LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SHARE (Y SUS GRAVES CONSECUENCIAS)

11 abril, 2016

 Por Juan Torres.

El share. La nitroglicerina de nuestra profesión. El responsable directo de las nóminas de multitud de psicólogos de guionistas. Cierto es, también, que los guionistas venimos trastornados de serie, pero nos trastornamos aún más de serie en serie.

Cada vez que la guillotina del share golpea, damos con nuestra cabeza en la abarrotada y sangrienta cesta del paro. Y es que en el mundo del guión hay dos tipos de personas: las que han estado en el paro y las que no se acuerdan de que lo estuvieron. Eso sí, cada uno vive su viaje iniciático por el Inem de forma muy diferente. Éstas son las más habituales: el eneagrama del guionista en paro.

 

  1. EL AGONÍAS. Se agobia a muerte el día 1.

 En su primer día de paro ha mandado el currículum a todas las productoras de España y alguna de Portugal diciendo que arde en deseos de trabajar en su serie. Dos mails por si el primero no llegaba. El segundo día prohíbe a todos sus amigos y familiares que le llamen al móvil para que no le bloqueen la línea justo cuando vaya a recibir una llamada ofreciéndole trabajo. El tercer día está convencido de que no volverá a trabajar de guionista en su vida. Si llega con vida a su segunda semana parado, se refugiará en alguna gruta de la sierra más cercana y se fabricará un arco que no dudará en usar contra cualquier foráneo que invada su territorio. El mundo no podrá acabar con él porque él golpeará primero.

 

  1. EL IMPASIBLE. No se agobia ni cuando se le acaba el paro.

NOTA

Extrañamente, el paro no le agobia en absoluto. Da la impresión de que pasó su adolescencia en los campos de concentración de Dachau y ahora esto le parece un jodido viaje en primera clase por el paraíso. Con enorme parsimonia, se dedica a guardar los tarros de yogurt, los vasos de nocilla y las bandejas de poliestireno de la carne. Wallapop es su Corte Inglés y Cash Converters su Decathlon. Si el ser humano algún día consigue hibernar, será él el que lo descubrió para ahorrar gastos.

 

  1. EL FANTASMA. Dice que tiene mil proyectos (y en realidad no tiene ninguno)

Te contará que está escribiendo una película, una serie, un formato de programa, una obra de teatro, un corto, un microteatro e incluso una novela radiofónica por si vuelve a ponerse de moda. En realidad, tiene todo eso apuntado en un mismo archivo de Word con el título “Ideas”. Descubrirá siempre en Vertele que empieza la grabación de alguna serie o programa cuya temática es remotamente similar a una que tenía en su archivo de Word. Renunciará por ello a hacerla, sin dejar de pensar que es un genio.

 

  1. EL HOMBRE SIN SOMBRA. Dice que no tiene ningún proyecto (y en realidad tiene mil, pero secretos)

HOMBRE

Si le preguntas qué hace, te dirá que “nada, esperar, como todos”. En realidad tiene dos series que está moviendo por varias productoras, una cuarta versión de una película que lleva con un director y una obra de teatro que tiene apalabrada a un famoso actor. Eso sí, negará cualquier evidencia que le delate al respecto. Si alguien se entera de algún proyecto suyo, le pedirá que se lo calle con el pretexto de que “se gafa”, pero en realidad es por miedo a que se lo copien. Si tienes información suya y la difundes, empieza a mirar debajo de tu coche antes de arrancar.

 

  1. EL MULTIDISCIPLINAR. Aprovecha para estudiar otra profesión.

Hasta aquí ha llegado. Ya no piensa aguantar ni un minuto más. Ha decidido que la vida es muy corta para seguir malgastándola con un oficio en el que no puedes planear nada para el finde porque no sabes si tendrás trabajo esa misma tarde. Ha empezado a estudiar otra profesión en la que se matricula y se pone en serio a ello durante meses. El día de su primer examen, alguien le llamará para trabajar de guionista en un programa sobre el cultivo del boniato ecológico en Castilla La Mancha TV. Y lo cogerá, por supuesto.

 

  1. EL VIAJERO. Se funde los ahorros y derechos de autor en viajes.

 El mismo día que le mandan al paro está ya mirando su app de Skyscanner. Cualquier parte del mundo le vale para huir, y cuanto más lejos e inhóspito sea el lugar, mejor. Si puede, elegirá algún país sin 3G para que nadie le llame/escriba/toque los cojones diciéndole que si puede hacer una última versión de guión sin contrato. Volverá a la civilización cuando la policía birmana le meta educadamente en un cuarto oscuro para preguntarle por qué paga con una tarjeta sin fondos.

