RICARDO III – UN RETRATO ACTUAL

22 octubre, 2019

por Sergio Granda

No hace falta haber leído a Shakespeare. Todos conocemos a Ricardo, esa presencia excesiva y chillona que se propaga por nuestros días como las llamas de un incendio. El humo a su paso es el humo denso y pegajoso de quien solo se mueve por dinero, por poder, o peor aun, por aburrimiento. Es excéntrico, casi ridículo. Y, sin embargo, hoy lo encontramos presente con toda su fuerza. Ricardo es ese villano orgulloso de serlo, pero también es una fantasía de poder absoluto capaz de seducirnos ofreciendo recetas milagrosas a los retos de la política actual.

Hablan Miguel del Arco y Antonio Rojano, autores de esta libre adaptación, sobre su intención de trabajar con un material de hace 500 años que dialogue con nuestro 2019. Del Arco ya lo hizo en 2013 con su versión de Misántropo, en donde abordó el auge de las nuevas formaciones políticas, y unos años después adaptando Hamlet, que sirvió como espejo de las implicaciones de la crisis económica. En esta ocasión, se recoge el mismo espíritu para retratar a todos esos ricardos tan identificables en telediarios y cámaras representativas del mundo entero. A los que ya tienen el trono y a los que se acercan cada vez más a conseguirlo.

Y es que más de 400 años después, parece que nada ha cambiado: Ricardo no descansará hasta alcanzar la corona. Su ascenso al poder discurre en paralelo a su descenso a los infiernos, mientras se conjura contra todo aquel que se interponga en su objetivo. Desde figuras históricas como la reina Isabel hasta instituciones como la justicia o el clero, el contrahecho personaje de Shakespeare fabrica una calculada escalera de cadáveres políticos bajo una única máxima: “Ricardo solo ama a Ricardo”. Su andadura presenta a más de 50 personajes (en la piel de siete actores y actrices) que nos agarran de la mano para guiarnos por las cloacas del sistema. Porque sí, esta tragedia orbita en torno a un gran villano, pero no es el único que tiene muertos a sus espaldas. El texto diseña una compleja maquinaria de intereses cruzados, corrupta en su estructura, en la que ningún dirigente o cargo de poder debería tener la conciencia tranquila.

Pero Ricardo no está solo. A su sombra, recuerda del Arco, vienen también los ricarditos. Esos que defienden y jalean a los primeros a golpe de tweet, en bares y terrazas, entre trago y trago de gin-tonic. Los que ríen sus gracias y salidas de tono. Los que justifican el discurso del odio con eso de “al menos alguien habla claro”. En realidad, tampoco hace falta haber leído a Shakespeare para identificarlos y preguntarse, ¿cómo es posible idolatrar a un gobernante que carece del más mínimo discurso político? La respuesta, como si estuviera recitando una fórmula matemática, la escupe el protagonista a modo de axioma: “cuanta más gente quieras convencer al mismo tiempo, más simple debe ser tu mensaje”. Solo hay que abrir los periódicos para comprobar que la fórmula funciona.

En este sentido, el montaje recoge la intención del original para adaptar sus intrigas a un contexto en el que el juego político ha introducido nuevas vías de manipulación. Consciente de que nunca antes fue tan fácil multiplicar una mentira, el protagonista se siente cómodo en el engaño. Filtra informaciones falsas a medios complacientes, para, después, presentarse como la única solución posible a sus consecuencias. Incluso los mismos medios que ofrecen evasión, como fútbol o prensa sensacionalista, se han reciclado para convertir también la política en espectáculo de masas. Aunque sigue conspirando en las distancias cortas, este es el Ricardo de las fake news, de los vídeos manipulados y los chanchullos con la prensa.

A pesar de que las referencias al populismo de la era alt-right son evidentes, la función ni se desarrolla en un tiempo concreto ni presenta una escenografía que de unidad temporal a las acciones. Lo que hace que la propuesta sea necesaria precisamente ahora no es que suceda de forma nítida en, por ejemplo, el Despacho Oval o en los pasillos del Congreso de los Diputados. Son sus personajes. Todos, tanto los que se recogen en los libros de Historia como los que no, empujan al espectador a completar cualquier decorado con su imaginación. Eso abarata la producción y enriquece el resultado final. Así, el público, desde el patio de butacas, llena de detalles lugares tan dispares como la Torre la Londres, la morgue, o un plató de televisión; espacios recogidos del original o añadidos para la versión, en los que Ricardo hace y deshace a su antojo.

Más allá del texto y sus intenciones, la representación se desarrolla con una musicalidad y un sentido del ritmo de precisión milimétrica. Casi coreográfica. Con una fuerza visual que consigue sostener la plena atención del público durante sus dos horas de representación. Una idea de dirección que funciona gracias a la total implicación física y emocional de sus siete actores. Es cierto que Ricardo articula la acción, pero todos los intérpretes defienden sus personajes con tal grado de compromiso y verdad que casi ninguno resulta accesorio. Cada uno parece el protagonista de su propia historia.

