UNA REFLEXIÓN INÚTIL Y SEIS CONSEJOS “ÚTILES”.

7 junio, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Llevo bastante tiempo sin publicar aquí. Podría excusarme diciendo que he estado muy liado y sería cierto, pero también sería mentira. En otras ocasiones me he visto igual de ajetreado y, a pesar de ello, he encontrado un hueco para escribir el post de marras.

Sería más honesto confesar que a la falta de tiempo se suma el hecho de que últimamente me aburro un poco a mí mismo.

Tengo la sensación de que ya no me queda nada interesante que decir. Me repito más que el chorizo, y sí: Repetirse es algo muy humano, muy legítimo, pero mola más cuando lo haces sin darte cuenta.

Pensé: “A lo mejor necesito nuevas vivencias, nuevas experiencias” pero últimamente todo lo que vivo y experimento en este mundillo del guión me hace llegar a la conclusión de que nos dedicamos a un oficio cimentado en arenas movedizas. No se puede afirmar casi nada. No hay verdades que aguanten más de dos asaltos. Yo mismo me he descubierto contradiciéndome de un post a otro. Eso también es muy bonito, muy legítimo y humano y bla bla bla… pero te quita las ganas de escribir en un blog al que muchos estudiantes de guión (Dios se apiade de sus pobres almas) acuden esperando un contenido casi pedagógico.

Eso me lleva a otra reflexión: He comprobado que los posts que mejor funcionan son los que:

a) Prometen trucos “útiles”, como si existiesen esas grandes verdades de las que renegaba un poco más arriba.

b) Son un vehículo para quejarse por algo, indignarse, señalar objetivos hacia los que canalizar esa agresividad que nos carcome.

Personalmente, cada vez me apetece menos contribuir a que el mundo se siga enfadando consigo mismo.

¿Cuáles son los post que menos funcionan? Pues normalmente los que yo considero más interesantes: Los que intentan reflexionar sobre cuestiones más abstractas, más en la raíz que en la epidermis de la narrativa. O los que exploran temas o formatos menos convencionales.

Todo ello me hace percibir este mundo nuestro del guión como una burbuja muy endogámica. Nos gusta roer siempre el mismo hueso, regresar una y otra vez a los mismos temas, quejarnos por las mismas cosas macerándolas en la misma bilis. Hablo en primera persona porque me incluyo. Creo que hemos construido un refugio en el que sentirnos cómodos. Parloteamos una y otra vez sobre los mismos tópicos, como esos parroquianos de bar que gastan saliva rememorando una y otra vez partidos de fútbol que se jugaron hace décadas.

¿Qué intento decir con todo esto? NADA. Simplemente que llevo dos o tres intentos fallidos de escribir un post de Bloguionistas y en todos los casos he terminado borrando lo que llevaba escrito porque me daba pereza leerme a mí mismo.

Me esfuerzo tanto en escribir ese post que se niega a salir porque no me gusta esa sensación de estar despidiéndome del blog “a la francesa”. Entre otras cosas porque despedirme está muy lejos de mi intención. Prefiero considerarlo un: “Esperad, que estoy tomando carrerilla”. Dicho así puede sonar arrogante. Ya sé que con la saturación de información del siglo XXI ya nadie espera a nadie.

Voy a finalizar convirtiendo en consejos rápidos algunos de los temas que descarté para escribir posts más extensos. De esa manera tejeré la ilusión de que escribo algo “útil”:

– Si un productor o director insiste en reunirse contigo EN PERSONA para proponerte algo, pregúntale de qué se trata. Si se niega a anticiparte información porque “prefiere contártelo en persona”, desconfía. Probablemente se trate de un marrón y ese liante sabe que es más fácil engatusarte en el cara a cara, alcohol mediante, aprovechándose de que en persona nos cuesta decir “NO” incluso más que por escrito. Si alguien te quiere proponer algo jugoso (en términos conceptuales y/o económicos) te lo podrá vender por mail o por teléfono con un par de frases que aumentarán tus ganas de reunirte. Así mismo recomiendo que NUNCA TE COMPROMETAS A NADA EN UNA REUNIÓN CARA A CARA. Di que lo tienes que pensar con más calma y ya harás saber tu decisión al día siguiente, o a los dos días.

