CUANDO EL LOMO ENCONTRÓ AL BACON

12 enero, 2015

Por Sergio Granda. 

Sergio Granda es guionista. Estudió Comunicación Audiovisual y completó su formación con el Máster de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Como cortometrajista ha estado nominado en festivales como el de Sitges, Gijón o el Notodofilmfest. Además, escribe teatro y cuenta con varias obras estrenadas en Madrid, Bilbao o Segovia. También ha trabajado en la escritura y realización de vídeos corporativos y publicidad. 

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Una de las películas con las que mejor conecto es El graduado. Y no es que yo haya tenido un tórrido romance con una atractiva mujer de mediana edad. Ni mucho menos. Es porque define a la perfección ese abismo que se abre entre el mundo lectivo y el laboral, entre la sobreprotección que da la seguridad y el fuego real.

En mi caso, ese abismo ha sido (y está siendo) muy distinto al de Benjamin Braddock, pero al igual que él, me dio vértigo plantearme mi futuro más inmediato y creía que dedicarme a otra cosa que no fuera escribir sería perder el tiempo. Sin embargo, ahora tengo la certeza de haber sacado partido como guionista de los lugares más insospechados. Es una paradoja que me sucede desde que llegué a Madrid, en junio de 2013, tras haber cursado el Máster de Guión de Salamanca, con el único objetivo de ganarme la vida escribiendo.

El peor empleado del mes.

Fue llegar y besar el santo. Era un privilegiado. El trabajo duro había dado sus frutos: por fin, era personal de equipo en un restaurante McDonalds. Y no sé por qué pero los meses que estuve poniendo hamburguesas buscaba cualquier excusa para pensar en mis proyectos: un cliente insatisfecho era un corto para el notodo, un pepinillo mal colocado sobre la carne era un microteatro y una bronca injusta era una idea de largometraje de ciencia-ficción. Como un mecanismo de defensa que me obligaba a no olvidar que, en verdad, yo no quería estar ahí. El proceso era muy sencillo: mientras trabajaba se me ocurrían ideas para unas cuantas obras maestras. Llegaba a casa. Las escribía en el portátil. Me daba cuenta de que, en realidad, eran una puta mierda. Y las borraba.

Pues así todos los días.

Sin embargo, no fue todo a la papelera. En noviembre, poco después de finalizar ese trabajo, Vicent Bendicho, Héctor Beltrán y servidor conseguimos que nos seleccionaran un microteatro en la sesión golfa. Era una comedia negra titulada Pastel de carne, a partir de una idea de Vicent, y resulta sorprendente ver reflejado en el guión la vida de cada uno por aquel entonces. Por la parte que me toca, mi experiencia poniendo BigMacs estaba más que clara. Es curioso porque no había rastro de referencias cinéfilas o seriéfilas. Nada de True detective o Breaking bad. Sólo el tipo de trabajo que hace el común de los mortales, que tienen el privilegio de trabajar. Sin duda, era la primera señal de que aquel empleo no sólo había pagado mi alquiler.

La segunda señal tuvo su origen en un penoso eslogan: “Cuando el lomo encontró al bacon”. Sé que es lamentable. Sé que es bochornosa. Ridícula. Pero gracias a esta frase me contrataron. Éramos doce personas y cada una debía inventar una consigna para el bocadillo bretón, caracterizado por su contundente mezcla entre lomo y panceta. Los mejores serían los elegidos para trabajar en un prestigioso restaurante Pans and Company, durante la campaña de navidad. Por si alguien se ha despistado, repito: “Cuando el lomo encontró al bacon”. Os podéis imaginar el nivel. Lo jodido no fue mezclar el lomo con el bacon, sino mezclar el bocadillo bretón con una comedia romántica de los ochenta. Pero, sea como fuera, ahí estuve un mes y medio poniendo bretones, griegos, napolis, mitiks y esos asquerosos palitos de mozzarella. Y yo seguía escribiendo. En casa, en el metro y en el descanso para la comida, grababa notas de voz en el móvil con ideas para guiones y cuando las escuchaba antes de dormir las borraba sin contemplaciones, avergonzado, evitando dejar rastro alguno. Y, al igual que sucedió cuando hacía hamburguesas, aquello estaba cargado de todo lo que vivía día a día. Desde la atropellada forma de hablar de mis jefes hasta las más insignificantes traiciones entre compañeros.

