RICARDO III – UN RETRATO ACTUAL

22 octubre, 2019

por Sergio Granda

No hace falta haber leído a Shakespeare. Todos conocemos a Ricardo, esa presencia excesiva y chillona que se propaga por nuestros días como las llamas de un incendio. El humo a su paso es el humo denso y pegajoso de quien solo se mueve por dinero, por poder, o peor aun, por aburrimiento. Es excéntrico, casi ridículo. Y, sin embargo, hoy lo encontramos presente con toda su fuerza. Ricardo es ese villano orgulloso de serlo, pero también es una fantasía de poder absoluto capaz de seducirnos ofreciendo recetas milagrosas a los retos de la política actual.

Hablan Miguel del Arco y Antonio Rojano, autores de esta libre adaptación, sobre su intención de trabajar con un material de hace 500 años que dialogue con nuestro 2019. Del Arco ya lo hizo en 2013 con su versión de Misántropo, en donde abordó el auge de las nuevas formaciones políticas, y unos años después adaptando Hamlet, que sirvió como espejo de las implicaciones de la crisis económica. En esta ocasión, se recoge el mismo espíritu para retratar a todos esos ricardos tan identificables en telediarios y cámaras representativas del mundo entero. A los que ya tienen el trono y a los que se acercan cada vez más a conseguirlo.

Y es que más de 400 años después, parece que nada ha cambiado: Ricardo no descansará hasta alcanzar la corona. Su ascenso al poder discurre en paralelo a su descenso a los infiernos, mientras se conjura contra todo aquel que se interponga en su objetivo. Desde figuras históricas como la reina Isabel hasta instituciones como la justicia o el clero, el contrahecho personaje de Shakespeare fabrica una calculada escalera de cadáveres políticos bajo una única máxima: “Ricardo solo ama a Ricardo”. Su andadura presenta a más de 50 personajes (en la piel de siete actores y actrices) que nos agarran de la mano para guiarnos por las cloacas del sistema. Porque sí, esta tragedia orbita en torno a un gran villano, pero no es el único que tiene muertos a sus espaldas. El texto diseña una compleja maquinaria de intereses cruzados, corrupta en su estructura, en la que ningún dirigente o cargo de poder debería tener la conciencia tranquila.

Pero Ricardo no está solo. A su sombra, recuerda del Arco, vienen también los ricarditos. Esos que defienden y jalean a los primeros a golpe de tweet, en bares y terrazas, entre trago y trago de gin-tonic. Los que ríen sus gracias y salidas de tono. Los que justifican el discurso del odio con eso de “al menos alguien habla claro”. En realidad, tampoco hace falta haber leído a Shakespeare para identificarlos y preguntarse, ¿cómo es posible idolatrar a un gobernante que carece del más mínimo discurso político? La respuesta, como si estuviera recitando una fórmula matemática, la escupe el protagonista a modo de axioma: “cuanta más gente quieras convencer al mismo tiempo, más simple debe ser tu mensaje”. Solo hay que abrir los periódicos para comprobar que la fórmula funciona.

En este sentido, el montaje recoge la intención del original para adaptar sus intrigas a un contexto en el que el juego político ha introducido nuevas vías de manipulación. Consciente de que nunca antes fue tan fácil multiplicar una mentira, el protagonista se siente cómodo en el engaño. Filtra informaciones falsas a medios complacientes, para, después, presentarse como la única solución posible a sus consecuencias. Incluso los mismos medios que ofrecen evasión, como fútbol o prensa sensacionalista, se han reciclado para convertir también la política en espectáculo de masas. Aunque sigue conspirando en las distancias cortas, este es el Ricardo de las fake news, de los vídeos manipulados y los chanchullos con la prensa.