– Una vez compré el CELTX para teléfono móvil. Tenía el ordenador jodido y necesitaba escribir un guión. Me arrepentí bastante. Cuando arreglé mi portátil no encontré manera de transferir lo que había escrito en el móvil al CELTX del ordenador. Tiempo después, casi por accidente, descubrí algo interesante. Si escribes los guiones en tu móvil como borrador de e-mail de una manera concreta, luego el CELTX lo adapta automáticamente a formato guión. Basta con redactar tu escena así:

Lo que escribas así, de manera normal, luego el CELTX lo reconocerá como “acción”.

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Como ya habréis deducido, la palabra en mayúsculas de arriba la reconocerá como “personaje” y esto en minúsculas que escribo justo debajo del personaje lo reconocerá como “diálogo”.

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¡O sea, que comprar el CELTX para móvil es un puto timo!

Esto de aquí lo reconocería de nuevo como “acción”.

Me parece un truco bastante práctico cuando uno tiene un rato muerto fuera de casa y quiere adelantar trabajo.

– Si estás empezando y buscas curro, lo mejor que puedes hacer es acosar a guionistas que sí tienen trabajo. Escríbeles mensajes privados y pídeles que te avisen si se enteran de que buscan gente en algún sitio. Lógicamente, la tendencia será avisarte y recomendarte a ti, aunque no te conozcan ni sepan cómo trabajas, en lugar de recomendar a guionistas experimentados que conocen en persona y tienen garantías de currar bien. Obviamente no estoy hablando en serio. Lo subrayo porque escribo sobre personas que al parecer no pillan del todo bien las indirectas. Esos mensajes privados de ligón de discoteca no hacen ningún bien a quien los perpetra. Cuando alguien se salta los protocolos de esa manera sólo consigue poner a la defensiva a esos acosados que intenta convertir en aliados. Yo nunca recomiendo para ningún curro a un desconocido que me aborda con semejante actitud. Lo primero que pienso es: Si se porta así en un mensaje privado, ¿cómo se portará en una sala de guionistas? Que sí: Que todos lo hemos hecho. Que todos hemos sido jóvenes y estúpidos. Que nadie puede tirar la primera piedra. Sólo intento ahorraros tiempo y decepciones. Estamos inaugurando una era en la que cada vez hay más escaparates en los que exhibir tus trabajos, tu talento o tu carencia de él. Muéstrate, sé tú. Deja que la gente se acerque a ti en vez de colarte tú en sus jardines privados.

– Del mismo modo en que se menosprecia la comedia aunque según muchos sea más difícil de escribir que el drama, creo que también se menosprecia a los dialoguistas aunque, en mi opinión, a veces es más sencillo escaletar que dialogar. Conozco muchos guionistas que son excelentes orquestando tramas, pero conozco pocos que realmente sepan escribir buenos diálogos. Quizá se deba a que las tramas tienen más que ver con la arquitectura, mientras que los diálogos son ese relámpago que insufla vida al monstruo de Frankenstein. A ello se le suma el hecho de que no es lo mismo escribir un diálogo para un drama, para una sitcom o para el doblaje de una película. Es casi una cuestión de géneros musicales. Hace poco estuve escribiendo relatos cortos y reescribiendo una novela. Recuerdo que pensaba una y otra vez: “Qué gustazo poder dialogar para que se lea bonito, sin preocuparme de que luego suene natural”. Supongo que cuando uno lee es libre de construir la musicalidad del diálogo en su cabeza. Cuando uno escucha, son embargo, esa música viene impuesta desde fuera. Algunas cosas funcionan muy bien leídas pero no hay Dios que las defienda habladas.

– Los tratamientos son un invento de Satán.

– Me contradigo a mí mismo: Satán es muy listo. Nunca habría inventado una bazofia como el tratamiento.

Y creo que esto es todo, de momento.


MIEDO A SALIR DE CASA

13 junio, 2013

por Carlos López

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Te gustaría componer la tópica estampa romántica del creador en su nido, el inventor de mundos, aquel que cada día transforma sus ideas en palabras nuevas que plasma en papel. El escribidor.