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Bocadillo Bretón. Benjamin Braddock elaboró alguno en el Pans and Company.

Recursos humanos.

Durante los dos meses siguientes me gradué con honores en una materia que poco tiene que ver con escaletas y puntos de giro: entrevistas de trabajo. Y cuando digo entrevistas de trabajo me refiero a todas las posibles variantes de este concepto: dinámicas de grupo, entrevistas por parejas, individuales, habilidades comunicativas, autoventa y demás estrategias para ver qué ser humano es el más capacitado a la hora de vender seguros, enciclopedias “a puerta fría”, o atender llamadas detrás de un mostrador. Evidentemente, también mandaba mi currículum a productoras, agencias de comunicación, de publicidad, distribuidoras, revistas de cine… Y lo hacía con cartas de presentación a las que dedicaba el suficiente tiempo como para que fueran mínimamente originales. Pero nada. Nada de nada. De hecho, empecé a experimentar algo que no me había sucedido nunca. La nuca se me atenazaba, la mandíbula se ponía en tensión y las cervicales se contraían. Era la extraña y entonces desconocida sensación de no saber cómo pagar el alquiler. Así que, si no salía trabajo habría que inventarlo.

Vivíamos Vicente, Héctor y yo en un bajo en Tetuán y, junto a Alberto P. Castaños, teníamos que sacar proyectos, disparando en muchas direcciones. Escribimos microteatros, nos presentamos a concursos de guión, de realización de vídeos (incluso ganamos alguno), hicimos spots para Internet, vídeos promocionales, participamos en concursos de relatos, trabajamos en tratamientos, nos presentamos a DAMA Ayuda, fracasamos en DAMA Ayuda, fuimos a charlas de guión, hicimos el ridículo en varias ocasiones, tuvimos algún pitch, engañamos a Daniel Castro para un piloto de webserie… Y, por supuesto, escribimos mierda. Mucha mierda. Muchísima. Yo he escrito mierdas que vosotros no creeríais. Y por el camino, nos encontramos de todo. Gente que puso algún palo en nuestras ruedas pero otra mucha que nos prestó su ayuda y nos hizo la vida más sencilla, como Carlos G. Miranda, Sergio Barrejón o Bárbara Alpuente, entre otros.

Lo hicimos (y lo hacemos) porque nos encanta pero también por supervivencia y porque las entrevistas no daban resultados positivos.

¿Adivináis de qué trató mi siguiente microteatro? Efectivamente: de una entrevista laboral. Junto a David Sañudo, escribí y dirigí una pieza que programaron en Microteatro por Dinero, en Madrid, y en Pabellón 6, en Bilbao. Y uno de los personajes no lo tuvimos que inventar porque me lo encontré en una dinámica de grupo. Era un tipo real y yo había compartido media hora con él, lo suficiente como para imaginarme el resto. Sólo hubo que plagiar de la realidad.

Conversaciones con el despertador.

En aquellos días, solía hablar con el despertador. Cada mañana, mientras el ruidoso aparato gritaba las siete de la mañana, me sentaba en la cama y, completamente  despeinado, le argumentaba a aquel par de agujas por qué no quería vestirme e ir al trabajo. Sin embargo, Philips no daba el brazo a torcer y con un pitido insoportablemente constante me apremiaba para hacerme cargo de mis obligaciones. Y todo porque en marzo de 2014, uno de esos cientos de currículum vertidos a la mar, hizo efecto. Me contrataron en una oficina, para un trabajo de oficina, con horario de oficina y con un sueldo de mierda. Todo un lujo. Incluso adelgacé. Diez kilos en tres meses.