A pesar de que las referencias al populismo de la era alt-right son evidentes, la función ni se desarrolla en un tiempo concreto ni presenta una escenografía que de unidad temporal a las acciones. Lo que hace que la propuesta sea necesaria precisamente ahora no es que suceda de forma nítida en, por ejemplo, el Despacho Oval o en los pasillos del Congreso de los Diputados. Son sus personajes. Todos, tanto los que se recogen en los libros de Historia como los que no, empujan al espectador a completar cualquier decorado con su imaginación. Eso abarata la producción y enriquece el resultado final. Así, el público, desde el patio de butacas, llena de detalles lugares tan dispares como la Torre la Londres, la morgue, o un plató de televisión; espacios recogidos del original o añadidos para la versión, en los que Ricardo hace y deshace a su antojo.

Más allá del texto y sus intenciones, la representación se desarrolla con una musicalidad y un sentido del ritmo de precisión milimétrica. Casi coreográfica. Con una fuerza visual que consigue sostener la plena atención del público durante sus dos horas de representación. Una idea de dirección que funciona gracias a la total implicación física y emocional de sus siete actores. Es cierto que Ricardo articula la acción, pero todos los intérpretes defienden sus personajes con tal grado de compromiso y verdad que casi ninguno resulta accesorio. Cada uno parece el protagonista de su propia historia.

Ricardo III es brillante, actual y necesaria; el dibujo en detalle de una caricatura real. En un momento en el que muchos se amparan en la lucha contra la corrección política para justificar el discurso del odio, uno sale de la función con la certeza de que Ricardo solo es la cara visible de un problema que trasciende su figura. ¿Qué hay detrás de él? Y lo más importante, ¿cómo evitar que personajes así lleguen a nuestras instituciones? Comentan los autores que el teatro está ahí para que el ciudadano se plantee preguntas sobre el mundo que le ha tocado vivir. Y puede que esa sea la clave. Puede que un primer paso sea meter a todos los ricardos del mundo en los teatros y no sacarlos de ahí. Concederles la corona únicamente sobre un escenario para tomar conciencia sobre ellos y evitar que vuelvan a pisar un gobierno nunca más.  

Esta versión libre de Ricardo III está escrita por Antonio Rojano y Miguel del Arco, que también firma la dirección. Estará en El Pavón Teatro Kamikaze hasta el 17 de noviembre.


DADOS: UNA TIRADA PERFECTA

28 septiembre, 2019

por Sergio Granda

Si Dados obtuvo hace unos meses el premio Max a mejor espectáculo juvenil, seguramente lo fue por insuflar comedia y ciencia ficción en una historia de identidad de género. Esa es su apuesta, una tirada perfecta y luminosa. Una mezcla de este mundo y de otros, cada uno con sus reglas y sus monstruos.

La obra producida por Ventrículo Veloz es el cierre de la Trilogía veloz, una serie que se ha propuesto atraer al público joven, en muchas ocasiones olvidado por el teatro pero necesario en cualquier espacio de pensamiento. Primero lo hizo con “Papel”, que profundizaba en el acoso escolar, y luego con “Por la boca”, ligada a los trastornos alimenticios. En esta tercera parte, conocemos a X, un quinceañero que trabaja como dependiente de una tienda de juegos de mesa, rol y cómics. Cada noche, al echar el cierre, X se aísla en la trastienda para grabar un podcast sobre sus vidas imaginarias. Su voz guía a los oyentes a través de mil aventuras con dragones, orcos o elfos, que se rigen por la suerte de un par de dados. Y por azar, o no, un día, una de sus grabaciones se ve interrumpida con la llegada de un hombre diez años mayor. Ese encuentro es el punto de partida. Un primer choque intergeneracional de personajes con miradas y vidas distintas, que servirá de puente hacia el verdadero meollo: la identidad.

 X grita “esta noche en este juego mando yo” casi al tiempo que reconoce preparar sus partidas al milímetro y dejar el mínimo margen posible para que el azar eche abajo su camino en el tablero. Y así se desvela un personaje harto de que se le castigue por ser quien es. El rol y la trastienda son su refugio. Y toda la energía y el entusiasmo con que nos sumerge en su podcast, contrasta con el silencio que se intuye en su vida lejos del micrófono.