Te gusta imaginarte así, fértil, elegante, libre. Pero sabes que es mentira. Para empezar, la mitad de lo que escribes no es nuevo, te pasas la jornada reescribiendo, ya ni sabes por qué número de versión te andas. Y qué vas a plasmar tú en papel, si cada vez que quieres imprimir la ley de Murphy agota los cartuchos de tinta. Ni plasmas ni escribes ni inventas. En cuanto a la estampa romántica, reconocerás que en pijama y pantuflas desmereces mucho y los días de chandal tampoco ayudan: a veces te ves reflejado en la pantalla del portátil y con ese punto taleguero del chándal te da por pensar que escribes alojado en una celda de Soto del Real. La de castigo.

Ayer era fecha de entrega y aún no has pasado del primer acto. Peor: te has lanzado a escribir sin cuadrar la escaleta, sin haber sido capaz de decidir qué sucederá en el tramo final. Decidir, ese verbo temido. Las ideas rondan por tu cabeza como los pajaritos que ve Roger Rabbit cuando le dan un martillazo. Y mientras sopesas cuál de ellas conviene atrapar, las horas se te escapan contestando correos, anidando en twitter y en facebook, aterrizando en esa página donde el azar te ha llevado a encontrar esa noticia que no puedes dejar de leer. Aquí hay una película, te dices. La excusa que nadie te ha pedido.

Vale, hay días que no. Hay días que echa fuego el teclado. La creatividad es así, no comulga con el calendario. Da igual: deberías salir de casa, respirar otro aire, conocer gente. Se escribe de lo que se vive, dentro de poco sólo podrás describir las paredes de tu cuarto.

Pero pasan los días, vas sumando secuencias y sigues ahí. Encerrado. Trabajando. Te parece una ventaja no tener que hablar con nadie. Y mientras estés al teclado eres el náufrago que abraza el madero: flotas, no sabes adónde vas, puede que acabes congelado pero, de momento, si te concentras en mirar tus manos puedes convencerte de que todo va bien.

¿Te da miedo salir de casa? Sólo abandonas tu retiro cuando te reclaman para una reunión. Porque es la vida habitual de un guionista: reescribir y reunirse. No hay más. A veces acudes al reclamo con ganas y otras, para qué negarlo, a rastras. Te reúnes con otros guionistas, con directores, con productores, con el equipo técnico, a veces con actores, puede que con lectores o ejecutivos de las cadenas. Reuniones en las que te puede tocar llevar la voz cantante, pero lo habitual es que escuches, tomes notas, discutas lo imprescindible… y te vuelvas a casa con un nuevo mandato. A reescribir. A reescribir hasta la próxima reunión.

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Has pasado muchas horas en ese tipo de salas, una mesa y unas sillas, poco más, casi siempre sin ventanas, con un plasma apagado, botellitas de agua, quizá el cartel de algún éxito sepultado por el tiempo.

Hay reuniones de las que depende la supervivencia del proyecto. Algunas en las que se te adjudica la responsabilidad de convencer a un inversor, o a un candidato a director. Otras en las que no pasa nada que no estuviera previsto. Una reunión puede ser tu válvula de escape, el mercado donde se intercambian las ideas, donde crece el guion, donde se reparte el trabajo o se toma perspectiva. También puede ser un infierno, una pérdida de tiempo o el germen de un enfrentamiento.

O todo a la vez, en la misma reunión.

Cuando te sientas a una reunión, siempre recuerdas el consejo de David Mamet: busca inmediatamente quién de todos los que asisten es el tonto, el que pagará los platos rotos. Y si no lo encuentras, que no te quepa la menor duda: el tonto eres tú.

Que suele ser el ánimo con el que empiezas la reunión. Así te va.