Ricardo III es brillante, actual y necesaria; el dibujo en detalle de una caricatura real. En un momento en el que muchos se amparan en la lucha contra la corrección política para justificar el discurso del odio, uno sale de la función con la certeza de que Ricardo solo es la cara visible de un problema que trasciende su figura. ¿Qué hay detrás de él? Y lo más importante, ¿cómo evitar que personajes así lleguen a nuestras instituciones? Comentan los autores que el teatro está ahí para que el ciudadano se plantee preguntas sobre el mundo que le ha tocado vivir. Y puede que esa sea la clave. Puede que un primer paso sea meter a todos los ricardos del mundo en los teatros y no sacarlos de ahí. Concederles la corona únicamente sobre un escenario para tomar conciencia sobre ellos y evitar que vuelvan a pisar un gobierno nunca más.  

Esta versión libre de Ricardo III está escrita por Antonio Rojano y Miguel del Arco, que también firma la dirección. Estará en El Pavón Teatro Kamikaze hasta el 17 de noviembre.


DADOS: UNA TIRADA PERFECTA

28 septiembre, 2019

por Sergio Granda

Si Dados obtuvo hace unos meses el premio Max a mejor espectáculo juvenil, seguramente lo fue por insuflar comedia y ciencia ficción en una historia de identidad de género. Esa es su apuesta, una tirada perfecta y luminosa. Una mezcla de este mundo y de otros, cada uno con sus reglas y sus monstruos.

La obra producida por Ventrículo Veloz es el cierre de la Trilogía veloz, una serie que se ha propuesto atraer al público joven, en muchas ocasiones olvidado por el teatro pero necesario en cualquier espacio de pensamiento. Primero lo hizo con “Papel”, que profundizaba en el acoso escolar, y luego con “Por la boca”, ligada a los trastornos alimenticios. En esta tercera parte, conocemos a X, un quinceañero que trabaja como dependiente de una tienda de juegos de mesa, rol y cómics. Cada noche, al echar el cierre, X se aísla en la trastienda para grabar un podcast sobre sus vidas imaginarias. Su voz guía a los oyentes a través de mil aventuras con dragones, orcos o elfos, que se rigen por la suerte de un par de dados. Y por azar, o no, un día, una de sus grabaciones se ve interrumpida con la llegada de un hombre diez años mayor. Ese encuentro es el punto de partida. Un primer choque intergeneracional de personajes con miradas y vidas distintas, que servirá de puente hacia el verdadero meollo: la identidad.

 X grita “esta noche en este juego mando yo” casi al tiempo que reconoce preparar sus partidas al milímetro y dejar el mínimo margen posible para que el azar eche abajo su camino en el tablero. Y así se desvela un personaje harto de que se le castigue por ser quien es. El rol y la trastienda son su refugio. Y toda la energía y el entusiasmo con que nos sumerge en su podcast, contrasta con el silencio que se intuye en su vida lejos del micrófono.

Así, el montaje explora el interior de un adolescente y lo hace consciente de que la ficción juvenil suele indagar en los procesos de cambio y búsqueda de identidad. Pero la dramaturgia de José Padilla propone un viaje distinto. Original en la trama y necesario en el tema. Un viaje de reafirmación, sin paternalismos ni lecciones gratuitas, escrito desde la absoluta consciencia de que su público no espera una lección vital de nada. Esta no es la sesuda radiografía de un problema, ni una explicación de cómo funciona la vida. Es, y no es poco, una divertida comedia, que tiene la habilidad de exprimir la relación entre dos personajes para tratar la identidad de género como asunto prioritario en nuestra sociedad.

En este sentido, el montaje de Padilla explota los paralelismos que ofrece su premisa. En primer lugar, el vínculo entre persona y avatar, y, en segundo, cómo los mundos de ficción, con sus héroes, sus villanos y el azar que determina su destino, se relacionan con la crueldad de nuestra realidad. Y es que un juego de rol no existe, o, mejor dicho, tan solo existe en la imaginación de quien participa. Sus reglas y aventuras son intangibles, solo un código compartido por los jugadores, que termina o se deja en pausa. Pero X e Y están ahí, obligados a bregar con el odio y la discriminación día tras día.

Sin perder cuál es el centro de todo, la propuesta trasciende y se ramifica planteando preguntas que envuelven la obra sin entorpecer su avance. ¿Somos conformistas? ¿Quién tiene privilegios? ¿Cómo nos condicionan las ideas preconcebidas? Dados es breve, no llega a la hora de duración, pero no le hace falta más para poner sobre la mesa temas de actual debate en nuestro tiempo.

Por otra parte, el montaje se presenta sencillo pero preciso. Gana fuerza en momentos de gran derroche imaginativo, como la coreografía diseñada por Edu Cárcamo, que recrea una apasionante partida de rol con un código puramente teatral. El conjunto tiene ritmo y fuerza, pero lo que provoca que el público rompa a reír o contenga la respiración por momentos es el trabajo de sus dos intérpretes. Almudena Puyo y Juan Blanco cargan de intención cada frase hasta dejarse la voz y hasta hacernos comprender que “el horror está en los ojos del que mira”.

Recuerda X que Lovecraft inventó un monstruo de nombre fonéticamente impronunciable para multiplicar la sensación de terror al mencionarlo. Y de la misma forma, nuestro mundo también juega a inventarse monstruos tras las esquinas. Dados es un teatro contemporáneo, divertido y necesario, que está ahí para llevar a escena algo que, como sociedad, todavía nos cuesta pronunciar.

El reestreno de Dados estará del 24 de septiembre al 5 de octubre en El Ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze. Además, el texto de la Trilogía veloz está disponible en la librería del teatro.


