LA TRAMA SOÑADA

7 octubre, 2016

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Por Natxo López

En época de premios televisivos Hollywood Reporter tiene por costumbre grabar mesas redondas con distintos profesionales de la industria televisiva. En ésta en concreto del año 2012 reunieron a un grupo de Showrunners de comedias que hablan sobre su manera de enfrentarse al trabajo. Entre ellos está Bill Prady, productor y guionista de decenas de producciones como “Big Bang Theory”, “The Muppets”, “Chicas Gilmore”, “Sigue soñando…”.

En el minuto 50 del video Prady cuenta una historia cuanto menos llamativa. No sólo en lo que respecta al sueño que describe, sino sobre todo por la sorprendente reacción del showrunner de “Star Trek Voyager”, que difícilmente podría haber tenido lugar en nuestro país. A continuación os dejo una traducción, espero que no demasiado imprecisa:

Tuve un sueño productivo una vez, cuando estaba al frente de “Dharma y Greg”. Fue en Febrero [de 1999], no teníamos todavía ni una trama para la temporada, y me desperté en mitad de la noche dándome cuenta de que acaba de soñar una trama, una gran trama. Es una historia perfecta… Y hago algo que nunca he hecho en toda mi vida: busco un papel, anoto la idea y me vuelvo a la cama. Y me duermo tranquilamente con la convicción de que al día siguiente me despertaré y se habrán solucionado mis problemas creativos.

Y en cuanto me despierto miro el trozo de papel y, efectivamente, es una trama increíble, una trama perfecta. Ayuda a definir a los personajes, es interesante, nunca antes ha sido hecha… y es una trama para “Star Trek Voyager”. Y ésta es la razón por la que tengo un crédito como argumentista de “Star Trek Voyager”.

Esto es absolutamente verdad. Yo llamé a mi agente y le conté todo el rollo y le pregunté “¿qué hago con esto?”. Y él me dijo “No hagas nada. Ya tienes un empleo, vuelve al trabajo”. Y yo le dije “no lo entiendes; es Febrero [época de elaboración de los mapas de tramas de las temporadas televisivas]. Sé que al otro lado de la ciudad hay un showrunner que podría usar esa historia. ¡Te juro por dios que es una buena trama!”.

Así que él hizo el contacto. Brannon Braga era el showrunner de “Star Trek Voyager” por aquel entonces. Se puso al teléfono y yo le dije: “mira, no soy un loco, éste es el asunto…”. Y entonces se produce un silencio al otro lado del teléfono y oigo… “Eh… ¿gracias?”.

De hecho fui hasta allí, donde trabajaban. El equipo de guión se quedó hasta tarde para que yo pudiera pasarme y trabajar en la escaleta con ellos… Y es por eso que tengo un crédito como argumentista en “Star Trek Voyager”. Y, hasta hoy, cada vez que veo a Brannon le digo: “sabes que todavía me debes una trama”.

Podéis comprobar en IMDB el crédito que Bill Prady tiene como argumentista de “Star Trek Voyager”.

Y aquí podéis leer el resumen del capítulo resultante, titulado “Bliss”.


LA CUESTIÓN DE LA IDEOLOGÍA

6 septiembre, 2016

Por David Muñoz

John Milius dándolo todo.

John Milius dándolo todo en el rodaje de “Conan el bárbaro”. En España además.

John Milius es uno de mis guionistas preferidos. “Conan el bárbaro” (que dirigió él mismo), “Jeremiah Johnson” (dirigida por Sidney Pollack) y “Apocalypse Now” (dirigida por Francis Ford Coppola) están entre las películas que más veces he visto.

Milius, como se explica bien en este artículo, es un fanático de la guerra y de las armas. Formó parte de la junta directiva de la Asociación Nacional del Rifle y una vez dijo que lo que le hace falta a América es una guerra cada pocos años. Una de sus mayores frustraciones es no haber podido alistarse para combatir en la guerra del Vietnam por tener asma.

