FIRMAS INVITADAS: LA MUJER COMO McGUFFIN

28 agosto, 2014

Juan Medina (@jeancite) es doctor en comunicación, licenciado en periodismo, tiene un máster en guión de ficción, un postgrado de experto en género y otro máster en comunicación política que no viene al caso.

De un tiempo a esta parte parece que se han puesto de moda las series sobre mujeres que persiguen a asesinos de mujeres. Para mí, el paradigma es El Silencio de los Corderos. Mucha gente se sorprende cuando les digo que es una película feminista. «¡Pero si es un policiaco!» dicen, como si una cosa estuviera reñida con la otra. Es un policiaco feminista, o mejor dicho, un policiaco sobre la feminidad: una mujer que trata de desarrollarse en un mundo tremendamente masculino, un asesino cuya máxima aspiración es convertirse en mujer, y la mayor parte del metraje rodado en cámara subjetiva. Cuestión de perspectivas. El caso es que me parece un excelente punto de referencia para todo lo que se está haciendo actualmente en el género y con el género —valga la redundancia—. De pronto parece estar de moda en el panorama catódico el policiaco «de mujeres», si es que puede llamarse así y, por chocante que parezca, casi se perfila como una punta de lanza de lo que algunos han empezado a llamar «nuevo feminismo», ahora que el término clásico parece que se ha convertido en una etiqueta peyorativa para algunos.

La tradición del séptimo arte heredó del realismo decimonónico algo más que el montaje en continuidad. También se trajo consigo algunos temas que, aunque sorprenda, se han mantenido con mayor o menor vigencia en los cánones cinematográficos desde los tiempos de Griffith. Entre ellos, sin menosprecio de los demás, está el asunto de la mujer o, más bien, de la representación de la mujer. Por concretar, básicamente en el periodo clásico ha existido una dicotomía en lo referente a la representación femenina: o bien se tendía hacia el arquetipo imposible de la madre-virgen, o bien se tiraba por el súcubo infernal —o sirena, o sibila, o hechicera…— que seduce y corrompe al hombre protagonista. Las historias con mayor trascendencia trataban precisamente de la inversión de los roles, con mujeres bien-criadas que se «perdían» en brazos de la lujuria como herencia directa de una época donde el mayor pecado de una mujer protagonista era el adulterio —Madame Bovary, Ana Karenina, La Regenta…— La dualidad llega a nuestros días. Piensen en la época que piensen, piensen en el género que piensen podrán encontrarla. Jessica Alba de stripper virginal en Sin City; Scarlet Johansson seduciendo a hombres para drenarlos en Under the skin.

Esta dinámica, no obstante, parece empezar a cambiar a partir del noir. En cierta forma, aunque las femmes fatales se ubican claramente en un lado del espectro, a partir de los cincuenta de pronto las secundarias empiezan a ganar un nuevo protagonismo —como proyección de los miedos-anhelos masculinos—. Las mujeres comienzan a ser independientes, emancipadas, y a ocupar espacios que tradicionalmente han estado copados por los varones. No es raro que sea precisamente el género policiaco donde paulatinamente la mujer vaya ganando notoriedad por ser algo más que víctima o villana. Por ser protagonista. Clarice Starling llegó en el 91. Después vinieron Fargo y todas las demás.

El panorama televisivo quizá se adelantó un poco a la dinámica. En los ochenta, mientras Jessica (Miss Marple) Fletcher ayudaba a la policía a resolver crímenes, Laura Holt las pasaba canutas para conseguir clientes como detective privado hasta que se puso un nombre masculino: Remington Steele. De pronto el hombre se había convertido en secundario y pasado a ocupar un rol de partenaire —«hombre florero», según lo han definido en algún otro sitio—, al tiempo que ella se vestía con gabardina y sombrero a lo Humphrey Bogart. ¿Sería la precursora de esta moda tan actual?

Basta encender la televisión para comprobar que el panorama reciente de series policíacas está plagado de mujeres fuertes, de parejas y de tensión sexual no resuelta. Incluso en aquellas que siguen protagonizadas por hombres, la secundaria femenina adquiere un rol casi de co-protagonista en producciones que llevan todavía el nombre de él: Castle, El Mentalista… Ya no sorprende que haya ficciones de este tipo protagonizadas, de hecho, por mujeres. Mujeres en el rol de policía, de autoridad, de investigador… y que no tengan que disfrazarse de Bogart para construir su personaje. ¿O sí?