LAS CANCIONES: ESCUCHAR CON TODO EL CUERPO

4 septiembre, 2019

Por Sergio Granda

Pocas veces el teatro se olvida de su público o del mundo que le toca vivir y, desde luego, no es casualidad descubrir una apuesta como Las canciones aquí y ahora. El ahora es nuestro 2019, un tiempo ahogado por continuas opiniones, por el ruido de palabras y caracteres que, en ocasiones, confunden el juicio crítico con la guillotina. Es una particularidad del mundo contemporáneo. Para bien o para mal, todos juzgamos todo (no hay mejor prueba que este texto), porque si no, dejamos de existir. Y porque escuchar es difícil. Requiere, de alguna forma, vaciarse, salir de uno mismo para ir a otro lugar.

Frente a esa sobrecarga de opinión, el nuevo montaje de Pablo Messiez se revela como una enérgica defensa del silencio y la escucha; la historia de siete personajes que se vacían por completo y se llenan de música, para perderse del mundo, del ruido y de sí mismos.

El texto ofrece ese punto de partida. Cuatro hermanos deciden, tras la muerte de su padre, un controvertido músico, alejarse del bullicio mediático con una peculiar terapia: escuchar las canciones que más les emocionan. Su ritual no significa dar al play, cerrar los ojos, y esperar a que la melodía les pase por encima. El autor propone una escucha física, visceral y comprometida con cada nota. Porque la música provoca emoción y aquí las emociones se exteriorizan con todos los músculos del cuerpo, con movimientos desordenados o lenguaje gestual. Incluso con orgasmos. Lo que sea, pero que sea apasionado.

Más allá de su concepto de escucha, la obra echa a andar con la llegada de una pareja de músicos, admiradores de la figura paterna ausente, que, ajenos a estas sesiones, funcionan como eficaz herramienta narrativa para familiarizarnos con las reglas de este particular universo. Ellos dejan por un tiempo sus instrumentos y su voz para cruzar al otro lado. Así, vivir y sentir las canciones, hará que de cada uno surja lo nuevo y desconocido. Porque ahí está la clave: escuchar nos cambia más que hablar. Liza Minelli, Etta James, Jaques Brell o Tom Waits ponen banda sonora a ese proceso de descubrimiento. En total, más de veinte canciones que no suenan por sonar, sino que estructuran la representación y dan pie a que los personajes tomen las riendas, o, como mínimo, se vean confrontados con sus miedos.

En este sentido, todos ellos atraviesan sus conflictos con intensidad pero siempre de acuerdo a ese mensaje de escuchar con pasión. Sí, se trata de una apuesta más enfocada al concepto que a la trama, pero todo exhala verdad y fuerza, quizás porque los conflictos individuales orbitan en torno a un mismo planteamiento temático central.

Pero el mensaje no se queda en el escenario. Dice Olga, una de las hermanas, que “aquí no se canta. Aquí se viene a escuchar”. Y esa frase sale de su boca para trascender y llegar hasta el público, invitándolo, de alguna forma, a ser parte de lo que sucede en la obra. Y es que, pocos espacios hay donde el acto de escuchar en vivo sea tan voluntario, o tan consciente, como el teatro. Así, Las canciones también se manifiesta como una sutil defensa del propio arte: un teatro, cualquier teatro, es como esa habitación aislada en la que los hermanos se reúnen durante horas; en cierta forma, es un pequeño patio trasero en el que dejar que otros canten o tomen la palabra. El texto se hace cargo de esta idea hasta las últimas consecuencias, llegando a proponer un juego en el que cada uno puede elegir cómo recibe la música, que es, en el fondo, la forma en la que cada uno recibe la obra.

Por otra parte, la dramaturgia y la dirección de Messiez se presentan con un tono heterogéneo que viaja desde el drama familiar inspirado por personajes de Chejov, como los de Las tres hermanas, a la comedia gestual o momentos decididamente transgresores.

Brilla el texto, brilla la dirección y brilla también lo que en ocasiones pasa desapercibido. La excepcional coreografía desarrollada por Lucas Condró está perfectamente alineada con la escenografía de Alejandro Andújar, el diseño sonoro de Joan Solé y la iluminación de Paloma Parra. Y todo ello define el mejor ecosistema posible para la obra: una indeterminada caja de música que late con fuerza en cada parlamento y en cada canción.

Sin embargo, la propuesta de Messiez funciona con aplomo gracias a siete actores absolutamente comprometidos con una idea que les exige casi tanto desgaste físico como emocional. Javier Ballesteros, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro, Joan Solé y Mikele Urroz. Son ellos, los siete, quienes se desnudan por completo, quienes bailan y gritan y lloran y ríen con tanta entrega y generosidad que resulta imposible no sentir lo que sienten.

Las canciones tiene el calado de un teatro que analiza con certeza cómo somos y cómo nos comportamos en comunidad. Su relato defiende algo que se pierde en cada grito de teclado, en cada titular descontextualizado o en la guerra del click a toda costa, para proponer una alternativa: escuchar antes que gritar; música frente al ruido.  

“Las canciones” estará en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el 6 de octubre. El próximo jueves 26 de septiembre, además, el equipo tendrá un encuentro con el público en el que se comentará la función.