Yo a los veintitantos años fui objetor de conciencia. Era la época de la mili obligatoria y si no querías vestirte de caqui la única alternativa que tenías era declararte objetor y, o ir a la cárcel, o hacer lo que llamaban “Prestación social sustitutoria”, que en mi caso consistió en pasar dieciocho meses trabajando de 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde en una escuela infantil (una experiencia agotadora que me cambió para bien; aunque esa es otra historia).

Pero tener fobia al ejército y las armas no me impide disfrutar de las historias de Milius. Y eso que con Milius uno no puede ni siquiera intentar convencerse (como les pasa a algunos fans de David Mamet ) de que en realidad no está contando lo que parece que está contando.

Como muestra, un diálogo de Conan:

LÍDER GUERREROS

 ¿Qué es lo mejor de la vida?

GUERRERO 1

La extensa estepa, un caballo rápido, halcones sobre tu puño y el viento en tu cabello.

LÍDER GUERREROS

¡Mal! ¿Conan, qué es lo mejor de la vida?

CONAN

Aplastar enemigos, verles destrozados y oír el lamento de sus mujeres.

Creo que está claro, ¿no?

Milius habla a través de sus personajes, y no lo hace de forma irónica, habla en serio (lo que no quiere decir que haya matado a nadie, pero vaya, que le pone pensar en ello).

También al hablar de la ideología de Conan suele citarse el diálogo que abre la película entre Conan niño (Jorge Sanz nada menos) y su padre, en el que éste le explica su filosofía de vida, la misma que acaban compartiendo todos los personajes de Milius: solo pueden confiar en si mismos y en sus armas. “Anarco fascismo”, lo ha llamado Milius a veces.

Se ha convertido en un lugar común entre muchos críticos y también entre muchos espectadores afirmar que no hay que tener en cuenta la ideología de una obra al valorarla. Yo eso es algo que nunca he entendido. Para mí es sinónimo de decir que no hay que tener en cuenta de qué habla, los temas que aborda y cómo los aborda, la visión del mundo que quiere transmitir. Si de verdad quieres profundizar en una obra y disfrutarla, creo que hay que intentar entenderla a todos los niveles. La realidad además es que siempre lo hacemos cuando algo nos apasiona. Por poner un ejemplo reciente, yo aún no he podido ver la serie “Stranger Things”, pero he visto que hay muchísima gente debatiendo en Internet los “agujeros negros” de la historia (o como los llama el escritor Javier Cercas, sus “puntos ciegos”). Entonces, cuando una obra tiene un fuerte componente no solo ideológico sino filosófico, cuando transmite una determinada visión de la vida con la que casi siempre intenta seducirnos…. ¿qué tiene de malo discutirlo también?

Eso no quiere decir que si una obra transmite una ideología diferente a la tuya, o unas ideas que te repatean, no puedas disfrutarla.  Ya he dicho que a mí me fascinan los guerreros solitarios de Milius. De su mano me permito disfrutar de la violencia que nunca querría vivir en el mundo real.

Puede que éste sea mi plano favorito de la historia del cine.

Puede que éste sea mi plano favorito de la historia del cine.

Todos somos muchos, aunque elijamos mostrar a los demás una versión simplificada de nosotros mismos para no parecer unos locos. Y yo tengo asumido que llevo dentro a alguien que se lo pasa bien viendo como Conan corta cabezas.

Lo que sí me parece inevitable es que en la mayor parte de los casos exista esa posible lectura moral/ideológica/filosófica.

Lo queramos o no, al narrar nos retratamos y toda escritura honesta y no condicionada por directrices ajenas acaba siendo una forma de autorretrato. Estamos en lo que escribimos. Escribir es tomar decisiones, y entre muchas posibles buenas elecciones, elegimos aquella que encaja mejor con nuestra sensibilidad.

Importante: hablo de autorretrato emocional, no de autobiografía. No se trata de contar tu vida, como me decía alguien en Twitter hace poco, ni de que hayamos vivido los argumentos de nuestras historias, sino de que estas resuenen en nosotros, que nos cuenten emocionalmente y/o, moralmente, filosóficamente, y sí, también ideológicamente, incluso haciendo que afloren aspectos de nosotros que no sabíamos que estaban ahí.