LAS COMIDAS DE TRABAJO son las peores. Impaciente porque la conversación se centre en lo importante, no te atreves a comer por miedo a atragantarte, que más de una vez te has visto tosiendo nada más empezar a vender tu historia. No te parece correcto pedir un plato caro, entre otras cosas porque nunca estás seguro de quién va a pagar la cuenta. Un concepto muy nuestro –somos el único país de Europa que se detiene dos horas para sentarse a devorar, ¿o no?– en el que ni se come ni se trabaja. Y por supuesto, ni se te ocurra beber otra cosa que no sea agua, por mucho que a tu alrededor todo el mundo pasee el dedo por la carta de vinos: de ti se espera que hables de tu guion, o al menos un chiste bien contado, imagínate si llegado el momento te ves eufórico, con la lengua patinosa, o en el momento eres-mi-mejor-amigo. Por fortuna, la crisis está acabando con esta práctica: hoy, los productores te citan en su despacho, como debe ser, y te invitan a un café.

LAS REUNIONES CON PRODUCTORES, o con posibles financieros, te recuerdan que ésta es una profesión de examen constante, que eres un opositor obligado a superar una prueba tras otra. A ti te va a tocar vender la pescaílla, convencer a quien haga falta de que eso es una buena historia y de que, no te olvides, puede ser un buen negocio. No te hagas de rogar si has de contar la historia una y otra vez desde el principio; al contrario, aprovecha para fijar el flanco menos débil de tu discurso. Mira siempre a los ojos. Asiente cuando te hablen de presupuestos, arquea las cejas al escuchar la cifra below the line y ten a mano ejemplos recientes de éxitos y fracasos rotundos. Ah, y sobre todo, como aconsejaba William Goldman, centra tus esfuerzos en no hablar el primero. Recuérdalo y concéntrate, que no es fácil aguantarse: pase lo que pase, no seas el primero en hablar; y no pasa nada si tampoco eres el último. Esto sirve para casi cualquier tipo de reunión.

Si te reúnes con tu productor a hablar del guion, antes de nada busca la cámara oculta. Si estás seguro de que la cosa va en serio, siéntete afortunado, estás ante una rara avis, puede que especie protegida, así que trátalo con deferencia. En serio: un productor que se remanga de verdad ante un guion puede ser tu gran aliado; sabes por experiencia que lo habitual es lo contrario, que no tenga opinión, o peor, que baile según la música de cada momento. Aquellos que sueltan de entrada el consabido mantra (“lo más importante es el guion”), pero luego te pasan los informes a pelo, dejarán que tu trabajo sea pasto de las fieras en cuanto las cosas vengan mal dadas.

Si la reunión es para hablar de contrato, adopta la posición de la viejecita desmemoriada: no tienes ni idea, no entiendes, lo vas a preguntar y ya traerás respuesta. Nunca está de más recordarlo: no respondas jamás en el acto, ni el más mínimo comentario, da las gracias y llévate el contrato a casa, consulta con un abogado (aquí viene la cuña: ALMA tiene asesoría jurídica y DAMA, que es la que conozco, también; ambas, gratuitas para socios) y no te dé ningún apuro si tardas lo necesario en responder. Te meterán prisa, pero siempre vas a tardar menos que ellos en redactar el contrato. ¿Qué supone una semana más? Y por supuesto, negociar un contrato en términos razonables es una gimnasia a la que todo el mundo está acostumbrado, no sientas vergüenza en defender lo que creas conveniente. Es lo que esperan de ti.

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LAS REUNIONES CON OTROS GUIONISTAS te parecen las más divertidas, claro. A veces, tan divertidas que olvidas de que os han convocado para sacar adelante el mapa de tramas. De ti depende acabar el trabajo en dos horas o seguir discutiendo cuando se haga de noche: no es necesario hablar de la serie que emitieron ayer o de eso que te han contado que sucedió en tal o cual rodaje. Apunta religiosamente todo lo que se plantee, en libreta, en ordenador, en donde sea, todas las notas te serán útiles cuando vuelvas a casa y lo que te parecía un capítulo rebosante se te antoje, de pronto, la raspa de una boquerón. Adopta la postura cómoda para pensar, aunque no serás el primero que se queda dormido mirando al techo en busca de inspiración. Si es así, procura no roncar, siempre puedes despertar a otro en tu misma situación.