Así, el montaje explora el interior de un adolescente y lo hace consciente de que la ficción juvenil suele indagar en los procesos de cambio y búsqueda de identidad. Pero la dramaturgia de José Padilla propone un viaje distinto. Original en la trama y necesario en el tema. Un viaje de reafirmación, sin paternalismos ni lecciones gratuitas, escrito desde la absoluta consciencia de que su público no espera una lección vital de nada. Esta no es la sesuda radiografía de un problema, ni una explicación de cómo funciona la vida. Es, y no es poco, una divertida comedia, que tiene la habilidad de exprimir la relación entre dos personajes para tratar la identidad de género como asunto prioritario en nuestra sociedad.

En este sentido, el montaje de Padilla explota los paralelismos que ofrece su premisa. En primer lugar, el vínculo entre persona y avatar, y, en segundo, cómo los mundos de ficción, con sus héroes, sus villanos y el azar que determina su destino, se relacionan con la crueldad de nuestra realidad. Y es que un juego de rol no existe, o, mejor dicho, tan solo existe en la imaginación de quien participa. Sus reglas y aventuras son intangibles, solo un código compartido por los jugadores, que termina o se deja en pausa. Pero X e Y están ahí, obligados a bregar con el odio y la discriminación día tras día.

Sin perder cuál es el centro de todo, la propuesta trasciende y se ramifica planteando preguntas que envuelven la obra sin entorpecer su avance. ¿Somos conformistas? ¿Quién tiene privilegios? ¿Cómo nos condicionan las ideas preconcebidas? Dados es breve, no llega a la hora de duración, pero no le hace falta más para poner sobre la mesa temas de actual debate en nuestro tiempo.

Por otra parte, el montaje se presenta sencillo pero preciso. Gana fuerza en momentos de gran derroche imaginativo, como la coreografía diseñada por Edu Cárcamo, que recrea una apasionante partida de rol con un código puramente teatral. El conjunto tiene ritmo y fuerza, pero lo que provoca que el público rompa a reír o contenga la respiración por momentos es el trabajo de sus dos intérpretes. Almudena Puyo y Juan Blanco cargan de intención cada frase hasta dejarse la voz y hasta hacernos comprender que “el horror está en los ojos del que mira”.

Recuerda X que Lovecraft inventó un monstruo de nombre fonéticamente impronunciable para multiplicar la sensación de terror al mencionarlo. Y de la misma forma, nuestro mundo también juega a inventarse monstruos tras las esquinas. Dados es un teatro contemporáneo, divertido y necesario, que está ahí para llevar a escena algo que, como sociedad, todavía nos cuesta pronunciar.

El reestreno de Dados estará del 24 de septiembre al 5 de octubre en El Ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze. Además, el texto de la Trilogía veloz está disponible en la librería del teatro.


LAS CANCIONES: ESCUCHAR CON TODO EL CUERPO

4 septiembre, 2019

Por Sergio Granda

Pocas veces el teatro se olvida de su público o del mundo que le toca vivir y, desde luego, no es casualidad descubrir una apuesta como Las canciones aquí y ahora. El ahora es nuestro 2019, un tiempo ahogado por continuas opiniones, por el ruido de palabras y caracteres que, en ocasiones, confunden el juicio crítico con la guillotina. Es una particularidad del mundo contemporáneo. Para bien o para mal, todos juzgamos todo (no hay mejor prueba que este texto), porque si no, dejamos de existir. Y porque escuchar es difícil. Requiere, de alguna forma, vaciarse, salir de uno mismo para ir a otro lugar.

Frente a esa sobrecarga de opinión, el nuevo montaje de Pablo Messiez se revela como una enérgica defensa del silencio y la escucha; la historia de siete personajes que se vacían por completo y se llenan de música, para perderse del mundo, del ruido y de sí mismos.