Esta era mi rutina: me levantaba a las 7:00  para poder estar a las 09:30 en el trabajo (tardaba 45 minutos en llegar en metro). Me pasaba unas nueve o diez horas allí. Sobre las once de la noche me volvía a casa (otros 45 minutos en metro). Llegaba, saludaba y me iba a dormir. Hasta que sonaba Philips, de nuevo a las 07:00. Y así otro día. Y otro. Y otro. Como un eterno y kafkiano día de la marmota. Pasaba casi más tiempo en el metro que en mi propia casa y si alguien hubiera echado un vistazo a mi DNI, habría comprobado que en domicilio constaba: Línea 1 Valdecarros-Pinar de Chamartín. Pero estaba agradecido. Porque tenía trabajo y el alquiler ya no era un problema. La nuca se destensó, las cervicales se relajaron y la mandíbula volvió a su posición original.

Justo en ese tiempo, escribí un corto de ciencia-ficción que, si todo va bien, rodará David Sañudo este mes. ¿Adivináis de qué va?

Exacto.

Microfusión.

Yo soy muy de poleo menta, de toda la vida. Pablo Bartolomé (guionista también) es más de café con leche. Largo de café, por cierto. Y cada jueves por la mañana nos juntamos en alguna cafetería para decirnos lo mal que está todo. Pero por algún motivo que no hemos descifrado, acabamos sacando alguna historia para escribir. Y siempre surgen de nuestro alrededor. La conversación de la mesa de al lado, una discusión entre camareros o, simplemente, un cambio mal dado.

En los últimos meses, Pablo y yo hemos escrito un par de obras seleccionadas dentro del programa Microfusión, organizado por ALMA. Las piezas se titularon Antojitos y La cuarta juventud y ambas nacen de conversaciones que escuchamos entre infusiones y cafés. Una embarazada devorando muffins y la confesión de un padre a su hija respecto a su gusto secreto por OBK fueron sendos puntos de partida.

Esto sucedió en el desempleo más absoluto.

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Antojitos, la típica comedia de embarazadas y viajes en el tiempo.

Epílogo.

A estas alturas os habréis imaginado que este post está dirigido a los que acaban su formación universitaria (o de cualquier tipo) y, como a Benjamín Braddock, les cuesta asomarse al precipicio.

Pues bien, os he contado mi más que prescindible desembarco en Madrid, porque hace poco un amigo me dijo que no aguantaba más. Si en 2015 no encontraba trabajo como guionista tiraba la toalla y se volvía a su ciudad natal para trabajar en la frutería de sus padres. En aquel momento no se me ocurrió, pero creo que trabajar en la frutería de tus padres no es tirar la toalla. Ni trabajar en una hamburguesería. Ni sirviendo bocatas o poniendo copas. Ni en una oficina de administrativo. Todo lo contrario. Tirar la toalla sería dejar de escribir cuando llegas a casa, después de diez horas de trabajo. Lo otro podemos llamarlo proceso de documentación. Porque si todo eso sirve de algo, seguro que es para escribir mejor.


LA OTRA POMADA

1 julio, 2014

por Alberto Pérez Castaños.

Dos de mis post favoritos de Bloguionistas, como guionista joven y novato que soy, son estos: LA POMADA, de Chico Santamano, y CÓMO ENTRAR EN LA POMADA, de Sergio Barrejón. Las razones por las que me gustan son diversas: por una parte, “POMADA” me resulta una palabra graciosísima que no decimos lo suficiente. Y por otra, porque creo que contienen los mejores consejos que se le pueden dar a un guionista que está empezando.