CRIMEN Y TELÓN: JUGANDO CON LA ESENCIA DEL TEATRO

11 agosto, 2019

La compañía Ron Lalá, responsable de éxitos como Cervantina, el último Tenorio en Alcalá de Henares o Todas hieren y una mata, que ya comentamos aquí, reestrenó el pasado 1 de agosto su aclamada comedia Crimen y telón en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid.

Sostenida por una trama distópica –en un futuro cercano en el que las artes han sido prohibidas, el detective Noir investiga el asesinato de una víctima muy particular: el teatro- Crimen y telón es una disparatada mezcla de géneros: policíaco, musical, farsa… Todo tiene cabida en un espectáculo que no da respiro al espectador, gracias a la vertiginosa dirección de Yayo Cáceres y a un elenco brillante.

Álvaro Tato mezcla en su texto una cantidad de giros metalingüísticos que harían estallar la cabeza del Unamuno de Niebla y del Pirandello de Seis personajes en busca de autor. Pero lo hace a un ritmo tan endiablado, salpicándolo tan descaradamente de referencias culturales y bromas coyunturales, y con tantos cambios de ritmo –de un largo monólogo en verso a una persecución con los actores portando linternas como única fuente de luz; luego cantan un corrido; después se encienden las luces de la sala y el elenco interpela al público- que el resultado es de una espectacularidad impresionante.

Una escena de “Crimen y Telón”. Foto: David Ruiz, http://www.masescena.es

Cuando un guión le da excesiva importancia al formato, suele ser en detrimento de la trama y de la profundidad de los personajes, que quedan reducidos a marionetas. Aquí, la apuesta por el metalenguaje es radical: en un momento de la obra, Noir descubre un ejemplar del texto de la obra Crimen y telón y entiende que él es su protagonista. Los actores hacen hablar al técnico de sonido, obligan a la regidora a salir a escena. Estos recursos resultan deliciosos para el público, pero llegan a ahogar la trama.

La investigación del detective Noir acaba por no ser más que una excusa para hacer un rosario de homenajes al teatro: en escena aparecen Edipo, Lady Macbeth, el espectro del asesinado Rey Hamlet… Cada escena, cada reflexión (no falta la disculpa hacia nuestras grandes heroínas –Laurencia, La dama duende- por el machismo secular del teatro nacional) se disfruta muchísimo, pero de trama sólo tienen la apariencia.

¿Es esto un error? No en el caso de Crimen y telón, que desde el primer momento está planteada como una gran broma, un juguete escénico destinado no a contar la peripecia de un héroe, sino simplemente a hacer reír. Y es que, como reflexiona el protagonista, el juego es la esencia del teatro.

Ahora bien, durante ese juego Álvaro Tato lanza dardos envenenados contra el poder, contra la censura, contra la dictadura de la corrección política, contra el abandono de las artes, contra el conformismo… Y es que Tato, gran conocedor de los clásicos, sabe que la comedia es un artilugio estupendo para camuflar mensajes incendiarios bajo la apariencia de inofensivas bromas.

Álvaro Tato. Foto: Álex Piña, http://www.elcorreo.com

Así, Tato salpica la función de unos pocos chistes ridículamente malos (¡Es una bombilla! ¡Al suelillo!) y de un par de comentarios satíricos que no pasarían el filtro de un tuitero de segunda para decirle al público que todo esto es una gran coña. Y cuando el espectador ha bajado la guardia, el autor empieza a lanzar andanadas críticas de mucha más profundidad, recordándonos por ejemplo el grave peligro de renunciar a las artes, y la perentoria necesidad de defender la educación.

Y consigue hacer llegar el mensaje hasta el punto de poner a media sala en pie ovacionando justamente al elenco… todavía con la sonrisa dibujada en el rostro. Porque, recordemos, el juego es la esencia del teatro. Y hoy en día, pocas compañías juegan con tanta soltura como los ronlaleros.

Sergio Barrejón.

Crimen y telón estará en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid hasta el próximo domingo 18 de agosto.


LA VOZ MÁS ASOMBROSA DEL MUNDO

9 agosto, 2019

por Ana Álvarez Prada.

El pasado miércoles 7 de agosto, en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, tuvo lugar el estreno absoluto de Yo, Farinelli, el capón, un texto dramático de Manuel Gutiérrez Aragón basado en la novela homómina de Jesús Ruiz Mantilla.

Carlo Broschi, el castrado más famoso de su tiempo, se hizo llamar Farinelli en honor a los Farina, sus primeros protectores. Tras haber sufrido un accidente montando a caballo, fue convencido de someterse a la castración. “Con una sencilla operación, podrás seguir cantando como los ángeles toda tu vida”, le aseguraron en su niñez. Y Farinelli cantó hasta el último día de su existencia.

Canto y callo, repite insistentemente Farinelli en la voz de Miguel Rellán. Tenía la voz más asombrosa del mundo… pero no tuvo ni voz ni voto en el desarrollo de su carrera. Al contrario que la mayoría de los castrati, Carlo venía de buena familia. Entrar en el gremio de los castrados le supuso recibir una formación férrea y privilegiada en el campo de la música y de la cultura en general. El éxito de Farinelli fue fulgurante y su fama tal que recibía invitaciones de las más ricas cortes europeas, donde era agasajado con carísimos regalos, y aplaudido y deseado por una enorme masa de admiradores y admiradoras que veían en él al ídolo y también al engendro.