 

  1. EL SERIÉFILO. El día se le queda corto para ver series.

LEMUR

El trabajo era un gran obstáculo que se situaba entre sus ojos y las veinte series que quería seguir al mismo tiempo. Ahora, afortunadamente, eso ha cambiado. Si descontamos cuatro horas para dormir y dos para comer/mear/cagar/pagar a la mujer de la limpieza, le quedan dieciocho horas diarias para ver The Affair, Narcos, Better Call Saul, Jessica Jones, Mozart in the Jungle y, qué cojones, Salvados por la Campana, que la ponen gratis en Movistar, en lo que le queda de semana. La semana siguiente espera que Netflix saque alguna serie nueva o ya no le quedarán excusas para no bajar las diez bolsas de basura.

 

  1. EL ANFITRIÓN. Convierte su casa en un hotel.

Acuciado por las crecientes deudas, decide que ha llegado el momento de poner su casa en Airbnb y sacarle los cuartos a los incautos guiris. Empezará alquilando la habitación de invitados y acabará cediendo su cepillo de dientes si le ofrecen un buen precio. Tiene serias posibilidades de acabar mutando al tipo 5 para hacer un módulo de turismo.

 

  1. EL BLOGUERO. Publica sin parar allá dónde le dejan.

Aprovecha su tiempo libre para escribir en blogs como Bloguionistas con la excusa de no oxidarse y la necesidad constante de contar historias, aunque en realidad lo hace con la expectativa de que alguien le lea y lo contrate para su próxima serie o programa. (No es mi caso, ¿eh?) (Pero acepto ofertas en guionistadesesperadocogeloquesea@gmail.com)

En cualquier caso, un guionista que se precie acabará pasando por varias de estas fases a lo largo de su letargo Inemístico. Con lo cual, la conclusión que sacamos… Joder, me tengo que ir, que me están gritando la pareja de alemanes y el checo que les haga la cena.

 


FIRMAS INVITADAS: CARLOS GARCÍA MIRANDA

8 diciembre, 2010

Carlos García Miranda ha sido guionista de las siete temporadas de la serie El Internado. Es autor de la idea original de Perros Muertos, la próxima película del director Koldo Serra, con el que escribió el guión. Actualmente escribe la segunda temporada de Los Protegidos.


EXTERNADO

Soy guionista y durante casi cuatro años he estado interno en El Internado. Lo bautizaron con ese nombre (no tuve ese honor porque me incorporé al equipo en el capítulo 2) por aquello de que la historia se desarrollaba en un colegio para niños pijos. La realidad es que ahí dentro había de todo menos estudiantes estudiando. Por sus aulas se pasearon nazis, niñas con los ojos en blanco, gnomos gigantes, fantasmas, una chica que podía verlos, un cocinero espía, una agente del Mosad que al tocar a alguien veía lo peor que había hecho en su vida…

Así contado suena de lo más marciano y al escribirlo un poco absurdo, pero en pantalla todo colaba y la serie funcionó como un tiro. Vale, perdimos un millón de seguidores en el camino, pero llegaron muchos hasta la meta (19,6% de share en el último capítulo). Hoy en día hay series que renuevan temporada sin sacar más de un once, así que en principio al internado le quedaban aún un par de años de clases, de esas a las que los alumnos no iban porque tenían que investigar.

Pero hace unos meses que el centro acabó consumido por las llamas. Fue porque así lo quisimos nosotros; por primera vez en nuestro país, la cadena y la productora escucharon las plegarias de los guionistas, que insistíamos en poner el punto y final antes de que las niñas de la serie fueran las nuevas estrellas adolescentes de la Superpop. Nos escucharon algo tarde, lo ideal habría sido terminar en el capítulo cincuenta, pero al menos no tuvimos que llegar hasta los cien y celebrarlo con un especial musical. En total fueron siete temporadas, 71 capítulos, y ni uno sólo bajó de los setenta minutos (acabo de darme cuenta de lo mucho que nos gustaba el número siete).

Siempre se hace arduo escribir episodios de series de prime time españolas, tan largas como la cola de guionistas en el paro, pero la cosa es aún más difícil cuando la trama de misterio, que podías haber contado enterita en diez capítulos, requiere continuidad. Sólo teníamos permiso para dar algún avance importante al final de algunos capítulos, así que no nos quedó otra más que dar vueltas, como en los culebrones. De ellos también tomamos prestado su esquema para las historias emocionales, que son las que de verdad te dan de comer durante cientos de páginas. Aunque a muchos les pese, lo que la gente quiere ver son besos y bodas horteras, y lo de dónde está el muerto desaparecido no le importa a nadie, a no ser que el difunto sea capaz de sacarle las lágrimas a borbotones al prota.