Las reuniones de guion funcionan si los guionistas aportan ideas, por muy disparatadas que parezcan al ser concebidas. Contribuye sin pudor, sin miedo al ridículo, antes de que la idea fermente y se pudra. A menudo, lo mejor sale de una idea que parecía absurda. Incluso no pasaría nada porque fueras tú el que agarra el rotulador y sale a la pizarra. Eso sí, procura no colar los mismos chistes en todas las series. Y escucha a tus compañeros. Te lo diré otra vez: escucha a tus compañeros.

A veces asistes a REUNIONES DEL EQUIPO TÉCNICO, en las que siempre aprendes algo y no es raro que te avergüences: suelen leer las acotaciones de corrido, saltándose los diálogos, y leídas así las encontrarás demasiado literarias o demasiado parcas. En esas lecturas te das cuenta de que tus deseos son órdenes, de que cada departamento traduce tus líneas escritas en propuestas de trabajo y te prometes que en el próximo guion serás aún más preciso, más sugerente, más directo. Si LA REUNIÓN ES CON ACTORES, mantener el oído atento y mostrarse dispuesto a corregir serán medidas suficientes para que todos se sientan cómodos. No se te olvide nunca que el actor es frágil por naturaleza, esa fragilidad es su herramienta, por eso suele andar necesitado de explicaciones. A ti te sobran.

LAS REUNIONES CON DELEGADOS DE LA CADENA, lectores o ejecutivos, van a poner tus nervios a prueba. En algún caso, valora la oportunidad de medicación relajante preventiva. Procura hablar lo justo. Es más, repite para ti una y otra vez que no pasa nada si no hablas. No trates de parecer más inteligente ni más tonto que tus interlocutores: no cuela. No reacciones con gestos ni muecas. Busca un refugio para tus nervios, haz garabatos si quieres pero limítate a una hoja por una cara. Y trata de no dibujar la caricatura de ninguno de los presentes. No te sorprendas si alguno defiende una cosa y, a continuación, defiende la contraria: recuerda que ellos mandan y tienen la llave de la mayoría de las puertas, recuerda que a ellos, por tanto, les está prohibido exhibir dudas, recuerda también que han leído tu guion con calma y que están haciendo su trabajo. Recuerda que necesitan que tu serie o película sea un éxito para mantener su puesto. Así, recordando estas cosas, acabará cuanto antes y podrás seguir trabajando.

Sabes por experiencia que buena parte de lo expuesto es intercambiable, serviría de recordatorio para cualquier reunión. En todas, también, algo se repite de forma invariable: una vez acabada la reunión, todo el mundo da por terminado el trabajo y es ahí cuando empieza el tuyo. Todos se van con la cartera vacía y tú, con una larga lista de notas que cumplir.

Entonces, al menos, te dejan volver a tu celda. Y cumples tu condena con una extraña sensación de alivio. Regresas a la maravillosa rutina del escribidor. A pelearte con tu concentración y a racionarte las entradas a internet como si fueran bombones carísimos. Has vuelto a casa. Y te agarras al teclado, tu madero de náufrago.

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(No puedo dejar pasar un recuerdo a Elías Querejeta. Con su marcha se acaba una era, es cierto, una forma de hacer las cosas y un tipo de cine. Y algo más, porque no ha habido ningún productor igual a él, Querejeta fue un caso único y eso, que haya sido irrepetible, es uno de los muchos males de nuestra industria. En las reuniones, que es el asunto de hoy, Querejeta se las arreglaba para ejercer de protagonista y soltar su discurso, el gesto grave, casi amenazante, y el argumento siempre claro y directo. En una ocasión me tocó entrevistarlo para la revista de la Academia, y nos recibió –a José Angel Esteban y a mí– en el despacho de su productora. Al rato, harto de responder a nuestras preguntas sobre su manera de producir, se levantó y me obligó físicamente a sentarme en su sillón al tiempo que él pasaba a sentarse en el que yo ocupaba. Así, con los puestos cambiados, me invitó a ver las cosas desde el otro lado con una pregunta que es una lección de humildad cuando te enfrentas a las decisiones de otros: “Y tú, ¿cómo lo harías?”)


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