Hace ya más de un año que tomé una de las decisiones más acertadas de mi vida: decidí ir a Salamanca a estudiar guión al Máster de la UPSA. Ya se ha dicho muchas veces por aquí que es el mejor lugar para estudiar la materia en España. Y no lo digo sólo yo, los Bloguionistas que dan clase allí y los alumnos que están publicando recientemente sus experiencias, también lo dice el periódico El Mundo. Parece que me paguen por decir esto, ¿eh? Pero no. De hecho, Pedro, Michi, si estáis leyendo esto: tenéis mi número de cuenta.

Sin embargo, creo que lo mejor del Máster de Salamanca es que es lo más parecido a la antes nombrada POMADA (nótese que hay que escribirla siempre en mayúsculas para lograr el efecto adecuado) que te vas a encontrar mientras te formas como guionista. Gracias a mi año allí conocí a la POMADA de la que habla Barrejón en su post y también a mi POMADA, la de creación propia de la que habla Chico en el suyo.

Porque, ¿para qué sirve un guionista joven?, ¿dónde se esconden?, ¿a qué huelen? Todas estas preguntas tienen la misma respuesta: ¿a quién le importa? Sí, querido amigo guionista novato, como principiante que eres no le importas absolutamente a nadie. Ser guionista joven es duro: cuando te quejas, no hay nadie para escucharte. Por eso creo que lo mejor que puede hacer alguien que está empezando es montar su propia POMADA. Voy a hablaros de la mía:

Somos cuatro (como los Beatles); somos dos alicantinos, un valenciano y un ovetense (también como los Beatles); y tenemos en común el amor por la guasa y el uso constante de referencias aleatorias a los Beatles. También escribimos cosas juntos y vivimos en Madrid. Nuestros nombres: Sergio Granda, Héctor Beltrán, Vicente Bendicho y quien esto escribe. Algunos ya nos conocen como “Ya vienen esos cuatro pesados otra vez, corre, vámonos de aquí antes de que nos vean”.

Teniendo una POMADA, las preguntas que he formulado antes cambian de respuesta: ¿Para qué sirve un guionista joven? Para hacer COSAS. Muchas y variadas. ¿Dónde se esconden? En los rincones peor iluminados de Madrid. ¿A qué huelen? A pechuga de pollo y a Ron Almirante.

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Los Beatles bebiendo Ron Almirante

Personalmente, creo que la mejor manera de no venirte abajo mientras empiezas en el mundo del guión es creando tu propia POMADA. De hecho, si yo no tuviese una POMADA probablemente seguiría viviendo en Madrid, pero ahora sería el tercer heavy de la Gran Vía. Porque, con una POMADA puedes levantar proyectos que de otra manera no podrías. Y gracias a estos proyectos que, a lo mejor no llegan a ningún sitio, habrás conseguido lo que realmente importa: sentirte guionista y aprender a trabajar.

Con una POMADA puedes hacer locuras. Nosotros, por ejemplo, aprovechando que Vicent y Héctor hicieron unas prácticas en la productora La Competencia el año pasado gracias al Máster, escribimos un programa de sketches, nos colamos en el despacho del jefe y lo presentamos. ¿Nos lo compraron? Por supuesto que no. Recuerda que no le importamos a nadie. Pero al menos nos juntamos en agosto durante una semana en un piso en San Sebastián de los Reyes a escribir semidesnudos (insisto: agosto), nos reímos mucho y, de paso hicimos nuestro primer pitch ante un productor. Sin una POMADA no lo hubiésemos hecho. Es más, le cogimos el gustillo y volvimos a hacer otro hace unas semanas: fue ante los productores que formaban el jurado del premio Zona Pitching del Notodofilmfest. Nuestro pitch no ganó, pero quedamos muy satisfechos porque al llegar a casa seguíamos teniendo los calzoncillos limpios. Y porque seguimos aprendiendo. Ojo, que, afortunadamente, de vez en cuando algunos proyectos sí llegan a buen puerto y gracias a ellos podemos seguir permitiéndonos comprar pechugas de pollo y Ron Almirante en Madrid, donde, según Chico Santamano, hay que estar. Nosotros estamos de acuerdo.