Siempre he pensado que cuando un personaje femenino puede intercambiarse por uno masculino sin reescribir ni una coma es que hay algo que se está haciendo mal —lo siento, Ripley—. Una cosa es la representación igualitaria y otra muy distinta es que se tenga que poner nombre femenino a personajes masculinos —seguramente al leer esto estén pensando en Glen Close—, o construir personajes femeninos que, sencillamente, siguen teniendo algún tipo de «gabardina» que los exculpa o los resguarda bajo un halo de irrealidad. En el policiaco actual abundan las mujeres con problemas, bien la bipolaridad de Carrie Mathison (Homeland) o el asperger que comparten Temperance Brennan (Bones) o Sonya Cross (The Bridge) o la marginación que sufre Veronica Mars y que las convierte en la práctica en fríos y metódicos «replicantes» como lo son todas —todas, digo— las mujeres de Blade Runner.

La cuestión, no obstante, está evolucionando a marchas forzadas. Piensen en The Killing, con claras alusiones a El Silenciodesde la secuencia inicial hasta el hecho de tener al mismísimo Jonathan Demme dirigiendo algunos episodios; piensen en The Fall, con una inversión total de los roles de género en el que la mujer lleva la sartén por el mango en todos los ámbitos sociales; o en Top of the lake, con una visión al tiempo particular y social del mismo tema que las anteriores: mujeres que investigan asesinatos de mujeres. La aproximación de estos dramas policiacos, además de suponer una perspectiva más profunda de todos los personajes y estar más y más cerca del paradigma de los corderos, introducen matices. Se empieza a hablar otro lenguaje. El nuevo feminismo, supongo.

Pero, ¿es necesario? Quiero decir, ¿pasa algo por no hacerlo así? De hecho, la tan aclamada True Detective es parca en la representación femenina, circunscrita únicamente a víctimas, madres, hijas y prostitutas-amantes, y no por eso deja de ser una de las propuestas más potentes de la presente década. ¿Hay que ser feminista —o «nuevofeminista»— para escribir un policiaco de calidad? Obviamente no. Pero el caso es que, desde mi perspectiva de mero espectador-crítico, debo decir que es de agradecer.

Porque, al fin y al cabo, el policiaco de serial-killer se sostiene sobre una triste realidad: la violencia del hombre contra la mujer. Piénsenlo: la inmensa mayoría de las víctimas de todo policiaco que se precie son ellas, y los asesinos pues ya se pueden imaginar. Diversos autores y autoras —sobre todo autoras, de hecho— han determinado en sus estudios e investigaciones que los motivos profundos de la violencia contra las mujeres no radican en cuestiones genéticas ni sexuales ni son consecuencia de ningún tipo de trastorno mental; tampoco están en la marginalidad, las drogas ni la clase social. Parece que una gran mayoría de los autores están de acuerdo en decir que la clave del asunto está en la cuestión de la dominación; de la prepotencia masculina y la sumisión femenina; de cierto acervo viril compartido socialmente según el cual la mujer es una pertenencia, un apéndice del varón, «solaz del reposo del guerrero» que decía Nietzsche. ¿Y acaso no es así en el policiaco?

Si volvemos a True Detective por citar un ejemplo exitoso actual— encontramos que, en efecto, todas las mujeres y su rol está íntimamente marcado como «complemento directo» de un sujeto masculino: bien son víctimas matadas por un hombre; esposas de un hombre, hijas de un hombre o amantes de un hombre. Objetos. Cuerpos. El feminicidio no es más que el Macguffin de la trama. Tanto es así que la víctima de la matanza ni siquiera tiene cara: no es una mujer, son todas, es cualquiera, qué más da. Y True Detective no es un caso aislado, ya saben. Al fin y al cabo los iconos de nuestra generación son Tony Soprano, Don Draper y Walter White.

¿Qué hay de malo en que la mujer tome cartas en el asunto? Mujeres siendo sujeto de una historia, bien persiguiendo a un asesino de mujeres o bien haciendo frente a la muerte, ya sea propia o cercana. ¿No aporta acaso más realismo, más verdad y más trasfondo a cualquier historia que se construya, de hecho, sobre la violencia contra las mujeres? ¿No se contribuye en cierta forma a despojar el rol femenino de esa idea de apéndice? En The Killing, además de tener como protagonista a una mujer realista, se detienen a explorar las emociones y el trasfondo de la víctima —y de la madre de la víctima—. Claro que, todo sea dicho, The Killing es una serie escrita por mujeres y ha sido cancelada tres veces. ¿Tendrá algo que ver?

La cosa es que el tema parece que no es tan sencillo como pudiera resultar. Uno de los guionistas que vienen cada año al máster en el que trabajo en Salamanca repite lo mismo cada curso en algún momento, cuando los alumnos —y alumnas, ojo— presentan sus proyectos de guión: «tratemos de evitar el machista que todos llevamos dentro». De algún modo, el acervo nos mueve por sus aguas cenagosas sin que podamos escapar. Matrix nos posee. La búsqueda de referentes termina hundiéndose en el tópico mil veces visto y leído, quizá porque no hay otros o los que hay no están terminando de cuajar.


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