Cuando se dice que conviene escribir de lo que se conoce eso es lo que se quiere decir. De no ser así, no habría ni ciencia ficción ni fantasía. Solo habría películas de gente sentada escribiendo delante del ordenador.

Precisamente una de las cosas que más me gustan de Milius es que ha demostrado una y otra vez que el cine de género puede ir más allá de la vacuidad pirotécnica a la que algunos quieren condenarlo. Que incluso la película más espectacular, la que sobre todo busca divertir, puede también hablar de algo y que eso puede hacerla más interesante. La última vez que lo he pensado ha sido viendo “Star Trek: Beyond”. Lo pasé como un enano, pero además salí del cine contento tras pasar dos horas disfrutando de una historia pacifista en la que la lealtad y la amistad están por encima de todo (cosa que en mis días malos me parece tan irreal como las fantasías marciales de Milius). Y ahora que caigo, el malo de “Beyond” tiene muchas cosas en común con uno de mis personajes preferidos de Milius, el protagonista de “Adiós al rey”. El motor emocional de la trama, de “lo que va” la historia, es el enfrentamiento entre dos ideas contrapuestas de lo que significa servir a tu patria (en este caso una federación interplanetaria). Es Rodenberry vs. Milius.

Pero todo se complica si introducimos en la ecuación el factor “mundo real”.

¿Qué pasa con toda esa gente que no se toma el argumento de “Conan el bárbaro” o películas similares como una mera fantasía y asimila como propia su visión del mundo y su código moral?

¿Qué pasa cuando esas películas funcionan como propaganda? ¿Si realmente te hacen creer que tu país necesita una guerra y apoyas a los candidatos que quieren declararla?

¿Qué pasa cuando John Milius se sale con la suya?**

Porque eso, que la ficción afecta a la realidad, es algo que también me parece innegable. Nuestra opinión sobre muchas cosas, sobre cómo son muchos lugares del mundo y sus gentes, está muy condicionada por lo que nos han enseñado el cine y la televisión. Por ejemplo ahora casi nadie discute que un factor clave para que el antisemitismo calara en la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial fueron las tremebundas historias que se contaban sobre los judíos.

Un malvado judío.

Un malvado judío.

Incluso muchos años después, para mí de niño un judío era Alec Guinness disfrazado del malvado Fagin en la versión de la novela de Dickens “Oliver Twist” dirigida por David Lean.

Y mucho más tarde, paseando por el gueto judío de Praga, viví este diálogo con una mujer mayor:

-“Pero los judíos eran malos, ¿no?”.

-“No… ¿por qué?”.

-“Pues porque mataron a Cristo”.

Yéndonos al otro extremo (no todo son influencias negativas), a mí de pequeño las series de televisión y las películas americanas me hicieron ver con normalidad a gente de otras razas, cuando en realidad no me crucé con alguien de color de verdad hasta que tuve 11 o 12 años (fue un chico negro, como de 15 años, que pasó por mi calle charlando con un amigo blanco y al que no pude dejar de mirar hasta que desapareció de mi vista).

Por poner un ejemplo más trivial (o a lo mejor no tanto), un amigo me contaba hace poco que como por culpa de las películas estamos convencidos de que los coches explotan cuando se estrellan, unos parientes suyos acabaron causándose heridas graves arrastrándose para alejarse del vehículo en el que acababan de tener un accidente que solo les había magullado.

La ficción transmite información, puntos de vista y muchas cosas más.

Cuando lo pienso me asaltan las dudas y empiezo a sentirme un poco mal por disfrutar con según qué cosas, sabiendo que con mi dinero apoyo obras que crean un sustrato ideológico que facilita aceptar puntos de vista que trasladados al mundo real tienen consecuencias catastróficas. Es el caso de las burradas que cada dos por tres suelta Donald Trump. Oyéndole hablar me da la impresión de que vive en una película de acción de los 80 en la que todo se soluciona a porrazos (aunque más bien sospecho que eso es lo que quiere hacer creer a su electorado, ansioso de soluciones contundentes y sencillas, de grandes gestos).

Ese es un debate interno que no he sabido resolver ni creo que resuelva nunca.  De la misma manera que este verano no he podido dejar de comer helados aunque mi médico me ha dicho que tengo que adelgazar. No todo lo que nos gusta o nos aporta placer es bueno ni nos sienta bien.

