ESCRIBIR COMO SI BOMBARDEARAS HIROSHIMA CON HOMEOPATÍA.

10 febrero, 2016

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

En cierta ocasión escuché a un amigo decir que le parecía bien que la entrada de su película tuviese un precio más barato de lo normal. La razón: Que la peli en cuestión, además de ser lowcost, duraba menos de 70 minutos.

Entiendo la lógica que hay detrás de ese planteamiento, por supuesto, pero una parte de mí se rebela contra ello. No me gusta que las obras de arte se vendan “al peso”, como si nos dedicásemos a la charcutería.

A mí personalmente, los sesenta y pico minutos de la película que mencionaba hace dos párrafos me dejaron más poso que muchas pelis de más de dos horas. Estuve pensando en ella durante varios días. Regresaba una y otra vez a mi paladar, como cuando una vaca rumia hierba de la buena.

Digo yo que eso también se paga con gusto, ¿no?

A pesar de que el arte se sirva de las Matemáticas para componer imágenes armoniosas o diseñar estructuras, no hay nada menos matemático que el arte. No creo que se pueda establecer una relación aritmética entre lo que pesa o dura una obra y el tiempo que dicha obra va a permanecer en tu mente.

Yo he leído novelas que he olvidado al mes siguiente, y sin embargo hay relatos cortos de Poe o de Bradbury que siguen resonando en mis tripas muchos años después. Incluso existen cortos de tres minutos del Notodo que han cundido en mi cabeza mucho más que ciertos largometrajes.

Entiendo que se valoren el coste y el tiempo necesarios para hacer obras extensas, pero creo que debería valorarse también la capacidad de dejar un rastro, una influencia, una huella de radiación en Hiroshima.

De hecho, en muchas ocasiones escribir algo corto cuesta más tiempo y esfuerzo que escribir algo largo. No siempre, por supuesto. Evidentemente, cuesta más escribir El Señor de los Anillos que ese microrrelato con el que quieres follarte a no sé quién, pero cuando se trata de acortar un sketch para contarlo en tres páginas en vez de en cinco… o reescribir un largo para que dure 100 minutos en lugar de dos horas… ahí la cosa se complica. En esos casos uno se siente como si tuviera que encajar la ropa de dos semanas para que quepa en una maletita de equipaje de mano.

Es relativamente fácil explayarse sin límite de tiempo durante páginas y páginas. También es fácil que el resultado de eso deje indiferente al público, porque le llegará diluido, con más paja que grano. Opino que, cuando hablamos de narrativa, los minutos intrascendentes son como la grasa en un organismo vivo. Nadie hace ascos a un mínimo de grasa. Nos mantiene calentitos. Pero un exceso de grasa hace que todo se anquilose, que resulte demasiado pesado.

No subestimemos el mérito de poner nuestras ideas a dieta para que lleguen al público magras y eficaces. A veces cien páginas pesan más que cuatrocientas porque son el resultados de muchos meses de gimnasio.

Vivimos en el país de “infla el capítulo pa que dure 70 minutos” y “métele relleno a esta novela como si fuera un pavo de Acción de Gracias”.

A mí suelen gustarme más los capitulos de 40 minutos, como a casi todos los que leen este blog. También soy fan empedernido de las novelas cortas. Tanto a la hora de leerlas como a la hora de escribirlas. Me gusta ese rollo “compacto”, esa facilidad de abarcar la estructura de la obra con un solo golpe de vista. Exceptuando joyas míticas como Drácula, It o el ladrillo de Tolkien anteriormente citado, las obras literarias que tienen una suite en mi paladar son obras más bien cortas. Pastelitos cocinados por Kafka, por Baricco, por Orson Scott Card…

¿Os habéis dado cuenta de que en el párrafo anterior he escrito “obras literarias que tienen una suite en mi paladar”? Es tan odioso que pienso dejarlo en la versión final del post para que podáis tirarme piedras.

Puede que esos pequeños tesoros dejen un rastro tan potente porque el perfume está, por definición, más concentrado.

Yo no sé si la homeopatía es efectiva más allá de la sugestión, pero sí creo que podríamos hablar de la efectividad de la escritura en dosis homeopáticas. En términos de escritura, a veces una dosis más pequeña puede ser más poderosa que una sobredosis de páginas.

Entiendo que las cosas más extensas se cobren más caras. Normalmente (no siempre) esa extensión implica que se ha gastado más pasta, y esa inversión hay que amortizarla.