El texto ofrece ese punto de partida. Cuatro hermanos deciden, tras la muerte de su padre, un controvertido músico, alejarse del bullicio mediático con una peculiar terapia: escuchar las canciones que más les emocionan. Su ritual no significa dar al play, cerrar los ojos, y esperar a que la melodía les pase por encima. El autor propone una escucha física, visceral y comprometida con cada nota. Porque la música provoca emoción y aquí las emociones se exteriorizan con todos los músculos del cuerpo, con movimientos desordenados o lenguaje gestual. Incluso con orgasmos. Lo que sea, pero que sea apasionado.

Más allá de su concepto de escucha, la obra echa a andar con la llegada de una pareja de músicos, admiradores de la figura paterna ausente, que, ajenos a estas sesiones, funcionan como eficaz herramienta narrativa para familiarizarnos con las reglas de este particular universo. Ellos dejan por un tiempo sus instrumentos y su voz para cruzar al otro lado. Así, vivir y sentir las canciones, hará que de cada uno surja lo nuevo y desconocido. Porque ahí está la clave: escuchar nos cambia más que hablar. Liza Minelli, Etta James, Jaques Brell o Tom Waits ponen banda sonora a ese proceso de descubrimiento. En total, más de veinte canciones que no suenan por sonar, sino que estructuran la representación y dan pie a que los personajes tomen las riendas, o, como mínimo, se vean confrontados con sus miedos.

En este sentido, todos ellos atraviesan sus conflictos con intensidad pero siempre de acuerdo a ese mensaje de escuchar con pasión. Sí, se trata de una apuesta más enfocada al concepto que a la trama, pero todo exhala verdad y fuerza, quizás porque los conflictos individuales orbitan en torno a un mismo planteamiento temático central.

Pero el mensaje no se queda en el escenario. Dice Olga, una de las hermanas, que “aquí no se canta. Aquí se viene a escuchar”. Y esa frase sale de su boca para trascender y llegar hasta el público, invitándolo, de alguna forma, a ser parte de lo que sucede en la obra. Y es que, pocos espacios hay donde el acto de escuchar en vivo sea tan voluntario, o tan consciente, como el teatro. Así, Las canciones también se manifiesta como una sutil defensa del propio arte: un teatro, cualquier teatro, es como esa habitación aislada en la que los hermanos se reúnen durante horas; en cierta forma, es un pequeño patio trasero en el que dejar que otros canten o tomen la palabra. El texto se hace cargo de esta idea hasta las últimas consecuencias, llegando a proponer un juego en el que cada uno puede elegir cómo recibe la música, que es, en el fondo, la forma en la que cada uno recibe la obra.

Por otra parte, la dramaturgia y la dirección de Messiez se presentan con un tono heterogéneo que viaja desde el drama familiar inspirado por personajes de Chejov, como los de Las tres hermanas, a la comedia gestual o momentos decididamente transgresores.

Brilla el texto, brilla la dirección y brilla también lo que en ocasiones pasa desapercibido. La excepcional coreografía desarrollada por Lucas Condró está perfectamente alineada con la escenografía de Alejandro Andújar, el diseño sonoro de Joan Solé y la iluminación de Paloma Parra. Y todo ello define el mejor ecosistema posible para la obra: una indeterminada caja de música que late con fuerza en cada parlamento y en cada canción.

Sin embargo, la propuesta de Messiez funciona con aplomo gracias a siete actores absolutamente comprometidos con una idea que les exige casi tanto desgaste físico como emocional. Javier Ballesteros, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro, Joan Solé y Mikele Urroz. Son ellos, los siete, quienes se desnudan por completo, quienes bailan y gritan y lloran y ríen con tanta entrega y generosidad que resulta imposible no sentir lo que sienten.

Las canciones tiene el calado de un teatro que analiza con certeza cómo somos y cómo nos comportamos en comunidad. Su relato defiende algo que se pierde en cada grito de teclado, en cada titular descontextualizado o en la guerra del click a toda costa, para proponer una alternativa: escuchar antes que gritar; música frente al ruido.  

“Las canciones” estará en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el 6 de octubre. El próximo jueves 26 de septiembre, además, el equipo tendrá un encuentro con el público en el que se comentará la función.


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