Pero tenemos que asumir que como creadores no existimos al margen de la sociedad. Las historias del chamán de la tribu importan (no todas igual, depende del tamaño de la “tribu” de cada cual).

No quiero terminar esta entrada dando la impresión de que como espectador puedo disfrutar con cualquier historia independientemente de su intención. No soy tan abierto ni tan tolerante. Hay muchas cosas que no aguanto por muy bien hecha que esté la película. Solo que las fantasías belicistas no están entre ellas.

Siento no ser capaz de llegar a conclusiones más rotundas y haber acabado escribiendo una entrada de esas en las que lo que hago es casi pensar en voz alta. Sobre todo teniendo en cuenta que es la última que voy a escribir en Bloguionistas hasta no sé bien cuándo. Me da la impresión de que ya he contado todo lo que quería contar, o casi, sobre escribir guiones, y de que me estoy repitiendo (muchas de las ideas de esta entrada ya han aparecido en otras, por ejemplo). Así que ha llegado el momento de tomarse una pausa.

Salvo que de pronto sienta la necesidad urgente de contar algo nuevo, o que me parezca nuevo… me despido hasta dentro de unos meses. Como dice Joss Whedon, hay que “llenar los tanques”.

Y seguro que hasta esto de Whedon lo he usado antes como despedida…

*Para no acabar escribiendo una entrada de 30 folios, estoy contando una versión simplificada de los temas de la obra de Milius. Por ejemplo en una película suya que suele malinterpretarse, “Amanecer Rojo”, el mensaje es que a veces la guerra es necesaria, sí, pero también puede ser una mierda (quizá porque partía de un guión anterior de Kevin Reynolds que pretendía ser un “El señor de las moscas” bélico). Y aunque cuando dirige él sus retratos de guerreros solitarios a los que les habría ido mejor de no haberse interpuesto en su camino políticos/generales lameculos/líderes religiosos no tienen muchos matices, al trabajar con directores como Pollack o Coppola, estos le reescriben, llevando sus guiones a terrenos que contradicen su intención inicial, dando como resultado películas con varias lecturas posibles desde el punto de vista ideológico.


LAS HISTORIAS IMPORTAN

16 julio, 2013

Por David Muñoz

A falta de estudios serios en los que apoyarme, reconozco que la mayor parte de las cosas de las que voy a hablar hoy son solo intuiciones, opiniones subjetivas. De  modo que es probable que esté equivocado y que acabe diciendo alguna que otra tontería. Pero sí que me parece interesante hablar de ello. Y también me parece que son asuntos que debería preocuparle a cualquier guionista o a cualquiera que se dedique a contar historias.

La cuestión es que después de ver Man of Steel (que, como ya sabéis, no me gustó nada), me puse a leer todo lo que pude encontrar en Internet sobre la película que me pareció medio interesante. El último artículo  que he leído ha sido la crítica de Film Crit Hulk.  Es un texto estupendo, como todos los suyos, que además de analizar la construcción dramática de la película de forma certera, está lleno de ideas interesantes sobre cómo contamos las historias en el cine en el año 2013 y porqué.

Pero pese a que leído mucho sobre el guión de Man of Steel, me ha sorprendido que en general se obvia algo que a mí me parece muy importante: la visión del mundo que transmite, las “lecciones” que pueden desprenderse de su desarrollo argumental, esa intención (involuntaria a veces) que emparenta cualquier historia con las parábolas o las fábulas.  

Habrá quien se tire de los pelos al leer lo que acabo de escribir, pero cada día estoy más convencido de que, entre otras muchas cosas, las historias nos sirven para explicar el mundo, nuestro lugar en él, y también para ofrecernos modelos de comportamiento. En cierta manera, son “guías para la vida” que decodificamos e incorporamos inconscientemente a nuestro bagaje emocional/cultural. Y como tales, también son vehículos transmisores de ideología y valores morales.

No todas lo son, pero sí la mayoría. O al menos nosotros las “usamos” así.