También entiendo que no hay ningún sistema de medición que nos ayude a saber de manera objetiva qué grado de satisfacción y perdurabilidad podemos asignarle a cada obra. No todos reaccionamos del mismo modo ante los mismos estímulos, ni hay un “orgasmómetro” que mida el impacto emocional de un concepto del mismo modo en que un contador geiger mediría el nivel de radiación en Hiroshima.

Podría seguir dando más y más vueltas sobre el tema, pero sería delito alargar más de la cuenta una apología de las cosas cortas.


FIRMAS INVITADAS: EL MIEDO DE GANDALF

24 septiembre, 2012

Juanjo Ramírez Mascaró nació en Sevilla, creció en Fuerteventura y probablemente morirá en Madrid. Engañó a gente con más talento que él para rodar un largo con cacahuetes, escribió sketches para los vascos (o para youtube, o algo así), un thriller y unas cuantas cosas más, la más importante de ellas: Beber cerveza.

A estas alturas todos conocéis – más o menos – la historia de El señor de los anillos. Es algo que le tenemos que agradecer al bueno de Peter Jackson.

No obstante, hay una parte de esa historia que la gente ignora, a menos que se trate de gente con mucho interés en la mitología de Tolkien, o con una vida social lamentable.

Sucedió hace muchísimo tiempo. Miles de años antes de que naciesen Bilbo, Frodo y Vigo Mortensen. En aquellos días, los dioses (Tolkien los llamaba “valar”) aún se interesaban por nuestro bienestar. Por eso les jodía que un cabroncete llamado Sauron se dedicase a fabricar ejércitos de orcos para hacenos la vida imposible.

Sauron era un espíritu maiar. En el universo de Tolkien – para que nos entendamos – un maiar es algo así como un semidiós. Por eso los dioses llegaron a la conclusión de que la mejor manera de intentar derrocar a Sauron era enviar a otros cinco semidioses a luchar contra él. Esos cinco elegidos se infiltrarían en nuestro mundo adoptando la apariencia de ancianos barbudos, y se les conocería como “los cinco magos”. Su única misión consistiría… pues en eso… en cargarse al hijoputa de Sauron.

Era una misión difícil, así que los “semidioses” elegidos tenían que ser la crème de la crème, los putos amos. Cuatro de ellos, en efecto, eran los mejores candidatos. Entonces llegó Manwë (que en la mitología de Tolkien es algo así como Zeus) y se empeñó en que el quinto mago fuese un semidiós llamado Olorin.

Olorin no quería aceptar la misión:

– ¡¿Yo?! ¿¡Uno de los cinco magos, yo!? Coño, Manwë… yo no soy tan crack como los otros cuatro. Me considero débil y… a ver cómo te lo digo… ¡¡le tengo muchísimo miedo a Sauron!!

Y Manwë, el Zeus de Tolkien, le respondió algo así:

– Ya sé que temes a Sauron. Por eso mismo quiero que seas tú.

Olorin aceptó la misión. Se fue a la Tierra Media con los otros cuatro.

El más poderoso de esos cinco magos (un tal Saruman) subestimó a Sauron y terminó corrompido por él, esclavizado. Los otros tres subestimaron el peligro y la importancia de la misión. Perdieron el norte. Se dedicaron a otras cosas.

El pobre Olorin fue el único que cumplió con su deber. En la Tierra Media le conocieron por muchos nombres. Los elfos lo apodaban Mithrandir…

… y los hombres le llamaban Gandalf

Gracias al terror que le inspiraba Sauron, nunca subestimó a su enemigo, ni subestimó su misión. Fue el único de los cinco que luchó contra Sauron hasta el final.

Me gusta tener muy presente esa historia cuando trabajo, porque los guionistas padecemos la enfermedad de creernos más listos que nadie, y eso nos lleva a subestimar muchísimas cosas. Somos expertos en minusvalorar a Sauron.

Se me ocurren, como mínimo, cuatro cosas que un escritor jamás debería subestimar y que, a pesar de ello, todos subestimamos de cuando en cuando:

Subestimamos lo “amateur”.

Y al hacerlo nos perdemos nuevos enfoques, nuevas perspectivas, muchísimas oportunidades de evolucionar.