Además de escribir cosas en calzoncillos también nos gusta conocer gente que, como nosotros, está empezando. Así que, si os apetece, podéis pasaros a tomaros una cerveza con nosotros los martes de este mes por el Microteatro de Madrid, en el que se estarán representando unas obras nuestras gracias al proyecto Microfusión en el que ha participado el Sindicato ALMA. Id con tiempo porque, ya sabéis, los martes de julio aquello está a rebosar. Nos reconoceréis porque al vernos dan ganas de abrazarnos con ternura.

En resumen, con todo esto lo que quiero decir es que sí, que la cosa está fatal, que vender un guión es prácticamente imposible, que en tele no hay trabajo y que es muy, pero que muy fácil desanimarse para un recién llegado al mundillo. Sin embargo, todas estas adversidades pueden serlo menos si trabajas en grupo y encuentras tus propias oportunidades; hay vida después de los másters de guión, pero hay que buscarla por cuenta propia. Y la mejor manera de empezar es siguiendo los consejos que Chico Santamano y Sergio Barrejón dan en esos dos textos. Ellos saben de qué hablan porque son de la POMADA. Nosotros los hemos seguido, de momento seguimos vivos y, lo más importante, con más ganas que nunca. Como los Beatles.


FIRMAS INVITADAS: LOS GUIONISTAS DEL FUTURO / 9

6 julio, 2013

Varios de los autores habituales de este blog somos profesores del Máster de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Hace unas semanas comenzamos, y hoy continuamos, una serie de firmas invitadas muy especiales: los alumnos del Máster, “los guionistas del futuro”.

PREOCÚPATE POR DESPREOCUPARTE

Por Juan Andrade Eraso.

Para escribir guiones es necesario hablar de lo que nos preocupa. Esta frase, que se grabó en mi mente durante una de las invaluables sesiones del Máster de Guion de la UPSA, me lleva a pensar que, quizá, para escribir sobre escribir guiones probablemente es necesario hablar de preocuparse por despreocuparse. Soy consciente de que no he descubierto el agua tibia por lo que acabo de escribir; pero, por un lado, me permite contextualizar las ideas que pretendo compartir desde mi experiencia como único alumno extranjero de la VIII edición, y por el otro, es una excusa de “guionista” que me ha permitido comenzar a escribir esta entrada. Así, que como estamos entre guionistas, ¡se vale!, ¿no?

Hoy estoy en un piso en Salamanca y recuerdo que hace un año estaba exactamente igual de preocupado en un apartamento en Pasto, Colombia. Sí, el lugar ese entre Estados Unidos y Argentina que quizá se recuerde más por los alucinógenos que exporta y por la parada del escorpión de Higuita, que por ser el verdadero escenario del realismo mágico.

Para comprender mi preocupación es necesario hacer una explicación. Gracias a mi contacto con esos alucinógenos, obviamente consumidos en poca cantidad, además de mis emotivos encuentros con médiums, brujos y chamanes, decidí creer en la existencia del espíritu. Y debido a esa creencia, se me ocurrió la maravillosa idea de, solo por hacerme el interesante, vivir con espíritu aventurero.

Mi preocupación: no saber dónde voy a vivir el próximo año.

Así que, para sanar mi espíritu y alejar la incertidumbre, quizá, buscando soluciones inconscientemente, un día entré en la página Web de Bloguionistas. Terminé navegando en la del Máster de Guion. Yo había leído y escuchado algunos comentarios que me habían hecho soñar con cursarlo, pero para mi sorpresa, en ese momento las inscripciones estaban abiertas y yo cumplía con los requisitos necesarios para hacerlo. Pensé: ese es seguramente el mejor máster de escritura para cine y televisión en mi lengua y yo quiero estar allá. Planeé enviar mi solicitud de plaza sin comentarle a nadie, porque eso significaba dejar a mi pareja y arriesgarme a que mis padres no estuviesen de acuerdo con mi nueva partida, pero expulsé mis miedos y con toda la energía positiva, la envié.