Desde luego este es un tema complejo que no se puede resumir en un artículo de tres folios de Bloguionistas. Lo que somos, lo que creemos, lo que sentimos, es el resultado de muchas influencias: nuestra educación, el ambiente familiar en el que nos hemos criado, nuestro temperamento, nuestra religión (o nuestro ateísmo). Pero creo que las historias están entre esas influencias. No tengo ni idea de hasta qué punto pueden ser determinantes a la hora de hacernos elegir un camino u otro en la vida, pero por poner un ejemplo que conozco bien, yo estoy convencido de que también soy como soy por culpa de todos esos tebeos de superhéroes (y de héroes a secas, como el Príncipe Valiente) que leí de pequeño.    

Lo más cómodo para los guionistas, novelistas, etc. es negarlo. Sobre todo porque nos liberaría de cualquier responsabilidad. Es más fácil creer que las historias no importan, o que al menos no importan hasta ese punto.

Importante: No quiero dar a entender que, por ejemplo, jugar a Call of Duty tenga relación con ser un asesino (o cualquier variante de esas que tanto les gustan a ciertos periodistas). A no ser que se esté mal de la cabeza, nadie mata por jugar a un juego de ordenador. De ser así, teniendo en cuenta las horas que pasé alrededor de los 30 años jugando a Doom, Half Life, etc., yo debería ser un asesino en serie muy peligroso.

Además, estamos tan saturados de historias, y a través de ellas nos llegan mensajes tan contradictorios, que su efecto seductor queda diluido. De hecho, hay quien cree que sucede lo contrario a lo que estoy diciendo: que no son las historias las que nos conforman, sino que nos sentimos atraídos hacia un tipo de historias porque ya somos previamente de una manera concreta. Lo que no explica por Ej. porque a un típico izquierdoso como yo le atraen tanto las fantasías individualistas y belicistas de John Milius. Pero en fin, ya os digo que es un tema complejo.

Aclaro también (aunque ya lo he dicho aquí), que yo no necesito estar de acuerdo con la ideología que transmite una película para disfrutar con ella. Solo estoy diciendo que creo que es algo que no se puede obviar a la hora de analizarla, ya sea que estemos ante un panfleto simplista obvio o ante una obra compleja que admita varias lecturas.

En el caso de Man of Steel, dudo que pueda calificarse de “involuntario” el aspecto de parábola de la película. Pensarlo sería creer que Snyder, Goyer y Nolan son idiotas, y dudo mucho que lo sean.

Resulta más fácil entender cómo funciona a ese nivel imaginando la historia contada, quizá en boca de un apóstol hace 2000 años.

¿Qué es lo que habríamos aprendido al escuchar Man of Steel?

Pues varias cosas:  

-Que la pena de muerte está justificada siempre que se aplique a un enemigo que no puede ser detenido de otra manera.

-Que los “daños colaterales” son aceptables si esas muertes contribuyen a la victoria sobre el enemigo.

-Que es necesario un poder militar fuerte, ya que es la única manera de enfrentarse al enemigo.

-Que las acciones del ejército no necesitan de supervisión civil en tiempos de guerra (es bastante sorprendente la total ausencia de políticos en la película; ni siquiera tiene la típica escena con el presidente).

-Algo muy como de Ayn Rand: que el individuo distinto, especial, superior, solo debe buscar su propio beneficio, y al hacerlo, paradójicamente es cuando más y mejor ayuda a la sociedad.

Y todo esto, sazonado de detalles que buscan colocar emocionalmente al espectador en los momentos inmediatamente posteriores al 11S. No puede haber una estrategia manipuladora más burda (y efectiva). 

Lo que me pasma es que nadie reflexione sobre lo que está contando Man of Steel, lo que subyace bajo las hostias y el espectáculo. Como, si al tratarse de una película de superhéroes, no hablará de nada, o no fuera mucho más radical en su defensa de ciertas tesis de la extrema derecha americana que por Ej. Zero Dark Thirty. Teniendo en cuenta que como forma de propaganda es mucho más efectiva que la película de Kathryn Bigelow. Sobre todo, porque no lo parece. Es un lobo en piel de cordero, más dañina aún tratándose de una película dirigida a un público infantil o adolescente.