Nos cuesta tomar en serio un guión que no esté escrito en formato profesional. Miramos por encima del hombro cualquier tipografía que no sea courier, cualquier diálogo que no esté centrado, cualquier trama en la que los actos no estén estructurados como a nosotros nos han enseñado, cualquier frase demasiado explicativa, cualquier acotación innecesaria.

Nos pasamos la vida proclamando a los cuatro vientos que en lo nuestro no hay reglas, que simplemente hay algunas pautas orientativas y etcétera, etcétera y más etcétera. En el fondo no nos lo creemos ni nosotros. Cuando algo no cumple con ciertos parámetros nos ponemos muy nerviosos y nos defendemos adoptando ese elitismo tan propio del gremio.

Somos una profesión que rinde culto a normas sagradas por una cuestión de pura inseguridad. Por pura crisis de identidad, incluso. Tenemos miedo de no ser una profesión de verdad.

Y nos asusta la blancura del folio. Por eso lo llenamos de señales de tráfico.

El trabajo de un novato, ¿funcionará peor que el de un profesional? ¡Probablemente! Normas aparte, ejercer el oficio aporta esa experiencia necesaria para contar mejor las cosas, nos ayuda a resolver las situaciones con más elegancia. ¡Eso nadie lo discute!

En ese caso, ¿merece la pena desdeñar lo amateur? ¡Yo no lo creo! Esa clase de trabajos, precisamente gracias a su inobservancia de las “normas sagradas”, puede albergar una frescura que muchas veces no está al alcance de lo profesional. Aunque su ejecución nos parezca cutre o torpe, ahí podemos encontrar ideas salvajes, no domesticadas… que conduzcan a senderos inexplorados.

Existe, en mi opinión, otra razón de peso para prestar atención a lo amateur: Muchas veces esa gente que empieza – o que no ha tenido ocasión de contaminarse con toda la basura que se cuece en nuestro mundillo – vuelca un cariño y una ilusión enormes en lo que hace. Exponernos a algo realizado con esa actitud es como reencontrarnos con esa ilusión y esa inocencia que también poseíamos nosotros cuando empezábamos en esto. A veces es conveniente ese recordatorio. Recoger algunos tesoros que se nos han ido cayendo por el camino. Redescubrir qué era lo que más nos gustaba de este oficio, antes de que nos pusieran la correa.

¿Por qué no dejarnos contagiar por todo eso? ¡Imaginadlo! La ilusión ingenua del que empieza combinada con la experiencia del que lleva años entrenándose. ¡Mi cocktail favorito!

La otra alternativa es terminar como tres de los magos de Tolkien, que perdieron el norte. Olvidaron la naturaleza de su misión y se dedicaron a asuntos que no importaban a nadie. Por eso casi nadie los conoce.

 

Subestimamos los formatos de éxito.

Los escritores – quizá los guionistas en mayor medida – estamos demasiado acostumbrados a diseccionar a la gente y a la sociedad en que vivimos. Es parte de nuestro trabajo. Pero tiene efectos secundarios: Nos volvemos demasiado cínicos. Somos los críticos más despiadados del mundo. A ello hay que sumarle esa tendencia natural a creernos más listos y más especiales porque “no nos gustan las mismas cosas que a casi todo el mundo”.

El guionista que ensalza la serie más minoritaria de la HBO es el mismo que desprecia Sálvame y Gran Hermano. El escritor que presume de su pasión por Tolstoi es el mismo que desprecia el último bestseller de Crepúsculo y la última “autoayuda” de Paulo Coelho.

Grave error, en mi opinión.

Cuando un producto interesa a demasiada gente, siempre existen razones para ello. La gente no es tan tonta. Quizá te resulte más cómodo pensar lo contrario: que la gente es imbécil y ésa es la única causa por la que consume los contenidos que a ti no te gustan. Esa comodidad le encanta a Sauron. Es la telaraña que usa para atrapar a muchas de sus víctimas.

A mí me gusta leer algún bestseller de vez en cuando. Un Michael Crichton, un Código Da Vinci. No son el tipo de literatura que más me llena, pero oye: Esas novelas, además de entretener, son una auténtica lección sobre cómo manipular al lector, cómo engancharle, cómo secuestrar su atención o a qué temas apelar para tocarles la fibra.

Formatos como Sálvame o Gran Hermano no me motivan en absoluto, pero me esfuerzo en no subestimarlos, en intentar adivinar las razones de su éxito. ¿Por qué fascinan tanto a la gente? ¿Qué busca el público en ellos que no encuentra en otros lados? Resuelve ese enigma y sabrás qué temas utilizar para apelar a las emociones de la gente, o cómo construir un personaje que caiga bien o mal a tu audiencia.

