llevamos de sus aulas.

Hay varios factores que pueden hacer de este manual una opción muy interesante para dedicarle unas horas a su lectura.

En primer lugar, el objeto de análisis está alejado de lo que solemos encontrar en otros manuales, quizá más centrados en analizar el guión y todo lo que le rodea en su conjunto. “Escenas de Cine” centra su estudio en el estudio pormenorizado de la escena y todo lo que le rodea para poder así construir unidades dramáticas más complejas e interesantes.

Partiendo de la base de entender la escena como una unidad cinematográfica de espacio y tiempo, el estudio de dicho elemento en este manual permitirá a su lector ampliar las miras de su proceso creativo, reflexionando sobre la escena no solo como la unidad narrativa más pequeña, sino también como la unida poética y dramática más potente que podemos escribir. Por tanto, podríamos decir que una de las máximas pretensiones de este libro es defender a ultranza la necesidad de cuidar la escena por encima de los macroelementos de estudio del guión.

Esto es algo que también defienden los hermanos Remón (y de lo que nos han hablado mucho en las diversas entrevistas que hemos podido realizar con ellos, que las tenéis aquí, aquí y aquí). Para que el guión en su conjunto pueda tener un sentido coherente y armónico, es necesario detenerse antes en todas y cada una de las escenas para reflexionar, más allá del papel que juegan en el conjunto y la forma en la que se superponen una a la otra, sobre cómo se utilizan los elementos que entran en juego escena por escena.

Por qué nos decantamos por un espacio dramático y no por otro, cómo podemos mejorar nuestra escena buscando el broche de oro final que la haga más redonda, cómo determinar si nos conviene un monólogo o una acción visual para nuestro clímax… estas son solo algunas de las preguntas a las que probablemente el lector pueda dar respuesta tras la lectura del libro.

En segundo lugar, su estructura, que como decíamos está elaborada de una manera muy coral, enriquece la diversidad de opiniones y puntos de vista. En total, el lector puede encontrar en las páginas de este libro diez capítulos que se encargan de profundizar en aspectos diferentes de la construcción de la escena. Esta división permite que la lectura del manual sea muy práctica y sencilla, puesto que el que así lo necesite puede recurrir a la lectura exacta de lo que le haga falta para el desarrollo de su escena.

Como valor añadido, cabe destacar que el equilibrio entre los que firman dichos capítulos (todos ellos profesionales de renombre cuya trayectoria personal así lo corrobora) se ha encontrado mediante la búsqueda de la aportación desde diversas ramas. Así, los primeros capítulos están firmados por los docentes de Guión Antonio Sánchez-Escalonilla, Pedro Sangro, Miguel Ángel Huerta, Juan Medina, por el escritor Xavier Pérez (La Semilla Inmortal) y el historiador y crítico de cine José Luis Sánchez Noriega, mientras que los restantes vienen de la mano de los guionistas Carlos Molinero, Verónica Fernández, David Muñoz y la analista de guión Ana Sanz-Magallón, autora del también conocido Cuéntalo Bien.

Que no se engañe el que lea estas palabras: tanto los capítulos firmados por académicos como los firmados por guionistas buscan un acercamiento práctico que pueda aplicarse de manera inmediata tras la lectura. Así, no estamos ante un manual que simplemente reflexione sobre algunas herramientas o estrategias teóricas, sino que también encontramos cómo pueden aplicarse en la práctica dichas herramientas a través de un surtido número de ejemplos de escenas de películas de éxito y de las experiencias personales de los guionistas invitados a escribir en el manual.

Baste un rápido vistazo al contenido de los capítulos para darse cuenta de ello. El libro se inicia con “Escenas con espacio ambiguo: la localización como recurso de tensión dramática”, donde Sánchez-Escalonilla reflexiona sobre la importancia de la dimensión espacial y el lugar donde decidimos que ocurran nuestras escenas. ¿Por qué ese y no otro? ¿Qué nos aporta para nuestra historia? Pedro Sangro continúa con El Toque Lubitsch: cómo mejorar una escena, en el que analiza, a través de ejemplos reales del director, la importancia de jugar con las expectativas del espectador para que su participación en la escena sea activa. En El Suspense en las escenas de anagnórisis Xavier Pérez demuestra cómo el buen uso de ambos elementos (suspense y anagnórisis) en una escena puede permitir al guionista captar toda la atención del espectador.

Como no podían faltar ejemplos extraídos de nuestro cine, Miguel Ángel Huerta analiza en Ataúdes, umbrales y un señor llamado José Luis Rodríguez el guión y la puesta en escena de El Verdugo para reflexionar sobre los elementos que hacen que las escenas de dicho film sean tan redondas desde su inicio hasta su fin. El también profesor del Máster de la UPSA Juan Medina demuestra en Escenas resolutivas del policíaco: el clímax en un monólogo la potencia de cerrar las películas de este género con una escena que combine un final interesante a nivel dramático construido con uno de los monólogos aclaratorios que tanto usaba Agatha Christie. El cuentista Auggie Wren exhala humo y fábulas en ‘Smoke’ es el título del capítulo de Sánchez Noriega, en el cual nos habla de lo que comúnmente conocemos como escenas espejo (esas que tienen el suficiente poder como para que el espectador las recuerde años después de ver el film) y el lugar estratégico dentro del guión donde colocarlas para que puedan tener el mayor impacto posible.

El guionista Carlos Molinero es el encargado de abrir el bloque de los profesionales con “El viento en su pelo”: el guionista épico contra el guionista dramático, donde habla de la importancia de construir escenas que, sin tener una tensión dramática con un objetivo claro, permiten sin embargo establecer una conexión emocional entre el espectador y sus personajes. Le sigue Verónica Fernández, con “La del coche” y otras secuencias ineludibles en la vida de un guionista, donde, a través de su experiencia, da útiles consejos para enfrentarse a escenas dramáticas que suelen dar problemas, como son la muerte de un protagonista o la ruptura de una relación.

Acostumbrada como está a leer cientos de guiones, la analista de guión Sanz-Magallón nos habla en La escena es para el que se la lee sobre la importancia de escribir un guión que seduzca desde su primera lectura a la vez que brinda al lector varios consejos útiles para poder conseguirlo. El libro concluye con David Muñoz y su capítulo Trucos de Magia, a través del cual el guionista recalca la importancia de que el espectador se enganche a la película en los primeros minutos de su metraje y lo ilustra con ejemplos extraídos de films que han conseguido esto con éxito.

En definitiva, Escenas de Cine: Guión y Análisis es un completo manual en español donde el lector puede encontrar un buen compendio de ejemplos prácticos que de seguro le podrán solventar más de un quebradero de cabeza cuando deba enfrentarse a la construcción de una escena.


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