Nunca podremos saber cómo sonaba su voz. Se decía que cantaba con fluidez saltos de tres octavas y media, que podía aguantar una nota durante un minuto subiendo y bajando el volumen, que cantaba catorce compases sin respirar… Sabemos que era un prodigio inimitable porque se conservan las partituras que su hermano Ricardo compuso para él: arias complicadísimas que mostraban un virtuosismo que nadie jamás fue capaz de igualar.

Fue adorado por su voz y despreciado por su condición de castrado, fue tratado como un Dios y como un mono de feria. Tan leal a sus protectores que, a petición del rey español Felipe V, dejó los escenarios y cantó para él todas las noches, durante años, las mismas cinco arias, para aliviar los ataques de locura del monarca y mitigar la melancolía que le impedía gobernar.

No le era permitido el amor carnal pero amó, amó la música y regaló su voz por amor. Ya anciano, en su retiro de Bolonia, Farinelli lleva una vida acomodada y se dedica a escribir sus memorias. Y es en ese punto donde arranca la acción de “Yo, Farinelli, el capón”.

El texto nos descubre al hombre que vivía tras el mito, tras el ídolo de masas que viajó por los caminos y mares de la Europa del siglo XVIII para entretener con sus acrobacias vocales a un público que le aclamaba como suyo. Sorprende particularmente encontrarse a un hombre humilde y agradecido por todo lo que la vida le ha deparado. Una forma de vivir el éxito muy distinta de la de otros virtuosos de fama mundial, como Liszt o Paganini, divos cuya actitud era más parecida a la de una rockstar. Farinelli no sólo trabajó duro para alcanzar la excelencia: su fama tuvo como precio su propia integridad física y su propia dignidad personal. Y aun así, era capaz de dar las gracias por lo que había logrado.

Ya en sus comienzos el gran maestro de voz Niccola Porpora le dejó bien claro: “Tienes la voz en depósito, los verdaderos dueños son los que la van a escuchar”. Una responsabilidad que cuidar cada vez que atravesaba los fríos Alpes en carro, cada vez que la angustia le impedía respirar y que la enfermedad le debilitaba.

El Farinelli de Jesús Ruiz Mantilla y Manuel Gutiérrez Aragón es generoso, simpático, leal, sensible, valiente y orgulloso. Es protagonista y espectador. Deleita y acepta. Canta y calla.

También es culto y astuto. Aquellos años cantando en la alcoba de un rey enloquecido, oliendo a orines e incienso, fueron tremendamente aburridos, pero su fidelidad le permitió llegar a ser un respetado consejero cultural, le dio la oportunidad de introducir la opera como género grande en España, y le valió la Cruz de Calatrava, además de la dirección de las actividades culturales del Palacio del Buen Retiro y del de Aranjuez.

Gutiérrez Aragón, quien también dirige el espectáculo, apuesta por utilizar a dos intérpretes distintos: por un lado, el gran actor Miguel Rellán como el Farinelli anciano (pero también el niño confundido y por momentos aterrado ante la castración). Por otro, el gran contratenor Carlos Mena como el Farinelli joven que triunfa en los escenarios. Miguel Rellán narra la vida de Farinelli mediante monólogos. Carlos Mena a través de las arias, acompañadas por el prestigioso conjunto Forma Antiqva. Todos y cada uno de ellos dan forma con su indiscutible talento a un espectáculo que es teatro y concierto a la vez.

El escenario aparece radicalmente dividido en dos espacios distintos: izquierda para los músicos y derecha para el actor. Pero las palabras y la música no viven aisladas, al contrario: se suceden con buen ritmo, se adornan, se tocan, se necesitan. Miguel Rellán respira las melodías que canta Carlos Mena, el Farinelli joven. Mena, a su vez, sin hablar, recibe las palabras del anciano, a veces como caricias y otras como puñaladas.

El excelente trabajo de estos dos grandes de la escena nos transporta a 1730, convirtiéndonos en el público que vitorea y aplaude entusiasmado las arias cantadas por gran Farinelli. La habilidad vocal de Carlos Mena, la maestría de los músicos de Forma Antiqva y el brillante repertorio elegido por el director musical, Aaron Zapico, ilustran de forma fascinante la época y contribuyen de forma impagable a explicar el personaje, su orgullo, su miedo, su entrega y su fatiga.

En el aria compuesta por su hermano Ricardo Broschi, Farinelli joven hace verdaderas piruetas con la voz y levanta ovaciones. Poco después, durante el aria de Hasse, “Pallido il Sole”, los dos Farinelli, Rellán y Mena, se tocan por primera vez, se miran al espejo, sienten lástima de sí mismos. Y escuchando la maravillosa y profunda “Cara Sposa” de Händel, lamentamos con ellos sus amores callados, prohibidos y nunca revelados.

Cantando y callando, Farinelli.

(Una nueva representación de Yo, Farinelli, el capón tendrá lugar hoy a las 20:30 en la Sala Argenta de Santander, en el marco del Festival Internacional de la capital cántabra. Futuras fechas en temporada regular están aún pendientes de confirmación).