Pero no sólo de llorar vive el hombre. El Internado triunfó por muchas otras razones. La más sencilla es que fuimos los primeros, como Duchamp con su urinario… Bueno, vale, no hicimos vanguardia televisiva, pero sí es cierto que cuando la serie asomó por las televisiones, con esa mezcla extraña de dramedia picada con misterio y culebrón, no había nada parecido y mucho menos de pata negra. Por eso nos concedieron un Ondas con sólo seis capítulos emitidos (si llegan a ver más igual se lo habían pensado mejor). Detrás de nosotros vinieron unos cuantos productos parecidos y hace un par de años años el referente en las productoras para comprar proyectos era El Internado.

También ayudó a darle un  buen empujón a la serie el reparto. Un par de tíos buenos recién salidos del horno, como Yon González y Martín Rivas pusieron más de una braga en el techo. Ana de Armas, Marta Torné y Blanca Suárez hicieron lo propio con el público masculino, pero menos porque ya se sabe que la tele es de las chicas y para ellas escribimos eso de “Marcos, sin camiseta, abre la puerta de su habitación”. ¿A qué no adivináis dónde estaban los picos de audiencia?

Además de a los futuros relevos Fotogramas, teníamos unos cuantos actores de los de verdad, de los que tu madre dice: “Ésa es del teatro de toda la vida”. Cristina Marcos, Natalia Millán, Luis Merlo y sobre todo, Amparo Baró. El Internado fue lo primero que hizo después de Siete Vidas y había expectación por ver si era capaz de dejar de dar collejas. Seguro que no le faltaron ganas de soltarnos unas cuantas a los guionistas, porque la pobre se chupó todas las secuencias de comedia con esas dos niñas adorables, Evelyn y Paula (Denis Peña y Carlota García). Muchos fans odiaban esas tramas porque cortaban el rollo del misterio, pero estaban ahí justo para eso, como cortamiel. Entre tanto mal rollo que tenía la serie también había que sacarle una sonrisa a las abuelas (íbamos a por toda la familia que, a fin de cuentas, esto era Globomedia).

Aunque el verdadero secreto del éxito de la serie, lo que hizo que la gente se pasara horas en los foros elucubrando teorías, fueron sus (marcianos) guiones. En los capítulos de El Internado, el arranque era casi un resumen de los anteriores porque todo lo que pasaba era tan complicado que necesitaba masticarse de nuevo semana tras semana. En el segundo acto había ligeros avances, pero también muchas secuencias de “arroz con leche”, del tipo:

HECTOR

(preocupado)

Jacinta, ¿te acuerdas lo que pasó en esa habitación?

JACINTA

(tocada)

Pues claro que me acuerdo… No he podido olvidarlo.

HECTOR

(angustiado)

Nunca debiste contármelo…

JACINTA

Tenías que saberlo, algún día lo harás tú…

HECTOR

(con miedo)

¡No, saldrá mal! Déjalo, no quiero volver a hablar de ello.

Así durante dos páginas. ¿De qué estaban hablando? Pues de la receta del arroz con leche. O sea, de nada, pero aparentemente de algo supermisterioso porque en esta serie lo de “arriba arriba” y “de más a más” era la religión. Hubo muchas secuencias arrozlechistas con avances tramposos, pero, ¿sabéis qué? Colaban.

Eso sí, las verdaderas estrellas eran los terceros actos. Al escribir este engendro televisivo aprendí que si tienes buenos finales, todo lo que hayas contado por delante, aunque sea algo irregular, la audiencia te lo perdona.  Más aun si le das un gancho de los de quedarte pegado a la silla. No es por tirarnos flores, pero nuestros ganchos eran más eficientes que el super glue. Y eso no fue moco de pavo a partir de la tercera temporada, cuando ya habíamos dejado a todos los protas al filo de la muerte un par de veces. Menos mal que Ana de Armas quiso irse a hacer las Américas y pudimos demostrar que íbamos en serio (el personaje al que interpretaba murió a mitad de la quinta temporada). Vale que algunos ganchos fueron tramposos, inverosímiles y un montón de adjetivos descalificativos más, pero molaban. A la audiencia le molaba que les engañáramos. Ay, y a mí me gustaba engañarles, pero ahora estoy externado…

A toro pasado, soy consciente de que en ninguna otra serie me dejarán escribir la historia de un colegio debajo del cual hay un laboratorio de experimentación genética en el que se está preparando una pandemia mundial, cuya única máquina para curar la construye un científico misterioso que también sabe colarse en los sueños ajenos.

 


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