Sin embargo, es algo que en general no se ha comentado. Es como si la película fuera una sucesión de escenas de tortas  que no cuentan nada. Y no me parece que sea mucho menos así. Es un cine tan político como el de Ken Loach.

A ver si consigo explicarme con otro ejemplo: la semana pasada vi la segunda película de Star Trek de J.J. Abrams. Partiendo de una base argumental muy similar a la de Man of Steel (el antagonista en un super ser malvado que amenaza con destruir la Tierra), las conclusiones a las que podría llegar su espectador después de verla son exactamente las contrarias a las que pueden extraerse de la película de Zack Snyder. Sería posible usar las dos películas para explicar qué piensan un votante del Partido Demócrata y otro del Partido Republicano estadounidenses sobre temas como la política exterior de su país, la pena de muerte, etc.   

Pero de la misma manera que creo que no podemos obviar la lectura ideológica de las películas al analizarlas con un mínimo de seriedad (o comportarse como si esta no existiera, como hacen el 90% de los críticos españoles cuando hablan de cine de género), tampoco podemos obviar que al escribir nos retratamos, que al elegir una opción de entre las cientos que ofrece el desarrollo de una historia, mostramos no solo nuestro criterio como narradores, sino cómo somos, cómo vemos el mundo. Creo que es algo inevitable.

Porque, como le leí una vez a Arturo Pérez Reverte (y cito de memoria, así que puede que la cita no sea exacta) como narradores somos el resultado de las historias que hemos leído y de la vida que hemos vivido.

Y esas historias no solo nos han ayudado a ser quien somos desde el punto de vista creativo.

¿Qué son las religiones sino historias que utilizamos como “manual de uso” de nuestras vidas?

¿Por qué un niño que jamás haya tenido problemas con un extranjero puede llegar a ser un adolescente racista? Pues porque ha creído las historias racistas que le han contado. En ese aspecto su forma de ver las cosas no es fruto de su experiencia.

Y el cine es un arma propagandística de gran fuerza. La catarsis emocional del clímax, que podemos vivir con la misma intensidad del protagonista, como si fuéramos él (dicen que por las neuronas “espejo”), nos puede hacer también compartir sus motivos, sus razones. Cuando Superman mata a Zod, si estamos en la película, si no hemos perdido la emoción por el camino -como me pasó a mí-, sentimos, creemos, que está haciendo lo correcto, que está haciendo lo que debía de hacer. Quizá queda sembrada la semilla que nos permitirá justificar un hecho similar en el mundo real.

¿O no?

La verdad es que no lo tengo nada claro. Solo tengo intuiciones, no certezas.

Otra película que he visto recientemente es Hannah Arendt, la biografía de una filósofa judía alemana que en 1961 escribió una serie de artículos para la revista The New Yorker sobre el juicio en Israel del nazi Adolf Eichmann. Los artículos, más tarde recopilados en libro, sostenían que Eichmann no era un Saurón o un Darth Vader, o sea, un maligno y despiadado criminal, sino un funcionario mediocre que se había limitado a hacer bien su trabajo. Además, Arendt hablaba también de la complicidad de los líderes de los consejos judíos con los nazis. Algo que según ella había provocado la muerte de un mayor número de judíos de los que hubieran fallecido de no darse esa complicidad.

Al publicarse los artículos, fueron muchos los intelectuales judíos (entre ellos varios amigos suyos) que empezaron a atacarla, acusándola de estar traicionando a su pueblo.

¿Cuál había sido el pecado de Arendt?: Cuestionar la historia que los judíos se estaban contando unos a otros para sobrellevar el horror del holocausto. Era más fácil pensar que se habían enfrentado a un poder imposible de combatir, al mal en estado puro, que a unos mediocres a los que cabía la posibilidad de haber plantado cara. Resultaba más seductor pensar que habían sido víctimas de un genocidio y no de un “asesinato en masa administrativo”. Además, ese relato de lo ocurrido convertía a las víctimas en héroes. Y por supuesto, los héroes no colaboran con sus asesinos.

El delito de Arendt había sido cuestionar una historia.

Porque al final va a ser que sí, que las historias importan.


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