IPHIGENIA EN VALLECAS, EL SACRIFICIO INESPERADO

10 julio, 2019

por Carlos Crespo

“Toda nuestra patria tiene su mirada puesta en mí. Si muero, evitaré todas estas atrocidades y mi fama por haber liberado Grecia será dichosa. Padre, aquí me tienes. Por el bien de mi patria y por el bien de toda la tierra helena, me entrego de buen grado a quienes me conduzcan al altar para el sacrificio”.

En la mitología griega, Ifigenia es una de las hijas del rey Agamenón y Clitemnestra. La flota del monarca navega de camino a Troya para participar en la guerra, pero al llegar a Áulide el viento se detiene y los barcos quedan inmóviles, incapaces de seguir avanzando. Es la venganza de la diosa Artemisa por una afrenta pasada del rey, a quien exige el sacrificio de su hija Ifigenia a cambio de que los vientos le sean de nuevo favorables.

Eurípides cuenta este mito en “Ifigenia en Áulide”, una de las últimas tragedias que escribió antes de morir. En ese texto clásico se basa “Iphigenia in Splott”, de Gary Owen, Premio al Mejor Texto en el Festival de Edimburgo 2015. María Hervás no es solo la actriz protagonista de la versión española que el Teatro Pavón Kamikaze reestrenó el pasado 4 de julio, sino que además se ha encargado de traducir y adaptar la obra británica a la realidad y la idiosincrasia de nuestro país.

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La Iphigenia de 2019 es una chica muy joven que malvive en un barrio marginal de Madrid. Una zona sin recursos donde las consecuencias de los recortes traídos por las políticas austeras de los últimos años afectan de manera más grave al día a día de sus habitantes, donde se cierran y derriban polideportivos y bibliotecas públicas en favor de la construcción en esos mismos terrenos de nuevas viviendas que ninguna chavala o chaval del barrio podrán permitirse comprar jamás.

La función comienza con Iphigenia hablando cara a cara con el público asistente, nos dice que esa noche estamos todos allí para darle las gracias porque cada uno de nosotros está en deuda con ella. Más que hablarnos nos increpa. Y empieza un estallido de alaridos, paseos hiperactivos, insultos y palabrotas que nos llevan a querer observarla desde un sitio más apartado, a salvo de sus agresiones, nos gustaría poder abrir el plano y mirarla desde lejos. Iphigenia se nos presenta como un personaje movido por una rabia invisible que usa la fuerza y la intimidación para hacer lo que le da la gana y conseguir lo que quiere todo el tiempo. Y pobre de aquel a quien no le parezca bien y quiera llevarle la contraria, porque Ifi no respeta nada ni a nadie, ni siquiera a una madre con varios hijos cuando le afea la conducta.

Su vida transcurre sin rumbo entre alcohol, sexo, drogas y noches de discoteca; sin estudiar, sin trabajar, sin mayores sueños que evadirse de una realidad en blanco y negro y pasar como pueda los días de resaca en espera de un nuevo subidón. Ifi es agresiva, malhablada y provocadora; es una eterna buscadora de conflicto y por eso nadie se atreve a sostenerle la mirada, porque ella es capaz de pegarse con quien sea por lo que sea cuando sea y nadie quiere meterse en ese tipo de problemas. Y por eso quienes se cruzan en su camino la juzgan con inmediata superioridad moral en menos de un segundo: quinqui de mierda. 

Una noche, estando de fiesta con su novio, Iphigenia se fija en un chico que la mira desde el otro lado de la pista. La mira y no le quita ojo. Se atreve a no quitarle ojo. A no evitar su mirada. A no tenerle miedo. Y encima está buenísimo. Así que ella se acerca. Empieza así un encuentro que cambia su vida. Él se llama Fer y es un exmilitar que perdió la pierna estando de servicio. Pasan la noche juntos y tras ese encuentro Ifi se enamora de él como nunca antes se ha enamorado de otro hombre. Ella, que es fuerte y no necesita a nadie, conoce el amor verdadero por primera vez y su vida termina para que empiece una nueva en la que vivir solo para cuidar de Fer, para besarle las cicatrices y curarle las heridas. Él está roto por fuera y ella está rota por dentro, pero ya nunca volverá a sentirse sola, porque a partir de hoy ella sabe que él le dará a su alma el cariño y los cuidados que ella le dará a su cuerpo mutilado.

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“Iphigenia en Vallecas” es un monólogo, sí, pero está salpicado de pequeños diálogos entre ella y los distintos personajes, todos interpretados por María Hervás. Y aquí llegamos al punto fuerte de la función: la actriz. Para dar vida a las personas del mundo de la protagonista -Enrique, su yaya, Silvina, Fer, Carlos- María elige inteligentemente dos o tres rasgos certeros que describen cada personaje de un golpe de vista o sonido, de una pincelada exacta: un gesto, una forma de caminar, un acento, un tic, una muletilla… la actriz usa el imaginario común sabiamente para ubicarnos con rapidez frente al tipo de personaje que tenemos delante. Y lo hace tan bien, que en mi recuerdo tengo la sensación de haber visto varias escenas de dos personajes: Ifi discutiendo con su yaya que tanto protesta por esto y lo otro; Ifi por la calle con su noviete Enrique, un cachitas de gimnasio no demasiado espabilado dueño de un perro patada; Ifi de risas en casa con su amiga Silvina; Ifi cuando se reúne con Carlos… pero sobre todo, recuerdo a Ifi en la discoteca, atravesando despacio la pista de baile, abriéndose paso entre la gente bajo los focos de colores y la música para acudir al encuentro de Fer, que la espera sin moverse al otro lado, viéndola acercarse sin apartar la mirada. Con la misma destreza con que un buen narrador de novela nos describe personajes, María nos presenta a los secundarios de esta historia para que podamos verlos en nuestra mente y completar el relato. 