Mi abuela era catedrática de griego, y estaba enganchadísima a los culebrones. Según ella, todos los conflictos que se narraban en los culebrones se correspondían con arquetipos de los mitos griegos. Analizad las tramas de los culebrones. Os ayudará a saber qué símbolos ejercen más poder en el inconsciente colectivo.

¿Que no os gusta Física o Química? Da igual. Analizadla. Intentad ver por qué funciona, y por qué ha marcado a una generación. ¿Que A tres metros sobre el cielo no es vuestro tipo de peli? Da igual. No cometáis el error de despreciarla. Ésa es al menos mi opinión.

La prepotencia es peligrosa. Recordad al mago Saruman. Se consideraba superior a su enemigo, y eso lo convirtió en esclavo.

 

Subestimamos al público.

Este concepto estaba implícito en el apartado anterior, pero me gustaría insistir un poco más en él, porque lo considero importante. Así que repito, repito, repito:

LA GENTE NO ES TONTA.

O al menos no es tan tonta como creemos. De hecho, son más exigentes de lo que suponemos. El hecho de que la mayoría del público no tenga formación audiovisual no significa que no sepa apreciar – a su manera – todas esas cosas a las que nosotros sabemos poner nombre. Llevan toda su vida viendo películas y series.

Un par de ejemplos de mi entorno más cercano:

Mi hermana – que no se dedica al audiovisual – evidenció los problemillas de estructura de Kill Bill primera parte, al decir que: “Me empecé a mosquear, porque la peli tenía pinta de ir a terminarse y la tía aún no se había vengado de casi nadie.

Mi madre manifiesta su descontento cuando el primer acto de una peli se alarga demasiado, con la siguiente frase: “O matan a alguien o me voy.

Y aunque casi nadie conozca el concepto del deus ex machina, casi todos exclaman indignados en más de una ocasión: “¡Venga hombre! ¡Eso se lo han sacado de la manga!

El público se merece que lo tratemos con cariño, y con mucho respeto. Su mirada es más inocente que la nuestra, pero no es una mirada ciega. El mago Gandalf se interesó muchísimo por las criaturas más humildes y sencillas de la Tierra Media: Los hobbits. En lugar de ignorarlos como casi todo el mundo, se dedicó a aprender sus costumbres y se hizo amigo de unos cuantos.

Tiene gracia: Finalmente fueron tres hobbits quiénes consiguieron destruir a Sauron.

 

Ya por último:

Nos subestimamos a nosotros mismos.

Así de paradójicos somos los que nos dedicamos a esto de la escritura. Estamos todo el tiempo creyéndonos más listos que nadie, pero en el fondo somos los bichos más inseguros del planeta.

Por eso necesitamos tantas reglas. Por eso, aunque a veces no nos demos cuenta, renunciamos a nuestra propia voz para contentar al director o al productor de turno, como el perro al que le ordenan correr detrás de la pelotita. Por eso tenemos esa tendencia a minusvalorar nuestro trabajo, a malvenderlo o incluso a regalarlo.

Bueno… no hay razón para alarmarse. A lo mejor subestimarnos un poquito nos ayuda a no subestimar el resto de las cosas. Pensad de nuevo en El señor de los anillos. Los personajes que salvaron el mundo eran expertos en subestimarse. Frodo, Sam, el propio Gandalf. ¿Cómo lo consiguieron ellos? ¿Cómo derrotaron al señor oscuro si dudaban de sí mismos y de su propia fuerza? Pues tomando decisiones descabelladas, de ésas que no tienen lógica aparente pero que, de repente, se te infiltran en el corazón y en las entrañas y te obligan a cometer estupideces.

No se comportaban siempre así. No iban por ahí haciendo de la imprudencia su modus operandi. Pero en los momentos clave de la historia son sus corazones los que hablan por ellos y los impulsan a aceptar una misión suicida, a perdonarle la vida a una criatura que intenta matarlos, a saltar a un río aunque no sepan nadar.

Quizá sea ésa la brújula. Aprender a reconocer esos momentos clave, y esa necesidad irrefrenable de hacer estupideces y entregarnos a ellas, sin saber exactamente lo que nos espera, pero intuyendo – vete a saber por qué – que existe un buen motivo. Ya lo escribió el propio Tolkien: “Ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.


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