Mi pareja me dejó. En ese momento pensé: chao energía positiva, es imposible, España es donde se hace el mejor uso del castellano en el mundo. Y ahora que lo sé, pienso que es donde se hace la mejor tortilla, la mejor paella, el mejor jamón, el mejor queso —el manchego—, la mejor morcilla, la mejor chistorra, el mejor chorizo, las mejores empanadas, las mejores tostadas de tomate, el mejor cocido, el mejor gazpacho, el mejor pulpo, ¿Ya mencioné el queso? Bueno, en fin, retomando, España es donde se hace el mejor uso del castellano en el mundo. El máster es el mejor en escritura de guion en el país. Yo soy el mejor en… nunca me van a escoger.

Pero, contra todos mis pronósticos me aceptaron y mis padres me apoyaron como siempre. Entonces, después de todo el papeleo para obtener la visa y demostrar que no soy narcotraficante, allí estaba yo, luego de un viaje de 8.393,532 kilómetros (recorridos en coche, bus, avión con atravesada de charco incluida, tren y taxi). Así es, en la mística aula por donde este año se paseó el “queso manchego” de la televisión y el cine español, estaba yo presentándome con un: “no, tranquilos… no tengo ningún tío narcotraficante”

Mi preocupación había desaparecido. Mi historia no había terminado.

Llegar a vivir a España significaba cambiar el chip por completo. Empezar a descubrir las costumbres fue excitante. El ambiente en Salamanca era increíble. El máster cumplía muchas de mis expectativas y me planteaba nuevos deseos. Solo bastó una semana para darme cuenta de lo exigente que iba a ser. Un comienzo muy bonito hasta ese momento, pero sabía que no podía relajarme.

De repente y casi sin avisar, como suele ser esto de los agobios y los miedos ante los cambios, una nueva preocupación llegó a mi mente: ¿Y si lo poco que he escrito es una mierda absoluta —en realidad lo era— y todos estos escritores españoles que me van a rodear durante el próximo año tienen muchísimo más talento que yo?

Esta vez no me iba a dejar vencer por ninguna preocupación.

Estaba acostumbrado a ser el mejor pero aquí no iba a serlo. Lo único que debía hacer era disfrutar y compartir conocimientos. Preocuparme por despreocuparme. Y así fue. Pedro Sangro, Miguel Ángel Huerta, David Muñoz, Pablo Remón, Sergio Barrejón, Carlos Molinero, David Bermejo, Natxo López, Diego San José, David Cotarelo, Fran Carballal, todos los ponentes y, los otros 23 parceritos, me enseñaron que siempre va a existir gente mejor y eso no debe generarme temor.

Los miedos son sensaciones que nosotros mismos albergamos y alimentamos con nuestra propia ignorancia. Hay muchas maneras de expulsarlos de nuestro interior, la mejor es el amor. Pero para liberar mi miedo a que lo que escribía no era tan bueno como lo de los demás, era necesario escribir. Si eres escritor y no escribes, alimentas tu ignorancia. Si eres jugador de fútbol y no juegas al fútbol…

Yo me decidí a escribir para redimir mi espíritu tecleando. Las historias se cuentan solas, están en el aire. Nosotros solo somos un medio. Nadie nos va a enseñar cómo contarlas. Podría describir con frases separadas por puntos y comas los recuerdos, emociones y sensaciones que me deja el curso en España. Contar una historia. Pero todo se resume en que el Máster de Guion me ayudó a vencer mi miedo a escribir; y ahora, tengo toda la vida para poner esas frases entre signos de puntuación que en esta entrada no alcanzarían.


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