Poco a poco, a medida que vamos conociendo detalles de su mundo, nos damos cuenta de que a lo mejor su actitud es solo un escudo y que bajo múltiples capas de palabrotas, gestos amenazantes y un constante aluvión de gritos, se esconde una chica que lo que quiere, simplemente, es no sentirse sola. Ella misma dice que “somos criaturas frágiles, es tan fácil herirnos…”.  Y voluntariamente nos vamos aproximando a ella hasta acabar la función con la sensación de estar viendo un primer plano.

María Hervás deja al público clavado a la butaca con una construcción de personaje soberbia. Tomando como base la imagen típica de una choni de barrio, una nini de libro, una protagonista de cualquier episodio de Hermano Mayor, María crea un ser humano frágil y lleno de ternura que se ilusiona, que alimenta su esperanza y que se rompe muy a su pesar cuando menos se lo espera. El espectador empieza la función juzgando al personaje y encontrando casi imposible la empatía con ella por su actitud ante los demás, pero poco a poco se va acercando a ella y la va entendiendo, descubriendo su enorme humanidad, hallando elementos comunes con ella, sufriendo juntos la injusticia de su situación y llorando con ella su mala suerte. María encuentra el equilibrio perfecto entre las dos Iphigenias -la que ataca y la que sufre, la egoísta y la que se sacrifica desinteresadamente en favor de los demás- y demuestra una vez más un talento extraordinario que ya ha dejado más que claro en otras funciones como “Confesiones a Alá” o “Jauría”.  

La actriz maneja de manera extraordinaria los matices de su voz, trabaja el cuerpo y el movimiento con un control absoluto del descontrol, el exceso de energía y la represión de los impulsos; emociona con cada gesto y cada mirada con una habilidad que está solo en poder de unas pocas profesionales de la interpretación.

Aquí utiliza en ocasiones un recurso que en mi opinión le va fenomenal al texto, y es que a veces parece hablar con la grandilocuencia pausada de los actores de las tragedias griegas, tiene uno la sensación de estar ante el mensajero de estos textos clásicos, ese que suele ser el portador de noticias terribles que traen grandes desgracias. Aquí mezclado con la forma de hablar de Ifi, el efecto que se produce recuerda en algo a los colaboradores de un programa de telebasura a punto de lanzar una exclusiva increíble… justo antes de cortar a publicidad.

Es cierto que la función termina con un subrayado algo excesivo del mensaje y el final es algo precipitado, de forma que el sacrificio de esta Iphigenia de hoy en día aparece como de repente y puede quedar poco explicado o que resulte complicado entender los motivos de la protagonista para aceptar el reto que tiene ante ella, pero… ¿por qué no? ¿No sería maravilloso que en una sociedad individualista y clasista como la nuestra en la que nos han hecho creer que casi todos somos clase media sin serlo, en la que gran parte de la clase trabajadora se avergüenza de sí misma y es retratada por el neoliberalismo como una panda de vagos que aspira a vivir de las ayudas gubernamentales, en la que se han perdido el valor y la importancia de la lucha obrera que quien nos salvara a todos fuera una nini malhablada con la integridad, el valor, la bondad y la generosidad suficientes como para renunciar a su bienestar personal en favor del bien común?

Iphigenia en Vallecas es muchas cosas, pero sobre todo, es un llamamiento a la solidaridad, a la lucha y a la acción. Porque vivimos en un mundo en el que los poderes establecidos siguen oprimiendo -cada vez más- a la mayor parte de la población para favorecer solamente a unos pocos sin que opongamos la menor resistencia. Porque estamos dormidos. Porque estamos ahogados hasta decir basta. Y a lo mejor ha llegado el momento de decir justo eso.

Basta.

“Iphigenia en Vallecas”, dirigida por Antonio C. Guijosa, podrá verse en el Teatro Pavón Kamikaze hasta el próximo 26 de julio. 


ESAS COSAS QUE SE DICEN Y SON TAN EXTRAÑAS: SEPARADOS EN UNA HABITACIÓN.

9 julio, 2019

Texto de Sergi Jiménez. Fotografías de Francisco Castro Pizzo.

Una amiga te confiesa que te ama. Que escribe poemas sobre ti. Cada día. Y acaba de ganar un concurso de cartas de amor con una de las que te ha escrito. Te propone compartir el premio: unos días en un hotel junto a un glaciar. Con esta premisa arranca la obra argentina Esas cosas que se dicen y son tan extrañas. Dirigida y escrita por Macarena Trigo e interpretada por Jimena López y Fernando del Gener, se representó en Madrid los días 17 y 20 de junio en el teatro Nueve Norte. Una habitación de hotel, él, ella y un amor no correspondido son la gasolina que motorizan la función durante 55 minutos.

La pareja de amigos comparte una habitación de hotel, lugar en el que vivimos toda la historia. Uno de los principales elementos es la comunicación entre dos personajes, cuyos nombres desconocemos. Contrario a lo que las comedias románticas nos tienen acostumbrados, ella es sincera con él desde el inicio. Los sentimientos y pensamientos de ambos no tienen filtros. Ella le lee los poemas que le dedica. Él confiesa sentirse incómodo por verse idealizado, aunque divertido por la situación. Las cartas de ambos jugadores están sobre la mesa. La excesiva sinceridad lleva a reproches. Chocan las expectativas de ambos: él quiere que ella deje de idealizarlo y ella quiere ser correspondida. Es una relación afectiva que podría ir a más, si no fuera por la negativa de él.

La cama de matrimonio acerca físicamente a los personajes.

Bajo esta aparente honestidad de ambos, hay algo oculto que contamina su conversación. ¿Realmente él no siente algo más por ella? Es en lo sutil donde descubrimos la verdad. Los dos están tumbados en la cama mientras ella le lee los poemas. Él hace un tímido ademán de cogerle la mano. ¿No lo hace por qué tiene dudas o por qué teme las consecuencias? Los gestos pequeños se magnifican en las cuatro paredes de la habitación. Aunque estén separados por apenas un metro, la distancia se siente como un abismo.

Ella nos explica que hay algo raro en su relación. Puede llamarle para situaciones en las que sus amigos la dejarían de lado, una mudanza. Sin embargo, jamás ha estado interesado en tomar un mate y charlar. Él marca distancias, temiendo lo que pudiera pasar. Nos preguntamos junto a ella ¿para qué va a un viaje en pareja si no tiene intenciones románticas? Él nos explica sus sentimientos en monólogos, pero nos da la sensación de que se calla algo.

Una paradoja en la que la comunicación es casi total, pero es ese casi el que nos molesta. La propia puesta en escena lo refuerza. Al inicio tanto él como ella quedan solos en el escenario y tienen un monólogo con el público. Pero según avanza la obra, los monólogos interiores ocurren mientras el otro personaje está en escena, completamente ajeno. Personajes como icebergs, donde lo más importante, lo que duele, suele estar oculto.

El vestuario es muy importante. De las barreras que suponen los abrigos en el glaciar, a la mera ropa interior antes de irse a dormir.

El único momento que los personajes salen de la habitación de hotel es en la visita al glaciar. Él nos informa en su monólogo que le da pereza. No quiere ir a una atracción turística de la que todo el mundo dice que es impresionante. Algo que solo puede ser experimentado y no explicado. Comentarios que recibe de manera cínica. Pero cuando él contempla el glaciar, reconoce sentir una punzada. Aunque se lo hubieran descrito y tuviera ideas preconcebidas, es una visión desbordante. Imponente e innegable. Dialogan sobre glaciares cuando claramente hablan de amor. Por mucho que creas saber de él, lo has de vivir (y sufrir) para comprenderlo. Él se da cuenta de que ella mira el glaciar con otros ojos. Ambos están teniendo experiencias completamente distintas. Donde él ve tranquilidad y calma, ella siente pasión desbordante.

Ella escribe y él hace música con su guitarra. Música que él toca para inspirar a ella. Alternan diálogos con música y poesía, creando un ambiente bucólico en la habitación. Ambos cantan, pero siempre solos. Llama la atención que el único número musical de ella vaya dirigido al público. O eso creemos. En una noche de borrachera, ella mantiene lo que parece otro monólogo interior hasta que entra él y le pregunta con quién habla. “Con nadie” responde ella. Él constantemente hace referencia a la verborrea de ella, incapaz de dejar de hablar de él incluso cuando nadie la escucha.

Ella le explica lo que significa escribir. Revivir momentos de una manera diferente, eliminando lo que no le gusta. Retorciendo la realidad para que conteste a una serie de deseos. Hacer un momento más triste o más pasional. Él le apunta que como ejercicio de ficción es válido. Pero no es sano que escriba así sobre alguien real. Le idealiza de manera desmedida, como un ídolo de barro sobre un pedestal. Tarde o temprano el ídolo caerá y se hará añicos. A ella no parecen afectarle sus palabras. Entonces entendemos la tragedia, ella prefiere amar con dolor a pasar página.

El enamoramiento de la protagonista se siente, en palabras de él, como amor solitario. Ese en el que solo buscas a alguien que te acompañe y corresponda con cariño. Sea quien sea. Hay un amante y un amado. Defiende que preferimos amar, a ser amados. La pasión es algo visceral imposible de razonar. Contrario a otras obras sobre amores imposibles, esta historia es algo que podría suceder a cualquiera. Macarena Trigo lo subraya al no decirnos el nombre de los personajes. Son dos personas concretas pero no únicas. Ella nos confiesa que en la vida, uno a veces se siente protagonista y otras un mero extra. La premisa no es extraordinaria, es un drama que puede vivir quien no sea correspondido.

La obra nos deja con más preguntas que respuestas. Deseamos (como ella) que llegue un clímax, pero se nos niega. La única satisfacción que obtenemos es verles cantar al unísono. Se entienden y se complementan a la perfección. Son dos líneas paralelas que van en la misma dirección pero jamás se encontrarán. La obra acaba con la complicidad de ambos después de terminar una canción. Sin beso. Sin cierre. Un final que parece inconcluso. Como el amor que no acaba. Solo se desvanece poco a poco. Como un glaciar deshaciéndose hasta desaparecer.



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